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Jorge Humberto Decanini
Jorge Humberto Decanini
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Jorge Humberto Decanini nació en Monterrey, Nuevo León. Psicólogo, diseñador y escritor. Ha publicado cuatro novelas independientes, entre ellas El Programa GAMER (Geek Media Ediciones, 2016) http://www.elprogramagamer.com y Belial (Geek Media Ediciones, 2019) https://www.facebook.com/libro.belial/. Asimismo tiene nueve años de experiencia en blogs manejando su sitio www.nerdcast.net, donde se ha enfocado en diferentes aspectos de la cultura pop.

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12 Julio 2020 05:00:00
La era de los sheitans capítulo 3 parte 1
Arrojó su camisa al suelo, golpeó en dos ocasiones con el puño la puerta metálica, repetía una y otra vez en su mente los mismos eventos, la orden de retirada antes del ataque nuclear. Estaba a oscuras, sólo unos débiles rayos de sol atravesaban los pequeñísimos barrotes ubicados sobre su cabeza.

—¿Así que sólo los vamos a dejar? ¡Queda muchísima gente ahí adentro!

Aquella ocasión reclamó con todas sus fuerzas, incluso se arriesgaba a ser encarcelado; no le importaba, no se quería ir, estaba furioso; recién había recibido la orden de retirarse y no podía creerlo, iban a alejarse y dejar que toda esa gente fuera destrozada por los demonios.

Esa fue una de las muchas veces que desobedeció órdenes, no era un soldado muy disciplinado pero, la verdad sea dicha, la mayoría de sus indisciplinas eran por líos de faldas y salidas nocturnas; esta vez sería diferente, su indsciplina era por su propia humanidad.

El soldado era joven, un apuesto hombre de color, de penetrantes ojos verdes y musculatura envidiable; sin duda hubiera podido ser modelo o actor, ciertamente tenía la apariencia; pero prefirió la vida militar, siempre le había gustado y desde niño deseó ser soldado. Había iniciado su carrera militar no hacía muchos años y no era precisamente un excelente elemento; si bien era fuerte, atlético y decidido, también era problemático; se metía en frecuentes peleas, usualmente debido a las mujeres, quienes le encantaban y a las cuales abordaba sin temor; no cualquiera podría rechazar a un adonis como él, y este hombre lo sabía por lo que sacaba ventaja en cada oportunidad que se le presentaba.

Habló con algunos de sus compañeros, lamentablemente casi todos ansiaban irse y, tan pronto recibieron la orden de evacuación, tenían listas las maletas y estuvieron sobre los transportes para irse sin mirar atrás. Pero ellos no eran todos, consiguió un pequeño grupo que, como él, se encontraba a disgusto después de la orden de retirada. Recolectaron las armas más poderosas, entre ellas bazookas, así como cuantiosas municiones y explosivos; robaron un transporte de carga con el tanque lleno y se adentraron a dónde sabían que quedaba gente… y sheitans.

Recorrieron las calles a toda velocidad, aún era de día, los rayos del sol bañaban las calles y mantenían ocultas a las criaturas, pero no todas tenían tanta aversión a la luz solar, siempre había algunas dispuestas a salir durante las tardes; vieron algunos sheitans en el camino pero no pensaban comenzar una batalla, tenían poco tiempo antes de que cayeran las bombas. Era necesario llegar al refugio, subir a la gente y escapar a toda prisa. Claro que no podrían salvarlos a todos pero sí tratarían de rescatar a cuantos pudieran; no podían ponerse a combatir contra demonios, no ahora.

—Avanza, avanza, a la izquierda, ahí, detrás de la barricada, sortéala, perfecto. Detente, el resto lo hacemos a pie.

Cuatro soldados se bajaron del vehículo, portaban rifles M16, los usuales en el ejército; cargaban con varias mochilas repletas de municiones, pues los sheitans absorbían las balas como esponjas, algunas granadas y, a sus espaldas, cada uno una bazooka; sólo por si acaso.

Primeramente revisaron los alrededores en caso de que alguna bestia estuviera cerca o los hubiese seguido en el camino, estaban solos pero no podían contar con que así lo estuvieran durante mucho tiempo. Caminaron rápido en dirección de la barricada, en línea recta, la escalaron y cruzaron sin problemas.

—El refugio no está muy lejos. —Dijo el instigador.

Recorrieron los escombros de la ciudad sin mirar siquiera donde pisaban, no tenían tiempo para irse con cuidado. Vieron cuerpos en el suelo, vestían uniformes militares; habían sido sus compañeros, estuvieron defendiendo la posición durante días, en lo que terminaban de extraer a unas personas que se habían refugiado en un estacionamiento. Les había tomado semanas el dejar la zona “aceptablemente segura”, tiempo en que sufrieron muchas bajas. Finalmente consiguieron estabilizar el lugar el tiempo suficiente para extraer a cientos de personas en varios helicópteros; pero no eran suficientes, muchas más se habían quedado atrás, rogando su extracción al momento que la última aeronave partía. Los militares llevaron con ellos a tanta gente como pudieron pero la imagen de toda esa gente que se había quedado atrás era demasiado. Al menos para ellos cuatro era insoportable.

El instigador lideraba el camino, el resto le seguía cerca. Escucharon el caer de unas rocas a su derecha, voltearon y vieron a la criatura: un sheitan de cerca de tres metros, horrible como siempre lo eran esas criaturas. Tenía la cabeza grande y adornada con varios enormes cuernos que nacían desde la frente y recorrían su espalda y alrededor del cuello, parecía como la melena de un león. Sus brazos eran fuertes y largos, cubiertos de pelaje negro, sobresalían espinas en los hombros y antebrazos.
—¡Vamos, vamos! —Gritó el instigador. —¡No dejen que se acerque!

