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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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09 Noviembre 2018 04:00:00
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Hace unos días volví a Tequila. Caminé sus calles. De nuevo me sorprendió descubrir, por enésima vez, que la plaza no es tan grande como en mi recuerdo. Me senté a la sombra de sus laureles. Noté cuánto ha cambiado, ahora es un pueblo para turistas, con jóvenes que promueven a gritos visitas a las fábricas o venden lo que ahí se produce.

Volví a la casa donde pasé mi infancia, tan distinta ahora pero tan viva en mi recuerdo.

Volví a recuperarme un poco. Me traje fotografías que mi madre atesora: mi abuelo Salvador, en plena Guerra Cristera. Su rostro me es tan ajeno, es un jovencito de 20 años, flacucho, con porte de actor de película muda.

Otra foto en blanco y negro de mi padre con sus compañeros de generación, posando en la puerta del primer hospital donde trabajó como médico. Algunas más, aún en vivos colores, donde estoy con mis hermanos, subiendo las pirámides de Palenque, ocultando una sonrisa chimuela frente a la cámara.

Fotos con mi sobrina María en su primer cumpleaños. Hace 24 años. La miro y confirmo cuánto he cambiado.

Busco en la mirada del retrato ese otro que fui, siento que me ve y me desconoce. ¿Yo soy éste?, me pregunto, ¿y el viejo que terminó siendo mi abuelo fue ese jovencito con fusil al hombro? ¿y mi madre esa mujer radiante que sonríe a mi padre en su viaje de bodas? Cuántas personas somos tan distintas a lo largo de la vida sin dejar de ser uno mismo.

El martes pasado presenté mi novela reciente en Guadalajara, Un Corazón Para Eva, en primera fila estuvieron mis padres, mi hermana y su hija María -con novio al lado- y, cuando llegamos a la gustada sesión de preguntas y comentarios del respetable o lo que Ramón Córdoba denomina como “una de las más sofisticadas formas del infierno: abrir el micrófono al público al final de la presentación de tu libro”, la plática se derivó en mis años en Buenos Aires.

De golpe volvió el recuerdo de sus librerías, el ruido de sus cafés, la música del Homero Manzi, sus tormentas de invierno en pleno agosto, y me dije, quiero volver.

Revivir el pasado que nunca deja de latir en nuestras venas, de reposar en el fondo de la mirada. ¿Por qué idealizamos lo vivido?, ¿por qué creemos que aquello fue mejor que esté presente moribundo? Recordamos con amargura resignada las ciudades donde fuimos felices y queremos volver de nuevo a esa gente, a compartir la mesa, la lectura bajo la misma lámpara.

No vivimos el presente porque el recuerdo aplasta la cotidianidad. ¿Por qué siempre añoramos volver?

Volver al blanco y negro de la infancia. Volver a componer el primer noviazgo, a escuchar el lado B de cierto disco.

Volver para decir sí en el momento justo. Volver a pedir perdón cuando nuestro silencio perturbó su mirada. Volver por lo que fue nuestro cuando ni siquiera nos dimos cuenta que lo perdíamos, como si el destino no fueran aguas que inevitablemente corren hacia el despeñadero.

Mientras escribo, Facebook vuelve a postear un recuerdo, una foto mía de niño: tengo tres años y estoy de pie, afuera de mi casa en Tequila.

No sonrío, sin embargo, recuerdo que fui feliz y otra vez quiero volver.
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