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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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20 Julio 2019 04:01:00
Si evade paga
Solo podremos ser realmente felices hasta que sepamos exactamente quiénes somos; solo podremos saber exactamente quiénes somos cuando sepamos de qué somos capaces y solo sabremos de qué somos capaces cuando dejemos de evadir lo que tenemos que enfrentar.

Todos evadimos algo: responsabilidades, problemas, dolor, por ejemplo. Eso es normal. La vida no avisa, como el “diablero”, “ahí va el golpe”. Es muy probable que de pronto no nos sintamos preparados para afrontar lo que se nos presenta.

Sin embargo, en algún momento tendremos que dejar de huir y plantar cara. Es un paso necesario para que la vida continúe como se supone que debe hacerlo: en crecimiento, de manera que hagamos realidad todo aquello que deseamos.

Pero lo normal es que la mayoría crea que, habiéndolo hecho una vez, puede evadir para siempre lo que hay que resolver. La vida se detiene entonces, porque se deja de crecer, que no es otra cosa que irse conociendo e integrando interiormente en el ser que genuinamente somos.

Somos nuestros mayores desconocidos porque evadimos más de la cuenta, o incluso siempre, aquello que revelará nuestras fortalezas y debilidades, nuestro potencial, sacando fuerzas y sabiduría de nosotros. Nos acomodamos en la evasión, a ensoñar la vida. Trabajamos, estudiamos, nos divertimos, nos enamoramos, tenemos hijos; todo creyendo que vivimos y con ello nos labramos un futuro, cuando en realidad nos estamos evadiendo justo en todas esas actividades. Escapamos de nosotros mismos, de nuestro dolor y nuestros malestares, de la conciencia que nos dice a cada momento que la vida es mucho más que esto.

Entonces sucede lo que muy bien describió el psicólogo y guía espiritual Wayne Dyer: “A menudo la evasión del presente conduce a una idealización del futuro. En el futuro, en algún momento maravilloso del futuro, cambiará la vida, todo se ordenará y encontrarás la felicidad. Cuando llegue ese momento tan importante y suceda lo que esperas –tu graduación del colegio o Universidad, el matrimonio, un niño, un ascenso– entonces empezará la vida en serio. Y lo más probable es que cuando llegue ese momento y ocurra el suceso esperado tendrás una gran desilusión. Nunca podrá ser lo que esperabas”. 

Y no podrá ser lo que uno esperaba porque se evadió lo que se tenía que hacer para que lo fuera. Se aferra uno a la esperanza de la mal llamada “solución mágica”. Pero si hay algo que requiere mucho trabajo y mucha práctica, para que parezca que no, es justamente la magia.

Afrontar es asumir y resolver. Evadir es dejar cabos sueltos por todo el trayecto de vida, lo que nos deja finalmente a la deriva. La persona que escapa, dice el maestro de yoga y escritor Ramiro Calle, “no puede madurar, ha suspendido su aprendizaje vital, no prosigue en la evolución de sus fuerzas de crecimiento y de desarrollo armónico”, porque “la segunda vía, la del escape renuente, está sembrada de subterfugios, componendas, paños calientes, toda suerte de autoengaños y embustes, amortiguadores psíquicos que en nada amortiguan y salvavidas que no nos procuran ningún tipo de seguridad”.

Hay muchas formas de escapar, en pensamiento, emoción y acción. Se sabrá que hay evasión porque tras bambalinas de la farsa que se lleva por vida habrá un malestar sordo al que se intentará calmar o incluso compensar, antes que afrontar, cada vez que se intensifica. Es una “angustia básica”, compuesta de “fragmentación y dolor”, describe Calle.

¿Y por qué dejar de evadirse si la perspectiva de afrontar aterra? Porque atraemos aquello que queremos evitar. Lo que se acepta mengua, lo que se rechaza crece, debido a la energía concentrada que recibe. El universo generosamente nos multiplica aquello en lo que nos concentramos.

Decía Ayn Rand, filósofa ruso-estadunidense nacida a principios del siglo pasado: “Podemos evadir la realidad, pero no podemos eludir las consecuencias de evadir la realidad”.
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