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Dalia Reyes
Dalia Reyes
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25 Marzo 2017 04:00:00
Sábado aquí
El sábado toca, eso ha sido una tradición mexicana desde tiempos inmemoriales.

El sábado se plancha previo a pardear la tarde, lo aprendí de mi madre, de Doña Luz, de mi hermana, de mis tías, de Conchita la de Arteaga, de las vecinas y de toda la pléyade de mujeres que han poblado mi historia mediata e inmediata.

Este día tiene color y aroma especiales. Empieza, en realidad, la noche del viernes, cuando se abraza la ensoñación de levantarse tarde, tomar el café con detenimiento y el almuerzo con cariño, pero esa realidad le llega a muy pocos y muy pocas en este país.

El séptimo día se lava el coche. Los hombres hacen un ritual de agradecimiento para ese tótem mueble que los protege de todo mal; le rinden tributo con decididos tallones en los tapetes y embestidas libidinosas contra los sillones empolvados.

Ellos visten un traje ceremonial cuya vistosidad anuncia a cualquiera la profundidad del acto y la religiosidad del momento; cumplir la ceremonia con pantaloncillos cortos y libre el pecho de la camisa profana es el éxtasis de la simbiosis varón-auto-varón.

Las mujeres, en ese día, hacen hot cakes y lavan ropa; se conectan con la lavadora en una manifestación esotérica, durante la cual, las penas de una levitan sobre el entendimiento de la otra y así se comprenden en las cadenas invisibles que las atan a una rutina nunca escrita, pero asumida por un flagelo histórico intangible.

La lavandería es el preámbulo del viaje al súper ?exceptuando a las mujeres a quienes, en el éxtasis de la desgracia, ?las llevan? a las compras el domingo. Surtir la despensa en sábado, al parecer, vino junto con el anatema eterno cuando el hombre fue echado del Paraíso.

El día cierra sin sobresaltos: Visitar a la abuela en visita oficial, una destinada a visitar y no a llevarle a la santa mujer niños por la mañana y recogerlos en la tarde.

Un sábado así nos deja dormir tranquilos, pues es tan claro que el mundo gira como se debe.

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24 Marzo 2017 04:00:00
Un beso así
Pensé que venía a saludarme de beso, pero pasó de largo y fue a poner su queja en la ventanilla. La perplejidad me invadió, porque nadie camina con la trompa parada rumbo a la autora de sus desdichas.

Hasta ese día, no había notado lo protuberante de sus labios, más bien la recuerdo fina y acotada en sus rasgos faciales, toda armoniosa y pequeña. Cuando me percaté de su desdén, caí en esta cuenta a) ahora pertenecía a la tribu etíope de los mursi y se puso un plato en los labios, o b) se inyectó colágeno para emular a la Jolie.

Pero antes que emularla la pasó a amolar, porque ella de Jolie tenía lo que la humanidad moderna de civilizada. Nadie en sus cinco sentidos defenderá que hemos evolucionado cuando nuestras costumbres siguen siendo tan tribales; la diferencia es que nosotros llevamos vestidos y los aborígenes taparrabos. No, perdón, muy seguido también revistas como Hola y TV Notas publican con bombo y platillo chicas con atuendos de monja si se comparan con la desnudez de las mujeres papúas.

Pero no es el encueramiento lo que nos hermana con los ancestros incivilizados, sino la competencia por tener más hoyos en nuestro cuerpo, y conste que no es albur. El otro día vi en la tele un ritual de conquista entre hombres y mujeres zulu: Todos aparecen con las caras maquilladas de colores fantásticos, abren los ojos y boca desorbitadamente para que vean cuán blancos tienen ambos y se mueven en el frenesí de los tambores.

¿Cuál es la diferencia entre ellos y nosotros? Las bodas mexicanas en la actualidad incluyen novios maquillados hasta la ignominia –los dos-, ataviados de formas inusuales en la vida cotidiana y bailando al ritmo que les toque la banda. Estoy hablando de nosotros. En los ritos tribales se perforan por encima de la ceja para colocarse una espina; usan argollas en la nariz y agrandan agujeros en los lóbulos de las orejas. No, señor, ahora estoy hablando de las tribus.

La cosa está así: no hay diferencia ninguna entre esos ritos tribales y las modas vigentes, porque ambos son señas de identidad no consigo mismo, sino con un grupo enorme que dice ser diferente a todos los demás. La pintura en el rostro sigue siendo usada para conquistar o para declarar la guerra, las mujeres no me dejarán mentir.

No he vuelto a ver a mi amiga, pero nada dudo que la próxima vez yo deba torearla con mi chal, pues es muy posible que tenga un aro en la nariz. En todo caso ella podría alegarme la existencia existe una desemejanza entre ambos: los aborígenes salen en National Geographic y nosotros en las páginas de Sociales.

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23 Marzo 2017 04:00:00
Macizo
Un macizo, además de los significados que usted le conozca, es también un grupo de plantas creciendo muy juntas y cuyas flores boyan pegaditas en un festín primaveral para la mirada de cualquiera, esté o no esté enamorado.

Si hablamos de árboles nos referimos a ellos según su tipo: Alameda, olmedo, pinar, por ejemplo. Pero todo depende del propósito con que los estemos agrupando. Yo descubrí uno cuando era niña, lo entendí hasta ahora que soy considerablemente grande y lo enriquecí en este momento cuando me vuelvo mesurada.

La gente del campo decía “pinalito”; a veces se referían al “alamerío” y muchas otras referían un camino señalando un “guayamé”. Con el tiempo comprendí que un pinar no distinguía un grupo de estos árboles comparado con otro; supe que demasiados álamos para ellos no implicaba un sombreado parque, sino una plaga y cambiarle el nombre al oyamel lo personalizaba según la musicalidad de su entendimiento.

Luego de eso, miré la cresta de la montaña y en lugar de distinguir una línea de pinos, pude ver una procesión de camélidos, atados de sus colas uno tras otro, siguiendo la ruta de la Sierra Madre. Ayer apenas aprendí otra forma de agrupar los árboles que se vuelven personales e indispensables, esta me la enseñó Gastón Mirón, un poeta de Quebec, a quien tanto le duele la historia de su ciudad como le gana la poesía de sus árboles.

“Las mareas de abedules”, dice él y luego menciona a “las cofradías de espinetas, de abetos y demás compinches”. No se me hubiera ocurrido una mejor forma para describir esas agrupaciones arboladas sospechosas que de tan juntas se vuelven una.

Además, por si las figuras anteriores fueran insuficientes, coloca sus arboledas bajo “un tropel de estrellas sobre millas de paciencia” y les pone por escenario “un campo espantado de desolación”. Las imágenes que desata este poeta son tan tristes como hermosas, tan bonitas, tan bonitas, pero tan horrorosas, como el monstruo que protagonizaba el cuento que muchas veces me contó, siendo muy niña, mi prima Mini.

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22 Marzo 2017 04:00:00
Formas de recordar
La principal diferencia entre vivir en la ciudad y habitar el campo consiste en los recuerdos y sus maneras. La ciudad deja pasar; el campo, mantiene vivo.

Las distancias en el medio rural son muy grandes: Trasladarse de casa al lugar de trabajo implica hasta cinco horas de camino, porque el trayecto generalmente se hace andando. Cada centímetro parece repetirse entre piedras, tierra, pasto, árboles, gorjeos y murmullos, sin embargo el campesino distingue una cosa de la otra porque la relaciona con las personas que pisaron antes el mismo lugar, con un animal que se perdió aquí y un pino que se quemó acá.

Los recorridos en la ciudad son muy lentos: Trasladarse del lugar de trabajo a casa puede llevar horas, y eso la circulación es en vehículos. Las calles cambian a cada tramo y parecen pedazos de lugares extraños unos a otros; nuevas construcciones aparecen de la noche a la mañana y el asombro se termina al terminar ese día porque nadie tiene tiempo de sembrar pasado en tantos espacios como se ofrecen.

En el rancho la gente sabe con certeza cuándo murió María y cuando nació Betsabé, no hay manera de olvidarlo si fue justo la noche del granizo que tumbó las huertas cuando –presente lo tienen–. Falleció Ismael de pura pena.

En la ciudad el tiempo el vuela y de pronto –porque la televisión lo recuerda– nos damos cuenta de que ya empezó la primavera porque las tiendas cambiaron sus adornos y muy apenas alguien se percata de que es marzo y no hizo frío en el invierno, que los crímenes aumentan y que tenemos 19 años sin Sabines.

En el rancho siguen frescas las flores en el panteón; en la ciudad, las fosas se confunden entre lápidas chiquitas y encimadas.

Qué manera de recordar la del campesino y qué modos tan feos de olvidar tenemos los citadinos.

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21 Marzo 2017 04:00:00
Tres a uno
Doña Quica estudió hasta tercero de primaria; una, dos y tres veces acudió a repasar las mismas lecciones hasta completar nueve ciclos de educación que le dieron nada más –y nada menos- que las herramientas para leer, escribir su nombre con buena letra, sumar, restar y medio dividir.

Un niño del campo con habilidades para el estudio tenía ante sí esa oportunidad: Hacer una escuela única de tres años y repetirlos si le apetecía sin recibir mayor preparación; al mismo tiempo, un pequeño de la ciudad hacía los mismos nueve años con los siguientes aprendizajes: moral práctica; instrucción cívica, lengua nacional, incluyendo la enseñanza de la escritura y la lectura; lecciones de cosas; aritmética; nociones de geografía; nociones de historia patria, dibujo, canto, gimnasia, labores manuales para niñas, instrucción cívica, lengua nacional, nociones de ciencias físicas y naturales, nociones de economía política y doméstica; aritmética, nociones prácticas de geometría, nociones de geografía, nociones de historia general; dibujo, caligrafía, música vocal, gimnasia, ejercicios militares, francés e inglés.

La diferencia es evidente y el impacto social para cada uno de los niños también lo fue no solo para ellos sino para el país que, de muchas maneras, ha relegado a quienes viven en el medio rural por accidente, necesidad o decisión. De la educación indígena en la época infantil de Doña Quica ni hablar: No existía.

A las comunidades las distingue su cultura y esta se construye sobre la tradición y el pasado inmediato aprendido para sujetar al individuo a un grupo que le dé pertenencia; la educación es la vía para esa construcción. Si hay individuos que no tienen acceso a la escuela como tal, tampoco lo tendrán a la comprensión de sí mismos.

En San Cristóbal de las Casas hay una Escuela Normal para jóvenes indígenas, quienes son preparados a fin de ser los profesores de primaria en escuelas ubicadas dentro de comunidades indígenas. Ellos van a educar a los pequeños quienes aprenderán su cultura y su identidad; sin embargo, esos futuros docentes cargan con el peso de la no educación y la no cultura propia, pues al preguntarles cómo se definen frente a quienes no son indígenas, ellos dicen que su cultura es la extraña, la otra, la mestiza, la verdadera.

Doña Quica murió pensando que la escuela tenía nada más tres años para los niños del rancho porque eso era lo que les correspondía por haber nacido allá.

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10 Marzo 2017 04:00:00
Desde aquí
Viajar por carretera es una historia contada, hoy el día, en imágenes públicas y evidentes. Ver viajar a alguien en la carretera es una narración fantástica e imposible.

Vivir cada acontecimiento del camino dentro de un vehículo es ser testigo de la verdad invulnerable de un viaje; ver a la distancia los autos circulando es una oportunidad para imaginar cualquier posibilidad de hechos reales.

A la distancia, el conductor de un camión doble rodada está vestido con una playera cómoda de algodón y un pantalón caqui. Escucha cierta estación de radio ubicada en cualquier parte del país desde donde transmiten baladas en inglés o música country. Del espejo pende una fotografía pequeña de una niña sonriente abrazada por su madre; en la caja se aprieta un cargamento inocuo de papelería.

El otro vehículo es conducido por un adulto joven, distraído con las sombras de la media tarde y más atento a sus planes de aterrizaje que a la música que se perdió hace rato en el reproductor usb conectado al tablero. Ataviado con ropa casual, el hombre tiene buen gusto y transpira un perfume costoso y seductor. Le acompaña su teléfono celular, una tableta y la práctica maleta negra.

Enseguida aparece una camioneta doble cabina, en donde viaja una familia de cuatro personas. Todos algarabía se comunican deficientemente debido a la efusividad del momento, considerando que es el inicio de un paseo planeado hace tiempo. Sobre el auto se dibuja un maletero relleno con los planes de niños y adultos para descansar los próximos cinco días.

Hay muchas realidades simultáneas: mientras mis historias perfectas con final feliz se escriben sin interrupción, bien el camión es tripulado por un descuidado conductor que guía materiales peligrosos a un destino fatal; el segundo es un delincuente con corbata, y el tercero, una mujer desolada que huye de su propia verdad.

Como puede ver, mi verdad vista desde aquí es mucho más bella.
09 Marzo 2017 04:00:00
Historia de un árbol
Desconozco si fue primero el pirul y después la casa; más allá del orden, uno daba sombra a la que le otorgó calor y viceversa, un trabajo de equipo perfecto para su subsistencia y para nuestra memoria.

Los pirules, todos los saben, tienen usos múltiples: Sus semillas hacen de pimienta rosa; su altura se convierte en mirador para los niños; los brazos son guaridas y las hojas sombrilla permanente; las ramas remedio y el olor aliciente y veneno.

Este pirul era, además, el lugar mítico en donde toda clase de seres podían manifestarse. Formaba un triángulo con el cuarto enorme en donde dormía un ejército de nietos y la cocina desde la cual emergían olores irrepetibles en la ciudad.

Su altura siguió siendo imponente, así yo fuera ganando centímetros cada año de vacaciones, cuando trocábamos nuestra vida urbana por una rural y mucho más emocionante. En sus brazos se paraban toda clase de aves canoras durante el día y cualquier suerte de misterios en la noche.

Antes de asimilar la bondad de la mujer que vivía ahí, creí las versiones de mis primos acerca de su brujería, de cómo por las noches, convertida en lechuza, volaba para posarse en las ramas y atisbar por si algún niño osaba salir del cuarto.

El cuarto, como quiera que sea, era un resguardo seguro: Amplio, oloroso a tierra de adobe, ornado con calendarios cuyas imágenes narraban historias de rancheros y sus mujeres hermosas ataviadas con trajes impolutos. Contra la puerta de madera, astillada, golpeaban las sombras del pirul durante las noches con luna; se mecían despacio, sin hacer mucho alboroto.

Alguna vez estuve a punto de corroborar la versión familiar. Junto con las ramas, se proyectó la sombra de un ser vivo, pequeño para ser humano y grande para considerarse pájaro. Se movía despacio, sigilosamente, sin alcanzar el extremo. Desperté a mi prima y en ese momento ella también creyó su propia historia. Se hizo un alboroto dentro del cuarto: Unos gritaban, otros se arrinconaban en la esquina; los mayores trataban de ver hacia afuera por las rendijas de la puerta.

Por encima de nuestro ruido tronó la voz de mi abuelo gritando en el patio: “Gato condenado, ya te metiste otra vez a la cocina”, dijo y todos estallamos en carcajadas, mismas que, seguramente, todavía pueblan las paredes de esa casa y ese pirul, aún vivos, aunque ahora ajenos.

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08 Marzo 2017 04:00:00
Viudo de Nueva York
Cuando las promociones en tu Facebook pasan de vacaciones en la playa a viudos norteamericanos puede implicar dos cosas: La tercera edad está a la vuelta de la esquina o tu madre está “hackeando” esa cuenta.

Sería por demás interesante saber cómo los hackers hacen para mantenerse al tanto de nuestras vidas, su evolución, altibajos y aspiraciones. No tengo ninguna duda sobre su amplio conocimiento de cada terrícola usando redes sociales.

Cuando empecé a usar Facebook me aparecían incontables anuncios ofreciendo becas en el extranjero, estudios de maestrías innombrables en países impronunciables. Comunidades de adultos jóvenes me sonreían desde hermosas postales europeas tentándome a salir del lugar en donde cómodamente me he instalado.

Algunos años después abundaron en la mercadotecnia virtual los comerciales sobre comida saludable, recetas exóticas, vinos afrodisiacos, ropa ajustada y viajes a los paraísos no soñados siquiera por los fotógrafos de National Geographic.

Posteriormente fueron sustituidos por innumerables marcas de ropa elegante, empresarial, moderna, sí, pero con largos conservadores y colores sobrios; los accesorios ofrecidos consistían en elegantes y discretísimas bisuterías, además de zapatos cuyos tacones disminuyeron con el pasar del tiempo de 15 a 8 centímetros.

El acabose empezó hace un par de meses, cuando los vestidos se tornaron largos, oscuros y de cuellos altos; los zapatos ahora son ortopédicos y, lo más grave, me llueven solicitudes de amistad provenientes de viudos norteamericanos, jubilados del Ejército, amorosos, buenos partidos y, lo más probable, falsos.

Inicialmente me preocuparon esas solicitudes por sus derivaciones con la edad: Ya no me buscan apolíneos hombres –nunca lo hicieron, creo- sino caballeros que conocen mi avanzada edad. Luego pasé a un miedo genuino: Si sus perfiles son falsos, tal vez quieran chantajearme de alguna manera, quizá haciendo públicos mis videos en pantuflas cuando estoy en casa, o tal vez mostrando a mi marido cómo paso horas viendo la foto de Palito Ortega en sus mocedades.

Ya no sé ni qué pensar.

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07 Marzo 2017 04:00:00
Depresión circular
Las mujeres gozamos de una ventaja enorme sobre los caballeros en lo que a combatir la depresión se refiere. La paradoja aquí es cómo esa tristeza circular se vuelve la serpiente comiéndose a sí misma.

Salir de compras será siempre el número uno en la lista. No hay mejor remedio para una tristeza profunda que sentir cuánto es posible transformarnos para dejar en la otra, la mujer del pasado, la depresión y llevar ahora la esperanza en la frente. Esto sucederá siempre y cuando tengamos suficientes recursos, en efectivo o electrónico.

Descubrirnos carentes de recursos provoca una importante depresión porque, además del detonante inicial, ahora deberá agregarse el estigma de la pobreza. Se hace entonces necesario recurrir a una segunda opción remedial.

Charlas con las amigas viene a colocarse en un segundo y muy relevante lugar. Coincidir en una cita relajante y relajada, sea en un lugar público –vetado en caso de extrema pobreza– o en casa, promete abrir la puerta a la esperanza. Esto sucederá siempre y cuando las amigas tengan tiempo suficiente entre su trabajo, su familia y sus estudios, considerando que, hoy en día, casi todas hacemos todo eso.

Encontrarnos como la única persona con tiempo libre, quiere decir: a) no tenemos empleo –claro, por eso estamos pobres– b) estamos solteras y sin hijos, c) no estudiamos nada, d) todas las cosas anteriores juntas. La depresión que esto dispara requerirá ayuda profesional.

Iniciar una actividad deportiva ocupa el tercer lugar. Está en tal sitio porque exige bastante fuerza de voluntad y cierta autoestima: Una arrastra su tristeza por la pista en tanto otras chicas perfectas zumban a nuestro lado con ligereza de gacela. Ellas, además, están vestidas con ropa especial para no sufrir calor ni frío, para sentirse cómodas, soportar bien la columna y sus pies; usan protectores solares de muchos y FPS, incluso algunas trotan con cierto maquillaje que se aferra a sus rostros delgados sin una gota de sudor. Bueno, como pueden ver, todo esto generará otra depresión irresoluta de la cual no saldremos ni yéndonos de compras.

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04 Marzo 2017 04:00:00
Alí Babá y las verduras
Abrir la cueva de Alí Babá era hazaña destinada a un hombre inteligente; encontrar la manera de sacar la espada Excalibur, incrustada en una piedra, fue honor para un gobernante; correr los velos del misterioso universo estuvo asignado al mayor de los profetas. Abrir las bolsas para verduras en el súper mercado está a la espera de arúspice, vidente o zahorí.