Los cuatro hombres dispararon sus M16 pero el sheitan ni se inmutó, corrió de frente a ellos, absorbiendo las balas; logró alcanzarlos y hubieron de romper la formación.

El sheitan quedó en medio de los cuatro soldados, quienes disparaban encontrados hacia la criatura, intentaban matarla al mismo tiempo que pretendían no matarse entre ellos. El sheitan parecía confundido, quizá por recibir ataques a cada lado, lanzaba zarpazos al aire y gruñía furioso. A uno de los soldados se le terminaron las balas, trató de recargar; no hizo nada mal, no titubeó, era un elemento experimentado; pero el sheitan fue muy rápido, tomó el instante en que el pobre sujeto no disparaba para lanzarse en su contra sin que sus tres compañeros pudiesen hacer algo para ayudarle. El pobre recibió el ataque de frente, ni siquiera alcanzó a cubrirse el rostro. Tenía al demonio sobre él, sus colmillos se incrustaban en su cráneo, sus garras se hundían en su piel; la sangre comenzó a brotar a raudales y el sheitan arrancaba más y más pedazos del pobre hombre.

El instigador tomó la bazooka que llevaba a espaldas y apuntó a la criatura, así como a su compañero, disparó; la explosión hizo volar enormes pedazos de concreto, carne y polvo; cuando éste se disipó sólo quedaba una masa sanguinolenta donde antes estuvieran la criatura y el soldado. El instigador tragó saliva, volvió a colocarse la bazooka a la espalda e indicó con la cabeza que siguieran el camino, nadie dijo palabra.

Les quedaba poco tiempo, tanto para el bombardeo como para que anocheciera, cualquiera de esas dos opciones significaba su muerte; no podían tomarse más tiempo combatiendo bestias. Corrieron ya sin cuidado y llegaron a una esquina, a la vuelta estaba el estacionamiento donde, días atrás, él y sus compañeros lucharon valientemente para rescatar a miles de personas varadas en medio de la ciudad.

Recorrieron el último trecho, estaban frente al estacionamiento, un amplio espacio bardeado, sin techo, con una única entrada y salida de vehículos, pero esa zona estaba sellada.

Se acercaron a la entrada del estacionamiento, estaba cubierta con sacos de arena que los militares habían dejado atrás durante su evacuación; los sobrevivientes las habían apilado en la entrada para impedirle el paso a los sheitans. Con esfuerzos lograron abrirse camino retirando los sacos de un costado; conforme trabajaban en retirar esa barricada se extrañaron.

—¿Por qué hay tanto silencio?

Al instigador le extrañó la quietud, a los sobrevivientes se les recomendaba que no hicieran demasiado ruido pero era imposible estar en calma; cada que se topaba con campamentos de refugiados escuchaba sollozos, lamentos, quejidos; solía ser complicado mantenerlos en silencio, aún y teniendo autoridades a la disposición. ¿Y ahora tantísimas personas guardaban silencio? Algo andaba mal.

Quitaron el último saco de arena, no habían hecho aún suficiente espacio para pasar pero ya podían ver el interior del estacionamiento.

—¡No! ¡NO, MALDITA SEA!

El instigador golpeó los sacos de arena que restaban, enterró la bayoneta profundo en varios de ellos mientras los pateaba y gritaba al tiempo que se abría camino al interior. Ingresó y cayó al suelo llorando.

El estacionamiento era un depósito de cadáveres, el suelo estaba tapizado de cuerpos, de partes humanas cubiertas de sangre, vísceras; olía terrible, a putrefacción y heces; había moscas por todos lados, las botas dejaban huellas sobre la sangre al caminar.

—Están todos muertos. —Dijo uno de ellos.

Un soldado se acercó a un cuerpo, se inclinó y trató de reconocerlo, era imposible, su rostro había sido arrancado; los restos estaban parcialmente devorados. Lo inspeccionó, tenía marcas de violencia, carne arrancada con fuerza, huesos triturados. Levantó la vista y observó las paredes, eran muy altas y tenían marcas de garras.

—Las escalaron, los sheitans escalaron las paredes.

Recorrieron el estacionamiento con cuidado, respetando los cuerpos tanto como les fue posible, buscaban sobrevivientes, alguno debía quedar vivo; eran cientos de personas, sin duda alguien debió quedar herido. Movían los pocos cuerpos enteros que encontraban, les daban vuelta sólo para encontrarse con que les faltaban enormes trozos de carne. Buscaron afanosamente durante mucho tiempo, más del que debían considerando sus circunstancias; no encontraron nada con vida más allá de esas malditas moscas y muchos gusanos que comían la carne muerta de aquellos a quienes pretendían salvar.

Escucharon ruidos lejanos, sonidos similares a auillidos, a gruñidos; muy sonoros, aterradores.

—Debemos irnos.

Levantaron la vista al cielo, las pocas nubes que se alcanzaban a ver detrás del humo ocasionado por los cuantiosos incendios tenían una tonalidad anaranjada, casi rojiza, sanguinolenta. Pronto sería de noche.

—Si no nos matan las bombas nos matarán los sheitans. —Dijo otro de los militares mientras ponía su mano en el hombro del instigador, cuyos ojos verdes estaban irritados de tanto llorar.

Los ruidos de los sheitans se volvían más intensos, comenzaban a activarse; siempre eran más inquietos durante las noches. Los tres soldados salieron del estacionamiento, el instigador lanzó una última mirada hacia atrás; su indisciplina había sido en vano.

