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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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14 Septiembre 2018 04:00:00
La idea de México
Si para George Steiner la idea de Europa es un café siempre a la vuelta de la esquina en cualquier ciudad del viejo continente y para Borges, las largas mesas de la amistad podrían ser lo que resume a los argentinos, para México, la cantina sería el lugar ideal para encontrar nuestra esencia.

En la cantina uno debate, canta, llora, hablamos de política, firmamos negocios. Nos peleamos y reconciliamos con nosotros mismos. Es el lugar idóneo para encontrar a los amigos o pelear con ellos; escuchar música para recordar y beber para olvidar.

Hasta hace pocos años, la cantina estaba reservaba sólo para hombres, al pie de la barra había un canalito para que el bebedor no se distrajera en ir al baño a orinar, y si se perdía ensimismado en sus recuerdos podía encontrarse de nuevo en el espejo que sigue detrás del cantinero y que atestigua lo que sirve.

Ese refugio en los años 70 del siglo pasado fue perdiendo su virilidad y venturosamente dejó paso a las mujeres, con los anuncios que decían: “Ambiente familiar”.

La Ciudad de México tiene cantinas centenarias: La Ópera, desde 1876, que presume en sus paredes orificios de bala de Pancho Villa; El Gallo de Oro, desde 1874, en la esquina de Bolívar y Carranza; Salón París, en la Santa María la Ribera, segunda casa de José Alfredo Jiménez; o La Jalisciense, en el centro de Tlalpan. Pero la cantina que yo conocí bien está en Tequila y se llama La Capilla. Los lunes era el mejor día para comer y beber, en aquellos años, mi papá era uno de sus mejores clientes.

En aquellos años 70, Tequila era un pueblo rascuache, tenía doce destilerías y hasta el viento embriagaba con su fino tufo a fermentos y alcohol. Ahora, y después del boom del tequila a finales del siglo 20, la bebida nacional ganó su denominación de origen, galardón que sólo tienen grandes licores en el mundo y que también tomaron el nombre del lugar donde nacieron: champan, coñac y oporto.

Más de 200 años de antigüedad tiene el tequila así como lo conocemos, mismos años que le ha costado llegar al lugar que ahora ostenta: las mesas de manteles largos. En dos décadas Tequila pasó de una treintena de marcas a más de 1500.

Los más desarraigados, por darle otro status, negaron su tradicional caballito, que tan bien se ajusta a la palma de la mano, al puño que palpita como un corazón, y comenzaron a servirlo en copa de brandy. Ahora Tequila es un pueblo próspero, con una autopista que acorta el tiempo de recorrido desde Guadalajara. El paseo es bordeando azules mezcaleras como un mar tendido al ras de la tierra.

La idea de México no sólo nació un 16 de septiembre, en la cantina y su mundo interior, donde no es raro encontrar un altar a la Virgen de Guadalupe, nos ha dado identidad, no el café como en el ensayo titulado La Idea de Europa, de George Steiner.

Cuando en 1992 llegué a vivir a la Ciudad de México, el café era una insípida agua diluida que se tomaba en Vips y Sanborns, sí había cafeterías de tradición, pero nada comparado con tantas cantinas que aún resisten en cada pueblo de México, sitio ideal donde por fin nos sentimos dueños de nuestro pasado.
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