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23 Mayo 2020 04:07:00
Don Porfirio y el virus
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Por: Jorge Volpi

Tras 12 años de catastróficos gobiernos, en 2018 AMLO al fin pudo poner en marcha su proyecto de país. Poco importa que su primer año exhibiera más gestos que resultados, a principios de 2020 su meta parecía clara: terminar con la fuente de todos nuestros males, ese monstruo sinuoso y ubicuo que él denomina “neoliberalismo”.

Justo entonces, cuando preparaba la madre de todas las batallas, le surgió otro rival inesperado: un bicho invisible que, aprovechándose de esa globalización que tanto le irrita, amenaza con convertirlo en mero gestor de la debacle.

Curtido en mil escaramuzas, AMLO se ha resistido a aceptar el desafío del SARS-CoV-2. Si se rehusó a admitir su gravedad, manteniendo sus giras, y si ahora se empeña en convencernos de lo bien que ha domado la pandemia y de cómo el pueblo mexicano se mantiene felizmente encerrado y felizmente dispuesto a salir del encierro, es porque no quiere que este diminuto enemigo enturbie sus planes. Cuando afirmó que la pandemia le venía como “anillo al dedo” a la 4T, el lapsus asumía que la Covid-19 no es un peligro, sino un aliado contra el “modelo neoliberal”.

Asediado ante las erráticas medidas derivadas de este insólito argumento –el retraso en decretar la distancia social, las dudas ante las cifras de contagios y muertes, la decisión de no generalizar las pruebas o de anunciar el “regreso a la nueva normalidad” en pleno pico de contagios–, el Presidente decidió explicar su estrategia en un ensayo. Que alguien que se dirige a diario a los medios haya optado por la escritura muestra que las mañaneras ya son insuficientes: su voz se ha convertido en nuestro ruido de fondo cotidiano.

La nueva política económica en tiempos del coronavirus hace honor a Reyes, quien definió al ensayo como el centauro de los géneros: un texto en el que cabe todo, algo de argumentación, una dosis de erudición histórica, mucha ideología y buenas intenciones.

AMLO detalla lo que entiende por “neoliberalismo”, pero su definición nada tiene que ver con Friedman o Hayek, ni siquiera con Reagan o Thatcher. Para él, es un trasunto del porfirismo: un sistema que solo busca el progreso material.

Frente a ello, propone un modelo que, sin embargo, solo en el combate a la desigualdad coincide con la agenda de la izquierda.

Su plan contempla cinco puntos: democracia, justicia, honestidad, austeridad y bienestar.

En el primer rubro, celebra la división de poderes e insiste en instaurar mecanismos de democracia directa, al tiempo que el propio documento incluye su último decreto, un claro intento por sobrepasar al Legislativo.

Uno de los apartados que más sorprende es el de justicia: en un país donde el 96% de los delitos no se resuelven –donde no existe el estado de derecho–, no habla de una reforma al sistema de justicia o de la militarización a la que ha sometido al país.

En su lugar, aboga por una justicia distributiva que ve como receta única frente a la crisis del Covid-19 los apoyos directos a los más pobres.

Sin duda este sector es el que más ha sufrido siempre y su intención de beneficiarlos ha sido la loable bandera que lo llevó a la Presidencia, el problema es que para financiar estos programas se resiste a cualquier aumento de impuestos a los más ricos y recurre en cambio a una medida típicamente neoliberal, el adelgazamiento extremo del Estado.

Ninguna otra parte de la agenda de la izquierda aparece en el documento, como la ecología o la sustentabilidad, y apenas extraña que no haya ninguna mención a políticas de género, la cultura o a la relación de México con el resto del mundo, fuera del T-MEC, ofrecido como una suerte de premio de consolación a las clases medias y altas.

Abstraído en sí mismo, el Presidente no se da cuenta de que ataca al demonio con las armas del demonio, acaso porque su error de fondo estriba en creer que el neoliberalismo del siglo 21 y el porfirismo del 19 son equivalentes.

Como queda claro al final de su ensayo, nuestro Presidente no deja de ser sino un moralista utópico que desprecia los bienes materiales y ensalza, por encima de las demás virtudes públicas, nuestra inagotable capacidad de ser mexicanos felices.
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