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Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre "Catón"
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05 Julio 2015 08:00:43
La revolución
Llenos están otra vez los templos de la Ciudad de México. Llena de gente está la hermosa Catedral Metropolitana, monumento el más hermoso de la América, incluidos el Rockefeller Center y el Astrodome de Houston; llena está la recoleta iglesia de San Francisco; llena la señorial Profesa; lleno el adornado recinto de la Santa Vera Cruz.

Cada día hay muchas rogativas. Se reza copia de trisagios y novenarios; se ofician misas cantadas y no; como las azuladas nubes del incienso sube a los cielos un coro plañidero de Magnificats y De Profundis.

Pero no rezaba la gente, no, para impetrar la protección de la corte celestial contra la invasión de los americanos, enemigos de nuestra santa religión. Rezaban todos para pedir el amparo divino contra las desbordadas iniquidades de aquel fiero señor que se llamaba don Valentín Gómez Farías, que otra vez se levantaba contra los ministros del Señor y que otra vez hacía promulgar sacrílegos decretos para arrebatar a la Iglesia sus bienes, horribles leyes que el patán que
fungía como gobernador de la ciudad, aquel tal Juan José Baz, sacaba por decreto a las calles con escarnio y ludibrio para los hombres de Dios.

Caso omiso hicieron de aquel clamor Gómez Farías y los diputados que le eran favorables. Siguieron adelante con sus gestiones para obtener la enajenación de los bienes del clero. Entonces la Catedral cerró sus puertas y los jerarcas dejaron de oficiar las ceremonias del culto.

El Gobierno se indignó: privar a la gente de los oficios religiosos, dijo, equivalía a ejercer inmoral presión sobre el Gobierno. Se dirigieron cartas al cabildo catedralicio y respondieron los canónigos que haber cerrado las puertas del máximo templo mexicano era por el temor que había suscitado el rumor de que estaban por estallar motines por causas de política. Ni motines ni escándalos habría, respondió airado el Gobierno, de modo que se ordenaba a los eclesiásticos que
nuevamente fueran abiertas las puertas de la Catedral.

El día 14 de enero (1847), un señor cura que oficiaba el ceremonial de una inhumación en el cementerio de la Catedral dijo algunas palabras tan fuertes en contra del Gobierno, y particularmente de Gómez Farías, que un grupo de hombres, excitados así, salió a las calles del centro gritando:

–¡Muera el gobierno! ¡Viva la religión!

Hubo rumores en el sentido de que el regimiento Independencia y el batallón Victoria estaban conjurados para hacer estallar una asonada y quitar a Gómez Farías de la vicepresidencia. Se murmuraba acerca del patriotismo de “Gómez Furias”, pues se sabía muy bien que todos los días llegaban cartas angustiosas que Santa Anna enviaba desde San Luis Potosí en solicitud de dinero al vicepresidente, y aunque éste confiscaba bienes del clero, Santa Anna no recibía ni un
centavo.

¿Cómo era posible que el Gobierno no pudiera mandar dinero al Ejército defensor, si en las ocasiones anteriores en que Gómez Farías había participado en motines o asonadas de inmediato había contado con grandes sumas para sus movimientos? Surgió una especie que circuló por todos los puntos de la ciudad: el vicepresidente estaba en secreto acuerdo con los americanos, y esa era la razón por la que no mandaba dinero a Santa Anna. Así andábamos los mexicanos
cuando ya el ejército de Taylor estaba bien adentro del territorio nacional: los principales hombres del Gobierno eran sospechosos de traición; no había dinero para el Ejército, y pesaba sobre el país, junto a la amenaza ya cumplida de la invasión, la peor amenaza de la discordia civil.
16 Octubre 2014 04:10:34
Pena por México
Don Frustracio sentía siempre el urente apetito de la carne.

Doña Frigidia su mujer, en cambio, se mostraba en ese aspecto muy inapetente.

Cuando él le solicitaba la realización del acto prescrito por las leyes humanas y divinas a fin de perpetuar la especie, ella aducía toda suerte de excusas y pretextos para incumplir esa demanda, no sólo las tradicionales evasivas -“Me duele la cabeza”, “Estoy en mis días” o “Me siento muy cansada”-, sino otros regates inéditos de su invención: “Hoy se celebra el aniversario luctuoso de doña Josefa Ortiz de Domínguez, y sería impropio faltar en esa forma al decoro de la fecha”, o: “Es día de San Pudente, patrono de la castidad, y desde joven le hice la promesa de no realizar nunca en su fiesta un acto impúdico”.

Así el pobre de don Frustracio veía siempre insatisfechos sus naturales rijos de varón, y si no los aliviaba por sí mismo era sólo porque pensaba que con eso hacía agravio a la Legión Civil, agrupación de la cual era portaestandarte, que prescribía en su reglamento: “Los socios deberán observar a todas horas del día y de la noche una conducta moral irreprochable”.

Sucedió cierta noche, sin embargo, después de largo tiempo de abstención, que don Frustracio se atrevió a pedirle a su consorte el cumplimiento del débito conyugal.

“¿Otra vez?” -preguntó con acrimonia doña Frigidia.

“Pero, mujer -repuso el infeliz marido-, la última ocasión en que lo hicimos fue cuando nació el habitante número seis billones de la Tierra, y eso fue el 12 de octubre de 1999”.

“¿Y ya quieres de nuevo? -se escandalizó ella-.

¡Eres un erotómano, un enfermo de satiriasis, un maniático sexual!”.

Don Frustracio insistió en su justificada petición, hasta que por fin ella accedió a hacer “eso” -así dijo- a cambio de la promesa de su esposo de llevarla de compras a Laredo.

Puso, eso sí, una condición: lo harían con la luz apagada, por la devoción que ella le guardaba al arriba citado San Pudente.

Así, a oscuras, se llevó a cabo el inusual suceso.

A la mitad de la acción don Frustracio empezó a oír que su esposa profería ciertos sonidos que daban a entender que estaba disfrutando el trance.

Intentaré poner en letras esos ruidos: “¡Fzzzz! “Shhhishhh! ¡Izzzzz! “Shhhlurp!”.

Se sorprendió gratamente el esposo al escuchar esas emisiones, y encendió la luz a fin de contemplar a su mujer en el deliquio del arrebato lúbrico.

Lo que vio fue algo bien distinto: doña Frigidia se estaba comiendo una rebanada de sandía; de ahí los ruidos que estaba produciendo.

¡Ah mundo! ¡Cuán deceptorio eres, y cuántas desilusiones guardas! Por estos días, oscuros días, los mexicanos sentimos pena por nuestro país, tan lastimado por la violencia de unos y por la corrupción de otros.

La imagen de México en el exterior se va oscureciendo cada día más, y eso se traduce en pérdidas económicas muy graves.

Vemos con inquietud el porvenir; nos preocupa el futuro de nuestros hijos y de nuestros nietos.

¿En qué clase de país van a vivir? No renunciemos, sin embargo, a la esperanza.

Peores días ha vivido México, y siempre ha seguido adelante.

Los hombres perversos son muy pocos comparados con el inmenso número de buenos mexicanos que cada día se esfuerzan por dar lo mejor de sí mismos a los suyos y a su comunidad.

Aunque parezca ingenuidad decirlo, el bien prevalece siempre sobre el mal.

Llegará el día en que los criminales y los políticos corruptos no podrán imponerse ya sobre nosotros.

Terminará esta pesadilla, y México volverá a ser una casa digna, justa y ordenada donde todos los mexicanos podremos vivir y trabajar en paz. (¿Debo poner aquí las palabras: “Así sea”?).

Pepito y Juanilito estaban jugando en el parque cuando pasó ante ellos una lindísima chiquilla que parecía una muñequita andando.

Le dijo Papito a su amigo: “¿Sabes qué? Cuando deje de odiar a las niñas creo que ésa será la primera a la que dejaré de odiar”.

Al empezar la noche de bodas él le preguntó a ella: “¿Soy yo el primero?”.

Ella se impacientó. “¿Por qué todos preguntan lo mismo?”.

Afrodisio Pitongo, hombre concupiscente, le pidió a Dulcilí, muchacha ingenua, la donación de su más íntimo tesoro.

“Si hago eso -opuso la doncella- no me respetarás por la mañana”.

“Que eso no te preocupe -replicó el truhán-.

Nos levantaremos tarde”.

FIN.
15 Octubre 2014 04:10:49
Renuncia obligatoria
Himenia Camafría, madura señorita soltera, se hallaba en su recámara, y un ladrón joven y apuesto se metió a robar por una ventana.

Lo vio la señorita Himenia y le dijo con voz firme: “¡Le doy exactamente 48 horas para que salga de aquí!”.

Don Hamponio, el narco de la esquina, logró escapar de la prisión en que estaba desde hacía 20 años.

Escondiéndose cautelosamente logró llegar a la casa donde vivía su esposa.

Ésta lo recibió con cara de pocos amigos.

“¿Dónde andabas, desgraciado? -le preguntó agriamente-.

¡El radio dice que te escapaste hace ocho horas!”.

La mamá de Pepito esperaba un segundo hijo.

El papá le dijo a Pepito: “Pronto vendrá la cigüeña a visitar a tu mami”.

“Ojalá no la asuste -se preocupó el chiquillo-.

Tú la embarazaste, muy pronto dará a luz, y cualquier sobresalto podría provocarle algún problema”.

Enrique Peña Nieto no sabe qué hacer con Guerrero.

Carlos Navarrete no sabe qué hacer con Ángel Aguirre.

Y Ángel Aguirre no sabe qué hacer con Ángel Aguirre y con Guerrero.

Por el bien del estado y de sí mismo el gobernador debería renunciar.

El conflicto que afronta ha rebasado ya el ámbito de lo jurídico y es ahora de índole política.

Su salida no sólo sería castigo a su evidente negligencia, sino demostración de que un gobernante que permite que en su entidad se instaure tal violencia, tal anarquía, no debe permanecer en su cargo.

Esa renuncia aliviaría, siquiera en parte, la tremenda presión social que hay en Guerrero, y permitiría además una mejor investigación de las circunstancias y hechos que han conducido a este caos.

El gobernador no puede sostenerse ya, y nadie ya puede sostenerlo.

Renuncie antes de que lo renuncien.

Sálgase antes de que lo saquen. Despedirse es menos penoso que ser despedido.

Si no lo hace lo desharán.

(Nota: Nuestro estimado colaborador se extiende durante siete fojas útiles más, y vuelta, en juegos de palabras como los anteriores.

Ante la imposibilidad de incluirlos aquí, por falta de espacio, nos vemos en la penosa necesidad de suprimirlos).

El presidente de la Liga de Béisbol le pidió a Babalucas que en el juego de inauguración tirara la primera bola.

“Ni la primera ni la segunda tiraré -respondió con enojo el tontiloco-.

A ambas les tengo mucho apego”. Doña Macalota dijo hablando de su esposo: “Se parece mucho a su mamá.

De no ser por el bigote se verían igualitos”.

Opuso una amiga: “Tu marido no tiene bigote”.

“Pero su mamá sí” -replicó doña Macalota.

El chico adolescente le preguntó a su papá: “¿Qué es una mujer tetona?”.

El señor se turbó un poco y acertó a responder: “En Francia hay una ciudad llamada Teton.

Se llama ‘tetona’ a la mujer nacida ahí”.

El muchacho no se dio por satisfecho con la respuesta. Su papá quiso saber: “¿De dónde sacaste esa pregunta?”. “Olvídate de la pregunta -le dice el adolescente-.

¿De dónde sacaste esa respuesta?”.

Nalgarina Grandchichier, vedette de moda, conoció a un maduro caballero, y le echó el ojo.

Le comentó a una amiga: “El señor es tan viejo que podría ser mi padre, pero es tan rico que será mi esposo”.

Murió un señor que trabajaba de mesero en un elegante restorán.

Después de algunos días su inconsolable viuda fue con una espiritista y le pidió que invocara a su difunto esposo a fin de preguntarle cómo le estaba yendo en el más allá.

La médium puso las manos sobre la mesa que le servía en sus trances, y después de un rato de profunda concentración le dijo a la viuda: “Ya establecí contacto con el espíritu de su difunto esposo.

Pero se niega a venir.

Dice que ésta no es su mesa”.

Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida -no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite a sus feligreses el adulterio a condición de que lo cometan con miembros de la congregación-, se propuso redimir a una chica de tacón dorado que trabajaba en un burdel de la ciudad.

Fue al lupanar y le pidió a la madama que llamara a la chica.

“¡Ah! -exclamó la suripanta-.

Escogió usted muy bien, caballero.

¡Hotilia es excelente en su trabajo! ¡Lo dejará sin aliento!”.

“Señora -se ofendió el reverendo-.

Yo no acostumbro hacer eso con mujeres”.

“Por ahí hubiera usted empezado” -se molestó la mujer.

Luego, volviéndose hacia su ayudante, le dijo: “Tráele al señor uno de los muchachos”.

FIN.
14 Octubre 2014 04:10:15
Irregulares nupcias
Plaza de armas.

“Tendremos que casarlos”.

“Pero ¿cómo? Es imposible”.

“Hablaremos con el obispo, y a querer o no tendrá que darnos su autorización.

Las cosas no pueden seguir tal como están.

Si las dejamos que corran va a suceder una tragedia.

Casarlos es la única forma de acabar con el problema”.

Al día siguiente fueron con el obispo.

Cuando su excelencia oyó lo del matrimonio, se escandalizó en tal manera que los visitantes temieron por el resultado de su gestión.

Les dijo que aquella propuesta no sólo era locura: Era también sacrilegio.

Llamó a su secretario y le pidió que le llevara un vaso de agua para tomarse la pastilla que solía tomar cuando algo le descomponía los nervios.

Luego les manifestó que en toda su vida jamás había oído un despropósito como ése.

Si autorizaba un matrimonio así ¿qué iban a pensar de él los demás obispos? Y el señor cardenal ¿qué iba a pensar? No, de ninguna manera podía permitirles esa aberración.

Ellos, por turno, fueron exponiendo las razones que les asistían para fundar aquella unión, ciertamente irregular.

Cosas más extrañas se habían visto en la Iglesia, dijo uno. “No en mi diócesis” -replicó el obispo.

El otro fue más atrevido: ¿Acaso no había autorizado su excelencia la anulación del matrimonio de doña Fulana, que tenía 20 años de casada y siete hijos, para que pudiera desposarla aquel rico viudo que se había encaprichado con ella, y que como era tan católico no concebía casarse sino por la Iglesia? “Opté por el mal menor -se defendió el obispo-.

Además ese señor es un gran bienhechor nuestro.

El matrimonio que ustedes proponen, sin embargo, está fuera de toda razón.

No lo permitiré.

En nombre de la santa obediencia les prohíbo hacer lo que pretenden”.

Así diciendo su excelencia se tomó otra pastilla calmante.

No contaba con el argumento Aquiles -así se llama en lógica el que es irrebatible, contundente- que sus interlocutores llevaban en la manga.

Le dijo uno de ellos: “Señor: Si no nos da usted su anuencia para realizar esa boda correrá la sangre de dos pueblos.

Los ánimos están muy exaltados.

Seguramente habrá una masacre, y usted será el directo responsable de ella, pues no nos dejó hacer lo necesario para evitarla.

Dénos el permiso, señor.

A grandes males grandes remedios”.

No es que su excelencia fuera timorato: Era prudente.

Aquel argumento lo desarmó. ¿Iba a dejar que sus ovejas se mataran entre sí? Echó mano del vaso para tomarse otra pastilla sedativa, pero el vaso ya no tenía agua.

Así, nervioso, autorizó aquellas irregulares nupcias... Fue así como se casaron San Juan Evangelista y Santa María Magdalena.

¿Cómo está eso? ¿Un matrimonio entre santos? Explicaré el asunto.

San Juan era el patrono de Tepetlán del Río.

El pueblo vecino, Acatita del Valle, tenía como patrona a Magdalena.

Los devotos de ambos pueblos sostenían que su santito -o santita- era mejor que el otro, y hacía más milagros, y más grandes.

Al paso del tiempo la rivalidad se fue enconando.

Con motivo de una procesión en que ambos santos se toparon, y San Juan no dejó que pasara Santa Magdalena, los feligreses de uno y otro pueblo se dieron cita para enfrentarse en una batalla campal en que dirimirían finalmente, a pedradas y machetazos, la cuestión.

Los curas de las dos parroquias, asustados por tan tremendo desafío, trataron de disuadir a sus respectivos fieles de llevar a cabo aquel enfrentamiento. Sus prédicas fueron infructuosas.

Desesperados, se les ocurrió una idea: Casarían a los dos santos.

Así, siendo ya una sola carne por virtud del sagrado matrimonio, la lucha entre ellos y sus respectivos pueblos no tendría razón de ser.

Con permiso de su excelencia se efectuó, pues, el matrimonio de San Juan y Santa Magdalena, oficiado por ambos sacerdotes.

Por primera vez los de Acatita y los de Tepetlán, se unieron en una celebración común.

Hubo gran fiesta.

En el banquete de bodas -con presencia de los novios en sus respectivas imágenes- se sirvió pulque y barbacoa. Luego se organizó el baile.

La alegría fue general, y los dos pueblos quedaron unidos para siempre por los indisolubles lazos del connubio.

Dijo uno de los lugareños: “Ya casados que se agarren ellos.

Nosotros ya no nos agarraremos”...
13 Octubre 2014 04:10:02
Guerra inútil y costosa
Unos jóvenes casados fueron a pasar el fin de semana en su cabaña del bosque.

Hacía mucho frío, de modo que él salió a partir leña para encender la chimenea.

Al regresar le dijo a su mujercita: “Traigo las manos heladas”.

Le sugirió ella, amorosa: “Ponlas entre mis piernas; así se te calentarán”.

Poco después él salió de nuevo a traer agua del pozo.

Al volver le dijo a su dulcinea: “Otra vez se me enfriaron las manos”.

Ella repitió la recomendación: “Si las pones entre mis piernas se te calentarán”.

A poco él tuvo que salir por tercera vez, ahora para quitar la nieve que obstruía la puerta.

Regresó y le dijo a su amada: “De nuevo se me enfriaron las manos”.

“¡Con una!” -se impacientó ella-.

¿Qué nunca se te enfrían las orejas?”.

(No le entendí)... En los últimos días han sido apresados algunos cabecillas importantes del tráfico de drogas.

Pensar que tales detenciones harán que disminuya ese ilegal comercio es necedad.

Ya se ha dicho que la guerra contra el narcotráfico es imposible de ganar.

Y es que en verdad el problema no está en quienes trafican la droga, sino en quienes la consumen.

Mientras haya alguien que compre drogas habrá alguien que las venda.

En el pasado los gobiernos de los países, con muy buen sentido, se hacían de la vista gorda ante eso.

Reconocían la imposibilidad de luchar contra el comercio de lo que se llamaba “sustancias prohibidas”, y permitían entonces, siquiera fuese disimuladamente, que quien quisiera joderse a sí mismo consumiéndolas ejercitara su libertad y se jodiera.

Pero de pronto los Estados Unidos advirtieron que a su preciosa juventud se la estaba llevando el carajo, y emprendieron esa guerra tan inútil y costosa en vidas y en dinero como la que en los años veinte hicieron contra la venta del alcohol.

De nada les sirvió esa nefasta experiencia.

Los aliados del poderoso país, vale decir sus subordinados -México entre ellos-, hubieron de someterse a sus dictados, e hicieron igualmente la guerra al narcotráfico.

Cuando el vecino cerró sus fronteras al ingreso de la droga parte de ella se quedó aquí, con lo que se creó un mercado interno cuyas plazas empezaron a ser disputadas ferozmente por los diversos carteles.

Antes esos grupos delincuenciales no se metían con la población civil.

Todo estaba arreglado de tal modo que ni siquiera se notara la producción y trasiego de la droga.

Cuando empezaron a ser combatidos, y sus actividades se dificultaron, cuando vieron disminuidas sus ganancias, los narcotraficantes compensaron esas pérdidas recurriendo a otras actividades que han herido hasta lo hondo a la sociedad, especialmente el secuestro y la extorsión, con su secuela de espantosos crímenes.

Si se despenalizara el consumo de las drogas, igual que en el pasado siglo se hizo desaparecer en Estados Unidos la prohibición de la venta y consumo de licores, si se regulara el comercio de las drogas y se permitiera que cada quien hiciera uso de su libertad consumiéndolas o no, la violencia generada por el narcotráfico descendería considerablemente.

No digo que los otros delitos desaparecerían, pero se les podría combatir más y mejor al liberarse los recursos en dinero y personal que ahora se emplean para tratar -inútilmente- de poner freno al comercio de las drogas... Con lo dicho queda cumplido por hoy mi deber de orientar a la República.

Puedo entonces narrar un chascarrillo final que alivie la gravedumbre de la anterior peroración... La joven penitente fue a confesarse con el señor cura.

“Me acuso, padre -díjole-, de haber hecho cosas malas con mi novio”.

“Cuenta, cuenta” -le pidió el sacerdote acomodándose bien en el asiento del confesonario. La muchacha empezó a relatar: “Estábamos en la sala de mi casa, solos, y él empezó a besarme”.

“¿Y luego?” -preguntó el confesor.

“Luego empezó a acariciarme donde no debía”.

“¿Y luego?”. “Luego yo empecé a acariciarlo a él donde no debía”.

Inquirió el cura respirando con agitación: “¿Y luego?”.

“Luego me despojó de la pequeña prenda que estorbaba la culminación de esas caricias, y me tendió sobre el sofá.

Yo, arrebatada de pasión, me dispuse a recibirlo”.

Preguntó ansiosamente el confesor: “¿Y luego? ¿Y luego?”.

Dijo la muchacha: “En ese momento oímos que llegaba mi mamá, y ahí terminó todo”.

Exclama exasperado el sacerdote: “¡Ah, vieja inoportuna!”... FIN.
12 Octubre 2014 04:10:41
Avestruz
Los hombres de la antigüedad pensaban que cuando los dioses querían perder a alguien le daban todo lo que les pedía.

El cuento que en seguida voy a relatar, perteneciente a nuestro tiempo, ilustra esa creencia.

Un individuo entró en un bar.

Aquello no habría llamado la atención del cantinero de no ser porque el sujeto iba acompañado por un avestruz.

Se sentó el sujeto en un banco de la barra, y el avestruz ocupó otro a su lado.

“Me da un tequila -pidió el recién llegado- y le sirve otro a mi amigo”.

Atendió la orden el del bar.

Hombre y avestruz bebieron su tequila, y luego el tipo le dijo al tabernero: “Me da la cuenta por favor”.

Le dijo él: “Son 95 pesos con 80 centavos, incluido el impuesto”.

El hombre metió la mano en el bolsillo y sacó la cantidad exacta: 95 pesos con 80 centavos.

El día siguiente, a la misma hora, regresó el sujeto al bar, seguido igualmente por el avestruz.

Ordenó en la barra: “Sírvame por favor un whisky, y dele otro a mi amigo”.

El cantinero sirvió las bebidas.

Cuando las terminaron pidió el tipo: “Dígame cuánto es”.

“Son 140 pesos con 35 centavos, impuesto incluido”.

El cliente echó mano al bolsillo y sacó exactamente la cantidad citada: 140 pesos con 35 centavos.

Lo mismo sucedió al siguiente día: llegó el hombre con el avestruz; pidió las bebidas de ambos -ahora cervezas-, las bebieron los dos, y luego el sujeto preguntó: “¿Cuánto debo?”.

“70 pesos con 90 centavos, incluido el impuesto”.

Igual que las veces anteriores el tipo se sacó del bolsillo 70 pesos con 90 centavos, la cantidad exacta.

El del bar ya no se pudo contener.

Le dijo al cliente: “Perdone la indiscreción, señor.

No puedo menos que decirle que dos cosas acerca de usted me han llamado profundamente la atención.

La primera, que viene usted con un avestruz.

La segunda, que siempre se saca usted del bolsillo la cantidad exacta del consumo, aun sin conocerla.

¿Por qué lo de esa ave, y cómo hace usted para sacar exactamente la suma que necesita para pagar sus copas?”.

Respondió el hombre: “Le explicaré primero lo de la cantidad exacta, y luego lo del avestruz.

Mire usted.

Un día caminaba yo por la playa, y las olas depositaron a mis pies una lámpara de forma extraña.

La froté para limpiarla, y de la lámpara salió un genio del oriente.

Me dijo: “Gracias, amo.

Me has liberado de mi prisión eterna. Pídeme dos deseos, y te los concederé”.

Le respondí: “¿Dos deseos? ¿Qué no son tres?”.

Me dijo: “Antes eran tres, en efecto, pero con la crisis nos hemos visto en la necesidad de reducirlos, y ahora son solamente dos.

Pide el primero”.

Le dije: “Quiero que cuando vaya yo a comprar algo me pongas en el bolsillo la cantidad exacta que necesito para pagar”.

El genio me obsequió ese deseo, y ahora cuando compro algo, cualquier cosa, desde un pañuelo hasta un yate de lujo o un jet, una villa en la Toscana, un chalet en París, un departamento en Nueva York o una casa en Saltillo, siempre encuentro en mi bolsillo la cantidad exacta para pagar la cosa”.

El cantinero exclamó lleno de admiración: “¡Qué inteligente fue usted, señor! Otros, en circunstancias semejantes a la suya, piden millones sin pensar que se los pueden acabar.

Usted en cambio le pidió al genio tener siempre en el bolsillo la suma que necesita para pagar sus compras.

De ese modo el dinero nunca se le acabará.

Pero ahora dígame, si no es un gran secreto: ¿y lo del avestruz?”.

“Me apenará contarle lo que sigue -respondió el individuo-.

Sucede, aquí en confianza, que yo fui pobremente dotado por la naturaleza en la parte correspondiente a la entrepierna.

Eso me apenaba mucho, pues en los baños del club mis amigos me hacían objeto de inmisericordes burlas -lo que ahora se llama bullying- por la menguada medida de mi parte varonil.

Eso, sin embargo, era nada comparado con las vergüenzas que pasaba en mi trato con las damas.

Me preguntaban siempre: ‘¿Ya estás ahí?’, aunque ya estaba ahí desde hacía rato.

Algunas, después de verme, me decían: ‘Mejor vamos a ver qué hay en la tele’.

Cuando el genio que le digo se me apareció, y luego de haberle planteado mi primer deseo, le pedí el segundo.

Le dije: ‘Quiero tener un pájaro bien grande’.

Ésa es la historia.

Y ahora sírvame un tequila doble, y dele otro al avestruz”...

FIN.

11 Octubre 2014 04:10:13
¿Indiferencia?
No sé si eso que llaman sangre fría sea virtud de héroes o de cínicos. A mí me maravilla la presencia de ánimo que algunos muestran ante acontecimientos apurados, pues carezco lo mismo de heroísmo que de flema, y en un trance difícil me aturrullo todo y no sé nunca cómo salir del paso. Tomen ustedes por ejemplo la vez que llegué a dar mi clase en la universidad llevando un zapato café y el otro negro. Las risitas del grupo me hicieron percatarme de eso. Pude fingir indiferencia, o improvisar alguna ingeniosa explicación. En vez de eso me atolondré en tal modo que salí apresuradamente del salón. Ya en en mi casa puse en ejercicio el “staircase wit” que dicen los ingleses, ingenio de escalera, ese tardía forma de hallar una respuesta afortunada cuando ya vas bajando la escalera después de no haber podido contestar en su momento la pulla que alguien te enderezó. En el caso de los zapatos de color distinto bien pude haber dicho con estudiada ligereza: “Y en mi casa tengo otro par igual”.

Pero cosas así sólo se te ocurren cuando ya es demasiado tarde. ¿Por qué? Porque no tienes sangre fría. Hay quienes sí la tienen, y aun de sobra. He recordado a aquel amigo mío que pese a ser casado gustaba de andar en devaneos eróticos. Una damisela de nueva adquisición le pidió que la llevara a cierto restorán de moda. ¿Con quién se topó mi amigo al entrar ahí? Con su cuñada, la hermana de su esposa, que estaba en una mesa esperando a sus amigas. ¿Pensarán mis cuatro lectores que el tarambana se turbó y escapó apresuradamente del local? Nada de eso. Con toda calma fue a sentar a su querida, y luego se dirigió a donde estaba su cuñada y la saludó con naturalidad. “¡Eres un cabrón! -lo apostrofó la mujer hecha una furia-. ¿Cómo te atreves, desgraciado, a engañar así a mi hermana?”. “¿Qué no sabes?” -le dijo muy sereno el infidente. “No sé ¿qué?” -respondió, fiera, la cuñada. “Tu hermana y yo nos vamos a divorciar”. “¿Cómo? -se consternó la otra.

“Pues de ti depende” -le contestó mi amigo, retador. De sobra está decir que la mujer cerró el pico y no le dijo nada a su hermanita de los desvíos de su esposo. La sangre fría de que he hablado no es patrimonio exclusivo de los hombres. También la tienen las mujeres, y quizá en dosis mayor, pues son más inteligentes. Una casada andaba en malos pasos, y con su amigo fue a un hotel de las afueras que recibía parejas indocumentadas. Entró al local con el sujeto al mismo tiempo que su esposo salía de ahí con una mujer. Al punto la esposa se volvió hacia su amante y le dijo: “¡Ahí lo tiene usted, señor notario! ¡Dé fe de la infidelidad de mi marido, y tome nota de que lo sorprendimos saliendo de un hotel con su querida!”. Si eso no es sangre fría, entonces no sé qué cosa sea.

Mutatis mutandis, es decir cambiando lo que se debe cambiar, a mí me sorprende la frialdad con que la mayoría de los mexicanos vemos sucesos como los de Tlatlaya o Ayotzinapa. ¿En tal forma nos hemos acostumbrado a la violencia que el horror de esos casos nos deja indiferentes? ¿Después de años de crímenes sangrientos vivimos ya en una especie de marasmo que nos aparta lo mismo del espanto que de la indignación? Lo que sucede en sitios donde hay guerra es poco si se compara con lo que pasa aquí, y sin embargo no nos sobresalta mayormente la ola de sangre que está cubriendo a México. Preludio de males mayores son esas matanzas ante las cuales debería haber una reacción social de consideración. Sin embargo lo único que hacemos es pedir a los poderes celestiales que no llegue a nosotros esa terrible criminalidad. Si no se le pone freno llegará, tarde o temprano. El país está desgarrado, y no lo vemos. Esta última frase me estremeció, insensato escribidor. Menester es ahora que narres un chascarrillo final que aligere el ánimo de la República después de tu sombría lucubración. El doctor Duerf, célebre analista, le mostró a su paciente, mujer soltera ya muy entrada en años, un cartón con un dibujo abstracto. Le preguntó: “¿Qué ve?”. Respondió la mujer. “Veo una picha”. El facultativo sacó otro cartón: “¿Ahora qué ve?”. “Veo una picha” -repitió ella. Tercer cartón: “¿Qué ve?”. “Una picha”.

“Señorita -dictaminó el psiquiatra-, trae usted un serio desorden mental”.

Replicó la mujer: “Y usted trae desabrochada la bragueta”. FIN.

10 Octubre 2014 04:10:30
Izquierda izquierdista
La hija soltera de Babalucas le dio dos noticias a su progenitor: Estaba embarazada, e iba a tener triates. “¡Santo Dios! -se consternó el badulaque-.

¿Y quiénes son los tres papás?”. El conferencista hablaba de la necesidad de consumir alimentos sanos. Le preguntó a un hombre del público: “¿Cuál es el platillo que le ha provocado las peores consecuencias en su vida?”. Sin dudar respondió el individuo: “El pastel de bodas”. Empédocles Etílez, el borrachín del pueblo, jamás había visto un racimo de uvas. Preguntó con extrañeza: “¿Qué son?”. Respondió el que traía el racimo: “Para ti son vino a largo plazo”.

La hermosa paciente, mujer de exuberantes formas, le dijo al doctor Duerf: “Tengo un problema muy extraño, doctor. Cada vez que estornudo siento el urente e irrefrenable deseo de entregarme al primer hombre que veo”. El facultativo le entregó un pequeño frasco. “Aspire esto ahora mismo” -le ordenó. “¿Qué es?” -preguntó ella. Respondió el célebre analista: “Pimienta”. Aplaudo -y con ambas manos, para mayor efecto- la decisión de los perredistas de elegir como su dirigente nacional a Carlos Navarrete. No sólo es un hábil político: Es también hombre sensible, culto y con un gran amor a México y un profundo sentido de la justicia social. Gusta de la canción, lo cual habla muy bien de él: A mí no me den por bueno a alguien -hombre o mujer- a quien no le gusta cantar u oír cantar.

El nuevo dirigente del partido del sol azteca profesa un entrañable afecto por José Alfredo Jiménez, su inmortal paisano. Formó una agrupación que reúne a aquellos que sienten -que sentimos- veneración por la memoria del gran cantor guanajuatense. Pienso que con la dirección de Carlos Navarrete el PRD recobrará su espíritu y rumbo originales y al mismo tiempo será un partido de izquierda moderno, democrático, alejado de los procedimientos que alguna vez le enajenaron la simpatía de los electores. En buenas manos ha quedado el PRD. Yo lo celebro, pues pienso que cada vez está más cerca la hora de la izquierda, y ciertamente le hace falta a México una izquierda verdaderamente izquierdista, y al mismo tiempo racional y razonable. Nemoroso, ranchero en flor de edad, consiguió por fin que la Micaila, agraciada doncella campesina, accediera a entregarle la flor nunca tangida de su virginidad. Buscaron un grato paraje en la solitud de la floresta umbría, y ahí empezaron a abrazarse y besarse con ardimiento ignito, arrullados por la música que hacían las cristalinas linfas al correr sobre las guijas del riachuelo, y por el canto de una tórtola zurita que desde las ramas de un aromoso cedro.

(Nota: El autor se extiende por seis páginas en la morosa descripción del bellísimo paisaje que rodeaba a los enamorados jóvenes. Nuestro jefe de redacción, ansioso por llegar al meollo del asunto, suprimió todos esos párrafos, motivo por el cual nos vemos en la imposibilidad de compartirlos con los amabilísimos lectores). Encendidos de pasión los dos amantes se despojaron mutuamente de sus ropas, igual que hicieron Dafnis y Cloe en el romance pastoril de Longo. Nemoroso tendió a Micaila sobre la muelle arena de la riba, y luego procedió a consumar con delicadeza el bucólico desposorio. La emoción del momento, sin embargo, no fue suficiente para que el silvestre galán dejara de advertir la insólita conducta de su amada.

Empezó la garrida muchacha a menearse con movimientos que a él le parecieron demasiado eróticos. Subía y bajaba las caderas con formidable impulso; les imprimía un movimiento circular igual que si con ellas estuviera escribiendo la letra o; se meneaba con giros impetuosos que de inmediato pusieron a su amador al borde del eretismo o espasmo de la culminación. Salió el muchacho del santuario del deliquio y con recelo interrogó a la moza: “Dime la verdad, Micaila: ¿Es ésta la primera vez que un hombre te hace obra de varón?”. “Claro que sí -respondió ella ofendida al oír esas palabras de dubitación-. ¿Por qué me lo preguntas?”. Respondió él, suspicaz: “Porque tus convulsivos movimientos, tus ondulantes giros y tus sinuosos meneos, balanceos, contoneos y zarandeos no son propios de una señorita”. “Te equivocas -replicó la zagala-. Sí son propios de una señorita. ¡De una señorita a quien el pendejo de su novio acostó sobre un hormiguero!”. FIN.
09 Octubre 2014 04:10:28
Agradecimiento
Aquella chica estaba ligeramente embarazada.

Le dijo a su galán: “¿Ya se te olvidó que me prometiste casarte conmigo?”.

“No se me ha olvidado -replicó el cínico individuo-.

Pero dame un poco más de tiempo y se me olvidará”. Fui a la cuna de la civilización.

No estoy hablando de Saltillo: me refiero a Atenas, la eterna capital de Grecia, ciudad fundacional del pensamiento filosófico, de la belleza, de la democracia y de otras galas del mundo de occidente cuyos frutos perviven hasta hoy (9 de octubre de 2014).

Mi esposa y yo fuimos allá gracias a la invitación que me hizo Tarcisio Navarrete Montes de Oca, nuestro embajador en México.

Tarsicio es hombre amable, afable, que ama profundamente a México y lo representa con tino y elegancia.

En la residencia de la embajada, de la cual es cálido anfitrión junto con su gentil esposa Luz María, se cultivan y dan a conocer las buenas cosas mexicanas: La comida y la canción, el arte y la cultura.

A Tarsicio y Luz María les expreso mi agradecimiento, lo mismo que al eficiente ministro Fernando Sandoval, y a su señora Martha, igualmente gentilísima.

Gracias también al cordial personal de la embajada: a Rosa, a Paloma, a Mihalis y Sebastián.

En Atenas dicté tres conferencias.

Peroré primero en Asclaye, sitio de reunión de los latinoamericanos, donde campean el donde de gentes y el grato humor de don Gerónimo Vázquez, su presidente.

Luego tuve el honor de hablar en el Instituto Cervantes, casa de España en Grecia, que preside con señorío su director, don Víctor Andresco.

Ahí una hermosa dama griega, traductora oficial de la ONU, me dijo al final unas lindas palabras: “Me sería muy difícil traducir sus conferencias.

Son una obra de arte, y la belleza no se puede traducir”.

Estuve luego en Abanico, institución dirigida con brillo por Leonora Moroleón, donde se enseñan las lenguas romances a los atenienses.

¡Qué sonoro aplauso recibí ahí de los estudiantes! Un orgullo adicional: Por un feliz encadenamiento de las circunstancias nuestra visita a Atenas coincidió con la presencia ahí de la doctora María Leoba Castañeda Rivas, la primera mujer en ser electa directora de la Facultad de Derecho de la UNAM.

Conocer y tratar a la prestigiada jurista fue para mí un honor, y más cuando me convocó a regresar a mi alma mater.

Lo haré, si la vida me autoriza, y llevaré conmigo mis recuerdos de estudiante joven y mi agradecimiento de hombre añoso que nunca olvida lo que ahí aprendió.

Otro hecho felicísimo: asistí con mi mujer a la celebración de nuestra Independencia, en el hermoso patio del Museo Bizantino.

Es la fiesta que más espera el mundo diplomático de Atenas, por la alegría y colorido de ese festejo mexicano.

Asistieron casi todos los embajadores de los países que tienen representación en Grecia, y acudieron también cientos de mexicanos y latinos.

Desde un balcón del bellísimo recinto el embajador Navarrete dio con emoción el Grito, y sus vivas a México fueron coreados por el entusiasmado público.

La noche se vistió con el lujo de la actuación de un grupo de artistas encabezados por José Guadalupe Palacios y su asistente Ana.

Deslumbraron a la concurrencia con su música y su danza.

En verdad me sentí orgulloso de ellos: de Hugo Daniel Mellado, que canta hermosamente lo mismo las canciones vernáculas de México que la canción del mundo; Rodrigo Ilizaliturri, pianista extraordinario; Jazmín Luévano, soprano talentosa; Gilberto Cruz y Mónica López, cuyos bailables fueron ovacionados por la gente.

Conservaré la memoria de este viaje como una de las más bellas de mi vida.

Por ella le doy gracias a mi nuevo amigo, Tarsicio Navarrete, que tan en alto ha puesto siempre el nombre de nuestro país.

Un sujeto se presentó en la Procuraduría del Consumidor.

Dijo: “Mi mujer tiene una semana perdida.

No la encuentro”.

Le contestó un funcionario: “Ese asunto no es de nuestra competencia.

Debe usted ir a la policía”.

“¡No! -se alarmó el tipo-.

¡Ellos sí la encuentran!”.

La señora llamó por teléfono al conserje del edificio.

Le dijo: “Me está goteando el caño principal”. Respondió el hombre:

“Le agradezco la confidencia, señora, pero creo que debería guardarse para usted misma sus intimidades”.

FIN.
08 Octubre 2014 04:10:19
Edad oscura
“Acúsome, padre, de que anoche le arrebaté a una muchacha la flor de su virginidad”.

Así le dijo al padre Arsilio un joven penitente.

El buen sacerdote ardió en santa indignación.

“¡Eres un pérfido! -le dijo con tonante cólera-.

¡Te aprovechaste del candor de esa infeliz doncella para saciar tus rijos de lujuria, lascivia, lubricidad, incontinencia, impudicia, libídine y voluptuosidad! De penitencia rezarás cien padrenuestros y cien avemarías.

Ahora dime, infame: La desdichada joven a quien quitaste la preciosa gala de su impoluta pureza ¿es católica?”.

“No, padre -replicó el muchacho-.

Pertenece a una de esas sectas que hay ahora”. “Ya veo -ponderó el párroco-.

Está bien: Olvídate de la penitencia y vete en paz.

La juventud es la juventud”. Me fascina la Edad Media.

Los positivistas la llamaron torpemente “edad oscura”. ¿Edad oscura la de Dante, Chaucer, Bocaccio, Santo Tomás de Aquino, el Poema del Cid y Alfonso el Sabio? ¿Edad oscura la de Giotto y las catedrales góticas? ¿Edad oscura la de Bacon, la de Avicena y Averroes? Como diría un muchacho de hoy: no manches.

Luminoso tiempo fue aquel en que los hombres aprendieron a ver más allá de lo que se ve, y a tocar con su mano lo inasible.

Ahora bien: ¿a qué ese campanudo exordio? Me sirve para decir que los castillos medievales tenían un doble resguardo: el foso y la muralla.

Esas defensas amparaban al señor feudal, e impedían que llegaran a él sus enemigos.

Observo cierta semejanza entre eso y el viejo sistema político mexicano, por muchos motivos reprobable, pero cuya eficacia no se podrá poner en duda.

El primer valladar que protegía al Presidente de la República -después de los gobernadores- eran los secretarios de su Gabinete.

Ellos enfrentaban en primera instancia cualquier problema que se presentara.

Si la cuestión los rebasaba el caso iba a dar a la secretaría de Gobernación.

Y no era el titular quien se hacía cargo del asunto. Antes que él intervenía algún funcionario menor.

Si el trance era apurado lo atendía un subsecretario.

Y sólo cuando el problema era verdaderamente grave lo tomaba en sus manos el secretario.

Así, era muy raro que algún conflicto llegara al Presidente. Los tiempos han cambiado, y las cosas no pueden ser como antes.

Eso lo entiendo bien.

(Lo que nunca he podido entender es el Teorema de Pitágoras).

Me pregunto, sin embargo, si el castillo del señor actual no perdió ya su foso y su muralla.

En el conflicto con los estudiantes politécnicos la secretaría de Educación fue hecha a un lado. Gobernación asumió directamente el problema.

Quizá no podía hacer otra cosa, pero lo asumió.

El secretario del ramo le hizo frente en forma personal, y además salió a la calle a “dialogar” con los muchachos, a pesar de los muchos riesgos que eso conllevaba.