04 Julio 2020 03:03:00
Capítulo 2 Los monstruos han tomado la ciudad
Edificios derribados, escombros por doquier, era como si una gran guerra acabase de ocurrir y una ciudad, anteriormente icónica, hubiese dejado su cadáver para pudrirse lentamente bajo el sol.

Sombras monstruosas que se mueven sin dirección, desaparecen en el suelo sólo para emerger nuevamente; ansiosas, buscan algo.

Caminan sobre montículos de concreto y metal, escarban aquí y allá, escalan los restos de los edificios, gruñen y luchan entre sí; nubes de polvo cubren la ciudad, dejando ver figuras informes y aterradoras; una levanta los restos de un vehículo quemado, lo parte en dos y retira una masa chamuscada de su interior; la observa delante de su horrenda cabeza, sus mandíbulas, repletas de colmillos que chorrean una sustancia viscosa y blanquecina, se mueven como si pretendieran zafarse de su sujeción.

Una criatura gigantesca avanza despacio entre los restos de los alguna vez enormes rascacielos, los aparta con sus descomunales brazos como si se tratase de maleza que le estorba al caminar; derriba los edificios con facilidad, toneladas de concreto caen desde las alturas, levantando densas nubes de polvo que cubren el suelo. Sólo se alcanza a ver la parte superior de su cuerpo que sobresale de la marea de polvo que se forma con su avance, no le importa lo que haya a sus pies, destroza a su paso casas, árboles, vehículos e incluso a otras criaturas, igualmente monstruosas aunque más pequeñas; algunas atacan las piernas del coloso, a éste parece no importunarle, no emite ruidos, no cambia su ruta; sigue caminando lentamente, detruyendo todo a su paso, triturando lo que quede bajo sus pies.

Una marea de fuego alcanza una zona residencial, quema los árboles, hace tronar los vidrios de lujosos centros comerciales. Se escuchan sirenas pero no se trata de bomberos a toda prisa buscando apagar incendios, tampoco son ambulancias que pretendan rescatar a los heridos; el ruido viene de las alarmas de los vehículos abandonados a su suerte, chamuscados, carbonizados; sus ruidos son los últimos gritos de agonía que puede emitir la civilización que habitaba la ciudad, único sonido conocido que se puede escuchar, vestigio reconocible que se pierde entre gruñidos espantosos y nunca antes percibidos por un oído humano.

El fuego se extiende sin control, consume fábricas, avenidas, callejones, casas, edificios; el parque central, anterior ícono de la ciudad, es un enorme lago de fuego que amenaza desbordarse y engullir los restos de la ciudad en cualquier momento. Las llamas parecen olas en medio de un huracán, enormes, se alzan decenas de metros y lamen con deseo el aire, que hierve y desgarra lo que toca.

En medio de ese fuego enormes figuras se mueven, figuras humanoides, monstruosas y

gigantescas, caminan sin prisa; el fuego no les molesta, no les afecta, ni siquiera parecen sentirlo. Recorren el parque central en llamas como si fuera su propia piscina, a su paso extienden el incendio, que se propaga en otras zonas de la ciudad. El fulgor anaranjado de las llamas se puede ver desde muy lejos, desde kilómetros de distancia; los aterrorizados ojos de quien lo viera sólo eso pueden hacer, observar cómo se acerca.

Son los restos de una ciudad atacada tanto por los sheitans como por los seres humanos, como si se hubiesen puesto de acuerdo para lograr el máximo daño posible. Entre la terrible fuerza de esas criaturas y las armas nucleares de la raza humana, han destruido por completo varias zonas urbanas, segando miles de vidas, humana, animal y vegetal, en el proceso.

El viento arde y desgarra la piel de los cuerpos que yacen dentro y alrededor de la zona de impacto. El cadáver de una mujer joven descansa sobre pasto quemado; era bonita, delgada; parte de su ropa se mantiene íntegra, botas que seguramente fueron carísimas, un vestido de una tela muy fina, color carmesí; se alcanzan a ver las uñas, arregladas, con vivos colores. Aún le queda piel en algunas partes del cuerpo; tersa, sin imperfecciones, quizá se trataba de una modelo, tal vez una famosa actriz; la ciudad era hogar de muchas estrellas de la farándula, de los pocos que podrían costearse una vida en dicho lugar. Los restos de piel se deshacen poco a poco con cada caricía del viento, que la corroe, la desgarra. El rostro de la mujer es irreconocible, algunos mechones de cabello castaño, con vivos en rubio en las puntas, bailan abrazados al viento; se puede ver una expresión feliz en su rostro, dos hileras de dientes perfectos, blanquísimos; ya no tiene labios, esa boca jamás se habrá de cerrar.

El mar baña la costa, el agua tiene un color cobrizo; centenares de cuerpos yacen sobre la arena, mojados por el agua, su sangre se funde con ella y crea un lodo viscoso. Los cadáveres están humeantes, sus ropas quemadas, miembros humanos se desprenden con la caricia de las olas y son arrastrados por ellas de vuelta al mar.