Las expertas en el tema han desarrollado una buena cantidad de metodologías para lograr, con éxito, introducir en las bolsas plásticas las verduras que ofrecen los grandes almacenes. Las bolsas son gratis, lo que cuesta es dar con el derecho y el revés de cada una, un precio que muchas personas no están dispuestas a pagar.

El revolucionario y contaminante sistema de la bolsa plástica dio al traste con el romántico paisaje mercantil del papel revolución, el cual, a lo largo de 100 años, jamás dio problemas tan vergonzantes como la imposibilidad de abrirlas o hacer malabares en público para lograr sus favores.

El primer y más antiguo sistema consistía en aprovechar los recursos propios de la persona: dedo índice y salivita. En una época cuando el recurso era útil para hojear un libro, peinar a un niño o amansar las cejas, no fue criticable; pero cuando aparecieron las sospechas de poca higiene o contagios inesperados, quedó anacrónico.

Tallarla entre sus propias partes fue cierta opción exitosa en tanto no se inventaron, a fin de economizar, los materiales súper delgados que se adhieren a sí mismos con un narcisismo casi tan grande como el de Salvador Dalí o Melania Trump.

Lo de hoy en estos días consiste en mantenerse cerca de los refrigerados y tocar, con estilo y delicadeza, la humedad de las berenjenas o el hielo de los botaderos para así, con cierta facilidad, hacer presión y generar la tensión necesaria para lograr el cometido que, en palabras llanas, consiste en abrir la condenada bolsa para echar en ella las zanahorias.

Todo está en fase de prueba, nada se ha patentado todavía. Si usted recaba experiencias una vez por semana, haga un favor a la sociedad y divúlguelas sin tardanza.

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03 Marzo 2017 04:00:00
Galletas asesinas
Veinte centavos era un puño de galletas de animalitos; comprarlas por bolsa, una semana completa con la gula infantil cubierta con creces.

Además de las de animalitos, comíamos otras pequeñas y panzoncitas bañadas con gragea; unas más estaban glaseadas en colores rosa, amarillo y azul brillante. Podían adquirirse sueltas o conseguirse en los bolos que tenían a bien darnos los padrinos en las levantadas.

Ahora sé que esas galletas matan, como matan también los caramelos duros, los suaves, las gelatinitas en envases minúsculos, las gomitas, los huevos esponjosos en tonos fosforescentes. Saber demasiado seguro me va a matar.

En los años cincuenta la talidomida, presentada como un inocente sedante y antiácido, provocó millones de malformaciones en los bebés que nacieron en esa época. Luego, hace dos décadas, el país entero se alarmó al conocer el riesgo de usar barro pintado por resultar, la tintura usada, cancerígena.

El desconocimiento sobre los riesgos implícitos en los utensilios de uso cotidiano, en la comida más rutinaria que se llevaba a la mesa provocó enfermedades impensables, muertes innecesarias, confianza excesiva. La pregunta ahora sería si, conociéndolos evitaríamos el uso.

Las frituras, los chetos en particular, están fabricados en gran parte con petróleo. Esa información circuló y fue confirmada hace 10 años; este producto sigue vendiéndose en variedades multiplicadas que chicos y grandes engullen con singular alegría.

Así las cosas, si antes el problema era no saber, saber demasiado igualmente acabará por matarnos.

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02 Marzo 2017 04:00:00
Nota o mito
¿Cómo identificamos un programa de revista? En la escuela de periodismo nos enseñan toda clase de publicaciones, su clasificación y sus clasificadores. Claro está; hacen énfasis en la posibilidad de encontrarnos algunas eclécticas, ya liberadas o no muy bien definidas.

El asunto es este: hoy sería imposible definir con precisión el carácter de los medios, principalmente de los electrónicos. Una rápida solución sería llamarlos a todos de revista; así, diremos que un programa de revista es aquel que analiza el asunto de Carmen Aristegui y, a un lado, da consejos para controlar el berrinche de un bebé.

Cuando yo era una novel reportera –siempre teníamos el cincel a la mano por si había algo para escribir–, las secciones de los medios impresos estaban tajantemente delimitadas, no había duda alguna que Sociales era sociales, Locales, locales y Política, política. Hoy es común encontrarnos a políticos socializando en planos locales y gente local politizando en medios sociales.

Wikipedia nos ayuda mucho a seguir sin entender la mezcla de notas. Dice así:

•Una revista, magazine (por su denominación en inglés) o magacín es una publicación de aparición periódica, a intervalos mayores a un día.

•Hoy es uno de los medios escritos más vendido, diverso y consultado tanto por jóvenes como por adultos, mujeres, ancianos, científicos, profesionales o no; cuyo requisito mínimo de comprensión la hace un artículo de fácil uso y difusión.

•Se compone de una variedad de artículos sobre varios temas o alguno en específico.

•Las revistas se clasifican en: Especializadas, informativas, de entretenimiento y científicas.

Ahora vayan a ver las ediciones electrónicas que nos lanza y Google apenas los abrimos. ¿A cuál clasificación pertenecen? Vaya, hasta la fecha no he podido determinarlo y les cabe casi cualquier adjetivo de la muy famosa Wiki.

La definición de revista cambiará muy pronto, debe hacerlo, porque de otro modo este tema de los medios de comunicación y los géneros periodísticos, que es un tema muy abordado en la educación básica, será como una clase de mitología.

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01 Marzo 2017 04:00:00
No lo hice yo
Hoy no escribiré yo, sino ustedes. Ustedes son los autores porque están representados en el contenido. Este contenido fue aportado por un grupo de personas que, se supone, son una muestra de lo que son ustedes: Miembros de esta sociedad la cual, a veces, habla un idioma que parece diferente al nuestro.

Tuve la encomienda de hacer algunas propuestas para la educación en México. Me organicé con seriedad y me fui pensando en los grandes edificios de progreso que podríamos lograr si cada quién ejercemos, con eficiencia, el papel para el cual fuimos elegidos.

Obtuve respuestas. No todas fueron las que esperaba: A cada uno de mis planteamientos encontró una contraparte interesante de la que todos somos partícipes. Aquí se les comparto la experiencia.

A mi propuesta de progreso individual para alcanzar bonanza en equipo, consistente en riqueza espiritual y material, por qué no si hay quién la disfruta, me topé con este muro: Una gran parte de la población mexicana sostiene el ideario de la pobreza como un vínculo directo con la eternidad; ambicionar una mejor posición económica acaba por ser entre criticable y pecaminoso.

Luego pensé en ofrecer modelos que llevaran a buscar la ciencia como un vehículo de bienestar social, un modo de acrecentar la ética en todo el país; encontré otro muro: Los valores que legitiman los medios de comunicación están más apegados a la ejecución de un milagro que a la estimulación de actuar para lograr algo.

Después ideé un sistema para que la cultura acrecentara el interés por aprender sin dejar de lado nuestra identidad; este muro me salió al paso: Los acontecimientos culturales que legitiman los medios no tienen nada qué ver con un pensamiento crítico en realidad magnificar los XV de Rubí ha sido más trascendental.

Finalmente imaginé las formas para estimular a los estudiantes, quienes tienen presente que su este momento es para crecer en espíritu y mente dedicándose a prepararse para competir en cualquier campo; un gigantesco muro detuvo mi paso: Las leyes protegen y benefician, hoy por hoy, significativamente más a una adolescente que se embaraza que a una quien no lo hace.

Todos esos muros nosotros los hicimos y los estamos pagando.

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28 Febrero 2017 04:00:00
Sí parece
Mi ensortijado cabello no siempre ha sido así, tampoco lo será siempre. Si a menudo parecen los rizos descuidados de Anita la Huerfanita, otros días se asemejan a los que lleva Bellatrix, la de Harry Potter, en su indescriptible melena.

Las pocas ocasiones cuando he logrado darle forma, matiz, brillo, acomodo, largo y posición han sido históricas, no sólo por el triunfo sobre la rebeldía ingente que habita mi cabello, sino porque el comentario siguiente es obligado: ¡Ay, se te va tan bien que hasta parece que te lo enchinaste!

Enchinarse el cabello una lacia es para parecer rizada natural, al menos eso es lo que yo asumí toda mi vida hasta que conocí a las mujeres conocedoras de las más modernas tendencias de la moda capilar.

La vida ha revolucionado tanto nuestra percepción, que hoy por hoy, lo que fue hermosamente natural parece asemejarse a lo perfectamente artificial. Mi cabello sólo fue un pretexto para abordar el tema, pero este asunto se extiende a una cantidad impensable de la anatomía humana expuesta a estas comparaciones: Si es hermosa, seguro es artificial; si fallida, fatalmente natural.

Ayer mismo conocí la obra de Alexa Meade, una joven pintora norteamericana quien se dedica a realizar su pintura sobre el cuerpo humano con el único fin de hacerlo parecer parte de un cuadro plástico. Es increíble lo que logra sobre las personas, que son en realidad su lienzo, a quienes se les puede confundir con personajes de cartones o pinturas impresionistas.

Antes de Alexa Meade estábamos fascinados con los hiperrealistas capaces de engañar a nuestra vista mezclando objetos en tercera dimensión con imágenes pintadas por ellos sobre papel. Es decir, el mundo se esforzó lo suficiente para hacer parecer vivo lo inanimado que hoy pasó de aquietar lo viviente.

Así somos de veleidosos.

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25 Febrero 2017 04:00:00
Lo que enseño
Desde que Platón instauró la significancia de enseñar y sus acotaciones, a la fecha, aún no nos ponemos de acuerdo. Algunos discuten todavía si debemos seguir a Rousseau y dejar que los niños sufran el aprendizaje como un escarmiento. La misma Real Academia aún lo define como amaestrar con reglas y preceptos, en su primera acepción.

Como sea, la raíz sigue siendo la misma: Enseñar nació de insignare, que quiere decir señalar. Cuando alguien aprende algo de nosotros, lo dejamos señalado, por decirlo de alguna manera. El asunto es cómo llegar a ese punto sin que la marca escueza como fierro de caballo.

Los derechos humanos nos marcan un procedimiento de observación, comparación, consulta, espera, escucha, tolerancia y vuelta a empezar. Estamos hablando del aprendizaje de las cosas de la vida. ¿Cómo podremos ser significativos para nuestros hijos, por ejemplo?

Hablar con ellos no funciona siempre –no existirían los sicólogos–, castigarlos está en desuso –de ahí el origen de la CNDH que ahora prohíbe hasta la proverbial nalgada–, dejar que aprendan de sus errores nos parecerá siempre muy riesgoso –y aquí debería mencionar la existencia de la Policía–.

Tal vez las propuestas de la Reforma 2006, criticadas como cualquier otra cosa nueva, contengan ideas valiosas para aplicar dentro y fuera del aula, porque a fin de cuentas es uno de sus principales cometidos y, como resultado de reflexionar en ella, esto digo.

Se trata de enfrentarlos al problema, pero no en una enseñanza física, como lo hacían en Samoa, sino que a partir del análisis de una situación real, pongan frente a sí todas las posibilidades que los involucren, tanto a ellos como a sus cercanos.

La pena de muerte a violadores, por ejemplo. Si hacemos debatir a un grupo sobre el tema, tendremos de inicio una respuesta de catálogo, mas si cambiamos el panorama al suponer que alguien de su familia fue el o la violentada; la respuesta será otra. Y si aparece en escena que el agresor es una persona que vive en su casa, su padre tal vez, entrarán en un análisis personal y de consideración que no viene sólo en las páginas de los diarios ni en los comentarios de televisión, porque los medios son eso, medios para que nosotros lleguemos a un punto.

El aprendizaje –resultado de la enseñanza– por haberse enfrentado a todas las vertientes de una situación, podría darse significativamente sin necesidad de escribir toda una mañana o presentar un examen de opción múltiple. Quizá sea una buena manera de dejar nuestra señal como maestros, padres, hermanos o hijos, porque nunca se acaba de aprender.

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23 Febrero 2017 04:00:00
Abrácela
En retrospectiva, la suma de las ocasiones cuando quisimos abrazar pudiera ser menor al resultado de cuántas pudimos odiar. El resultado numérico viene en segundo plano, en realidad, mi morbo se mueve a saber las causas.

¿Por qué deseamos abrazar? Las respuestas permearán entre motivos físicos -tener frío, sentirse amenazado-, o bien, emocionales -añorar, amar-. Es probable que contestemos cosas muy parecidas si nos cuestionamos sobre las razones por la cuales sentimos rechazo a mostrar ese acercamiento: Porque nos provoca frío o nos da miedo; porque no lo amamos ni, mucho menos, deseamos.

La probabilidad dicta que a estas alturas usted acumuló una buena cantidad de imágenes mentales abrazando o desabrazando a igual número de personas. Así es de anticipada y curiosa, porque, en realidad, no me he referido, hasta ahora, a ese tipo de abrazos.

Más que abrazar, atropellamos el enamoramiento: Sale por los ojos, las manos la sonrisa; nos mantenemos asidos a la esperanza con energía evidente; rodeamos a la promesa con actitud determinada. ¿Qué le pasa a nuestros brazos ante el dolor, el odio, la ignominia?

Aprendí a abrazar la melancolía durante mi adolescencia. Valoré sus andaduras por mi vida cuando me di cuenta de que esta no iba a ceder a mi capricho de exiliarla, que no iba a disminuir por mandato mío y duraría justamente lo que iba a durar antes de anunciarme el alborozo. De la misma manera, enteré cuánto el alivio viene contenido en el dolor.

Me inventé recursos para la espera, cosas como compara un estado emocional difícil con la fila en el banco: Larga, pero se terminará al fin. Domado el rechazo, entonces, abracé mi melancolía con fuerza, me enseñé a disfrutarla y darle rienda suelta hasta agotarla, entendí cómo amarla y, al mismo tiempo, hacerla mi protectora frente a la amenaza.

Así, ahora le puedo decir que abrace su tristeza porque, créalo o no, tarde o temprano se irá.

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22 Febrero 2017 04:00:00
Facilito
Mafalda, la de Quino, se molestaba porque usaban a los niños para definir a las mujeres tontas, esto aludían a procedimientos tan sencillos que hasta un niño podía hacerlo. Pero la situación se complica cada vez más, no porque ya los chicos ya no sean capaces de tal o cual, sino porque esos niños pueden hacer cada vez más cosas que ninguna mujer, ni tonta ni inteligente, pudiera.

En algún momento de la historia las cosas llegaron al extremo: la mujer inhábil se transformó en el niño y a partir de ahí, todos los aparatos domésticos fueron hechos pensando en sus manitas inocentes y esa mente endemoniadamente ágil. Es más, adivino cuántos chiquillos fueron contratados para “testear” las nuevas producciones de Mabe e Easy. ¿Y que pasó con las damas verdaderamente mastuerzas, como yo? Pues nos comió el león.

Bueno, hasta la cafetera tiene ahora dedicación infantil, pues implica un conocimiento amplio de lo programable y la ralentización del tiempo. Así he trazado mi vida en dos etapas anuales: las de vacaciones y las de escuela. Cuando no hay niños a la mano, porque andan de paseo, me abstengo de un despertar oloroso a café luego de una noche previa cuando acabo tomando diazepam tras de la batalla con el aparato que ni me dio la hora, ni hirvió el agua ni, claro está, me dio café.

El aparato de sonido es un caso. Tiene la función perfecta para levantarlo a uno con la música preferida. Del reproductor no me puedo quejar, pues, al fin y al cabo, cumplió su cometido: nunca pudimos programar el control para que encendiera a las 6:45 A.M tocando a Juan Gabriel, pero cada mañana mi marido acaba “haciéndose de palabras con la máquina” y yo me levanto ipso facto.

Lavadoras y pantallas planas entran en el conjunto de aparatos hechos para niños más listos que sus madres. No le relato a usted lo difícil de presentarse uno con ellas, sino tan sólo la hazaña de encontrarles el derecho, porque parecen igual de frente que detrás y los botones están camuflados en coordenadas secretas, cuya ubicación se omite en el instructivo porque ¡vamos! hasta un bebé sabría donde están.

El fenómeno no es tan reciente. Bien recuerdo cómo, hace algunos años, en una ciudad de la frontera, fui a la lavandería y en lugar de ponerle las monedas a la lavadora, le pagué el doble a un chiquillo que correteaba sin descanso. En cada vuelta de ida programaba una carga de 5 kilos; en el regreso, la ponía a secar. Salió caro sí, pero yo salí con mi dignidad impoluta dejando ver cuán preocupada estoy por ayudar a la niñez mexicana.

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21 Febrero 2017 04:00:00
De colores
Su nueva foto de perfil muestra su más reciente evacuación: Rosada por demás, brillante, las tonalidades fosforescentes pelean por destacar entre el repositorio tan indeseable para tan bella obra de arte.

Adorar el excremento humanas no es cosa nueva: A lo largo de la historia se han usado como estuco para la construcción, mascarilla para la cara, medicamento para los sustos, ingrediente para los amarres amorosos, estimulador del folículo capilar, en fin. Cada cultura le ha encontrado utilísimas aplicaciones.

Tan antigua es la veneración esta como, por hace comparación, perforarse las orejas, los labios o impensables partes del cuerpo. Las mujeres de National Geographic, exhibiendo toda la tradición en sus atuendos, a menudo compiten con las expuestas por Hola en las páginas sociales y de diseñador.

En conclusión, estas prácticas discutibles ni son nuevas ni están extintas, se siguen presentando en la cultura moderna aunque en versiones y empaques diferentes. O, como en el caso de las heces en boga, en colores y sabores muy variados.

Cuesta más o menos 300 pesos darle tonos llamativos y combinables al excremento. Los colorantes vienen en pastillas muy fáciles de digerir y cuyo precio no representa ni una mínima parte del gran divertimento que parece estar generando en la gente hoy en día. Tómese, espere, vaya al baño, evacue y verá que cosa tan hermosa.

Considerar perfecta la naturaleza humana es un atributo de nuestra especie, dotada con la capacidad para valorar, distinguir, discernir y discrepar. Gracias a la Madre Naturaleza quien nos distinguió de otras especies incapaces de reconocer lo hermoso y diferenciarlo de lo bizarro.

Pintarse las uñas tiene su origen entre los cazadores; entintarse la cara nació entre los guerreros; perforarse la piel viene de los sabios. Pero colorearse la popó no ofrece un antecedente histórico, antropológico, etnográfico. Definitivamente, si queremos explicarnos la razón por la cual los chavos hoy pintan su caca, tendremos que consultar un libro de sicología.

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17 Febrero 2017 04:00:00
Siete años no es nada
Hace siete años escribí este artículo para esta misma fecha. Lo encontré, lo releí y me solacé al ver que los regalos de la vida a lo largo de 49 años han sido de ésos que nunca se van.

En el pasado, la edad era sinónimo de sabiduría. Los viejos representaban la verdad y el sentido de un pueblo, daban identidad a los suyos, pues eran los vasos preservadores de una tradición que distingue de los otros.

Así como hay quienes han dedicado su vida para indagar sobre los procesos de la memoria y el olvido, también alguien debió registrar la fecha precisa cuando los años se trocaron en exactamente lo contrario de lo que eran: Pasaron de ser orgullo a dar pena.

Aún hay sitios, principalmente en el campo, donde presumen tumbas en las que yacen hombres y mujeres cuasi centenarios que llevaron su vida con energía y decisión hasta el último momento. Pero este valor está en extinción hasta en esos sitios.

Uno de los inolvidables viajes de mi vida fue el que hice a la sierra lacandona, en Chiapas. Hablé largo con Chan Kin viejo, su líder espiritual, quien con 103 años se mecía en la hamaca, orgulloso de haber conservado a su pueblo libre de la corrupción citadina y su única preocupación, en ese momento, era que Quisin, su dios del inframundo, hubiese estado atento a sus buenas acciones y no lo convirtiera, luego de muerto, en serpiente o en gallina. Murió unos meses después y no se dio cuenta de que, al otro lado del río, la mitad de su gente vestía ropas cortas y ajustadas, chicos y grandes consiguieron televisiones a cambio de un pedazo de tierra; las mujeres tenían todas el mismo rojo en los labios y en las uñas: Nadie era diferente ya, pues habían maquillado su esencia.