Se ha sentado un precedente por el cual otros manifestantes podrán reclamar el mismo privilegio que a los del Poli se otorgó

. Más peligroso aún: rebasados el foso y la muralla que protegían el castillo del señor, no será remoto que se le pida a éste atender en persona tales movimientos. Imaginemos a 20 mil estudiantes exigiendo ante el Palacio Nacional o en Los Pinos que el Presidente Peña salga a hablar con ellos, como salió ya el secretario de Gobernación, a quien se considera su segundo en el mando.

Si salió el segundo ¿por qué no pedir ahora que salga el primero? Después de su súbita popularidad, y tras los muchos piropos que escuchó, las cosas se le pueden revertir al que dijo a todo que sí, y que a pesar de eso está recibiendo ahora como respuesta un no.

Decía un señor: “Me preocupa mi hijo.

Ya está en edad de tener sexo, y una de esas jóvenes modernas podría transmitirle un herpes, o contagiarle el sida.

¡Cómo quisiera yo que se encontrara una muchacha buena, a la antigüita, que lo llenara de ladillas o le pegara una gonorrea!”... Uglilia, mujer fea, dejó en su testamento su cuerpo a la ciencia.

Ahora la ciencia está tratando de hacer que el testamento se declare nulo.

Comentó cierto señor: “Sólo hay dos cosas que no se pueden evitar: la muerte y los impuestos.

¡Si por lo menos vinieran en ese orden!”.

Pepito tenía 4 añitos cuando le preguntó a su mami: “¿Cómo nacen los bebés?”.

Respondió la señora: “Los trae la cigüeña”.

Volvió a preguntar Pepito: “¿Y quién se está tirando a la cigüeña?”.

FIN.
07 Octubre 2014 04:10:05
El bien y el mal
Yo, la verdad, no entiendo con claridad eso del bien y el mal.

Admiro mucho a quienes pueden distinguir entre ellos, pues al mal lo miran absolutamente negro, y absolutamente blanco al bien.

No es que yo los vea grises a los dos; sé que son muy diferentes uno de otro, pero ambas categorías me resultan bastante complicadas.

No tienen la sencillez, digamos, de las altas matemáticas, que pertenecen al mundo de lo exacto, y cuyos problemas, con todo y ser tan altos, admiten una sola solución.

La cuestión del bien y el mal, en cambio, presenta más dificultades.

Consideren ustedes, por ejemplo, el caso de este muchacho de provincia que fue a estudiar a la Ciudad de México.

Su padre le hizo una recomendación: “Cuídate de los rateros.

Los del Distrito Federal son capaces de robarte los calcetines sin quitarte los zapatos”.

Su mamá, por su parte, le pidió encarecidamente: “No vayas a ir con las mujeres malas”.

Abroquelado con esas sabias prevenciones el joven llegó a la Capital y empezó a vivir la metódica vida de estudiante.

Tal método se interrumpió una noche. Diré por qué, y cómo.

Cierto sábado en la noche entró en un bar, pues acababa de cobrar el giro telegráfico de la mensualidad que le enviaban de su casa.

Sufría penas de nostalgia, y quiso disiparlas con una copa o dos.

Ni una más, se prometió, pues eso era ya disipación.

En el bar lo abordó una dama muy agradable, muy atenta, que le preguntó de dónde era y qué hacía ahí tan solito.

Él, ya con dos copas encima, le confió sus cuitas de estudiante solitario.

Le invitó una copa, y bebió con ella tres o cuatro más -¿o fueron cinco o seis?-, hasta que se sintió ya muy tomado y no quiso beber más.

Entonces ella le sugirió que fueran a otra parte a continuar la plática.

Sacó él su cartera para pagar la cuenta, y la mujer, con ojos diestros, la vio muy bien nutrida.

El lugar a donde lo llevó para seguir la plática fue su departamento.

Ahí bebieron otras dos copas -¿o fueron cuatro o tres?-, y luego la anfitriona lo llevó a la cama.

A pesar de lo tomado sucedió lo que en tales ocasiones suele suceder.

Tras de lo sucedido ella le dijo: “Ya es muy tarde para que te vayas.

Quédate a dormir”.

Él se durmió inmediatamente: tras Baco y Venus suele venir Morfeo, si me permiten el culteranismo. Su sueño, sin embargo, no fue tan pesado como esperaba la mujer.

Tuvo la ligereza del recelo.

El muchacho se despertó al sentir que ella se levantaba de la cama.

En la penumbra de la habitación alcanzó a ver, con ojos entreabiertos o semicerrados, según se considere, que aquella dama tan gentil, tan amable, le sacaba la cartera del bolsillo del pantalón y tomaba los billetes.

Luego, caminando de puntillas, fue a donde se hallaba una pequeña maceta.

Levantó la planta artificial que ahí estaba y puso abajo los billetes.

Los cubrió con la planta, regresó a la cama y se acostó.

Él, asustado, siguió todos sus movimientos sin moverse.

¿Qué hacer? -pensó con angustia.

Eso le sucedía por no haber seguido el consejo de su santa madre.

Bien pronto la mujer se quedó profundamente dormida. Oyó él su respiración acompasada, y aun cierto ronquido.

Temblando se levantó, cauteloso, se vistió sin hacer ruido y con los zapatos en la mano se dispuso a escapar.

Pero antes fue a donde estaba la maceta, levantó la planta y tomó los billetes.

Luego salió del departamento, a toda prisa bajó las escaleras y corriendo llegó a la calle.

Tomó un taxi y fue a la casa de asistencias donde vivía.

En su cuarto, latiéndole de prisa el corazón, contó su dinero.

La mensualidad que le enviaban sus papás era de 300 pesos.

En el bar había pagado -lo recordaba bien- 55. Debía traer entonces 245 pesos.

(Los problemas de matemáticas, lo dije ya, son muy sencillos).

Pero lo que traía no eran 245 pesos: eran 2 mil 70.

No sólo había recuperado su dinero: había tomado también el botín de otros saqueos hechos por la amable dama, que escondía en la maceta el fruto de sus latrocinios.

Ahora bien: ¿debió el muchacho devolverle a la mujer ese dinero? A mí no me pregunten.

Ya dije que me resulta muy difícil la cuestión del bien y el mal.
Mejor pónganme un problema de cálculo integral, diferencial o infinitesimal, a escoger.

Eso es más facilito...
FIN.
06 Octubre 2014 04:10:54
Habilidad política
Libidiano Pitonier, hombre dado a lúbricas voluptuosidades, se estaba refocilando en el lecho del pecado con la esposa de su mejor amigo.

Arrebatada por la pasión ignívoma ella le pidió vehementemente: “¡Bésame, papacito! ¡Bésame!”.

“No haré tal cosa -respondió muy digno el follador-.

Ya de por sí me siento bastante mal haciendo esto”... El niñito le dijo a su mamá: “Creo que mi papi se va a comprar un cochecito de juguete”.

Preguntó la señora: “¿Por qué supones eso?”.

Explicó el pequeño: “Vi su cartera, y en ella trae ya la llantita de refacción”... Declaró una damisela: “Tengo los ojos bien abiertos: Solamente hago el sexo con los hombres que valen la pena”.

Alguien le preguntó: “Y ¿qué haces con los que no valen la pena?”.

Respondió ella: “Lo hago también, pero cerrando los ojos”... Decía don Martiriano hablando de doña Jodoncia, su mujer:

“Sé que a veces siente ganas de iniciar el día con una sonrisa, pero siempre se sobrepone a ese impulso”... Don Frustracio les contó a sus amigos: “Cada tres meses mi esposa accede a realizar el acto del amor.

Por desgracia la fecha coincide siempre con el dolor de cabeza que le da cada tres meses”... Obra de Dios y de María Santísima fue que los estudiantes politécnicos no le hicieran al secretario Osorio Chong una proposición indecorosa, pues igual habría tenido que obsequiarla.

Los jóvenes mostraron una habilidad política mayor que la del Gobierno.

Hicieron coincidir su movimiento con las vísperas del 2 de octubre, lo cual puso a los funcionarios contra la pared, y se portaron en tal modo ordenado y pacífico que se ganaron la simpatía y el apoyo de la gente.

Llegaron vencedores, pues, a Bucareli, y al titular de Gobernación no le quedó más que mostrarse habilísimo negociador diciendo que sí a todo, allanándose de plano a la totalidad de las demandas de los estudiantes.

Abrió ya la compuerta. Lo demás vendrá en cascada hasta culminar seguramente -vaticinio no muy arriesgado- con una autonomía por la cual el Politécnico quedará libre por completo de la injerencia gubernamental, con la capacidad de nombrar sus autoridades y definir su propio rumbo.

La hasta ahora morigerada institución, tan institucional, empezará a sufrir entonces los males por los cuales ha pasado ya la UNAM, y sabrá de paros y de huelgas un semestre sí y otro también.

A nadie se podrá culpar de eso.

Cosas son del tiempo y de las circunstancias.

Los politécnicos reclamarán todo lo que los universitarios tienen en materia de libre determinación, y no será posible ya frenar esas demandas, por lo demás legítimas. Yo celebro esto como una conquista más de los ciudadanos frente al Gobierno.

Y vaya que muchos de quienes la consiguieron ni siquiera son ciudadanos todavía... Un hombre rico y de alta sociedad llegó a las puertas del Cielo.

San Pedro revisó su expediente y le dijo enseguida: “Puedes pasar”.

Contestó el hombre al tiempo que se disponía a retirarse: “No me interesa”.

“¿Por qué?” -se sorprendió el apóstol. Replicó el individuo: “No me inspira confianza un lugar al que se puede entrar sin haber hecho reservación”... Otro sujeto, en cambio, fue a dar al infierno.

Al trasponer las puertas del sitio de la condenación se asombró al verlo lleno de hermosísimas mujeres y de barricas de vino y de cerveza. “¡Fantástico! -exclamó lleno de entusiasmo-.

Si así es este lugar ¿por qué entonces le llaman infierno?”.

Explicó un diablo: “Porque las barricas tienen un hoyo abajo, y las mujeres no”... Usurino Cenaoscuras, hombre avaro y cicatero, se molestó al ver que su hijo mayor salía de la casa llevando una linterna de mano.

“Te acabarás la batería -le reclamó-.

¿A dónde vas?”. Respondió el mozalbete: “A cortejar a las muchachas”.

Manifestó con acrimonia el cutre: “Yo jamás llevé lámpara al ir a cortejar a las muchachas”.

“Lo sé -contestó el hijo-. Y mira lo que te agarraste”... La esposa de Capronio leía el periódico.

Le dijo a su marido muy molesta: “¡Qué barbaridad! Aquí viene el anuncia de un sujeto que ofrece a su mujer por una noche a cambio de un abono para la temporada de futbol”.

“Es un imbécil” -comentó Capronio.

“¿Verdad que sí?” -dijo ella. “Sí -confirmó Capronio-.

La temporada ya va muy adelantada”... FIN.
05 Octubre 2014 04:10:21
Superproducción
Afrodisio Pitongo, galán concupiscente, le contó a un amigo: “Ayer estuve con una chica en su departamento.

Ha sido la mejor noche de amor de mi vida”.

El otro preguntó con interés: “¿Era muy buena en la cama la muchacha?”.

“¿Que si era buena? -respondió el tal Pitongo-.

Te diré.

Cuando le estaba haciendo el amor llegó su perro, me mordió una nalga y me arrancó un pedazo.

¡Y no me di cuenta sino hasta que llegué a mi casa!”.

Babalucas le contó a un amigo: “Mi hermana va a tener bebé”.

Preguntó el otro: “¿Será niño o niña?”. Contestó el badulaque: “Aún no se sabe.

Y por lo tanto todavía ignoro si seré tío o tía”.

Recordaba una muchacha: “Me enamoré de él a primera vista.

Fue la segunda vista lo que lo echó todo a perder”.

He aquí un chiste que las personas sensibles no deberían leer.

Una mujer se quiso suicidar.

Consiguió una pistola y le preguntó a un médico dónde estaba el corazón.

El facultativo le indicó: “A la altura del seno izquierdo”.

Al día siguiente la presunta suicida fue llevada al hospital con una herida de bala en el tobillo.

La señora le dijo a su esposo: “En la puerta está un abogado que quiere hablar contigo”.

Le pidió el hombre: “Hazlo pasar y ofrécele una silla”.

Responde ella: “Ya se la ofrecí, pero dice que va a llevarse también el comedor, la sala, la estufa y el refrigerador”.

La mamá de Pepito lo estaba regañando fuertemente.

“No me grites -se enojó el chiquillo-.

No soy mi papá”.

La suegra de Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, hizo un viaje a Europa, y allá se le ocurrió pasar a mejor vida.

Un empresario de pompas fúnebres llamó por teléfono al yerno y le preguntó si quería que cremara a la señora, que la embalsamara o que le diera sepultura.

Le pidió ansiosamente el tal Capronio: “¡Las tres cosas! ¡No quiero correr riesgos!”.

La paciente le contó al analista: “Doctor: tengo la idea de que soy muy fea”.

Le dijo el psiquiatra: “Son imaginaciones suyas.

Pero en fin, acuéstese en el diván y cuénteme su problema.

Volteadita hacia la pared, por favor”.

En el bar los maduros señores hablaban de sus devaneos amorosos. Dijo uno: “A diferencia de ustedes yo he estado enamorado de la misma mujer durante 30 años”.

Todos lo felicitaron. “Gracias -respondió el tipo-.

Pero si mi esposa se entera seguramente me matará”.

El juez le dijo con severidad al acusado: “Leí su expediente, joven.

Intento de robo, intento de violación, intento de homicidio. Puros intentos.

Nunca ha logrado usted consumar nada. Es un fracasado”. Después de un año de ausencia el joven soldado regresó a su casa.

Su mujercita lo recibió feliz. Le dijo: “¡Te tengo una buena noticia, Martino! ¡Ya no soy frígida!”... Doña Panoplia de Altopedo, dama de sociedad, visitó una prisión como parte de sus obras de caridad.

Le preguntó a uno de los reclusos: “¿Cuánto tiempo deberá estar aquí, buen hombre?”.

Respondió con infinita tristeza el infeliz: “Fui sentenciado a 30 años de prisión, señora, y apenas llevo uno”.

“Vamos, vamos -lo consoló doña Panoplia-.

No se ponga triste. Mire: son las 6 de la tarde; ya casi se pasó otro día”... El famoso director de cine se asombró cuando en su estudio se le apareció un ángel.

El alado visitante le dijo al cineasta: “Traigo el encargo de llevarte al Cielo.

Aunque todavía no es tu tiempo se va a filmar allá una película, y has sido escogido para dirigirla.

Cuando termine el rodaje te traeré de vuelta”.

Preguntó el director: “¿Qué clase de película será ésa?”.

“Se trata de una superproducción -respondió el ángel-.

El guión lo escribirán Shakespeare y Cervantes.

La música será de Mozart, y Miguel Ángel diseñará los escenarios.

El productor será San Pedro.

Sir Laurence Olivier será el principal actor, y la estrella femenina será Juanita Patané”.

“¿Juanita Patané?” -se desconcertó el famoso director de cine-.

No la recuerdo”. “Bueno -se turbó un poco el ángel-.

San Pedro tiene esta amiguita, y tú ya sabes cómo son esas cosas”.

El adolescente le contó a su mamá: “En la escuela un compañero me llamó mariquita”.

Preguntó la señora: “Y tú ¿qué hiciste?”.

Responde el muchacho: “Le pegué con mi bolso”.

El odontólogo estaba en su consultorio haciéndole el amor a su linda asistente cuando sonó el teléfono. La que llamaba era la esposa del facultativo.

Le dice éste: “En seguida iré a casa, mi vida.

Nada más termino de llenar una cavidad y
me voy”.

FIN.
04 Octubre 2014 04:10:09
El ébola, ¿una amenaza?
Aquella chica adolescente resultó un poquitito embarazada.

Les explicó, llorosa, a sus papás: “La noche en que me embaracé mi novio y yo íbamos a ir al cine, pero la película era sólo para adultos, y entonces tuvimos que irnos a un motel”.

Un viajero miró a un niño sentado a la puerta de una choza miserable.

El pequeño se veía sucio y descuidado.

Se detuvo el viajero y le preguntó: “¿”Está tu mamá?”.

Respondió el chamaquito: “No tengo mamá”. “¿Y tu papá?” -inquirió el viajero.

Contestó el chiquillo: “Tampoco tengo papá”.

Dijo el visitante: “Me apena saber que tu padre y tu madre murieron”.

“No dije que murieron -aclaró el niño. Jamás tuve papá ni mamá”.

Replicó el hombre: “Eso no es posible”. “Sí es posible -lo contradijo el niño-.

Vino un tipo de la ciudad y le jugó una mala pasada a una tía mía”.

Meditaba un individuo: “Los sacerdotes católicos no se casan. ¿Cómo pueden entonces hablar del infierno con autoridad?”.

El escritor asistió a un funeral.

En el acto del sepelio el agente de pompas fúnebres preguntó a los circunstantes si alguno quería hacer el elogio fúnebre del desaparecido.

Ninguno se ofreció a hacerlo.

Al ver eso se adelantó el escritor y dijo: “Si nadie quiere hablar del muerto permítanme entonces decir algunas palabras acerca de mi más reciente libro”.

El jefe caníbal y su hijo iban por la selva.

De pronto vieron a una bellísima mujer que se estaba bañando en las cristalinas aguas de un riachuelo.

Su cuerpo, de perfectas formas, ebúrneo, alabastrino, evocaba a las huríes y odaliscas de los jardines del Profeta.

Sus senos, semejantes a anáglifos helénicos, invitaban a beber en ellos el dulce néctar del amor.

Su cintura era cimbreante como palmera de un oasis; tenía grupa de potra arábiga, redondeada y firme; sus muslos prometían ocultos paraísos, y sus torneadas piernas.

(Nota de la redacción: Con pena y todo nos vemos obligados a interrumpir la prolija descripción que nuestro amable colaborador hace del cuerpo de la joven exploradora blanca.

Desgraciadamente el espacio de que disponemos no es mucho, y además nuestro editor en jefe está experimentando una conmoción que nos preocupa.

En antiguos ejemplares de la revista Vea podrá el lector hallar descripciones como ésta).

El hijo del jefe caníbal vio a la hermosa mujer, y se dispuso a dispararle con su arco.

Su padre lo detuvo: “No dispares”.

“¿Por qué? -preguntó molesto el hijo-.

Tengo hambre”.

Replicó el jefe: “Ésta la quiero para que viva conmigo.

La llevaremos a la aldea y nos comeremos a tu madre”.

Cuando surgió la influenza el gobierno de Estados Unidos les prohibió a sus ciudadanos venir a México, aunque allá había más enfermos de ese mal que acá.

Ahora que el ébola se ha presentado en los Estados Unidos ¿nos prohibirá nuestro gobierno viajar a ese país? Otra pregunta: ¿Cuál es la capital de Dakota del Sur? Y otra aseveración: Ante la amenaza del ébola lo único que podemos hacer los mexicanos es persignarnos.

Decía Libidiano Pitonier: “Amo a mi prójimo, pero para practicar empiezo primero amando a su mujer”.

Los escoceses tienen fama de ser excesivamente ahorrativos.

Dos de ellos se encontraron en la estación del tren.

Le preguntó uno al otro: “¿A dónde vas?”.

“A Glasgow -respondió el otro-, a pasar mi luna de miel”.

El primero volvió la vista a todos lados.

“¿Dónde está tu esposa?”. Respondió el escocés: “Ella ya ha estado en Glasgow”.

Los líderes sindicales estaban conversando.

Dijo uno: “Deberíamos hacer una manifestación en contra de los empresarios”.

“Tienes razón -contestó el otro-. Hay que protestar contra los capitalistas que explotan a los trabajadores y se aprovechan de ellos”.

Propuso el primero: “Vayamos a mi oficina a organizar la marcha”.

“Está bien -aceptó el otro líder-.

Pero tendremos que ir en tu Ferrari, porque mi Porsche se lo llevó mi mujer -su Jaguar está en mantenimiento-, y el Lamborghini lo trae mi hijo”.

Himenia Camafría, madura señorita soltera, iba por un oscuro callejón cuando le salió al paso un joven y guapo delincuente.

Esgrimiendo una navaja le dijo a la señorita Himenia: “Deme su dinero”.

“Ah -suspiró ella entregándole su monedero-.

Eres igual que todos los hombres: En lo único que piensan es en el dinero”.

Un sujeto le dijo a otro: “Eres tan bruto que estoy seguro de que ni siquiera sabes hacer bien el amor”.

“¡Ah! -exclamó irritado el otro-.

¡Ya te vino con el chisme tu mujer!”.

FIN.
03 Octubre 2014 04:10:36
Ira de Dios
La dueña del único prostíbulo que había en el pueblo hizo una importante contribución en dinero para la reconstrucción del templo parroquial. En la junta del comité de obras el buen padre Arsilio dudaba si aceptar o no ese donativo.

De entre los feligreses surgió una voz: “Acéptelo, padrecito. A fin de cuentas es dinero aportado por todos nosotros”. En una pequeña comunidad había una iglesia católica, un templo protestante y una sinagoga judía. Un visitante fue al servicio dominical en el templo protestante y lo vio poco concurrido. Al final le comentó al pastor: “Poca gente viene a la iglesia ¿verdad?”. “Sí -suspiró el reverendo-. Pero gracias a Dios el templo católico y la sinagoga están igual”. Un judío le dijo a un cristiano: “Nosotros les dimos a ustedes los diez mandamientos”. “Es cierto -admitió el cristiano-. Pero no nos podrán acusar de haberlos guardado”. Un individuo ponderó: “Para un judío comer carne de puerco es lo mismo que para un cristiano cometer adulterio. Yo he probado las dos cosas, y francamente no veo la comparación”. Me inspiran recelo, y aún temor, los que dicen tener comunicación personal con Dios, o que hablan en su nombre. Además de una inaudita soberbia evidencian una supina necedad. Citaré un caso.

En Coahuila se aprobó una iniciativa de ley que permite los llamados matrimonios gay. Con tal motivo en mi ciudad, Saltillo, se llevó a cabo una manifestación formada por personas de diversas denominaciones evangélicas que de esa manera mostraron su oposición a las uniones civiles entre homosexuales. Uno de los ministros o pastores que promovieron la protesta dio a conocer un mensaje que transcribo en parte tal como está redactado: “Hace un año, un de los principales ‘promotores’ y el que estructuró la propuesta de matrimonio homosexual, colaborador del Jurídico de Gobierno, murió inesperadamente de un infarto fulminante. El pasado 5 de septiembre presenté al Gobernador y al secretario de Gobierno, una carta que Dios me habló, de advertencia para él, sus familias y las de sus colaboradores y legisladores, del riesgo que estaban corriendo de que la ira de Dios se levantara en sus contras, si seguían decretando leyes abominables ante los ojos de Dios. La respuesta que dieron fue promulgar de inmediato (ayer 12sep14) dicha ley, para promulgar de inmediato el matrimonio homosexual. La biblia enseña que la paga del pecado es muerte. Que Dios tenga misericordia de ellos, pero fueron advertidos. Esto fue parte de la carta que Dios me dijo les advirtiera: ‘Son altaneros, orgullosos, farsantes, hábiles para lo malo. Son insensatos, desleales, sin amor, despiadados.

Conocen las sentencias de Dios y saben que son dignos de muerte quienes obran de esa forma. Romanos 1, 30,31. No se sorprendan que en los siguientes días, la ira de Dios y su paga se hagan presentes en las vidas de los malvados. Yo sólo cumplí con la encomienda, ya ellos tomaron sus decisiones”. Ese ominoso mensaje llamó mi atención por su tono amenazante y por su absoluta falta de espíritu cristiano. El amor que predicó Jesús no está presente en él. Muestra a un Dios cruel y vengativo que mata a sus hijos si se apartan de sus dictados. Yo no creo en un Dios así. Creo en el que dijo: “Misericordia quiero, y no sacrificio”.

(Mateo 9,13). Creo en un Dios cuyo amor abarca a todas las criaturas, pues a todas las hizo Él con sus características y peculiaridades propias. Es difícil concebir que en nuestro tiempo alguien pueda emitir un mensaje como el que arriba transcribí, y menos si se trata de un ministro religioso. La intolerancia es siempre resultado de la falta de saber, pero más aún es fruto de la falta de amor. Y el primer deber de un cristiano es el amor, ese amor que predicó Jesús y que conduce a la comprensión, al perdón y a la fraternidad con todos, no a las amenazas, a la discriminación y a la inquina contra aquellos que no son o no piensan como yo. Desde mi indignidad de pecador me atrevo a decir que si queremos que el amor de Cristo viva en nosotros debemos unirnos todos por encima de nuestras diferencias, y ayudarnos unos a otros a conseguir nuestra plenitud de hijos de Dios -en términos humanos nuestro bien, nuestra felicidad-, y a hacer posibles el bien y la felicidad de los demás. En eso, creo, consiste el ser cristianos. En eso, creo, consiste el ser humanos. En eso creo. FIN.
MIRADOR.
02 Octubre 2014 04:10:34
Inquietud
Babalucas llegó a su casa en horas en que no se le esperaba.

Fue a la alcoba, y en el revuelto lecho conyugal vio a su señora cubierta sólo por unas gotas de Chanel número 5 y en evidente estado de nerviosidad.

Aindamáis escuchó ruidos extraños en el clóset.

Preguntó: “¿Hay alguien ahí?”.

Le respondió desde adentro una voz: “No”.

Y dijo Babalucas, pensativo: “Qué raro.

Juraría haber oído ruidos en el clóset”. (El marido que descubre que su mujer lo engaña no debe comunicar su pena a sus amigos.

No sólo se reirán de él a sus espaldas, sino que alguno podrá aprovechar la información en su propio beneficio).

Doña Jodoncia se enfureció contra don Martiriano, su esposo, porque estaba viendo en la tele un concurso de belleza.

Hecha una anfisbena empezó a perseguirlo esgrimiendo un enorme rodillo de cocina.

El infeliz salió corriendo de la casa para salvarse de las iras de su tremenda consorte, pero ella continuó la persecución en la calle. Sucedió que cerca de ahí se había instalado un circo.

El lacerado vio una jaula en la cual estaban un león, un tigre, una pantera, un leopardo, un puma y un jaguar.

Don Martiriano prefirió correr el riesgo de estar en tan dura compañía que el peligro de hacer frente a la ignívoma cólera de su mujer, y apresuradamente se metió en la jaula de las fieras.

Llegó doña Jodoncia y le gritó indignada: “¡Sal de ahí, cobarde!”.

Una mujer asesinó a su esposo mientras estaba dormido.

Lo acribilló con flechas que disparó con su arco.

Le preguntó el juez: “¿Por qué no usó usted una pistola?”.

Respondió ella: “Me daba pena despertarlo”.

Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de Gobernación, dialogó en la calle con los estudiantes del Politécnico.

Eso hizo que los medios de comunicación lo revistieran de piropos de la cabeza a los pies.

Se señaló su valentía para enfrentar a la beligerante muchachada, la habilidad con que atendió a los manifestantes, el modo airoso en que salió del apurado trance.

Lejos de mí la temeraria idea de disonar de ese unánime concierto, si no de laúdes sí de laudes.

Sin embargo no está por demás hacer notar, aunque sea en forma tímida, que el señor secretario salió a la vía pública porque así lo exigían los estudiantes -además en vísperas del 2 de octubre-, y no era cosa de repetir pasados autoritarismos.

Me atrevo a vaticinar por eso que en la misma manera, y por la misma causa, serán obsequiadas las otras demandas de los jóvenes, aunque eso signifique pasar por encima de decisiones de los órganos internos de dirección del Politécnico.

En circunstancias como ésta la autonomía de las instituciones públicas de educación superior es letra muerta.

Tales instituciones dependen del Estado para su funcionamiento, y ya se sabe que el que te mantiene te detiene.

Sin dejar de reconocer el valor personal de Osorio Chong, y su incuestionable habilidad política, habrá que mostrar inquietud ante ese Estado omnímodo, todopoderoso -el Estado papá, padre, padrastro, padrino, padrote-, que en todo está presente y en todo se inmiscuye.

(Pido perdón a mis cuatro lectores por haber usado esa palabra tan fea: “Inmiscuye”).

La esposa del señor que estaba en el hospital le preguntó a la enfermera: “Dígame sinceramente, señorita: Mi marido ¿tiene alguna oportunidad?”.

“Ninguna -respondió en forma tajante la muchacha-.

No es mi tipo”... Un hombre y su mujer se vieron en el último extremo de la necesidad.

El banco les iba a embargar su vivienda.

Le dijo él a su esposa: “El único recurso que nos queda para salvar nuestro departamento es que ofrezcas tu cuerpo por dinero a quienes viven en el edificio”.

“¿Cómo puedes proponerme eso? -clamó ella indignada-. ¡Soy una mujer casta y honesta! ¡Antes perdería la vida que el honor!”.

“Si no haces lo que te digo -replicó el sujeto- nos veremos en la calle”.

La esposa se resignó a la pérdida de su virtud, y fue puerta por puerta ofreciéndose a los hombres.

No era de mal ver la señora, como lo prueba el hecho de que tras recorrer cinco pisos del edificio había reunido ya la cantidad necesaria para pagar la hipoteca del departamento.

Su marido le dijo: “Mañana iremos al banco, y ya no tendrás que realizar esa degradante ocupación”.

“¡Ah no! -protestó ella-.

¡Todavía me faltan otros cinco pisos!”.

FIN.
01 Octubre 2014 04:10:08
El don precioso de la risa
Cuarto de hotel.

Noche de bodas.

La flamante desposada salió del baño duchada, maquillada y vestida para la ocasión. Grande fue su sorpresa al ver a su maridito en la cama, sin ropas ya, entregado concienzudamente a cierta actividad manual.

Antes de que ella, estupefacta, pudiera articular palabra, el recién casado se adelantó a explicar su insólita conducta: “Como tardabas en salir tuve que empezar yo solo”... La novia de Babalucas le dijo: “Estoy viendo a otro hombre”.

Respondió el badulaque: “Necesitas lentes.

Soy yo”... La acusada era joven y hermosa, de enhiesto tetamen, abundoso tafanario y bien torneadas piernas.

El jurado lo formaban solamente hombres. El juez le preguntó a la indiciada: “¿Tiene usted algo qué decir a los señores del jurado?”.

“No tengo nada qué decirles -respondió ella- pero si me absuelven tendré muchas cosas qué hacerles”... Doña Holofernes, la esposa de don Poseidón, recibió en su casa a las socias del club de costura.

Estaba sirviéndoles la merienda cuando se apareció de pronto el rudo granjero y les dijo a las invitadas: “Señoras: Si alguna de ustedes quiere orinar o defecar, el baño está al fondo a la derecha”.

Todas se quedaron frías (algunas ya de por sí lo eran). “Caramba -se dirigió una a doña Holofernes-.

Tu marido no debería decir eso en presencia de damas”.

“¡Anda! -replicó ella-.

¡Y no sabes lo que batallé para conseguir que dijera ‘orinar’ y ‘defecar’!”... Decía don Frustracio: “Yo podría tener una vida sexual normal, pero mi esposa me lo impide”.

La señora, consternada, le reprochó a la linda criadita: “¿Cómo que te vas, Famulina? ¡Siempre te he tratado como si fueras mi hermana!”.

“Es cierto -reconoció la mucama -.

Pero el señor me trata como si fuera usted su cuñada”... Hay cosas mejores que el sexo.

Hay cosas peores que el sexo. Pero no hay nada como el sexo... “Por 1935 contraje en el Brasil una tremebunda urticaria.

El padecimiento fue a dar a donde menos debía, o para decirlo con el romance viejo del rey Don Rodrigo, el que perdió a España por su desordenado amor a la Cava, yo también hubiera podido exclamar: ‘Ya me comen, ya me comen / por do más pecado había’.

El miembro se me hinchó y creció como una trompa de elefante, y el picor, ardiente e insoportable, me causaba durante las noches un verdadero frenesí.

Puse tristemente mi aparato en manos del facultativo.

‘Doctor -le dije-, quítele la comezón y déjele la dimensión”... ¿Por qué puse entre comillas ese relato picaresco? Porque no es mío.

Es de un escritor que lo fechó el séptimo día del séptimo mes de 1957.

Lo encontré en un raro libro llamado “Mitología del año que acaba.

Memoria, fábula, ficción”, perteneciente a la Colección Popular de la Ciudad de México, serie editada por el entonces Departamento del Distrito Federal.

El contenido de la obra, aparecida en 1990, fue seleccionado por Adolfo Castañón, quien hizo también el prólogo del libro.

Ahora bien: ¿quién escribió aquella picosa narración? Su autor es nada menos que don Alfonso Reyes.

No estamos aquí ante el caso que se explica con el sabido aforismo horaciano: “Quandoque bonus dormitat Homerus”, “También el buen Homero dormita algunas veces”, frase que se usa para justificar los errores o debilidades en que caen los grandes.

El cuento del ilustrísimo regiomontano, junto a otros de la misma laya, aún más sicalípticos, que escribió él mismo, ilustra la veta de humor pícaro que tenemos los mexicanos, y que constituye uno de nuestros mayores talentos, uno de nuestros goces más sabrosos.

En efecto, sabemos reír.

Los solemnes y pedantes, esos que creen que ser sabio consiste en ponerse más serios que un puerco meando, pretenden descalificar la risa, y tildan al humor de frívolo y ligero. Y sin embargo no hay nada más inteligente que el humor, esa actitud profundamente humana que no consiste en evadir la realidad, sino en plantarle cara con elegancia y gallardía, y que es además una amable forma de comunicación -de comunión- con nuestro prójimo.

No dejemos que nada ni nadie nos arrebate la alegría, el gozo de vivir, de estar aquí y de ejercer jubilosamente, por encima de todos los sufrimientos y penalidades, ese don que entre todas las criaturas sólo el hombre posee: El don precioso de la risa.

FIN.
30 Septiembre 2014 04:10:46
Matrimonio desigual
Era un matrimonio desigual, es cierto, pero en alguna forma todos los matrimonios son desiguales.

Si no quieres que tu matrimonio sea desigual cásate contigo mismo.

Éste, sin embargo, era más desigual que otros, pues él tenía 70 años y ella 20.

Medio siglo es bastante diferencia.

A él le habían pasado muchas cosas, y a ella casi ninguna.

Lo que él sabía lo sabía por ser viejo; lo que ella sabía lo sabía por ser mujer.

Don Antonio -así se llamaba- era hombre de posibles. La única tienda de abarrotes del pueblo era suya.

Viudo de mucho tiempo, sin hijos ni querida, de modesto pasar, falto de vicios, había hecho caudal.

Tenía su casa, y se decía que en ella -no en el banco, pues era desconfiado- guardaba muy buenos dineros.

De alguna manera todos los dineros son buenos -si los sabes manejar, claro-, pero los suyos eran mejores, pues de ellos no tenía que dar cuenta a nadie.

Mejor que el dinero, sin embargo, es la salud, y él la estaba perdiendo. Un achaque le resultaba hoy, otro mañana.

Esos ajes le sorprendían mucho. ¿Por qué el dolor continuo en las espaldas? ¿Por qué esa tos? Entonces sintió un temor que nunca había sentido: El miedo a estar solo.

¿Qué tal si le pasaba algo en medio de la noche? ¿Quién le daría auxilio? ¿Iba a morirse solo, con una rata en la boca, como había oído decir que mueren los avaros? Necesitaba alguien que lo cuidara en sus últimos años.

Decidió entonces buscarse una mujer.

Y pronto la encontró. En las afueras del pueblo vivía una muchacha huérfana, sin parentela, de buena fama y hacendosa. Buscó a la joven, y con escueta parquedad de comerciante le propuso que se casara con él.

Estaba viejo y enfermo, le dijo; seguramente no tardaría mucho en irse “al otro barrio”.

Así ella quedaría dueña de todos sus bienes: La casa, la tienda, el dinero que había ahorrado a lo largo de su vida y el que en adelante se allegara; todo.

No era mucho sacrificar cinco o seis años de su vida, quizá menos, a cambio de aquella regular fortuna.

Después de su muerte ella podría hacer lo que quisiera, al cabo él ya no iba a estar presente para verlo.

Además, le dijo, ni siquiera la iba a molestar en la noche.

Ya estaba más allá de lo de acá.

No sufriría ella, por lo tanto, ni ascos primero ni bascas después.

Saldría del matrimonio tan entera como entró, y podría luego ofrecer a otro hombre la flor que él, por su edad, no podía ya cortar.

Precisó: “Me caso contigo para que me cuides”.

Ella le pidió unos días de plazo para pensar su ofrecimiento. Consultó el caso con las vecinas y con el cura párroco.

Aquéllas y éste le aconsejaron que aceptara la proposición. Don Antonio no se veía muy bien.

“Bien pronto lo despacharás -le dijo con gran sentido práctico una de sus amigas-, y quedarás joven, rica y señorita.

Podrás escoger luego el partido que quieras”.

Se casó, pues, con el abarrotero.

En los primeros meses todo fue a pedir de boca, como antes se decía.

Él tenía para ella finas atenciones y, tal como había prometido, nunca la molestaba con “aquello”.

Una noche, sin embargo, la molestó.

A consecuencia de la molestia, que ella no pudo evitar, pues era esposa del molestador, y además también sintió ganitas, quedó en estado de buena esperanza.

Es asombroso lo que una mujer de 20 años puede provocar en un hombre de 70. Y de 80 también, a lo mejor.

A esa inicial molestia siguieron luego otras, y otras, y otras, hasta que la pareja completó seis hijos.

Con eso el señor agarró -también así se decía antes- su segundo aire.

Y su tercero: Vivió hasta los 97.

Solía celebrar sus cumpleaños en la cantina, con una gran parranda que duraba días.

La primera vez que eso sucedió no fue a dormir a su casa dos noches seguidas.

Ella, preocupada, fue por él a la cantina.

Don Antonio se molestó bastante, pues sus amigos lo embromaron.

Le dijo a la muchacha que jamás volviera a hacer tal cosa.

Ella, que nunca pudo hablarle de tú, por aquello de la edad, le recordó: “Usted me dijo que se casó conmigo para que lo cuide”.

“Pa’ que me cuides, sí -replicó él con enojo, pero no pa’ que me andes cuidando”.

Tenía razón: Una cosa es el cuidado; otra muy diferente es la vigilancia.

A todos los hombres nos gusta que una mujer nos cuide, pero no que nos ande cuidando... FIN.
29 Septiembre 2014 04:10:17
Administración deseable
Don Sinople le comentó a un amigo: “Estoy orgulloso de mi prosapia y mi linaje.

Por mis venas corre (y sin cansarse nunca) sangre indígena, española, inglesa, africana, italiana, francesa y portuguesa”.

“¡Caramba! -se admiró el otro-.

¡Tu mamá debe haber viajado mucho!”... Babalucas se presentó en una editorial.

Llevaba consigo un voluminoso mamotreto.

Le dijo al encargado: “Hice un diccionario de la lengua española, y lo traigo para que me lo editen”.

Opuso el hombre: “Ya hay muchos diccionarios en el mercado”. Replicó Babalucas: “El mío es diferente a todos”.

Preguntó el editor: “¿Qué tiene de especial?”.

Contestó el pavitonto: “Las palabras no están en orden alfabético”... Doña Soreca, mujer dura de oído, iba manejando su automóvil en compañía de su esposo.

Los detuvo un oficial de Tránsito y le dijo a la señora: “Excedió usted el límite de velocidad”.

Doña Soreca se volvió hacia su marido: “¿Qué dice?”.

“Que vas muy aprisa”.

El agente le pidió a la mujer su licencia de conducir. “¿Qué dice?” -le preguntó doña Soreca a su esposo.

“Que le muestres tu licencia”.

El oficial revisó el documento y declaró: “Veo que es usted de Cuitlatzintli.

Hace 30 años estuve en ese feo pueblo y conocí a la mujer más vanidosa, más antipática, más desagradable y más fría para hacer el amor de todo el mundo”.

Doña Soreca se inquietó por aquel prolongado parlamento del agente. Asustada le preguntó a su marido: “¿Qué dice? ¿Qué dice?”.

Respondió él: “Dice que te conoce”... Un fantasma recorre la República: El fantasma del antiguo presidencialismo priísta.

A la anterior ineptitud panista ha sucedido una eficacia incontrastable por la cual todas las iniciativas presidenciales han salido adelante prácticamente sin estorbo.

Algunos dirán que después de 12 años de ineficiencia se requería un gobierno de mano firme promotor de los cambios que el país necesita para salir de la inmovilidad.

Estoy de acuerdo.

Fui, si no el primero, sí por lo menos el decimoctavo en señalar la habilidad de Peña Nieto para llevar a cabo esas reformas, impostergables ya.

Me preocupa, sin embargo, la debilidad que ha mostrado la Oposición ante las actuaciones gobiernistas.

Un ejemplo: Las protestas por la reforma energética se han diluido en agua de borrajas.

Si alguna se emprende en el futuro sonará hueca ya, y sin sentido.

Una administración eficaz es muy deseable, sobre todo en un país donde la estéril politiquería campa por sus fueros, pero es necesaria siempre una Oposición crítica y alerta de cara a los manejos oficiales.

Hoy por hoy las derechas se miran aleladas, incapaces de reaccionar, y las izquierdas actúan con obsecuencia extraña.

En cualquier país una conformidad así es muy peligrosa.

El mismo riesgo hay en decir “Sí” a todo que en decir a todo “No”.

Por eso yo mejor digo siempre que quién sabe... Una vedette le presumió a otra: “He estado en los mejores hoteles”.

“Sí -concedió la otra-.

Una hora en cada uno”... Don Fidelio, el marido de doña Gorgolota, le dijo al Padre Arsilio: “En 30 años de matrimonio jamás he engañado a mi mujer”.

“Lo felicito -respondió el buen sacerdote-.

Le tiene usted respeto a su esposa”.

“No -aclaró con franqueza don Fidelio-.

Más bien le tengo miedo”... Era la hora del café.

Don Algón, jefe de la oficina, fue al cuarto del archivo a buscar cierto documento, y encontró ahí a su linda secretaria Rosibel en ocasión copulativa con uno de sus compañeros.

Tratándose de los demás don Algón profesa una moralidad estricta, de modo que interrogó severamente a los conglutinados: “¿Pueden ustedes explicarme lo que están haciendo?”.

“Sí, jefe -replicó Rosibel sin alterar el ritmo del movimiento que en ese instante la ocupaba-.

A ninguno de los dos nos gusta el café”. (La respuesta es un sofisma.

Podían tomar té -los hay de muchas variedades-, chocolate o, en última instancia, atole de maicena, que ahora viene en sabores de nuez, coco, vainilla y otros igualmente deliciosos.

Es grande, sin embargo, la capacidad que tenemos los humanos para racionalizar nuestras acciones cuando éstas se apartan de las normas morales o jurídicas.