Una criatura se mueve ágilmente, no le molesta el panorama, no le lastima el viento ardiente. Es más grande que una persona robusta; camina encorvada como si fuese un gorila. Su cabeza es descomunal para lo que es el resto de su cuerpo, tiene una enorme frente prominente, repleta de escamas y espinas; dos ojos color naranja ubicados al frente, hundidos, brillantes; su boca enorme, ocupa la tercera parte de esa cabeza gigantesca y se abre horizontalmente hasta casi cada extremo. El interior de la cavidad está repleto de dientes, colmillos, de un color amarillo casi mostaza, son varias hileras. No tiene nariz, sólo un par de orificios sobre la boca indican dónde podría estar. Sus dos brazos están cubiertos de espinas, grandes, gruesas; como si fuesen dagas; también tienen algo de pelo, muy grueso. Las manos enormes, con dedos largos y huesudos, no parecen estar cubiertos de piel, se ven… distintos, sin diferenciarse de las uñas que más bien son garras. El cuerpo de la criatura es fibroso, no parece existir grasa, es completamente músculo y hueso. El pecho está cubierto de placas brillantes, la cintura se vuelve angosta. La espalda está cubierta de espinas y pelo enmarañado, plástico y restos de basura se han visto atrapados en ellas. Tiene dos piernas, son cortas y articuladas al revés, cubiertas de placas brillantes y espinas; no tiene pies sino pezuñas, como las de un caballo, pero mucho más grandes, no son proporcionales al resto de su cuerpo.

Es una criatura horrible, un sheitan, uno de los pequeños. Son muy numerosos y todos diferentes. Camina despacio a través de la playa, sus pezuñas se hunden en la arena, con sus

garras se abre camino. Se dirige a los cuerpos, los examina, los explora; arranca trozos, miembros, los introduce en su boca y los devora.

Más sheitans aparecen, parecen atraídos por el olor a carne quemada; pronto la playa queda atestada de criaturas, son ya más los sheitans que los cadáveres; luchan entre ellos, se arrebatan los cuerpos. Llegan demonios más grandes, del tamaño de vehículos familiares, del tamaño de casas; los más grandes ahuyentan a los pequeños; algunos se defienden, se abalanzan en contra de los más grandes, escalan sus lomos y tratan de hundir sus garras en ellos, parecen ni sentirlo.

Una niña camina asustada, está sucia, sangra; tiene la cara llena de hollín. Vivía en los suburbios, las bombas no conectaron directamente en donde ella residía; el viento arrastrará la radiación hacia donde ella vaya, no vivirá mucho. Una criatura la sigue, la pequeña no se ha dado cuenta, está sola. La criatura la alcanza de un salto y la parte en dos con un solo movimiento.

No muy lejos de ahí un grupo de personas se aferra a la vida, posiblemente fueran vecinos de la pequeña. No son muchos, menos de una docena, están sucios, heridos, asustados; lloran. Un hombre perdió su mano izquierda, jirones de carne escapan de entre una camisa que usó para apretarse el muñón, la sangre se ha coagulado, tomó un color negro. Su rostro expresa dolor, está pálido, suda. Una mujer trata de asistirlo, le limpia la cara, trata de darle agua, de curar sus heridas mientras el pobre gime de dolor.

Están dentro de un minisúper, no tiene techo, las paredes se han venido abajo, los vidrios están completamente rotos. Los heridos descansan y sollozan, aquellos que están en mejor condición ven hacia el horizonte, les hipnotiza el brillo anaranjado del incendio.

—El parque central. —Dice uno, nadie le responde.

El viento es cálido, les quema el rostro; no se dan cuenta que, poco a poco, la piel comienza a abrirse, a enrojecerse, después de todo están tan sucios y tan ensangrentados que no podrían notar una herida nueva.

—Vendrán a rescatarnos, no nos van a abandonar. —Volvió a decir el que miraba hacia el parque central. Nuevamente nadie le respondió.

Uno de los sobrevivientes abre una bolsa de frituras, comienza a comerlas, hace ruido; escuchan algo, contienen la respiración y guardan silencio. Sienten vibraciones en el suelo, después un sonido horrendo les hiela la sangre, un rugido. Voltean a todos lados, dos de los sobrevivientes se van corriendo, los más gravemente heridos no pueden moverse, sus familiares no quieren dejarlos; varias criaturas emergen de entre los escombros alrededor, comienzan a cercarlos; los sobrevivientes se apretujan entre ellos, lloran.

Los sheitans los destrozan, despedazan los cuerpos de los sobrevivientes como si fuesen muñecos, los devoran. Uno trata de defenderse, lanza un golpe al rostro de un sheitan, su puño impacta con una de las espinas y queda abierto en dos, sólo dolió unos instantes; con sus garras el sheitan tomó el rostro de aquel hombre y apretó, retiró la mitad de la cabeza como si estuviese hecha de algodón.

Los dos sujetos que huyeron no se detienen, no voltean hacia atrás; lloran. No saben a dónde correr, atraviesan escombros y se tropiezan con rocas, la piel de sus rostros casi ha desaparecido. De nada les servirá huir, la radiación está matándolos, el calor los está cocinando por dentro; hubiera sido mejor que los sheitans los devoraran.

Afuera de la ciudad, que ardía sin fin, se había levantado un puesto de combate; eran los soldados que anteriormente luchaban contra los sheitans y trataban de salvar de su destrucción a la ciudad más famosa del mundo. Habían recibido la orden de retirarse poco antes del ataque nuclear y se les indicó se apostaran a una distancia prudente, a salvo de la radiación que sus propios jefes habían causado. La unidad constaba de un millar de elementos, no muy lejos había otra, y otra; las fuerzas castrenses habían sido colocadas alrededor de la ciudad, formaban un cinto de seguridad, estaban ya enterados de lo ineficaz del ataque, las criaturas seguían en la ciudad, casi sin daños; en cualquier momento intentarían salir.

—Tenemos de gracia hasta que se les acabe la comida, esos pobres bastardos, —dijo un soldado veterano, alto, muy fuerte; se refería a aquellas personas que no pudieron ser evacuadas. —Con su muerte nos permiten organizarnos. —Tomó un cigarro, sonrió un poco aunque nunca dejó de fumar. —Quizá esa fuera la intención desde el principio. —Murmuró.