En el libro Los Nuevos Dioses se narra la historia en apariencia fantástica de un grupo de científicos que encontraron la forma de cambiar cuerpos. Hombres mayores y poderosos acudían a sus clínicas frente al mar y “escogían”, de alguna manera, el cuerpo que deseaban tener. Los cirujanos “instalaban” la cabeza de sus clientes en una anatomía joven que les permitiera seguir con sus excesos del pasado, sin embargo debían conservar el conocimiento acumulado en sus cerebros. El final es más trágico de lo que puedan suponer, pero alguien debe haber tomado la idea y la estará procesando. El mensaje es simple: Para seguir siendo nosotros requerimos conservar lo que hemos visto, aprendido o puesto en práctica, el asunto es que esos datos no sólo se guardan en la cabeza: ¿Cómo es que recordamos el tacto de alguien, el olor de nuestra madre, la sensación de amor en el estómago o el sobrecogimiento que debilita las piernas?

Somos los años vividos y quererlos es amar nuestra propia historia y sus actores. Ayer cumplí 42 (hoy 49) y estoy abriendo apenas un capítulo más de esta narración inconclusa en la que muchos de ustedes tienen diálogos importantes.
16 Febrero 2017 04:00:00
Autogol materno
Hay una edad para todo, dice y han dicho siempre los adultos mayores. Si usted no ha usado ese argumento paterno, lo hará tarde o temprano cuando se vea encerrado ante los cuestionamientos de un adolescente precoz solicitando tal o cual permiso.

Edad para tener novio, para contraer matrimonio, para irse o para quedarse. Esas etapas de la vida son normadas por la sociedad, porque si se deja la decisión a la naturaleza, nuestras comunidades humanas no serían tan diferentes a las de otras especies.

Como sea, yo me pondré adulto mayor hoy y le diré al mundo que sí, en efecto hay un a tiempo para algo, es impostergable ni conveniente hacerse el loco y dejarla para después; tampoco buena decisión sería adelantarlo: es cuando deba ser y punto. Hablo de tener hijos.

Procrear hijos es una acción inclusiva: Da cabida a niñas y mujeres de avanzada edad; tenerlos, es una ocasión para la tolerancia, pero criarlos, es un acto de rebeldía social, emocional, espiritual y sicológica.

No es lo mismo una madre joven que veinte años después. La espalda le recuerda a una que la edad para ser madre quedó en otro calendario; la paciencia se niega a volver de la jubilación y la resistencia para llevarle el ritmo a un chiquito se pensionó algunos cumpleaños atrás.

Tengo la historia de una niña crecida hace un par de años bajo la custodia de una amorosa y adoptiva madre, cuya edad la colocaba más como bisabuela. Esta diferencia de generaciones acabó en un choque doloroso para ambas.

Niñas que tienen hijos; abuelas que paren niños. Tener descendencia tiene un precio, a cualquier edad, pero en estos casos extremos, la experiencia sale a precio de dólar.

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15 Febrero 2017 04:00:00
Estos migrantes
Lo más cercano a una migración que conocíamos los niños era el éxodo guiado por Moisés, y no por coincidir en el tiempo bíblico, si lo penó usted, sino porque las personas que iban y venían dentro o fuera del país, eran simplemente viajeros o trabajadores del campo que cambiaban temporalmente de residencia.

Dice el diccionario que migrar es trasladarse del lugar en que se habita a otro diferente, así, sin más complicaciones léxicas como las que deben de aprender los escolares hoy en día para distinguir la clasificación de un individuo que, por angas o mangas, vive en otra ciudad o salió del país de la forma cual fuere.

Apegada a la Real Academia -sólo porque esta vez me conviene tomar partido- debo decir que soy migrante. Es casi seguro de que su familia exista por lo menos uno, pues las diásporas de citadinos ansiosos de gozar las mieles campiranas aumentan cada día.

Dejo de lado el motivo y la razón de quien cambia residencia por cuestiones económicas, aspiracionales o ensoñaciones fantásticas; ahora me refiero a quienes abrazan durante años la posibilidad de adueñarse del terrenito humilde en donde quepa una cabañita con sus respectivas recámaras, chimenea, cocina grande, baño acondicionado y calefacción central.

Las estrellas son la primera motivación para esos aspirantes a John Wayne. Se imaginan tendidos en un camastro mirando los astros sin interrupción alguna, acompañados de una bebida coqueta y una coqueta bebida. Bien, llegado este punto, quiero hacerles saber el meollo de mis pensamientos y resquemores.

Apenas terminado el rincón de los sueños, el ser humano en cuestión empeña lo empeñable para introducir la energía eléctrica; si es menester tumbar árboles, se derriban; si hace falta rapar follajes, se rapan. Así, unas semanas adelante, una deslumbrante farola ilumina cual si fuese una luna personal. ¿Y las estrellas? No importa demasiado cuando se tiene una luz tan radiante que sea capaz de esconderlas.

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14 Febrero 2017 04:00:00
Caminando con tacones
Me contó una vez Doña Mary –que Dios la tenga cantando a dueto–, cómo lavaban la ropa en invierno las mujeres. Vivían a medio camino entre la ciudad y el cielo, en medio del bosque inmenso y poblado de imposibles. Subían, cada dos o tres días, hasta el ojo de agua, donde se hacía un cúmulo cristalino de agua tan fría como transparente. Tallaban sobre las piedras con los 10 grados bajo cero sobre su espalda, “y cuando tendíamos los pantalones parecía que tenían a la persona adentro, porque se congelaban luego luego”. Después, bajaban cantando en grupo como si la vida fuera buena.

Pero no es de eso que quiero hablar con ustedes, amigas. Sino del largo recorrido buscando algo aún sin encontrar, ni siquiera vislumbramos con suficiente claridad el objetivo que nos siente en la silla correcta por el sólo hecho de ser mujeres.

Después venía Doña Mary –que Dios la tenga rezando el rosario–, una y otra vez, con su niñita muerta cargada en brazos. Ese instante nunca huyó de su presente: La volvía a tocar inerte y buscaba con su abrazo darle el calor que la medicina inalcanzable no fue capaz. El autobús de regreso brincoteaba en el camino pedregoso y la distancia se hizo interminable; ella iba sola, arrellanada en su asiento duro y el frio colándose por la ventana. Llevaba a su casa la novedad de la urgencia que la naturaleza les imponía, a cada rato, a las mujeres campesinas.

Es otro el tema que nos ocupa. Me vino a la mente cuando hojeaba un libro sobre la historia de las mujeres. Ahí estamos todas, metidas en una túnica, vestidas de horticultor, enfundadas en un traje industrial, disfrazadas de fatalidad o envueltas en valentía. En todas las imágenes las mujeres tenemos las manos atareadas: Un hijo en una y la bandera en la otra.

Y luego, cuando vino a la ciudad, trató de descifrar Doña Mary –que Dios la tenga echando gordas– la vida de las mujeres apresuradas entre la casa, el trabajo y la insatisfacción. “Como quiera, una nunca está conforme”, dijo un día y fue como si desinflaran un montón de aspiraciones sin blanco preciso para ensartar. Y un día se murió con la esperanza de que en el cielo también pusieran pino navideño.

Entonces me cansé. Hemos caminado tanto las mujeres y cuando ya nos vamos, el deseo mayor no consiste en ser iguales a los hombres ni distintas de nosotras mismas. No hay camino hecho, lo andamos arando a cada paso y, a menudo, parece que nada más hacemos círculos.

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11 Febrero 2017 04:00:00
La esperanza por venir
La diferencia entre “espera” y “esperanza” cabe en tres letras y puede abarcar incluso una vida entera.

La espera es perceptible porque es una acción con inicio y término, empieza con una promesa y termina, bien con el cumplimiento, bien con el desengaño. Hay un tiempo determinado para su existencia.

La esperanza no se toca, no tiene principio y puede no acabar jamás. Tengo para mí que en realidad no existe tal como la define el diccionario: Estado de ánimo que se presenta cuando se presenta como alcanzable lo que se desea. Solamente es lo último, un deseo.

En 1894, Berthelot, un reconocido científico parisino, dio un memorable discurso en donde previó cómo para el año 2000 la agricultura sería innecesaria, porque desde los laboratorios se cubrirían todas las necesidades alimenticias. Los minerales estarán a flote y los combustibles a la mano; creyó que las fronteras y las aduanas serían un mito y las energías renovables cosa de todos los días.

Dijo también: “Tampoco habrá diferencia entre regiones feraces y estériles, y quizás los desiertos lleguen a ser los sitios donde con preferencia habiten los hombres, porque allí el clima es mucho más sano que en la humedades mefíticas de los terrenos cultivados. También el arte y todos los encantos de la vida humana llegarán a la plenitud de su desarrollo. A la tierra no la desfigurarán las figuras geométricas de la actual agricultura, sino que vendrá a ser un jardín en que crecerán las flores y las hierbas. No por eso la humanidad se abandonará a la holgazanería y la corrupción moral, siendo el trabajo inherente a la felicidad, en la futura edad de oro el hombre trabajará tanto como antes, con el fin de lograr su perfección moral e intelectual”.

Si la espera tiene tiempo y forma, la esperanza puede fallar por 15, cien, mil años o más, al fin y al cabo, lo único que existe es el deseo.

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10 Febrero 2017 04:00:00
Al niño desconocido
Para incentivar a su hijo, a fin de que la escuela no fuera un terreno ríspido e incierto, cada medio día lo recogía, siempre puntual, llevando consigo una pequeña sorpresa. El niño se acostumbró a la escuela, a la puntualidad de su madre y a la sorpresa: Un chocolate, un lápiz, una piedra extraña entre las piedras.

La madre volvía, henchida de satisfacción, por el logro diario de cumplir su papel como emisaria de la tranquilidad y la esperanza de que mañana habría nuevamente escuela, puntualidad y sorpresa. Ella vio al mundo como un campo lleno de niños sorprendidos y conforme con tan pequeña cosa. Así pudiera haber sido, siempre y cuando las sorpresas para todos los chicos fueran nada más un chocolate, un lápiz o una piedra extraña entre las piedras.

No se percató de cómo los compañeros de su hijo bien podrían ser sorprendidos con la tardanza incierta de quien debiera ser responsable; tal vez con una amenaza o, quién sabe, con la noticia de la muerte de su padre.

No es difícil sorprender a un niño, incluso a ese etiquetado como fuerte y aguerrido, en realidad armadura de un pequeño inseguro y, casi siempre, ofendido por alguien más. Cualquier cosa que salga de la rutina será suficiente para lograr su asombro, el problema es que a menudo, mucho más de lo que esa madre pudo imaginar, ese asombro aparece acompañado de sonrisas y felicidad.

Ayer escuché en la calle a dos personas lamentándose por la muerte repentina de un hombre joven; parecían sentir una pena genuina por la precoz viuda. Nada llamó suficientemente mi atención como el comentario final: Alguien debía ir a la escuela para avisar al hijo del difunto sobre la muerte de su padre. Ayer, ese pequeño recibió una sorpresa al salir de la escuela; quizá muchos otros pasan hoy mismo por la misma situación.

Quisiera, de todo corazón, que ese niño reciba mañana la sorpresa de saber cómo aliviar el alma y volver a la escuela, a la puntualidad de su madre, al lápiz, al chocolate y la piedra extraña entre las piedras.
09 Febrero 2017 04:00:00
En la calle
Espero con mucha fe nunca lleve mi nombre ni una escuela ni una calle. Si una escuela lo lleva, ni modo qué hacer, pero si una calle lo ostenta, tengo algunas peticiones previas a la determinación del cabildo correspondiente.

No deseo ser el nombre ausente en una vialidad. Pido un camellón con su letrero, escrito en tinta indeleble que no borre el paso del viento, la lluvia, el tiempo y los malos deseos; una estructura que resista los embates de la naturaleza pura y, además, la impura naturaleza humana.

Lo último que quisiera es ser un callejón sin salida: más bien deseo convertirme en oportunidad y, de ser posible, tener vías de acceso y salida para emprender caminos diversos y prometedores. Una calle de privada no sería, definitivamente, una buena opción para mi nombre.

Sería tolerable ser mentada en esas respuestas que se dan cuando nos inquieren sobre nuestra dirección: “Vivo en la de Dalia Reyes”, dirá alguien, como decir el nombre de algún presidente, un profesor desconocido o la tía del ingeniero que trazó la colonia nueva.

Requiero pavimento homogéneo y vía libre, sin topes, hoyos, baches, árboles intermedios, boyas, barras luminosas, foquitos laterales: El transeúnte decidirá los momentos de avance y las paradas cuando así se lo exija el paisaje, el cansancio o el encuentro inesperado.

Las ventanas deberán mostrar balcones, y los balcones rejas forjadas; tras de ellas, macetas con flores coloridas y gatos perezosos maullando el sol del mediodía.

Así las cosas, y no de otro modo, sería mi calle. Asumo entonces que ningún bulevar, avenida, vía, cerrada, callejón llevará mi nombre, porque las que conozco con esas cualidades están ya todas ocupadas. ¿Cómo es la calle de sus sueños?

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08 Febrero 2017 04:00:00
El sol de cada quien
Seguimos suponiendo que los “soles” de nuestros nómadas antepasados son, justamente, eso: “Soles” en representación gótica o surrealista o de vanguardia según quien los mire en las rocas de cuevas y montañas.

Pero ¿en verdad ellos y sus antepasados, digamos su padre nómada y su nómada madre, dibujaron soles? Acaso alguien se habrá preguntado s en realidad son pulpos, ciempiés enroscados, collares dentados o una pobre araña luego de la estampida de búfalos viles en las amarillas llanuras del gran Manitú. Entonces ya deberíamos parafrasear aquello de nada es verdad ni es mentira, todo es según el “sol” con que se mira. Hay tantas versiones sobre algo como puntos de vista, concepciones, ideologías o estilos.

Para quienes escribimos, esto puede ser tan oportuno como peligroso, sobre todo cuando debemos alejarnos de la creación literaria y hemos de guardar en el cajón de la esperanza nuestras dotes de poetas, cuentistas o noveleras… perdón, novelistas.

Vamos a suponer que usted tiene en mente una obra dramática, de esas que llevan mensaje. Cae en la cuenta de que, ya estrenada y en marquesina, el público salió feliz por la enseñanza sobre cómo distinguir los puros de los cigarros… ¡pero usted deseaba prevenirlos sobre el peligro de fumar!

No vayamos tan lejos. Al entablar una charla coloquial saldrán tantas opiniones de un asunto como arenas en la playa y al final no sólo se pierde tema y tiempo sino hasta los amigos. En el caso de la obra teatral, usted perderá la ilusión de combatir el vicio por el cigarro, pero siempre habrá alguien que le encuentre algo bueno a su trabajo y usted podrá ganar fama y dinero.

Pero cuando se trabaja con textos informativos y no logramos dar en el blanco con el mensaje, no sólo se perderán lectores, sino también en el puesto del departamento editorial donde se trabaja, porque no se cumple la principal y única finalidad: Comunicar formalidades para que sean entendidas y atendidas con precisión y certeza, independientemente si el lector está perdidamente enamorado y mal correspondido.

Una obra formal o de divulgación debe informar en modo tal que no se preste a interpretaciones personales como en el caso de los “soles”, por ello presenta algunos obstáculos al hacerla pública, considerando que podemos prever el tipo de lector a quien le sea útil, pero nunca sabremos con exactitud su nivel académico, cultura general, capacidad de comprensión ni contexto habitual, factores decisivos para el buen cumplimiento de ese virtual circuito de comunicación autor-lector.

Ahora ya se dieron cuenta: Este asunto de escribir y publicar no es tan sencillo como parece.

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07 Febrero 2017 04:00:00
Lo que despierta
Las ganas de tomar café despertaban a don Pancho Niño. Más que necesidad era urgencia la suya.

Unos segundos antes de abrir los ojos bien a bien, se dibujaba en su memoria aun lúcida el acto sagrado de acercarse al hogar y engullir una dona fría y un café caliente.

No sé qué tanto prefiguraba el olor del grano apenas molido ayer por Consuelo, quien había dedicado una hora completa a pasar por el molino tres puños de córdoba y dos de caracolillo, aliviando el peso de los costales traídos por Manuel hacía una semana.

No se ponía de pie en el acto; se remolineada un poco tanteando el frío afuera de las cobijas tejidas por él mismo. Como cuando uno se despereza con insurrección ante la insistencia del despertador; o bien, tal cual esas rutinas que nos atan a ciertas personas y aciertos sitios convirtiéndose, ambas, en objeto instantáneo del deseo e imperdonables en el día a día. Lo que nos despierta, la esperanza, el miedo, lo que sea, es fugaz y permanente,

Don Pancho a veces no tenía donas, porque llevarlas hasta la punta del cerro no era cualquier cosa, pero siempre tenía café. Su modorra sabía eso y las cuatro de la mañana anunciadas en la radio, entre los anuncios de Laboratorios Mayo y alguna canción ranchera, notificaban que justo en ese momento empezaba la vida otra vez.

Cinco, diez segundos de su tiempo se habían consumido apenas en esa acción sagrada de prepararse para lo impostergable, de ocupar su sitio en la sillita encaramada junto a la estufa hecha a mano también por él y curtida por Consuelo.

Ni un anuncio completo, ni una canción entera duraba el performance de don Pancho: Una milésima de segundo nos retrae del mundo cuando de las rutinas diarias se trata. Entonces, como si hubiese pasado un siglo, se paraba de la cama y empezaba a andar hacia la cocina.

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04 Febrero 2017 04:00:00
Mis pájaros
Durante un periodo de trabajo exhaustivo elegía música de fondo con ondas alfa para desarrollar la súper inteligencia, al menos eso decía el banner. Yo no podría atestiguar ese efecto prometido –es evidente- pero sí doy fe de la mucha concentración a la que encamina.

Ya cansada de la misma onda, busqué algo más. Llegué muy temprano a la oficina, a esa hora cuando todo tipo de sonidos despiertan y nos despiertan. Afuera se manifestaban pájaros madrugadores y esos sonidos que parecen venir con los rayos del sol cuando se desperezan los edificios.

Teclee en el renglón del buscador algo así como “birds sounds”. Porque, claro está, todo lo bueno para nuestra vida viene en inglés ¿verdad? Encontré cantos de aves en un video interminable cuya duración prometía cubrir, con bastante exceso, mi horario de trabajo.

Empezaron a escucharse los gorjeos, variopintos todos ellos, simulaban envolverme en cierto bosque sólo conocido en la película de Blanca Nieves. Pasados 45 minutos, la reiteración del azulejo y la insistencia del gorrión hicieron mella en mí; me hicieron pensar, entonces, que en la naturaleza sucede con más espontaneidad.

Justo en ese momento caí en la cuenta: Busqué un video de pájaros falsos cuando afuera cantaban los verdaderos. Apagué enseguida la computadora y miré hacia la ventana para aprovechar el concierto sin internet con el que me había recibido, pero sus cantos habían sido sustituidos por el ruido de autos, claxon y motocicletas lejanas.

Me sentí como deben sentirse esas personas a quienes se les ocurre halagarnos diciendo cosas como: “Qué bonito cabello, se te ven tan natural, hasta parece que te hiciste la base”. (Para los más jóvenes: Base se llama a los chinos falsos que le vendían a una en el salón de belleza)

Así fue, mis pájaros falsos se escuchaban tan bonitos que de ninguna manera sustituyeron a los reales.

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03 Febrero 2017 04:00:00
Padres o mascotas
Aludo a las mujeres modernas que, dicen: “perdimos el piso de lo que la naturaleza nos manda y andamos hasta trabajando en la calle, cuando eso era asunto de varones”. Bueno, pues ingratas nosotras, andamos manejando, nos ponemos pantalón y hasta somos capaces de mantener una familia si así ha menester.

A lo que voy es que el ser humano, con toda facilidad, se pierde en lo que parecía estar tan claramente dispuesto. Y si estas mujeres perdidas que somos ahora parece que tendremos un final feliz, no lo creo en el caso de los jóvenes.