El mal necesita explicación. El bien no la requiere nunca. Y ahora permítanme un momento.

Voy a anotar esta última frase -es de mi inspiración- para volver a usarla en caso necesario)...
FIN.
28 Septiembre 2014 04:08:56
Cataratas
Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, llegó a una farmacia y le dijo al encargado: “Hoy en la noche recibiré en mi departamento la visita de dos hermosas féminas.

Ambas son lúbricas, ardientes, lascivas, voluptuosas, sensuales y diestras en toda suerte de artes de erotismo.

Necesito algo que fortalezca mi libido y dé vigor a mis arrestos de varón, pues hemos acordado llevar a cabo lo que en francés se llama un ménage à trois y en inglés un threesome, y debo estar a la altura de las circunstancias.

Con eso del ménage à trois mis amigas y yo no estamos descubriendo el agua tibia.

Personajes famosos han realizado dicha práctica, entre ellos el poeta Ezra Pound con su esposa Dorothy y su amante Olga, así como el pintor Max Ernst y el literato Paul Éluard con la mujer de éste, Gala, que luego sería pareja de Dalí.

Al hacer esta referencia no pretendo justificar mi acción, sino meramente recordar la enseñanza del Eclesiastés: ‘Nihil sub sole novum’.

No hay nada nuevo bajo el sol”.

Respondió el farmacéutico: “El mejor roborativo de la libídine que existe son las miríficas aguas de Saltillo.

Quien bebe un centilitro de esas linfas taumatúrgicas puede dar buena cuenta en una noche de 10 huríes, ninfas, náyades, sílfides, musas u odaliscas, y repetir la hazaña airosamente a temprana hora del siguiente día.

Pero esas aguas prodigiosas las reservo para mí, pues me veo ya en la edad que lamentó el poeta cuando dijo: ‘¿Por qué, Amor, cuando expiro desarmado de mí te burlas?’.

No obstante eso figuran en mi vademécum ciertas pastillas azulinas que pueden surtir también un buen efecto. Tres horas antes de su cita con aquellas lujuriosas damas tómese una de las pastillas que le digo, y estoy cierto de que hará usted frente al compromiso con gallardía de brioso semental”.

Afrodisio adquirió las potenciadoras pastillas que el farmacéutico le aconsejaba.

Temeroso, sin embargo, de no poder librar cumplidamente el sensual combate con sus dos bellas enemigas, no se tomó solamente una pastilla, sino tres, para mayor efecto y certidumbre.

Pasó la noche, y al siguiente día Pitongo acudió de nueva cuenta a la farmacia, y le pidió al farmacéutico un linimento para aliviar los dolores musculares.

Le preguntó el hombre, curioso: “¿Le duele el cuerpo a consecuencia del threesome o ménage à trois que anoche llevó a cabo?”.

“No -respondió Afrodisio, mohíno-.

Las mujeres no se presentaron, y ahora me duele mucho el brazo”.

(No le entendí).

Un tipo le dijo a otro: “Mi tía Emerenciana pasó a mejor vida”. “¿Cómo es posible? -se consternó el otro-.

¿Qué le sucedió?”. “Cataratas”-respondió sombríamente el primero.

“Nadie muere de cataratas -se extrañó el amigo-.

¿La operaron?”.

“No -precisó el sobrino-.

La empujaron”.

La mamá de Pepito estaba próxima a dar a luz.

Le dijo a su pequeña hija: “Vas a tener otro hermanito”.

“Qué bueno - se alegró la niña-.

Pepito ya me tenía hasta la madre”.

Viene a continuación un chascarrillo de subido color que las personas de subida pudicicia no deberían leer.

Quienes sufran de tiquismiquis de conciencia o padezcan escrúpulos de moralina harán bien en suspender aquí mismo la lectura.

Recordemos el germánico aforismo: “Das Auge ist der Seele Spiegel”.

Equivale a: “Los ojos son el espejo del alma”.

Nadie empañe los suyos con la lectura del vitando cuento que ahora sigue.

Tres monjitas, sor Bette, sor Dina y sor Teo llegaron al mismo tiempo al Cielo.

San Pedro, custodio de las llaves del Reino, les dijo que sólo podrían entrar si cada una de ellas respondía con acierto a una pregunta.

Se dirigió a sor Bette: “¿Quién fue el primer hombre”.

“Ésa está muy fácil -sonrió la reverenda-.

Fue Adán”.

“Correcto” -aprobó San Pedro.

Y le abrió a sor Bette la puerta de la mansión celeste.

En seguida le preguntó a sor Dina: “¿Quién fue la primera mujer?”.

“Ésa también está muy fácil -declaró la sor sonriendo-.

Fue Eva”.

“Correcto” -aceptó el apóstol.

Y admitió a sor Dina en la morada de la eterna bienaventuranza.

Le tocó el turno a sor Teo.

San Pedro la interrogó: “Cuando Adán vio por primera vez a Eva desnuda en el Paraíso, ¿qué le dijo ella?”.

Al oír tal pregunta manifestó sor Bette, vacilante: “Ésa está muy dura”.

Y exclamó San Pedro: “¡Correcto!”.

FIN.

27 Septiembre 2014 04:10:01
‘México, nación pacifista’
Lord Feebledick era conservador.

Lo era porque tenía mucho que conservar: su apartamento en Londres, su casa campestre en Highrumpshire, su Bentley, su coto de caza, sus caballos y sus perros. Tan conservador era que había aprendido de memoria el poema If, de Rudyard Kipling, de inspiración imperialista.

En la reunión anual de la Brigada Quinta de Lanceros, de la cual fue capitán en Delhi, le sugería en voz baja al compañero que tenía al lado: “Pide que recite If”.

“If what?” -le preguntaba indefectiblemente el compañero.

En cambio lady Loosebloomers, su esposa, era liberal, y hasta algo socialista.

Leía a ese irlandés de ideas subversivas, mister Bernard Shaw, y cada mes daba dinero para el sostenimiento de un falansterio al estilo Fourier donde se practicaba el amor libre y se jugaba bridge.

A pesar de la oposición de sus ideas los esposos se llevaban bien, pues rara vez se veían.

Sólo tuvieron una discusión el día que ella declaró que la Reina Victoria había sido una tonta, pues cuando su apuesto consorte, el príncipe Alberto, le hacía el amor, ella cerraba los ojos, apretaba los puños y los dientes y se ponía a pensar en Inglaterra en vez de disfrutar la varonía de aquel hombre tan guapo.

“¡Qué desperdicio de pija!” -manifestó lady Loosebloomers desenfadadamente.

Eso encalabrinó a lord Feebledick, no por la idea expresada, sino por la expresión vulgar que usó su esposa para manifestarla.

Como buen conservador milord ponía las formas por encima de todo.

Se vestía para cenar y nunca faltaba a la iglesia.

La vez que sorprendió a su esposa refocilándose con el caballerango la reprendió severamente: “Peca, mujer, pero no te encanalles”.

Días después la encontró en brazos y todo lo demás de lord Grandprick, dineroso terrateniente que en Oxford había formado parte del equipo de regatas.

Entonces felicitó a su esposa. “Muy bien -le dijo-. Advierto que ya vas mejorando”.

La historieta me sirve de preámbulo, introito, prolegómeno, exordio, proemio o prefación para decir que no me convence mucho eso de los cascos azules.

No es que yo sea conservador, pero pienso que México ha sido siempre una nación pacifista.

No se nos da mucho eso de andar a las patadas con gente que ni conocemos.

Me temo que Obama le “sugirió” a Peña Nieto la conveniencia de que México se sumara a esa acción militarista, y nuestro presidente, a pesar del color de los cascos -azul panista- hubo de acceder, pues ya se sabe que una sugerencia de los Estados Unidos es un ucase para México.

¿Pedirá por lo menos Peña Nieto que el contingente mexicano lleve cascos rojos, color que identifica a los priístas?... Decía un individuo: “Mi mujer tiene doble personalidad, y a las dos las odio”.

El director del manicomio le anunció a su prometida que pasarían la luna de miel en el establecimiento.

“¿Por qué?” -se asombró la muchacha.

Explicó él: “Porque vamos a follar como locos”.

La señora, preocupada, le informó a su esposo que había hecho un penoso descubrimiento: Acnerito, su hijo adolescente, incurría en placeres solitarios.

Debía hablar con él inmediatamente.

Al punto fue el señor a la recámara del chico y le advirtió con voz severa: “Si sigues haciendo lo que tu mamá me dice que haces, te quedarás ciego”.

El muchacho le respondió agitando los brazos: “¡Acá estoy, papá!”.

Don Geronte, señor de edad madura, casó con Pomponona, frondosa mujer en flor de edad y dueña tanto de abundantes carnes como de fuertes impulsos de erotismo.

Cuando llegaron al hotel donde pasarían la noche nupcial don Geronte sufrió un síncope motivado quizá por la tensión que le causaba el compromiso que pronto iba a afrontar.

El administrador del hotel llamó a los paramédicos, y éstos acudieron prontamente en auxilio del postrado caballero.

Después de examinarlo uno de ellos le dijo a Pomponona: “El problema de su esposo no es grave, señora.

Necesita sólo unas palabras de estímulo que lo hagan ponerse en pie.

Dígale usted esas palabras de ánimo”.

Se acercó Pomponona a su caído cónyuge y le dijo con acento perentorio: “Levántate, Geronte, o tendré que consumar el matrimonio con uno de estos jóvenes y guapos paramédicos”.

FIN.
26 Septiembre 2014 04:10:00
Microeconomía
Doña Frigidia, ya se sabe, es la mujer más fría del planeta. En cierta ocasión fue al cine a ver la película “Los últimos días de Pompeya”, y su sola presencia en la sala cinematográfica hizo que se congelara la lava del Vesubio. Cierta noche su esposo, don Frustracio, le pidió la realización del acto que por disposición de las leyes humanas y divinas sirve para perpetuar la especie y sedar la natural concupiscencia de la carne. Ella, como de costumbre se negó.

Le dijo que tenía jaqueca. Don Frustracio le ofreció ponerle un par de chiqueadores, remedio casero casi olvidado ya consistente en dos pequeñas rodajas de papel o de hojas vegetales que, a veces untadas con sebo, se aplican en las sienes para quitar el dolor de cabeza. Ella manifestó que desconfiaba de la utilidad de ese recurso, y más cuando en verdad no tenía cefalalgia.

Reiteró el señor su pedimento. Le dijo a la señora que hacía mucho tiempo no accedía ella al trato connubial. “La última vez que lo hicimos -recordó- fue cuando Nolan Ryan, celebrado pitcher, lanzó su quinto juego sin hit ni carrera, y eso fue justamente un día como hoy, pero de 1981”. “¿Y ya quieres otra vez? -prorrumpió escandalizada doña Frigidia-. ¡Eres un erotómano, un maniático sexual!”. A don Frustracio le dio bastante sentimiento oírse llamar así, pues era hombre espiritual -leía a Amado Nervo y hacía crucigramas-, y tales adjetivos lo lastimaron mucho. Su esposa se apenó. Le dijo: “Está bien: Accedo a tu solicitud. Pero mientras tú lo haces yo me pintaré las uñas, porque mañana andaré muy ocupada. Procura entonces hacerlo evitando cualquier agitación”.

Feliz de poder disfrutar al fin los goces de himeneo don Frustracio no sólo realizó el acto en la conocida posición del misionero, sino también con reserva misional, tanto que la señora pudo llevar a cabo sin estorbos su tarea. Por primera vez en su vida de casados terminaron los dos al mismo tiempo, don Frustracio el acto natural, doña Frigidia su pintura de uñas. “¡Mira! -exclamó feliz el marido-. ¡Ya estamos alcanzando la armonía sexual!”. Al igual que los economistas yo no sé mucho de economía. Sin embargo desde que tengo uso de razón -de unas semanas a la fecha- he advertido que en México la macroeconomía anda siempre muy bien, en tanto que la microeconomía anda siempre muy mal. Los voceros oficiales hablan de estabilidad, del buen crédito que nuestro país tiene en el extranjero, pero esas ventajas no se reflejan nunca en bienestar para los mexicanos, especialmente para quienes forman ese gran contingente de pobres que suma ya más de la mitad de la población.

Me atrevo a sugerir, entonces, que la macroeconomía se aplique a la gente, y la microeconomía a las finanzas internacionales. Así las cosas andarán mejor, y el pueblo mexicano podrá disfrutar de los bienes sociales en que se finca una vida digna. Claro, vuelvo a decir que no sé mucho de economía. Pero ¿habrá alguien que sepa de economía?. El empleado de don Algón le preguntó a la secretaria del ejecutivo: “¿Cómo hiciste para obtener el aumento de sueldo que te dio el jefe?”. Respondió ella: “Podría decírtelo, pero esa información a ti no te servirá de nada”. Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, les comentó a sus amigos: “Me gusta el sexo seguro. Antes de hacerlo le pregunto a mi pareja a qué horas regresará su marido”. El primer día de clases la maestra instruyó a los niños: “Si alguno de ustedes siente ganas de ir al baño, levante la mano”. Preguntó Pepito: “¿Y con eso se quitan las ganas?”. Tres secretarias platicaban a la hora del café. Dijo una en voz baja: “Ayer vi un preservativo en un cajón del escritorio del jefe”. Dije la segunda: “Yo también lo vi, y con mis tijeras le hice un agujerito”. Al oír eso la tercera secretaria se puso pálida y exclamó: “¡Dios mío!”. Antes de empezar el amoroso trance el galán le preguntó, cauteloso, a su dulcinea: “¿Tomaste la pastilla?”. “Sí” -respondió ella. Se llevó a cabo entonces la natural acción. Unas semanas después la muchacha le reveló a su novio, llorosa, que a consecuencia de lo que hicieron aquel día estaba un poquitito embarazada. “¿Cómo es posible? -se consternó él-. ¡Me dijiste que habías tomado la pastilla!”. “Y me la tomé -replicó ella-. Era de menta”. FIN.
25 Septiembre 2014 04:09:27
Pobreza y familia, dialéctica
Llegó un sujeto a la tienda de ropa íntima para mujer y compró un juego de sugestivas prendas de encaje negro y seda: Brassiére de media copa, calzoncito crotchless, liguero, medias de malla, vaporoso negligé.

La empleada que lo atendió le dijo: “Esto le va a gustar mucho a su esposa”.

Replica el hombre, adusto: “Ya hizo usted que me remordiera la conciencia.

Está bien: Deme otro juego igual”.

Empédocles Etílez llegó a su casa en horas de la madrugada.

Venía, como de costumbre, más ebrio que una cuba.

Que una cuba ebria, se entiende.

Al subir por la escalera que conducía a su recámara empezó a hacer un ruido endemoniado.

Desde la alcoba su esposa le preguntó, molesta: “¿Qué haces?”.

Respondió el temulento: “Estoy tratando de subir dos cajas de cerveza”.

“No hagas tanto ruido -lo conminó la mujer-.

Súbelas mañana”.

“No puedo -replicó el beodo-. Ya me las tomé”.

El oficial de tránsito detuvo a una señora por exceso de velocidad.

Le dijo: “Pasó usted de los 50”.

“No es cierto -respondió ella con enojo-.

Lo que sucede es que este vestido me hace ver mayor”.

Entraron en un bar un cura, una monjita, un rabino, una rubia, un vaquero, un pato, un cocodrilo, un perico y un elefante rosa.

Los mira el cantinero y les pregunta con enojo: “¿Qué clase de chiste es éste?”.

Se discutía acerca de la utilidad de los condones para prevenir males y consecuencias indeseadas.

“No son nada seguros -declaró Babalucas-.

Yo estaba usando uno, y sin embargo se desprendió el candil del techo y me cayó en las nalgas”.

La verdad sea dicha: A la pobreza no se le puede pedir moralidad.

Menos aún se le puede exigir que se apegue a las leyes.

“Necessitas caret lege”, dijeron los latinos.

La necesidad carece de ley.

De ese aforismo el pueblo hizo una linda traducción: “La necesidad tiene cara de hereje”.

La tiene, en efecto.

Quizá la pobreza lleve al Cielo, pero aquí en la Tierra constituye una molestia grande.

Ciertamente es cierto lo que dijo Horacio: “Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas regumque turres”.

La pálida muerte pisa con igual pie las chozas de los pobres y el palacio del rey.

Pero mientras llega esa señora -siempre llega- es preferible vivir en el palacio real, donde hay agua corriente y excusado inglés, que en un tugurio miserable donde toda incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido hace su habitación.

Quien diga lo contrario es un redomado mentiroso o un supino hipócrita que quiere estar en lo políticamente correcto.

La pobreza es cosa extraña: cuando eres pobre te avergüenzas de serlo, y cuando dejas de serlo te jactas de haberlo sido alguna vez.

No alabemos la pobreza, como hacen algunos hombres de religión que jamás la han conocido: maldigámosla y luchemos por acabar con ella.

De la pobreza derivan muchos males, entre ellos el crimen, la ignorancia, la insalubridad.

Alguna vez un estudioso encontrará la relación que hay entre el atraso de los países de América Latina y las prédicas religiosas que en ellos se hicieron durante varios siglos, y que enseñaron al pueblo a mirar la riqueza con desprecio y a ver en la pobreza el camino seguro hacia la salvación.

Cosas como las que se vieron en Los Cabos -la falta de solidaridad social, los saqueos- son fruto de esa pobreza que lleva al abandono de todo sentido ético y de legalidad, y que aprovecha la primera oportunidad para obtener por medios de violencia lo que las condiciones sociales imperantes no le han permitido conseguir.

Mientras México siga siendo un país pobre seguirá siendo un país violento.

¡Uf! Tus últimas palabras, columnista, me provocaron un repeluzno que me bajó por la columna vertebral desde la nuca hasta no quiero decir dónde.

Ea, inane escribidor: Narra un chascarrillo final y luego pasa a retirarte como los merolicos de las ferias o de las esquinas.

La señora le dijo a su marido: “Estoy cansada de lavar, planchar, barrer, hacer la comida, y todavía en la noche satisfacer tus apetitos de varón”.

Ofreció el esposo: “Contrataré a una mujer”.

Preguntó ella: “¿Para que lave, planche, barra y haga la comida?”.

“No -repuso el individuo-.

Para que por la noche satisfaga mis apetitos de varón”.

FIN.
24 Septiembre 2014 04:10:33
Sofía Loren
De pronto México se puso más hermoso: Había llegado Sofía Loren.

Ella es La Mujer, así, con mayúsculas mayúsculas.

Todas las mujeres son La Mujer, pues en todas reside ese misterio que va con las dadoras de la vida.

En Sofía, sin embargo, vive y mora el más hondo prodigio de lo mujeril: La inasible gracia; la belleza que con los ojos puede verse, y aquélla que con los ojos no se ve; la pasión que se oculta a todos y que sólo a unos cuantos -quizá solamente a uno- se revela; la sonrisa y el paso de tigresa que sabe lo mismo rugir que ronronear.

En suma, la eternidad del eterno femenino.

¿Cuántos años no tiene Sofía Loren? No tiene 80, ni 20 ni 50.

Tiene todos los años: Es intemporal, y no tiene ninguno: es Sofía.

Yo nunca la he visto, y sin embargo la amo desde que la vi.

Amar a la mujer -a La Mujer- es deber de todo hombre dueño de la fuerza que se necesita para rendirse a ella.

Yo poseo esa fortaleza; sé entregarme a una mujer atado de pies y manos, y atado también de corazón.

Entregarse con los ojos cerrados a una mujer es la única forma de adquirir el derecho a mirarla.

En Sofía Loren están todas las mujeres: Las que han sido, las que son, las que serán.

Transidos nos dejó con su hermosura.

Por un instante, tan sólo un solo instante, disipó, simplemente con estar, todas las fealdades, toda la fealdad.

Se fue ya, pero aquí estará por siempre.

Don Astasio llegó a su casa después de cumplir su jornada de 8 horas de trabajo como tenedor de libros.

Colgó en la percha su saco, su sombrero y la bufanda que usaba aun en los días de calor canicular, y luego se dirigió a su alcoba para tenderse en la cama unos minutos y descansar así de sus fatigas.

No pudo hacer tal cosa: El lecho estaba ocupado por su consorte, doña Facilisa.

Se me dirá que don Astasio pudo acostarse junto a ella, en el otro lado de la cama, pero ahí se hallaba un individuo desconocido para él.

Para él, digo, pues la señora daba trazas de conocerlo bien, a juzgar por las expresiones con que lo designaba.

Le decía “papacito”, “negro santo” y “cochototas”.

(Ignoro el significado de este último vocablo, que no encontré en el lexicón de la Academia).

Al ver a su mujer en tan ilícito connubio don Astasio fue hacia el chifonier donde guardaba la libreta en la cual solía anotar dicterios para enrostrar en esos casos a la liviana pecatriz.

Regresó a la alcoba y le dijo: “¡Tamagás!”.

Tal es el nombre de una sierpe venenosa.

“¡Tú lo serás!”, le respondió al punto doña Facilisa usando el consonante. “¿Puedes decirme, mujer -preguntó severamente el mitrado marido-, a qué se debe la presencia aquí de este individuo con el cual estás faltando a la fe de esposa que al pie del ara me juraste?”.

“Su presencia no se debe -repuso ella-.

El joven ya está pagado”.

Al oír esa respuesta don Astasio se inquietó.

Le preguntó a su cónyuge: “¿Y al menos te dio un recibo de honorarios que pueda yo presentar al fisco? Ya ves cómo se ha puesto Hacienda últimamente”.

Intervino en ese momento el fornicario.

Le dijo a don Astasio: “La naturaleza de mis servicios, señor mío, no admite contabilidades”.

“Sí las admite -lo contradijo doña Facilisa-.

Llevamos dos”.

“Me refiero a trámites fiscales -aclaró el sujeto-.

En ese contexto pertenezco a la economía informal”.

“Repruebo su conducta -lo amonestó el marido-.

Por gente como usted el peso de la recaudación cae sobre un escaso número de contribuyentes cautivos, entre los cuales yo me cuento.

Debería usted inscribirse en el SAT a fin de ser gravado en los términos de la miscelánea fiscal vigente esta semana”.

“Lo haré -declaró el tipo- cuando sepa que mis impuestos serán aplicados a obras de beneficio colectivo, y no al sostenimiento de una parasitaria casta de políticos que nada aportan al bien de la comunidad, y de partidos que reciben prerrogativas multimillonarias en medio de la pobreza nacional”.

“No había pensado en eso -dijo don Astasio-.

Tiene usted razón.

Sus reflexiones, sin embargo, con todo lo acertadas que puedan ser, no lo eximen del cumplimiento de sus deberes ciudadanos.

Regularice usted su situación fiscal, y después hablaremos”.

Así diciendo don Astasio salió de la recámara.

Lo que en ella sucedió después no pertenece ya a este relato de naturaleza meramente tributaria.

FIN.
23 Septiembre 2014 04:10:38
Dejar de creer…
Una mañana se dio cuenta de que había dejado de creer en Dios.

Recordaba la hora en que lo supo: Las 9:40.

Acababa de decir la misa de 8 y vio el reloj de la sacristía; por eso pudo registrar el momento exacto en que hizo ese descubrimiento.

No sintió ningún sobresalto, cosa rara. Se preguntó solamente, más con curiosidad que con inquietud, si habría otros sacerdotes como él, que tampoco creían en Dios.

Creer en Dios, pensó mientras se despojaba de los ornamentos, era algo al mismo tiempo fácil y difícil.

Fácil, si crees en Él porque otros creyeron y te trasmitieron la creencia.

Dios, se dijo, pasa de padres a hijos, como el reloj del abuelo o las recetas de cocina de la abuela.

En cambio si te pones a pensar y ves las cosas que ves, y oyes lo que oyes, creer en Él se vuelve más difícil.

Se dirigió a la casa parroquial; bebió el acostumbrado café y echó una ojeada al periódico local. Después subió a su cuarto y se tendió en la cama.

En el buró, a su lado, estaba la fotografía de su mamá.

Por ella entró en el seminario.

Alguien le dijo a la buena señora que si daba un hijo a la Iglesia se ganaría el cielo.

Tenía 11 años cuando salió de su casa para ir a aquel lugar que visto desde fuera parecía prisión y que visto desde dentro era prisión.

El primer día que estuvo ahí hizo a un lado la porción de aguacate que le sirvieron con la sopa de arroz en la comida.

El padre rector notó eso y le preguntó por qué no se comía el aguacate.

“No me gusta” -respondió él con la naturalidad con que decía eso en su casa.

A una señal del sacerdote uno de los sirvientes que atendía la mesa le retiró el plato y le trajo otro donde había solamente aguacate.

Lo mismo le sirvieron en la cena, y en el desayuno y la comida y la cena del siguiente día, y del siguiente, hasta que empezó a vomitar a fuerza de comer sólo aguacate.

El padre rector le dijo que ojalá hubiera aprendido su lección, y le advirtió que en adelante debía ser humilde y obediente.

Lo fue todos los años que duraron sus estudios.

Quizá nunca aprendió a ser verdaderamente humilde, pero aprendió a simular la humildad, y en tales casos es lo mismo.

La obediencia no le costó trabajo.

El que obedece no se equivoca, le dijeron, y las enseñanzas que ahí recibía llevaban todas al abandono de la propia voluntad.
Se ordenó finalmente.

No podía recordar sin emocionarse el día de su ordenación.

Su madre, llorando, le besó las manos -esas manos que ahora podían tocar a Dios-, y luego se arrodilló ante él y le pidió su bendición.

Otra cosa recordaba.

Entre los asistentes a su cantamisa estaba aquella muchacha, hija de una amiga de su madre. Creyó advertir en ella una mirada de piedad que no entendió.

¿Por qué lo veía así, como con compasión, si ahora él era un representante de Cristo en la tierra? Se entregó a su ministerio con devoción de apóstol.

Un temor reverente lo poseía cuando consagraba la hostia y convertía aquel disco hecho de harina y agua en la carne y la sangre de Jesús.

Cumplía fervorosamente -por no decir “apasionadamente”- sus deberes sacerdotales.

Quería salvar todas las almas.

Luego, con el tiempo, vino esa enemiga solapada: La rutina.

Ni siquiera se percató de su llegada, de modo que no luchó contra ella como luchó contra las tentaciones de la carne.

Y entonces, anciano casi ya, sucedió lo de aquella mañana: Se dio cuenta de que ya no creía en Dios.

Siguió hablando de Él, claro, en los sermones de la misa, pero lo hacía automáticamente mientras pensaba en otra cosa.


En la misma forma oficiaba los rituales que debía oficiar.

Sólo sentía una extraña inquietud cuando casaba a una pareja o bautizaba a un niño.

Llevaba a cabo sus tareas cotidianas con la misma actitud con que un albañil pone ladrillos para levantar una pared.

Sólo que él ni siquiera veía los ladrillos que iba poniendo.

Un día enfermó. ¿Por qué vomitaba tanto, pensó con sonrisa de tristeza, si ni siquiera había comido aguacate? Lo llevaron al hospital.

El obispo no fue a visitarlo -estaba muy ocupado, y envió a un auxiliar-, pero eso no le preocupó demasiado.

En la duermevela de la fiebre veía a aquella muchacha que lo miró con compasión.

Murió a la hora en que cada mañana acababa de decir la misa de 8.

Su último pensamiento, antes de no pensar ya nada, fue éste: “Perdóname, Señor, por haber dejado de creer en ti”... FIN.
22 Septiembre 2014 04:10:12
Subdesarrollo económico
La señora sorprendió a su marido en el lecho conyugal con otra mujer.

“Perdóname -se justificó él-.

Pensé que habías cambiado de peluca”... El Padre Arsilio vio en la plazuela del lugar a un corro de chiquillos que, sentados en el suelo, rodeaban a un pequeño perro.

Entre ellos estaba Pepito, cuya conducta traía siempre al buen sacerdote al mal traer.

Su última hazaña consistió en filmar los acoplamientos de las palomas en el campanario de la iglesia parroquial, y luego proyectar esas escenas en la mismísima pared del templo, para deleite de los vagos del pueblo y escándalo de las beatas, que una y otra vez acudieron a ver la filmación a efecto de estar seguras de su inmoralidad.

Fue tal el revuelo provocado por ese acontecimiento que la señorita Peripalda, catequista, se sintió obligada a dar una conferencia a las socias de la Congregación Luciana, disertación que intituló: “El infierno aguarda a nuestros hijos”.

(Ese nombre fue objeto de críticas veladas, pues ella no los tenía).

Cuando el eclesiástico vio a los muchachillos fue hacia ellos y les preguntó qué hacían.

Pepito le explicó: “Encontramos en la calle a este perrito, y acordamos que el que diga la mayor mentira se lo llevará a su casa”.

“¡Malaventurados! -clamó con santa indignación el párroco-.

¡Mentir es una gafedad del alma! Aprended de mí, que escogí la verdad.

Veritatem dilexi.

¡Jamás en mi vida he dicho una mentira!”.

Pepito se vuelve hacia sus amigos y les dice cariacontecido: “Ni modo, compañeros.

Tendremos que darle el perro al señor cura”... El subdesarrollo económico es ciertamente preocupante -sobre todo el mío-, pero más debería inquietarnos el subdesarrollo ético que muestran quienes forman la clase política de este país.

Lejos de mí la temeraria idea de contrariar las tesis de ese maquiavélico señor llamado Maquiavelo.

¿Quién puede contradecir a un florentino? Sostuvo él que la moral es ajena a la política, oficio que se rige por sus propias normas, no por las que obligan al común de los mortales.

Yo, timorato que soy, considero que el ejercicio político debe estar presidido, al igual que todas las acciones humanas, por la idea del bien.

No quiero aparecer grandilocuente, altísono, ampuloso, rimbombante, campanudo o altitonante, pero pienso que la suprema axiología es el amor, inclinación natural que abandonamos cuando la vida en sociedad nos hace olvidar esa esencial vocación de bien.

Sé que al decir eso me hago eco de Rousseau, pero este pensador me gusta porque es uno de los pocos que han creído en la bondad ínsita del hombre.

Los demás comparten de una manera u otra la ominosa doctrina del pecado original.

La política, en efecto, se ha corrompido entre nosotros.

Casi nunca es tarea de bien común, sino mester de granjería a cargo de una casta que tiene agobiado a este país; hombres y mujeres cuya única actividad consiste en desayunar, comer y cenar con otros congéneres de su misma laya para conseguir el medro de su facción y la ganancia personal.

El fin último de la política, que es el bien de la colectividad, se ha olvidado, y todo se reduce a una sórdida búsqueda del poder.

Ese alejamiento de la ética hace que la política se vuelva politiquería, y que muchos políticos sean meros ganapanes en vez de ser forjadores de mejores condiciones de vida para los demás.

Se dirá que igual sucede en todas partes.

Pero sucede que no vivimos en todas partes: Vivimos aquí.

Y a los mexicanos nos gustaría vivir mejor.

Los malos políticos estorban ese anhelo en vez de propiciar su cumplimiento.

Y ya no digo más, porque estoy muy encaboronado... Pregunta: “¿Qué hay entre preocupación y pánico?”.

Respuesta: “Más o menos 28 días”... Aquellos casados, nuevos ricos, estrenaron residencia grande.

Él le dijo a ella: “Hagamos el amor en la biblioteca”.

Contestó la mujer: “A estas horas ya está cerrada”... El vendedor de cepillos llamó a la puerta de una casa y le abrió una guapa señora cubierta sólo por un vaporoso negligé.

La mujer lo invitó a pasar y le ofreció una copa.

El vendedor le mostró su mercancía, hizo su venta y en seguida se dispuso a retirarse. Antes, sin embargo, le preguntó: “¿Por qué me compró tantos cepillos, señora? ¿Tiene muchos hijos?”.

“Tengo 14” -respondió ella.

“¿Catorce?” -se asombró el tipo.

“Sí -confirmó la mujer-.

No todos los vendedores son tan pendejos como usted”... FIN.
21 Septiembre 2014 04:10:26
Lo que oculta el tren
Dijo una señora cuando le preguntaron cuántos años tenía su marido: “Está dejando la edad del ‘Quiero’ y entrando en la de ‘¿Podré?’”... Afrodisio llevó a Susiflor a un romántico paraje y ahí le hizo urentes solicitaciones de pasional amor.

Al oír la demanda ella cerró los ojos, inclinó la cabeza y empezó a darse golpes de pecho.

“-¿Qué haces? -le pregunta el salaz tipo con alarma-.

¿Ofendí acaso tu pudor?’’.

“No, -responde ella-.

Pero siempre que hago lo que vamos a hacer el señor cura me dice que me arrepienta, y para ahorrar tiempo me estoy arrepintiendo desde ahora’’... El novio de la muchacha no daba trazas de irse, por lo que el papá de la chica hizo acto de presencia.

“¡Oh, amor mío! -le decía en ese momento el jovenzuelo a su dulcinea-. ¿Tendré que decirte buenas noches?’’.

“Sí, caborón -le dijo con enojo el genitor-, porque si te quedas 10 minutos más tendrás que decirle buenos días’’... Don Algón, salaz ejecutivo, recibió en su casa la visita de un abogado.

Con él estaba hablando cuando entró su esposa.

Don Algón, todo turbado, le dijo a su mujer: “El licenciado vino manejando de la oficina a decirme que a la computadora le falta cinta’’.

“No se haga usted, señor -lo corrigió el letrado-.

Lo que le dije fue que cometió usted una falta en la oficina, y la que maneja la computadora está encinta’’... Empédocles Etílez y Astatrasio Garrajarra, los borrachines del pueblo, estaban bebiendo en la cantina del lugar.

Le dijo Astatrasio a su camarada: “Compadre, ya debo estar borracho.

Todo lo veo doble’’.

“Pos no sea indejo, compadrito -respondió Empédocles-. Cierre un ojo’’... Babalucas fue al cine.

En una escena de la película una bella muchacha comenzaba a desvestirse.

En el momento en que se iba a quedar sin nada encima pasaba un tren que la ocultaba a la vista de los espectadores.

Luego cambiaba la escena y ya no se veía nada más de aquello.

Al día siguiente Babalucas fue otra vez a la misma función.

Llegó la candente escena.

La voluptuosa actriz empezó otra vez a aligerarse la ropa.

En el momento culminante el tren ocultó de nuevo los encantos de la chica.

Lo mismo sucedió en las siguientes funciones.

Ya harto exclamó con enojo Babalucas: “Carajo ¿qué ese maldito tren no se retrasa nunca?”.

En la orilla de la carretera Pepito, que llevaba consigo a su perro, le pidió aventón a un automovilista.

“Te puedo llevar a ti, buen niño -le dijo el señor-, pero no a tu perro’’.

“No hay problema -contestó el chiquillo-.

El perro nos seguirá’’. Puso en marcha el señor el automóvil, y el perro echó a trotar tras él.

Aumentó la velocidad el hombre; el perro apresuró la carrera.

Intrigado, el señor sumió el acelerador: 120 kilómetros por hora, y el perro no perdía paso.

El conductor, sorprendido, imprimió la máxima velocidad al automóvil: 200 kilómetros por hora.

El perro seguía al lado del automóvil, corriendo sin cesar.

Dijo Pepito de repente: “Aquí me bajo’’.

El señor pisó el freno a fondo, y el automóvil se detuvo entre chirriar de frenos y humear de llantas.

Abrió la puerta el niño.

Ahí estaba su perro.

Le dijo el señor a Pepito.

“Me ha sorprendido tu perrito, niño.

¡Con qué velocidad corre! Pero dime: ¿qué es esa especie de collar que tiene en el pescuezo?’’.

“No es collar -explicó Pepito-.

Es el trasero.

El perro frenó muy bruscamente’’...En tiempos pasados los hombres sufrían de amores incurables. Afortunadamente llegó la penicilina.

El general Caguillas conducía la retirada.

Uno de sus soldados le pidió permiso para ir a su pueblo por tres días.

“¿Cómo te atreves a pedirme ese permiso? -respondió con enojo el general Caguillas-.

¡Estamos en medio de una retirada estratégica, muchacho! ¡Necesito a todos mis hombres!”.

“Pero, mi general -se atrevió a objetar el soldado-.

Mi esposa está a punto de dar a luz, y únicamente está con ella su mamá, anciana y casi ciega.

Necesito ir a mi pueblo para asistir en el parto a mi mujer”.

El general Caguillas, que en el fondo era hombre compasivo, se quedó pensando un momentito y luego le dijo al soldado: “Mira, muchacho.

El permiso no te lo puedo dar, pero voy a ayudarte: Haré que nuestra retirada estratégica sea por el rumbo de tu pueblo”.

Himenia Camafría y Celiberia Sinpitier, maduras señoritas solteras, iban en bicicleta por una veredita del campo.

El paisaje estaba lleno de bellezas: Piaban los pajaritos con dulzura; corría manso el arroyuelo; perfumaban las flores el ambiente.

“¡Qué bonito estoy sintiendo!’’ -exclamó con arrobo Celiberia.

“Yo también -dijo la señorita Himenia respirando con agitación-.

Ha de ser el asiento de la bicicleta’’... FIN.
20 Septiembre 2014 04:10:33
Sin recato ni disimulo
Una adalid del feminismo declaró en un congreso: “La verdad es que el hombre sólo tiene una diferencia en relación con la mujer”.

“Es cierto -le dice en voz baja una señora a su vecina de asiento-.

Y mientras más grande tenga la diferencia, es mejor”.

Llega Babalucas a una papelería.

“-¿Tiene papel para muerto?”.

“-No conozco esa clase de papel” -responde el encargado.

Busca Babalucas en otra papelería: “-¿Hay papel para muerto?”.

“-De ése no tenemos” -le dice la dependienta. Pregunta Babalucas en una tercera papelería: “-¿Venden papel para muerto?”.

“-No manejamos esa línea” -le responde el dueño.

Regresa Babalucas a su casa e informa a su mujer: “-En ningún lado hallé papel para muerto”.

“-¡Ay, Babalucas! -se desespera la mujer-.

¡Papel parafinado!”.

Aquel señor estaba chapado a la antigua; no le gustaban las actuales modas femeninas. Decía: “-Con pantalones unas mujeres se ven masculinas, y otras se ven masculonas”.

El superior regañaba al joven reverendo recién ordenado.

“-Mira, hijo -le dice-.

Paso que en tu iglesia toque un conjunto de rock en vez de un organista.

Eso es lo que les gusta a los muchachos.

Paso que chicas bonitas en minifalda sean las que recogen las limosnas.

Quizá mejore la colecta.

¡Lo que sí de plano no te puedo permitir, hijo, es que en vez de ‘Iglesia de Jesús’ pongas ‘Chucho’s le Club’!”.

“Non olet”.

No huele.

La frase es de Vespasiano, emperador de los romanos.

Necesitaba mucho dinero para mantener el lujo de su corte y el pesado aparato administrativo del imperio.

Cargó a los ciudadanos con toda suerte de impuestos, y cuando no encontró ya más gabelas qué cobrar ordenó que la gente pagara por el uso de las letrinas públicas, hasta entonces gratuitas.

Cierto día llegó el encargado de recoger el dinero de las letrinas y entregó a Vespasiano una gran bolsa repleta de monedas.

Tito, el hijo del emperador hizo un gesto de asco y manifestó que ese dinero era sucio, por su procedencia y por constituir un tributo indebido.

Vespasiano abrió la bolsa, oliscó el dinero y luego, simulando un gesto de perplejidad, dijo: “-Non olet”.

No huele.

Quería significar que dinero es dinero, independientemente de su origen.

Pero se equivocaba Vespasiano.

Su codicia tuvo castigo, siquiera fuera simbólico: hasta la fecha los romanos siguen llamando “vespasianas” a los excusados públicos.

De ese modo risible inmortalizaron el nombre de aquél que les cobró por lo que antes era gratis... Esa lección de ayer debería ser aprendida por nuestros políticos de hoy.

Muchos que detentan cargo de autoridad o desempeñan función administrativa se enriquecen ilícitamente.

Ni siquiera se recatan; no disimulan su medro ni lo esconden.

Por el contrario, se enorgullecen de su dinero mal habido y muestran lo que con él compraron: el automóvil de lujo, la elegante residencia.

Aparentemente siguen gozando de consideración social, pero a sus espaldas la gente les aplica el calificativo que merecen, que es el de ladrones, y su desprestigio cae sobre sus familias.

La ley no los castiga, pues en México las leyes no se aplican a los miembros de “la clase política” sino cuando sus compañeros de plano no pueden evitarlo.

Sin embargo su mala fama los acompaña de por vida. Ya no son otra cosa que ladrones.

Bien vestidos, pero ladrones al fin y al cabo... La señora se encuentra a su ex-sirvienta, a la que hacía mucho tiempo no veía, y se sorprende al verla elegantemente vestida.

“-¡Petra! -exclama asombrada la señora-.

¿Qué hiciste para poder comprar esos vestidos tan caros?”.

“-Quitarme los baratos, señora” -responde la muchacha-.

Un señor bastante entrado en años fue a una farmacia y le preguntó al encargado si tenía algo que le fortaleciera los ímpetus eróticos.

“Le recomiendo el Viagra -responde el farmacéutico-.

A mí me ha dado muy buenos resultados; es una pastillita maravillosa”.

El señor, interesado en ver la tal pastilla, le pide al hombre: “¿Puede ponerla sobre el mostrador?”.

Responde el de la farmacia: “Si me tomo dos, a lo mejor sí”.

FIN.
19 Septiembre 2014 04:10:41
El trabajo no es una mercancía
El recién casado le dijo a su mujercita: “Supe que estuviste platicando ayer con uno de tus antiguos novios’’.

“¿Quién te lo contó?’’ -preguntó ella.

Respondió el muchacho: “Un pajarito’’.

La chica se enojó: “Pues si es el tuyo dile de mi parte que nada más para chismear es bueno’’...

Doña Trisagia, devota ama de casa, se fue a confesar con el buen padre Arsilio.

Le pidió el confesor: “Di tus pecados’’.

Empezó Trisagia: “Dos kilos de tomate; medio ciento de naranjas; un litro de aceite; dos docenas de huevos...”.

Y luego: “¡Mano poderosa! ¡Dejé mis pecados en el súper!’’...

Una pregunta: “¿Cuál es la diferencia entre una bruja y una hechicera?”.

La respuesta: “Tres copas de tequila”.

Después de examinar a su paciente el doctor Ken Hosanna le indicó: “Está usted muy enfermo.

Debe dejar inmediatamente de fumar”.

“Doctor -dijo el paciente-, jamás en mi vida he fumado un cigarrillo”.

“Bueno -prescribió el médico-, entonces deje de beber”.

“Siempre he sido totalmente abstemio” -dijo el otro.

Insistió el facultativo: “Entonces ya no ande con mujeres”.

“Doctor -precisó el otro -, soy soltero, y nunca he tenido tratos con mujeres”.

“¡Coño! -estalló el médico molesto-.

¡Si quiere aliviarse, amigo, debe poner algo de su parte!”...