Los soldados corrían apurados, algunos ni siquiera sabían por qué. Escuchaban por radio que otra unidad había divisado una criatura que trataba de escapar, lograron darle muerte pero perdieron muchos elementos en el acto. Veían hacia la ciudad, engullida por las llamas, brillando en tonalidades amarillas y anaranjadas; estaban lejos pero el aire se sentía caliente; tallaban sus ojos, el viento les irritaba, sentían como si minúsculas agujas se incrustaran en el rostro.

Llegaron camiones, muchos de ellos, decenas; transportaban materiales de construcción, bloques de hormigón, herramientas, cemento. Indicaron a todos los soldados que no estuvieran apostados en el frente descargaran el contenido, hecho que les molestó, en especial a aquel soldado veterano que parecía estar al mando. En un principio se negó a cooperar, bastó una llamada por radio para que, no sin molestia, accediera a ordenar se inicie la descarga de materiales.

—Somos soldados, no obreros. —Dijo molesto el veterano. —Malditos sean los burócratas.

Un gigante se acercó a aquel militar, era enorme pero no era un sheitan sino un hombre, el veterano le ofreció un cigarro que el gigante aceptó, fumaban en silencio mientras veían a sus compañeros realizar labores impropias para hombres de armas.

—Así son los jefes. —Dijo entre dientes el veterano.

—¿Alguna vez han sido distintos? —Respondió el gigante.

Los soldados realizaban la pronta descarga de los materiales, no podían dedicarle demasiado tiempo, era necesario que estuvieran listos en caso de que sheitans intentasen escapar de la ciudad. Aún era de día, eran las horas tranquilas, a los sheitans no les gustaba la luz del sol y los días soleados eran lo más parecido a vacaciones que estos hombres y mujeres habían tenido en meses. Las noches… esas eran problemáticas.

—¿Para qué es todo eso? —Preguntó el gigante,

—Quieren enjaular a esas bestias. —Respondió riendo el veterano, no dejaba de fumar. —Vamos a construir un cerco de concreto reforzado.

—¡Qué estupidés! —El gigante rió.

—Órdenes de Humme. —Finalizó el veterano. —Ese viejo era más útil retirado.

El cielo oscureció y un fuerte ruido les alarmó, voltearon al cielo, aún era de día; les tranquilizó saber que el ruido no venía de sheitans, eran motores de helicópteros, decenas de

enormes aeronaves de carga modelo Mi-26 se acercaban; bajo ellos, gigantescas máquinas de construcción, brillantes, nuevas; que colgaban de alambre reforzado. Era una maquinaria inusual, impresionante; claramente para trabajo de construcción pero impropias para las manos de obreros ordinarios.

El veterano veía acercarse a los helicópteros, cada una una de esas enormes máquinas de construcción colgaba de cuatro aeronaves; el transporte de ese equipo era riesgoso, no sólo por los sheitans, el peso de esas máquinas era inmenso. El veterano conocía bien el funcionamiento de esos helicópteros, uno sólo bastaba para transportar un tanque M1 Abrams sin dificultad, y ahora cuatro de ellos no podían elevarse a más de cien metros a causa de esa pesada carga que transportaban.

Los helicópteros se acercaban y los soldados comenzaron a hacer espacio. Ordenadamente, y con extremo cuidado, pasaron a depositar la maquinaria una por una. El veterano pudo ver claramente el enorme e impresionante equipo que les estaba llegando desde las alturas.

La mencionada maquinaria era una especie de plataforma montada sobre cuatro enormes hileras de riel tipo oruga; de la plataforma sobresalían seis brazos robóticos extensibles, que, gracias al color del metal, de lejos parecía una piña.

Uno de los brazos contaba con un enorme y afilado taladro, cuya punta tenía el tamaño de un automóvil estándar. Otro servía para excavar y tenía una pala gigantesca, fácilmente del tamaño de una oficina pequeña. Los otros cuatro brazos eran pinzas, de las cuales dos eran pinzas delgadas, pensadas en utilizarse para sujeción y presión; en la unión de cada pinza, un filo inverso permitía realizar cortes precisos. Los otros dos brazos tenían pinzas más gruesas y cóncavas, útiles tanto para sujeción como para excavación de zonas más finas. Al centro una cúpula redondeada donde se podía ver tres asientos, aparentemente muy cómodos y colocados de forma perpendicular entre ellos, resguardados por amplios ventanales de cristal; ante cada asiento un par de largas palancas. La maquinaria completa medía ocho metros contando desde el suelo hasta el techo de la cúpula central, pero si se le sumaran los brazos, fácilmente triplicaría su altura. Todas las máquinas eran iguales, de color amarillo y hechas de un metal muy brillante; parecían recién salidas de la fábrica y mucho muy caras. El veterano estaba sorprendido mas no por la calidad de ese equipo sino por el hecho de desperdiciar recursos en algo como eso.

Apenas habían descargado un par de dichas máquinas cuando un helicóptero más pequeño aterrizó muy cerca de donde el veterano y el gigante se encontraban; de dicha aeronave descendieron varias personas, todas muy bien vestidas, que se acercaron por instinto hacia donde ambos soldados se encontraban.

—¿El Coronel? —Preguntó uno de ellos, uno joven.

—Muerto. —Respondió el veterano.

—¿Usted está a cargo?

—Eso parece.

El recién llegado realizó un gesto con las manos y así se acercaron sus compañeros.

