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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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02 Abril 2020 04:01:00
Quehaceres del ocio
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La obligada reclusión domiciliaria decretada a causa de la pandemia que azota al mundo ha puesto a prueba la imaginación y la creatividad de cada uno de nosotros para sobrellevar las horas muertas del encierro. No ha sido fácil -al menos para quien esto escribe, individuo en edad de alto riesgo- rediseñarse los días de la prolongada cuarentena.

Uno de los problemas capitales ha sido, sin duda, la dependencia. Metido en cuatro paredes, para conseguir cualquier cosa del mundo exterior es necesario acudir a alguien dispuesto a hacerle a uno el favor. Esa dependencia, a querer y no, provoca una disminución en la autoestima, sin importar la muy buena voluntad de quien esté dispuesto a subsanar las carencias que se van presentando.

Maestro jubilado, ajeno ya a la disciplina que impone la tarea de enseñar, así sea mediante la educación a distancia, me resulta difícil organizar una rutina cotidiana, después de desahogar los compromisos derivados del home office, como dicen los angloparlantes.

Las horas libres han servido para leer, escribir un poco y aprovechar la estupenda oferta cultural que ofrece el internet, las cuales mantenía inexploradas por falta de tiempo. Así, gracias al servicio en línea del Colegio Nacional, se pueden escuchar y “ver” tres brillantes conferencias de Luis Villoro sobre ficción y hechos verificables en novelas mexicanas con trasfondo histórico: La Sombra del Caudillo, de Martín Luis Guzmán; Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y Los Relámpagos de Agosto, de Jorge Ibargüengoitia.

Dueño de una cultura impresionante y de una visión agudísima, Villoro practica una inteligente disección de la obra de los tres escritores y la forma en que combinan la ficción con los hechos históricos, salpicando la exposición con datos biográficos de los autores que explican su interés en los temas. Las tres conferencias, enriquecedoras de la comprensión para quienes han leído los libros, e invitación amenísima a empezar a leerlos para quienes no lo han hecho todavía, son un ejemplo de erudición ajena a la pedantería.

Los tres libros, sin pretensiones de “novelas históricas”, son hilos de la urdimbre del tapiz de lo que fue el México posrevolucionario. En Pedro Páramo, Rulfo recoge solamente ecos de la Revolución Mexicana y de la Guerra Cristera, mientras Martín Luis Guzmán hace girar su novela en torno al asesinato de Francisco Serrano ordenado por Álvaro Obregón, masacre en la que murió también nuestro paisano el poeta Otilio González.

“Si Mariano Azuela escribió de los de abajo, Martín Luis Guzmán escribió de los de arriba”, afirma Villoro, desnudando descarnadamente la feroz lucha por el poder, que no se detiene ni ante el asesinato, en este caso de un amigo y compadre, como lo fue Obregón de Serrano.

Ibargüengoitia, por su parte, dueño de un humor y una ironía sin parangón en la literatura mexicana, vuelve una deleitable narración picaresca la actuación de los políticos posrevolucionarios. Su capacidad camaleónica para cambiar de bando, sus traiciones y sus ambiciones que, en la pluma de Ibargüengoitia, se convierten en motivo de regocijo para el lector.

Quien esto escribe no es quién para dar recetas de cómo sobrevivir a la cuarentena, pero sí se atreve a recomendar las conferencias de Villoro en el Colegio Nacional, mismas que despliegan ante el escucha el variopinto tapiz histórico y literario de la historia reciente de un país que hoy enfrenta una paralizante crisis inédita.

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