Ese médico se parece al otro que después de examinar largamente a través de un aparato la pupila de su paciente le dijo: “El examen de su iris me revela que tiene usted arterioesclerosis, insuficiencia cardiaca, hepatitis, inflamación pulmonar; problemas en las vías urinarias, cefalea y callos”.

“¡Qué barbaridad! -exclamó el paciente con admiración-.

Si todo eso me encontró usted viéndome el ojo de vidrio, ¡qué no encontrará ahora que me examine el ojo bueno!”...

Los dos cazadores salieron en busca de palomas de ala blanca.

Como las aves huían cada vez que ellos se acercaban se consiguieron un cuero de vaca y cubiertos con él fueron al campo.

De pronto uno de ellos, el que iba en la parte de atrás de la supuesta vaca, le dijo al otro con angustiada voz: “¡Pronto! ¡Dispara!”.

Le preguntó el compañero: “¿Tienes cerca a las palomas?”.

“No -respondió muy apurado el otro-.

Tengo cerca al toro”...

Repetidas veces he escuchado algo que me alarma.

Algunos economistas, financieros y entendidos en cosas laborales dicen que el futuro de México se presenta bien porque la mano de obra mexicana empieza ya a ser más barata que la mano de obra china.

No pienso que un país ande bien si finca su prosperidad en la baratura de sus trabajadores.

El trabajo no es una mercancía cuyo precio pueda hacerse subir o bajar en lo que algunos llaman, a mi juicio con expresión infortunada, “el mercado del trabajo”.

Es una prolongación de la persona humana; constituye la facultad que tienen el hombre y la mujer de mejorar su vida -y su mundo- con la obra de sus manos o de su pensamiento.

Si esperamos a que los trabajadores chinos ganen más, y los mexicanos menos, para ofrecer al mundo esa ventaja basada en lo que bien podría llamarse la explotación de los trabajadores, entonces estaremos construyendo nuestro futuro sobre arena, y haciendo perdurar situaciones de injusticia que en este tiempo debemos ya superar.

Los bajos salarios no han sido nunca origen de bienestar económico.

Eso lo enseñó Henry Ford -que ni siquiera era economista- hace ya muchos años.

“¿Para qué hacer automóviles -decía él- que mis obreros no pueden comprar?”.

Fortalecer el salario, dignificar la condición de quienes aportan su trabajo, son elementos necesarios para conseguir el bienestar general.

Llegó el príncipe azul y besó a la Bella Durmiente en la mejilla.

Ella abrió los ojos y contempló al apuesto doncel.

“Te di un besito, amada mía -dijo el príncipe-.

Con eso rompí el hechizo de la malvada bruja, y te volví a la vida’’.

“Ah, -dijo la Bella Durmiente-.

Entonces haz algo de mayor sustancia que el besito, pues todavía me siento bastante apendejada’’...

La abuelita de Pepito oyó que el niño le decía a un amiguito: “Me gusta mucho irme a la cama por las noches, porque me hago la porla’’.

La viejecita se espantó y de inmediato fue con la mamá de Pepito.

“Creo que deberías hablar con el niño -le dijo muy preocupada-.

Está haciendo en la cama cosas indebidas”.

La señora llamó a Pepito y le preguntó qué era aquello que hacía en la cama.

“Me hago la porla’’ -respondió el chiquillo con orgullo.

“¿Ah, sí, hijito? -dijo la señora tratando de contener su inquietud-.

Y ¿cómo te haces la porla?’’.

Explicó el niño: “Pongo los deditos así y luego digo: ‘Por la señal...’’’...

FIN.



18 Septiembre 2014 04:10:21
De reducido tamaño
Don Languido, senescente caballero, llegó a su casa llevando un trombón que acababa de comprar.

Sin decir palabra, y ante el asombro y estupefacción de su mujer, procedió a tocar varias escalas en el sonoro instrumento, y luego -con ciertas dificultades, y algo desafinado- interpretó la Meditación de “Thaïs”, obra del gran compositor francés Jules Massenet (1842-1912).

Al terminar la demostración le dijo don Languidio a su esposa en tono al mismo tiempo ufano y retador: “¿Qué tal, mujer? ¡Y tú que decías que ya no soplo!”... Las damas de la Sociedad Protectora de Animales hacían campaña en las escuelas.

Una de ellas le preguntó a Pepito: “Dime, buen niño: Tu mamá ¿tiene un abrigo de piel?”.

“Sí -contestó él-.

Es un abrigo de piel de zorro”.

Le dijo la mujer, ceñuda: “¿Y no te has puesto a pensar en lo que tuvo que sufrir el infeliz animal de donde salió esa piel?”.

“Claro que he pensado en eso -respondió Pepito con tono de conmiseración-.

¡Pobre de mi papi!”... Don Martiriano, el abnegado esposo de doña Jodoncia, se topó con un amigo al que no veía desde los tiempos de la juventud.

“Supe que te casaste -le dijo el amigo a don Martiriano-.

¿Cómo te ha ido en tu matrimonio?”.

Respondió él: “No me puedo quejar”.

“¿Te va bien?” -volvió a preguntar el amigo-.

“No -confesó tristemente el lacerado-.

No me puedo quejar, porque si me quejo me mata mi mujer”... Astatrasio Garrajara y Empédocles Etílez, ebrios consuetudinarios, dieron cima por fin a su farra de varios días.

Empédocles tenía miedo de llegar a su casa: Lo asustaba la iracundia de su cónyuge, brava hembra que no se recataba para gritarle pesias y maldiciones que se oían en todo el vecindario.

En cambio Astatrasio se veía tranquilo.

“Te apuesto -le dijo a su contlapache- que al llegar a mi casa las primeras palabras que me dirá mi mujer serán: ‘Hola, amorcito’”.

Llegaron los dos, en efecto, a la casa de Astatrasio.

Su mujer, obvio es decirlo, estaba hecha un obelisco.

(Nota de la redacción: Seguramente nuestro amable colaborador quiso decir “hecha un basilisco”). “Hola, amorcito” -la saludó tímidamente Garrajara.

“¡Hola amorcito madres! -prorrumpió la mujer hecha una furia-.

¿Dónde andabas, cabrísimo grandón?”.

Y así diciendo arremetió contra él... ¡Sí, pero sus primeras palabras fueron las que predijo el temulento!... Bucolio, labriego campesino, le dijo con cierta envidia a su compadre Eglogio: “Veo, compadre, que trae usted otro sombrero, otra camisa, otro pantalón y otros huaraches”.

“Son un regalo sorpresa de mi vieja” -dijo orgulloso Eglogio. “¿De veras?” -preguntó Bucolio con admiración.

“Sí -confirmó Eglogio-.

Anoche regresé del pueblo cuando mi mujer no me esperaba, y ahí estaba todo eso, en una silla al lado de la cama”... Un tipo le dijo a otro: “Soy de las familias más apretadas de la ciudad”.

“¿Ah, sí? -se interesó el otro-.

¿Eres aristócrata?”.

“No -respondió el tipo-. Vivo en una casa de interés social”.

La construcción de vivienda popular es importante.

Sucede, sin embargo, que esas viviendas son a veces de tamaño tan reducido que parecen departamentos de lujo.

Para que sus moradores entren tiene que salirse el sol.

No cabe en ellas ni una duda.

Toda persona tiene derecho a vivir en una casa digna, no en un chiribitil.

No es bueno que de la promiscuidad de un cuarto de vecindad se pase a la promiscuidad de una casucha de reducidísima dimensión por la cual el trabajador debe entregar una buena parte de su salario.

La construcción de esas viviendas ha de tomar en cuenta, ciertamente, la legítima ganancia que el constructor tiene derecho a obtener, pero debe considerarse siempre un factor ético que mire al bienestar de las familias, a la dignidad de su vida.

La novia resultó más apasionada de lo que el novio suponía, y en la noche de bodas lo hizo objeto de repetidas demandas amorosas.

Una demanda amorosa.

Dos demandas amorosas.

Tres demandas amorosas.

El exhausto desposado obsequió, ya con notorio esfuerzo, la cuarta demanda amorosa, y al terminar de hacerlo dejó escapar un silbido al mismo tiempo de asombro y agotamiento: “¡Fiu!”.

“¡Feblicio! -se enojó la noviecita-.

¿Viniste a hacer el amor o a chiflar?”.

(¡Todavía quería más la ávida fémina!). FIN.
16 Septiembre 2014 04:10:26
Callada desesperación
Este hombre vivía en una callada desesperación.

Entiendo que muchos hombres -y mujeres- viven en una callada desesperación.

Sobre esto, sin embargo, no hay estadísticas confiables.

Según algunas, el 90 por ciento de la gente vive en una callada desesperación.

El dato me parece exagerado, pero en fin... El caso es que este hombre vivía en una callada desesperación.

Tenía un buen trabajo, una buena esposa y unos buenos hijos.

Pero el corazón humano es cosa extraña, y el hombre andaba siempre inquieto y desasosegado. Un día desapareció. Simple y sencillamente desapareció.

Esa mañana salió en su automóvil de la casa para ir a trabajar, pero no llegó a su trabajo, y a su casa ya no regresó.

La familia dio aviso a la Policía.

Inútilmente se le buscó aquí y en las ciudades vecinas. Todas las pesquisas fueron infructuosas:

El hombre se había esfumado en el vacío, como si la nada lo hubiese devorado.

Hago una pausa para reponerme de esta última frase: “Como si la nada lo hubiese devorado”.

Es tan dramática que me provocó un repeluzno.

Pensé: ¿Qué tal si la nada me devora alguna vez a mí? Oscuro pensamiento es ése; procuraré apartarlo de la mente... Ya me repuse del escalofrío.

Continúo.

Unas semanas después el automóvil del hombre fue localizado en la carretera entre Acapulco y México.

El vehículo había caído en un hondo barranco, y el cadáver del conductor estaba calcinado, pues el auto se incendió al caer.

La identidad del automovilista fue conocida por un pequeño maletín que cayó fuera del automóvil, y que por tanto no se quemó.

En él fue encontrada una credencial con la fotografía y el nombre del accidentado.

Era el hombre que había desaparecido.

El cuerpo fue entregado a su familia, y ésta le dio en su ciudad cristiana sepultura. Pasó un año.

La esposa del difunto se había quitado ya el luto que vistió durante 12 meses, según era entonces uso obligatorio para la madre, la viuda, las hijas, las hermanas, las tías, primas, sobrinas, abuelas, cuñadas y concuñadas de un fallecido.

La vida recobró su ritmo acostumbrado.

Suceda lo que suceda, la vida, tan rítmica ella, recobra siempre su ritmo acostumbrado.

Un día, sin embargo, algo rompió el acostumbrado ritmo.

He aquí que el muerto apareció. Apareció de pronto, igual que había desaparecido.

Y no apareció como fantasma, sino como hombre de carne y hueso y todo lo demás.

Cierta noche la mamá y los hijos estaban cenando en la cocina mientras oían en el radio “El Monje Loco”, programa con relatos de ultratumba que en aquellos años nadie dejaba de escuchar.

Alguien llamó a la puerta.

La hija mayor fue a abrir.

Lanzó un grito espeluznante -en estos casos los gritos deben ser espeluznantes-, y cayó al suelo privada de sentido.

El que estaba en la puerta era su padre.

En esa ocasión “El Monje Loco” se había excedido.

Cuando la familia se repuso del espanto, y le contaron al aparecido que todos lo habían dado ya por muerto, el tipo se sorprendió bastante.

Lo que pasó, dijo con toda naturalidad, fue simplemente que se aburría, y decidió tomarse unas vacacioncitas.

Sin avisar a nadie -ni en su casa ni en su trabajo le habrían dado el permiso necesario- se fue a Acapulco, lugar de mucha moda en aquel tiempo.

El día que llegó le robaron su automóvil con todo lo que llevaba en él.

No quiso denunciar el robo a la Policía, pues él mismo se habría descubierto.

El cuerpo que encontraron en el coche, y que recogió su familia para darle cristiana sepultura no era el suyo: Era el del ladrón que al escapar con el coche tuvo aquel accidente fatal.

Con el vehículo se había llevado también el maletín donde iba la identificación del propietario, de ahí la confusión habida.

Se disculpaba el aparecido, claro, si con su breve ausencia había ocasionado algún inconveniente a su familia, y pedía que le dieran de cenar, pues traía mucha hambre.

“Aparte de eso por mí no se molesten. Anden, sigan oyendo ‘El Monje Loco’”.

Desde entonces a aquel hombre se le conoció con el mote de “El muerto”.


Yo lo conocí; vendía casimires y corbatas.

Cuando alguien le recordaba su historia sonreía como si le hubiera hecho a la vida una galana broma.

“El Muerto” se veía alegre y satisfecho.

Ya no vivía en una callada desesperación. .. FIN.
15 Septiembre 2014 04:10:15
Como México no hay dos
El joven esposo se acercó a su mujercita.

A las claras se veían sus intenciones. Dijo ella: “Debemos controlarnos, Pitoncio.

Me preocupa el problema de la explosión demográfica”.

“A mí también me preocupa, mi cielo -respondió él acercándose más-, pero ya traigo encendida la mecha”...

Pirulina, muchacha de atractivas formas, fue a confesarse con el apuesto y joven cura recién ordenado.

“Padre -le dijo-, me acuso de que estoy perdidamente enamorada de usted.

En mis fantasías eróticas me veo abrasada de pasión, entregados los dos a ígneos deliquios de carnalidad.

Bien sé que tales pensamientos son un pecado grave. ¿Cree usted que me salvaré?”.

Le respondió el curita: “Si te salvas es sólo porque en seguida tengo que oficiar un bautizo.

De no ser por eso no te habrías salvado”... A mí también me parecía chabacana, patriotera y hueca la expresión “Como México no hay dos”.

Luego empecé a viajar por todos los extremos del territorio nacional; vi sus paisajes; conocí su gente; disfruté su gastronomía infinita; me maravillé con su arte y sus artesanías; con su letra y su música; leí su historia y sus leyendas.

Y entonces aprendí una cosa: Como México no hay dos.

Vivo ahora en un deslumbramiento permanente.

Estoy enamorado de mi país, quizá porque ando todos sus caminos.

Veo arrobado el austero desierto de Sonora o de la Baja California; los altos pinos de las montañas en el altiplano; las selvas y bosques de niebla de Chiapas; los fértiles valles del Bajío; las cañadas de la Huasteca; el espléndido cielo de Oaxaca.

Admiro con igual mirada los prodigios hechos por los hombres: Las pirámides de nuestros primeros padres; los palacios y templos que España erigió en México; la belleza multicolor de las cosas creadas por nuestro pueblo; las nobles ciudades señoriales.

Antes, cuando alguien decía aquello de “Como México no hay dos”, no faltaba quien le respondiera, irónico y burlón: “¡Cómo se ve que no has viajado!”.

Ahora, si alguien me dice que no es cierto eso de que como México no hay dos, le digo: “¡Cómo se ve que no has viajado! Cuando conozcas tú país, cuando mires sus cielos y su tierra, cuando recorras sus caminos infinitos, y hables con su gente, y entres en su ánimo y en su ánima, entonces sabrás que es cierto eso de “Como México no hay dos”... Miss Peeny Senvy, feminista de las de antes, daba una conferencia.

Preguntó en tono desafiante: “¿Dónde estaría el hombre de no ser por la mujer?”.

Respondió una voz masculina desde el fondo: “En el Paraíso, sin ninguna preocupación y güevoneando todo el tiempo”... Nalgarina Granderriére, vedette de moda, le dijo al rico y senescente galán que la cortejaba: “Me encantan los sonidos susurrantes de la Naturaleza: El roce de las hojas en los árboles; la caricia de una ola que muere sobre la arena de la playa; el murmullo del viento en la misteriosa soledad del bosque; el leve ruido de un fajo de billetes al ser contados...”... Pepito jamás había visitado una granja. Su papá lo llevó a una, propiedad de cierto amigo suyo, y éste le mostró al niño los pollos que criaba.

Llegada la cena la esposa del granjero mató un pollo y se puso a desplumarlo para la cena. Pepito vio aquello y le preguntó: “¿Todas las noches tiene que encuerar a los pollos?... Cae que no cae iba Empédocles Etílez por la calle haciendo eses.

Una y otra vez el borrachín decía con tartajosa voz: “¡No me tumbe, don José! ¡Don José, no me tumbe!”. Un policía se le aproximó.

Empédocles, deteniéndose de las paredes para no caer, seguía diciendo: “¡No me tumbe, don José! ¡Por favor, don José, no me tumbe!”.

“¡Oiga, amigo! -le dijo el policía-. Aquí no hay nadie que lo tumbe. ¿A qué don José se refiere?”.

Respondió el temulento: “A don José Cuervo”... Avidia, mujer joven, le dijo a una amiga: “Quiero encontrar a un hombre amoroso, romántico, tierno, espiritual, que me respete y me comprenda.

¿Es eso mucho pedir en un multimillonario?”... El agente viajero trataba de convencer a un señor de que le comprara un reloj a su hijo. “Es muy bueno -le dijo-.

El muchacho no tendrá que darle cuerda. El reloj se da cuerda con el movimiento de la mano”. Replicó el señor: “Mi hijo es adolescente.

Si las cosas son como usted dice, entonces va a encuerdar el reloj. (

No le entendí)... FIN.
14 Septiembre 2014 04:10:25
Igual que todos los demás
Al terminar el trance erótico el avezado galán le dijo a la inexperta chica: “Quiero darte las gracias, Dulciflor, por las dos veces que hicimos el amor”.

“¿Dos veces? -se sorprendió ella-.

Fue una nada más”.

“No, -la corrigió el tipo-.

Fueron dos: La primera y la última”... El conserje del teatro fue con el gerente. “Señor -le dijo-.

Me puse a limpiar el sótano, y encontré una tuba vieja que ya no sirve.

¿Me la puedo llevar a mi casa?”.

“¿Para qué la quieres? -se extrañó el gerente-.

Dices que ya no toca”.

“No la quiero para tocarla -dijo el tipo-.

Se me ocurrió que puede servirle a mi mujer para sus baños de asiento”... El señor llamó por teléfono al doctor de la familia.

“Mi esposa amaneció enferma -le dijo-. Por favor venga a verla”.

“Iré en el curso de la tarde” -le contestó el médico.

(Esto que narro sucedió hace muchos años, cuando los médicos aún hacían visitas a domicilio).

Preguntó el marido: “¿Debo hacer algo mientras tanto?”.

“Sí -le indicó el doctor-.

Tómele la temperatura con un termómetro rectal”.

Por la tarde, en efecto, llegó el facultativo.

Le preguntó al hombre: “¿Le tomó la temperatura a su señora con el termómetro rectal?”.

“Sí, doctor -respondió él-. Hice lo que usted me indicó”.

Quiso saber el galeno: “¿Qué marcó el termómetro?”.

Respondió el tipo: “Marcó: ‘Frío, húmedo y airoso”’.

“No entiendo -dijo perplejo el doctor-.

A ver, muéstreme el termómetro”.

El tipo se lo trajo. Dijo el médico: “Éste es un barómetro, no un termómetro rectal”... Llegó la señora a la tlapalería y le preguntó al dependiente:

“¿Tienes bolitas de naftalina?”.

“No sé qué sea eso, señora -respondió el muchacho-, pero en todo caso puedo asegurarle que soy igual que todos los demás”... Babalucas les contó a sus amigos que había conocido una linda muchacha. “Se llama Legia -les dijo-.

Tiene las dos mejores piernas del mundo”.

Uno de los amigos le preguntó, dubitativo: “¿Cómo puedes decir eso?”.

Respondió Babalucas: “Se las conté”... La chica que se iba a casar le pidió a su amiga: “El día de la boda te pones tu mejor vestido, porque quiero que seas mi dama de honor”.

“No tengo” -dijo la amiga. Preguntó la futura novia: “¿Vestido?”.

“No -contestó la amiga-.

Honor”... Doña Holofernes y don Poseidón sostenían su enésima riña conyugal.

Preguntó ella, desafiante: “¿Conoces a Leovigildo Roncesval?”.

“Sí, lo conozco” -replicó don Poseidón.

“Pues para que te lo sepas -le dijo doña Holofernes-, quiso casarse conmigo”.

“¡Mira! -exclamó don Poseidón-.

Ahora me explico por qué cada vez que nos encontramos en la calle se ríe de mí el caborón!”... “Doctor -le dijo una señora al siquiatra-, a mi marido le ha dado por beber en cantinas de la calle.

Estoy desesperada: Van varias veces que lo encuentro abrazado a una farola”. “Señora -contestó el analista-, es perfectamente normal que un hombre beba hasta embriagarse.

La que necesita tratamiento es usted: Es la primera vez que veo a una mujer que tiene celos de una farola”... Llegó una bondadosa y dulce ancianita a una granja avícola y le preguntó al dueño: “Perdone, señor: ¿Tiene usted de los que ponen las gallinas?”.

El tipo, divertido por el eufemismo de la viejecita, le contestó sonriendo: “Sí tengo, señora”.

“Entonces -dijo la ancianita- venga conmigo y péguele al individuo que me acaba de chocar mi coche”... El señor y su esposa estaban haciendo el amor.

Preguntó él: “¿No crees que la pasión se ha alejado de nuestro matrimonio?”.

Respondió ella: “Te daré la respuesta en los próximos comerciales”... A la compañía de seguros el incendio de la tienda de don Pirelio le pareció más que sospechoso, de modo que se negó a pagar la póliza.

Don Pirelio, entonces, contrató a un abogado.

Después de un año de litigio el abogado llamó a su cliente para decirle que había ganado el pleito.

Podía ir a su despacho a cobrar el dinero del seguro.

Cuando llegó don Pirelio se indignó al ver el porcentaje que el abogado había deducido por concepto de sus honorarios.

“¡Carajo! -protestó vehementemente-.

¡Cualquiera diría que el que provocó el incendio fue usted, no yo!”... El joven teniente de artillería acudió ante el general y le pidió tres días de permiso a fin de ir a su pueblo.

“¿Para qué necesitas el permiso?” -preguntó el superior.

“Mi esposa va a dar a luz” -explicó el artillero.

“Muchacho -le dijo el general-.

Tú ya cargaste el cañón.

Para que ahora dispare no es necesaria tu presencia”... FIN.
13 Septiembre 2014 04:10:31
Balance de los daños
La señora se presentó ante el juez de lo familiar.

Llevaba ya 40 años de casada, le dijo, y quería divorciarse de su esposo. Añadió: “Tengo una causa gorral”.

“Querrá usted decir una causal” -la corrigió el juzgador.

“No, señor juez -repitió ella-. Una causa gorral”.

El letrado se desconcertó.

“No recuerdo -dijo a la mujer- que el Código Civil contenga esa palabra.

Ciertamente no es término jurídico”.

“Sí, su señoría - insistió la señora-.

Causa gorral.

El caborón de mi marido ya me tiene hasta el gorro”... El indignado caballero protestó muy ofendido al registrarse con su pareja en el hotel: “¡Por supuesto que somos marido y mujer, señor mío! ¡Ella es la esposa del señor Cornato, y yo soy el marido de la señora Frigider!”... La famosa actriz de telenovelas fue a confesarse con el padre Arsilio.

Le dijo: “Me acuso, padre, de que mi productor me llevó a su departamento”. “¿Y luego?” -preguntó el buen sacerdote.

“Me ofreció una copa”.

“¿Y luego?”.

“Empezó a abrazarme y a besarme”.

“¿Y luego?”.

“Me llevó a la recámara”.

“¿Y luego?”.

“Me pidió que me quitara la ropa”.

“¿Y luego? ¿Y luego?” -preguntó ya impaciente el padre Arsilio.

Respondió la actriz de telenovelas poniéndose en pie para retirarse: “Continuará en la próxima confesión”... El condenado a muerte recibió impertérrito, impávido e incólume la fatal sentencia: Sería ejecutado a las 6 de la mañana del siguiente día.

Como última voluntad pidió pasar la noche con su esposa.

Hizo el amor con ella dos, tres veces.

A las 5 de la mañana la despertó de nuevo.

Quería hacer aquello por última vez. Protestó con enojo la señora: “¡Qué bien se ve que tú no tienes que trabajar hoy!”... Babalucas llegó presuroso a un restorán y ocupó la primera mesa que miró vacía.

Acudió rápidamente el mesero.

(Nadie olvide que éste es un cuento).

Dijo: “A sus órdenes, señor”.

“Estoy de prisa -le indicó Babalucas-.

Tráeme la cuenta”.

Se casó Dulcilí, muchacha ingenua, con Afrodisio, individuo diestro en toda suerte de concupiscencias.

Al empezar las acciones tendientes a consumar el matrimonio Dulcilí le pidió a su ardiente amador: “Te suplico, Afrodisio, que seas delicado.

Recuerda que tengo débil el corazón”.

“No te preocupes, amor mío -respondió acezante el anheloso tipo-.

No llegaré hasta ahí”... Alguna vez se hará el balance real de los daños y beneficios que la reforma agraria trajo a México.

Las buenas intenciones causan a veces daños graves.

La verdad es que la hacienda mexicana era una entidad altamente productiva.

Si bien hubo algunos terratenientes malos, la generalidad de los hacendados eran hombres paternalistas que cuidaban de sus trabajadores, siquiera fuese por el interés de seguir contando con su mano de obra.

Con el reparto de las tierras y la creación del ejido se vino abajo aquel eficiente sistema de producción, y el campo terminó por ser improductivo.

El actual éxodo de campesinos a las ciudades; la forma en que miles de ellos arriesgan hasta la vida para ir a trabajar en los Estados Unidos, son prueba fehaciente de ese fracaso.

El problema, desde luego, es multifactorial, según se dice ahora con lenguaje hinchado, pero los efectos de aquella reforma están a la vista.

Ahora cientos de miles de campesinos viven de milagro, por no decir que de limosna.

Es la verdad.

Libidiano Pitonier, lúbrico galán, logró después de múltiples instancias que Susiflor le hiciera ofrenda del íntimo tesoro que tenía reservado para el hombre a quien daría el dulce título de esposo.

Tan ignívomas fueron las solicitaciones del amador salaz que ella rindió por fin la fortaleza de su integridad.

Cobrando estaba Pitonier el premio a su tesón cuando ella le dijo: “¿Me amas, Libidiano?”.


Sin dejar de hacer lo que estaba haciendo replicó él, impaciente: “¿Que si te amo? Pero, mujer, ¡cómo se te ocurre hablar de amor en un momento como éste!”... Llorosa y gemebunda Dulcilí les anunció a sus padres que ella también iba a ser mamá.

“¡Zambomba! -exclamó el señor, que en su niñez había leído Los Halcones Negros-.

¿Cómo pudo pasarte eso?”.

Explicó Dulcilí: “¿Recuerdan ustedes que cuando mi hermana casada no lograba tener familia le consiguieron una oración especial para encargar? ¡Sin darme cuenta la leí!”... Don Algón le pidió un café a su secretaria Rosibel.

Ella se lo llevó.

Le preguntó don Algón: “¿Está caliente?”.

“¡Ay, señor! -se ruborizó la muchacha-.

¡No imaginé que lo que usted quería era otra cosa!”... FIN.
11 Septiembre 2014 04:10:50
Para evitar sorpresas
El señor conocía muy bien a su esposa.

Cierto día que el hombre andaba de viaje perdió su avión.

Inmediatamente le puso un mensaje a la señora: “Llegaré de madrugada.

Por favor, guárdame mi lugar en la cama”... Naufragó un barco y sólo dos pasajeros se salvaron: Una linda chica y un apuesto muchacho.

Llegaron a una isla desierta.

Los primeros días él se mostró tímido, reservado, y aun huraño.

No hacía nada de lo que la muchacha quería y esperaba.

Finalmente ella decidió tomar la iniciativa. Una tarde que el joven descansaba tendido sobre la arena de la playa se le acercó mimosa, se acostó junto a él y le arrimó su grácil y atractivo cuerpo en manera que no dejaba ningún lugar a dudas.

El muchacho le murmuró unas palabras al oído. Y prorrumpió ella, furiosa: “¿Dices que te habría gustado más que yo fuera un marinero?”.

Doña Babirusa llegó a su domicilio y sorprendió a su marido en ilícito arregosto con la joven criadita de la casa.

“¡Infame mujerzuela! -le gritó a la fámula con acento apocalíptico-.

¡Indigna maturranga! ¡Ramera pecatriz! ¡Eres una furcia sin recato, una pelleja sin sombra de pudor! Apuesto que ni siquiera has regado el jardín”.

“¡Uh, señito! -respondió la criada con tono de molestia-.

¿Quién la entiende? Ayer me regañó, dizque por no atender bien a su marido, y ahora que lo estoy atendiendo me regaña también”... En la cantina disputaban dos borrachos.

Le dijo uno a otro: “¡No sabes nada acerca del sexo!”.

“¿Que no? -replicó el otro-.

¡Pregúntale a tu esposa!”... Usurino Matatías, el hombre más avariento del condado, les contó a sus amigos una experiencia que tuvo la noche anterior.

“Salí con Hermosina -les dijo-, y me invitó a cenar en restorán.

Contradiciendo todos mis principios le dije que yo pagaría el taxi de regreso.

Cuando íbamos a su casa ella empezó a subirse la falda en el taxi”.

Preguntó uno: “¿Tiene bonitas piernas?”.

Respondió Usurino con molestia: “¿Cómo quieres que lo sepa? ¡Nunca puedo quitar los ojos del taxímetro!”... El Padre Arsilio le aconsejó a Pirulina: “Deja que la conciencia sea tu guía”.

Respondió ella: “¡Uh, pos ya me fregué! ¡Con esa guía cada rato me voy a perder!”... En el aula de la escuela de animales dijo el búho, que era el profesor: “Hoy vamos a aprender a multiplicar”.

El conejito y la conejita se dispusieron a salir: “Eso ya lo sabemos, maestro”... “México está politizado, por eso está jodido”.

Quizá esa frase no merezca ser inscrita en bronce eterno o mármol duradero, y ni siquiera en plastilina verde, pero no cabe duda de que contiene una verdad.

Todo en este país se vuelve cosa de política.

El asunto del salario mínimo se politiza.

La cuestión del nuevo aeropuerto se politiza. En Oaxaca la educación se politiza.

La justicia se politiza.

Lo único que no se politiza es la política, que entre nosotros es casi siempre politiquería.
Necesitamos menos palabras y más números, a partir de los cuales la política se vuelva hechos de beneficio a la comunidad.

Política que no se traduce en bien para la gente no es política: es politiquería, estéril e infecundo ejercicio del poder.

Sobre todo estéril, sin menospreciar por eso a lo infecundo.

La política es el arte del bien común.

Invito a los políticos a hacer verdadera política.

Si no la hacen no merecerán el nombre de políticos.

Serán pancistas, ganapanes, oportunistas, vividores, chambistas, parásitos, sacacuartos y sopistas, pero no serán políticos.

Y ya no digo más, porque estoy muy encaboronado.

En el campo nudista, mientras todas las muchachas paseaban por el jardín completamente en peletier, aquel sujeto veía hacia afuera por un agujero hecho en la barda.
“Me irrita ese Pipín -comenta una de las chicas-.

Se la pasa mirando a las mujeres que pasan vestidas por la calle”... La exuberante morenaza pidió en el banco un crédito personal.

Le preguntó el gerente: “¿Tiene usted alguna garantía?”.

La frondosa mujer se dio la vuelta y se levantó la falda, con lo que dejó a la vista su abundoso tafanario.

Le dijo al funcionario: “Puedo hipotecar esto”... El vanidoso galán invitó a la linda chica a pasear en su automóvil europeo.

“Compacto” -le dijo con orgullo.

Fueron al departamento del tipo: “Minimalista” -dijo él, ufano.

Llegada la hora del amoroso trance él se despojó de su bata y se mostró tal cual era al natural.

Le vio ella con atención la región correspondiente a la entrepierna y comentó luego con desabrimiento: “También compacta y minimalista ¿no?”... FIN.
10 Septiembre 2014 04:10:31
Soberbia y arrogancia
En el vestidor del club, dos chicas se preparaban para ir a su clase de tenis.

Le preguntó una a la otra: “¿Por qué usas ligas negras?”. Respondió ella: “Es en memoria de los que han pasado al más allá”... Pepito era boy scout.

Un día le dijo a su papá: “A la nueva vecina la vamos a hacer boy scout honoraria”.

“¿Cómo es eso? -se sorprendió el señor.

Explicó Pepito: “A todos los de la tropa nos hizo la buena obra que queríamos”... Llorosa y compungida la chica soltera anunció en su casa que iba a ser mamá.

“¿Cómo te pudo pasar eso?” -le preguntó su padre. Gimió ella: “Me tocó la mala suerte”.

“Ya veo -dijo el señor-.

No me digas dónde te tocó”... En el sepelio de la comadre, el compadre lloraba desgarradoramente. Nada podía consolarlo.

El viudo se condolió.

Fue hacia él y le dijo lleno de emoción: “No se aflija usted, compadre.

Le prometo que me volveré a casar”... Una de las mayores señas de subdesarrollo que en México se observa es la prepotencia de la clase política, su soberbia y arrogancia.

Aun quienes desempeñan un cargo ínfimo -vice subayudante sustituto interino suplente temporario auxiliar noveno de oficial cuarto recadero de la mesa P- se cree por encima de los mortales comunes y corrientes, y se siente autorizado a pasarse la ley por donde Petra se pasa el peine.

Tal sentimiento de superioridad se traduce en otro peor, de impunidad, por el cual los detentadores de poder, así sea el último de los gendarmes, se sienten absolutos, y piensan que el orden jurídico no los obliga a ellos, que se refiere sólo a los demás.

Tal sentimiento se extiende a sus hijos, que al grito de “¿No sabes quién es mi padre?” (la respuesta en este caso debe ser: “No, pero si quieres te ayudaré a averiguarlo”) cometen todo tipo de abusos y tropelías, en la seguridad de que saldrán sin castigo.

No hemos logrado hacer de México un estado de derecho.

En eso estriba la causa de la mayor parte de sus problemas; ahí está la raíz de la rampante corrupción que padecemos, tremendo mal que parece ya consustancial a nuestra vida pública.

El atraso del país suele explicarse con índices de economía.

Hemos de recurrir también a indicadores éticos y a referencias de orden jurídico para entender por qué nuestro país no sólo está retrocediendo, sino también está yendo para atrás.

Aquella señora salía a trabajar por la noche, y en la madrugada regresaba con buenos dineros a la casa.

Él no sabía en qué se ocupaba su consorte.

Cierta noche quiso hacerle el amor.

“Perdóname, mi vida -le dijo ella-.

No acostumbro trabajar en casa”... Un hombre paseaba por una playa solitaria.

De pronto escuchó una voz majestuosa venida de lo alto.

Le dijo la sonorosa voz: “Detente”.

El sujeto, asustado, se detuvo. Le ordenó la majestuosa voz: “Escarba”.

El tipo, intrigado, removió la arena a sus pies, y halló un cofre cerrado.

Le dijo la voz, otra vez con una sola palabra: “Abre”.

Destapó el hombre la caja, y la vio llena de monedas de oro. Volvió a oírse la voz: “Casino”.

El sujeto encaminó sus pasos prontamente al casino más cercano, y ahí volvió a escuchar la voz: “Ruleta”.

Se dirigió el tipo a la aludida mesa. Cuando estuvo frente al tapete aquella voz que sólo él escuchaba le dijo: “27”.

Ante el asombro de los demás jugadores el hombre puso todas las monedas de oro en el número 27.

Giró la ruleta. La bolita cayó en el número 26.

Entonces el individuo oyó otra vez la majestuosa voz, que dijo desde lo alto: “¡Joder!”.

El señor le informó a su mujer: “Quiero cambiar el coche.

Voy a pedir un crédito en el banco”.

“No es necesario -le indicó la señora-.

Tengo 100 mil pesos ahorrados”.

“¡¿Cien mil pesos?! -exclamó el señor, estupefacto-.

¿De dónde sacaste ese dinero?”.

“Te lo diré -respondió ella-.

Cada vez que me haces el amor ahorro mil pesos”.

“¡Cómo no me lo dijiste antes! -profirió el hombre-.

¡De haberlo sabido habría hecho todos mis depósitos en tu banco!”... FIN.
09 Septiembre 2014 04:10:57
Peligrosa cacería
Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le dijo a un amigo: “Te invito a una orgía hoy en la noche.

Trae a tu esposa”.

Preguntó el otro, interesado, pues era también dado a las carnalidades: “¿Cuántos vamos a ser?”.

Respondió Afrodisio: “Tres, contándote a ti”... Los dos cazadores se disponían a emprender la peligrosa cacería del oso.

Uno de ellos se sentó en el suelo y empezó a ponerse unos zapatos especiales para correr.

El otro rió, divertido.

“No me dirás que con ese calzado esperas correr más aprisa que el oso si éste nos persigue”.

Respondió el otro: “No espero correr más aprisa que el oso.

Lo único que espero es correr más aprisa que tú”... El señor cura quería aprender a jugar golf.

Se compró la ropa indicada y el mejor equipo que encontró.

Cuando llegó la mañana del sábado se dirigió feliz al club de golf y contrató los servicios de un caddie para que lo acompañara a hacer el recorrido.

Lleno de animación el padrecito puso la pelota en el tee y se dispuso a hacer el primer tiro.

¡Zas! Falló una vez.

¡Zas! Falló otra.

¡Zas! Falló por tercera ocasión.

Mohíno y avergonzado, la cabeza hundida en los hombros, se quedó en silencio rumiando su enojo y frustración.

Con tono de reproche le dijo entonces el muchacho: “Señor cura: Éste es el silencio más maldiciento que he oído en toda mi vida”... Comentaba doña Chalina, mujer dada a chismes y cotilleos: “Yo sé guardar un secreto.

Mi problema es que la gente a la que se lo cuento no lo sabe guardar”... Una señora les comentó a sus amigas en la merienda de los jueves: “Mi marido tenía problemas para conciliar el sueño, pero tomé un curso de hipnotismo y he podido ayudarlo.

Simplemente me dirijo a cada una de las partes de su cuerpo.

Les voy diciendo: “Cabeza y cuello: Duérmanse... Tórax: Duérmete... Brazos: Duérmanse... Cintura: Duérmete... Muslos: Duérmanse...”. “Te saltaste algo” -le dijo con pícara sonrisa una de las amigas. “No -replicó la señora-.

Eso ya lo tiene dormido desde hace mucho tiempo”... Afrodisio, hombre salaz, estaba en el hospital, vendado de la cabeza a los pies cual momia egipcia.

“¿Qué te sucedió?” -le preguntó un amigo, consternado.

“Pie de atleta” -respondió Afrodisio con feble voz que apenas el amigo alcanzó a oír.

“¿Pie de atleta?” -repitió éste con asombro-. No es posible que estés así por pie de atleta”.

Sí es posible -confirmó Afrodisio con lamentoso acento-.

“Un profesional del kick box me sorprendió haciéndole el amor a su mujer, y me agarró a golpes y patadas”... Cuentas alegres hacen los voceros oficiales en torno de nuestra economía.

Sin embargo las cosas son muy tristes para la inmensa mayoría de los mexicanos.

Mejorará su condición, dice el Gobierno, cuando empiecen a surtir efecto las reformas que se han hecho, especialmente la energética y la fiscal.

Yo me pregunto, junto con millones de compatriotas, cuándo empezarán esas reformas a traducirse en una vida más digna para quienes sufren marginación, pobreza.

Si esos efectos no se advierten pronto la población se irritará y se cobrará en las urnas los agravios que el régimen actual le infiera.

Ahí está López Obrador, el hombre que sabe esperar, esperando a ver pasar el cadáver de las reformas hechas por sus adversarios.

Hubo un encuentro de obispos en un hotel de la ciudad.

El primer día de los trabajos la mañana se presentó fría y nebulosa.

Uno de los obispos le pidió al joven mesero una taza de chocolate bien caliente.

Le dio un trago y exclamó con un suspiro de satisfacción: “¡Ah! ¡No hay nada mejor en un día frío que una buena taza de chocolate!”.

Comentó el mesero: “Con el mayor respeto, su excelencia, yo puedo decirle que hay cosas mejores que un chocolate para quitar el frío”... El oso polar le dijo muy enojado a su hembra: “Icelia: el hecho de que seas osa polar no justifica que seas frígida”... Comentó la esposa de don Languidio: “A mi marido le digo ‘El Jabón Neutro’.

No tiene ningún ingrediente activo”... Una pareja de casados, mexicanos ellos, lograron por fin la ciudadanía americana después de varios años de vivir en el país del norte.

Al salir de la oficina gritó el marido jubiloso: “¡Ya somos ciudadanos de Estados Unidos!”.

“Sí, -confirmó ella con determinación-.

Hoy en la noche yo arriba y tú abajo, y mañana te tocará lavar los platos”... FIN.
08 Septiembre 2014 04:10:23
Obra impostergable
Todas las noches Pepito rezaba devotamente sus oraciones antes de acostarse.

Las terminaba siempre con la misma petición: “Y por favor, Diosito, cuida a mi mamá, a mi papá, a mi abuelita y a mi abuelito”.

Cierta noche cambió el texto de su ruego.

Dijo esa vez: “Y por favor, Diosito, cuida a mi mamá, a mi papá y a mi abuelita”.

“¿Te fijaste? -le comentó intrigada la mamá de Pepito a su esposo-. Omitió en su oración al abuelo”.

Al día siguiente el abuelito amaneció sin vida.

Pasaron tres o cuatro semanas, y una noche Pepito dijo en su oración: “Y por favor, Diosito, cuida a mi mamá y a mi papá”.

“¿Te fijaste? -volvió a decirle la madre de Pepito a su marido-. No mencionó en su oración a la abuela”.

En el transcurso de la noche la abuelita pasó del efímero sueño de la vida al otro que no tiene final.

Transcurrió un mes.

Y una noche dijo Pepito al rezar: “Y por favor, Diosito, cuida a mi mamá”.

“¿Te fijaste? -le dijo con espanto el papá de Pepito a su señora-.

¡Esta vez me omitió a mí!”.

¡Oh augurio sombrío! ¡Oh fatal premonición! Toda la noche el desdichado señor estuvo sin dormir; pensaba que en cualquier momento llegaría la parca -Átropos, Láquesis o Cloto- a cortarle el frágil hilo de la vida.

Pero pasó la noche y nada sucedió.

Amaneció el nuevo día.

Un poco más tranquilo el señor estaba a punto de conciliar el sueño cuando el teléfono sonó.

Contestó la señora, y después de colgar le dijo a su esposo: “Una mala noticia.

El compadre Pitoncio murió anoche”... El nuevo aeropuerto de la Ciudad de México es una obra cuya realización no puede postergarse más.

El actual está ya tan saturado como el viaducto en horas pico (las horas pico son de las cero a las 24 horas).

A fin de llevar a cabo esa obra tan necesaria deben ponerse en ejercicio dos grandes cualidades que no menciono aquí nominalmente por las limitaciones que la Ley de Imprenta impone a quienes escribimos en los papeles públicos.