—Venimos a ayudarles a levantar el cerco, nosotros somos operadores. —Gritó, los motores de los helicópteros seguían emitiendo ruido, sus hélices movían el viento calcinante y levantaban muchísimo polvo.

—Eso supuse. —Respondió el veterano con desdén.

—Estas máquinas son una maravilla, podremos levantar un muro en poco tiempo. Sé que contaremos con todo su apoyo; ustedes enfóquense en ayudar y en no dejar que esas cosas nos maten.

—¿De verdad piensan que podrán cercar por completo una ciudad como ésta? —El veterano no preguntaba al operador, más bien se preguntaba a sí mismo.

—Con estas máquinas todo es posible. —Respondió con presunción el operador. —Son algo nunca antes visto, una verdadera maravilla.

—Bastará una noche para que los sheitans hagan polvo a sus maravillas y a ustedes.

—¿Quién demonios es usted para decir eso?

El operador comenzaba a molestarse, el veterano ignoró la pregunta y observó a aquel joven hombre.

Era delgado, lampiño; el cabello bien peinado con gomina, tan fuerte que no se despeinaba con el viento provocado por el rotar de decenas de hélices. Sus brazos eran delgados, su cuerpo lejos de ser atlético. De nariz respingada y anteojos; jamás en su vida había estado en riesgo, seguro se estaría cagando de miedo al salir de su protegido refugio; jamás seguiría indicaciones de un hombre así.

—¿Qué estupidez se les ocurrió ahora a los “brillantes” hombres de ciencia?

La mirada del veterano asustó al operador, quien sin querer respondió automáticamente a la pregunta.

—Vamos… vamos a mandar veinte de estas máquinas a cada puesto de control, de todas las ciudades afectadas, así encerraremos a esos monstruos. —Respondió el operador con voz entrecortada.

—¿Y luego qué?

No hubo respuesta.

—¿Acaso esperaremos se aburran y regresen a los pozos?

—Nosotros… sólo vamos a cercarlos.

El veterano volvió a observar al operador y después volteó a ver a sus acompañantes.

—¡Escuchen, no tenemos tiempo para construir una jaula, cuando se les termine la comida en la ciudad van a salir como si fuera una avalancha, los harán pedazos! —Gritó a todos los operadores.

—Tenemos órdenes. —Respondió el jefe de los operadores.

—Ahora tienen nuevas órdenes. Vamos a construir cuellos de botella, obligarlos a tomar nuestras rutas y ahí acabarlos. Quizá tengamos tiempo para eso.

El operador iba a increpar pero el gigante se interpuso.

—¡Hable con respeto! —Le ordenó.

Molesto por el trato que el veterano y el gigante le daban, el humillado hombre corrió hacia su equipo, con quienes intercambió algunas palabras, y es que se suponía que ellos estarían a cargo, ¡los soldados eran sólo mano de obra! Regresó al helicóptero que lo transportaba y tomó la radio, intercambió airados comentarios con un desconocido interlocutor.

—¡Nombre y rango soldado! —Le preguntó gritando al veterano.
27 Junio 2020 02:56:00
El Programa GAMER – Seis mese en el fin del mundo
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, es el primer volumen de la trilogía El Programa GAMER, una historia de ciencia ficción juvenil en la que la pesadilla de muchos es el sueño de otros, pues el fin del mundo ha llegado, monstruos de las profundidades emergen para acabar con la humanidad, sin embargo un grupo numeroso de jóvenes se había preparado, sin saberlo, para enfrentar precisamente a ese tipo de oponentes.

Esos jóvenes son los videojugadores, más de dos billones de hombres y mujeres, de varios rangos de edad, que han salvado a la humanidad incontables ocasiones en simulación. Ellos han enfrentado grandes dificultades y encontrado la manera de salir airosos en combates contra demonios, invasores espaciales, zombies, nazis y criaturas celestiales.

Así sólo ellos están listos para luchar contra la amenaza que son las bestias conocidas como sheitans, pero hay un problema: Aunque sus mentes están preparadas para el combate sus cuerpos no lo están, por ello es necesaria una cuidadosa selección de aquellos videojugadores más aptos para esta lucha, a fin de alistarlos para la batalla de sus vidas, esta vez en el mundo real.

SEIS MESES EN EL FIN DEL MUNDO

No hubo muchas alternativas después del primer encuentro con “eso que salió de los pozos”; esas cosas, tan pronto vieron la luz del día, comenzaron a atacar a todo ser vivo a su alcance. Las ciudades, en especial las más grandes metrópolis, fueron con mucho las más afectadas; éstas eran en apariencia los objetivos primordiales de las criaturas que más adelante serían conocidas como sheitans, vocablo árabe para referirse al Diablo, y que fue adoptado debido a que el mundo cristiano rehusaba verse ligado a tales aberraciones.

—Los sheitans se han visto en varias formas y tamaños pero todos tienen cosas en común: son monstruosos, violentos y provienen de enormes agujeros en la tierra. —Se podía escuchar durante las transmisiones televisivas y de radio antes de que la señal dejara de transmitirse. —Se recomienda a todos los televidentes y radio escuchas que permanezcan en sus casas a la espera de la llegada de las fuerzas militares, quienes inmediatamente los llevarán a un lugar seguro. —Finalizaban cada transmisión.

Dichos agujeros se formaron violentamente después de intensos temblores que azotaron simultáneamente varias partes de la superficie terrestre, tragándose al formarse cuánto hubiese sobre ellos. Algunos de esos pozos eran pequeños, de apenas unos cuantos metros de diámetro, de ellos emergieron principalmente criaturas humanoides y aberrantes, de tamaño sólo un poco mayor que el de una persona; otros pozos eran enormes, alcanzando una circunferencia de varios kilómetros, era de estos últimos de donde salieron seres gigantescos, que eran los peores.

