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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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16 Febrero 2020 04:01:00
Blanco o negro
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Uno de los daños colaterales de la polarización auspiciada por el presidente Andrés Manuel López Obrador ha sido la uniformidad de criterios de uno y otro bando, la cual roza peligrosamente con las fronteras de la monotonía. A veces basta leer el nombre del autor de la columna o del ensayo para saber en qué dirección van sus comentarios. La división entre “chairos” y “fifís” se da con la impecable nitidez y constancia en la letra impresa y en las pantallas de la televisión.

También hay que decirlo, el Presidente, lejos de ser ajeno al fenómeno, se ocupa de alimentarlo un día sí y otro también. Los anti 4T jamás pueden quejarse de falta de temas. Las ocurrencias expresadas en público de la gente, como dice el corrido, durante las conferencias mañaneras les proporcionan tela de sobra de donde cortar:

“Vamos a rifar el suntuoso avión presidencial. No, ya lo pensé bien: no lo vamos a rifar, mejor vamos a rifar dinero, al cabo los industriales y empresarios tienen cara de vendedores de billetes de lotería. Acabaremos con los fines de semana largos, para dar oportunidad a los mexicanos de reflexionar sobre el significado de las fechas claves de nuestro calendario cívico, y de esa manera puedan afirmar su identidad. Sí, ya no habrá más puentes neoliberales, pero a fin de no perjudicar al turismo, vamos a construir otros a los que llamaremos de ‘convivencia familiar’. No importa si con ello duplicamos los días no laborables: uno, el de la fiesta cívica, y el otro que vamos a pegarle al fin de semana siguiente”.

Es verdad, a los anti 4T no les faltan temas para insertar sus críticas: la situación económica del país, la galopante inseguridad, los problemas de Pemex, el inquietante incremento del desempleo, el desabasto de las medicinas, la perseverante demolición de instituciones que eventualmente pudieran ser contrapeso del poder político, los frecuentes deslices lingüísticos presidenciales –“que los feminicidios no opaquen la rifa”– y todo lo demás que usted recuerde.

Sin embargo, la uniformidad de las posiciones críticas y las maromas de los Amlovers empiezan a resultar previsibles, y, por lo mismo, aburridas. Podría decirse que México es un país sin matices. El maniqueísmo del que se acusa al Presidente parece haberse convertido en un deporte nacional. Aquí todo es blanco o es negro.

Si en la pantalla chica, como antes se decía, aparece la infumable imagen de John Ackerman o esa pedantería con lentes llamado Gibrán quién sabe cuántos, cambie de canal. Apresúrese: elija cualquier otro, aunque sea uno dedicado a la venta de cacerolas o incluso a los de tiempo comprado por charlatanes de toda laya, que prometen poner fin a sus sufrimientos y le ofertan amuletos de dudosa procedencia.

Incluso, en esos canales podrá eventualmente toparse con alguna novedad, lo cual no ocurrirá en los programas de Ackerman o Gibrán, que a la manera de los monjes budistas se dedican a dar vueltas al cilindro de oraciones. En su caso, de alabanzas destinadas al Presidente.

A veces es peor la medicina que la enfermedad, como ese afán de las televisoras nacionales de organizar mesas de discusión con especialistas –es un decir– capaces de hablar de aeropuertos, de elecciones en Estados Unidos, de leyes, de tamales veracruzanos, de economía global o de epidemias. La pretendida pluralidad de tales mesas termina o en un galimatías ininteligible o en un enorme bostezo.

Y luego preguntan a qué se debe la popularidad de las series de Netflix.
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