Existe en derecho la institución llamada expropiación por causa de utilidad pública, de la cual se puede echar mano en este caso si algún pequeño grupo de propietarios o detentadores de los terrenos requeridos -decir “grupúsculo” no se oye bien- se oponga a la realización del aeropuerto.

El interés de unos cuantos no puede atentar contra el de millones de personas, y menos cuando ese interés no está justificado.

Si en otro tiempo a los gobernantes les faltó lo que al pastel para llevar adelante este proyecto, si en nombre de la prudencia se permitió que con amenazas y demostraciones violentas se detuviera durante años la construcción de una obra indispensable para el desarrollo del país, esa lenidad ya no se puede permitir... Dulcilí, doncella cándida, le dijo a Afrodisio: “No iré contigo al cine. Sé que me invitas solamente para hacerme objeto de tocamientos y sobos de lascivia, lubricidad, lujuria y voluptuosidad, aunque no sea necesariamente en ese orden”.

“¿Cómo puedes pensar tal cosa de mí? -protestó él, ofendido-.

Soy un caballero.

Además, si por ventura intentara eso, nos vería la gente”.

Sugirió tímidamente Dulcilí: “Podríamos sentarnos en la fila de mero atrás”... Le preguntó un amigo a Babalucas: “¿Cómo te fue con la chica con quien saliste anoche?”.

“Muy mal -refunfuñó el tontiloco-.

Me salió dormilona”.

“¿Cómo que te salió dormilona?” -se extrañó el otro.

“Sí -explica Babalucas-.

Tan pronto la empecé a besar y a acariciar me preguntó ansiosamente que a qué horas nos íbamos a acostar.

Me enojé y la fui a dejar a su casa”... El señor y la señora regresaron a su casa después de haber ido al cine, y oyeron ruidos raros en la recámara de su hija.

Entraron y ¿qué vieron? Me resisto a decirlo, pero me obliga la proclamación de la verdad: Vieron al novio de la muchacha tendido en la cama de la chica, en decúbito supino -vale decir de espaldas sobre el lecho- y cubierto sólo por un poco de loción y un arete que llevaba en la oreja izquierda.

La señora, que recientemente había hecho un diplomado en Letras Españolas, exclamó con desesperación: “¡Ay mísera de mí, ay infelice! ¿Dónde está mi hija, grosero, lanudo, brusco?”.

Respondió el mozalbete: “En seguida va a caer, señora.

Estaba arriba de mí -woman on top-, y con el susto que me dieron ustedes al entrar la aventé.

De momento se encuentra estampada en el techo”... FIN.
07 Septiembre 2014 04:10:24
Palabras que confunden
Hubertino practicaba el deporte de la cacería.

Cierto día salió de caza con tres amigos.

Como no cazaron en rancho cinegético, donde matar un venado es como matar una vaca, les aconteció que no cobraron ninguna pieza en todo el día.

Cayó la noche sobre ellos, y se encontraron hambreados y sin qué cenar.

Hubertino recordó entonces que en el pueblo vecino vivían tres tías abuelas suyas: la tía Laira, la tía Leira y la tía Loira, y junto con sus compañeros encaminó sus pasos hacia la casa de las viejecitas.

Cuando llegaron empezaban a sonar las 11 en el reloj del templo parroquial.

Hubertino llamó a la puerta con grandes golpes que turbaron el silencio que a esa hora reinaba ya en el lugarejo.

Después de que llamó dos o tres veces más se encendió una luz en el interior de la casa.

Con tono de temor preguntó una quebrada voz de mujer: “¿Quién es?”.

La que hablaba era la tía Laira, la mayor de las hermanas.

Respondió el muchacho: “Soy yo, tía; tu sobrino Hubertino. Vengo con dos amigos.

Ábrenos, por favor”.

“Ay, hijito -respondió penosamente la ancianita-.

Ya estamos recogidas”.

“No, tía -le aclaró Hubertino-.

Solamente venimos a cenar”.

No le entendí.

Lo que sucedió, pienso, es que el joven cazador confundió la melcocha con la panocha.

Nadie se alarme al oír ese dicho sonorense: No hay en él desvergüenza o grosería, y si la hay está en la imaginación de quien lo escucha o lee.

La panocha es en Sonora lo que en otras partes se nombra piloncillo, chancaca, panela o chincate, esa azúcar morena que se vende en panes que tienen la forma de un cono truncado.

En otros tiempos dicha azúcar la expendía el abarrotero en los tendajos de barrio, cortándola de un gran pilón con un machete o pequeña hacha, lo cual hacía que se desprendieran de él raspaduras que el tendero obsequiaba luego como adehala o ñapa a los niños que compraban algo.

Pedían ellos: “Deme del pilón”.

De esa frase derivó seguramente el llamado pilón, pequeño obsequio que se daba a los chamacos.

El término “pilón” significa también añadidura que se hace a algo, como en el caso del señor que sorprendió a su esposa en la cama con un desconocido.

Llorosa le dijo la mujer: “¡Y esto no es todo, viejo! ¡De pilón me vendió una enciclopedia!”.

El paciente le dijo, agradecido, al doctor Duerf, célebre psiquiatra: “¡Me ha curado usted! ¡Ya no me creo perro!”.

Preguntó el analista: “¿De veras se siente bien?”.

“¡Perfectamente, doctor! -exultó el hombre-.

¡Mire, tóqueme la nariz!”.

El papá de Pepito le comentó a un amigo: “Me preocupa mi hijo.

Faltó tres días a la escuela, y la maestra nos envió un mensaje de agradecimiento”.

Relató la chica: “Anoche le di el sí a mi novio.

Seguramente después de esto, dentro de poco me propondrá matrimonio”.

Durante diez años don Chinguetas toleró en su casa a aquella mujer habladora, metiche y comilona.

Harto ya de ella, un día le dijo a su esposa doña Macalota: “¡Ya tuve suficiente! ¡O se va ella o me voy yo! ¡No estoy dispuesto a aguantar a tu mamá ni un día más!”.

“¿Mi mamá? -se asombró doña Macalota-.

¡Yo creí que era tu mamá!”.

Con lamentoso acento narró aquel individuo: “Fui un hijo no deseado.

Para ir del hospital donde nací a la casa de mis padres tuve que tomar un taxi”.

Himenia Camafría y Solicia Sinpitier, maduras señoritas solteras, fueron a dar un paseo por la orilla del mar.

En una solitaria playa se hallaba un hombre joven tomando el sol en peletier, vale decir sin nada encima.

Al ver que las mujeres se acercaban el muchacho tomó una tina que estaba tirada por ahí y se cubrió con ella la pudenda parte.

Ellas se acercaron y lo observaron con detenimiento.

Le dijo la señorita Himenia: “Ha de saber, joven, que tengo la facultad de leer el pensamiento, y sé lo que piensa usted en este momento”.

“¿Ah sí? -se intrigó el muchacho-. ¿

Qué pienso?”.

Respondió la señorita Himena: “Piensa que la tina con que se está tapando tiene fondo”.

¿Qué dijo Gruñón, uno de los siete enanos de Blanca Nieves, cuando la hermosa joven se casó con el amado príncipe? Les dijo a los demás enanitos: “Bueno, compañeros, parece que otra vez tendremos que volver a los trabajos manuales”.

(Claro, por atender a Blanca Nieves habían descuidado sus tareas en la mina). FIN.
06 Septiembre 2014 04:10:18
Vergüenza e indignación
Don Algón entró en el cuarto del archivo y sorprendió al office boy en apretado trance de carnalidad con una de las secretarias.

“¡Bellaco! -le dijo con expresión furente-.

¿Para esto te pago?”.

“No, señor -respondió muy cortés el mozalbete-.

Esto lo hago gratis”.

Contrita, compungida y conturbada Dulcilí les informó a sus papás que estaba un poquitito embarazada. Gimió con pesadumbre: “No supe lo que hice, pero mi novio piensa que lo hice muy bien”.

Pompona Tetonier, joven mujer en plenitud de vida, y muy frondosa, se casó con Apenino, muchacho que si bien no era un alfeñique, tampoco podía ser calificado de fuerte o vigoroso.

Desde la primera noche de casados la ávida fémina le planteó a su maridito demandas eróticas cuantiosas.

Quería hacer el sexo a mañana, tarde y noche, y los fines de semana añadía a esas tres peticiones cotidianas otras cuatro o cinco adicionales, con pretexto de que no había nada más que hacer.

Una noche, después de uno de aquellos numerosos trances, Pompona le preguntó a Apenino: “Dime, mi cielo: ¿Qué quieres para nuestro primer mes de casados?”.

Con voz apenas audible respondió él exhausto y agotado: “Llegar”.

A media mañana don Cornulio se sintió mal en la oficina y le pidió a su jefe que le permitiera irse a su casa.

Llegó a su domicilio y encontró a su mujer en brazos y lo demás de un individuo.

Poseído por ignívoma cólera don Cornulio llenó al sujeto de calificativos denostosos.

Le dijo: “¡Es usted un infame, un canalla, un bribón!”.

Replicó, severo, el tipo: “Y usted, señor mío, es un irresponsable.

¿No debería estar en su trabajo a esta hora?”.

En el momento del amor la esposa del gran jefe de los pieles rojas le dijo a su consorte: “Ya sé que tienes que justificar tu nombre, Toro Sentado, pero para hacer esto hay muchas otras posiciones”.

A veces da vergüenza pertenecer al género humano.

Las decapitaciones de periodistas norteamericanos llevadas a cabo por fanáticos pertenecientes al Estado Islámico, han horrorizado al mundo y han sido causa de repulsa universal.

Debo decir, empero, que la forma en que en Estados Unidos se aplica la pena de muerte me provoca igual vergüenza y semejante indignación.

A sangre fría, con frecuencia después de muchos años de cometido el delito, el reo es privado de la vida en condiciones que llegan a ser macabras, como las de los infelices que han tardado más de 20 minutos en morir tras de serles aplicadas inyecciones letales defectuosas.

Ciertamente, aquellas decapitaciones son actos de crueldad imperdonables, pero hemos de preguntarnos si no son objetables también esas ejecuciones que muchas veces, más que ejercicio de justicia, parecen actos de sórdida venganza de una sociedad violenta que sigue siendo racista y discriminadora.

A veces, vuelvo a decirlo, da vergüenza pertenecer al género humano.

Afortunadamente vienen Mozart y Beethoven, Shakespeare y Cervantes, San Francisco de Asís y la Madre Teresa de Calcuta, Miguel Ángel y Van Gogh, Einstein y Darwin, y muchos más como ellos, y nos salvan de esa vergüenza.

El obispo iba a llegar al pueblo en visita pastoral.

Como eso sucedía cada venida de obispo, la gente engalanó sus casas, el alcalde se compró zapatos nuevos y el cura párroco organizó una lucida procesión que sería encabezada por el ilustre visitante.

Hombres, mujeres y niños salieron a la calle -lo que estoy narrando aconteció en los años veintes del pasado siglo-, y formaron una valla en la aceras para vitorear al dignatario.

A su paso le gritaban vivas; las muchachas, vestidas con el hábito azul y blanco de la congregación mariana, le lanzaban pétalos de flores al tiempo que los Caballeros de Colón alzaban sus relucientes espadines para que Su Excelencia pasara bajo ellos.

Entre los jubilosos fieles estaban los dos borrachines del lugar, Empédocles Etílez y Astatrasio Garrajarra. Se habían conseguido sendas banderitas con los colores del Vaticano, y las ondeaban con fervor devoto.

Empédocles le dijo a Astatrasio: “En el momento en que Monseñor pase frente a nosotros hay que gritarle algo bonito”.

Se pusieron de acuerdo, y cuando el obispo pasó ante ellos le gritaron con voz llena de entusiasmo y fe: “¡Señor obispo! ¡Que chingue a su madre el diablo!”.

FIN.
05 Septiembre 2014 04:10:03
Legislación viciosa
Can-Ek, joven y musculoso guerrero maya, le hizo el amor a la linda doncella Nikté-Ha. Al terminar el trance le dijo: “Deberías darme las gracias, linda.

Después de esto ya no corres el riesgo de que los sacerdotes te arrojen al cenote de las vírgenes”. En la barra de la cantina dos solitarios individuos bebían sus respectivas copas, cada uno por su lado. De pronto uno de ellos rompió en llanto. Porfirió, gemebundo: “¡Bebo porque hace dos meses mi mujer se fue con otro!”. El otro estalló en sollozos desgarrados y clamó con acento congojoso: “¡Yo bebo porque soy el otro!”. El león, rey de la selva, convocó el domingo a todos los animales a una junta. Abrió una libreta que llevaba y procedió a nombrarlos. Dijo: “Cebra”. “Presente” -respondió ella. Le informó el león: “Voy a comerte el lunes”. Luego llamó: “Gacela”. “Presente” -contestó el tímido animalito. “A ti -le dijo el león- te comeré el martes”. Prosiguió el felino: “Búfalo”. “Presente” -se adelantó el nombrado, tembloroso. Declaró el león: “A ti te comeré el miércoles”. Luego leyó: “Elefante”. Respondió el proboscidio: “Presente”. “A ti -manifestó el león- voy a comerte el jueves”. El elefante tomó al león en su poderosa trompa y lo levantó en alto disponiéndose a azotarlo contra el suelo. “Y yo -le dijo- voy a partirte la madre ahora mismo”.

“Si vas a hacer eso, elefantito -suplicó el león con mansedumbre-, entonces hazme el favor de bajarme, para borrarte de la lista”. Quienes en nombre de la representatividad defienden la existencia de diputados y senadores no electos por los ciudadanos, sino designados por los partidos políticos, olvidan que en México la mayoría de los partidos registrados no representan a nadie: son sólo negocios personales o de familia, que se las han arreglado para subsistir gracias a una legislación viciosa que permite alianzas y coaliciones sin las cuales esos llamados partidos habrían desaparecido ya.

De los tres principales: PAN, PRI y PRD, podría decirse que representan a las corrientes políticas de derecha, centro e izquierda, pero los demás son organizaciones adventicias que obedecen a intereses muy particulares. Exceptúo de esa consideración al partido creado por López Obrador, pues pienso que tiene verdadera representatividad, en este caso la de un gran número de mexicanos, sobre todo pobres, que siguen viendo en el tabasqueño una esperanza. Reafirmo mi postura en el sentido de que no debe haber diputados y senadores que no hayan sido electos en las urnas por los ciudadanos. Las dádivas en escaños y curules -vale decir en chambas- que los partidos se han concedido a sí mismos al margen del voto de la ciudadanía son un atentado contra el ejercicio democrático, aparte de una indebida e inútil carga para los contribuyentes. Y ya no digo más, porque estoy muy encaboronado. Rosilita le dijo a Pepito: “Quiero ser tu novia”.

Pepito entró en su casa y regresó trayendo en las manos un brassiére copa C. Le dijo a Rosilita: “Si quieres ser mi novia primero tendrás que llenar esta solicitud”. Declaró doña Frigidia con disgusto: “Mi marido es un hombre lujurioso. Quiere sexo una vez en primavera, otra en verano, otra en otoño y otra en invierno”. Empédocles Etílez, el borrachín del pueblo, iba de madrugada por la calle, cae que no cae. Lo detuvo el gendarme de la localidad y le preguntó, severo: “¿Puede explicarme por qué anda en la calle a estas horas?”. Respondió con tartajosa voz el temulento: “Si me ayuda usted a encontrar una explicación me iré a mi casa”. Dos amigas, Flordelisia y Susiflor, contrajeron matrimonio el mismo día. Flordelisia desposó a don Moneto, maduro caballero abundoso lo mismo en años que en dinero. Susiflor casó con Adonisio, mancebo en flor de edad, y lacertoso. Las dos parejas fueron a pasar su luna de miel en el mismo hotel de playa. Al día siguiente de la noche nupcial Flordelisia y Susiflor se reunieron a desayunar, pues sus maridos aún dormían. Le preguntó Susiflor a Flordelisia: “¿Cómo te fue anoche?”. “No muy bien -contestó ella-. Llegó muy cansado, y se durmió en un segundo”. “En cambio a mí me fue muy bien -declaró Susiflor con actitud de gatita satisfecha-.

Adonisio no se durmió sino hasta el tercero”. FIN.
04 Septiembre 2014 04:10:54
Los coches al pie del asta
Dulcilí, joven soltera, le dijo a su mamá: “Estoy embarazada, y tú tienes la culpa”.

“¿Yo? -se azoró la señora-.

¿Cómo puedes decir eso? Muchas veces te hablé del acto de la procreación; te lo describí detalladamente; te hablé de sus posibles consecuencias y de la manera de evitarlas.

Incluso te compré libros que tratan de ese acto”.

“Sí -reconoció Dulcilí-.

Pero no me enseñaste otras habilidades para sustituirlo”.

Avaricio Cenaoscuras, hombre cicatero, estaba leyendo el periódico (todos los días se lo pedía al vecino).

Le dijo a su mujer: “¿Sabías que en los países subdesarrollados la alimentación diaria de un niño cuesta un dólar?”.

“Increíble” -comentó la señora.

Preguntó Avaricio: “¿Qué te parece si mandamos a los niños a algún país subdesarrollado?”.

Doña Macalota, esposa de don Chinguetas, sufrió una grave intervención quirúrgica, y durante varios días tuvo que ser alimentada por vía rectal.

Cierta mañana su marido fue a visitarla, y se sorprendió al verla moverse en la cama con singulares ondulaciones de cadera, cual si estuviera bailando zumba, mambo, salsa, lambada, hip-hop, soca, merengue, samba o chachachá.

Le preguntó asombrado: “¿Qué haces, mujer, moviéndote en tal forma?”.

Respondió ella sin dejar de menear el caderamen: “Estoy mascando chicle”.

Lo que en imagen pudo haber ganado Peña Nieto con su mensaje a la Nación lo perdió por el indebido uso que se hizo del Zócalo como estacionamiento.

Es increíble la forma en que la torpeza de algún empleado de ínfima categoría puede dañar al más elevado superior.

El Zócalo es el corazón de la República.

Es sitio profundamente mexicano, entrañablemente popular.

No es propiedad de los políticos ni de sus chalanes: Pertenece al pueblo.

Sirve lo mismo para el Grito que para el grito; en él se oye tanto la mentada de madre como el Himno Nacional, igual la palabra de iracundia que la armonía del canto.

Haber usado ese lugar de historia como estacionamiento para coches fue degradarlo, necia acción que demuestra al mismo tiempo la escasa mentalidad de quien la ordenó y su prepotencia.

Triste, muy triste fue, e indignante, haber visto coches estacionados al pie del asta de la bandera nacional.

El Gobierno de la República actuó bien al haber asumido la responsabilidad por ese hecho a todas luces reprobable, y al disculparse y prometer que lo sucedido no se repetirá.

El daño, sin embargo, está causado ya, y es irreparable.

Los malquerientes de Peña Nieto le enrostrarán una y otra vez el yerro, como si él fuera responsable directo del desaguisado, y el acontecimiento se presentará como una metáfora del régimen según la cual los detentadores del poder hacen uso a su capricho de un bien valioso que pertenece a todos los mexicanos y lo emplean, casta privilegiada e inconsciente, para su comodidad.

Los actuales capitostes ya no podrán reprocharle a López Obrador haber tomado el Paseo de la Reforma: Ellos tomaron el Zócalo.

Qué pena. Augurio Malsinado es un perdedor nato.

Hizo en su casa una alberca al aire libre, y se le quemó.

Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, describió la forma en que había cortejado a Susiflor, linda muchacha.

Dijo: “Fue igual que la operación Rápido y Furioso.

Yo actué rápido, y ella se puso furiosa”... Hamponito, el hijo del narco de la esquina, le propuso a un amigo, adolescente como él, que se dedicaran a robar autos.

Objetó el amigo: “No tenemos licencia de manejar”.

“No importa -replicó Hamponito-. Los robamos con chofer”.

La encargada de la taquilla del cine recibió una llamada telefónica.

Era una señora que quería saber el costo del boleto. “30 pesos” -le informó.

Preguntó la mujer: “Y el boleto de niños ¿cuánto cuesta?”.

“Lo mismo -le dijo-. 30 pesos”.

Opuso la que llamaba: “En el avión los niños pagan la mitad”.

Sugirió la taquillera: “Venga usted al cine, y a los niños póngalos en el avión”.

Se casó Flordelisia, muchacha que sabía muy poco acerca de la vida, pues toda se la había pasado manejando los artilugios electrónicos de moda.

Gozó cumplidamente los deliquios de himeneo, que encontró asaz deleitosos y placenteros.

Acabado el primer trance de amor apasionado le preguntó inmediatamente a su exhausto maridito al tiempo que le hurgaba la entrepierna: “¿Dónde está el botón de repetir?”.

FIN.
03 Septiembre 2014 04:10:28
Sobrio mensaje nacional
Temprano en la mañana don Cornulio recibió la visita de un amigo a quien hacía mucho tiempo no veía. Le dijo: “Debo ir a trabajar, pero regresaré en la tarde.

Espérame aquí, y siéntete como en tu casa”.

Cuando volvió don Cornulio halló a su mujer yogando con el visitante en el lecho conyugal.

“¡Malnacido! -le dijo al hombre en paroxismo fúrico-.

¿Así pagas, ingrato, la generosa hospitalidad que te brindé?”. Intervino la señora: “Pero, Cornulio, tú mismo le dijiste que se sintiera como en su casa”.

(Nota: Además el bribón se había comido unos tamales que don Cornulio guardaba para la cena.

Eso fue lo que más le dolió al pobre).

La maestra preguntó: “Si hay cinco moscas en la mesa, y con un matamoscas mato una, ¿cuántas moscas quedan?”. Contestó Juanito: “Cuatro”.

Contestó Rosilita: “Queda una: La muerta.

Las otras cuatro vuelan”.

(Eso se llama lógica femenina, fincada más en la realidad que en la abstracción).

En la estación del tren un letrero advertía: “Prohibido entrar al andén con perros”.

Un sujeto entró llevando consigo un feroz león.

Cuando los guardias le ordenaron salir el tipo alegó: “El letrero se refiere sólo a perros”.

(Eso se llama lógica masculina, fincada más en la abstracción que en la realidad).

Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, asistió a una conferencia con su esposa y su suegra.

El disertante dijo: “Para que haya belleza tiene que haber fealdad”.

Le comentó Capronio a su mamá política: “¡Mire, suegra! ¡Después de todo el mundo la necesita!”.

Augurio Malsinado es un perdedor nato.

Fue a una casa de mala nota y todas las mujeres le dijeron: “Hoy no.

Me duele la cabeza”.

Sobrio fue el acto en que el Presidente Peña Nieto dio su mensaje a la Nación con motivo de su segundo informe de Gobierno.

Lo dijo en un ambiente protegido en el que nada ingrato podía suceder.

Lo dijo con prestancia, seguro de sí mismo y de lo que ha hecho.

Evitó, sin embargo, proyectar una imagen triunfalista, tentación en la que bien pudo haber caído después de su buen éxito con las reformas.

Se mostró agradecido con quienes lo ayudaron a sacar adelante tales cambios.

Lo mostró con aplausos que en ocasiones él mismo iniciaba y que el público seguía.

Nadie podrá negar que el Presidente tiene oficio político.

El primer aplauso -éste no promovido por él- se lo llevó tan pronto empezó a hablar, cuando aludió hábilmente al hecho de que dos representantes de la izquierda estén al frente de la Cámara Baja y el Senado.

Fue aplaudido luego cuando se comprometió a no promover nuevos impuestos en el curso de su administración, ni a retirar estímulos fiscales.

Eso contribuirá a aliviar, siquiera sea en parte, las tensiones causadas por la reforma hacendaria.

El mayor aplauso, que pudo ser más largo si él mismo no lo hubiera interrumpido para continuar su exposición, fue al hablar de la reforma energética.

Ese aplauso fue un voto de confianza a Peña Nieto, y una muestra de respaldo de los sectores ahí reunidos a su política en el tema del petróleo.

Otro aplauso grande recibió el Presidente al anunciar la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México.

Lo que los anteriores presidentes no pudieron conseguir él lo logró sin sobresaltos y en muy poco tiempo.

Peña Nieto salió airoso de la prueba que representaba la lectura de su mensaje.

Se le vio tranquilo, relajado, con dominio absoluto de la escena.

Su índice de popularidad es ahora bajo, pero si de la rápida implementación de las reformas derivan beneficios a corto o mediano plazo para el pueblo, mejorará su imagen, y podrá hacer frente con fortuna a las elecciones intermedias.

No cabe duda: tenemos presidente con mano firme, habilidad política y talento para conciliar.

Si logra hacer que las reformas redunden en bien para los mexicanos, sobre todo para los que viven en condiciones de pobreza, México tomará un rumbo al mismo tiempo nuevo y bueno.

Hoganio, fanático jugador de golf, colgó una bolsita de terciopelo negro en el tablero de su automóvil, un coche deportivo de fabricación germánica.

En esa bolsa ponía las pelotitas con que jugaba su deporte.

Cierto día una muchacha le preguntó: “¿Y esa bolsita, don Hoganio?”.

Respondió él: “Es para poner mis pelotitas”.

Comentó la muchacha con asombro: “¡Ah, esos alemanes! ¡Piensan en todo!”.

FIN.
02 Septiembre 2014 04:10:23
Aquel ritual monárquico
Pirulina le contó a una amiga: “Anoche salí con mi nuevo novio, y tuve que ponerlo en su lugar”.

Preguntó la amiga: “¿Es muy aprovechado?”.

“No -respondió Pirulina-.

Es muy torpe”.

(Entonces no lo pusiste en su lugar, insensata; lo pusiste en el tuyo)... El anciano jefe de los pieles rojas sufrió un episodio grave de constipación.

Ningún remedio fue suficiente para hacerlo exonerar el vientre.

El médico del pueblo -veterinario él- fue llamado para asistir al desdichado estíptico.

Le administró varios purgantes que no rindieron resultado alguno.

Finalmente lo hizo beber un poderoso laxativo que reservaba para caballos, asnos y acémilas de gran alzada en general.

Un día después acudió al campamento de la tribu a fin de interesarse por la salud de su paciente.

Le preguntó a uno de los bravos: “¿Ya obró el jefe?”.

“Sí -respondió el hombre-.

Dos veces antes de irse con el Gran Espíritu, y seis después”... Dijo una chica, filosófica: “El amor duele”.

Comentó otra: “No lo has de estar haciendo bien”... Con módica nostalgia recuerdo los informes presidenciales de la época de la dominación priísta.

En un país supuestamente republicano esos actos eran un ritual monárquico de vasallaje al soberano.

El presidente en turno, todopoderoso, se avenía por disposición constitucional a la tortura de leer, de pie y con el sólo auxilio de varios vasos de agua, un prolongado mamotreto lleno de frases sonoras y vertiginosas cifras - “la danza de los millones” era llamado ese papaveráceo documento-, cuyo único interés residía en llevar oficialmente la cuenta de las veces que el altísimo señor era aplaudido, para citar la cifra al día siguiente en los periódicos.

A aquella hipnótica lectura que parecía eterna seguía una ceremonia cortesana que se conocía con el nombre de “besamanos”, aunque en verdad tal designación se quedaba muy arriba.

Es bueno que haya desaparecido toda esa pompa y esa circunstancia.

Su extinción en nada atentó contra la República, antes bien la fortaleció y dignificó.

Ahora el secretario de Gobernación hace llegar a los congresistas el informe para que con su pan se lo coman. Cumplida en esa escueta forma la formalidad, el presidente da un mensaje a la Nación.

Yo lo oiré este día, no tanto por deber profesional como por interés de ciudadano.

Las reformas logradas por Peña Nieto constituyen un hito de importancia en la vida nacional.

Seguramente el presidente hará alusión a ellas, y dirá lo que de esos cambios podemos esperar.

Ojalá ese acto sea realmente republicano, y no aparezca en él ninguna seña de subdesarrollo político.

Decoro necesitamos, no decoración.

(Esta última frase no viene al caso, pero la dejo porque suena muy bonito.

Suena como frase de informe presidencial)... En el bar del hotel una recién casada le preguntó a otra: “¿Ronca tu marido?”. Respondió ella: “Todavía no lo sé.

Solamente hemos estado casados cuatro días”... El viajero vivía en una gran ciudad, hermosa, segura y llena de atractivos.

Cierto día llegó a un villorrio de unos cuantos miles de habitantes, alejado de todo y sin atractivo alguno.

Aún así decidió quedarse a vivir ahí.

¿Por qué? Sucedió que estuvo con una chica de tacón dorado, bella, agradable y consumada experta en todos los temas y variaciones de lo que Ovidio llamó el ars amandi, arte de amar.

Al sacar la cartera para pagarle se le cayó una moneda de 10 pesos.

La recogió ella, se la embolsó y le dijo al viajero: “No tengo cambio.

Hagámoslo otra vez”.

Esa fue la razón por la cual el viajero decidió quedarse en aquel pueblo: No había inflación... El novio se preocupó bastante cuando llevó a su prometida a conocer la casa en que vivirían.

“Ésta es la sala” -le mostró. Dijo ella: “Sí, claro”.

“Ésta es la recámara”.

“Sí, claro”.

“Éste es el comedor”.

“Sí, claro”.

Llegaron a la cocina, y preguntó ella intrigada: “Y esto ¿qué es?”... Un adolescente llegó a la tienda y dijo: “A mis papás les gustó la ropa que compré.

¿Puedo cambiarla?”... En la feria del pueblo soltaron una marranita ensebada.

Quien la pescara se la llevaría como premio.

Nadie podía echarle mano a la cerdita; a todos se les escurría por el sebo de que iba cubierta.

Una mujer citadina, sin embargo, la atrapó fácilmente.

Alguien le preguntó después: “¿Cómo hiciste para agarrarla?”.

Explicó ella: “Es que soy jugadora de boliche”.

(No le entendí)... FIN.
01 Septiembre 2014 04:10:10
Patria dolorosa
Meñico Maldotado, infeliz joven con quien la naturaleza se mostró avara en la parte correspondiente a la entrepierna, contrajo matrimonio con Pirulina, muchacha pizpireta avezada en las cosas de la vida.

La noche de las nupcias Meñico dejó caer la bata de seda roja que había comprado para la ocasión, y se dejó ver por primera vez al natural ante los ojos de su mujercita.

Pirulina le vio la correspondiente parte y dijo: “Dos años de noviazgo.

Preparativos de la boda: que las invitaciones, que la iglesia, que el coro, que la alfombra, que las flores, que el registro civil, que el salón de recepciones, que el vestido, que el velo, que los zapatos, que el peinado, que el maquillaje, que las damas, que la orquesta, que los arreglos de las mesas, que la luna de miel...”.

Hizo Pirulina esa larga enumeración, y remató luego con disgusto señalando el modesto atributo de Meñico: “Todo ¿para eso?”... Capronio, ruin sujeto, le pidió a su dineroso amigo Crésido que le prestara la suma de mil pesos. Crésido lo conocía bien.

Sabía que prestarle dinero al tal Capronio era tan riesgoso como volar a 10 mil metros de altura agarrado a la picha de un zancudo.

Así, le negó el préstamo. Le dijo: “Si te presto esa cantidad lo más probable es que no me la pagues.

Dejaríamos entonces de ser amigos, y estimo demasiado tu amistad como para perderla por mil pesos”.

Replicó Capronio: “Entonces préstame 2 mil”... Mansueto Belcuore, viejo actor de carácter, desempeñaba siempre papeles de ancianito bueno, igual que Henry Travers o Edmund Gwenn.

Un director de cine lo contrató para hacerla de malo en una película de gangsters.

Lo instruyó: “Deberá usted tener siempre la mirada dura.

Espero que eso no se le dificulte, pues su modo de mirar es tierno y dulce”.

Cuando Mansueto se presentó en el set el primer día de filmación todos se asustaron: mostraba la mirada más dura que se había visto en la historia de la cinematografía.

Ni los mayores villanos de la pantalla -Edward G. Robinson, George Raft, Lee Van Cleef, o entre nosotros Carlos López Moctezuma- tenían en la mirada tal dureza como la de aquel bonachón actor convertido de pronto en hombre malo.

El director de la película le preguntó admirado: “¿Cómo hizo usted, mister Belcuore, para tener tan dura la mirada?”.

Explicó el bondadoso anciano: “Molí una pastilla de Viagra y me eché los polvitos en los ojos”.

(¡Lo que es saber caracterizarse!)... Alguien le preguntó a Babalucas: “¿Cómo se les llama a los nacidos en Aguascalientes?”.

Respondió él: “¿Quiere los nombres uno por uno?”... Aquel obrero le consiguió chamba a su compadre en la fábrica donde trabajaba.

El primer día de labores le dijo: “Vamos a la oficina a pedir un permiso para tuercas”.

Poco después: “Vamos ahora a pedir un permiso para tornillos”.

Y luego: “Vamos ahora a pedir un permiso para pernos”.

Al oír esto último estalló el hombre.

“¡Óigame no, compadre! -protestó-.

¡Si hasta para hacer eso hay que pedir permiso yo mejor me voy!”... Empieza hoy septiembre, el mes de la Patria.

Yo lo recibo con igual sentimiento con el que asistía de niño, los lunes por la mañana, a la ceremonia de honores a la bandera en el extenso patio de la Escuela Primaria Anexa a la Normal.

Nada ha podido quitarme ese fervor por México.

Algunos lo tildarán de cursi, otros de anacrónico, pero ¿cómo podría yo dejar de amar a mi país si lo he recorrido todo, y conozco su historia trágica y espléndida, y me he deslumbrado con su arte y sus artesanías, y he oído y cantado su canción, y he saciado mi gula con la infinita gala de su gastronomía, de sus mil gastronomías? ¿Cómo podría dejar de amar a México si me aprendí de memoria el poema Suave Patria, de Ramón López Velarde -sería capaz de recitar ahora mismo, sin equivocarme, todas sus estrofas-, y sé por tanto que la patria, esta patria dolorosa y dolorida, es impecable y diamantina? Eso quiere decir que no le cabe culpa en las perversidades de sus malos hijos, y que tiene al mismo tiempo la fortaleza de los diamantes, y su luz.

Todos los meses deberían ser mes de la Patria. Cada día deberíamos hacer algo en bien de México.

Decir esto no es patrioterismo.

Es amor, buen amor de mexicano a su país. Llámenme ahora cursi o anacrónico.

Le pediré a un mariachi que me toque el son de La Negra, y con esa música sustantiva acallaré todos los adjetivos... FIN.
31 Agosto 2014 04:10:13
Símbolo sexual
Flordelisia, mujer ya entrada en años, célibe doncella, fue corriendo a la casa parroquial y le pidió al padre Arsilio que la oyera de urgencia en el confesonario.

“Señor cura -le dijo agitadamente-.

El agente viajero que llegó ayer al pueblo me miró anoche en la calle y me siguió hasta mi casa.

Yo lo invité a pasar, le ofrecí una copita de rosoli, y después de bailar música de Lara terminamos haciendo el amor en mi recámara.

Ya no soy virgen”. “¡Santo Dios! -se consternó el buen sacerdote-.

De penitencia...”. “Momento, padre -lo interrumpió Flordelisia-.

No vine a confesarme. Vine a presumir”...

En la comida Pepito le reprochó a su mamá: “Hay guerras en el mundo, hambre y pobreza.

En México padecemos inseguridad, desempleo, inflación. ¿Y a ti te preocupa que yo no me coma las espinacas?”...

Don Gerontino, señor octogenario, relató con acento lastimoso: “Mi mujer me dice que en nuestra vida de casados sólo me interesaba una cosa. ¡Y ya no recuerdo cuál era!”...

En la pantalla del televisor del bar apareció cierta madura actriz. Comentó un parroquiano: “¡Qué vieja tan fea! ¡Parece caballo!”.

El cantinero sacó un garrote y le propinó al sujeto un tremendo cachiporrazo que lo dejó tendido.

El lacerado le preguntó al de la taberna: “¿Le gusta esa señora?”. “No -contestó el individuo-. Me gustan los caballos”...

Amaz Ingrace, predicador severo, asistía espiritualmente a uno de sus feligreses en el lecho de su última agonía.

Le demandó con sonorosa voz: “¡Renuncia a Satanás! ¡Sácalo de tu corazón y hazlo que vuelva a la mansión del mal! ¡Anda, dile a Satán que lo repudias!”.

Guardó silencio el hombre.

El predicador se molestó.

“¿Por qué callas? -lo increpó exasperado-.

¿Por qué no le dices a Satanás que lo detestas?”.

Reverendo -razonó con feble voz el moribundo-.

En este momento no juzgo conveniente ponerme en mal con nadie”...

Le dijo un hombre joven a su padre: “Cuando me case lo haré con una mujer hermosa, culta, hacendosa y buena en la cama”.

“Hijo mío -suspiró tristemente el genitor-. En ese caso tendrás que casarte con cuatro mujeres distintas”...

Aquel señor se hallaba en una casa de reposo para ancianos. “Aquí soy feliz -decía satisfecho-.

Las mujeres me consideran un símbolo sexual porque todavía tengo pelo”...

Don Martiriano y su fiera consorte doña Jodoncia fueron de vacaciones a la playa.

Él caminó descalzo por la orilla del mar y luego fue a mojarse los pies en el agua.

“¿Qué haces? -lo reprendió con acrimonia la anfisbena-.

¡Estás metiendo arena en el océano!”...

Un gerente de casa de bolsa en Wall Street defraudó a sus clientes, y por ello fue a la cárcel.

En Estados Unidos a esa clase de delitos se les llama “de cuello blanco”.

El tipo se asustó al ver que tendría que compartir la celda con un reo de aspecto amenazante.

El rudo hombrón le dijo: “No se preocupe, amigo.

Yo también estoy aquí por un delito de cuello blanco”.

“Ah, vaya -se tranquilizó el recién llegado-. ¿Cometió un fraude financiero?”. “No precisamente -respondió el otro-. Asesiné a dos curas”...

En la cantina gimió un solitario bebedor: “Mi esposa se fue con mi mejor amigo. ¡Cómo lo extraño!”...

La recién casada quedó en estado de buena esperanza, y el médico le dijo que su embarazo presentaba riesgos.

Para evitar cualquier problema la futura madre le pidió a su maridito que durmieran en habitaciones separadas.

Pasaron unos días, y el muchacho andaba nervioso, desasosegado.

“Semen retentum venenum est”, decían los antiguos.

Compadecida, la señora le dio un billete de 500 pesos y le dijo.

“Ve con la vecina.

La conozco, y estoy segura de que por esa cantidad accederá a sedar los naturales rijos cuya insatisfacción te trae inquieto”.

No dejó él de sorprenderse por esa liberalidad inesperada, pero el impulso de la carne es poderoso, de modo que fue con la mujer.

Regresó a poco, sin embargo. Venía con cara de frustración, mohíno. Le dijo a su esposa: “La vecina no aceptó los 500 pesos.

Quiere mil”.

“¡Zorra infame! -exclamó la muchacha con enojo-.

¡Cuando ella estaba embarazada yo le cobraba a su marido 500 pesos nada más!”.

(Nota: Y entiendo que además le daba una cerveza y un sándwich de jamón con pepinillos)...

FIN.



30 Agosto 2014 04:10:49
Oposición
Al salir del cine donde exhibían una película francesa la muchacha le dijo a su galán: “¡Qué manera de manejar el erotismo! ¡Qué conocimiento de la sensualidad! ¡Qué manejo de la pasión, el sexo y la lujuria! Me pregunto qué tal estaría la película”.

Babalucas llegó a su departamento y encontró en la puerta un recado que le había dejado ahí el administrador del edificio.

“Estimado señor Babalucas: Hemos tenido noticia de que usted acostumbra regar todas las mañanas las plantas que están en las macetas del lobby, las escaleras y los corredores.

Aunque ciertamente agradecemos su buena intención le rogamos se abstenga de realizar los mencionados riegos por tres razones:

1-. Las macetas son propiedad de una empresa de decoración.

2-. Nuestro personal se encarga de su cuidado y su mantenimiento.

3-. Las plantas son de plástico”.

Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, conoció en el bar del hotel a una linda chica.

Le invitó una copa, y ella pidió una de vino tinto. Afrodisio hizo un gesto munífico y le ordenó al mesero: “Trae toda la botella”.

Luego él mismo se encargó de escanciar el vino en la copa de la muchacha.

Mientras lo hacía le pidió a la chica: “Dime cuánto”.

Respondió ella: “Eso te lo diré después. Por lo pronto sírveme el vino”.

Don Luis María Martínez, quien fue arzobispo primado de México, dijo en cierta ocasión hablando de una hermana suya: “Es peruana”.

Alguien le preguntó: “¿Nació en Perú?”.

“No -explicó monseñor-.

Digo que es peruana porque a todo le pone pero”.

Me preocupa que la Oposición no le haya puesto mayor pero a la reforma energética.

El PRD, que según ciertas versiones es un partido de izquierda, se comportó obsecuente y obsequioso.

Cuauhtémoc Cárdenas, guardián permanente del petróleo es nuestro, se ha mostrado ante esa reforma hierático, críptico y hermético.

El mismo López Obrador, que antes se indignaba patrióticamente por fas o por nefas -es decir por esto o por lo otro, por cualquier cosa-, se ha mantenido dentro de los estrechos límites del orden, y no ha salido a las calles con sus huestes, ni ha tomado algún pozo o algún paseo.

Mala es una oposición cerril, sistemática y alharaquienta, pero es peligrosa una conformidad universal ante las decisiones de gobierno.

Desde luego cualquier oposición política, para ser respetada y respetable, debe ser razonada y razonable.

No reúne ninguna de esas características la demanda que hace unos días planteó AMLO, quien pidió nada menos que la renuncia de Enrique Peña Nieto.

¡Háganme ustedes el refabrón cavor! Pensarán muchos que al tabasqueño le está fallando la sindéresis, que es discreción y recto juicio para juzgar las cosas.

Algunos dicen que el mayor enemigo de AMLO es López Obrador.

En casos como éste les asiste la razón: La falta de mesura en las demandas es desmesura que más daña a quien incurre en ella que a su destinatario.

En fin, el actual comedimiento de la Oposición presenta un riesgo grande: si se acentúa podría llevarnos otra vez a los tiempos del “qué horas quiere usted que sean, señor Presidente”.

La esposa de Jactancio, individuo vanidoso, lo sorprendió en trance de coición con la criadita, y lo corrió de la casa.

Esa misma noche, sin embargo, el tipo regresó.

Le dijo la señora, furibunda: “¿Acaso no te eché de la casa por tu infidelidad?”.

“Sí -admitió el elato sujeto-.

Pero ya te perdoné”.

Suspiró un muchacho: “Me gustaría encontrar una mujer como aquella con la que mi abuelito se casó, hermosa, amorosa y hacendosa”.

Opinó alguien: “Ya no hay mujeres de ésas”.

“Sí las hay -replicó el muchacho-.

