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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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21 Julio 2019 04:00:00
Desfiguros
Es por demás, ya no hacen a los expresidentes como antes. Los que dejaron recientemente el cargo se dedican, dirían mis tías, a hacer puros desfiguros.

Ernesto Zedillo es el último de los expresidentes del viejo estilo. De aquellos que al salir de Palacio Nacional eran conscientes de que concluía su mandato y con ello terminaba el periodo de estar a la mitad del foro con los reflectores encima. A partir de ese momento el papel principal tocaba al sucesor. Hubo, por supuesto, excepciones.

Fue el presidente Lázaro Cárdenas el encargado de trazar la frontera entre el pasado y el presente. Cansado de las intromisiones de Plutarco Elías Calles y los callistas en su Gobierno, la madrugada del 10 de abril de 1936 un piquete de soldados sacó de la cama al hasta entonces Jefe Máximo de la Revolución
Mexicana y lo condujo a un avión que lo llevaría a Estados Unidos.

Ese mismo día Cárdenas exigió la renuncia a todos los altos funcionarios ligados políticamente. El mensaje era claro: gobierna el Presidente en turno y el que dejó de serlo se va a su casa.

Sin embargo, al terminar su sexenio rompió la regla que él mismo impusiera. Ocupó cargos públicos, entre ellos la Secretaría de la Defensa Nacional en un momento crítico: cuando México había declarado la guerra al eje Alemania-Japón.

Posteriormente, su simpatía por la Revolución Cubana y su admiración por Fidel Castro lo llevaron a encabezar una manifestación en el zócalo de la Ciudad de México. Allí anunció su intención de viajar a la isla que en esos momentos sufría la invasión de Playa Girón.

Después de un cambio de impresiones con el presidente Adolfo López Mateos, según se dijo entonces, Cárdenas volvió a la penumbra del segundo plano tras asegurar que su visita a Cuba resultaba innecesaria, pues el Gobierno de Castro había aplastado ya a los invasores de Playa Girón.

A su vez, López Mateos fue fugaz presidente del comité organizador de las Olimpiadas de 1968, puesto que abandonó debido a su mal estado de salud.

Cuando José López Portillo consideró que su antecesor, Luis Echeverría, asumía un papel en exceso protagónico con el tema del Tercer Mundo, lo mandó de embajador a las Islas Fiji, al no encontrar en el mapa lugar más lejano.

Miguel de la Madrid escenificó comentado desliz en una entrevista con Carmen Aristegui, señalando actos de corrupción cometidos por Carlos Salinas de Gortari. De inmediato lo desmintió su propia familia, achacando la indiscreción a problemas de la edad del expresidente.

En todos estos casos la ruptura de la regla de oro impuesta por Cárdenas puede calificarse de episódica. El Presidente en turno se ocupó, de una manera u otra, de meter al orden a quienes contravenían el acuerdo no escrito.

Hoy, en cambio, los expresidentes hablan hasta por los codos; opinan, critican, participan en la televisión, forman partidos políticos, se enzarzan en controversias por tuits –y el Presidente les responde–, presumen en las redes sociales sus pasos de baile o acaparan las portadas y las páginas de las revistas del corazón en fotografías con su pareja cargada de rosas.

Empeñados en hacer sus aportaciones al desconcierto nacional, los expresidentes Fox, Calderón y Peña Nieto se dedican únicamente a meter ruido, mucho ruido —Joaquín Sabina dixit—, sin aportar nada constructivo, ninguna idea, no digamos original, ni siquiera sensata, Exhibicionismo puro.

Perdón por usar una frase muy gastada, pero adecuada al caso: “Calladitos se ven más bonitos”.
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