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Joel Almaguer
Joel Almaguer
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Inició sus estudios en la Universidad Autónoma de Coahuila, donde tuvo como maestros a Gerardo Monjarás y en sus últimos años al reconocido pianista regiomontano Gerardo González. Ha desarrollado su actividad musical como pianista en danza y como acompañante de cantantes principalmente. Ha participado en musicales como pianista. Imparte diplomados en historia de la música para la UAdeC. El año pasado vivió en Francia donde tuvo oportunidad de compartir su talento musical. Música Sobre Ruedas es un proyecto que ha desarrollado para compartir música en espacios públicos. Actualmente también es miembro de la Orquesta Filarmónica del Desierto donde participa activamente en el Coro Filarmónico. [email protected]

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17 Noviembre 2019 04:05:00
Quartett II
Comentábamos la semana sobre la última ópera de Luca Francesconi, Quartett, cuya fuerza musical no es para despistados o débiles, para parafrasear al mismo compositor cuando dice: “No te atrevas a venir si no puedes aceptar que necesitas analizar qué es lo qué haces y lo que eres. Esta obra es violenta, es sexo, es blasfemia, es la ausencia de misericordia”. Y esa misma ausencia de misericordia que tienen los personajes en escena, la tiene el compositor y la música para con ellos. La autodestrucción que cada personaje vive en sí mismo y la vuelca hacia el otro nos violenta como espectadores que somos y más que eso, vouyeurs que miran por la ventana hacia la falta de piedad que tienen los personajes, el pacto de vivir sin amor y destruyéndose como adictos y prisioneros de su nihilismo.

El cubo que suspende sobre escena, como una caja negra, flotando en el aire, es la ventana por la que miramos. Los más de 600 cables de acero extremadamente delgados que sostienen el cubo del cual viven prisioneros nos agobian como agujas afiladas que atraviesan certeramente en la psique de los que vemos destruirse sin piedad y sin remedio en escena. Quizá Quartett diga más sobre nosotros como sociedad que una ópera de tiempos pasados; acaso el egoísmo, el narcisismo y el hedonismo decadente de nuestros personajes hablen más sobre nosotros mismos de lo que quisiéramos. Por eso Francesconi en un momento dice: “Pero atrévete a venir si puedes encarar la realidad de que tan seco está tu corazón (…) Somos prisioneros de nuestros miedos. Este es el mensaje real de esta obra, que no podemos esconder nuestros problemas y que no deberíamos hacerlo”.

 Al final, cuando una obra como Quartett nos habla tan directamente desde nuestro tiempo, es natural reflexionar sobre la necesidad de los maestros de escena cuando proponen producciones de óperas pasadas con una visión  actual. No de la música, que perdura en el tiempo.

Y aunque no sea determinante para el goce de una obra, ver producciones que reinventen el asunto visual y metahistórico, nos ayuda a disfrutar de maneras impensables una misma obra, mostrándonos lo inagotable de la música.
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