Mi abuelito se casó hace un mes”.

En presencia del marido el galán le dijo a la esposa de éste: “Deja a este hombre.

Te llevaré a viajar por el mundo en mi avión privado y en mi yate.

Pasaremos el verano en mi quinta de la Toscana, y el invierno en mi isla privada en las Baleares.

Viviremos algunos meses en mi hotel de París, y otros en mi castillo sobre el Loira.

El resto del tiempo lo pasaremos jugando en Montecarlo y en Las Vegas, o vacacionando en Saltillo”.

“¡Me voy contigo!” -aceptó la mujer, entusiasmada.

Y exclamó el marido: “¡Yo también!”.

FIN.
29 Agosto 2014 04:10:24
Conjura
A aquella chica le decían La Tuerca. A la hora de la hora se apretaba. La esposa del científico llegó sin anunciarse al laboratorio de su marido, y lo encontró refocilándose con su bella y joven asistente sobre la mesa de trabajo. Antes de que la atónita señora pudiera pronunciar palabra le dijo el investigador: “No te exaltes. Ya te había dicho que estoy tratando de producir la vida en el laboratorio”. La mujer de Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, se quejaba de la frialdad de su consorte. Decía en tono lamentoso: “La única vez que mi marido me besa es cuando no tiene servilleta”. Podría yo arrojarme a las cataratas del Niágara dentro de un barril. Podría llegar al Polo Norte caminando desde Alaska descalzo y en bikini. Podría atravesar el desierto del Sahara en bicicleta, sin agua y sin sombrero. Todo eso quizá podría yo hacer. Después de todo, como dice un refrán zafio, con paciencia y salivita un elefante se folló a una hormiguita.

Lo que jamás podría hacer, nunca, sería tirar la primera piedra. No creo que nadie pueda lanzarla, sobre todo cuando se habla de culpas de la carne. De la cintura para arriba todos somos santos. Bien lo dijo aquel anónimo coplero de Oaxaca que fue a dar a los calabozos de la Inquisición por haber escrito esta coplilla referida a los mandamientos de la ley de Dios: “Si no se quita el noveno, / y el sexto no se rebaja, / ya podrá Diosito bueno / llenar su cielo con paja”.

El noveno mandamiento es el que dice: “No desearás la mujer de tu prójimo”. (Y supongo que a tu prójimo tampoco). El sexto es el que prohíbe fornicar, y todo aquello que al fornicio puede asemejarse, como por ejemplo mirarle las pompas a una mujer, o las piernas, o el tetamen. (¿Entonces qué demonios vamos a mirar? ¿Las florecitas?). Todos, quién más quién menos, hemos incurrido en alguna debilidad carnal, ya sea de pensamiento, ya de obra. Eso es efecto del pecado original, y ni pa’ dónde hacerse. En el terreno de las carnalidades -no lo digo por presumir- tengo un apreciable palmarés que si bien no se compara con los de Mañara, Casanova o Bradomín es suficiente para privarme del derecho a militar en las filas de los ángeles o los hipócritas. Considero, sin embargo, que eso pertenece estrictamente a mi vida privada, y que a nadie más que a mi mujer tengo que darle cuenta de mis actos, ni siquiera a los dioses, que nos hicieron ser como somos y tener el cuerpo que tenemos. Por lo anteriormente dicho considero una villanía la forma en que las redes sociales -esas furias, esas harpías, esas gorgonas, esas erinias sin cerebro y corazón- se han ensañado con Pedro Feriz de Con. Tuve amistad cercana con su padre, don Pedro Ferriz Santacruz, admirado maestro mío, paisano queridísimo, y puedo entonces dar un testimonio personal: don Pedro me dijo muchas veces que Pedrito -así lo llamaba él- era el mejor hijo del mundo. Alguien que recibe de su padre un reconocimiento así no merece la perversidad que se ha abatido sobre él.

Pienso que lo que le sucedió a Pedro Ferriz de Con es resultado de una trama en la que deben haber andado de por medio la política y el dinero. Me preocuparía mucho que atrás de esa conjura que adivino estuviera gente del Gobierno, pues eso nos haría peligrar a todos los ciudadanos por igual. Nadie es perfecto -afortunadamente-, pero si alguien se siente con derecho a lanzar la primera piedra sobre cualquiera de sus prójimos le pido que se identifique para apedrearlo yo con la última y más modesta piedra, no sólo por soberbio, sino principalmente por inhumano y por estúpido. Sirvan estas líneas para expresarle mi solidaridad a Pedro Ferriz de Con. De él he recibido muestras de amistad y afecto. Contará siempre con mi afecto y mi amistad. Don Languidio Pitocáido tenía problemas para mantener erguido el desfalleciente lábaro de su masculinidad. Acudió a la consulta del doctor Ken Hosanna, y éste le recetó una pastilla azul que, le dijo, obraría el milagroso efecto de ponerlo en aptitud de realizar obra de varón. Al cabo de unos días el facultativo le preguntó a don Languidio cómo le había ido con el medicamento que le prescribió. “No muy bien-respondió él con feble voz-. Al tomar la pastilla se me atoró en la garganta, y es fecha que no puedo doblar el cuello”. FIN.
28 Agosto 2014 04:10:12
Desplumados
El marido encontró a su mujer en la cama con un disc jockey. Explicó la señora: “Tú me dijiste que podía tener un tocadiscos”.

Un compañero de oficina le contó, desolado, a Bablucas: “Mi novia no se quiere casar conmigo”.

Le aconsejó el badulaque: “Dile que estás embarazado”. Un retraso de don Sinople fue causa de que él y su esposa, doña Panoplia, llegaran tarde al concierto de la sinfónica.

“¿Qué están tocando?” -quiso saber ella. Contestó él: “La Quinta Sinfonía de Beethoven”.

“¿Lo ves? -le reprochó con acritud doña Panoplia-.

Por tu culpa nos perdimos las otras cuatro”.

Dos amigos fueron de cacería. Preguntó uno: “¿Para qué traes esa navaja?”.

Respondió el otro: “Si me muerde una serpiente de cascabel me haré una incisión en cruz y chuparé la sangre para extraer el veneno”.

Inquirió el primero, burlón: “¿Y si la víbora te muerde en la pudenda parte?”.

Contestó el otro: “Entonces sabré si verdaderamente eres mi amigo”.

Hilarión Ulises Heureux Level, llamado Lilís, por el Ulises, fue dictador de la República Dominicana a fines del siglo diecinueve.

Desde joven mostró dos características que cuando van juntas son muy peligrosas: era muy malo y era muy inteligente.

Cierto día apareció en su casa un individuo muerto de un balazo en la sien izquierda.

El sujeto, sin embargo, no era zurdo.

Cuando el juez de instrucción hizo notar esa circunstancia Lilís le dijo: “Cada quien se da muerte con la mano que le da la gana”.

Insistió el juez en sus dudas, tendientes a detener a Lilís y procesarlo. Entonces él le ofreció un fajo de billetes.

Los tomó el funcionario con la mano derecha, se los embolsó y se dispuso a retirarse.

“¿Lo ve usted, señor letrado? -le dijo Lilís en tono de sorna-.

Cada quien se da muerte con la mano que le da la gana”.

Por azares de guerra llegó a ser general, y por cosas de la política llegó a ser presidente.

Estableció una dictadura policiaca que mantuvo con mano firme durante años.

A sus opositores les decía: “No me muevan el altar, porque se les caen sus santos”.

Tenía un raro ingenio.

En guerra civil con sus contrarios uno de sus generales le dijo, temeroso al ver el tamaño y fuerza de las tropas enemigas: “Ese ejército es de pinga pará”.

“Entonces -replicó Lilís- con una paja tiene”.

Y ordenó disparar al mismo tiempo todos sus cañones, con lo que dispersó a sus adversarios y los venció.

Hay en ese relato un juego de palabras.

“Pinga pará” es miembro viril en erección, y “paja” es al mismo tiempo masturbación y mecha con que se encendía la pólvora de los cañones.

Era de raza negra este hombre.

Solía decir: “El negro llora de noche”.

Y escribió: “El hombre ha de saber tres cosas en la vida: saber ser pobre, saber ser solo y saber ser viejo”.

A un sirviente suyo, negro como él, se le murió un hijo de dos meses de nacido.

El hombre le pidió a Lilís una ayuda económica.

“Para enterrar al angelito” -dijo.

Preguntó Lilís: “¿De qué color era tu hijo?”.

“Negro, claro” -respondió desconcertado el hombre.

“Entonces no es angelito, hermano -le dijo con tristeza Lilís-.

Es solamente muertito”.

Quizás en en esa anécdota está la raíz del poema, luego hecho canción, en que Andrés Eloy Blanco habló de los angelitos negros.

Lilís hacía levas para engrosar sus filas.

Les ponía un recado a sus generales: “Ahí les mando 150 voluntarios.

Devuélvanme las sogas”.

Porque los “voluntarios” iban amarrados. Lilís murió asesinado.

Lo balearon unos muchachos de buena sociedad enemigos de su dictadura.

Cosido a balazos caminó hacia sus atacantes, y éstos retrocedieron espantados mientras seguían disparando sus pistolas.

Lilís, sonriente, hacía como que apartaba las balas con su sombrero panamá.

Muerto, conservó aquella irónica sonrisa.

Quizá se reía de sí mismo.

A lo que voy es a contar que un cierto amigo suyo a quien había dado un cargo solía expoliar al pueblo.

Eso fue causa de agitación y de protestas.

Lilís destituyó al funcionario.

Le dijo: “Hay que saber desplumar a la gallina sin que grite”.

Me pregunto si los contribuyentes mexicanos, que mantenemos a partidos quirópteros voraces, a diputados y senadores que no pasan por las urnas, a una profusa e insaciable casta política que crece cada día, no somos esa gallina a la que se despluma sin que grite.

FIN.
27 Agosto 2014 04:10:17
Agradecimiento
Don Cucoldo hizo un viaje de negocios.

Lo concluyó antes de lo esperado y le puso un e-mail a su esposa avisándole que llegaría esa misma noche.

Llegó, en efecto, y sorprendió a la señora en el lecho conyugal con un desconocido.

Desconocido para don Cucoldo, quiero decir, pues la mujer daba trazas de conocer bien a su concubinario, a juzgar por las expresiones con que se dirigía a él: Lo llamaba “coshototas”, “negro santo” y “papasón”.

Al ver a su marido la infiel prorrumpió en llanto desgarrado y exclamó con gemebundo acento: “¡Perdóname, Cucoldo!”.

Respondió él, solemne y digno: “No puedo perdonarte, mujer.

El hecho de que no leas tus correos constituye un descuido imperdonable”.

El guía del museo londinense dijo a los visitantes: “Esta estatua egipcia tiene más de 5 mil años de antigüedad.

Es muy posible que Moisés la haya visto”.

Preguntó Babalucas: “¿Y qué andaba haciendo Moisés en Londres?”.

Gordoloba presentó una demanda de divorcio en contra de su esposo.

El juez le preguntó: “¿Por qué quiere usted divorciarse, señora?”.

Respondió ella: “Mi marido me hace objeto de violencia física y mental, tanto que en un año que llevo de casada con él he perdido 20 kilos”.

“¡Infame barbaján! -se indignó el juzgador-.

Maltratar así a una mujer es vil acción.

Divorcio concedido”.

“¡Aún no, señor juez! -se apresuró a pedir Gordoloba-.

¡Todavía quiero perder unos kilitos más!”.

(Nota del autor: Yo la vi por atrás, y le encontré los 20 kilos que según ella había perdido).

El patrullero detuvo al conductor y le preguntó: “¿Ha estado usted bebiendo?”.

“¡Claro que no! -respondió airadamente el tipo-.

¿Acaso ve una mujer fea en mi automóvil?”.

Doña Macalota le reclamó a su esposo don Chinguetas: “Toda la noche me estuviste diciendo maldiciones dormido”.

Respondió él, hosco: “¿Quién te dijo que estaba dormido?”.

Hace algunos días peroré en la capital de la República antes un millar de médicos veterinarios pertenecientes a la federación que dirige el doctor Osorio Chong.

Presidió el acto el licenciado Enrique Martínez y Martínez, quien fue excelente gobernador de Coahuila, mi estado, y es ahora eficiente secretario de Agricultura.

En su intervención habló de acciones de importancia, concretadas ya en bien de los campesinos y productores agropecuarios en general, acciones tales como el financiamiento al campo y la promoción de la horticultura y la fruticultura. En forma muy amable el secretario destacó mi presencia.

Dijo: “Catón es el coahuilense más conocido y más reconocido”.

Sé que al decir eso, habló el amigo, por eso agradezco más su generosidad. La verdad, me gusta sentir el afecto de la gente.

Lo sentí en Pachuca, Hidalgo, este último domingo.

Fui invitado por la universidad hidalguense a presentar mi más reciente libro, La guerra de Dios.

El público abarrotó el bello teatro en que tuvo lugar esa presentación, y aplaudió de pie mi perorata.

Esto de ser juglar itinerante tiene sus recompensas. Una de ellas es recibir tales muestras de afecto.

La mejor forma de expresar mi agradecimiento a Pachuca y a la universidad hidalguense es no omitir esta mención y decir, como diré en detalle en próximas columnas, las bellezas que vi y las delicias de gastronomía que disfruté en Hidalgo, de donde por cierto es ciudadana distinguida la licenciada Alma Carolina Viggiano Austria, talentosa directora de la Conafe y primera dama de Coahuila.

Hablando de libros, hoy entregaré a mi querida casa editorial, Diana, del Grupo Planeta, el original de mi nueva obra, Plaza de almas, con textos -la gran mayoría inéditos- de esa sección de mi columna que tanto ha gustado a mis cuatro lectores.

Malvino Posafría, general revolucionario maderista, carrancista, villista, orozquista, zapatista, obregonista, callista, delahuertista, escobarista y cedillista iba a ser fusilado al amanecer.

Como última voluntad el leal mílite pidió que le permitieran pasar la noche con su esposa.

Acudió ella al cuartel, y la oficialidad dispuso una habitación privada a fin de que el general pudiera gozar por vez postrera un instante de amor.

Cuando llegó la señora el condenado a muerte fue hacia ella, la abrazó con emoción y empezó a besarla apasionadamente al tiempo que la conducía al tálamo.

“¡Ah no! -lo rechazó la mujer-.

Recuerda que tienes que levantarte de madrugada”.

FIN.
26 Agosto 2014 04:10:22
Afaltepán
Plaza de almas. Culichi... Nadie se alarme ni se exalte nadie. La palabra “culichi” sirve para designar a los nacidos en Culiacán o a quienes se han avecindado ahí. Sirve a los dos géneros la voz: Culichi para el hombre, culichi para la mujer. En la mujer pega mejor: “Mucha nalga y poca chichi, de seguro que es culichi”. En los estados del noroeste hay una variadísima laya de adjetivos que hacen las veces de nombres gentilicios. A los varones de Mexicali, por ejemplo, se les llama “güevosfríos”, por la costumbre que tienen de llevar en la entrepierna, cuando van manejando, la botella o lata de cerveza helada.

Los culichis son dueños de travieso ingenio. “Culiacán -dice Chuy Andrade- es ciudad de las 6 de la tarde pa’ delante”. Eso quiere decir que ahí gustan las tertulias, los saraos, las noches de bohemia. Como consecuencia de esa alegría nocturnal se ven cosas de gran efecto. En cierto periódico de Culiacán se publicó una noticia con este titular: “Navolato a oscuras por falta de luz”. El modo de hablar de los culichis es sabroso. Dicen “le echó agua sucia” por decir que lo calumnió. Dicen “topón” por decir encuentro inesperado. Llaman “anclada” a la que nunca se casó. La expresión “Tiene angora” significa que alguien es persona de mucha calidad. Si alguien te pregunta muy serio: “¿Está usted arranado?’”, es porque quiere saber si estás casado. “Aperingarse” algo quiere decir robárselo. A los que se llaman José no les dicen Pepe, sino Chepe.

Estudiante chilutero es el que aquí llamamos machetero. Las urracas son cachoras. Al muy gordo le dicen “buenpalrastro”. A la muchacha en edad de merecer, pero soltera aún, la llaman “cuerpodioquis”. Y escuchen esta frase: “Fulano de Tal es afaltepán”. La palabra “afaltepán” es síncopa de “a falta de pan”. Con ese nombre, “afaltepán”, son designados los que antes de que hubiera derechos humanos eran llamados jotos o cuarentaiunos. Permanece un antiguo resto de lo español: en las carreras de caballos de los ranchos la voz de arranque se da con este grito: “¡Santiago!”. Y va de cuento.

Un cierto señor llamado don Vidal, viudo y añoso él, vecino de Ahome, quedó prendado de una muchacha pechisacada y caprichosa que se llamaba Lica, o así le decían, porque ése no es nombre de cristiana. Bailaba la muchacha. Eso quiere decir que trabajaba en el zumbido, en la zona de tolerancia. Tan en locura vino don Vidal, se obnubiló de tal manera, que le propuso casorio a la tal Lica. Ella aceptó el pedimento, seguramente porque don Vidal añadía el din al don. Jamás había oído la perendeca aquella copla que dice: “No te cases con viejo por la moneda: La moneda se acaba, y el viejo queda”.

Tampoco don Vidal se sabía esta otra copla: “El viejo que se casa con mujer niña, él mantiene la parra, y otro vendimia”. Fueron inútiles los empeños de sus hijos -y de sus hijas más- por disuadir del intento al carcamal. Le dijeron: “Pero, ‘apá: Esa vieja está toda agujerada”. Replicó don Vidal, pragmático: “No la quero pa’ traer agua”. Y se casó. ¡Cuán cierto es el poema lépero que mano anónima escribió en el mingitorio de la cantina del Hotel Central, en Mazatlán! Rezan así esos impublicables versos que ahora publico: “Dice un doctor de Bolivia / que los males del amor / no los cura el alcanfor / ni los baños de agua tibia; / que al que padece de amor / sólo un culito lo alivia”. Tampoco se exalte nadie, ni se alarme, por el uso de ese diminutivo. La musa popular no reconoce límites; se aparta de los convencionalismos que a nosotros nos atan y sujetan. Libérrimo poeta es Su Majestad el Pueblo: Cuando el relato así lo pida debemos aceptar lo que según los cánones de la moral y la retórica son plebeyeces que hacen fruncir el ceño y todo a los puristas y a los puritanos. A la misma especie pertenecen ambos: El purista es un puritano del lenguaje; el puritano es un purista de la moralidad.

Entre unos y otros yo me siento incómodo. Narré hoy esta historieta porque en libros y conversaciones he recogido por años y años el genio y el ingenio de la gente de México, caudal inagotable con que he llenado libretas y cuadernos de los que saco a veces estos cuentos. El que he contado a mí me lo contaron. Caiga sobre el narrador original la damnación de puritanos y puristas... FIN.
25 Agosto 2014 04:10:36
Dos grandes riesgos
El papá de Pepito veía en la tele, muy concentrado, el partido de futbol.

Mientras tanto el niño ojeaba el periódico.

“Mira, papi -dijo Pepito en el momento más emocionante del juego-.

Según el periódico, viene una onda fría”.

Distraído, el señor contestó sin quitar la vista de la pantalla: “Honda... Fría... Ha de ser tu mamá”... El joven científico era algo distraído, y bastante despistado.

Una incitante y voluptuosa morena lo invitó a ir de picnic al campo.

Estando ahí vieron dos libélulas que pasaron volando, una sobre la otra, en evidente trance de procreación.

Preguntó la linda chica: “¿Cómo sabe la libélula macho lo que la hembra quiere?” Explicó, solemne, el muchacho: “Las hembras despiden un incitante aroma sexual por medio de ciertos elementos llamados feromonas.

El macho percibe ese perfume, y de ese modo se lleva a cabo el acoplamiento”.

Pasó todo el día.

De hecho el día fue lo único que pasó. Cuando el joven científico dejó a la muchacha en su casa ella le dijo fríamente: “Búscame otra vez cuando se te quite ese catarro que al parecer traes, y que te impide percibir los aromas y perfumes”... Una señora se quejaba: “Mi vida sexual es muy pobre.

Si no fuera por las apreturas en el metro sería totalmente nula”... Reflexionaba en voz alta un señor de madura edad: “En mis tiempos eso de ‘sexo seguro’ significaba tener cuidado de no darte un cabezazo en la cabecera de la cama”... Llegó don Cornulio a su casa y encontró a su mujer en flagrante trance de amor carnal con un desconocido.

“¿Qué están haciendo?” -clamó hecho una furia.

“Ay, Cornulio -le dijo con impaciencia la señora-.

¿Cuántas veces te he dicho que necesitas lentes?”... Era viernes por la noche.

Astatrasio Garrajarra se disponía a salir.

“¡Por favor, Astatrasio! -clamó su mujer, desesperada-.

¡No te vayas a emborrachar, por el Sagrado Corazón!”.

“No -aseguró el temulento-.

Ahora lo voy a hacer allá por el rumbo de la Medalla Milagrosa”... El marido regresó de un largo viaje.

Al llegar a su domicilio -eran las 11 de la noche- no vio a su mujer.

Le preguntó a la criadita: “¿Dónde está la señora?”. Respondió la muchacha: “Fue por el periódico”.

“¿El periódico? -se inquietó el esposo-.

¿A estas horas?”.

“Pos eso dijo -reiteró la fámula-.

Que iba a buscarse una extrita”... Dos grandes riesgos presenta, a mi juicio, la reforma energética.

El primero es de carácter económico; el segundo tiene cariz político. La extracción de combustibles por medio de nuevas técnicas puede causar daños irreparables al ambiente.

Deberá cuidarse eso, de tal manera que el aprovechamiento de tales recursos no vaya a lesionar el entorno en que la gente vive y de donde obtiene su alimento.

El otro peligro es la corrupción.

Se supone que con los cambios hechos ingresarán miles de millones de dólares.

Tentación demasiado grande es ésa para líderes y funcionarios inmorales.

Pemex ha sido siempre una fuente de corruptelas.

Muchos que han pasado por ahí -tanto del PRI como del PAN-, y que navegan con bandera de honestidad, han obtenido indebido lucro, se han enriquecido y han enriquecido a los suyos aprovechando el cargo que tuvieron.

La reforma energética, con la posibilidad de que el capital privado, nacional y extranjero -nacional en un uno por ciento; extranjero en el 99 por ciento restante- intervenga en Pemex, creará un panal de rica miel al que acudirán muchas voraces moscas.

Cuidado: No vayan a decir luego que no se los advertí... Doña Macalota y su esposo don Chinguetas cumplieron 15 años de casados.

(Nota: Bodas de cristal).

Dijo la señora: “Para celebrarlo iremos a un crucero de siete días, y haremos el amor todas las noches”.

Ella no quería más familia, y él sufría de mareos, de modo que don Chinguetas fue a la farmacia y compró siete condones y siete parches contra el mareo.

Al día siguiente doña Macalota le dijo: “Encontré un crucero mejor.

Dura 10 días”.

Volvió a la farmacia don Chinguetas y compró otros tres condones y otros tres parches contra el mareo.

Un día después la señora le dijo: “Hallé otro crucero aún más bueno.

Dura 15 días”.

Fue él a la farmacia y pidió otros cinco condones y otros cinco parches contra el mareo.

El farmacéutico no pudo ya contenerse.

e dijo: “Perdone que me entremeta en su vida privada, señor: ¿por qué folla usted tan seguido, si se marea tanto?”... FIN.
24 Agosto 2014 04:10:37
Canal de la Mancha
Dos borrachines se contaban sus vidas uno al otro.

Preguntó uno: “¿Por qué nunca te casaste, Etilio?”.

“Tuve una novia -dijo el otro-.

Cuando estaba borracho ella no se quería casar conmigo, y cuando estaba sobrio yo no me quería casar con ella”... Al despedirse del inexperto galancete le dijo Susiflor: “Gracias por los dos besos que me diste, Inepcio”.

“¿Dos? -se extrañó él-. Solamente fue uno”. “Fueron dos -reiteró ella-.

El primero y el último”... La joven madre salía del hospital con su bebé recién nacido, y Babalucas la felicitó.

“Qué lindo su bebito, señora -le dijo muy afable-.

¿Qué edad tiene?”.

“Un día -respondió orgullosa la muchacha-.

Nació ayer.

Y ya tengo otros dos hijos”.

“Qué bien -dijo Babalucas-. ¿Y éste es el menor?”... La curvilínea chica presentó un cheque en el banco y pidió que se lo pagaran.

El cajero le preguntó: “¿Tiene usted algo que la identifique?”.

“Sí, -respondió ella-.

Un lunar en la pompi izquierda”... Una mujer presentó una denuncia contra un escocés.

Lo acusaba de haber abusado de ella.

Los escoceses, ya se sabe, tienen fama de avaros, cicateros, agarrados.

La denunciante le dijo al juez: “El señor MacHardick me llevó a su casa y me emborrachó”.

Preguntó el juzgador: “¿Con whisky?”.

“No -respondió la muchacha-. Dándome vueltas”... A su regreso de Europa el campeón de natación les contó a sus amigos: “Estuve a punto de conquistar el Canal de la Mancha.

Salí de la costa francesa, y todo iba muy bien, pero faltándome solamente 20 metros para llegar a la playa de Inglaterra me faltaron las fuerzas y desfallecí”.

“¡Qué barbaridad! -exclamó uno, consternado-. Y ¿qué hiciste?”.

“¿Qué querías que hiciera? -respondió el campeón-.

Tuve que devolverme nadando”... “¡Caramba! -le dijo alegremente la muchacha al tipo-.

Mamá siempre me lo advirtió: Hay hombres atrevidos que validos de sus encantos seducen y engañan a chicas inocentes.

¡Pero nunca creí ser tan afortunada como para que me tocara uno a mí!”... El apenado joven le confesó a su acompañante: “Perdóname, Liriola: te eché una mentirita.

Este departamento no es mío, es de un amigo”.

“No te preocupes -le respondió su acompañante-.

Yo también te eché una mentirita a ti. No soy Liriola: soy Liriolo”... El jefe de Policía iba en el automóvil con su esposa y vio a una muchacha de tacón dorado parada en una esquina.

Detuvo el coche, le pidió a su esposa que lo esperara un momentito y fue a donde estaba la muchacha.

Después de hablar con ella brevemente le ordenó que se retirara del lugar.

Cuando volvió con su mujer ésta le preguntó: “¿Por qué la quitaste de ahí?”.

Responde el policía: “No puede ejercer el sexo sin un permiso”.

Preguntó secamente la señora: “¿Entonces el tuyo ya expiró?”... Dos viboritas estaban platicando en lo alto de una colina desde la cual se dominaba todo el panorama.

En eso por el valle pasó el tren, que desde las alturas donde las viboritas se encontraban se veía pequeño.

Una de las viboritas se ruborizó al verlo, y llena de emoción le dijo a su compañera: “¡Le gusto, Isauria; te juro que le gusto! ¡Todos los días, cuando pasa, me silba!”... Caminaba un señor cerca de una obra en construcción, y oyó asombrado una doliente voz que salía de un montón de cemento.

“Señor -le dijo la voz-.

¿Podría ayudarme? Encontré una lámpara maravillosa.

Le pedí al genio que me convirtiera en un semental. ¡Y el indejo no sabe ortografía!”... Discutían dos amigos en torno a una cuestión interesante: ¿quién goza más el sexo, el hombre o la mujer? “Indiscutiblemente la mujer” -afirmó uno. “¿Por qué?” -preguntó el otro.

Explicó el primero: “Supongamos que tienes comezón en un oído. Con un dedo te quitas esa comezón.

¿Cuál de las dos partes siente mejor: el dedo o el oído?”... Estaban platicando tres individuos machistas y de escasa educación.

Dijo uno: “Hay tres cosas que a nadie le prestaría yo: mi mujer, mi coche y mi cepillo de dientes”.

Dijo otro: “Yo sí prestaría mi cepillo de dientes.

Total, después me compraría otro. Pero tampoco prestaría mi coche y mi mujer”.

Manifestó el tercero: “Yo también prestaría mi cepillo de dientes.

Y también -qué chingaos- prestaría a mi mujer.

Lo que no prestaría sería mi coche. Porque a tu mujer ya sabes lo que le van a hacer, pero al coche quién sabe qué te le hagan”... FIN.
23 Agosto 2014 04:10:01
Sedicentes maestros
Pirulina, muchacha recién casada, pizpireta, se quejaba: “Mi marido me da trato de perro”.

Alguien le preguntó, alarmado: “¿Te hace objeto de malos tratos?”.

“No -replicó Pirulina-.

Quiere que le sea fiel”... Don Ultimiano llegó con aspecto sombrío de su visita al médico.

Le informó a su esposa: “El doctor me dio estas píldoras.

Dice que tendré que tomarlas el resto de mi vida”.

“¿Y eso qué tiene de malo? -objetó la señora-.

Mucha gente toma píldoras toda su vida”.

“Sí -reconoce don Ultimiano, lúgubre-.

Pero nada más me dio siete”... En su tiempo libre los obreros de una fábrica juegan futbol, los directores juegan tenis y los dueños juegan golf.

Moraleja: mientras más grande es el cargo más chicas son las pelotas de quien lo desempeña... Un cierto intelectual cuidadoso de las formas participó en un debate.

Tras oír a quien lo antecedió dijo a la concurrencia: El señor tiene razón.

Pero no mucha.

Y la poca que tiene vale nada”. Contrariamente a eso Claudio X. González tiene toda la razón cuando señala que en Oaxaca se está jugando el futuro de esa entidad, y aun de México.

El gobernador del estado, débil hasta el punto de la absoluta sumisión, cede ante las sistemáticas embestidas de la CNTE, y promueve una legislación viciosa que hace de ese nefasto organismo el omnipotente dueño de la tarea educativa en Oaxaca, y exceptúa a sus mal llamados profesores de las normas con que se busca mejorar la calidad de la educación en el país.

Eso hace de los sedicentes maestros oaxaqueños entes privilegiados que por medio de continuos actos de presión obtienen prerrogativas y ventajas de que no gozan los educadores en los demás estados de la República.

Si el gobernador y el Congreso local terminan por obsequiar las pretensiones de esa mafia de inmorales líderes y de sus seguidores, la Federación deberá actuar en lo jurídico y lo administrativo para anular las disposiciones que contravengan la Constitución y las leyes que de ella emanan. Eso no es atentar contra la soberanía del Estado: Es evitar que un grupo violento atente contra la soberanía de la Nación.

Y ya no digo más porque estoy muy encaboronado.

Don Cornulio le contó a un amigo: “Últimamente mi mujer está incurriendo en prácticas sexuales raras.

Ahora le da por amarrarme a la cama”. “No deberías preocuparte -razonó el amigo-.

Hay quienes gustan de esos juegos eróticos”. “Sí -concedió el esposo-.

Pero después de amarrarme se viste provocativamente, se pinta como coche y se sale de la casa”... Himenia Camafría y Celiberia Sinvarón, maduras señoritas solteras, presentaron una denuncia en la demarcación de policía.

Dos individuos, dijeron, las habían forzado, y con torpe lascivia macularon la integérrima gala de su impoluta doncellez. Actuó con rapidez la policía -lo que mis cuatro lectores están leyendo es solamente un cuento- y los autores de aquella badomía cayeron en manos de la ley.

El oficial de guardia les preguntó a las ofendidas: “¿Quieren ustedes ratificar la denuncia?”. “Sí -respondió la señorita Himenia-.

Pero primero nos gustaría que se hiciera una reconstrucción de los hechos”... El cliente entró en el local donde vendían comida rápida y pidió una hamburguesa y un hot dog.

La mesera le puso enfrente un plato con el pan de la hamburguesa y luego, de abajo de su axila, sacó la carne.

Explicó: “Me pongo aquí la carne de la hamburguesa para que no se enfríe”.

Al punto dijo el individuo: “Ya no me traiga el hot dog”... Viene ahora un cuento que causará escozor a las personas de moral estricta.

Quien no quiera sentir ese escozor debe abstenerse de la lectura de esta narración.

Pepito estaba haciendo una necesidad menor en el baño de su casa.

La tabla del correspondiente mueble vino abajo y le cayó en la partecita que estaba empleando para el fin que arriba se citó.

Lanzó el niño un ululato de dolor, y el grito hizo que su mamá acudiera corriendo a ver qué le había sucedido a su hijo.

Pepito le contó lo que le había pasado, y la señora, dulcemente, empezó a consolarlo diciéndole al tiempo que le frotaba con ternura la parte dolorida: “Sana, sana, colita de rana...”.

“¡Qué sana sana ni qué colita de rana! -protestó entre sus lágrimas Pepito-.

¡Besitos, como a mi papi!”.

(No le entendí). FIN.
22 Agosto 2014 04:10:49
Antidemocrática
Los novios le dijeron al buen Padre Arsilio: “Ya estamos comprometidos para casarnos, señor cura.

¿Podemos tener sexo antes del matrimonio?”.

“De ninguna manera -opuso con firmeza el sacerdote-.

Eso podría retrasar la ceremonia”.

En la cena de gala el anfitrión le preguntó a doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad: “¿Prefiere usted jerez o anís?”.

“Jerez, definitivamente -repuso ella-. Lo considero la máxima apoteosis de los vinos.

Su exquisito espíritu enaltece y exalta el corazón humano, y pone en él sublimidades que sólo la fina pluma de un Petrarca alcanzaría a describir.

El ambarino tono y la aromática fragancia del jerez magnifican el alma, y delicadamente llevan a quien lo bebe a las excelsas cumbres del pensar y del sentir.

En cambio con el anís me pongo peda de a madre”.

Doña Tebaida Tridua, ya se sabe, es moralista.

Eso le ha agriado el carácter en tal modo que sufre una dispepsia permanente y una gastritis crónica nociva.

Encuentra gozo la señora, sin embargo, en estorbar el gozo de los demás, y en afearlo. H. L. Mencken, ese inteligentísimo bribón, dijo que el moralismo es la teoría según la cual todas las acciones se dividen en buenas y malas, y el 99 por ciento son malas.

Cierto predicador le dijo a Groucho Marx: “Gracias por toda la alegría que usted le ha dado al mundo”.

Replicó él: “Es para compensar en algo toda la que ustedes le han quitado”.

Si doña Tebaida escucha la palabra “sexo” frunce el ceño y otras cosas, y cualquier referencia a la función procreativa, o a las dependencias que el hacedor del mundo puso en el cuerpo humano para realizarla, pone en ella zozobra e inquietud.

Quien esto escribe no es un inmoralista como Gide.

Carece del talento necesario para serlo.

Sin embargo desde que empezó a escribir -hace ya muchos ayeres y bastantes más antieres- se propuso quitar las telarañas a las cosas que se ven con morbo, y hacer que en la letra tengan la misma naturalidad que tienen en la vida.

¿Ha conseguido su intención? Lo ignora.

Sin embargo ha acabado por saber que la única verdadera religión no es la de los dioses, o la de los hombres que se dicen sus mensajeros, sino la del amor que se traduce en bien a los demás.

Quien sirva a ese amor, y lo propague, será salvo.

Aquel que lo desvirtúe o contraríe extravió el rumbo.

¿A qué tan largo exordio? Viene a cuento para anunciar el cuento que está al final de esta columnejilla.

Su solo anuncio fue causa de una encendida y ríspida discusión con la señora Tridua. Ella afirmó que la historieta es inmoral; el escribidor dijo que no.

Entonces doña Tebaida le espetó, irritada, este adjetivo: “¡Sinistrorso!”.

Jamás había escuchado el escritor esa palabra, y eso que de las palabras vive (si viviera de los hechos se moriría de hambre).

Buscó en el diccionario tal vocablo y encontró que el término “sinistrorso” sirve para designar a todo aquello que gira de derecha a izquierda, en dirección contraria a la que siguen las manecillas del reloj.

La señora Tridua quería decir que el autor es un contreras, alguien dado a llevar la contraria a todos y por todo, como aquel hombre a quien mataron como a un perro y en el momento de expirar exclamó: “¡Miau!”.

En fin, muchas palabras ya son éstas para tan poco asunto.

Busquen mis cuatro lectores al final el tan decantado cuento, y juzguen por sí mismos.

Con su propuesta de reducir el número de legisladores el PRI no queda bien ni con Dios ni con el diablo.

Los diputados y senadores no electos deben desaparecer de plano, todos.

Son una indebida dádiva entre las muchas que los partidos han acordado para sí mismos a costa nuestra, y constituyen un irritante agravio a la ciudadanía.

Ni un solo senador o diputado debe haber que no haya sido electo por los ciudadanos.

La existencia de los plurinominales o de representación proporcional no sólo es antidemocrática: Entraña también un acto de deshonestidad política.

Sigue ahora el cuento que arriba se anunció. En cierto pequeño pueblo había un matrimonio de comerciantes.

Él tenía su tienda; ella la suya. Un día el señor llegó a su casa muy contento y le dijo a su esposa: “¡Vendí tres colchones y una docena de calzones de mujer, y me gané 500 pesos!”. “Bah -, contestó ella, desdeñosa-.

Yo con un solo colchón y sin calzones acabo de ganarme mil”.

FIN.
21 Agosto 2014 04:10:14
Es CNTE una buba
Un señor que por razón de su trabajo viajaba todos los días en jet tuvo un problema con su esposa.

Ella quería camas gemelas, y él le dijo: “Cinco días de la semana debo transbordar.

No quiero tener que hacerlo también los fines de semana”.

Doña Pasita, bondadosa anciana, llamó por teléfono a la dueña de la casa en que vivía.

Le informó: “Hay una gotera en el comedor”.

Inquirió la mujer: “¿Cuándo la notó?”.

Responde doña Pasita: “Hoy al mediodía, cuando tardé tres horas en acabarme la sopa”.

Aquel caníbal era vegetariano: Sólo se comía la manzana de Adán, la palma de las manos, la planta de los pies y la flora intestinal.

Un amigo le preguntó a Babalucas: “¿Sabías que en la Florida están usando cocodrilos para fabricar bolsos de mujer?”.

Contestó maravillado el pavitonto: “¡Es increíble lo que los animales son capaces de hacer en estos tiempos!”.

Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, viajaba por una carretera junto al mar, y vio a la orilla del camino a un cura y una monja que mostraban un gran letrero que decía: “El final está cerca.

Detente antes de que sea demasiado tarde”.

Molesto por esa advertencia apocalíptica les gritó: “¡Fanáticos!”.

Unos segundos después se oyó chirriar de llantas que frenaban, y luego el ruido de un vehículo que cae desde la altura al agua.

Le dice el cura a la monjita: “¿No cree usted, hermana, que deberíamos abreviar el letrero para que diga simplemente: ‘Puente caído’?”.

Feo vocablo es la palabra “buba”.

Sirve para designar un tumor purulento y maloliente que se presenta en las ingles, o bajo las axilas, a consecuencia de algún mal venéreo.

Pues bien: No incurrirá en exceso quien afirme que la CNTE es una buba en el cuerpo de Oaxaca, y aun de México.

Son ya insufribles la prepotencia de sus líderes y la sumisión de quienes les sirven de instrumento de presión para lograr sus fines.

Intolerable es también la lenidad del presunto gobernador de ese estado, incapaz de poner en orden a los falsos maestros que tanto daño causan no sólo a la niñez y juventud, sino a toda la comunidad.

Se resisten los cenetistas a ser evaluados, pues saben bien que no pueden pasar ninguna prueba.

Pretenden ser exceptuados de las normas nacionales, y establecer en Oaxaca una ínsula de privilegios que los exima de toda obligación.

Es hora ya de poner un alto a esos abusos. La recta aplicación de la ley y el correcto uso de los recursos que para la educación en esa entidad destina el gobierno federal deben servir para evitar que esos malos mexicanos sigan comprometiendo el futuro de Oaxaca.

¡Pobre estado! ¡Tan hermoso y con ese fea buba!... Sombrío, silencioso, un solitario tipo bebía su copa en la barra de la cantina.

El tabernero, compasivo como todos los de su oficio, le preguntó solícito: “¿Tiene algún problema, amigo?”.

Respondió con acento pesaroso el individuo: “Tuve una discusión con mi mujer, y ella me dijo muy enojada: ‘No tendremos sexo durante un mes”.

“Vamos, vamos -lo consoló el cantinero-.

Un mes se pasa rápido”.

“Sí -replica, hosco, el sujeto-.

Hoy termina”.

Drácula y otros dos vampiros hicieron una apuesta a fin de ver cuál de ellos era capaz de chupar más sangre en el curso de una noche.

Terminada la jornada, y antes de que los rayos del Sol los hiciera peligrar, se reunieron a dilucidar la apuesta.

El primero traía los colmillos llenos de sangre. Dice: “¿Ven aquel castillo?”.

“Sí” -responden los otros.

“Pues ahí les chupé la sangre a tres personas”.

Dice el segundo, que traía todo el rostro lleno de sangre: “¿Ven eso otro castillo?”.

Contestan los otros: “Sí”.

“Pues ahí les chupé la sangre a cinco personas”. Drácula traía todo el cuerpo cubierto de sangre. Dice: “¿Ven aquel otro castillo?”. Responden los otros: “Sí”.

Y dice Drácula: “Pues yo no lo vi”.

Contó doña Panoplia, dama de sociedad: “El hotel en que estuvimos tenía toallas muy grandes.

Casi no me cupieron en la maleta”.

Un empleado de don Algón observó que su jefe caminaba nerviosamente en su oficina.

Al hacerlo apretaba las piernas, y con ambas manos se oprimía la parte pudenda.

Fue hacia él y le dijo preocupado: “¿Le sucede algo, jefe?”.

“Sí -respondió entre dientes don Algón-.

Me estoy vengando.

Anoche quise hacer el amor, y esta cosa no funcionó.

Ahora ella quiere ir al baño, y yo no se lo permito”.

FIN.
20 Agosto 2014 04:10:23
Pulquérrima edición
“¡No puedo creer que te estés acostando con mi mejor amiga!” -le dijo con enojo doña Macalota a su coscolino esposo don Chinguetas. Replicó éste: “¿Tan difícil te resulta creer que me encuentre atractivo?”. “Claro que sí -contestó ella-.

Sobre todo después de lo mal que le he hablado de ti”. Pirulina, muchacha fácil de cuerpo, hacía una distinción entre los hombres. Decía: “Si no me gustan, me dejo. Si me gustan, colaboro”. Reveló muy nervioso a sus músicos el maduro director de la sinfónica: “Debo estar volviéndome loco. Está empezando a gustarme el rock”. El enamorado le propuso matrimonio a su dulcinea, y ella inmediatamente le dio el sí. Feliz, el muchacho llamó por el celular a su papá y le dio la buena noticia: Estaba comprometido ya para casarse. Le dijo el padre, hombre machista: “Ahora vamos a saber si eres un hombre de verdad o un ratoncito. Si esta misma noche le haces el amor a tu novia, es que eres un hombre. Si te esperas a hacérselo hasta que estén casados, entonces eres un ratoncito”. “Caramba -se preocupó el muchacho-. En ese caso debo ser una ratota.

