“La poesía huye, a veces, de los libros para anidar extramuros, en la calle, en el silencio, en los sueños, en la piel, en los escombros, incluso en la basura.” J. Sabina
Los últimos días del año que recién termina fueron de guardarse en casa y nos han permitido re valorar el tiempo en familia. Una de las consecuencias inevitables del capitalismo, según Erich From es la alienación de un sistema que transforma los individuos en instrumentos al servicio de la producción y el consumo. En los 100 puntos del segundo piso de la transformación que llevará a cabo la presidenta Claudia Sheinbaum se encuentra la reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales.
La primera reducción histórica fue en 1960, en la Unión Soviética a 36 horas por semana. La medida fue precedida por políticas públicas,que aplicaron todo tipo de mejoras de orden técnico, económico y de organización racional del trabajo a través de los consejos económicos.
En México los sectores más desmovilizados han afirmado que es imposible aplicar una reducción a 40 horas de la jornada porque las empresas quebrarían.
Sin embargo, sabemos que el dinero que producen se divide en dos partes, una va a los empresarios por medio de sus dividendos y ganancias, y otra va a los trabajadores por medio de sus salarios y prestaciones. En los países de la OCDE la tasa es de 57/43, donde la primera se la quedan los trabajadores (casi el 60%) en el mundo es 53/47, también en favor de los trabajadores, en México es de 65% a favor de los empresarios.
Ante la visión humanista que concibe al ocio como un derecho revolucionario tal y como afirma José Miguel Villarroya, los conservadores han elaborado la clasista categoría del nini. El ocio proviene de latín y significa reposo; esto es, el Dolce Far Niente: un momento donde nos conectamos con nuestra mente, reconocido en el articulo 24 de la declaración universal de los Derechos Humanos. La mente es el espacio donde manifestamos la inmensa capacidad de nuestro lirismo.
Podemos acallarla pensando en una libertad impuesta que nos deja la culpa como recompensa para destruir lo más profundo de nosotras, nuestros sueños.
O reconocernos ajenas a esa responsabilidad y arrullarnos bajo el agua de la noche y guarecernos bajo la sombra de la escarcha para no traicionar a las niñas que fuimos y escucharlas repetir lo que nunca se atrevieron a decir y así, sanar las palabras en el silencio de la contemplación.
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