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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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26 Mayo 2019 04:08:00
La industria del ‘chayote’
Eran parte del folclore periodístico de la época. Una práctica que, si bien no merecía la aprobación, resultaba comprensible, propia de reporteros mal pagados o editores de pequeños periódicos que aparecían no cuando Dios quería, sino cuando Dios se descuidaba, decíamos entonces. En verdad, aquello no causaba indignación. Finalmente era una forma muy triste de sobrevivencia. Hubo gobernador –no me lo contaron, lo vi en la Región Carbonífera– que entregaba un billete a cada uno de los periodistas formados en fila.

Al igual que toda práctica oscura nimbada de indignidad, esta industria del periodismo picaresco ha recibido diferentes nombres. “Embute”, le llamaban hace un medio siglo. Después se le aplicó un término supuestamente eufemístico y menos brutal: “el sobre”. Hoy, quién sabe por qué, se le conoce como “el chayote”. Mañana quizá estrene un nuevo nombre.

La costumbre es histórica. Ya don Porfirio Díaz, al explicar los ataques de los que era objeto en la prensa, solía decir: “Esos gallos quieren maiz”. (Así, sin acento). Cuando presidente, José López Portillo casi, casi elevó el maiceo porfirista a norma gubernamental. “Yo no pago para que me peguen”, advirtió a la revista Proceso al retirarle toda la publicidad oficial.

Tiempo atrás, el soborno a periodistas podía considerarse una ordeña hormiga de los presupuestos gubernamentales. El “maiceo” era individual y de poca monta. Pero todo cambia y avanza, y el embute, el sobre o chayote se volvió una industria de gran escala. Los reporteros y conductores de programas informativos de radio y de televisión crearon agencias de publicidad, empresas comerciales, oficinas especializadas en manejo de imagen o proyectos más o menos sociales, más o menos culturales, para obtener apoyo oficial. De esa manera la dádiva de antaño se tornó caudaloso río de dinero destinado al bolsillo de periodistas-empresarios.

En su escalada del enfrentamiento contra los periodistas no afines a la Cuarta Transformación, el presidente Andrés Manuel López Obrador arremetió frontalmente contra lo que llamó “el hampa periodística”. Esta vez no se quedó, como en el caso de los corruptos, en el simple enunciado. No. En esta ocasión filtró nombres y cantidades. ¡Y qué cantidades!

De acuerdo con la información proporcionada por el Instituto Nacional de Acceso a la Información (ICAI), Joaquín López Dóriga recibió durante el pasado sexenio “contratos” por 251 millones de pesos. En la larga lista aparecen decenas con cantidades ligeramente menores.

Naturalmente, los contratados, por mucho que lo nieguen, debieron de adecuar sus colaboraciones periodísticas al gusto y las necesidades del contratante. De allí que hayamos atestiguado cambios drásticos en los enfoques de columnistas sobre tal o cual funcionario, que de impresentable pasó de un día para otro a modelo de eficiencia.

La revelación, sin duda alentada por el presidente López Obrador, es un golpe demoledor a la credibilidad, de alguna manera, a todo el ejercicio periodístico.

Lo que antes fueron escaramuzas con este u otro informador, el Presidente las convirtió, sin ambages ni simulaciones, en guerra abierta, sin cuartel. Resulta difícil prever las consecuencias de este choque frontal, aunque por lo pronto hay ya un saldo negativo: colocar bajo sospecha, sin exclusión de nadie, a cuantos critiquen al Gobierno o le señalen sus errores, dejando en exclusiva al Primer Mandatario el uso de la voz.

Nada positivo, por cierto.
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