Ya se lo he estado haciendo desde hace más de un año”. Don Sinople, hombre rico, pilar de la comunidad, compró en una elegante joyería un hermoso y carísimo brazalete de esmeraldas. Le preguntó el joyero al tiempo que se lo entregaba: “¿Es para su esposa?”. En ese mismo instante entró por casualidad en el local doña Panoplia de Altopedo, la esposa de don Sinople. Contestó él, mohíno: “Ahora lo es”. Rosa del Tepeyac Flores Dávila, gentil e inteligente amiga, hija de quien fue gobernador de Coahuila, don Óscar Flores Tapia, me relató una anécdota de su padre que me conmovió. En su lecho de muerte don Óscar le contó que se le había aparecido Jesús. “Mi papá jamás se anduvo con medias tintas -comenta Rosita-. No se le apareció un ángel, o un santo, y ni siquiera la Virgen María: Se le apareció Jesús en persona”. Don Óscar le hizo saber a su hija el mensaje que recibió del divino maestro: “Me dijo que me fuera sin pendiente por Orozco.

Que Él no lo dejará de su mano”. Aun en presencia de la muerte Flores Tapia se preocupaba por Roberto Orozco Melo, colaborador cercano suyo y, desde la juventud, su más cercano amigo, el que le fue leal hasta lo último y lo acompañó en días de tribulación. Hombre bueno es Roberto, hombre de bien. A su elevada calidad humana añade una fina sensibilidad: Su poesía ha merecido el honor de las antologías, y su obra periodística -la empezó en Parras, su solar nativo, al lado de José Natividad Rosales- tiene importancia primordial. Sintió la vocación del servicio público: Fue un excelente alcalde de Saltillo, diputado a la legislatura local y secretario general de Gobierno. Ahora Roberto nos entrega su más reciente libro: “Óscar Flores Tapia de cerca y de lejos”. Es el retrato de un hombre de origen modestísimo que llegó al máximo cargo civil de su estado.

Fruto de su tiempo y de su circunstancia, Flores Tapia tuvo aciertos y errores, pero amó intensamente a Coahuila y a Saltillo, su ciudad natal, y les dio lo mejor de sí mismo. Cuando se vio obligado a dejar el poder lo hizo con serenidad, sin amarguras ni rencores. La gente común -soy parte de ella- le guardó afecto siempre, y lo sigue recordando con cariño y agradecimiento. El libro de Orozco Melo aparece en una pulcra, pulquérrima -¿cómo voy a dejar pasar la ocasión de usar ese inusual superlativo?- edición de Miguel Ángel Porrúa, gran editor, librero grande. Testimonio político de primera mano, es sobre todo un entrañable homenaje de un amigo a su amigo. En estos tiempos -y en todos- eso vale mucho. Hubo un pleito en la boda. Los invitados se trenzaron en una pelea a puñetazos, remoquetes, tortazos, puñetes y guantazos, si bien quizá no necesariamente en ese orden. Llegó la policía, y un oficial preguntó a los rijosos: “¿Quién empezó el pleito?”. “Señor oficial -se adelantó un sujeto-. Yo fui novio de la recién casada. Le pedí que bailáramos una pieza -Amor perdido, por más señas-, y estábamos bailando comedidamente cuando llegó el novio y sin razón alguna le dio a su mujer un tremendo puntapié en las pompas”. “¡Caramba! -dijo el policía-. ¡Debe haberle dolido mucho!”. “¡Claro que me dolió! -exclamó con enojo el ex novio-. ¡Con la patada me quebró dos dedos de cada mano!”. FIN.
19 Agosto 2014 04:10:28
Silbidito
Plaza de almas.

Hoy quiero hablar del silbidito. Junto con el teletipo, el cable transoceánico y el linotipo, el silbidito es uno de los medios de comunicación que han desaparecido.

Ahora hay medios de comunicación muy enteros.

Los modernísimos artilugios de la actualidad -iPhone, iPad, iPod y todos los demás ais habidos y por haber- comunican a los que están lejos e incomunican a los que están cerca.

Pero hoy no quiero hablar de cosas de hoy, sino de ayer.

De muy ayer.

Hagamos un esfuerzo de imaginación.

En mi caso hacer un esfuerzo de imaginación no representa ningún esfuerzo.

Lo que me cuesta trabajo es hacer un esfuerzo de realidad.

Ahí sí que batallo.

Hagamos un esfuerzo de imaginación, digo, y vayamos a una esquina de cualquier ciudad en el México de hace unos 50 ó 60 años.

En esa esquina hay un poste, y en ese poste está apoyado un hombre joven.

Su edad es de 22 años, más o menos.

Se recarga en el poste con actitud estudiada, entre elegante y displicente.

Cruza la pierna derecha sobre la izquierda, y el pie de esa pierna lo pone de punta sobre el suelo.

¿Qué hace ahí ese hombre joven? En los tiempos que corren -¡cómo corren!- la pregunta es difícil de contestar: Quizá es un prostituto, o un muchacho sin empleo, o un proveedor de drogas en espera de sus clientes.

Pero en aquellos otros tiempos, de más tiempo e inocencia, no había ninguna duda: aquel joven estaba esperando a su novia.

Ya son las 8 y cuarto de la noche y ella no aparece.

La cita era a las 8.

Pero ningún motivo hay de preocupación: la chica saldrá a las 8 y media, como de costumbre.

A él eso no le molesta: Las mujeres y la felicidad siempre se hacen esperar.

Igual podría llegar su novia a medianoche: Él estaría aguardando aún, apoyado en el poste, la pierna derecha cruzada por delante sobre la izquierda, y el pie de esa pierna puesto de punta sobre el suelo.

Además la muchacha ya sabe que su novio está ahí.

¿Cómo lo sabe, si no se ha movido de su tocador -”coqueta” se llamaba antes ese mueble-, ocupada como está en ponerse el polvo y el bilé, y en componer las ondas de su permanente, el peinado más de modo y de más moda? Lo sabe porque él ha silbado.

¡Ah, ese silbidito! Lo esperaba ella con inquietud desde las 6 y media de la tarde, temerosa de que su galán faltara a la cita, como aquella vez.

Pero no.

Sonaron las 8 en el reloj de Catedral, y como si fuera parte del carillón se oyó en seguida el silbidito.

Ella lo conoce, igual que la paloma conoce el zureo de su palomo y no lo confunde con ningún otro, así haya convención internacional de palomares.

Silbó el muchacho a las 8 en punto para avisarle que ya estaba ahí. Entonces ella empezó a arreglarse.

El novio silbó de nuevo a las 8 y cuarto, no para apresurarla, sino para darle a conocer su amorosa impaciencia, bello piropo hecho a distancia.

No tendrá que dar la tercera llamada, como se hace en la misa o en el teatro: a las 8.30, con puntualidad de tren inglés, la muchacha aparecerá en la puerta de su casa y caminará hacia la esquina con ese paso menudito que a él lo vuelve loco y le pone tensiones deliciosas en el corazón y en otras más inferiores dependencias corporales.

Después vendrá el tomarse de las manos, y luego el tomarse a besos en algún lugar propicio.

Estampa es ésta de un ayer muy de ayer.

Ahora ya no se escucha el silbido. Otros gratos sonidos se fueron también: El timbre de las calandrias, aquellos cochecitos guiados por un cochero gordo y tirados por un caballo flaco; el sabroso pregón de los vendedores callejeros... Yo escuché todos esos ruidos, y lancé también mi silbidito en una esquina.

Si no me gustara tanto la melodía que ahora oigo en mi vida cambiaría todas las músicas por ésa.

Pero las cosas cambian. Heráclito lo dijo: Sólo el cambio es eterno.

Con el mayor respeto para ese señor yo digo que en lo eterno no hay cambio.

El amor eterno, por ejemplo, ése que a veces dura algunos días -o algunas noches-, es para siempre, siquiera sea en el recuerdo.

Por eso en estas letras puse algo que ha desaparecido ya, y que sin embargo hoy se me apareció... FIN.
18 Agosto 2014 04:10:25
Apoyo de los monclovenses
¿Recuerdan mis cuatro lectores el famosísimo cuento intitulado “Que hable Pérez”? A continuación lo voy a relatar, pues por un grato motivo vino a mi memoria.

Monclova, en mi natal Coahuila, es ciudad hospitalaria y laboriosa.

Tengo con ella deuda de afecto y agradecimiento: En tiempo de luchas universitarias que me enorgullecen recibí siempre el apoyo de los monclovenses.

Estuve en Monclova este pasado jueves.

Fui invitado por un grupo de personas de buena voluntad que aman a los animales y se preocupan por evitarles sufrimientos.

Se han propuesto construir un santuario para perros; me conmovió la admirable y tesonera obra que realizan.

Ojalá todas las ciudades de México tuvieran gente así.

En mi presentación me sentí envuelto por el cariño de un público generoso y cordial.

Soy un bendito de Dios: Ni viviendo de rodillas los años que me quedan alcanzaría a agradecer tantos inmerecidos dones de la vida.

A donde voy recibo muestras de afecto como éstas que en Monclova recibí y que me hicieron regresar a mi ciudad, Saltillo, fortalecido y lleno de gratitud.

Ese día evoqué a un monclovense inolvidable, don Ruperto Viveros, hombre bonísimo, dueño de un gran ingenio y una enorme simpatía que tuvieron continuación en Cintra, su bella hija, compañera mía de afanes teatrales juveniles, y en Víctor, querido amigo que en Colima ha llevado a cabo la misma sonriente obra de bien que en Monclova realizó su padre.

Aquí le envío un abrazo, y otro a Carmen Primera, su tan amable esposa.

Don Ruperto narraba con gracia y donosura aquella linda historia: “Que hable Pérez”.

Sucedió que en un pequeño pueblo se conoció la noticia del deceso de su diputado.

El suplente del desaparecido fue llamado a ocupar su curul, y la gente fue a despedirlo a la estación del tren.

Se hallaba ahí un señor apellidado Pérez a quien se atribuían grandes dotes oratorias, cosa entonces de mucha consideración, pues en aquellos tiempos no había ocasión alguna sin brindis o discurso.

De entre la multitud surgió un grito espontáneo: “¡Que hable Pérez!”.

Sin hacerse del rogar subió el convocado a la escalerilla del vagón, y después de toser solemnemente para aclararse la garganta apostrofó con sonorosa voz al nuevo diputado: “Aquí estás ya, querido y noble amigo: Firme, derecho, macizo, como deben estar los hombres en estas circunstancias.

El hueco que vas a llenar es enorme, lo sabemos todos.

Arrójate a él y llénalo como debe ser, pues si no lo haces aquí estamos también nosotros para uno por uno, o todos juntos, empujarte hasta que estés donde debes estar.

¡Salud!”.

Una ovación unánime rubricó la elocuente tirada lírica del orador, con lo cual quedó sellada la fama de gran orador de Pérez.

Poco tiempo después hubo otro deceso muy sentido, el de un notable del pueblo.

En el cementerio, al tiempo que iban a darle al señor cristiana sepultura, volvió a oírse la voz: “¡Que hable Pérez!”.

El orador, en vista del notable éxito de su anterior discurso, volvió a decir las mismas palabras, ahora ante el féretro del desaparecido: “Aquí estás ya, querido y noble amigo: Firme, derecho, macizo, como deben estar los hombres en estas circunstancias. El hueco que vas a llenar es enorme, lo sabemos todos.

Arrójate a él y llénalo como debe ser, pues si no lo haces aquí estamos también nosotros para uno por uno, o todos juntos, empujarte hasta que estés donde debes estar. ¡Salud!”.

Esta vez la intervención del orador no fue tan bien recibida como en la ocasión pasada. Faltaba, sin embargo, lo mejor.

O lo peor, según se vea. Hubo una boda.

En el banquete nupcial surgió otra vez la voz: “¡Que hable Pérez!”.

Se puso en pie el demóstenes del pueblo y se dirigió al novio con las mismas palabras de su usual discurso: “Aquí estás ya, querido y noble amigo: firme, derecho, macizo, como deben estar los hombres en estas circunstancias.

El hueco que vas a llenar es enorme, lo sabemos todos.

Arrójate a él y llénalo como debe ser, pues si no lo haces aquí estamos también nosotros para uno por uno, o todos juntos, empujarte hasta que estés donde debes estar”... Decía don Ruperto que después de eso jamás en el pueblo volvió a oírse aquel grito: “¡Que hable Pérez!”.

Y se entiende... FIN.
17 Agosto 2014 04:10:48
Tlapalería
Un tipo le dijo a su vecino: “Habrás notado que mi esposa se viste muy bien”.

“Es cierto -concedió el otro-.

Pero muy despacio”... El oficial del Registro Civil le pidió al ansioso caballero: “Por favor ya no venga, don Martiriano.

Mil veces le he dicho que su acta de matrimonio no tiene fecha de vencimiento”... El doctor Duerf era analista especializado en tratar mujeres.

Comentó una: “No me da buena espina ese siquiatra. Tiene diván matrimonial”.

(Nota: Antes lo tenía king size, redondo y con colchón de agua, pero por ética profesional lo cambió)... “¡No supe lo que hice!” -gimió la muchacha soltera al terminar el trance de amor con su galán.

Replicó éste: “Me sorprende lo que dices, Susiflor.

Lo hiciste bastante bien”... Una muchacha fue a una tlapalería.

(Para beneficio de mis lectores en el extranjero diré que en México una tlapalería es una tienda donde se venden principalmente pinturas, pero también materiales diversos para electricidad, carpintería, etcétera.

La palabra proviene del náhuatl “tlapalli”, que significa color para pintar, y se usa principalmente en la Ciudad de México).

A la muchacha su novio le había regalado un perro collie escocés, pero ella descubrió que el animalito tenía pulgas.

Fue, pues, a la tlapalería y pidió algo para combatirlas.

El encargado le dijo que tenía unos polvos muy fuertes que de seguro acabaría con los insectos.

“Simplemente rocíe los polvos en su cama -la instruyó-, y las pulgas desaparecerán”. “

No son para mi cama -se amoscó la muchacha-.

Los quiero para mi collie”. “Ah caramba -se preocupó el tlapalero-.

No sé si sean demasiado fuertes para que se los ponga ahí”... Un individuo fue con el doctor Ken Hosanna y le dijo que tenía un problema en el oído: Con frecuencia escuchaba un ruido extraño, como de cristal que se quiebra.

Dictaminó el facultativo: “Han de ser los vasos sanguíneos”... Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le dijo a Dulcilí, hermosa chica: “Mis amigos son muy pesimistas en cuanto a las mujeres.

Piensan que todas son ligeras, casquivanas, frívolas y fáciles.

En cambio yo soy un optimista: Espero que nada más tú lo seas”... Don Poseidón entrevistó conjuntamente a un pequeño grupo de muchachas que solicitaban el empleo de secretaria.

Deseoso de conocer los antecedentes laborales de una de ellas le preguntó: “Dígame, señorita Rosibel: ¿cuál fue su última posición?”.

Ella se ruborizó: “¿Quiere que se lo diga aquí, delante de todas?”... En un pequeño pueblo dos sujetos estaban conversando.

Uno de ellos señalaba a las mujeres que pasaba y le decía al otro: “Yo poseí a esa mujer.

También a esa otra.

Lo mismo a aquella que va allá.

Puedo decirte que he poseído a casi todas las mujeres de aquí”. “

¡Caramba! -se admiró el otro-.

¡Entonces entre tu esposa y tú han poseído a casi todo el pueblo!”... A don Crésido, hombre de la mejor sociedad, y adinerado, no le gustó la novia de su hijo, una chica linda y bien educada, pero cuya familia era de condición modesta.

Le dijo el ricachón al muchacho: “Creo, hijo, que tu novia no es como nosotros”.

“Ya lo sé, padre -replicó el hijo-.

¿No es eso maravilloso?”... Un individuo fue con el gastroenterólogo.

“Doctor -se quejó-.

Desde hace una semana traigo el estómago lleno de gases.

He recurrido a todos los remedios caseros, y no los puedo desalojar”.

El médico le indicó: “Tómese ahora mismo estas dos píldoras.

Le aseguro que con ellas arrojará los gases”.

Se tomó el medicamento el tipo, y salió. Unos minutos después sonó el teléfono del médico.

Era el sujeto de los gases.

“¡Doctor! -le dijo feliz-.

¡Esas píldoras que me administró resultaron fantásticas! ¡De un solo golpe acabo de arrojar todos los gases!”.

“Magnífico -se alegró el galeno-.

¿De dónde me está usted llamando?”. Responde el individuo: “De un teléfono público, enfrente de donde estaba el edificio de la presidencia municipal”... El juez de lo familiar le preguntó al marido: “¿Por qué quiere usted divorciarse?”.

Respondió el tipo: “Siempre que llego a mi casa encuentro basura en el lecho conyugal”.

“Ésa no es causal de divorcio” -opuso el juzgador.

En seguida le preguntó a la esposa: “Y usted, señora ¿por qué se quiere divorciar?”.

Contestó ella: “No me gusta la costumbre que tiene mi marido de llamar ‘basura’ a mis amigos”... FIN.
16 Agosto 2014 04:10:37
Paco Calderón
El novio de Susiflor se desanimó bastante cuando ella le dijo: “Mientras no me entre el anillo no me entrará ninguna otra cosa”.

La chica le preguntó a Babalucas: “¿De qué lado de la cama te acuestas?”.

Respondió el badulaque: “Del de arriba”.

Otro del mismo personaje.

Un tuerto asaltó la tienda de conveniencia donde Babalucas hacía sus compras.

El tontiloco le preguntó al encargado: “¿Hay algún sospechoso?”.

“Sí -respondió el de la tienda-.

La policía está buscando a un hombre con un solo ojo”.

Babalucas meneó la cabeza y comentó: “Por eso no agarran nunca a los ladrones.

Deberían buscarlo con los dos ojos”.

¿Por qué las pelotas de golf son pequeñas y blancas? Porque si fueran grandes y negras no serían pelotas de golf: Serían de elefante.

El padre Arsilio le preguntó al niñito: “¿Siempre dices tus oraciones de la noche?”.

Contestó el pequeño: “Sí”.

Volvió a preguntar el sacerdote: “Y tus oraciones de la mañana ¿las rezas también?”.

Dijo el chiquillo: “No”.

“¿Por qué no?” -se extrañó el padre Arsilio.

Explicó el niño: “Porque en la mañana no tengo miedo”.

(Decía un dicho ranchero: “Nomás cuando cae el rayo te acuerdas de Santa Bárbara”.

Esta santita protege contra el riesgo de ser fulminado por una descarga eléctrica del cielo.

“Santa Bárbara doncella, líbrame de una centella.

Que no me caiga a mí, que le caiga a ella”).

Don Poseidón, labriego acomodado, tenía una hija.

El novio de la muchacha se presentó ante el severo genitor.

“Vengo -le dijo- a pedirle la mano de Dulcilí”.

Respondió el vejancón frunciendo el entrecejo: “¿Y pa’ qué chingaos queres nomás la mano?”.

Hay caricaturistas extraordinarios.

El más antiguo de todos -y el más cruel- es el tiempo.

El mejor de México, y uno de los mejores del mundo, es sin lugar a dudas Paco Calderón.

En sus espléndidos cartones la realidad se vuelve más real.

Nos hace ver lo que no vemos; al dibujar consigue que se saluden y se den la mano la verdad y la sonrisa.

Profundo sin ser pedante, ingenioso sin ser frívolo, lo suyo es la ironía fina, no el sarcasmo cruel.

Artista genial, es hombre bueno.

He tenido la fortuna de tratarlo y puedo dar testimonio de su generosidad, de su gran calidad humana.

Es amable y cordial; tiene la sencillez de los que valen.

Me alegré mucho cuando supe que había ganado el Premio Maria Moors Cabot, uno de los más altos reconocimientos que un periodista puede recibir.

Desde aquí le envío -por riguroso orden alfabético- mi abrazo, mi admiración, mi afecto y mi agradecimiento.

Le pido a la vida que me dé el regalo de poder decirle alguna vez a Paco Calderón, con la palabra hablada, esto que acabo de decirle con la palabra escrita.

La esposa de don Hamponio vio un hermoso collar en el escaparate de una joyería.

Le dijo a su marido: “Me gusta ese collar”.

Don Hamponio cogió un ladrillo, con él quebró el vidrio del aparador y le entregó el collar a su mujer.

Pasaron luego frente a una tienda de pieles.

“Me gusta ese visón” -dijo la señora.

Don Hamponio buscó otro ladrillo, quebró la vidriera y le dio el abrigo a su esposa.

Llegaron a una elegante zapatería, y dijo la mujer: “Me gustan esos zapatos”.

“¡Carajo! -estalló don Hamponio-. ¿Acaso piensas que los ladrillos se dan en árboles?”.

La abuelita de Pepito tenía muy menguadas todas sus facultades, pero se sentía feliz porque su nieto le llevaba pasitas cada vez que la visitaba.

Un día dejó de hacerlo.

Le preguntó la anciana: “Hijito: ¿Por qué ya no me traes pasitas?”.

Explicó el pequeñín: “Es que mi conejito se escapó”.

Don Algón conoció en el bar a una linda chica, y ésta lo invitó a pasar con ella un agradable rato.

El salaz ejecutivo se asombró. Vivía la muchacha en un departamento a todo lujo; tenía un coche deportivo del año; su clóset estaba lleno de finísimos vestidos.

Después de que gozó con ella los deliquios del prohibido amor, don Algón le preguntó a la hermosa joven a cuánto ascendía el monto de sus emolumentos, tarifa o arancel.

“Son 20 pesos” -le dijo ella.

“¿20 pesos?” -exclamó con asombro don Algón.

“Sí -reiteró la chica-.

Eso es lo que cobro por hacer el sexo”.

“No lo puedo creer -manifestó el visitante-.

Si cobras 20 pesos ¿cómo puedes darte todos estos lujos?”.

“Bueno -sonrió la muchacha al tiempo que hacía pasar al enorme tipo que había filmado todo aquello-.

Es que también le hago un poco al chantajito”.

FIN.
15 Agosto 2014 04:10:48
Pierden el piso
“Si estuviera usted en la cama con una hermosa mujer ¿qué tres partes del cuerpo le besaría?”.

Esa cuestión le planteó el conductor del programa de preguntas y respuestas al nervioso concursante.

Como el tema era el sexo, y a los participantes les era permitido llevar un asesor, el tipo había llevado con él a Cochon Trèssale, famoso amante francés experto en erotismo.

Cuando el conductor del programa le hizo esa pregunta -”¿En qué tres partes del cuerpo besaría usted a la hermosa mujer?”- el concursante respondió: “El primer beso se lo daría en los labios”.

“Respuesta acertada” -dijo el del programa.

“El segundo beso se lo daría en el cuello”. “¡Correcto! -exclamó el conductor-.

Y ahora, por el gran premio de 64 mil pesos, el tercer beso ¿dónde se lo daría?”. Dudoso, el concursante se volvió hacia su asesor francés.

Le dijo éste: “A mí no me preguntes, mon ami.

Yo ya me equivoqué en las dos primeras respuestas”.

Comentó un señor: “Ya me libré de los parientes que venían a pasar temporadas en mi casa. A los ricos les pedí dinero, y se lo presté a los pobres.

Ni unos ni otros han regresado”. Entre los muchos problemas que México tiene (2.554.739, según la última cuenta, realizada hace media hora), uno es la paradoja que consiste en que frecuentemente lo público se hace privado y lo privado se hace público.

En efecto, a capricho de los detentadores del poder se ocultan datos de las dependencias oficiales, como si éstas fuesen propiedad de quienes desempeñan cargos de administración, autoridad o representación.

Al mismo tiempo eventos que en ocasiones pertenecen a la vida privada se hacen públicos por virtud de los modernos artilugios de fotografía y video, y por obra de aquellos que en una manera u otra obtienen lucro o beneficio al dar a conocer sucesos que sin su acción, a veces desleal y traicionera, habrían quedado ocultos.

Tal fue el caso de la pachanga realizada en Puerto Vallarta por políticos destacados del PAN, que con esto se destacaron todavía más.

No pocos panistas suelen asumir la exasperante actitud que los sajones designan como “holier-than-thou” (soy más puro que tú), hipócrita actitud de santurronería.

El que la asume se pone por encima de los demás, a los que considera pecadores indignos de su trato.

Sin embargo algunos señores de Acción Nacional han dado últimamente diversas evidencias en el sentido de que han adoptado los mismos vicios que antes criticaron, vicios que por su cuenta han corregido y aumentado.

Acontecimientos como el de Vallarta derivan de la arrogancia de quienes se ven de pronto con unas migajas de poder.

Pierden entonces el piso; se sienten invulnerables; piensan que a ellos no los obligan las normas de la moral y del derecho.

Si a eso se añade la juventud, ya se adivinarán las consecuencias.

Busque el PAN en el cuarto de sus trebejos la placa con el calificativo del cual se ufanó en los pasados tiempos: “el partido de la gente decente”, y encontrará que la tal placa se mira ahora oxidada, abollada, descarapelada, borrada y deslustrada.

Si no me cree haga la prueba.

Augurio Malsinado es el hombre de peor suerte que hay. Cierta noche estaba con una muñeca inflable.

Llegó el marido inflable y le propinó una tunda de órdago.

Los hijos salen tan caros que ya nada más los pobres pueden darse el lujo de tenerlos.

En oposición a ese apotegma doña Moneta, dama de sociedad, y rica, dio a luz un hijo.

Otro tenía ya, de 5 años, cuyo nombre era Lordito.

La llegada de la nueva criatura, que reclamaba toda la atención de su madre, puso celoso al hermanito.

El niño ideó una manera de tomar venganza de su competidor.

Cierta mañana que la mamá dormía le untó en los pechos aceite de ricino, el fuerte purgante que a él le daban lo mismo cuando tenía calentura que cuando se lastimaba un pie.

Pensó el chiquillo que tan pronto su madre amamantara al crío, a éste lo acometerían las mismas descomposturas de vientre que él sufría tras de tomar aquel remedio horrible: flojedades, cursos, carreras, deposiciones, flujos, cámaras y pringapiés.

Al día siguiente, para su sorpresa, el recién nacido amaneció como si nada.

El chofer de la casa, sin embargo, faltó al trabajo por estar malo del estómago.

FIN.
14 Agosto 2014 04:10:13
De peluche
La iglesia del pastor Amaz Ingrace prohibía estrictamente el baile.

Pensaba que era camino seguro a la condenación.

(¿Se imaginan ustedes a Fred Astaire en el infierno?).

Cierto día el reverendo se vio a solas con la organista del templo, y los dos entraron en ansias de erotismo.

Le pidió ella arrebatadamente: “¡Hágame el amor, hermano!”. Opuso el predicador: “El piso está muy duro, y frío”.

Insistió, vehemente, la mujer: “¡Así de pie!”.

“¡Oh no! -se alarmó él-.

¡Va a parecer que estamos bailando!... De peluche, si me es permitida esa expresión culterana, le salió al Presidente Peña Nieto la reforma energética.

En modo que nos hizo evocar tiempos que creíamos ya pasados la voluntad presidencial se impuso, incontrastable, sobre todas las fuerzas vivas, las muertas ya pa’ qué.

La única novedad en el frente es que no hubo frente.

¿Qué se hizo Andrés Manuel? Los gigantes de la Oposición ¿qué se hicieron? ¿Qué fue del ingeniero Cárdenas; qué de los intelectuales de la izquierda y de tanta argumentación como trajeron? Las escasas voces que contra la reforma se elevaron, entre la propaganda oficialista se perdieron.

Hay quienes estamos convencidos de que los cambios hechos eran necesarios.

Pemex había tocado fondo en improductividad, ineficiencia administrativa y rampante corrupción.

Peor no se podía ya estar.

El estatismo en materia petrolera tenía aherrojado a México; había que romper las ataduras de la demagogia y el anacrónico nacionalismo.

(Permítanme un momentito, por favor.

Voy a apuntar eso de lo aherrojado y de las ataduras, etcétera, para usarlo en algún discurso sobre el tema.

Gracias).

Pues bien: aun a quienes estuvimos en favor de la reforma nos habría gustado ver alguna resistencia vigorosa a ella.

Extrañamente no se presentó, y las apocalípticas admoniciones de quienes auguraban el derrumbe de la nación a consecuencia de estos cambios resultaron ser a fin de cuentas el parto de los montes.

Y con anestesia.

La buena noticia, entonces, es que se hizo un cambio impostergable ya.

Desde el Tratado de Libre Comercio no se veía en México una reforma de tan hondo calado.

La mala nueva es que no hubo oposición firme y razonada a esa medida gubernamental.

Toda protesta se diluyó en agua de borrajas. Y del TLC a nuestros días han pasado 20 años.

Ante esa situación un referéndum o consulta pública sobre la reforma energética equivaldría a practicarle maniobras de onanismo al hoy occiso, si me es permitido el uso de otra expresión ática.

En fin, que en materia de oposición no sólo estamos retrocediendo: también vamos p’atrás. La señora y su vecina tomaban el café.

Se quejó la señora: “Mi marido es bueno sólo para una cosa”.

Y dice la vecina, desdeñosa: “¡Bah! ¡Ni siquiera para eso es bueno!”.

Dos amigos se encontraron después de largo tiempo de no verse.

Uno le preguntó al otro: “¿Qué es ahora de tu vida?”.

Responde el amigo: “Decidí por fin seguir mi verdadera vocación. Cerré mi despacho de contaduría, y ahora soy escritor”.

“¡Fantástico! -se alegra el otro-.

Y ¿has vendido algo?”.

“Sí -contestó, mohíno, el otro-. La casa, el coche, los muebles.”.

Relataba Capronio, sujeto ruin y desconsiderado: “Cuando yo tenía 14 años mis padres se mudaron a otra ciudad.

Al cumplir los 16 los encontré”.

Comentaba un señor: “Mi esposa tiene una personalidad magnética.

Todo lo que ve en la tienda lo carga”.

“Dime, Pepito -preguntó la maestra-: ¿cómo deletreas la palabra ‘vaca’?”.

Deletreó el chiquillo: “B-a-c-a”.

“Así no se deletrea” -le dijo la mentora.

Replicó Pepito: “Usted no me preguntó cómo se deletrea la palabra.

Me preguntó cómo la deletreo yo”.

Decía con tristeza don Algón: “Siempre traigo en la cartera el retrato de mi esposa y mis hijos.

Así recuerdo por qué está vacía”.

Viene ahora un cuento de color subido. Quienes no gusten de leer cuentos de esa tonalidad deben suspender en este mismo punto la lectura.

Un sujeto les contó a sus amigos: “Estuve anoche con una hermosísima mujer.

La desvestí, la llevé al lecho y empecé a besarla apasionadamente.

La besé en los labios, la besé en el cuello, después en el busto, seguidamente en el ombliguito, y luego volví a besarla en los labios”.

Eres un mentiroso -le dijo uno-.


Del ombligo jamás nadie se ha devuelto”.

(No le entendí).

FIN.
13 Agosto 2014 04:10:29
Jerarcas egocéntricos
No lo digo por hacerme propaganda, pero soy un pecador.

Mea culpa.

Y ni siquiera un gran pecador -mea maxima culpa: Soy sólo un modesto, moderado, módico, morigerado pecador.

Digamos que soy un pequeño burgués pecador.

Ninguno de mis pecados sería suficiente para sobresaltar al buen Padre Jáuregui, de mi ciudad, Saltillo, quien un día, al escuchar la confesión de una mujer, salió escandalizado del confesionario al tiempo que exclamaba con estentórea voz que llenó el templo: “¡Ah bárbara! ¡Déjame ver quién eres!”.

Por eso, porque tengo mis propios pecados -algunos muy impropios-, no me siento con derecho a hablar de los pecados de mi prójimo.

Lo hago sólo cuando la culpa ajena trasciende los límites de lo privado y se hace pública.

Una de las peores faltas que hay es la soberbia. Madre de todos los pecados, por soberbia cayó el ángel maligno, Lucifer, y por soberbia también cayeron nuestros primeros padres, con cuya caída caímos todos los humanos, excepción hecha de algunos como Francisco de Asís, Cervantes, Mozart, Van Gogh, la Madre Teresa, Harpo Marx y otros en quienes ha residido la esencial inocencia de la criatura humana.

La soberbia, pienso, es el pecado de los tontos, exasperante siempre y risible muchas veces.

La soberbia es el ropaje con que se viste el cuerpo para ocultar la desnudez de la mente y el espíritu.

Causa pena ver cómo algunos profesionales de la religión, esos que se sienten compadres de Dios y concesionarios únicos de su palabra, actúan con arrogancia detestable.

Tal el caso de Juan Sandoval Íñiguez, cuya actitud contrasta con la de su superior el Papa, hombre bueno, ejemplo de humildad y sencillez.

Hace unos días, en Guadalajara, durante la misa de exequias de una dama, los músicos del coro empezaron a interpretar “Dios nunca muere”.

Hermosa música es la de ese vals, y su letra profundamente religiosa.

No tienen esa belleza y esa hondura algunos ñoños cánticos que se escuchan en los templos desde que la Iglesia postconciliar hizo a un lado el canto gregoriano, una de sus más preciadas joyas.

Con eso las diversas denominaciones evangélicas, dueñas de un riquísimo y antiguo himnario, ganaron la primacía en la música cultural.

Pues bien: Sandoval Íñiguez, oficiante en aquella misa, interrumpió con aspereza el bello vals, cuya interpretación había pedido la familia de la desaparecida, porque era su pieza predilecta.

“Ésa no es música de iglesia”, dijo el altivo dignatario.

No respetó el sentimiento de sus fieles.

Impuso su criterio, a mi entender equivocado: he oído una pieza devocional en la cual se le puso letra a una melodía -Blowin’ in the wind- de Bob Dylan, quien no es precisamente un músico de iglesia.

Pero aquel señor que dije es altanero, y gusta de imponer siempre su mal entendida autoridad.

Jerarcas como él, y otros igualmente autoritarios, egocéntricos y vanidosos, le quitan con su mal ejemplo más fieles a la iglesia católica que todas las nuevas sectas juntas.

No sé si al decir esto caigo yo mismo en culpa de soberbia.

Si así es, yo pecador.

Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, contrató los servicios de una sexoservidora bastante cara, aunque no tan cara como las que amenizan los convivios de algunos diputados panistas: ésta cobraba sólo 3 mil pesos por el rato.

La llevó a su departamento.

En el momento mismo en que estaban entregados al consabido in-and-out, Afrodisio le dijo a la muchacha: “No debería estar haciendo esto, con lo que tengo”.

Ella, alarmada, le preguntó: “¿Qué tienes?”.

Respondió Pitongo, apesadumbrado: “30 pesos”.

Al empezar la noche de bodas el maduro desposado le pidió a su flamante mujercita: “Quítate el.”.

“¿El qué?” -preguntó ella.

Respondió, desconcertado, el añoso galán: “Ya se me olvidó”.

Babalucas le reclamó a un amigo: “¿Por qué no me has llamado?”.

Replicó el otro: “¿Cómo puedo llamarte, si no tienes teléfono?”.

Protestó Babalucas con enojo: “¡Pero tú sí tienes, caón!”.

En el departamento de la chica el ardiente galán le hizo a su dulcinea algunos tocamientos encendidos.

Ella se molestó bastante.

“¡Sal inmediatamente!” -le pidió irritada.

“No puedo” -dijo él. “¿Tanto me amas?” -se conmovió la muchacha.

“No -precisó él-.

No puedo salir mientras no me sueltes la parte que me tienes agarrada”.

FIN.
12 Agosto 2014 04:10:31
Teresita
Plaza de almas.

Se llama Teresita.

Es vieja ya -todos los de aquel tiempo somos viejos ya-, pero le seguimos diciendo Teresita, igual que de pequeños.

Era la niña pobre del barrio.

Mientras los demás estábamos en colegio de paga ella iba a una escuela del Gobierno.

Eso quería decir que no rezaba en el salón de clases, como nosotros, ni sabía Historia Sagrada, ni iba en grupo a la misa de los primeros viernes en el templo de San Juan Nepomuceno de los padres jesuitas.

Temíamos por ella: Estaba en riesgo de irse al infierno si la atropellaba un automóvil, como el niño que murió sin confesión.

Por eso cuando en la calle jugábamos a la roña o a los encantados, y venía un coche, a ella era a la primera que le gritábamos: “¡Aguas, Teresita!”.

Era humilde y callada.

Sonreía, sonreía siempre.

Su hermano mayor, de nombre Odón, le decía con enojo: “Pareces tonta”.

Un día, sin embargo, Teresita llegó llorando a su casa.

Tenía compañeritas ricas, pues los hijos de los políticos iban a escuelas oficiales: eran los años de los gobiernos de la Revolución, etcétera, y no se veía bien que esos señores pusieran a sus hijos en colegios religiosos.

A una de las compañeras de Teresita se le perdió su pluma fuente, una muy fina -Parker 51, por más señas- que ni siquiera la maestra hubiera podido comprar.

Hecha un mar de lágrimas, entre sollozos e hipos, la chiquilla dijo que había buscado en su mochila y su pupitre, y la pluma ya no estaba.

Al punto las miradas se volvieron hacia Teresita.

Era la niña pobre del salón, y su banco estaba al lado del de la dueña de la Parker.

La profesora hizo que Teresita vaciara su mochila; buscó en su pupitre, y cuando vio que la pluma no estaba ahí hizo que delante del grupo se quitara el vestido para ver si no había escondido lo robado en la ropa interior.

Todas rieron al ver la pobreza de sus prendas.

Aunque no le halló la pluma la maestra zarandeó a Teresita y le preguntó con enojo una y otra vez: “¿Dónde la escondiste, eh? ¿Dónde la escondiste?”.

Luego, cuando los ojos de la niña se llenaron de lágrimas, la castigó enviándola a un rincón. Por escandalosa, dijo.

El papá de Teresita oyó, ceñudo, el relato de su hija, y declaró que iría a la escuela a reclamarle a la profesora.

Su esposa lo disuadió de la idea.

“De nada va a servir -le dijo-, y se la vas a echar encima todavía más”.

Tenía la señora la humildad de los humildes, y en la iglesia había oído aquello de la resignación cristiana.

Al día siguiente la dueña de la pluma, muy sonriente, le contó a la maestra que ya la había hallado: Olvidó que el día anterior no la había llevado a la escuela, y la encontró en su casa.

“Qué bueno que la hallaste -le dijo la maestra-. Estaba yo con la preocupación”.

A Teresita no le dijo nada.

En fin, que pasó el tiempo, y la vida dio vueltas.

¡Qué vueltas da la vida! No se cansa uno de asombrarse.

A Teresita le fue bien.

Estudió una carrera; tuvo éxito en su profesión e hizo un buen matrimonio.

A la de la pluma Parker le fue mal.

Su padre cayó en desgracia de los gobiernos de la Revolución, etcétera, y vino a menos.

Con los días se fue la pluma junto con otras cosas de valor.

Se casó su antigua dueña y enviudó. Vivía ahora de lo poco que sus hijos podían darle a espaldas de sus esposas.

Hace unos días se reunieron las niñas de la escuela, que así gustan de llamarse las que formaron aquel grupo.

Teresita le regaló a su compañera -la de la pluma Parker- una carísima pluma de las de hoy.

Ella la recibió, apenada (hay cosas que jamás se olvidan).

Dijo con tristeza al recibirla: “¿Para qué me va a servir?”.

“Véndela” -le respondió secamente Teresita.

Cuando me contó eso me puse moralista y le dije que había hecho muy mal.

¿Por qué humilló así a su compañera? Ella me respondió: “Soy Teresita, acuérdate, no la Madre Teresa de Calcuta”.

Ahora soy yo el que está triste.

Triste por la que fue dueña de la pluma Parker, y más triste aún por Teresita.

Recuerdo los días en que le gritábamos: “¡Aguas, Teresita!”, y ahora no sé qué otra cosa decirle.

Y es que pasó el tiempo, y la vida dio vueltas.

¡Qué vueltas da la vida! No se cansa uno de asombrarse... FIN.
11 Agosto 2014 04:10:53
Mercado del trabajo
En la fiesta de bodas gritaban unos: “¡Arriba la novia!”.

Otros gritaban: “¡Arriba el novio!”.

Un borrachín sugirió con tartajosa voz: “Déjenlos que se acomoden como ellos quieran”... La esposa de Usurino Cenaoscuras, el hombre más avariento del condado, le informó: “Está aquí un muchacho que pide una aportación para la alberca del Club de Jóvenes”.

Le dijo el cicatero: “Dale un poco de agua”... Babalucas fue a la tienda de mascotas a comprar un pez dorado.

El dueño vio la ocasión de venderle algo más.

Le preguntó: “¿Quiere un acuario?”.

Replicó Babalucas: “No me importa de qué signo sea el pez”... Antes había muchos románticos incurables.

Pero luego llegó la penicilina... Me he resistido siempre a usar la expresión “mercado del trabajo”.

Pienso que el trabajo no es una mercadería, sino una manifestación del ser del hombre, capaz de transformar el mundo con su pensamiento y con su acción.

Algo de sagrado, entonces, tiene el trabajo, y no se le puede considerar meramente una cosa que se compra y se vende.

Es una extensión de la persona humana, y merece el mismo respeto y consideración que ella.

Sin embargo la empecinada economía se impone aun sobre el trabajo, y lo somete a sus estrictas reglas.

De ahí deriva el hecho de que el salario esté sujeto a leyes económicas que no se pueden vulnerar so riesgo de provocar indeseadas consecuencias.

No es el capricho de un político el que puede aumentar por decreto ese salario, cuya fijación está más allá de la voluntad de cualquiera, por poderoso que sea.

Vivió en Saltillo don Adrián Rodríguez, quien se hacía llamar “el economista non” en un tiempo en que en mi ciudad no había economistas.

Cuando el salario mínimo no llegaba a los 3 pesos él propuso que fuera de 40 pesos diarios, y lucía en su cinturón una gran hebilla de metal con ese número.

No prosperó su idea, como tampoco se concretó jamás su propuesta de que todos los habitantes de Saltillo tiráramos a media calle una moneda de 20 centavos.

De esa manera se crearía un banco público.

Quien estuviera urgido de dinero tomaría los veintes que necesitara, con la obligación de restituirlos luego.

Pues bien: Las ideas de don Adrián son tan peregrinas como la de fijar a voluntad el salario mínimo.

Quien tal haga, en su salud lo hallará.

Yo no me hago responsable... Doña Macalota jamás perdía la ocasión de hablar mal de don Chinguetas, su marido.

Un día que la madre de la señora estaba de visita, la tremenda mujer le pidió a su consorte: “Ve a la tienda de la esquina y trae los refrescos para la comida”.

Luego, volviéndose a su mamá, le dijo sin recatarse: “Es tan tonto que se le olvidarán los refrescos, ya verás”.

Salió don Chinguetas y tardó un buen rato en regresar.

