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Coahuila

La Policía Secreta

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 2 meses

Hubo todavía en Coahuila y en Saltillo, en la década de los años 70 del siglo pasado, dos organizaciones al margen de la Constitución de la República, la Policía Secreta del Estado y el Servicio de Investigaciones Municipales, el famoso “SIM”.

Este sistema a nivel nacional lo inició el general Victoriano Huerta, aquel que tomó el poder federal arbitrariamente tras ordenar el asesinato del presidente Francisco Ignacio Madero. Pronto, la idea se dispersó por el territorio nacional con cuerpos policiacos que, bajo la consigna de acabar con enemigos, contrarios al régimen, periodistas, legisladores y militares, así como quien se sublevaba contra el Gobierno del llamado usurpador Huerta; todo individuo que no le dio cuartel a ningún opositor, a todos se los despachó al otro mundo.

Bajo sus órdenes, la Policía Secreta federal lo mismo ejercía: la delación sin fundamento (denuncia, acusación, revelación, soplo, chivatazo, dedazo, lambonería), que basándose en el rumor hacía ejecuciones de ciudadanos sin juicio de por medio y utilizando la ley fuga (asesinatos por la espalda de las victimas). Las desapariciones de todo aquel individuo que oliera a traición, según Victoriano Huerta, fueron muy comunes.

En mi memoria dura, muy dura, brotan nombres de personajes que se hicieron famosos por su sagacidad y su crueldad como policías secretos en mi ciudad y el estado, pero no los voy a mencionar a todos por sus nombres por respeto a sus descendientes que ninguna culpa tienen. Sobrenombres como “El General”, “El masca fierros”, “Santana”, “Xico”, y otros especímenes contratados por regímenes anteriores del Gobierno de Coahuila que se caracterizaban por su ferocidad y frialdad al hacer detenciones de culpables o no culpables o desapariciones “forzosas”.

El Servicio Secreto del Estado de Coahuila operó por mucho tiempo en la planta baja del Palacio de Gobierno, por la calle de Juárez, donde estaban la dirección y las celdas y áreas de castigo usuales en aquel tiempo para hacer “cantar” a supuestos delincuentes, como el tambo de agua donde sumían la cabeza de la víctima y, antes de morir, por inmersión lo sacaban y el pobre se decía culpable. Otro método era el tehuacanazo: agitar la botella y arrojar el liquido por la nariz del individuo para hacerlo confesar un delito. Había otros métodos más crueles y algunas hasta provocaron la muerte y desaparición de delincuentes o enemigos del Gobierno en turno. “Santa” fue un célebre jefe policiaco de la Secreta de Coahuila; hay quien afirma que tenía un oso y un león enjaulados y amenazaba a los presuntos delincuentes echarles encima a los animales.

En un Ayuntamiento en Saltillo de triste memoria operó una Policía Secreta, el Servicio de Investigaciones Municipales, cuyos miembros fueron seleccionados con las mismas características de los estatales cuyas funciones eran similares y tenía como asiento una pequeña oficina al fondo del antiguo edificio de la Comandancia de Policía Municipal de Saltillo en las calles de Aldama y Bravo.

Estaba muy lejos el perfil de la Policía Secreta: leal, discreto, honesto, disciplinado, diligente, sagaz y con excelente conducta.

Agarraban a individuos violentos, buenos para la pistola y la tortura a veces sin ninguna preparación; más bien eran tipos que odiaban a la humanidad.

Este antiguo aparato de espionaje recibía directamente instrucciones del Presidente de la República en turno, de los gobernadores de los estados y de los alcaldes. Era una organización policial que operaba en secreto, por lo que sus miembros no llevan uniforme que los identificara.

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