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Guadalupe Loaeza
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14 Septiembre 2017 04:07:00
Leo Matiz
El mismo día que asesinaron a León Trotsky, el 21 de agosto de 1940, llegó a la Ciudad de México Leo Matiz (1917-1998). El fotógrafo colombiano, nacido en Aracataca, tenía apenas 23 años cuando se embarcó en el vapor Santa Elena, con su inseparable boina negra, su cámara Rolleiflex colgada al cuello y un frondoso bigote oscuro. “La sed de viajar y de conocer convirtió a Leo Matiz en un fotógrafo incansable que saltaba del desierto mexicano a la inhóspita selva brasileña, cazando imágenes para las portadas de las revistas Reader’s Digest, Look, Norte, Harper’s Magazine, Life y Así”, dice su hija Alejandra, presidenta vitalicia de la Fundación Leo Matiz creada en 1998 por iniciativa de su padre, quien también era caricaturista, pintor, creador de periódicos y galerías de arte; “soy pintor por atavismo, fotógrafo por hambre y loco por talento”, solía decir de sí mismo.

A finales de 1941, Leo Matiz conoció a José Clemente Orozco, quien se encontraba terminando sus murales en la Suprema Corte de Justicia. En uno de los paneles que reflejaba la postura política del pintor jalisciense, el fotógrafo descubre un brazo rojo que levanta un piolet. Era la misma arma que usó Ramón Mercader para asesinar a Trotsky. Sin pensarlo dos veces, Matiz tomó su cámara y fotografió esa parte del mural. Ya para entonces, Leo había leído mucho sobre el muralismo. También conocía el trabajo de David Alfaro Siqueiros, cuyo estudio visitó en 1944. Lo que nunca se imaginó fue que relacionaban al pintor con el asesinato de Trotsky, tal como lo consignaban los diarios mexicanos, los cuales reiteraban las acusaciones en su contra como responsable del asalto a la casa del fundador del Ejército Rojo antes del homicidio, según relata Miguel Ángel Flórez Góngora. Así como el fotógrafo estableció una amistad fundada en la estética y la admiración con Orozco, igualmente la establece con Siqueiros. “Ingresé a los estudios de los grandes pintores y de ese encuentro tuve una experiencia importante. Me propuse presentar sus vidas en la actividad de sus propios caballetes. Mi amistad con Siqueiros, Orozco y Rivera se basó en que nunca les mentí. Fui honrado con cada uno de ellos y fotografié su trabajo con profundidad y entusiasmo. No hice el papel del fotógrafo que capta una escena y se va. Trataba de entender sus obras y sus motivos. Me aproximé a ellos con la veneración juvenil que se tiene hacia los ídolos”.

Con esa misma veneración se acercó y trabajó con directores de cine como: Emilio Fernández, Julio Bracho y Fernando de Fuentes. Del director ruso Serguéi Eisenstein, había aprendido una consigna la cual nunca lo abandonaría: “la esencia de una nación se deposita en sus rostros”.

Y vaya que supo captar la esencia de una nación a través de los rostros, como el de Luis Buñuel, Esther Fernández, Cantinflas, Pedro Armendáriz, María Félix, Pedro Infante, Diego Rivera, los hermanos Soler, Gloria Marín, Manuel Rodríguez Lozano, Agustín Lara, Pablo Neruda, Lupe Vélez y Dolores del Río.

De todas estas fotografías que admiré con verdadero fervor en la exposición “Leo Matiz, el muralista de la lente. A cien años de su nacimiento”, en el Antiguo Colegio de San Ildefonso (la cual estará abierta hasta el 24 de septiembre), las que me entusiasmaron y conmovieron enormemente fueron las de Frida Kahlo. Allí está con su rebozo largo, largo, en su cocina cubierta de azulejos y jarrones de barro, al lado de Diego. Ambos tienen cara de sorpresa, como si Matiz los hubiera captado inesperadamente. Frida, platicando con su alumna frente a la cantina de Coyoacán; Frida, de pelo muy corto por haberse enterado de que su hermana Cristina y Diego habían tenido un affaire. En esa fotografía lleva falda recta y mira fijamente el lente del maestro. Y Frida, con su blusa floreada de mazahua, peinada de trenzas adornadas con muchas flores y mirando al sol. La fotografía fue tomada de abajo hacia arriba, un ángulo perfecto el cual capta los pómulos de Frida y sus inconfundibles cejas. Su gesto pensativo y su tocado me recordaron el busto recién presentado en la Casa Azul, por una prestigiosa casa española.

Después de haber visto esta espléndida exposición del maestro Matiz, al bajar las escaleras de San Ildefonso, no pude evitar imaginar a Frida corriendo con los “cachuchas”, por los jardines del convento, en la época en que era estudiante de preparatoria. Seguramente en esos años, jamás se figuró que con el tiempo se convertiría en un gran ícono fotografiado por Leo Matiz.
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