Cuando volvió traía las manos vacías, pero mostraba en el rostro una expresión radiante.

Le dijo a su mujer: “No me vas a creer lo que me sucedió.

Al salir me topé con la vecina de al lado, esa preciosa rubia cuyo cuerpo semeja una escultura tallada en alabastro, mármol o marfil; de enhiestos senos y caderas firmes; cintura juncal y níveos hombros; cabellos que semejan una cascada de oro, y piernas como ebúrneas torres que anuncian en lo alto ocultos paraísos como los que el Profeta prometió a sus fieles.

(Nota: Don Chinguetas conservaba una rica colección de la revista Vea, publicación sicalíptica de mediados del pasado siglo, y su lectura le inspiraba descripciones como ésa).

Me dijo la rubia: ‘Dichosos los ojos, don Chinguetitas.

Hace tiempo tengo el deseo de charlar con usted, pues me parece un hombre interesante. Sus canas le dan un aspecto irresistible; el tono de su voz suscita en mí ansias inquietantes, y tiene usted un no sé qué que qué sé yo.

Acépteme por favor una copita en mi departamento’.

Me dejé llevar por ella -la carne es débil, y yo no soy verdura-; bebimos un par de copas, y a poco estábamos ya en el lecho de la pasión carnal, entregados a toda suerte de eróticos deliquios.

No diré lo que hicimos -la luz del entendimiento me hace ser muy comedido-; diré sólo que dejamos al Kama Sutra y The Perfumed Garden en calidad de libros infantiles.

Y aquí estoy, ahíto de placer y poseído aún por la inefable dicha que deriva del bien gozado amor”.

La esposa de don Chinguetas se volvió hacia su madre y le dijo con acento triunfal: “¿Lo ves? ¡Se le olvidaron los refrescos!”... FIN.
10 Agosto 2014 04:10:35
Bolitas negras
Ésta es la historia del hombre más positivo del mundo.

Imagen del optimismo, a su lado Norman Vincent Peale era un sombrío nihilista ruso.

Iba en coche último modelo, y vio a una guapa chica.

La invitó a subir, y ella aceptó.

El hombre positivo dirigió su automóvil hacia un alejado bosquecillo, y ahí le hizo a la muchacha la consabida proposición salaz.

Ella manifestó que sólo le haría dación de sus encantos a cambio de una contraprestación en dinero, que fijó en 500 dólares.

Sacó el tipo cinco billetes verdes de a 100 y se los entregó.

Dijo entonces la muchacha: “Desvístete todo”.

Obedeció el sujeto.

Entonces la mujer se apoderó del coche y de la ropa y escapó a toda velocidad.

Se quedó el individuo en peletier en aquel remoto sitio.

Pero no en vano era el hombre más positivo del mundo.

Dijo para sí: “Veamos el lado bueno de las cosas.

El coche era prestado.

Los dólares eran falsos.

La ropa no era de marca... Y en cuanto a estar encuerado en este solitario paraje, ¿qué mejor circunstancia puede haber para aprovechar la valiosa oportunidad de mear?”... Los árboles de la escuela empezaron a dar bolitas negras, y los niños vieron en ellas ocasión de jarana y diversión.

Hicieron un buen acopio de bolitas y fabricaron cerbatanas de papel.

En el salón de clases uno de los chiquillos sacó su cerbatana, puso en ella una bolita y la disparó contra la profesora, que de espaldas escribía en el pizarrón.

Ella vio la bolita en el suelo y siguió escribiendo. Otro disparo. Y uno más.

La maestra se volvió, enojada, y se dirigió al niño más travieso del grupo, pensando que seguramente era él quien había disparado aquellos proyectiles.

“Dime, Pepito -le preguntó con voz severa-. ¿Quién es el bromista de las bolitas negras?”.

Sacado de onda, y sin más datos para orientarse, el chiquillo arriesgó una respuesta.

Dijo: “¿Obama?”... Dos tipos fueron con sus respectivas esposas a pasar vacaciones en la playa.

Al día siguiente de su llegada los maridos les dijeron a las señoras: “Iremos los dos a dar un paseíto.

No tardaremos”.

Echaron a caminar por la playa.

Estaba llena de bellísimas muchachas cubiertas sólo con minúsculos bikinis.

Los bellacos individuos empezaron a calificarlas en una escala de 0 a 10. “¡Mira ese nueve!” -dijo uno con admiración.

Señaló el otro: “¿Qué te parece aquel ocho?”.

“¡Ahí va un diez!” -prorrumpió el primero al ver pasar un monumento de mujer.

Después de un par de horas de ocuparse en eso uno de los maridos le dijo al otro: “Regresemos.

Ya han de estar preocupadas nuestras doses”.

(¡Canallas!)... Simpliciano, doncel en flor de edad, logró por fin que Dulcilí, hermosa chica, aceptara ir con él al asiento de atrás del automóvil.

De inmediato el boquirrubio galancete empezó a hacer objeto a la muchacha de caricias y tocamientos encendidos.

En el arrebato de la pasión exclamó emocionado: “¡No encuentro palabras...!”. Le dijo Dulcilí: “Y menos las vas a encontrar ahí donde tienes la mano”... La joven señora pensó que estaba embarazada.

No había tal: Su ginecólogo le hizo saber que lo que traía en el vientre era puro aire. La muchacha le dio la mala noticia a su marido.

Exclamó él con enojo apuntando a su entrepierna: “Entonces esto ¿qué es? ¿Una bomba para inflar llantas de bicicleta?”... Cierta antropóloga tenía relación íntima con un esquimal de la región ártica. “Me voy, Nanuk” -le anunció un día. “¿Tan pronto?” -se consternó Nanuk. “No es pronto -replicó la mujer-.

Llevo tres meses viviendo contigo”.

“Sí -admitió el esquimal-. Pero me prometiste que te ibas a quedar toda la noche”... Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, tenía una granja.

Su esposa le dijo: “Ya es hora de que te consigas otro espantapájaros”.

“¿Para qué? -replicó Capronio-.

El que tenemos funciona muy bien.

Todas las aves se asustan con él; hasta los cuervos, buitres y zopilotes huyen precipitadamente al verlo”.

“Es cierto -reconoció la señora-.

Pero mi mamá ya se cansó de estar todo el día en el campo con los brazos abiertos”... Un señor le comentó a su amigo: “Mi esposa y yo tenemos un hijo nada más.

No nos parece suficiente, y queremos tener otro”.

Preguntó el amigo: “¿Cuándo van a encargar el segundo?”.

Responde el señor: “Cuando el primero se convenza de que a sus 18 años ya debe dormir en su propia cama”... FIN.
09 Agosto 2014 04:10:15
Reforma energética
Henry Ford murió, y a pesar de haber llenado el mundo de automóviles llegó al Cielo.

San Pedro, el portero celestial, le preguntó: “¿No eres tú el hombre a quien puede considerarse el creador del automóvil?”.

“En efecto -respondió Ford, orgulloso-. Yo soy”. “Pasa -lo invitó el apóstol de las llaves-.

Puedes entrar en la morada de la eterna bienaventuranza.

Te llevaré al lugar donde están los inventores”.

San Pedro guió a Henry Ford por las diversas salas del paraíso, hasta llegar al sitio reservado a los inventores.

Se los mostró uno a uno.

“Aquél -le dijo-, es Franklin, el inventor del pararrayos; aquel otro es Marconi, el del telégrafo; el de más allá es Edison, que inventó el fonógrafo; el otro es Graham Bell, el del teléfono.”.

“¿Y aquél que se ve allí?” -preguntó Ford.

“Es Adán” -dijo San Pedro.

“Y él -preguntó intrigado el norteamericano- ¿qué inventó?”.

Contestó el apóstol: “Fue Adán quien le dio al Creador las especificaciones para hacer ese gran invento: La mujer”.

Pidió Ford: “Me gustaría hablar con él acerca de su invención”.

San Pedro le presentó al primer hombre, y Ford le dijo: “Yo inventé el automóvil, y me dicen que tú inventaste a la mujer.

Quisiera hacerle algunas críticas a tu invento, porque pienso que no es tan bueno como el mío”.

El hombre preguntó, amoscado: “¿Cuáles son esas críticas?”.

“En primer lugar -enunció Ford-, mi invento viene en varios modelos, y su forma cambia cada año.

El tuyo siempre es igual, el mismo siempre.

Mi invento viene en todos los colores; el tuyo sólo en unos cuantos.

Además mi invento cuesta mucho menos que el tuyo”.

“Mira -le dijo Adán a Ford, molesto-.

Puedes hacerme todas las críticas que quieras, pero una cosa sí te digo: Más gente se ha subido a mi invento que al tuyo”... En el salón de clases se hablaba del amor.

Dijo Pepito: “La primera vez que mi mamá vio a mi papá se enamoró perdidamente de él”.

“¡Qué hermoso! -se emocionó la maestra-.

Y seguramente sigue enamorada”.

“Quién sabe -respondió Pepito-.

Nada más esa vez lo vio”... Alguien le preguntó a Babalucas: “¿Sabes dónde está el Canal de la Mancha?”.

Respondió: “¿No es el 545?”.

Aquel señor fue iluminado por la fe, y empezó a dedicar todo su tiempo a difundir la verdadera religión.

Andaba por las calles con un letrero que decía: Ama a tu prójimo.

Su celo religioso era tal que descuidó toda otra obligación, lo mismo de trabajo que de atención a su casa y a su esposa.

Cierto día, después de una dura jornada en la que anduvo paseando por toda la ciudad su letrero Ama a tu prójimo, llegó a su casa sólo para encontrar a su mujer en estrecho abrazo de coición con el vecino.

“¡Qué bueno que llegaste, Proselicio! -le dijo, alegre, la señora-.

¡Precisamente estaba amando a mi prójimo!”... La verdad, dicha sea sin tapujos, es que no pasan de dos docenas los mexicanos que entienden con claridad la reforma energética, y pueden por tanto avizorar sus posibles efectos.

El resto nos debatimos entre dos opuestas propagandas: La que asegura que esa reforma traerá incontables ventajas al país y la que afirma que con ella se ha hecho traición a la patria al entregar al extranjero un importante recurso nacional. (El petróleo no es tan importante como el agua, pero es también muy importante).

Así las cosas, el gobierno debe hacer que de la tal reforma deriven a corto plazo -y no ad kalendas graecas- beneficios concretos para el pueblo, tal como se ofreció para crear un ambiente favorable a los cambios realizados.

De otra manera se fortalecerá la postura de los opositores a la reforma, y ésta podrá ser nugatoria, cosa en mi opinión bastante grave, sobre todo porque no sé qué significa “nugatoria”.

El médico le preguntó al señor: “¿Le dieron resultado las pastillas para dormir que le indiqué?”. “No, doctor -contestó el hombre-.

Lo único que se me durmió es lo que no quiero que se me duerma cuando no puedo dormir”... El recién casado condujo a su flamante mujercita al aposento en el que pasarían su noche de bodas.

Al entrar en la habitación la chica se volvió hacia su ansioso marido y le dijo, solemne: “Ahora que ya estamos casados, Borsalino, quiero decirte una cosa: No esperes milagros de mí”.

“Naturalmente que no, Rosibel -respondió el novio-. ¿Por qué me dices eso?”.

Explicó la muchacha: “Porque nada más las vírgenes hacen milagros”... FIN.
08 Agosto 2014 04:10:40
Los pocos mucho
La señorita Peripalda, encargada del catecismo, fue a una conferencia de psicología.

Dijo el joven y apuesto disertante: “Entre el hombre y la mujer hay una sola diferencia’’.

La catequista levantó la mano: “¿Podría usted mostrarnos la diferencia?’’... Don Algón instruyó a su nueva secretaria: “Señorita Grandchichier: dedique la tarde de hoy a comprar todo lo que necesitará ahora que va a trabajar conmigo: libretas, lápices, clips, píldoras anticonceptivas...’’.

Babalucas, el mayor tonto del pueblo, le hizo una reclamación a su novia: “-Me dicen que te han visto salir con todos mis amigos’’.

“¡No seas tonto, mi vida! -lo tranquilizó ella-.

Mira: contigo voy al cine, al teatro, a la disco, al paseo, a todas partes.

Con ellos al único lado que voy es al motel’’... Una guapa mujer llegó al consultorio del siquiatra.

Iba completamente en peletier, es decir, sin nada de ropa encima.

“Ayúdeme por favor, doctor -le dijo-.

Siento que todo el mundo se me queda viendo’’... Para redondear el presupuesto familiar aquel pobre sujeto subía al ring los fines de semana como luchador enmascarado con el nombre de “El Relámpago Púrpura’’.

Un día lo contrataron para luchar con “La Bestia Negra’’, terrible luchador, rudo también e igualmente y enmascarado.

La lucha sería máscara contra máscara: el que perdiera se debería quitar la suya y dar a conocer su identidad.

La lucha duró 42 caídas, pues era sin límite de tiempo.

Después de combatir más de dos horas “El Relámpago Púrpura’’ logró por fin vencer a su adversario.

Sangrando, con dos costillas rotas, cubierto todo el cuerpo de violáceos moretones, reunió sus últimos arrestos y en un supremo esfuerzo logró poner la espalda de su rival contra la lona hasta que el árbitro hizo el conteo final.

Cuando “La Bestia Negra’’ se quitó la máscara “El Relámpago Púrpura’’ vio el rostro de su feroz enemigo y exclamó lleno de asombro: “¿Usted, suegra?’’... Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, le dijo a su novia: “No puedo seguir contigo, Dulcilí”.

“¿Por qué?” -se afligió ella. Explicó el botarate: “Tienes el busto muy pequeño, y el doctor me dijo que nada de copitas”.... El niño campesino llegó tarde a la escuela. Explicó: “Tuve que llevar el toro a cubrir una vaca del vecino’’.

Preguntó la maestra: “¿Qué no puede hacer eso tu papá?’’.

Respondió el niño: “Él es capaz de todo, pero no creo que a la vaca le guste’’... La democracia, dijo alguien, es el gobierno de los pocos mucho en beneficio de los muchos poco. Quien eso postuló explicó su definición.

“Los pocos mucho”, dijo, son aquellos que, escasos en número, disfrutan una porción grande de los bienes sociales: tienen riqueza, educación, gozan de bienestar.

“Los muchos poco” -la mayoría- son los que no tuvieron acceso a esos bienes, y que por tanto están necesitados de un sistema social que les permita llegar a obtenerlos y gozarlos.

Vistas así las cosas, esa idea de la democracia no deja de tener algo de aristocrática, pues habla en realidad del gobierno de los mejores, entendiendo por “mejores” aquellos que fueron favorecidos por la vida.

Independientemente de la razón o sinrazón que contenga esa teoría, lo cierto es que toda acción de gobierno debe tender al bien común, sobre todo al bien de los más necesitados.

Me pregunto si las numerosas reformas emprendidas -y consumadas- por el nuevo régimen tienden a conseguir ese bien, o si propiciarán únicamente que “los pocos mucho” sean más pocos aún y sigan teniendo más y más.

Es una pregunta que, me temo, no tendrá contestación.

Tres señoras llegaron a una farmacia.

Iban a comprar preservativos.

Pidió la primera: “Deme un paquete de seis”.

Y explicó a sus amigas en voz baja: “Mi marido es de lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado”.

Solicitó la segunda: “A mí me da un paquete de nueve”.

Y explicó también en tono de confidencia: “Mi esposo es de lunes, martes, miércoles, jueves y viernes; dos veces el sábado y dos veces el domingo”.

Pidió la tercera: “A mí deme un paquete de 12”.

“¿12?” -exclamaron con asombro las otras.

“Sí -suspiró la señora-.

Enero, febrero, marzo, abril...”... FIN.
07 Agosto 2014 04:10:52
Pena de muerte
Un hombre caminaba por la playa.

Las olas arrojaron a sus pies una lámpara como la de Aladino.

La frotó, y apareció ante él un genio del oriente.

“Me has liberado de mi prisión eterna -dijo el genio-.

Pídeme tres deseos”.

Habló el tipo: “Quiero ser el más rico de los hombres”.

El genio hizo un ademán, y ante el feliz mortal desfilaron banqueros de todo el mundo que lo colmaron de riquezas.

“Ahora -pidió el sujeto- quiero ser el hombre más guapo del mundo”.

Hizo otro ademán el genio y el individuo se vio convertido en un ejemplar masculino comparado con el cual Adonis era Quasimodo.

“Di tu tercer deseo -pidió el genio.

Respondió el individuo: “Quiero ser más inteligente que cualquier hombre sobre la Tierra”.

El genio ponderó un momento la cuestión y luego le dijo: “Está bien.

Pero ¿no te importará tener dos o tres días incómodos al mes?”.

(¡Qué barbaridad! ¡Para hacerlo más inteligente que todos los hombres lo iba a convertir en mujer!)... La señorita Himenia Camafría, célibe madura, se quejaba de su amiguita Celiberia Sinvarón, soltera como ella.

Decía: “Alguien le habló de los pajaritos, las abejitas y las florecitas, y ahora no la saco del jardín”... Don Cornulio llegó a su casa y sorprendió a su esposa en trance de refocilación con un desconocido.

“¡Taisia! -le reclamó indignado-.

¿Qué significa esto?”.

Respondió con toda calma la mujer: “Perdona: soy adúltera, no psicóloga”... La historia de los Estados Unidos ha sido siempre, desde el principio mismo de la nación vecina, una historia de violencia.

Quienes vinieron en busca de libertad religiosa la negaron después a los demás.

Su relación con los pobladores aborígenes se dividió en dos tiempos: un día para compartir el pavo con ellos y los demás para exterminarlos. Tales impulsos de violencia continúan hasta hoy.

En Estados Unidos, es cierto, los padres ya no les pegan a sus hijos, pero es porque podrían estar armados.

La pena de muerte, y el bárbaro modo en que se aplica, debería avergonzar a un país que ante el mundo se presenta como abanderado de los derechos humanos.

Muchas cosas dignas de imitación tiene el país del norte.

Debería, sin embargo, renunciar a sus antiguas tradiciones de violencia. Las campañas tendientes a suprimir la pena capital y a limitar el uso de las armas han de tener en cada buen norteamericano un defensor.

Y ya no digo más, porque mi deber es orientar a la República Mexicana, no a los Estados Unidos.

Un sujeto llegó al hotel y pidió un cuarto.

El encargado lo registró y le preguntó luego: “¿Dónde está su equipaje?”.

“¿Equipaje? -repitió el individuo-.

¿Para qué? Sólo voy a estar aquí una semana”.

Un paciente llamó a su acupunturista a altas horas de la noche.

“Tengo un fuerte dolor de cabeza”.

Le dijo el acupunturista: “Clávese un par de tachuelas y llámeme por la mañana”.

El farmacéutico salió de la farmacia y la dejó a cargo de uno de sus hijos.

Le recomendó que atendiera solamente los pedidos acompañados de receta; los otros ya los vería él a su regreso.

Mas sucedió que un hombre llegó poseído por gana irrefrenable de rendir un tributo mayor a la Naturaleza, y le pidió al jovenzuelo algo que lo ayudara a contener tal ansia.

El muchacho se resistía a darle algún medicamento, pero el señor insistió con afán: si no le daba algún remedio, dijo, ahí mismo sucedería algún desaguisado.

Nervioso, el muchacho le dio unas pastillas.

El apurado tipo se las tomó en el acto, tras de lo cual se retiró.

Poco después llegó el farmacéutico, y su hijo le contó lo sucedido. Preguntó el de la farmacia: “¿Qué le diste al cliente?”.

Respondió el mozalbete: “Unas pastillas que se llaman Valium”.

“¡Qué barbaridad! -clamó el apotecario-.

¡Ese medicamento no es para contener las urgencias del estómago! ¡Iré a buscar a ese pobre hombre!”.

Salió, y preguntó a los vecinos si habían visto al señor, y qué rumbo había tomado.

Le dijo uno: “Yo vi pasar a un caballero que iba en dirección del parque”.

Allá fue el de la botica y, en efecto, vio al hombre sentado en una banca.

Se dirigió hacia él y le preguntó con inquietud: “¿Cómo está usted?”.

“Muy bien, señor -respondió el caballero con toda cortesía-. Batido, pero calmado”... FIN.
06 Agosto 2014 04:10:13
Fuero
Un señor de edad madura llegó a una farmacia y le pidió al encargado un frasco de Sex-Lax.

El farmacéutico sonrió y corrigió al añoso caballero: “Querrá usted decir Ex-Lax.

Es un laxante”.

“No -insistió el cliente-.

Quiero Sex-Lax.

Con las salidas no tengo problemas.

Los tengo con las entradas”.

(No le entendí)... Libidiano Pitongo, hombre proclive a la lubricidad y la libídine, fue a una clínica a que le hicieran un examen médico.

Lo atendió una guapísima doctora de esculturales formas.

Luego de pedirle que se desvistiera le puso la mano en la garganta y le ordenó.

“Diga 33”.

Dijo Libidiano: “33”.

La doctora le puso la mano en el corazón y le pidió: “Diga 33”.

Repitió Libidiano: “33”.

Luego la bella profesionista le puso la mano en el abdomen y reiteró la orden: “Diga 33”.

Volvió a decir Pitongo: “33”.

Finalmente la hermosa médica le puso a Libidiano la mano en las partes pudendas y le volvió a ordenar: “Diga 33”.

Empezó él: “Uno... Dos... Tres...” Astatrasio Garrajarra, ebrio con su itinerario, llegó a su casa midiendo paredes, o sea deteniéndose en ellas para no caer. Su esposa lo recibió con acritud.

Le dijo hecha una furia, los brazos en jarras y el semblante descompuesto: “¡Son las 5 de la mañana!”.

“¿Ah sí? -se interesa Garrajara-.

Y ¿cuál es la temperatura?”... En el restorán se quejó el cliente: “¡Camarero! ¡Hay una mosca en mi sopa!”.

Respondió el tipo: “¡Vaya que esa mosca sabe lo que es una buena sopa!”... Casó Simpliciano, joven inocente, con Pirulina, muchacha con mucha ciencia de la vida.

Cuando entraron en la habitación del hotel donde pasarían la noche de bodas Simpliciano se dio cuenta de que no había televisor en el cuarto.

Le dijo a Pirulina: “Voy a pedir que nos envíen uno”.

“Pero, Simpli -objetó ella-.

¿Para qué queremos un televisor en nuestra noche de bodas?”.

“Mi vida -contesta el cándido mancebo-.

En algo tenemos que entretenernos”... Una ingenua estudiante del conservatorio le contó muy llorosa a su mamá: “Tú me dijiste que la música amansa a las fieras, mami, pero ni siquiera había acabado de sacar mi violín del estuche cuando Afrodisio ya estaba encima de mí”... La señorita Himenia Camafría tenía un canario, y se le murió. Pesarosa le contó a su vecina: “Se me murió el pajarito”.

Le dijo la vecina: “Déjeme llamar a mi marido.

Usted y él son compañeros del mismo dolor”... Rosilita, equivalente femenino de Pepito, es aún más pícara que él.

Un día Pepito le dijo: “Si me adivinas qué traigo en la mano te la enseñaré”.

Contesta Rosilita: “Si es lo que pienso, y te cabe en la mano, no me interesa”... La turista le dijo al escocés vestido con su tradicional kilt: “Siempre he querido saber qué llevan ustedes abajo de su faldita”.

Responde el hombre: “Permítame su mano, señora: La práctica le dirá más que la teoría”... El fuero es una institución que en México se ha desvirtuado.

(¡Cuántas instituciones se han desvirtuado en México!).

El espíritu del legislador concibió el fuero como una protección constitucional para que los representantes del pueblo pudieran expresar sus opiniones sin afrontar el riesgo de ser perseguidos por los detentadores del poder.

Ahora el fuero es una patente de corso que en ocasiones ha servido incluso para dar carta de impunidad a delincuentes.

Debería acotarse en forma muy precisa el alcance del fuero, para evitar que quienes lo tienen se sientan por encima de la ley.

Ante la ley no debe haber ciudadanos de primera y de segunda.

Todos por igual debemos someternos a su imperio. Aplicada rectamente, la ley no hace distinción de personas.

Mal entendido, el fuero parece hacer de algunos privilegiados personas absolutas, es decir mujeres y hombres absueltos de cumplir la ley.

No hay tal.

Afuera el fuero, si va a seguir sirviendo como escudo para cometer abusos... La esposa se quejó con su marido: “Durante el día hago todas las tareas de la casa: El aseo, la comida, la limpieza y planchado de la ropa, todo, y luego en la noche debo cumplir mis deberes de esposa.

Me canso mucho, no puedo continuar así”.

“Está bien -dijo el marido-.

Contrataré a una mujer”.

Preguntó la señora: “¿Para que haga las tareas de la casa?”.

“No -replicó el tipo-.

Para que en la noche cumpla tus deberes de esposa”... FIN.
05 Agosto 2014 04:10:30
Gozar la vida
Plaza de almas.

Supongo que Mister Joe tuvo una buena muerte, pues vivió vida muy plena.

Estuvo en la Segunda Guerra.

Solía decir a ese propósito: “Nada de lo inhumano me es ajeno”.

Ni ajeno le fue tampoco nada de lo humano.

Supo del amor y la amistad.

Declaraba: “Cuento mis amigos con los dedos de una mano, y me faltan dedos para contar a mis mujeres”.

Alguna vez nos habló de la cita erótica que tuvo con una hermosa chica.

Habían acordado verse en un cuarto de hotel.

“Llegué con una hora de anticipación -nos relató-, y a fin de disponerme para el encuentro me puse a leer la Biblia”.

Uno de los presentes se sorprendió, y aun se escandalizó un poco -era evangélico- al escuchar aquello de prepararse para un acto carnal pecaminoso leyendo el libro sagrado.

Explicó él: “Leí el Apocalipsis.

Nada te invita a gozar tanto de la vida como leer un libro en el que tanto se habla de la muerte”.

Aparte de los amigos y de las mujeres dos cosas le gustaban a Mister Joe: los libros y la naturaleza.

Era muy viejo ya -pasaba de los 90- cuando lo visité en su rancho, unas 50 millas al noroeste de Brownsville, Texas.

En esa ocasión hablamos largamente.

Había él conocido a gente que conoció a Emerson y a Thoreau; vio los últimos ejemplares del lobo negro mexicano, y en su niñez miró pasar los rebaños interminables de los búfalos.

Sabías palabras en lengua de comanches, que aprendió de niño, y afirmaba haber sido él quien avistó al último oso grizzly registrado en Texas.

Los jóvenes periodistas con quienes compartió el oficio no lo entendían, claro.

A ellos los deslumbraba Hemingway; él les decía que antes de ese escritor había existido otro también muy bueno que se llamaba Homero.

Les recomendaba su lectura si es que querían aprender a escribir “más con el corazón que con la máquina”.

En materia de religión tenía ideas heterodoxas, lo cual hacía de él un hombre verdaderamente religioso, pues el que no duda no cree.

Cierto día un predicador le preguntó cómo estaba su relación con Dios.

Caminaban los dos en aquel momento por un prado cubierto de verde grama y de esa bella flor, emblemática de Texas, llamada bluebonnet.

Le contestó Mister Joe al reverendo: “Estoy en buenos términos con Dios, pastor.

Vea usted: en este momento lo estoy pisando,y no me lo reprocha”.

Usaba extrañas metáforas o símiles. Me dijo aquella vez: “Pensemos en una cadena formada por millones de eslabones, unos pequeños y delgados, los otros grandes y robustos.

Unos no saben de la existencia de los otros, pero todos son importantes, pues si uno, cualquiera, se rompe, la cadena ya no es una cadena.

Del mismo modo la hormiga y la estrella parecen muy lejanas y distintas, pero ambas son eslabones de esa cadena. Y nosotros también”.

Mister Joe era gran bebedor de whisky.

Bebía la primera copa con el café de la mañana, y la última poco antes de apagar la luz para dormir.

Fumaba en pipa, aunque siempre pensé que usaba eso como pretexto para callar.

Cantaba canciones de Stephen Foster acompañándose con una guitarra vieja que sólo él podía afinar.

Nunca se casó, pero amó a muchas mujeres -quiero decir que amó a la mujer-, y por ellas sufrió penas que evocaba con una leve sonrisa.

Si alguien le preguntaba por qué no se había casado respondía: “Hay que aprender a disfrutar la rosa sin separarla de su tallo”.

Nunca logré descifrar el sentido cabal de esa frase al estilo de Ronsard.

No supe si era una declaración estética, un manifiesto contra la propiedad privada o un himno a la libertad individual.

Mister Joe murió a los 102 años de edad.

Pocos días antes de su muerte escribió en una bolsa de papel lo que parece el principio de un poema que se proponía continuar.

He aquí la imperfecta traducción que hice de aquellas palabras, encontradas por la mujer que iba tres veces por semana a hacerle la limpieza.

Escribió Mister Joe: “Fui mi propia casa, mi propio palacio, mi propio templo.

Cuna, llegué a ser ataúd.

Ataúd, mañana seré cuna”.

Eso tiene tono de epitafio, pero es más bien una biografía.

O varias.

O quizá todas... FIN.
04 Agosto 2014 04:10:55
Ganapanes
Dos amigos se encontraron después de mucho tiempo de no verse.

Uno le preguntó al otro: “¿A qué te dedicas ahora?”.

Respondió el otro: “Soy valet personal de Tetona la Pomponona, esa vedette de moda que tiene erguidos senos de valkiria y opulentas caderas como aquellas que al gran pincel de Rubens fueron gratas”.

(NOTA: Esta descripción la saqué de la novela “La virgen desnuda”, de José María Carretero (a) El Caballero Audaz).

Preguntó el amigo: “Y ¿qué haces para ella?”.

Dijo el otro: “Por 100 pesos diarios la ayudo a vestirse y desvestirse”.

Opinó el primero: “No es mucho dinero”.

“Tienes razón -reconoció el sujeto-.

Pero no puedo darle más”... Don Languidio Pitocáido les contó a sus amigos: “Me inscribí en un club nudista.

¡Qué experiencia tan desagradable!”.

“¿Por qué?” -le preguntaron. Respondió, mohíno, don Languidio: “Cuando salí sin ropa todos me saludaron: ‘¿Cómo está usted, señora?’”... En la clase de zoología el maestro les preguntó a los niños: “¿Cuál es el animal que da las mejores pieles?”.

“El armiño” -respondió Juanito. “El zorro plateado” -contestó Pedrito.

“La chinchilla” -opinó Manuelito.

Levantó la mano Rosilita y dijo: “Los hombres”... Don Algón le dijo a la hermosa chica: “Ya sé que no soy precisamente un jovencito, señorita Susiflor, pero hay un corazón ardiente que late por usted dentro de esta chequera”... Doña Tebaida Tridua, dama de sociedad y defensora de la pública moral, visitó cierta mañana un laboratorio de biología.

Miró por el ocular del microscopio y vio un grupo de células en movimiento.

“¿Qué hacen?” -le preguntó al encargado. Contestó el hombre: “Se están reproduciendo”.

“¡Qué descaro! -se escandalizó doña Tebaida-.

¡A plena luz del día!”... La ecuación es muy sencilla: A menor calidad educativa más atraso.

Los estados del país en que la nociva CNTE predomina tienen amenazado su futuro.

Quienes integran esa agrupación no son luchadores sociales, ni revolucionarios.

Integran una organización manejado por ganapanes que han hecho de la politiquería y de la agitación su modus vivendi, y que se dedican a la tarea de obtener, utilizando ilegales medios de presión, ventajas y privilegios para ellos y para sus allegados.

De nada valen los esfuerzos de la SEP, de los padres de familia y de los verdaderos maestros para dar educación a los niños y jóvenes de las entidades donde la CNTE opera.

Los líderes y sus obedientes mesnadas boicotean cualquier medida tendiente a mejorar la calidad de la educación.

La culpable complacencia y lenidad de las timoratas autoridades locales -tal es el caso de Oaxaca- agravan aún más la situación.

¿Y la niñez y la juventud? Que se jodan si me es permitida esa ática expresión.

Todo con tal de no tener problemas... En la escuela de animales el conejito y la conejita andaban mal en aritmética.

La profesora los dejó en el salón después de clases a fin de que hicieran algunos ejercicios matemáticos.

Al regresar los halló en un ejercicio diferente: El conejito estaba sobre la conejita.

“¡Santo Cielo! -prorrumpió la maestra-.

¿Qué es esto?”.

Respondió el conejito: “¿No nos dijo que practicáramos la multiplicación?”... El banco fue asaltado.

Cuando los asaltantes se retiraron el gerente tomó el teléfono y llamó a la policía.

Después le dijo a su linda secretaria: “¿Me acompaña al baño, por favor, señorita Rosibel? Necesito su ayuda.

Tengo que hacer pipí, y los de la Policía me dijeron que no toque nada hasta que ellos lleguen”... Una turista oriental viajaba por España.

Conoció en Sevilla a un torero de gran fama, Curro de Hatrás, que la invitó a conocer su cortijo.

Cuando la mujer llegó a la finca el famoso diestro le mostró unos cachorros muy lindos que había comprado.

Sucedió que esa noche, primera que la muchacha pasaba en el lugar, los cachorros estuvieron gañendo y aullando sin cesar, pues los habían separado de su madre.

Así la visitante no pudo pegar los ojos en toda la noche.

A la mañana siguiente el mayoral del cortijo le preguntó cómo había pasado la noche. “Muy mal -respondió la oriental con su peculiar modo de hablar, consistente en pronunciar la ere como ele-.

No me dejaron dormir los perritos del Curro”.

“Pues, hija -le dijo el mayoral-.

Cuestión de depilarse”.

(No le entendí)... FIN.
03 Agosto 2014 04:10:14
Primera piedra
La multitud, furiosa, iba a lapidar a la mujer adúltera.

Jesús se puso frente a ella para protegerla, y dijo con voz admonitoria: “El que esté libre de culpa que lance la primera piedra”.

De entre la multitud salió un pedrusco que golpeó a la mujer en la cabeza y la hizo rodar por tierra.

Miró Jesús, severo, al hombre que había tirado la piedra y le preguntó: “¿Acaso estás libre de culpa?”.

“No, Maestro -respondió el individuo-.

Pero soy el marido de la fulana, y vieras qué coraje da que le pongan a uno el cuerno”... El fiscal le pidió al testigo: “Repita las palabras que el acusado pronunció”.

“No puedo -respondió, vacilante, el testigo-.

No son palabras para decirlas ante gente decente”.

“Muy bien -cedió el fiscal-.

Entonces dígaselas al juez”... La mamá del adolescente lo sorprendió haciendo en su cuarto cosas muy propias de su edad.

“¡Onanito! -prorrumpió la señora, azorada-.

¿Qué significa esto?”.

Respondió el muchacho con naturalidad: “Estoy haciendo la tarea de la clase de Educación Sexual”... Babalucas llegó con botas blancas a la cacería en la nieve.

Le pregunta el guía: “¿Por qué trae botas blancas?”.

Explicó el tonto roque: “Para no dejar huellas”... La joven abogada le contó a su esposo: “Ayudé a la señorita Solicia a hacer su testamento.

Tiene 200 mil pesos.

Le dará 100 mil al hombre que la haga conocer el amor, y con los otros 100 mil pagará su entierro por adelantado.

Tú podrías ganarte ese dinero”.

Fue el muchacho a la casa de la madura soltera.

Como tardaba en regresar su esposa lo llamó por teléfono.

Le dijo él: “Tardaré un poco de tiempo más, mi amor.

La señorita Solicia ha decidido que la entierre el municipio”... El juez le dijo al individuo: “Se le acusa de haber arrojado a su suegra por la ventana del segundo piso”.

“En efecto, su señoría -reconoció con humildad el reo-.

Eso hice”.

“¡Es usted un desconsiderado! -clama el juzgador-.

¡Un inconsciente, un hombre falto de todo sentido de humanidad! ¿No pensó que alguien podía ir pasando en ese momento por la calle?”... La esposa de Hwang dio a luz un bebé.

Para sorpresa del señor el niño no salió con rasgos orientales: Tenía ojitos redondos, tez clara y cabellos rubios.

Le preguntó muy serio a su mujer: “¿Por qué el niño no tiene nada de oriental?”.

“Quién sabe -respondió ella-.

Debe haber sido un occidente”.

(Nota: Quiso decir “un accidente”)... El oficial de paracaidismo instruyó a los reclutas: “Después de saltar cuenten hasta diez y tiren del cordón que abre el paracaídas”.

Preguntó uno de los reclutas, joven tartamudo: “¿Has-has-hasta cua-cuánto de-de-debemos co-contar?”.

Respondió el instructor: “En tu caso hasta dos”... Galatea , mujer de busto generoso, se presentó con el cardiólogo a fin de que le practicara un examen.

Descubierta la munificente región pectoral de Galatea el médico llamó a su enfermera y le pidió: “Tráigame dos estetoscopios, señorita.

Esto lo tengo que oír en sonido estereofónico”... El Padre Arsilio les preguntó a los niños: “¿Dónde está Dios?”.

Contestó sin vacilar Pepito: “En el baño”.

El buen sacerdote se asombró. “¿Por qué dices eso?”. Explicó Pepito: “Todos los días mi papá golpea la puerta del baño y dice: ‘¡Dios mío! ¿Todavía estás ahí?’”... Alguien le preguntó a la recién casada: “¿Tu marido ronca?”.

“No sé -respondió ella-.

Sólo hemos estado casados tres días”... Picio era tan feo que una sexoservidora le dijo: “En nuestra primera cita no”... El doctor Ken Hosanna le informó a su paciente: “Me propongo darlo de alta mañana. Creo que ya está usted lo suficientemente bien como para ver su cuenta”... Los escoceses, ya se sabe, tienen fama de ahorrativos.

Un escocés compró dos billetes de la lotería, y uno de ellos ganó el premio mayor: Un millón de libras esterlinas.

“¡Dios mío! -gimió desolado el escocés-.

¿Qué caso tenía haber comprado el otro boleto?”... Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, le confió a una amiga que don Sinople, su marido, se había sometido a un tratamiento para recobrar los perdidos ímpetus de la juventud.

Le dijo a la amiga: “Un médico le aplicó una serie de inyecciones de glándulas de mono”.

Preguntó la amiga, curiosa: “¿Y dio resultado el tratamiento?”.

“Todavía no lo sé -contestó doña Panoplia-.

Lo sabré cuando se baje del candil”... FIN.
02 Agosto 2014 04:10:56
Gravísimo mal
El patrullero se acercó al automóvil que estaba en el paraje más apartado y oscuro del parque, y vio que en el asiento de atrás estaban un muchacho y una chica.

Proyectó la luz de su lámpara de mano al interior y preguntó al azorado joven: “¿Acaso se propone usted hacerle el amor a esa muchacha?”.

“N-no, o-o-ficial” -farfulló el mozalbete.

“Muy bien -habló el policía-.

Entonces baje y deténgame la lámpara”... Un amigo de Babalucas le contó: “Estuve en la frontera. Hacía un calor tremendo: 40 grados a la sombra”.

Le dijo el badulaque: “¿Y pa’ qué te ponías en la sombra?”... Un sujeto se la pasaba viendo en la tele los partidos de futbol.

No hacía otra cosa, excepción hecha de la actividad complementaria: Beber una cerveza tras otra y atiborrarse de comida chatarra.

Con tal motivo tenía varias semanas de no cumplir con eso que el Código Civil llama “débito conyugal”.

Una noche, cuando más entretenido estaba viendo el partido inicial de la Copa de Timbuctú, tercera división, se le presentó su mujer cubierta sólo por una vieja bata.

Se plantó la señora frente al omiso señor, se abrió la bata a todo lo que daba y le dijo con acento terminante: “O me pones a jugar o me declaro agente libre”... Le preguntó el mesero a don Hamponio disponiéndose a llenarle la copa: “¿Vino de la casa, señor?”.

Amenazante respondió él: “¡Y a ti qué te importa de dónde vine, desgraciado!”... Nalgarina Grandchichier, vedette de moda, era entrevistada por una reportera.

“Dime, Nalgarina -le preguntó-.

La primera vez que hiciste el amor ¿fue por amor o por dinero?”.

Se quedó pensando Nalgarina y luego respondió: “El muchacho con el que lo hice me dio 5 pesos.

No era mucho dinero.

Entonces fue por amor”... Un señor y su esposa paseaban por el campo.

Hacía un calor de infierno, de modo que al pasar por un riachuelo decidieron darse un chapuzón.

Se despojaron de sus respectivas ropas y se pusieron a retozar alegremente en las cristalinas aguas.

Ya refrescada, la señora decidió salir.

Cuando iba por su ropa vio a un individuo que llegaba.

Sólo alcanzó a taparse la parte principal poniendo sobre ella los zapatos de su esposo, que quedaron con las suelas hacia afuera.

Vio aquello el recién llegado y comentó con asombro: “Muy apasionado el señor, ¿no?”... La dueña de la casa tenía en la sala una reproducción del David de Miguel Ángel.

Cierto día notó con sorpresa algo extraño en la estatua: la parte varonil del apuesto mancebo ya no apuntaba hacia abajo, como antes, sino hacia arriba.

Llamó a la joven criadita y le preguntó qué había sucedido. Explicó ella: “Alguien le rompió esa parte.

La encontré en el suelo y se la peguél”.

“¡Pero se la pegaste al revés!” -exclama la señora.

“Perdone, señito -se disculpó la muchacha-.

Así es como he visto siempre yo esas cosas”... Está claro que en Michoacán no pocos políticos y funcionarios, y aun gente de empresa, entraron en connivencia con los jefes del crimen organizado.

De esa culpable relación derivó la inseguridad que los habitantes de ese estado sufren ahora.

No se puede transigir con los delincuentes, y menos aún entrar en negociaciones con ellos.

A los criminales se les debe perseguir con la fuerza de la ley, y no tener con ellos ninguna relación.

Sus dádivas se han de rechazar, y se les debe denunciar, si no a las policías locales, que con frecuencia están en connivencia con ellos, sí al Ejército o a la Marina.

La delincuencia organizada es un gravísimo mal, pero se le puede erradicar si los encargados de aplicar la ley no entran en tratos con los delincuentes.

Hay ahora tantos divorcios que antes de casarse una chica se debe preguntar: ¿Es éste el hombre con el que quiero que mis hijos pasen los fines de semana?... Una hermosa mujer de 30 años casó con un caballero de madura edad.

La noche de las bodas ella apareció luciendo un vaporoso negligé blanco.

Le dijo él: “Te ves tan hermosa que no me atrevo a tocarte”.

Y se fue a dormir.

La siguiente noche ella se presentó con un sugestivo negligé rojo.

Le dijo él: “Te ves tan bella que no soñaría en tocarte”.

Y otra vez se fue a dormir.

La noche siguiente ella salió vestida de negro.

Le preguntó él, asombrado: “¿Por qué te pusiste ese vestido negro?”.

Respondió ella: “Estoy de luto.

Algo está muerto por aquí”.

FIN.

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