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Dan T
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12 Enero 2017 04:07:00
Mad Max CDMX
En un mundo apocalíptico, la Ciudad de México vive inmersa en el caos. Lejos, muy lejos quedaron las promesas del Gobierno, unas autoridades de las que ya nadie se acuerda. Hoy lo que impera es la ley del más fuerte y el bien más preciado es la gasolina. Quien tiene gasolina, tiene el poder. Y eso lo sabe nuestro héroe, Mad Max CDMX, que no tiene otra misión en la vida que tratar de sobrevivir a las terribles tribus caníbales perredistas, a los hombres rata tricolores y a los pejelagartos morenos, todos ellos mutantes que surgieron tras la crisis del gasolinazo.

Mad Max CDMX es un aventurero, mitad pirata, mitad microbusero. Bueno, en realidad es un microbusero pirata, pero eso no suena tan cool. Hábil con el volante, es también un as con las mujeres. En este nuevo mundo escaso de combustible, Mad Max CDMX sabe cómo hacer que caigan rendidas a sus pies. “¿Te lleno el tanque, mamacita?”, es su frase infalible para derretir el corazón de cualquier chica banda del oriente capitalino. Porque, a fin de cuentas, en este nuevo mundo los verdaderos machos y hembras alfa eran quienes traían gasolina.

Y para conseguir un litro de gasolina había que enfrentarse a todo tipo de peligros, como cruzar a nado el río de Churubusco y sus terribles aguas infestadas de todos los desechos –eso sí, muy orgánicos– que dejaron las hordas de hipsters en su huida de la ciudad. Sólo así era posible llegar a la gasolinería de División del Norte, donde, lo más probable, era que tuviera que pelear a golpes con algún Ubernagual, de esos que creyeron en el dinero fácil y terminaron en la miseria, mendigando un poco de pan, sin dejar de ver la pantalla de su celular.

Otra de las pocas fuentes de abastecimiento del ansiado combustible se encontraba en las inhóspitas llanuras de Polanco, donde gobernaba el clan Godínez, un pueblo sanguinario y salvaje que desollaba a sus enemigos con grapas de escritorio, pero sólo de 9 de la mañana a 6 de la tarde, con una hora de comida.

Pero sólo los más valientes se atrevían a ir por gasolina al mismísimo infierno: el reino de los chavorrucos, en lo que alguna vez fue el popular barrio de la Roma-Condesa. Poseedores de una infinita riqueza en cuestión de combustible, los chavorrucos exigían como tributo, invariablemente, la entrega de una docena de millennials. Su sangre, decían, les permitía permanecer jóvenes, sin canas, y sin culpas por seguir usando camisetas negras ajustadas, jeans y tenis, después de los 30 años.

Para Mad Max CDMX, cada día en la otrora capital del otroro país, era una aventura. O, mejor dicho, una salvajada. Y esa noche quería acción, pues había conocido a una auténtica niña bien, cuyo aroma lo volvía loco, pues era de esas que usan el irresistible perfume de dos gotas de Premium detrás de las orejas.

Temerario como era, Mad Max CDMX subió a su microbús, atrancó las puertas para evitar que alguno de los miles de políticos que quedaron en el desempleo intentara asaltarlo, y se lanzó en busca de su amada a toda velocidad. Bueno, a la velocidad que del vuelito que agarraba el micro en las bajaditas, pues ni modo de andar pisándole al acelerador estando la gasolina tan cara. Atrapado en el tráfico milenario, ese que no se sabía si algún día avanzaría, Mad Max CDMX recordó sus años felices, aquellos en los que gobernaba la ciudad y la gente lo llamaba doctor Mancera.

¡Nos vemos el martes!
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