—Manténganse alejados de ellos en todo momento y eviten confrontaciones. No se les puede matar, repito, NO SE LES PUEDE MATAR.

Debido a su gran resistencia al daño, proveniente de su gruesa piel y ausencia de puntos vitales, en un principio se pensó que se trataba de criaturas invulnerables e inmortales; con el tiempo se comprobó que eso no era cierto, los sheitans eran seres vivos y, por lo tanto, era posible aniquilarlos.

—Se les ha categorizado en tres clases: Los “Humanoides” son sólo un poco más grandes que los humanos aunque mucho más robustos y muy desagradables de ver; se les puede reconocer por su apariencia, similar a la de un gorila pero descarnado, encorvado y de escaso pelaje. En su mayoría son bípedos; muy peligrosos debido a su ferocidad y abundancia; capaces de saltar grandes distancias y de alcanzar velocidades de casi 50 kilómetros por hora; además de tener también una fuerza y fortaleza muy superiores a la de cualquier animal de su tamaño conocido. Algunos tenían alas y podían volar por cortos períodos de tiempo.

Tenían la fuerza para destrozar el concreto y atravesar el metal con sólo unos cuantos zarpazos. Afortunadamente para la causa humana no se les pudo constatar mucha inteligencia, hecho que fuera la mejor arma en su contra.

—La segunda clase, los “Grandes”, los hay desde aquellos un poco mayores que una vagoneta familiar hasta otros más altos que una casa. En su mayoría usan sus cuatro extremidades para desplazarse tal y como hacen los gorilas. Su fuerza no tiene comparación con la de los pequeños.

Fueron ellos los que causaron la mayoría de los destrozos en las zonas urbanas. Eran tan grotescos como los pequeños.

—El tercer grupo son los “Gigantes”. Ellos salieron de los pozos de mayor tamaño; reposan entre los edificios por lo que pueden ser difíciles de ubicar a nivel de piso. Alcanzan decenas de metros de altura y es posible escucharlos a kilómetros de distancia ya que emiten un sonido desagradable parecido a un terrible lamento humano. Avanzan a paso lento. Por su gran tamaño son virtualmente invencibles pero también les impide ver lo que sucede inmediatamente abajo de ellos.

Se habían divisado pocos pero eran ellos quienes habían destruido la mayor parte de las zonas urbanas. Parecían mamíferos, con piel verrugosa y algo de pelaje marrón; muchos de ellos eran totalmente bípedos y no utilizaban sus brazos para apoyarse, lo que los hacía aún más imponentes. Despedían un olor fétido que, por fortuna, anunciaba su proximidad. Aunque muy diferente de ellos, a este grupo pertenecía el Dragón, la bestia de mayor tamaño que fuese vista en el oriente medio cuando todo inició.

Aunque por su apariencia parecieran demonios provenientes del infierno, los sheitans eran criaturas vivas, se les podía matar. Los humanoides podían ser aniquilados con armamento convencional, aunque se necesitaba de una considerable cantidad de municiones para ser derribados gracias a la combinación de su gruesa piel y la ausencia de suficientes puntos vitales en su organismo; la mayor parte de su cuerpo era músculo y hueso. Al igual que los humanos eran las cabezas los puntos más vulnerables al contener el cerebro, el cual estaba protegido por un cráneo tan resistente que era capaz de detener balas de gran calibre.

Inicialmente se intentó rescatar a los sobrevivientes, todos los días las fuerzas militares incursionaban en las ciudades y buscaban sacar con vida a cuantas personas fuese posible; pero cuanto más se adentraban en las urbes, más criaturas se encontraban y más difícil se volvían los rescates; las bajas de soldados y civiles eran cada día mayores y, poco a poco, la idea de salvar a los pobres citadinos fue descartada por inviable y “poco conveniente”, millones de personas fueron dejadas a su suerte.

Las armas nucleares fueron ineficaces, el ataque que se intentó mató muy pocas criaturas y la radiactividad resultante no les causó daño, pero sí que dejó un radio inhabitable de más de once mil kilómetros cuadrados en cada ciudad afectada, circunferencia que impedía a las fuerzas militares ingresar a combatirlas o cerrar el cerco eficazmente. Los sheitans proliferaron al no encontrar resistencia en la zona radiactiva, la contención, aunque fue intentada, no fue posible y decenas de miles de criaturas lograron dispersarse, escapando de las zonas identificadas y perdiéndose en el terreno alrededor, atacando todo a su paso.

Millones de elementos de infantería fueron desplegados alrededor del mundo con el objetivo de exterminar uno por uno a los sheitans. Tras poco tiempo de iniciados los combates, las fuerzas armadas comenzaron a sucumbir sin lograr hacer mella en los números de los demonios; la orden de retirada no llegaba.

A los afortunados que lograron ser evacuados se les llevó a diversos campamentos, ubicados en las zonas rurales y lejos de las áreas urbanas y de los puntos de propagación de sheitans; ofrecían a sus pobladores seguridad, alimento, organización e incluso, algunos de ellos, comodidades suficientes para resistir por tiempo indeterminado. Fueron levantados en granjas, escuelas, zonas boscosas o en lo alto de algunas montañas y otorgaban una seguridad mayor que la que se encontraba en sus contrapartes citadinas, los sheitans rara vez se aventuraban fuera de las ciudades; lamentablemente esto último estaba cambiando, las bestias comenzaban a esparcirse. Los campamentos más vulnerables montaban barreras o creaban pozos o barricadas; precaución que brindaba alivio meramente psicológico pues nada de eso era efectivo ante las criaturas.