Asumimos que los muchachos hoy, igual que antes, tienen bien identificados los roles sociales en donde se mueve. Nadie cree que sea necesario decirle a un estudiante de primaria, secundaria o más allá, que hay jerarquías, que los padres se quedan en casa y los profesores en la escuela.

Es que antes lo traíamos en algún chip que se activaba a tiempo, y podríamos ser los más corteses en el salón de clases sin desconocer apodos y palabrotas que usábamos en el anonimato de nuestras autoridades, agazapados en los baños y las salidas nocturnas con los amigos. La distinción entre la terminología que podíamos usar con padres y abuelos era fácil y automática en nuestras personas.

Algo se descompuso, y los alumnos de educación básica y preparatoria pierden la noción con una facilidad increíble, y hablan al profesor como a su vecino, al papá como a su mascota y a sus amigos a voz en cuello sin importar el lugar, la hora y la situación.

Comparto el compromiso que tenemos todas las instituciones sociales, para encaminar a los muchachos a un futuro más deseable, sin embargo, la identificación de roles y jerarquías –necesarios para que funcione un sistema– es una labor de casa y responsabilidad de padres de familia, no podemos esperar, como proponía Rousseau, a que se caigan solos porque es obvio que nos estamos cayendo con ellos.

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02 Febrero 2017 04:00:00
Eso mata
Los fragmentos que les compartiré enseguida fueron publicados en El País. La nota cierra con esta frase palmaria: No es ideología, es ciencia.

La afirmación que esgrime el diario no está basada en una reflexión emocional de algún filósofo social, sino en la numerología tan valorada por la ciencia moderna; incluye también la interpretación que, a todas vistas, pide del lector nada más sentido común. En contraste, también exige de nosotros un alto nivel de tolerancia a la frustración, porque la solución no está en nuestras manos, por lo menos, no de forma directa.

Quien se conmueva con esta noticia y no le baste poner una carita triste en las redes sociales, léala con atención y empiece a actuar desde su espacio social. Yo me hice ya un plan de acción. La nota se llama: La pobreza acorta la vida más que la obesidad, la hipertensión o el alcoholismo.

“La pobreza acorta la vida casi tanto como el sedentarismo y mucho más que la obesidad, la hipertensión y el consumo excesivo de alcohol. El estudio supone una crítica a las políticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) por no querer incluir en su agenda este factor determinante de la salud tan importante o más que otros que sí forman parte de sus objetivos y recomendaciones.

“El bajo nivel socioeconómico es uno de los indicadores más fuertes de la morbilidad y mortalidad prematura en todo el mundo. Sin embargo las estrategias de salud global no consideran las circunstancias socioeconómicas pobres como factores de riesgo modificables”, aseguran los autores del estudio que publica The Lancet, una treintena de especialistas de instituciones tan prestigiosas como la Universidad de Columbia, el King’s College de Londres, la Escuela de Salud Pública de Harvard y el Imperial College de Londres.

Del mismo modo que se puede promover el abandono del tabaco o el deporte entre la población, el artículo defiende que el factor socioeconómico también puede modificarse a todos los niveles, con intervenciones como la promoción del desarrollo durante la primera infancia, las políticas de reducción de la pobreza o la mejora del acceso a una educación. Por eso, las estrategias de prevención de las enfermedades crónicas se equivocan al no abordar poderosas soluciones estructurales”.

Ya nos dieron un norte para salvar vidas ¿cuál será la brújula que guíe sus intenciones, estimado lector?

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01 Febrero 2017 04:00:00
Cabritilla
Les agradeceré no ensucien con pensamientos impuros el contenido de este texto. Si dije cabritilla no fue por esconder sucias intenciones de agresión verbal típicamente mexicana: Quise decir justamente eso.

La cabritilla no es un cabrito, ni una cabra pequeña, es un ser noble cuya anatomía es tan endeble que no puedo imaginar cómo hay verdugos capaces de acabar con la existencia de este animalillo, cuyo nombre lo aprendí en ciertas novelas rosas y negras que leí cuando adolescente.

Lo rosa de las novelas no tengo que explicarlo. Lo negro se refiere precisamente a las cabritillas; aunque hoy sé que vienen en colores varios, mi imaginación siempre los dibujó en perfecto azabache.

Toda novela romántica, no costumbrista ni tradicionalista, tiene una mujer que se coloca los guantes con parsimonia, cuidado y elegancia, así acabe de recibir la peor noticia de su vida, cuida de sus manos como si en ello le fuera la vida.

La chica de la historia usa guantes de cabritilla. Enseguida, puedo dibujar todos y cada uno de los detalles en su anatomía: Mediana altura, esbelta, casi flaca, pero con ciertas curvas que le permiten lucir esos vestidos acinturados y con crinolina. Proverbialmente blanca, la piel de sus manos contrasta con la del animalillo muerto en pro de sacar a relucir los mejores dones de la muchacha.

Cabe mencionar que esos libros no tenían ilustraciones, todo fue producto de mi imaginación. Pero, díganme ustedes, cómo una mujer que requiere guantes XL para lavar los trastes pudiera calzarse una manufactura hecha en cabritilla. Mis formaciones imaginarias nunca me permitieron crear unos guantes de esa piel en talla más allá de la extrachica.

La lectura del párrafo donde el animalillo hacía su aparición –por lo menos un trozo de su piel- me remitía siempre a la frase de mi abuela, quien sostenía que las manitas gorditas eran manitas trabajadoras. Ella nunca hizo nada para que corroboráramos el dicho, muy al contrario, pero siempre entendí que no tener los dedos largos y estilizados requería de un adjetivo valioso a cambio para no quedarse en el anonimato y el desprecio.

Como sea, nunca he visto en la vida real esas manos imaginadas para calzarse los guantes de cabritilla.

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31 Enero 2017 04:00:00
De reojo
La vista es muy natural. La vista es tan natural como cada uno de nosotros. Mirar fijamente, mirar hacia arriba, torcer la mirada, entornarla, mirar de lado, mirar de reojo, todo esto cabe en la mirada.

La ciencia dedica capítulos importantes a estudiarnos la vista y otros más a descifrarnos la mirada. La vista es un sentido complejo, cuyos actores ocupan a los estudiosos en pruebas diversas capaces de ser repetidas para corroborar su forma de ser. Descifrar la mirada, en cambio, es una aventura intrincada.

Nunca miramos dos veces de la misma forma. Aquella ocasión del encuentro fortuito en circunstancias particulares es irrepetible, como lo es también el sentimiento por alguien frente a nosotros en un momento dado, porque el tiempo cambia, nosotros también y la mirada con nosotros.

Mirar de reojo, dice la neurolingüística, es seña que el observador construye sensaciones. En ese acto confluye la vista y la imaginación en un fenómeno explicable sólo en la anatomía indescifrable del ser humano capaz de ver, disimular, crear, creer y recordar.

Es una milésima de segundo durante la cual el individuo se sabe incurriendo en delito, encubriendo su actuar fuera de la moral, de ahí que no se permita la observación directa para un mejor deleite. Girar la pupila con todas sus insanas intenciones, enfocar apenas el punto interesante, imaginar lo imposible, fingir indiferencia, capturar cuanto sea posible en el lapso que permanecerá en la memoria más allá del tiempo con el cual seríamos castigados en caso de que nos descubrieran.

Muy curiosa es la mirada, caprichosa diría yo, porque se guarda en la memoria con más afán un momento de desliz visual irrepetible que cientos de ocasiones cuando nos vemos frente a frente con permiso del diablo, de la carne y del mundo.

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26 Enero 2017 04:00:00
La gimnasia y la magnesia
Ángela Merkel lo dijo hace un par de años: Quienes deseen habitar el país que gobierna deben de hablar alemán, incondicionalmente y en un nivel comunicativo eficaz. No lo dijo con esas palabras, pero ya sabemos todos que en el tema de las traducciones se dice casi lo mismo.

Donald Trump pugna por el inglés como única lengua válida en el país que gobierna. Supongo que dentro de poco tiempo las cárceles estarán llenas y las multas multiplicarán los ingresos de estado de forma escandalosa. Aunque bien podrá suceder como en algunos estados mexicanos en donde está penado decir palabrotas; hasta donde sé, nadie está en prisión por ello.

Una ex alumna mía regresó a clases tras pasar las vacaciones en su pueblo natal, en donde se encontró con una familia cuyo vocabulario, recién se dio cuenta, está plagado de deficiencias. Así que ocupó bastante de su tiempo en corregirlos.

Otros odian las modas del habla; algunos más afirman que las palabras tienen fronteras Muchos afirman que ciertos términos existen únicamente si los han escuchado; hay quienes detestan términos como impropios a pesar de tener su origen en las lenguas indígenas mexicanas.

Toda la vida del hombre –y toda la vida de los idiomas– los préstamos y los empréstitos léxicos son el pan de cada día, nos demos cuenta o no. A diario cometemos dislates usando sinónimos que no lo son, nombres deslizados, adjetivos inapropiados.

Más de una vez habrá escuchado usted la palabra “empinado” por “agachado”; quizá leyó “desapercibido” por “inadvertido”, y qué me dice de “adolece” por “carece”.

Todos son erróneos si al diccionario nos apegamos, pero eso no ha dejado mudo a
nadie.

Igual que las personas, las lenguas son hermosas por sus defectos, sus confusiones, sus dislates. Hoy mismo debo agradecer a Conchita Carbajal que me envió este bonito recuerdo léxico heredado por su abuela: “A ver valecito (niño) ocupo que vayas a la matanceria (carnicería) de Cananito (así le decían al señor por apodo) y me traigas un kilo de calmantes (son como chicharrones pero antes de que se hagan duros, entre carnitas y chicharrones) y te fijas que te dé bien el vuelto (la feria) porque estas re nango (medio menso)”.

Qué les digo, hace falta enamorarse de las palabras para saber cuánto valen, díganse donde se dijeren.

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25 Enero 2017 04:00:00
Te veo en la tele
A diferencia de las escuelas, los grupos de amigos no publican en sus páginas oficiales el perfil de ingreso para todos los interesados en formar parte de ellos. Digamos que ser aceptado o no es un ejercicio de prueba y error.

Después de una reflexión concienzuda y de ser rechazada en los clanes de señoras los últimos 20 años, puedo afirmar que el 99.9 por ciento de los grupos femeninos incluyen en sus requisitos cierto número de horas semanales frente a la televisión.

Mi afirmación tiene argumentos, antecedentes y marco teórico, por si pensaron que a mi declaración la movía el despecho y el rencor. Por supuesto, no es fácil quedar fuera del intercambio navideño y el almuerzo gratis para las cumpleañeras del mes.

No tardaré más de un párrafo en explicar por qué ver la televisión es un requisito obligado para pertenecer a los grupos sociales de damas. Es sencillo: La televisión provoca mudez, y ninguna mujer que se precie de sociable puede andar callada por la vida; tartamuda, vaya y pase, pero nunca sin hablar.

Los temas predominantes en las reuniones femeninas versan sobre: a) el clima y sus predicciones; b) las noticias más extrañas publicadas en los noticiarios del medio día; c) las extravagancias dichas por los conductores en los programas de revista; c) los avances de las telenovelas, y d) los milagros concedidos por los santos a los personajes redimidos de las series mexicanas.

No se le ocurra a usted, señora mía, acudir a la reunión del mes sin actualizarse en todo lo anterior, porque sus consideraciones climáticas serán revocadas por la cientificidad de la chica sexy de la tele; sus reflexiones políticas serán avasalladas por la nota del perrito que canta; sus previsiones para el Oscar quedarán ocultas ante la magnificencia de Andrea Legarreta; sus personajes literarios serán vasallos ante Lupita, la miserable, y sus pruebas de que la medicina hace más milagros serán llevados al más alto consejo de señoras para no volverla a invitar.

¿Quedó claro cómo la televisión nos deja mudas? Por nada.

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24 Enero 2017 04:00:00
¿Quién es?
Traicionaré la confianza de mis congéneres con la confesión de enseguida. No es por maldad, tampoco tiene jiribilla ni doble intención, sencillamente necesito hacer pública esa información tan íntima de las damas.

Llega un momento en la vida de toda mujer en el cual debe de responder una pregunta difícil, comprometedora. Esta es, a saber, la cuestión: ¿Por qué vas tan arreglada? Quisiera agregar otra característica al cuestionamiento: Dicotómica.

Usé el culto terminajo para envolver en paquete de lujo esa situación cuando las féminas hemos de responder a cuestionamientos cuyas respuestas son infinitas, tales como: a) entonces siempre estoy desarreglada; b) ¿no te fijas que siempre me arreglo?; c) ¿qué quieres decir con arreglada? Bien, sigan ustedes con las letras pendientes del abecedario.

No abordaré esas enriquecedoras conversaciones de pareja, lo que quiero plantear es lo siguiente: una de las palabras finales en esas charlas es la referente a que las mujeres no nos arreglamos para los demás sino para nosotras mismas. Eso, damas y caballeros, es una mentira redonda.

Bien pensado, los hombres proceden igual. Sus acicalamientos, pocos o muchos, cuando salen a la sociedad rutinaria, tiene más que ver con las personas a quienes encontrarán, la gente con quien se convive en el trabajo o la escuela.

Siendo así, no nos vestimos, nos visten. (El contrario –desvisten- no aplica en mi discusión).

Si trasladamos el ejemplo a nuestra forma de hablar, las costumbres para divertirnos, los espacios que habitamos, aplica más o menos lo mismo: Hay parámetros que salen en la tele, otros son vistos en la colonia de nuestros deseos, hay grupos en donde queremos encajar. Entonces no hablamos, no nos divertimos, no habitamos. En conclusión, somos lo que los demás dicen que somos, dice una frase común en los análisis sociológicos por el alto grado de impacto que tiene en todos nosotros la opinión que los demás se hagan.

Insistir en que actuamos para nosotros nos dejaría desnudos, porque muy pocos podrían responder sobre la forma de actuar, las decisiones, los miedos, las preferencias sin encontrar residuos de una imagen pública que, consciente o inconscientemente, estamos siempre cuidando.

En conclusión, no es cierto señor, ella no se arregló para sí misma, sino para todo el mundo.

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21 Enero 2017 04:00:00
Llueva o truene
En el título me faltó completar la frase con “o relampaguee”, como decía la gente de antes para afirmar su disposición a realizar algo sin importar las condiciones imperantes; aunque mencionaban cosas del clima, también se incluían la previsión de condiciones personales.

Esta frase parece desterrada de los usos y costumbres, no nada más entre legos, también alcanza a las instituciones y sus servidores públicos. ¿Acaso no le ha tocado una suspensión de actividades en cierta oficina porque se cayó el sistema, hubo una manifestación, se celebra cierta fiesta patronal o cumplió años el jefe?
En la tocante a la educación, las reformas, las aprobaciones y las operaciones son un vaivén atropellado por calendarios ocultos que tienen vida propia. Las clases se suspenden en lo previsto y en lo emergente; imagínense qué sucedería si hubiese Revolución.

Mi lectura narra que, en alguna época, nuestro país siguió adelante con todo ella: La Revolución Mexicana. Apenas lograda la renuncia de Porfirio Díaz, en tanto las revueltas sociales seguían muy vigentes porque la ida de dictador no era el único pendiente político, los encargados de la instrucción pública propusieron, autorizaron y operaron.

El 25 de mayo de 1911 renunció Díaz; el 26 asume la presidencia Francisco León de la Barra, y en esa misma fecha, tras la toma de protesta, se pasó a lo relevante: aprobación de la educación rudimentaria, el antecedente inmediato de la escuela rural.

Puedo imaginar al Congreso reunido en discusión sobre los elementos básicos con que se salpicaría de conocimientos a indígenas y campesinos en tanto afuera el país convulsionaba. Lo más sorprendente es que el trámite duró solo cuatro días y enseguida se pasó a la instauración de las incipientes instituciones rurales.
No prosperó el proyecto como tal, era de esperarse; sin embargo, el no cejar en la insistencia por educar a los más desprovistos sentó las bases para lo que hoy tenemos a disposición todos los mexicanos. Siguen haciendo falta ajustes, propuestas y modificaciones, pero desde 1920, cuando finalmente se instaura la escuela rural, a 100 años de distancia, hemos caminado lo que ni se sospechaba en la centuria previa.

Es poco probable que nos encontremos con un aviso fuera de las escuelas: se suspenden clases porque hay Revolución; en realidad, la revolución estará más fuerte que nunca cuando logre que siempre estén activas.

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20 Enero 2017 04:00:00
Alguien quiere eso
Hay mucho de masoquista en mí: Disfruto sobremanera cuando alguien me hace guardar silencio porque me demuestra que estoy equivocada en alguna afirmación. En el campo “demostrar” no entran los argumentos maternos, las mociones de soberbia ni es escudo agresivo y gritón con que se viste la ignorancia.
Estando en una tienda de periódicos y revistas, me puse a ver la gran variedad de títulos, temas, estilos y contenidos exhibidos en un sitio pequeño en dimensiones pero inconmensurable en reminiscencias y posibilidades. Ahí me pasó.

Frente al área deportiva, un estante se ocupaba en apilar publicaciones dedicadas única y exclusivamente a las bicicletas. Comenté con mi compañero sobre lo innecesario de publicaciones como esa cuando su demanda debía ser escasísima. Como por arte de magia, se abrió la puerta –de esas cristalinas y con campanita- para dar paso a un grupo de adultos jóvenes quienes casi dejaron vacío el espacio.

Entendí que la visita a una tienda como esas no solo me ofrece la oportunidad de encontrar las nuevas recetas de chefs mexicanos y las mejores ideas para cocinar el desayuno en cinco minutos, sino que ahí están contenidos todos los placeres del ser humano, y ni siquiera tuve que leer largas e incomprensibles estadísticas.

La conclusión fue sencilla: si existe una publicación con el tema, es porque hay suficiente público para comprar cualquier producto relacionado con él. De este modo, pude explicarme el boom de los bebedores de té tras los encartes sobre hojas verdes comestibles en las ediciones culinarias.

Sé de la diversidad existente entre los motociclistas; conozco el interés de la gente por adquirir la moneda que se le cayó al actor de Peter Pan en un vuelo de estudio; aprendí que las cirugías plásticas están mucho más al alcance de la mano de lo que imaginaba; entendí por qué Barbie es un objeto de deseo; me enteré de lo caro que puede costar mantener a un hámster en su castillo.
La regla es clara: si está ahí, es porque alguien lo quiere.

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19 Enero 2017 04:00:00
Quiere de vez en cuando
Vi un video de reflexión cuyo emotivo cierre tenía la frase “quiérelos cuando menos lo merezcan”. Pensando sólo en ella, podríamos imaginar que refiere al perdón, a la tolerancia, a la buena convivencia, pero no, se refiere justo a querer.

El diccionario de la Real Academia trae dos veces querer, la primera como verbo, la segunda como sustantivo. Si es una acción, entonces se trata de desear, apetecer o amar, dice; si es un nombre, sus sinónimos son cariño y amor. Entonces el video hablaba de amor.

Amor, para la misma RAE es un sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia necesita y busca el encuentro y unión con otro ser. Entonces el video refiere a una pareja, a dos en un encuentro emocional profundo. Esto parece ponerse muy candente.

No describe el diccionario de marras las características de esa unión o encuentro que el querer necesita, pero sí queda claro que todo lo relacionado con esa simbiosis contiene una gran fuerza, misma que se ejerce en sentido contrario cuando los dos integrantes se desencuentran.

El desencuentro matrimonial, por ejemplo, provoca revoluciones diversas en los protagonistas, quienes pasan por todos los niveles catalogados en la tanatología y, generalmente, vuelven a su estabilidad tiempo después. Acomode usted a los actores que se le vengan a la mente, y se encontrará con que el amor y el desamor son voraces entre dos y el perdón pudiera ser la palabra oculta en el título de la proyección que les comento. Pero no es así.

