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Coahuila

Mineral de la Luz y Ejido Aura, Coahuila

Por Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola

Hace 4 dias

Me dijo la hermana Lupita, al salir de la misa dominical:

Señor obispo, mándeme de misión, por favor, quiero entregar mi vida.

Hermana, pero si ya la entrega a Dios todos los días, en su casa para niños vulnerables.

Sí, pero quiero también ayudarlo en su Diócesis, donde más se necesite.

Hermana, ya lo veremos.

Acompañé al padre Juan Pablo, por las diferentes comunidades que atiende en los municipios de Juárez y Progreso, durante los días 12 y 13 de marzo del 2025, abarcando en línea recta una distancia de 170 kilómetros, de punta a punta.

Conducí por la carretera estatal 57, hasta meterme al camino que lleva a Progreso, otros 30 kilómetros, hasta llegar ya de noche a la casa donde me hospedaría. Ahí cené y dormí. Al día siguiente salimos temprano al ejido Santa Rita, donde celebramos la misa en la capillita con 9 personas del pueblo; luego almorzamos con ellos en la cochera de la casa de la ministro de la eucaristía, sin dejar de ver a unos individuos desconocidos que pasaban en camioneta mirándonos extrañamente. Luego nos fuimos al ejido 22-0 (así se llama), ya muy cerca de la frontera con Nuevo León, donde también celebramos la misa, ahora con 14 personas, niños y jóvenes entre ellos, quienes nos pidieron regresar para impartirles los sacramentos. El sol y el viento caliente ya estaban en todo su apogeo. Ya no alcanzamos a ir al otro ejido más lejano, llamado el 45 (no son calibres de pistolas, sino distritos de riego, bueno, eso me dijeron). Después de ahí nos regresamos al centro de Juárez, donde nos recibió la alcaldesa con todo su cabildo, en el palacio municipal, donde hicimos un recorrido por las oficinas y platicamos de los difíciles retos, entre ellos la inseguridad y el 19 % de llenado de la presa Don Martín de la que se abastece toda la población. 

Después cruzamos la plaza, y celebramos una concurrida misa en la iglesia del Pueblo, después de la cual compartimos los alimentos en el techito abierto de la plaza principal. Ello, mientras le daban la noticia a la alcaldesa de otro incendio fuera de control en su municipio, por lo que envió a su equipo para intentar apagarlo. De ahí nos fuimos directo al ejido el Álamo, al cual llegamos muy temprano. 

En el camino me preguntaba, si mejor hubiéramos ido un ratito a la casa a descansar, pero más tardé en pensarlo, que Dios en contestar, pues al llegar a la Capilla, la encargada a la que le dicen ‘la pastorcita’, se me acercó y me enseñó una herida profunda en el brazo, que en ese momento ya no sangraba. Le rogué que la lleváramos al consultorio de inmediato, pero se resistió, quería que primero celebrara un servidor la misa; como quiera le avisé a su párroco, el padre Juan Pablo, y a la orden de éste, ya no puso peros, fue llevada al dispensario del pueblo, el cual lamentablemente estaba cerrado (Oh Dios). 

Logramos hablar con los paramédicos de la clínica rural, quienes nos dijeron que venían para acá, y que tardarían aproximadamente 30 minutos, pues estaban en otro ejido como a 30 kilómetros o más.Se le puso una gasa, se sentó en una banca, y comenzamos la misa, con sentimientos de preocupación y tratando de no alargarla demasiado. La terminamos bien, pero aún no llegaba la gente del consultorio. 

Volvimos a llamar, y de ratito llegaron, y rápidamente la llevamos. Ya atendida y dejada en buenas manos, proseguimos nuestro camino, rumbo al centro de Progreso donde haríamos la peregrinación a la parroquia, junto con los matlachines y los fieles del pueblo. Así fue, celebramos la misa ya dentro del novenario de San José, instituimos monaguillos, y renovamos a los ministros de la Eucaristía, luego ya entrada la noche, cenamos y convivimos en el atrio con todo el pueblo. Y nos fuimos a dormir.

Al día siguiente partimos a un lugar alejado de la cabecera llamado San Alberto, donde nos esperaban los niños danzantes para hacer la procesión hasta la capilla, con su nuevo templo en construcción. Muchos fieles, nuevos planes y mucha emoción desbordaba el ambiente. Una joven maestra que había dejado ir a los niños a la iglesia, pidió de favor si podía ir un servidor a bendecirla, cosa que hicimos después de compartir el almuerzo, y al llegar, hasta la directora nos abrió la puerta y nos permitió entrar y saludar a todos los alumnos de la escuela pública. 

Luego nos fuimos más lejos, hasta el ejido Mineral de la luz, ya en el municipio de Múzquiz, donde celebramos la misa en su capilla grande pero con poquita gente, estaban un poco tristes, por sentirse abandonados por la Iglesia. Celebramos la misa con esos sentimientos de desolación que percibimos, pero también con añoranza y esperanza, por lo que no dudamos en prometerles una misión importante para la Semana Santa que se aproxima, y la atención esmerada de los sacerdotes, además de asegurarles por supuesto el regreso de un servidor a la máxima brevedad. No nos dejaron ir, sin antes obsequiarnos unas gorditas de maíz y refrescos para el camino. 

No muy lejos de ahí, fuimos al Ejido Aura, también con su capillita. Ahí celebramos la misa, y descubrimos a una mujer, maestra y apóstol, que mantenía la fe de ese pueblo de una manera prodigiosa. Y aunque el padre Juan Pablo, les dijo que no nos ofrecieran alimentos, porque seguiríamos inmediatamente a otro lugar, por supuesto que no nos dejaron salir sin otra vez comer, esta vez cócktail de camarones, ensalada y arroz. 

Como pudimos nos despedimos, y llegamos al último pueblo de nuestro recorrido, San José del Aura, donde nos esperaban para comer, otra vez. En este momento, yo pensé, estos ejidos han estrujado profundamente mi corazón, qué más podría vivir aquí en este último pueblo. 

Y pues, aunque no me lo esperaba, arrobaron mi corazón por la algarabía, el entusiasmo, la organización y por la vitalidad que descubrí en esa iglesia llena de fervorosa gente, (los niños, el coro, las catequistas, los lectores, los ministros) que parecía una parroquia llena de vida, a pesar de no tener un sacerdote de planta.

Al salir de todo ese territorio visitado, le hablé a la hermana Lupita:

Madre ¿a dónde va a ir de misiones en semana santa?

Pues, a dónde, me contestó, si usted no me quiere mandar a ningún lugar.

Pues ya le tengo una misión.

¡Qué padre! Me da muchísimo gusto (me dijo llena de emoción y alegría). Yo le dije en oración a Nuestro Señor: convence a este obispo, un poco testarudo, que no me quiere dejar ir de misiones.

Madre, yo no hice nada, fue el mismo Señor el que lo hizo todo, fue él quien me inspiró a que le hablara para invitarla a visitar y llenar de amor a estos pueblos tan necesitados de ternura y compasión.

Todavía me preguntó un soldado en un retén, ya de camino a mi sede en Piedras Negras:

¿De dónde viene? 

De Aura, – le contesté emocionado.

Y ¿dónde queda eso?

“Ven y lo verás”. – Le contesté a él y se los digo a ustedes.

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