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[Relatos y Leyendas]

El joven que fue seducido por el demonio

Una tarde el joven más rico y guapo pasó en su troca cerca del panteón y de golpe frenó al ver a una hermosa mujer

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El joven que fue seducido por el demonio
Foto: Especial
Ciudad de México.- Las leyendas de terror, aunque se cuente que sucedieron hace muchos años, extrañamente siguen vigentes.

Como la que sucedió en la década de los cuarenta del pasado siglo XX en el municipio de General Bravo, y que está basada en la historia de un joven de nombre Constantino Almaraz.

Quiso el destino que Constantino perdiera a sus padres y a dos hermanos en un terrible accidente cuando se dirigían a Reynosa. El autobús donde viajaba volcó.

Constantino, aunque sufrió por perder a toda su familia, al poco tiempo se le miró feliz y sonriente en las cantinas y con troca nueva.

Sus padre al morir le había dejando un rancho con cientos de cabezas, una hermosa casa y hasta dinero en el banco.

Constantino siempre había sido testarudo e indolente. Flojo para trabajar y para los estudios. Así que al quedarse solo, lejos de atender el rancho se dedicó a los placeres mundanos.

Como era fuerte, guapo y rico aprovechó su buena presencia para seducir a cuanta mujer se le cruzaba en su camino.

Para conquistarlas se mostraba amable, cortés y caballeroso. Cuando las poseía, por un tiempo corto las disfrutaba con actos pecaminosos y luego las abandonaba.

Fueron muchas damitas ingenuas que creyendo en su promesa le entregaron su virtud. Jamás le importó que sufrieran, por el contrario, se burlaba de ellas, paseándose con otras.

Entre las jovencitas que sedujo una de ellas se suicidó, ante la pena de haber deshonrado a su familia.

También sedujo a mujeres casadas, quienes atraídas por su galanura aceptaban su propuestas y por las noches burlando la confianza de sus maridos se entregaban al insaciable seductor.

Por su culpa, algunas de esa mujeres perdieron sus hogares al ser descubiertas como adúlteras.

Tampoco se apiadó de ellas, por el contario, les decía que bien lo merecían por infieles.

Pero cierta tarde cuando estaba por oscurecer, pasó en su troca cerca del panteón y de golpe frenó al ver a una joven y hermosa mujer.

Iba vestida de rojo. Sus ojos eran bellos y expresivos, el talle de su cintura marcaba las líneas perfectas de su cuerpo. Era más bonita de todas a las que había seducido.

Quedó prendado de ella, se bajó de su camioneta y la siguió. Le preguntó su nombre. La dama con una sutil sonrisa lo miró y le dijo que se llamaba Dalia.

Le preguntó que si podría acompañarla a su casa. Le dijo que no. Le insistió que si podría verla otro día. Dalia se detuvo y lo miró a los ojos.

Constantino quedó como hechizado al ver el inquietante brillo de sus ojos y sus incitantes y húmedos labios rojos. Casi temblando le dijo que era muy hermosa.

Suplicante le pidió una cita. Dalia con sutil coquetería le dijo que mañana a la misma hora la buscara ahí mismo. Dalia dio vuelta a la calle. Constantino subió a su troca.

Quiso seguirla, pero ya no la encontró, había anochecido. A la tarde siguiente, puntual llegó al lugar de la cita. Era el ocaso de la tarde. Llegó Dalia. Él como todo un caballero le besó la mano.

Constantino le preguntó que por qué lo había citado cerca del panteón. Dalia se sonrió y le dijo que porque el lugar era más discreto, para estar solos.

Constantino se estremeció por esa insinuación y sin poderse contener la besó en la boca con ardiente pasión. Ella le correspondió.

Las citas continuaron. Cada vez las caricias eran más atrevida. Él decía que la amaba. Ella en medio de la penumbra le correspondía .

Constantino le pidió que fueran a su casa, que deseaba hacerla suya, que la amaba y que la quería como esposa. Diana le dijo que ella también lo amaba, pero que no creía en sus palabras.

Constantino le juró que había cambiado, que nadie le interesaba, solo ella. Pero Dalia no aceptó a sus deseos sexuales, pero siguió correspondiendo a su incitantes caricias.

Las citas continuaron, Constantino sentía que cada vez más la amaba y deseaba. En la siguiente cita, como siempre, bajo un árbol se abrazaron y se besaron. En esa ocasión con más frenesí.

Pero de pronto el cielo se llenó de negros nubarrones, como presagiando que algo terrible iba a suceder. Constantino tomó de la mano a Dalia y corrieron.

El único lugar donde podrían protegerse de la tormenta era el cementerio. Sin pensarlo entraron y se resguardaron en una capilla ardiente, que por suerte la puerta estaba sin candado.

Una vez ahí, olvidando que debía guardar respeto a los muertos, se abrazaron con irrefrenable pasión. Fue entonces cuando Constantino escuchó que Dalia le decía que quería ser suya.

Él respondió que también la deseaba. Estaban enloquecidos de pasión, Dalia lo provocó más. Constantino la recostó sobre el mármol de la tumba.

La manos del joven seductor ávidas le levantaron la falda de vestido, y al tratar de acariciar sus piernas quedó paralizado de horror, al tocar unas grotescas pezuñas.

En ese instante, un relámpago iluminó el cielo y también la capilla, revelando que Diana se había convertido en el macho cabrío. En el diablo...

Un grito de horror brotó de los labios de Constantino. A otro día, el sepulturero con asombro descubrió dentro de la capilla ardiente el cuerpo sin vida de Constantino.

Tenía un rictus de horror marcado en su rostro y sus labios quemados.

Nadie sabía por qué el joven más rico y guapo del municipio de General Bravo había muerto adentro de una capilla ardiente. Asustados se preguntaban : ¿Cómo pudo entrar si la puerta tenía candado?

Sus víctimas creyeron que por perverso se le había aparecido el diablo. No se equivocaron.

Aún a la fecha, la gente se estremece de miedo al contar esa tétrica historia que el tiempo convirtió en leyenda.


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