Resulta que el video se refiere a los padres y sus hijos adolescentes; hace un recorrido por el actuar común de un jovencito, con todos sus vaivenes, y cierra con la recomendación que ya dije. A los hijos se les ha querido, a lo largo de la historia, de muchas maneras: Marcándoles el camino, dejándoles algunas opciones, dándoles esa libertad que no hace daño.

El problema es que hoy en día no podría explicar cómo es que algunos padres quieren: A distancia, con opulencia material, con la cesión de la presencia paterna a cargo de un empleado. Lo que diré enseguida es una conjetura muy difícil: La manera de querer sus padres a ese jovencito regiomontano que disparó contra su maestra no parece haber sido, definitivamente la mejor.

Ante el azoro, solemos sacar conclusiones apresuradas; aún no sabemos la situación de ese desdichado jovencito, pero quienes hemos sido “madres” de más de mil adolescentes estudiantes de secundaria, sabemos que ese niño necesitaba que lo quisieran, no cuando menos lo merecía, sino que lo quisieran nada más.

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18 Enero 2017 04:00:00
Manteca de maní
La manteca de maní estuvo muchos años en el mismo conjunto del jamón, la crema de leche, la coca cola y la nieve de nevería, es decir, entre los inalcanzables.

El jamón lo conocí hasta mediados de la primaria, porque la mortadela era la máxima aspiración del efectivo destinado a la despensa familiar. La crema de leche no estaba en la lista nunca, porque en ese tiempo la leche de vaca que vendía Licha, tenía bastante nata como para no extrañar aquella. Ahora bien, la manteca de maní, ese fue un descubrimiento tardío en mi vida.

Inicialmente la llamé crema de cacahuate, porque así decía en el empaque.

Después supe que media humanidad la había probado y yo apenas era debutante y ni siquiera podía distinguir si era manteca o mantequilla, porque, a decir verdad, la mantequilla me parece más manteca que crema. En fin.

Con este producto hecho a base del protagonista de los bolos en las levantadas me pasó igual que cuando el jamón, la coca y lo demás: Sabía de su existencia y solo en bacanales de cacahuate y bebida gaseosa podía probarlos, pues es más barato ser adicto al cigarro que a mi inclinación particular.

Yo pensaba vivir el éxtasis de mi vida cuando gané lo suficiente para incluir un tarro de planters, y justo entonces descubrí que las mujeres decentes no andan consumiendo eso so pena de engordar bastante y tener problemas en las coronarias. Tuve que estar en terapia de cacahuate salado un mes para sobrevivir a la abstinencia.

No funciona igual morder la semilla que dejar enfangada la lengua en esa pasta exótica cuya densa textura hace parecer que nuestra boca anda de turista en el satélite Titán. No le hace, esa dificultad y amenazante circunstancia le dan a dicho alimento una característica seductora.

Hace un par de años mi hermano tuvo a bien entregarme una pasta envasada: Mantequilla de maní, natural, sin conservadores ni grasas agregadas. Mi vista se iluminó; repasé el historial médico en mi persona y no encontré impedimento para contraer matrimonio con esa promesa.

Vaya, uno nunca sabe lo que le viene en la vida cuando de adicciones se trata.

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17 Enero 2017 04:00:00
Patas para él
Don Tacho usaba patas de gallo. Sería subjetiva mi apreciación de la talla, porque entonces yo calculaba tres pies míos en una sola de sus chanclas; seguramente hoy tendría mejores elementos para describirlo, pero él ya murió.

Estando vivo fue más bien parsimonioso. Su calzado de hule, apenas cubriéndole la parte media del pie, chapaleaba entre la mezcla que batía entre dos paladas, una fumada de su cigarro y cierto murmullo entre su compañero Don Pedro.

Sus pies eran dos rocas con fósiles varios insertos en ellos. Las profundas hendiduras de los talones daban cuenta de la cantidad de adobes fabricados; la deformación en la planta era testigo de cuán libres sus extremidades andaban por cielo, mar y tierra, así fuera invierno o verano.

Debieron estar hechas sus patas de gallo con materiales resistentes, porque no se rompían al pelear contra la aumentada gravedad que tiene el lodo cuando se pisa con un área tan amplia; el color azul permanecía impávido: nunca era definitivo, pero no se desvanecía con el uso.

Las patas de gallo eran un calzado para millones de mexicanos hace dos generaciones. Ahora mismo, si tecleamos en internet la palabra, en primer término nos remite a las mil formas para combatir las arruguitas en derredor de los ojos, cosa que a Don Tacho lo tenía sin cuidado, porque bien a bien ni siquiera había espejo en la casa que habitaba con Doña Agustina y las nietas, siempre caminando tras de ella como pollitos recién nacidos.

Ahora bien, si insistimos, encontraremos versiones muy modernas, estilizadas, en materiales finos y colorido de patas de gallo que poco se parecen a los diseños de antaño y hoy ofrecen postes para separar los dedos, tacones en animal print y acabados en gamuza, pieles varias y telas sofisticadas.

No cabría el pie de Don Tacho ahí, como no cabe el nombre de pata de gallo en esa montura que llevan las modelos.

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14 Enero 2017 04:00:00
La guerra y el amor
Doña Andrea concluía las conversaciones profundas de mecedora vespertina con una frase profundísima: En la guerra y el amor todo se vale. No comprendí a cabalidad el alcance de la afirmación hasta ayer, apenas, cuando me quedó muy claro que en la guerra cabe hasta la guerra misma.

Sobre ese tema, cabe también poner como antecedente un programa televisivo titulad “Guerras antes de Cristo”, en donde se desglosan, detallan y analizan las formas de matarse, con permiso de los reyes y gobernantes, que usaban antes de las armas tecnológicas.

La tecnología ha venido a alimentar bastante la frase de Doña Andrea. Sí por las armas sofisticadas usadas hoy en días, las amenazas biológicas y las guerras económicas, pero también por esa violenta amenaza visual que se transmite, por ejemplo, en la televisión volviéndola un atentado contra la dignidad del ser humano.

Estrenamos los mexicanos el 2017 con un alentador comercial en televisión abierta –oficial– en donde se proyectan terribles imágenes de la guerra en Alepo. Simultáneamente una voz grave y adusta dice que hay países que tienen problemas; enseguida, aparecen escenas de mexicanos trabajando en el día a día en sus oficios sencillos y muy dignos, y entonces la voz se convierte en oratoria de López Velarde para decir que, en cambio, los problemas que tenemos nosotros los enfrentamos con trabajo.

La respuesta masiva casi puede escurase en una conclusión más o menos así: “Es cierto, nosotros estamos en la gloria”. El mensaje quedará oculto para la mayoría, pero la advertencia implícita de una aceptación de nuestras condiciones o la inminente guerra, acaba por ser indignante.

Doña Andrea pensaría lo mismo ahora, porque su conformidad con la frase inicial era aplicable a cuestiones fútiles en donde tanto el amor como la guerra aludían a enamoramientos incipientes o discusiones ganadas, nunca a colgar una espada sobre nuestras cabezas.
13 Enero 2017 04:00:00
Dos fusiles

A don Raúl del rancho los niños le hacían burla apenas lo veían venir por la vereda. Cubierta media frente con un sombrero revolucionario del cual todos estaban seguros él no se quitaba ni para dormir, andaba con determinación según se lo permitían las piernas añosas y la guaripa sospechosa: Una por el estado astroso del objeto, y dos, porque era su única evidencia de que anduvo en La Bola.

El motivo para la bura era tan simple que no hacía falta explicarlo en aquellos años: para los chiquillos todo personaje de la Revolución Mexicana estaba muerto. Don Raúl, bastante vivito aunque sin colear, no correspondía a la imagen de un revolucionario aprendida en la escuela, es decir, caído en servicio a la Patria; por lo tanto, la única explicación de que poseyera ese sombre auténtico era que lo había robado a un hombre que sí peleó y ahora estaba difunto.

Los soldados morían en la guerra, ahora lo hacen en sus casas y las cárceles personales que les reporta esa clase de empleo tan complicado para describirlo. Los héroes de guerra eran conocidos en las estampas de libros escolares; estaban siempre vestidos impecablemente con los uniformes correspondientes y los peinados perfectos.

Hoy en día, podemos verlos en la televisión, mutilados, deformes, paranoicos o ensimismados en el menos peor de los casos. Algunos ni siquiera lograron conservar los rasgos en sus rostros, otros apenas tienen movilidad para ser autosuficientes y muchos más se olvidaron de dormir plácidamente porque las atroces imágenes los pueblan irremisiblemente.

La medicina ha avanzado tanto en temas de emergencia que hoy en día tiene reglas y protocolos –generalmente respetados- para rescatar héroes de guerra heridos y dejarlos medio funcionales otra vez para que sigan el resto de su vida con el honor de haber matado a alguien, o dejado medio funcional a otro, para defender a su nación.

Sí, la medicina adelantó bastante, lo que sigue igual es la guerra.

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12 Enero 2017 04:00:00
Poquito nada más
Ese jarrón encima del ropero; la ollita azul de peltre con medio siglo en su asa, todo es arte para la vista, el tacto y el alma. ¿Qué pasará en el corazón cuando aquel se rompa o esta se despostille irremisiblemente? Nada, diría yo, si acaso quede un hueco en la casa, pero el recuerdo y el espíritu quedarán intactos.

Si las cosas duran poco o mucho todos y nadie pudiera decirlo, porque lo breve o lo extenso es relativo. Hay objetos a nuestro lado cuya presencia se ha vuelto invisible por permanecer demasiado ahí; probablemente nadie note su presencia pero cualquiera daría cuenta de su ausencia si faltara.

El asunto de las cosas como parte de nuestra vida se refiere al apego que ellas significan –ahora o en el pasado- y las rutinas de poseerlas llegan, incluso, a darnos seguridad, a otorgarnos un sitio a donde llegar cada día como meta prevista. Yo, por ejemplo, tuve unos cinco años cierto “morrongo”, que era en realidad una cobijita afelpada que frotaba en mi nariz para dormir y me negaba a ir a la cama sin él; sin embargo, no tengo registrado cómo ni cuándo desapareció.

Desapareció el morrongo y también desaparecieron 20 valiosísimas efigies milenarias de Palmira; al cabo, el mundo siguió su curso y yo no hablo más del primero y la gente ha dejado a mal resguardo la remembranza de lo segundo.

A final de cuentas, el arte siempre fue efímero: Conocemos en trozos las esculturas antiguas y a trancos las historias del pasado modificado a placer por los humanos. Esa fugacidad está de moda, porque apenas, seis mil años después, aceptamos que lo palpable se va pero queda en nosotros una versión perfeccionada del objeto y sus efectos.

Hay monjes que arman maravillas cromáticas con arena; al terminar, ellos mismos la destruyan y empiezan otra vez. Nada es para siempre, pero siempre tendremos la posibilidad de recordar la arena colorida, las efigies de Palmira, el morrongo, la olla de peltre y el jarrón sobre el ropero.

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11 Enero 2017 04:00:00
Casa chica
La casa chica, en su definición histórica, es un sitio donde habita la familia secundaria de un hombre casado. En América Latina se estiló, por lo menos de forma oficial, cuando la llegada de los españoles; a la fecha no ha desaparecido, pero ya no es muy bien visto por la sociedad moderna.

La casa chica del pasado daba estatus social y poderío a los varones: Esa situación les permitía exhibir sus capacidades físicas y económicas, así ninguna de las dos pasara pruebas fehacientes de hombría.

La historia se ha encargado de dar formas diversas a la casa chica y la ha convertido en otros sitios de reproducción no necesariamente humana. Son sitios en donde hombres y mujeres –quienes podían ser la casa chica pero no tener una- construyen nuevas relaciones de familiaridad, a veces permitida a veces no, si nos decantamos por el tema de la moral.

Son los sitios de trabajo esos espacios que mucho toman de esa antigua costumbre; ciertamente, la cohabitación no es requisito, pero tampoco está desterrada, y si sucede atienda a la gran cantidad de horas durante las cuales se convive con los otros, se conoce tanto de ellos que la familiaridad no requiere datos consanguíneos.

Las familias laborales nacen, crecen, se multiplican y mueren, necesariamente.

En ellas se tejen historias de amor y odio; se construye la solidaridad y la traición; se sostienen a sí mismas con la colaboración del otro o son abandonadas por quien la mantenía en vilo.

Pertenecer a una de estas familias secundarias nos da prestigio y estabilidad porque deja el foro libre para desempeñar nuestras habilidades profesionales y sobrevivir a los avatares monetarios; se puede ser parte de una o más, si la resistencia física y el poder lo permiten.

Los lazos que se tienden entre las otras familias son tan estrechos que, a menudo, trascienden a las mismísimas casas grandes, cuyos cimientos a veces mal puestos se derrumban mucho antes de la jubilación de estas “casas chicas” que son nuestras áreas de trabajo.

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10 Enero 2017 04:00:00
Uno para todos
Los miembros de las familias mexicanas decrecen proporcionalmente al incremento de sanitarios en las casas modernas.

Mi teoría tiene un fundamento claramente empírico del cual no soy propietaria, porque la mayoría de ustedes es testigo de la evolución social en nuestro país respecto de los condicionamientos de que éramos objeto cuando niños, al contar con un solamente un baño para todos los habitantes de un hogar.

El hogar en el pasado estaba conformado –generalizando- por padre, madre, cuatro hijos como mínimo y siete en promedio; a menudo se agregaba alguna nuera o yerno y por lo menos un abuelo. En el éxtasis familiar estaba también allí algún tío o tía.

Organizar los turnos para el baño era todo un trabajo de inteligencia y logística. Digamos que esas acciones inauguraron la especialidad de “manejo de multitudes” que hoy se estudia en las más prestigiosas universidades del mundo.

Sin considerar el caso de lo rural, donde siempre han contado con hectáreas completas para necesidades emergentes y demasiadas personas a quienes “ya les anda”, el cuarto de baño jugaba un papel muy diferente al de nuestros días. Por razones obvias no era refugio atemporal para ningún integrante de la familia, pues el uso estaba restringido a los minutos estrictamente necesarios para las necesidades básicas.

Algún arquitecto de humilde origen, seguramente, ideó la casa moderna con un baño y medio, lo que vino medio a resolver la problemática de las urgencias, mas no de las organizaciones matutinas; luego otro profesional perfeccionó la idea y acomodó baños completos en los sitios menos pensados.

La revolución de los baños cambió la dinámica familiar: Lugar de meditación, escondite secreto, sitio de lectura, espacio para la autoadmiración, resguardo personal, oportunidad para el regodeo, ocasión para los pensamientos insanos, liberación del yo.

La arquitectura mexicana ha cambiado bastante en los últimos 20 años, pero nadie negará que el tema de los cuartos de baño rebasa por mucho cualquier otra área en las casas, sean de interés social o de desinteresados por la sociedad, ese lugar todos lo usamos por igual.

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07 Enero 2017 04:00:00
Siga la luz
Tanto viajar por las carreteras mexicanas me enseñó a seguir la luz. No había autopistas por doquier, como ahora existen, de manera y modo que uno se fuera directo de la salida al destino; entonces era menester pasar por cuantas ciudades, pueblos y rancherías que componen esta iluminada nación.

Cuando digo iluminada la mayoría de ustedes tendrá una visión más parecida a Las Vegas o San Francisco que San Francisco de la Vega, un pueblo norteño; en realidad es una luz que destaca por escasa y por separada entre tramos de oscuridad que dan un doble valor a esas titilantes lucecillas vistas a lo lejos desde la carretera.

Mirar una ventana iluminada en una casa semi internada en el campo rural de nuestro país desata en mí una historia completa, con finales variopintos, tanto felices como melancólicos. Puede haber tras de ese cristal una familia completa cenando sabrá Dios qué; ahora sé que esas luces vistas durante 15 años de viajes pudieron pertenecer a una hermosa casa en donde se escanciaba vino tinto y se maridaba con queso añejo.

Quizá ustedes conozcan el cuento “La niña de las cerillas”, una tristísima historia navideña en donde una pequeña humilde vende cerillas durante el invierno y tiene tanto frío que prende una a una para calentarse, en tanto observa por una ventana cómo, al interior de la casa, una familia se calienta ante la chimenea. La chiquilla muere de frío, pero feliz porque imaginó cómo ella podría ser parte de ese
grupo cálido.

Atrás de las ventanas iluminadas hay tantas personas como historias. Verlas durante el viaje es una oportunidad para imaginar y ser creativos de vez en cuando, al fin y al cabo, esa luz se apagará en un rato.

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06 Enero 2017 04:00:00
Motivos para enseñar
Los profesores tenemos la encomienda de la educación formal. Se trata de transmisión, dentro ya de una concepción pedagógica, no la transmisión formas de pensar. Los docentes –y todo comunicador- enviamos signos, no mensajes, no fabricamos códigos de envío con su clave de resolución, ni siquiera nombres, porque ya el nombrar encierra una concepción predeterminada del mundo en su amplio sentido. En resumen, así debería ser, sin embargo la dificultad estriba en entender qué es lo que vamos a transmitir.

En el último ciclo de estudios en las escuelas normales, una importante cantidad de estudiantes se dejan llevar por un tema recurrente a fin de conseguir el título de profesores: La motivación, como si esta fuese un objeto maleable que pudiéramos, frente a un grupo, ofrecerlo en venta al mejor postor; es en realidad una esencia individual estimulada por algo que todavía nos profesores no atinamos a saber, pues si lo supiéramos hace mucho que la apatía estuviera desterrada. En realidad, lo único que podemos transmitir los profesores es una intención de saber para ser mejor.

En la distinción del saber para ser podemos incluir los elementos que vierte Descartes acerca de las posibilidades de percepción de aquello que aprehendemos, así intervienen atributos claramente establecidos en nuestras ideas -dolor, honor-, sustancias de estos acordes con los convencionalismos -tiempo, lengua- y la acción consciente y volitiva en todo ello. Esto es lo que nos convertirá en individuos de razón, actuantes sobre lo sabido, que necesariamente es lo pensado.

Los parámetros sociales son elementos inalienables de la educación cuando se pretende provocar una acción intrínseca en los estudiantes a favor de su propia construcción como individuos. El bien y el mal, por ejemplo, se verá siempre en planos relativos siempre respecto de otra instancia, tal vez así se puede responder a la incógnita que acepta Spinoza al establecer “ignoramos cómo la voluntad humana sea procreada, a cada instante, por Dios, de suerte que siga siendo libre”, esto en referencia a la libertad humana condicionada por las normas de la religión.

Planteado como una posibilidad, se asume un campo abierto de construcción de un ser de decisión, de derivación circunstancial, derivado, epocal y de contexto.

Como fuere, aún como posibilidad, es nombrado ya y por lo tanto susceptible de ser completado en tanto se entiende el término, término correlacionado, movido por una fuerza natural y otra social -a veces tirantes-, pero necesario por lo tanto y, por ello mismo, definible y preparado para ser complementado por una realidad individual que deberá estimularse a que se dé.

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05 Enero 2017 04:00:00
Visto desde arriba
Alguien quien acostumbra mirar desde arriba es, en la jerga coloquial, quien se considera superior a los demás, y no precisamente en centímetros. “Te ve por encima del hombro”, dice la gente de antes para referirse a personas soberbias y excluyentes; las generaciones posteriores usamos otros términos menos poéticos y más agresivos para referirnos a ellas.

Con todo lo anterior, hoy lo voy a invitar a ver desde arriba, a mirar de soslayo y hacia abajo; quiero que haga conmigo el ejercicio de escudriñar lo que, eventualmente, no está a nuestra altura si somos capaces, claro está, de ubicarnos por encima: Vamos a mirar tejados.

Más allá de las acepciones en el diccionario, haré la siguiente distinción: Los tejados son esas superficies inclinadas, rojas y hermosas, que aparecen en los almanaques; coronan paisajes de ensueño en algún país europeo cuya prueba fehaciente es la homogeneidad de sus construcciones, la pulcritud de las calles y la altura de sus casas rurales. Los techos, por otro lado, son esa propiedad del latino que se ofrece como una superficie libre para dar alojo a todo aquello que la imaginación humana pueda idear.

Sé de quienes cubren sus techos con sembradíos de hortaliza; algunos los ornan con interminables macetas de geranios. Los menos aprovechan para hacer del techo un piso y lo convierten en terraza, asoleadero o zona de meditación; los más, suman sobre él sus más preciados tesoros, cuyo valor radica en la dificultad para adivinar cómo, en qué y cuándo volverán a ser útiles.

Colocados en un lugar estratégico, descubriremos marejadas de tubos, cables y maderas usadas; hay vestigios de que ahí en ese hogar habitó, tiempo atrás, un bebé. Si somos bastante inquisitivos y observadores, adivinaremos el sexo, el personaje preferido y el color consuetudinario entre los juguetes ya sin uso pero de los cuales es difícil desprenderse.

Pudiera encontrar un perro, dos gatos, nopales crecidos ahí, trozos de piso, un cuartito y todo aquello que quepa en el conjunto de cosas viables de guardar en el techo de una casa mexicana. Como ven, no siempre es tan malo mirar lo otro desde arriba.
04 Enero 2017 04:00:00
Hacer la cama
Esa frase tan latina de “habiendo suelo todo es cama” tiene un sentido mucho más profundo que esas imaginerías ahora flotando en su mente, concupiscente lector. Lleva oculta la hospitalidad y la importancia del objeto donde reposar.

Dar cabida en casa a un foráneo es una costumbre muy latina y más mexicana. Ofrecerle una cama para reposar es el éxtasis de la fraternidad practicado, constantemente, en nuestro país; por ello, ese objeto ha pasado de ser mero repositorio a un símbolo múltiple cuyo valor varía según nos haya ido en ella.

Si por un lado para la sociedad mexicana tradicional –no se diga la rural– tiene en ofrecer el lecho al viajero o al fatigado como un acto de solidaridad, amor, religiosidad, por otro lado la mujer le hemos asignado a este objeto, del deseo o de la desilusión, la cualidad de termómetro emocional.

Mi amiga Lucía se abstuvo de tender su cama matrimonial tras la separación de su esposo; dijo que en ese acto echaba por tierra todas las ideas rancias que su madre le inculcó sobre mantener ordenada la casa, en primer término, la recámara. Verla desaseada un día tras le resultó una terapia inmediata para vivir el duelo del divorcio, porque se rebelaba contra las falacias de una sociedad que muy poco comprendía los lazos reales que mantienen unida a una pareja.

Mi madrina, por su cuenta, mantuvo las camas hogareñas arregladas como para la noche de bodas –para usar sus propios términos–. Se fueron yendo los hijos, la madre enferma y luego el esposo. Las recámaras siguieron manteniendo al centro un lecho tan mullido y hermoso que uno podía darse el lujo de soñar a cualquier hora. Ella piensa en cuánto la ayuda saber que los espacios amados siguen tan acogedores como cuando esperaban a quienes llegarían cada tarde a casa; se siente satisfecha con su labor.

Mi cama es mi guarida. Ahí puede haber ensueños, verdaderas tertulias, lecciones, desazón o miedo; todo en apenas un espacio de cuatro metro metros cuadrados y sin pagar “cover” ni boleto en temporada alta.
03 Enero 2017 04:00:00
Sesenta no es nada
Que nada más van a morirse los que se jubilan, decía Don Chuyito, el vigilante.

Vio pasar a tres generaciones de periodistas y él seguía atendiendo a quien llegara a la redacción, siempre solícito, aunque cada vez más lento. Se jubiló en verano y no tuvo necesidad de esperar al otoño para ver, desde alguna parte, su esquela desplegada en las páginas interiores de la Sección A.

El tema de la edad, aunado al del retiro, son dos asuntos que se comportan cada vez más como imanes del mismo polo. Ser un jubilado parece doler en varios sentidos: La economía, el prestigio, la falsa apariencia de juventud.

En las tribus americanas el retiro implicaba un estado físico, no mental. El guerrero o cazador “jubilado” se retiraba a un cierto lugar de honor y dignidad desde donde podía admirar la fuerza del joven y alimentar su sabiduría en ciernes, pero no se trataba de entablar una guerra por mantenerse en un sitio cuyas exigencias, a causa de la inercia natural, no podían ser cumplidas por una persona mayor.

El término “mayor” se ha ido recorriendo paulatinamente en aras de la mercadotecnia y la postergación del pago de pensiones. Una mujer, por ejemplo, hace mil malabares y otras tantas pantomimas –como decía Doña Rosa– por seguir pareciendo jovial en detrimento, la mayoría de las veces, de su valor como persona experimentada. Poco a poco los hombres han entrado en este juego.

El ámbito académico es encarnizado en ese sentido. Deja abierta la oportunidad a personas de edad cada vez más avanzada, pero deberán de sobrevivir en el mismo campo de batalla que los nuevos profesionistas con tanta inseguridad que la dignidad cosechada durante 30 años de servicio se diluye en actuaciones pobres de cortometrajes que tienen finales terribles cada día de trabajo.

Las ofertas económicas para quien sea capaz de seguir produciendo es como la carnada para el galgo en las carreras: Alcanzarlo con decoro es una fantasía y, en ese empeño, los adultos mayores postergan un plan de vida para después de la jubilación, la cual se vuelve una amenaza contundente nada más de escuchar la posibilidad de hacerlo.

El problema va más allá del mero comentario de pasillo entre empleados jóvenes asediados por los mayores: Es un tema de estudio científico cuyos resultados cada vez influencian más las políticas públicas para volver, ojalá, a los de sesenta y más, un grupo selecto de amplio conocimiento para compartir, pero liberados de la vía rápida que es la vida hoy en día.
Yo sí quisiera ser una sesentona de esas.
30 Diciembre 2016 04:00:00
Gracias por nada
Además de la oración de loro que hace mi hijo cada noche, inauguramos una nueva, consistente en dar gracias por tres cosas que sucedieron en el día. Repetir los rezos aprendidos con la abuela no le cuesta ningún trabajo: Es un acto automatizado sobre el cual no puede responder muchas preguntas; sin embargo, encontrar una tercia de agradecimientos le lleva más tiempo del que usted y yo imaginamos.

Iniciamos esta práctica cuando el primer atropellamiento de la adolescencia, disfrazado de inconformidad constante ante todo y todos, hizo su aparición. Di por hecho que en una semana estaríamos dando gracias cada noche por incontables cosas sucedidas durante las 24 horas anteriores. No sucedió así, y en el lugar de mi larga e imaginaria lista aparecen largos segundos dubitativos para acabar agradeciendo porque quedan dos semanas de vacaciones.

Identificar como bendiciones las cosas cotidianas es harto difícil, según parece, sobre todo para los jóvenes quienes han tenido la suerte de crecer en familias con la capacidad para cubrir sus necesidades básicas y un poco más. De alguna manera, los adolescentes asumen que ese mundo en derredor suyo es parte de la naturaleza y ella está obligada a dotarlos de ese conjunto de beneficios imperceptibles.

En realidad esperaba que agradeciera por haber ido y vuelto en auto a la escuela, sin enfriarse ni asolearse; por comer tres veces en el día; por ser atendido en la escuela; por el cúmulo de cosas que lo rodean en su recámara. Todo eso parece invisible.

Tengo un plan para poner a la vista eso que está pasando inadvertido: Le mostraré la cantidad de muchachos y muchachas que madrugan para esperar el autobús y llegar a tiempo a la escuela; conocerá adolescentes que deben de trabajar y apenas comen a las prisas cualquier cosa en el camino; leerá sobre las situaciones de violencia en una gran cantidad de centros escolares; convivirá con chicos que carecen de la pléyade de aparatos que hoy en día acostumbran tener los estudiantes.

Espero tener resultados prontos; por lo pronto, uno ya dio sus frutos: vivir en carne propia el viaje en autobús le hizo ver la diferencia y empezar a ver lo que está frente a su nariz.

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28 Diciembre 2016 04:00:00
Limpieza profunda
El Halloween no es bien visto por las personas nacionalistas. A mí me gusta ese tema de las calabazas, las velas, las brujas y los disfraces; por tanto, dirán ellos, no soy tan mexicana como ellos desearan. No me siento sola en ese banquillo, porque también pecan de barbarie quien limpia la casa en fin de año, come pavo en Navidad y rompe la piñata durante las posadas.

La limpieza de fin de año –u osoji- es una tradición japonesa; el pavo es un tema norteamericano que, a su vez, lo instauraron los ingleses; la piñata fue una estrategia española. Así las cosas, la identidad que pelan los puristas no es precisamente un ave que pasa por el fango sin mancharse.

Las tradiciones se reinauguran todos los días. Las identidades no son, tampoco, inamovibles; pelear por nuestro origen puro es una lucha sin fin y sin principio tampoco, porque en este mundo infinito, nada tiene un determinado inicio, sino que todo es la conjunción de algo.

Quienes se empeñan en mexicanizar a México como si nuestro país fuese un solo espacio común, se topan siempre con un olvido importante: no todos venimos del mismo origen así nos hayan acotado en las mismas fronteras.

Hace poco alguien en mi familia hizo un ejercicio genealógico para encontrar a nuestros ancestros más remotos y confirmar los dichos de tías y abuelas sobre el abolengo que nos corría por la sangre. Encontramos sangre, sí, pero el abolengo empezó a desleírse por ahí de tres generaciones atrás, cuando las actas de nacimiento, los bautizos, los matrimonios, se convirtieron en un intríngulis en donde se muestra que es un milagro conservemos padres, tíos y primos los mismos apellidos.

Este fin de año volveremos al ritual que hemos aprendido, sin ponerle fecha ni hurgar en la validez histórica, porque, a decir verdad, cualquiera de nosotros, sin excepción, se va a encontrar con que la mexicanidad que ostenta acaba por no ser el ave de Salvador Díaz Mirón.

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27 Diciembre 2016 04:00:00
Después de todo
La época navideña es tiempo para dar. Eso dice la mercadotecnia, pero no aclara que por ciertos tantos dados, el ser humano triplicado lo que recibirá de vuelta.

Esperar algo en Navidad no es nada más una medida física, pero como no tenemos a la mano la unidad de medida para lo emocional, entonces nos sentimos vacíos porque nunca se llena el saco de esperanzas que teníamos previstas en estas fiestas.

Bajo el pino se acomodan paquetes con joyas, carteras, juguetes, bebidas, aparatos electrónicos, abrazos planeados, discursos ensayados, besos reconciliadores, risas desbordadas. Los elementos del primer conjunto a menudo perduran más que los segundos, y eso es un despojo para el alma, que se ocupó medio año en preparar un escenario que debiera ser permanente y no de utilería.

Sobre la depresión pos parto se han realizado numerosos investigaciones médicas y sicológicas. La mayoría se propone describir la capacidad femenina para afrontar cambios y cómo esto deriva en diversas variables depresivas.

La depresión pos parto tiene que ver con la pérdida, el despojo de algo que pertenecía de alguna manera y ha sido arrebatado para pertenecer, paulatinamente, a algo y alguien más. Con las fiestas decembrinas pasa lo mismo: Un festejo para el cual la mercadotecnia nos empieza a preparar desde septiembre y nos deja botados el 25 de diciembre.

Planear la vida después de la Navidad, cuando ya se dieron y recibieron todos los regalos, cuando las reconciliaciones y los acuerdos llegaron a su límite de éxito o de fatalidad, es una tarea ardua que depende de la capacidad de recuperación y esperanza de cada uno.

Cuando niña, estaba segura que el mediodía del 25 de diciembre tenía siempre cierto vientecillo desolador que nos retaba a preguntarnos qué venía después y nadie tenía más respuesta que un conteo de los días libres antes de volver a la escuela.

Después de todo, regalar y regalarnos es un despojo voluntario que debería tener menos expectativa de vuelta que de ida, así la tristeza no se animaría tan fácilmente a colarse por la puerta del calendario decembrino.
24 Diciembre 2016 04:00:00
Ejercicio navideño
No esperen en este texto una receta milagrosa para ejercitar los músculos en reposo de la temporada navideña; en realidad, este es un ejercicio mental.

No intento, tampoco, tocar sus espíritus para recordarles que en esta temporada lo que importa son los sentimientos y el amor que se da y se recibe. Si no lo hago es por dos razones: A mí me encantan los regalitos y, además, quiero invitarlos a un ejercicio del recuerdo.

Mi tía Juanita prepara, invariablemente, capirotada en Semana Santa. La capirotada que ella cocina debe de llevar pan de Soriana, porque, según argumenta, así lo hacía su suegra, ora mi abuela, quien le enseñó a prepararla.

Hay algo que pasa por alto mi querida Tía: Cuando mi abuela hacía capirotada no existía Soriana. Como sea, en algún momento de su historia familiar, la receta acabó teniendo ese requisito, como requisitos tienen también los tamales obligatorios que cocina para la Navidad.

Sirva lo anterior para que tomemos un minuto de reflexión y pensemos en cuánto estamos aferrados en celebrar las fiestas decembrinas como es tradición, sin embargo, si dan cuenta del pasado, sus festejos no se parecen del todo a los que hacían cuando niños.

Legitimar una tradición pasa sin que nos percatemos de ello. Las necesidades que van emergiendo año con año en nuestras vidas son las que inauguran nuevos usos y costumbres. Yo, por ejemplo, pasaré mi primera Navidad sin la presencia de Cuco –que Dios lo tenga cantando como Pedro Infante- ni de mi hermano Héctor. ¿Qué se hace entonces con la tradición?

Me gusta mucho pensar que la tradición es pasar esta Nochebuena con la enorme felicidad de saber que todavía hay quienes podemos estar juntos y demostrarnos lo que hoy –quién sabe ayer o mañana- sentimos unos por otros.

Feliz Navidad.

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21 Diciembre 2016 04:00:00
Fe flexible
Las danzas tradicionales en el noreste de México se caracterizan por una monotonía seductora cuyos efectos aprisionan la atención sin que nadie pueda explicarse en qué momento el sonsonete del tambor y el metal en los huaraches se convierta en un péndulo hipnotizador.

Los danzantes grandes aprendieron a costurar sus trajes, bordar chaquiras, pintar plumas y coronarse con ellas; supieron manipular los materiales que hacen ruido en cada paso para despertar la atención de la deidad a quien deseen honrar con una fe que, además de tener grande resistencia física y espiritual, es tan flexible como el tiempo.

He visto danzar desde hace más de cuarenta años. Siempre hay ancianos, adultos jóvenes, adolescentes y niños en esos grupos. Conforme pasa el tiempo trato de explicarme los motivos que cada uno tiene para dedicar 10 horas del día a una actividad física que para cualquier pagano no tendría rédito ninguno.

Nunca he llegado a conclusión certera, sin embargo, acabé por reconocer que las razones que los llevan a ese ritual quedan incólumes, no importa cuánto se trastoque la apariencia. Hoy en día, puede ser innecesario conocer la técnica para fabricar las sandalias con suelas de metal, pues bien calzan los danzantes chanclas plásticas que tenis; es viable soliviantar el ingente sol, porque no hay pecado en llevar lentes oscuros, en fin, nada externo entra en demérito de las manifestaciones fidelísimas en mi país.

Puede ser que mi ignorancia por esas creencias profundas y heredadas sea mucha, al fin y al cabo, igual que llevar zapatos Crocs en la danza de la Virgen, a las tradiciones de la fe no le altera ni una milésima parte la esencia de hacerse presentes para cumplir con un compromiso que adquirimos no sabemos exactamente cuándo ni cómo, pero es evidente que se dejará atrás todas las modas, las dudas y las ignorancias.

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20 Diciembre 2016 04:00:00
25 sandías
Podría decir que todos lo hicimos por lo menos una vez en la vida. Y no crean, esta tentación no respeta sexo ni edad, pues conozco personas maduritas quienes se solazan en este acto tan perverso y prohibido y, por ello mismo, tentador.

No está tipificado como delito penal o civil, tampoco de lesa humanidad; si acaso, de lesa actividad porque solemos hacerlo cuando tenemos tiempo libre y un teléfono a la mano.

Conocemos las formas más comunes de este discutible acto que la tecnología ha echado de bruces por esa insistencia en saber quién está tras el teléfono. No es una extorsión ni tampoco un engaño, claro está, el autor de la broma determinará hasta qué punto llegar para no cruzar la delgada línea de la decencia y la indecencia.

Hay dos muy comunes: Ring –cuando los teléfonos sonaban riiiing- “Oiga ¿ahí lavan ropa? Nooo… ¡pues qué cochinos!” Y el bromista, muerto de la risa, colgaba el teléfono. La otra es con el refrigerador. Riiiing –ídem- “¿Su refrigerador está andando? Sííííí… ¡pues agárrelo porque se le va!”.

Sí, acepto que estoy muy retro, pero es una graciosada que aún a los más chiquillos hace reír. Sin embargo me acordé de este asunto porque siendo yo estudiante de química, estudiábamos el tema de las virulencias atenuadas –algo así como virus buena onda para ayudar a combatir enfermedades-. Mi amiga Conchita y yo tomamos el teléfono y marcamos a cuanta farmacia venía en el directorio; algunos entendidos rieron con nosotros, pero sí hubo quien dijo el amable “permítame un momentito” y se tomó algunos minutos para buscar en la letra “V” de sus anaqueles buscando el supuesto medicamento.

Una tan cruel como genial, la aprendí de Salvador Neira Zugasti, sí, el pianista serio y formal que nos hace el favor de volver cada año a Coahuila a tocar para nosotros. Quienes lo hayan visto en acción frente al teclado, no me van a creer; quienes no lo conozcan y vean su foto, tampoco. Nadie diría que una tarde de espera, tomó la bocina del teléfono, sacó del directorio los números de tres fruterías y marcó estableciendo este diálogo:
-Buenas tardes... ¿hablo a la frutería? -Sí, ¿qué se le ofrece?
-Se me ofrece que me traigan las 25 sandías que les encargué. -¿Cómo? ¿25 sandías?

-Claro que sí, ayer hablé con un caballero y quedó de traérmelas hoy en la mañana, ¿cómo es posible tanta informalidad?
-No señor, discúlpeme, es que no estaba enterada, pero ahorita se las mando… lo que pasa es que no le completo tantas, nada más tengo 8.

-¿A pesar de su informalidad ahora desea ofenderme con esa cantidad? No, ya no quiero que me envíe nada. Buenas tardes.
17 Diciembre 2016 04:00:00
Sonora sonada
Ya con las vacaciones encima, nunca vi a mi madre hacer itinerarios; todo estaba previsto: Dos semanas de vacas en el rancho y ni siquiera habíamos preguntado a los papás si ese sería el destino… no existía la posibilidad de otro.

Había opciones: acampar arriba de la montaña, en medio o abajo; quedarse en la casa del abuelo dentro de una enorme recámara enjalbegada o en el tapanco. (La mitad del patio estaba reservada para los muchachos que se iban al baile y llegaban muy tarde: Sus cobijas las encontraban tendidas sobre el polvo y en la mañana, muy temprano, don Felipe los levantaba a golpes de flit, como se llamaba antes el Raid Mata Bichos)

Lo extraño era que mi madre no hacía un itinerario para mantenernos ocupados, cada quién era responsable de su ocupación o aburrimiento. De cualquier manera, la única dificultad que se presentaba era que ella no podía encontrarnos, pues cada uno de los siete arrancaba con rumbo desconocido por los entresijos de aquella casa vigilada por un pirul. (Ese árbol era la amenaza para los niños mal portados, pues el abuelo decía que amanecerían en sus ramas, colgados de los pies)

No había televisión –ni energía eléctrica–; nosotros fuimos los protagonistas en todas las aventuras. Yo empezaba de princesa, pero acababa cojeando porque algún “perro” –planta espinosa– se me clavaba en los pies traspasando mi tenis de lona; a veces volvía como un polvorón, pues algún burro tuvo la osadía de llevarme a cuestas antes de que lo montara; otras ocasiones resulté ilesa al brincar una barda con tal de escaparme a deshoras de la casa: ¡las 5:00 de la tarde!

Creo que fuimos algunas veces a la iglesia, hasta que a mi hermano se le ocurrió sonarse la nariz con la pañoleta de una señora sentada en la banca de adelante y salimos todos sigilosamente en tanto el padre rezaba algo en latín y yo lo entendía en chino. Otras ocasiones íbamos a la plaza, pero un policía nos recriminaba nuestros juegos y decidimos hacerle la vida difícil para que no encontrara al primo escondido dentro de un bote de basura, a donde lo metimos porque se dejó alcanzar.

Dos semanas de vacaciones eran una gran oferta, sin promoción ni paquetes de viaje redondo. Debo reconocer que esas temporadas en la vida natural me dejaron lista para sobrevivir en otras junglas.

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15 Diciembre 2016 04:00:00
Reservado
Los bancos en estos días están tan concurridos como prometen los XV años de Rubí. Me pregunto cómo a un país de pobres no se le acaba el dinero e imagino la magnitud de las colas en los países súper desarrollados económicamente. ¿O será acaso que allá hay más dinero que filas y acá es al contrario?

Como sea, en cada institución bancaria encontré la más evidente violación a la equidad y creo que nadie se había dado cuenta, bueno, quizá los bancos sí pero nunca lo dirán.

No importa la lista de espera ni la cantidad de cajeras disponibles para atender a los impacientes, siempre hay un atajo para quienes son Banca 1, Clientes distinguidos, VIP y personas con Altos movimientos. Este último término es bastante sospechoso, pero igual tiene muchas ventajas sobre nosotros cuando de esperar en el banco se trata.

Para las personas que ahí se colocan no hay espera ni impaciencia, son atendidos ipso facto y todo gracias a “los grandes montos de dinero que manejan”, así me explicó una empleada bancaria cuando quise saber qué se necesitaba para ser tan privilegiado.

En conclusión, si usted y yo no somos capaces de hacer “altos movimientos” estamos destinados a esperar y callar. En lo que a mí respecta, esa diferencia me parece tan excluyente a todas vistas que nadie lo vemos.

Después de atender a los poderosos, vienen los cautivos, pues si tenemos una cuenta con ese banco, tendremos una oportunidad de esperar solo la mitad del tiempo que el resto. Yo soy ignorante de los procesos administrativos bancarios, pero entiendo que todo asunto que uno vaya a tratar con ellos les implicó una ganancia, y nunca suele ser magra.

Así las cosas, cobrar el aguinaldo, pagarlo, abonar, cambiar cheques, en todos los tiempos, pero en especial en estos, implica un sacrificio que nos merecerá indulgencia plenaria para todo el siguiente año. Dios mío, hasta cuándo dejaremos la fila de los pobres.

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14 Diciembre 2016 04:00:00
Propuesta soñada
Si encontrásemos la belleza en el presente, muchos suicidios evitaríamos. No hablo en sentido figurado sobre esto, es más propuesta que ensoñación.

Junto con la petición implicada en este texto evidenciaré mi ignorancia sobre lo que existe fuera de mi caverna personal, pues no imaginé la cantidad de personas que invierten su vida y nuestro dinero en estudiar lo que a nadie es útil.

Hace algunos días participé en un importante encuentro nacional sobre problemas para la enseñanza del español. Mi corazón palpitaba como loco al saberme afortunadísima de estar presente en donde un grupo de estudiosos de la literatura vertería todo su saber, saber cultivado en las más importantes universidades de nuestro país. Y ándale que me resbalé.

Nada digo del profundo conocimiento atesorado por una gran cantidad de maestros mexicanos, lo único que discuto es la funcionalidad de ello. Ustedes me darán la razón cuando les cuente los temas de sus estudios: El uso del participio verbal en la poesía del Renacimiento; los diversos significados de la palabra “bicho” estudiada en los diccionarios de 1789; de cómo los artículos periodísticos tienen el argumento en la primera línea.

He cambiado algunos términos para proteger a los inocentes, pero luego de conocer sus empeños –y saber que yo de plano escribo cualquier cosa menos artículos periodísticos- ya comprenderán la causa de mi tristeza cuando observamos que quienes tienen la información –y los recursos- al dedicar su vida a los asuntos académicos, habitan en el limbo de las entelequias, y los problemas para la enseñanza del español les importan un bledo –bledo: Del latín “blitum”. Cosa insignificante, de poco o ningún valor-.

Mucha leña aporta al problema el hecho de la élite intelectual que conforman ciertas universidades. Sus integrantes, con docta certeza, se asumen como los propietarios del saber decimonónico y ni siquiera se percatan de cómo la vida bulle fuera de sus campus con una realidad muy otra a la de los sustantivos propios contenidos en El Decamerón.

Hace un par de años, una chica de Nuevo León determinó suicidarse por la profunda tristeza que le causaba la lectura de ciertos poemas trágicos, cuya realidad literaria le parecía la única, así como consideraba que la belleza posible estaba sólo entre autores del Romanticismo. Es decir, ella consideró que nada podía fabricarse con el presente que tenía entre las manos, pues los materiales disponibles quedaron años atrás.

Ya, en serio, señoras y señores, no es justo que millones de profesores –muchos de ellos, por suerte, también presentes en el encuentro- nos acabamos las horas y los minutos por mejorar la realidad de otros tantos jovencitos escuelantes, mientras un montón de literatos presentes y en cierne se cortan las venas por los versos de Safo y Anacreonte, ignorando que puede haber mucho más dolor en el corazón de un muchacho de secundaria.

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13 Diciembre 2016 04:00:00
Fría pasión
Muchos de ustedes, como yo, crecimos en el Noreste de México. Otros muchos, corretearon de niños en las heladas y no siempre verdes praderas de Manitú. El frío, entonces, no era precisamente motivo de asombro.

Las cuestiones climáticas han sido en toda la historia humana un tema de rompe hielo, de rutina, de prevención, laboral, un pretexto, recurso para no profundizar, requisito. En fin, sea verano o invierno, la temperatura personal suele asomarse inevitablemente en las conversaciones cotidianas.

Dije temperatura personal, porque cada quién habla según le va con su frío o su calentura, y hoy quiero abordar una pasión irremediable del ser humano por el asombro a la resistencia del otro, es decir, cada vez que alguien le pregunte a usted: “¿No tienes frío?”, ese alguien le está enviando un mensaje profundo y polisémico más allá de lo imaginable.

Sería por las caminatas exhaustivas o la genética, no suelo aterirme las piernas, así que mientras la temperatura no baje de 10, es viable que porte algún vestido o falda. Este asunto debe haber provocado infartos al miocardio a cientos de personas a lo largo de mi vida, y no por la contemplación, sino por la incomprensión de cómo alguien no usa pantalón cuando los demás sí.

Siempre tengo dos respuestas al cuestionamiento sobre mi temperatura corporal: Una es mental y la otra dicha. La primera versa en frases como: Si tuviera frío me tapaba; la segunda es otra pregunta: “¿Tú sí tienes?”. Ahí cabe la respuesta también con múltiples significados.

Cuando nos preguntan si no tenemos frío, va la idea de que estamos muy destapados, de que no somos conscientes de la salud o la moda; implica cierto reclamo sobre salir de la costumbre de los friolentos, regaño por enseñar cosas que en invierno deberían estar guardadas.

Pienso que si la intención del otro es cubrir al desnudo, en lugar de la pregunta habría una oferta como: Si necesitas un suéter aquí tengo, o algo así. Eso delataría menos el carácter friolento o prejuicioso del otro. Sin embargo, romper con una tradición un tanto morbosa como esa quizá tarde tanto como la próxima glaciación.

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10 Diciembre 2016 04:00:00
Profesores a fin de año
La educación es un tema recurrente en la historia humana. Los griegos, el parteaguas de nuestra historia latina, asumían que el vértigo por saber era un don inalienable para cualquier ciudadano; quienes no manifestaban interés, no podían aspirar a tal calificativo.

Por los resultados de evaluaciones internacionales y nacionales, no existe tal autonomía en el proceso de aprendizaje, y el concepto “ciudadano” se conforma con el hecho de habitar una ciudad y ser susceptible del sufragio. El crecimiento esencial del hombre quedó en último plano.

Para terminar este ajetreado año, los profesores necesitamos voltear nuestros ojos hacia el motor de nuestras aulas, donde cientos de jóvenes esperan de sus profesores escuchar las palabras que les prometan una nueva forma de vida, más digna y menos riesgosa.

No lo vamos a lograr con el estrés de las pruebas ni los formatos: Es urgente cultivar en nuestra profesión el deseo natural por saber para entender y transmitirlo, de este modo, a nuestros alumnos.

Resulta que los filósofos de toda la vida empezaron por pensar cuanto el hombre dedica la vida entera en busca de felicidad. Platón aceptó, en su lecho de muerte, cómo esa perfección diseñada por sus teorías era una cosa fantástica e imposible en la vida real. Así, nos ajustamos a una aspiración más modesta: Vivir cómodos.

Miren a su alrededor y confirmen ese dicho: Ese sillón, el librero, el horno de microondas, los controles remotos para casi todo, el colchón con colchoneta. En fin, todo está puesto ahí para ofrecernos una mejor vida. ¿Pueden aspirar a eso nuestros jóvenes? ¿Cómo llegarán, mínimo, a nuestro estatus cuando ni siquiera pueden acceder a la socialización en otros estratos por falta de léxico?

Accedamos al conocimiento sin temor ni queja, sin buscar puntos ni rayas, sólo el aprendizaje por sí mismo y verán como, en un acto de magia, sus alumnos harán la traducción necesaria para aspirar a convertirse, ya de perdis, como el maestro.

Busquemos la comodidad, eso es el cometido humano, pero no a costa de la incomodidad ajena. No se apoltronen, compañeros, en ese sillón tan mullido en tanto hay muchos que están sentados en el piso.

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09 Diciembre 2016 04:00:00
Atracción inexplicable
Llega un momento en la vida de toda madre cuando debe explicarle a su hijo esos asuntos que hoy en día no se resuelven con la parábola de la abejita y las flores. Quien se escandalice por abordar ese tema, pare de leer, porque contaré cierta anécdota bochornosa.

La pregunta me llegó mientras tarareaba un clásico de The Train. Conducía con parsimonia rumbo a la escuela, cuando una voz que hace no mucho fue tipluda y ahora se disfraza de bajo dramático me soltó la cuestión: ¿por qué me atraería otra persona?

La respuesta inmediata fue automática: porque te gusta. No sabía que estaba jalando la hebra para encontrarme el resto de un iceberg. ¿Y si a “alguien” le atrae quien no le gusta? Supe que estaba enfrentando la vieja excusa del “primo de un amigo”.

Hablé un poco sobre la empatía, la coincidencia en ciertos gustos y preferencias, tal vez el parecido con alguien que idealizamos a través de la televisión, el cine o la Literatura. En algunas ocasiones las personas creemos encontrar personajes entre las personas.

¿Y si no coincidimos en nada?, insistió. Usé mis escasos conocimientos de física, neurolingüística y madre empírica para explicarle temas de empatía, atracción de opuestos. Fui más parca, considerando que los argumentos de madre debería apegarse única y exclusivamente a: “No la busques hijo muy bonita, porque al paso del tiempo se le quita, busca amor, anda más que amor”.

Como explicar el término amor me remitiría desde Platón a Derrida, pasando por Neruda y Bécquer, acabé pronto ese apartado, tanto porque se me acabaron los conceptos como porque enseguida cuestionó sobre cuál era la forma de proceder si te pasa con alguien que no te gusta, no coincides, no empatas y puede que sea bonita.

Mi paciencia con las parábolas llegó a su fin. Le puse sobre el volante el asunto de la naturaleza, las hormonas, la atracción salvaje para la reproducción y esas cosas que mejor se abordan cuando se habla de caballos pura sangre. Terminé mi perorata y respiré agitada.

Un segundo después dijo: “ah, sí, ya entendí”.

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08 Diciembre 2016 04:00:00
Sopeadito
Este clima sopea los recuerdos. Sí, como meter un poco la galleta en café caliente y luego viene la mordida blanda que remite a la casa de una abuela cariñosa.

Atrapada en los espacios breves de la urbanidad, el tiempo se prestó para el recuerdo. Me miré los pies y se volvieron pequeños de repente. Las gotas de una lluvia pesada hicieron hoyos en el piso, como antes, y chispeaban soldaditos de lodo que dejaban huella en los dedos desnudos.

Fue un sueño imposible: despierta y durmiendo, al mismo tiempo, me volvió el aroma de tierra mojada, ocupándome, fui niña de nuevo y atravesé el patio de la casa en el rancho, pisando el fango, sin permiso, para salvar a cualquier pollo desconsolado que perdió el camino antes del granizo.

El sonido insistente en los tejados era una orquesta improvisada que acompañábamos los niños con los dedos; tarareando una canción desesperada, las yemas dejaban sus huellas sobre mesas de madera olorosas a diesel y maíz. Era la casa paterna, la que nos acogía tras sus pequeñas ventanas, escudo de la humedad tan temida por las madres como ansiada por los hijos.

La lluvia en torrentes era un estira y afloja. Un sinnúmero de pretextos para posponer una salida impuesta por las madres, desaparecían con los síntomas primeros de tormenta: Cualquier cosa de tornaba urgente con de salir a probar el sabor del cielo. No había, entonces, nadie preocupado por la polución disuelta en esas aguas.

Y luego el frío. No teníamos veranos tan calientes, pero se extrañaba la frescura en la canícula y la piel se erizaba de contento apenas sentir los primeros embates de gotas saltarinas y estridentes.

Lluvias de estas se palpan, se saborean, se huelen, se escuchan, se ven y se abrazan. Son una fiesta sensitiva, alboroto capaz despertador del otro sentido, el del recuerdo, que es uno más y todos juntos.

Escampó. Desperté. Mis pies no eran pequeños, sino adultos, pero sé con certeza suficiente que escaparon un instante imperceptible y se fueron a mojar. Sacudí las piernas y caminé despacio en ese lugar urbano.

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07 Diciembre 2016 04:00:00
Abrácela
Dormir abrazados a algo es una costumbre antiquísima. El abrazo es una reacción natural a una gran cantidad de emociones y sentimientos, si no, pregúnteles -si fuera posible- a las pobres víctimas del Vesubio.

Los abrazados del Vesubio abrieron una importante veta sobre las cualidades de un estrecho acercamiento de calidad sentimental. Es decir, el intercambio de energías cuando dos personas hacen contacto por empatía. En palabras llanas, cuando alguien siente algo por otro alguien.

Todo lo anterior nos queda bastante claro, pero me pregunto yo ¿por qué abrazar una almohada? Si usted abraza un cojín, una frazada, un mono de peluche, vale lo mismo y entra en la misma categoría de los abrazados de nada.

No profundizaremos en las teorías filosóficas de la nada, sólo quiero referir a cuánto un objeto inanimado, peludito y suave, sí, pero inanimado se vuelve indispensable para millones de personas. No quiero contrargumentos referentes a la soledad de la cama, porque la mitad de ustedes no son libres de abrazar objetos aun teniendo marido -o marida-.

Tanta euforia hay por esos abrazables objetos que ahora salen al mercado los rellenos con semillas, para el relax; los que se calientan, para el invierno; los curvos, para brazos y piernas, en fin. Mi sentido común me dice que no hay tantas personas solas en la cama como compras por televisión de esos productos.

En Mercado Libre, las dichosas almohadas tienen un costo mínimo de 500 pesos y máximo de 4 mil. Vienen en todas las formas y colores, los hay en todos los tamaños y texturas; algunas tienen memoria de forma y posición, por si a usted se le olvida la forma en la cual se acomodó la noche anterior.

Es increíble como en la bolsa de valores para los abrazos se peleen posiciones chicos y chicas contra almohadas y, en un descuido, al hacer las cuentas, abrazar un cojín mullido resulta más barato a la larga.

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06 Diciembre 2016 04:00:00
Disfrute haciéndolo
Quien haya inventado la frase jamás hizo la actividad sugerida. Con demasiada ligereza la colocan en paquetes de comida, juguetes para armar, robots para echar a funcionar y muebles que deben embonarse.

Ahora hablaré de harina preparada. Lo mismo da si está “lista” para hacer tortillas, tamales, pasteles, quequitos, crepas, hot cakes o atole. La receta sugerida es, tal cual, una sugerencia para mezclar cosas que den como resultado cierta masa entre manejable y coloidal.

En primer término, eso e “harina preparada” es una falacia, pues de cualquier manera hay que agregarle huevo, mantequilla, agua, leche y la harina misma. Luego, a modo de burla, nos agregan una idea más para adornar la receta secreta con la orden de que divertirnos mientras hacemos la acción.

Un pastel básico, sabor vainilla o chocolate, ahora tiene los pasos a seguir con viñetas, como esas que vienen en los libros de texto de primaria. Es decir, los fabricantes ya se dieron cuenta de que la mayoría de las mujeres tenemos poco tiempo y a veces menos empeño en leer indicaciones.

Con ese antecedente, no me explico de dónde sacan que una se divierta embetunándolo. Ahí aparecen ingredientes fáciles de encontrar –goma tragacanto, por ejemplo– que deberán batirse sin problema –batidora a velocidad media-.

Generalmente incluyen chocolate que se derrite en un tris si lo ponemos en el mico o a baño María.

El bendito Baño María requiere una cantidad exacta de agua para que no salpique el chocolate que se tomará toda la tarde en hacerse líquido y dos segundos en volverse un emplasto imposible de untar. No se diga la opción del micro: Si se entretiene mandando un whats lo que tendrá será una tablilla de Abuelita.

Asumiendo que tuviéramos la goma, batidora y luz –hablo en serio, en mi rancho no es común– el susodicho betún requerirá el doble del tiempo que se llevó en preparar y cocinar el pastel, todo junto. Eso no es de Dios.

Ahora bien, si usted se divirtió haciéndolo, felicidades. De ahora en adelante, agregaré esa bonita frase al final de mis artículos.
03 Diciembre 2016 04:00:00
Ladrones de libros
Cuando reportera novel mis estudios previos fueron de Química. Los avatares del destino me llevaron a las letras por los caminos menos imaginados.

Sería mi necesidad por mantener el empleo, el gusto por la novedad o la costumbre de trabajo que me heredó mi Alma Mater, no lo sé, pero el resultado de mis actividades gustó bastante al dueño, entonces dijo, entre broma y verás, a la encargada de Recursos Humanos que contratara más químicos para la redacción.

Luego descubrí que mi pasión se debía al hecho de haber despertado mi empleo una vocación adormecida. Con el tiempo se me hizo costumbre indagar en un nuevo subordinado o alumno sobre su preparación previa y correlacionarlo con su forma de trabajar; los resultados siempre son sorprendentes.

Uno de ellos me ha llevado a una conclusión parecida a la de mi desaparecido jefe: El mundo necesita más ladrones de libros. El perfil de estas personas, fuera del acto ilegal, coincide bastante con el deseable para aspirar a un mundo mejor.

En el caso de los estudiantes, los ladrones de libros suelen ser chicos inquisitivos, audaces, críticos y, causa de sus actos, de escasos recursos económicos. He llegado incluso a establecer la siguiente equivalencia: A menores recursos económicos más cosquilleo por leer lo ajeno, siempre y cuando tenga letras y esté empastado.

Quedarse con un libro ajeno es una diatriba. Alguna vez padecí sudores en las manos y palpitaciones porque estaba determinada a quedarme con un maravilloso texto de Levi Strauss, entre otras cosas porque costaba carísimo y era inconseguible en las librerías a mi alcance. Así permanecí un par de meses hasta que la coincidencia me llevó a encontrarme con el dueño, quien me dijo: No te preocupes, pensaba regalártelo.

La más bonita experiencia con ladrones de libros la tuve con una lectora apreciadísima quien adquirió el mío en tres ocasiones; la razón fue porque en dos alguien tuvo a bien sustraerlo sin permiso.

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02 Diciembre 2016 04:00:00
‘Yo’ en chino
¿Cómo se dice “yo” en chino? También me encantaría saber cómo en japonés, árabe y suajili. Este asunto de los idiomas se ha vuelto una moda cuyos motivos dejaron de ser serios.

Hablar un segundo idioma fue una necesidad registrada para la historia desde la llegada de Hernán Cortés, aunque es probable que nuestros derroteros hubiesen sido otros si no se encuentra con la Malinche. Como sea, entenderse en la misma lengua puede salvar la vida.

En el caso de los mexicanos, hablar inglés ha sido un ir y venir sociopolítico según cada época. Lo dominaban quienes tenían recursos suficientes para ir a estudiar a Estados Unidos carrera que ni por asomo existía en México; así, médicos y abogados eran quienes iban y venían con singular alegría de un idioma a otro.

Cuando el auge del trabajo al otro lado de una frontera abierta entre México y Estados Unidos, una gran cantidad de campesinos lograba comunicarse con bastante soltura en un inglés muy alejado del académico, pero bastante cerca de la supervivencia; de cualquier manera, eso no les daba más más dinero en nuestro país.

Empezó posteriormente la época cuando dominar el inglés como segundo idioma, particularmente este, implicaba la posibilidad de socializar con extranjeros y esto daba, en términos de mi amiga Alicia, bastante caché. En mi ciudad, una generación completa de muchachas acababan en Estados Unidos casadas con norteamericanos que venían a aprender cultura mexicana.

Ahora las urgencias son otras: hablar inglés –por lo menos- para cubrir un requisito mínimo de movilidad estudiantil y laboral; ya luego se aprenderán otros idiomas que abran puertas más prometedoras.

A esta circunstancia debemos de agregar que la tecnología amenaza tanta aplicación encaminada a lo políglota: los traductores simultáneos en aparatos muy pequeños están ofreciendo la posibilidad de evitarse tres años de estudio, 50 mil pesos de inversión y un montón de tiempo en clase o frente a la computadora. Es un recurso válido a fin de cuentas si se cumple el requisito de entender y
hacerse entender.

Como queda claro, la lengua, bien usada, nos puede llevar mucho más lejos de lo que ustedes se
imaginan.
02 Diciembre 2016 04:00:00
Y todo para qué
Los padres en el pasado ?y algunos colados en el presente- cuestionaban a la mujer para saber el porqué de su insano interés por estudiar más allá de carrera secretarial o, ya en el extremo, la magisterial.

Las razones podía ser tan variopintas como autosuficiencia, capacidad, oportunidad, posibilidad, aburrimiento o, simple y sencillamente porque sí. Saber porque sí fue una de las respuestas más insinuadoras y menos estudiadas en su momento, y ahora también.

El conocimiento por sí mismo tiene un valor, pero muy pocas personas se lo adjudican de ese modo; más bien se considera un medio para alcanzar ciertos fines y eso acaba, en la mayoría de los casos, por resultar frustrante.

Esperar logros específicos con lo aprendido es un error tan diseminado que incluso se enseña en la escuela cuando se les ofrece a los estudiantes una promesa de futuro éxito en empleos específicos que han llevado a sus maestros a la fama y la opulencia ?por lo menos a los más suertudos.

La pregunta qué debemos de saber nunca ha sido respondida a ciencia cierta, ni siquiera en esos libros que aseguran contener todo el conocimiento suficiente para ser una persona decente y hablar con congruencia frente a un presidente o un embajador, cosa cada vez más fácil de lograr.

La pregunta clave sería para qué saber. El bagaje de conocimientos que adquirimos en el trayecto escolar, simultáneo al de la experiencia diaria, es incierto e inconmensurable; ponerle un muro sobre los espacios en los que nos moveremos para ejercerlo.

Lo sorprendente de todo esto es que hay quienes adquieren tan poco que es sorprendente ver lo mucho que hacen con ello, y no necesariamente bueno para la sociedad, porque hemos descubierto que no se necesita ser sabio para destruir a quienes están cerca.

Hace algunos años mi amiga Tere cocinó espinacas con frijoles y queso. Ella no tiene la menor idea de a cuantos famélicos he revivido con ese sencillo y singular plato tan reconfortante para el cuerpo y para el alma.

Si usted se ha puesto a pensar para qué sirve lo que sabe, verá cuántas preguntas por responder le vienen a la mente.
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01 Diciembre 2016 04:00:00
Calificado para algo
“Calidad” es una palabra que se puso en boga a finales de los 80. No se hablaba de otra cosa en la industria, escuela y casa; incluso las bromas entre empleados hacían alusión al término al sugerir escapadas de cinco minutos pero con estándares altísimos.

Las certificaciones eran pan de cada día; los diarios publicaban desplegados de doble página con las fotografías de trabajadores sonrientes, acomodados por departamentos, ostentando en la mano un documento que los acreditaba entrenados para todo, porque cumplían cabalmente las reglas internacionales de procesos y productos.

En la educación pasaba lo mismo. Nunca estuve dentro de la industria pero en la escuela sí, y válgame decir que el fenómeno nos dejó desconcertados porque, generaciones atrás, nadie venía a entregar un documento que certificara la calidad pues ésta iba implícita en el compromiso y la ética de sus actores. Sin embargo, un buen día, los rubros de exigencia se tornaron en sentimientos que, estoy segura, no vienen en los planes y programas; la compasión, por ejemplo.

La realidad cotidiana de un alumno nunca es igual –ni siquiera parecida- a la que vive dentro de un aula, pero en esta se prepara para vivir en aquella. Cuando los parámetros de promoción de un grado a otro se miden de acuerdo con la necesidad de ayuda personal o sicológica y con estos se califica el desempeño académico, hay un desfase en todo el proceso… y en todo el mundo, porque cuando un sistema se mueve mal altera a los otros con los que convive y, a fin de cuentas, todos están enlazados.

Una profesora comentó, con profunda convicción de su buen proceder, cómo sus alumnos llegaban a derramar lágrimas al describir en sus textos las pobres casas de donde eran oriundos y la terrible situación económica de su contexto; a partir de este material obtuvo las calificaciones de los jóvenes. El problema es que se trataba de una escuela técnica en donde debían haber aprendido a redactar un texto técnico, resultados de investigación y a exponer informes de laboratorio; puede adivinarse la dificultad que enfrentaron todos ellos en asignaturas posteriores.

Calificar el aprendizaje porque alguien tiene una enfermedad, sufre de pobreza o enfrenta problemas familiares, es un engaño para todos porque acreditamos sobre algo que no enseñamos y que nadie aprendió como para aplicarlo en donde se le requiera como competente en la materia. Sin embargo, el docente con clara conciencia de ello enfrentará el dedo acusador de ser sin sentimientos, malvado y otras cosas que aquí no puedo reproducir, y todo esto sólo porque cumple éticamente con su trabajo.

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01 Diciembre 2016 04:00:00
Mejor chiquito
Los pueblos chicos cargan un estigma social inexplicable.

Un pueblo chico es cierto espacio que, comparado con otros, contiene menos personas habitando en él. Esta razón lo hace requerir menos servicios y, por lo tanto, sus problemáticas son, si no inexistentes, sí menos variadas.

¿Acaso una colonia privada no se parece bastante a un pueblo chico? En el afán de acrecentar las ciudades, las personas que desean saberse pobladores de una urbe, paradójicamente se escinden de ella y levantan muros, instalan cercas, colocan alarmas, cierran calles.

Cuando un pueblo crece la gente se desconoce y convierten el lugar en algo que no es ni rancho ni ciudad: la mitad va a buscar lo que le hace falta a otro lado mientras el otro 50% considera que han llegado demasiadas cosas inútiles a su territorio.

Los comediantes defeños –perdón, ciudadmexiquenes o como se les llame ahora a los habitantes de la CDMX- siguen usando en sus charadas el término “provincia” o al “interior de la República” en sentido despectivo, cuando sus usos y costumbres los traen a visitar a los provincianos en cuanto tienen vacaciones y deben dejar su posición geográfica realmente localizada en el ombligo del país, bastante tierra adentro.

¿Por qué si un pueblo chico, una provincia o el interior de la República son tan deleznables. millones de personas van y vienen a dejar sus dineros acá para sacudirse un poco el aturdimiento de sus grandes ciudades? Algo me dice que ser chiquito no es tan malo; no sólo eso, todo indica que desde hace una década por lo menos, el tamaño sí acaba por importar.

Una gran ciudad se ve hermosa desde el cielo; las fotografías que permite son impresionantes; sus espectáculos resultan monstruosos, tanto como sus requisitos de ingreso: no ser dueño de su tiempo, tener vida familiar a medias, respirar algo que es dañino, comer cuando y donde sea posible. y vivir una cultura histórica que cada vez se reconoce apenas y nada más en los libros de la escuela.

Para mí, sinceramente, es mejor chiquito.

30 Noviembre 2016 04:00:00
Juegan conmigo
El sábado anterior tuve una irrepetible oportunidad de saber cuán profunda es mi ignorancia. Bueno, también se consideraría un saber el hecho de darnos cuenta respecto de nuestros nuevos desconocimientos.

Procuro, en tanto me es posible, ser profesora y alumna al mismo tiempo. Lo anterior responde a diferentes motivos: actualización, profesionalización, mejor comprensión de la postura de mis compañeros docentes y mis alumnos

estudiantes, y una escapada fugaz de las obligaciones domésticas. Sólo me detendré en la penúltima, porque las anteriores son consabidas y la última muy comprometedora.

Pues resultó que estando yo en un grupo de jóvenes estudiantes de maestría, donde yo bien podría ser el fantasma de las navidades pasadas o el mismísimo señor Scrooge, me atrevía a ser voluntaria para manipular un juego didáctico en línea. Siguiendo mi costumbre, me entretuve dos segundos y medio en leer las instrucciones, cuando ya mis compañeros gritaban las respuestas. Tardé otro tanto de tiempo en darme cuenta cómo ellos lo habían resuelto apenas se abrió frente a sus ojos, porque están acostumbrados ya a los algoritmos de este tipo de acciones virtuales, y entretenerse en leer las instrucciones es, más bien, un acto ceremonial para el que no siempre hay tiempo o disposición.

El asunto es que tampoco necesitaron la concentración y gritaban las respuestas desde sus lugares. Quien dirigía la actividad, pidió un nuevo voluntario y yo cedí mi lugar a una chica que en un abrir y cerrar de ojos escuchó la campanita del “well done” por sus acciones perfectas picándole a los cuadritos.

Toda esa mañana me permití reírme de mí misma contando la anécdota a mi familia, pero pasado el día, caí en la cuenta de mis propios alumnos y sus nuevas ignorancias. A menudo, la exigencia de llevar a todo un grupo a cierta meta, nos lleva con el acelerador puesto y dejamos atrás a algunos quienes, todavía, necesitan detenerse a leer las instrucciones.

Cuando volví con mis alumnos, tuve una actitud diferente con dos de ellos y me permití dedicarles más tiempo y más palabras a fin de que accedieran a saber cuál cuadrito “picar” para acceder al conocimiento y lograr su aprendizaje.

Me dará mucho gusto que todo México ría de mí y conmigo de mi graciosa ignorancia; pero mucha más satisfacción tendré si mis colegas profesores se detienen con algún alumno que requiere más de dos segundos y, antes de pedir otro voluntario, busquen una nueva forma de acercarse a él. Esto en tanto yo tomo, con mi hijo menor, un cursillo rápido de juegos web y videojuegos.
30 Noviembre 2016 04:00:00
Juegan conmigo
El sábado anterior tuve un irrepetible oportunidad de saber cuán profunda es mi ignorancia. Bueno, también se consideraría un saber el hecho de darnos cuenta respecto de nuestros nuevos desconocimientos.

Procuro, en tanto me es posible, ser profesora y alumna el mismo tiempo. Lo anterior responde a diferentes motivos: Actualización, profesionalización, mejor comprensión de la postura de mis compañeros docentes y mis alumnos estudiantes, y una escapada fugaz de las obligaciones domésticas. Sólo me detendré en la penúltima, porque las anteriores son consabidas y la última muy comprometedora.

Pues resultó que estando yo entre un grupo de jóvenes estudiantes de maestría, donde yo bien podría ser el fantasma de las navidades pasadas o el mismísimo señor Scrooge, me atrevía ser voluntaria para manipular un juego didáctico en línea. Siguiendo mi costumbre, me entretuve dos segundos y medio en leer las instrucciones, cuando ya mis compañeros gritaban las respuestas. Tardé otro tanto de tiempo en darme cuenta cómo ellos lo habían resulto apenas se abrió frente a sus ojos, porque están acostumbrados ya a los algoritmos de este tipo de acciones virtuales, y entretenerse en leer las instrucciones es, más bien, un acto ceremonial para el que no siempre hay tiempo o disposición.

El asunto es que tampoco necesitaron la concentración y gritaban las respuestas desde sus lugares. Quien dirigía la actividad, pidió un nuevo voluntario y yo cedí mi lugar a una chica que en un abrir y cerrar de ojos escuchó la campanita del “well done” por sus acciones perfectas picándole a los cuadritos.

Toda esa mañana me permití reírme de mí misma contando la anécdota a mi familia, pero pasado el día, caí en la cuenta de mis propios alumnos y sus nuevas ignorancias. A menudo, la exigencia de llevar a todo un grupo a cierta meta, nos lleva con el acelerador puesto y dejamos atrás a algunos quienes, todavía, necesitan detenerse a leer las instrucciones.

Cuando volví con mis alumnos, tuve una actitud diferente con dos de ellos y me permití dedicarles más tiempo y más palabras a fin de que accedieran a saber cuál cuadrito “picar” para acceder al conocimiento y lograr su aprendizaje.

Me dará mucho gusto que todo México ría de mí y conmigo de mi graciosa ignorancia; pero mucha más satisfacción tendré si mis colegas profesores se detienen con algún alumno que requiere más de dos segundos y, antes de pedir otro voluntario, busquen una nueva forma de acercarse a él. Esto en tanto yo tomo, con mi hijo menor, un cursillo rápido de juegos web y videojuegos.

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29 Noviembre 2016 04:00:00
El sueño justo
Don Felipe, mi abuelo, dormía la siesta ahí mismo donde acaba de comer: echaba la cabeza para atrás y dejaba que el cuello se acomodara sobre el respaldo de la silla cuya cabecera redondeada le recibía amoldándose una a otro. Enseguida se escuchaba su respiración pausada y serena, como si perteneciera a alguien libre de pecado.

Podía dormir en cualquiera de las recámaras amplias y frescas que seguían a la cocina en aquella casa campirana, pero eso le requería más de los 10 minutos justos dedicados a dormir después del mediodía. Con eso recargaba sus baterías y volvía a los corrales, a la huerta o a los juzgados, donde siempre tenía algún asunto pendiente.

Su manera de dormir la siesta no era bien vista por todos, porque ese ritual debía respetarse a fin de conservar la salud y no perder para siempre la energía. Los abuelos heredaron a nuestros padres la costumbre de dormir un cuarto de hora después de comer, pero bien tendido en un espacio suficiente y abrazador.

Mi papá no siempre tenía a la mano una cama para dormir la siesta, pero siempre se las arregló para encontrar mullido el sillón de su auto tras escaparse a las 12 en punto, después de comer su lonche, unos minutos del trabajo y cumplir con la bendita costumbre de la siesta que nos transmitió cuando éramos niños y debíamos seguirla así se nos fuera el tiempo en cerrar a la fuerza los ojos.

Hoy en día sobra camas amplias, sillones suaves, espacios acolchonados, sitios acogedores, pero nos falta tiempo para tomar una siesta entre el ajetreo diario. Los horarios ya no coinciden con ese “in pace” que hacía el mundo, quedándose detenidas todas las actividades y las intenciones.

Cuando niña, a la hora de la siesta, todos guardábamos silencio así el sueño se nos hubiera escapado. Era una manera de escapar a lo que estaba por llegar y no era deseado, o de alargar el placer de lo obtenido, o de acrecentar la emoción del porvenir.

La siesta era algo mucho más importante que dormir.
29 Noviembre 2016 04:00:00
Mejor chiquito
Los pueblos chicos cargan un estigma social inexplicable.

Un pueblo chico es cierto espacio que, comparado con otros, contiene menos personas habitando en él. Esta razón lo hace requerir menos servicios y, por lo tanto, sus problemáticas son, si no inexistentes, sí menos variadas.

¿Acaso una colonia privada no se parece bastante a un pueblo chico? En el afán de acrecentar las ciudades, las personas que desean saberse pobladores de una urbe, paradójicamente se escinden de ella y levantan muros, instalan cercas, colocan alarmas, cierran calles.

Cuando un pueblo crece la gente se desconoce y convierten el lugar en algo que no es ni rancho ni ciudad: La mitad va a buscar lo que le hace falta a otro lado, mientras el otro 50 por ciento considera que han llegado demasiadas cosas inútiles a su territorio.

Los comediantes defeños –perdón, ciudadmexiquenes o como se les llame ahora a los habitantes de la CDMX- siguen usando en sus charadas el término “provincia” o al “interior de la República” en sentido despectivo, cuando sus usos y costumbres los traen a visitar a los provincianos en cuanto tienen vacaciones y deben dejar su posición geográfica realmente localizada en el ombligo del país, bastante tierra adentro.

¿Por qué si un pueblo chico, una provincia o el interior de la República son tan deleznables, millones de personas van y vienen a dejar sus dineros acá para sacudirse un poco el aturdimiento de sus grandes ciudades? Algo me dice que ser chiquito no es tan malo; no sólo eso, todo indica que desde hace una década por lo menos, el tamaño sí acaba por importar.

Una gran ciudad se ve hermosa desde el cielo; las fotografías que permite son impresionantes; sus espectáculos resultan monstruosos, tanto como sus requisitos de ingreso: No ser dueño de su tiempo, tener vida familiar a medias, respirar algo que es dañino, comer cuando y donde sea posible y vivir una cultura histórica que cada vez se reconoce apenas y nada más en los libros de la escuela.

Para mí, sinceramente, es mejor chiquito.

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26 Noviembre 2016 04:00:00
Oídos sordos
Empecé mi carrera como periodista a los 17 años. Cuando cumplí 18 me había convertido en reportera para la sección cultural, en donde aprendí que se necesitaba ser muy rancio para considerar cultura sólo lo relativo a las Bellas Artes, con mayúscula para referirse a las clasificadas por la élite.

Un año después editaba un suplemento que daba cabida a quienes tuvieran el valor de poner a disposición sus creaciones artísticas con las letras, las imágenes, los colores, el pensamiento. Empezó una andanada de cartas dirigidas a veces a mí, otras al director, otras al mundo entero.

Alguna vez me visitó un novel y genial escritor radicado en mi ciudad, ahora premiado y traducido, para reclamarme las razones por la cuales hice públicas ciertas críticas a la escatológica poesía de su amigo regiomontano. Algo sucedió que, media hora después, se despidió de mí prometiendo convertirse sin tardanza en colaborador de mi suplemento.

Jaime Labastida escribió una editorial nacional tras la entrevista que le realicé siendo yo estudiante de Letras. El mejor halago que un reportero de cultura recibe, viniendo de semejante persona, es haber reconocido lo siguiente, con tal sorpresa que mereció publicarse: “una reportera de provincia me hizo preguntas pertinentes”.

No tengo los recortes, aunque ahora toda evidencia es recuperable. Guardo en mi memoria las felicitaciones, los halagos, los reconocimientos con tanto atesoramiento como las críticas de quien logró mostrarse capaz de hacer mejor que yo las cosas del periodismo.

Nada olvido. Mi buena memoria es a veces un don y a veces un castigo, porque me ayuda a no repetir los errores, pero jamás ha sido buena para reconocer al enemigo. Tal vez no sea mi memoria la que falle, sino mis oídos.

Cuando me entero de jovencitos que atentan contra su vida porque alguien les ha criticado en público y lo difunde, deseo mucho ofrecerles mi memoria enclenque, ocupada tanto tiempo en aprender de los grandes y los chiquititos que no deja espacio para el odio. Si eso fuera posible, para ellos, como para mí, ese tiempo que los otros dedican para pensar en uno, sería siempre un halago, un premio bien merecido a nuestro ego.

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