La mejor oportunidad que cualquiera tendría de sobrevivir era ser trasladado a uno de los diecisiete mega-campamentos alrededor del mundo, cuidadosamente diseñados para resistir largo tiempo el impacto de grandes cataclismos. Habían sido construidos a priori como una medida de seguridad en caso de un evento de destrucción global. Estaban mejor protegidos que cualquier otro, en su construcción se aprovechaban recursos naturales como barreras protectoras por lo que la misma dificultad que los hacía de difícil acceso para una persona servía de mecanismo de defensa contra los sheitans. Eran autosustentables, contruidos en las zonas más remotas e inaccesibles del mundo: en medio de densos y frondosos bosques, en lo alto de las montañas más altas e inalcanzables, en zonas, ya fueran desérticas, ya sean heladas, muy distantes de la civilización. Tenían la capacidad de albergar y mantener a cientos de miles de sobrevivientes; contaban con energía eléctrica, agua, alimentos, medicinas y una seguridad impresionante. Era en esos campamentos donde la humanidad buscaba resistir el tiempo que fuese necesario, era a ellos a donde los gobernantes de todo el mundo huyeron para mantener funcionales sus operaciones. Eran indispensables en la lucha por la sobrevivencia, contaban con lo que quedaba del poderío militar mundial; se convirtieron en el sistema nervioso de la civilización, la última oportunidad de respuesta.

Era dentro de uno de los mega-campamentos más grandes y avanzados tecnológicamente, desde donde un nutrido grupo de personas se encontraba reunida alrededor de un sólo individuo que, al centro y bajo la constante atención de la concurrencia, parloteaba para ellos.

—El fin de los tiempos no es algo inmediato. —Dijo el predicador mientras se encontraba de pie sobre una butaca, lo suficientemente elevado para ver claramente a cada uno de los casi veinte oyentes que tenía a su disposición, quienes lo veían con interés. —No crean lo que se ve en las películas, la televisión o en los videojuegos; no es un interruptor como apagar la luz, no, es gradual; esto que estamos pasando, el fin del mundo, puede llevar años. Pueden estar tranquilos amigos míos, aquí podremos resistir, aquí podremos reconstruir.

El público parecía estar de acuerdo con el predicador, sus palabras no tenían claras intenciones, ya sea que buscaran causar pánico por una muerte lenta o esperanza de salir adelante de un evento de extinción masiva; la mayoría del público parecía tomarlo desde esta última perspectiva o al menos así lo aparentaban los susurros que se alcanzaban a distinguir, eso hasta que un extraño individuo alzó la voz e interrumpió al predicador.

— ¿Años? al ritmo que van las cosas nos quedan unos dieciocho meses de vida.


Obtén más información de El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, así como sus secuelas: El Programa GAMER – Tormenta de Fuego y El Programa GAMER – Infierno en la Tierra, desde su sitio web oficial o desde su página de Facebook:

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Espero que disfrutes de estas entregas de El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, si te gusta, no quieres esperar a que estas entregas culminen y quieres conocer la historia completa, puedes conseguirla en formato físico o digital, a un excelente precio en Amazon:

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27 Junio 2020 02:55:00
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, es el primer volumen de la trilogía El Programa GAMER, una historia de ciencia ficción juvenil en la que la pesadilla de muchos es el sueño de otros, pues el fin del mundo ha llegado, monstruos de las profundidades emergen para acabar con la humanidad, sin embargo un grupo numeroso de jóvenes se había preparado, sin saberlo, para enfrentar precisamente a ese tipo de oponentes.

Esos jóvenes son los videojugadores, más de dos billones de hombres y mujeres, de varios rangos de edad, que han salvado a la humanidad incontables ocasiones en simulación. Ellos han enfrentado grandes dificultades y encontrado la manera de salir airosos en combates contra demonios, invasores espaciales, zombies, nazis y criaturas celestiales.

Así sólo ellos están listos para luchar contra la amenaza que son las bestias conocidas como sheitans, pero hay un problema: Aunque sus mentes están preparadas para el combate sus cuerpos no lo están, por ello es necesaria una cuidadosa selección de aquellos videojugadores más aptos para esta lucha, a fin de alistarlos para la batalla de sus vidas, esta vez en el mundo real.

SEIS MESES EN EN FIN DEL MUNDO

No hubo muchas alternativas después del primer encuentro con “eso que salió de los pozos”; esas cosas, tan pronto vieron la luz del día, comenzaron a atacar a todo ser vivo a su alcance. Las ciudades, en especial las más grandes metrópolis, fueron con mucho las más afectadas; éstas eran en apariencia los objetivos primordiales de las criaturas que más adelante serían conocidas como sheitans, vocablo árabe para referirse al Diablo, y que fue adoptado debido a que el mundo cristiano rehusaba verse ligado a tales aberraciones.

—Los sheitans se han visto en varias formas y tamaños pero todos tienen cosas en común: son monstruosos, violentos y provienen de enormes agujeros en la tierra. —Se podía escuchar durante las transmisiones televisivas y de radio antes de que la señal dejara de transmitirse. —Se recomienda a todos los televidentes y radio escuchas que permanezcan en sus casas a la espera de la llegada de las fuerzas militares, quienes inmediatamente los llevarán a un lugar seguro. —Finalizaban cada transmisión.

Dichos agujeros se formaron violentamente después de intensos temblores que azotaron simultáneamente varias partes de la superficie terrestre, tragándose al formarse cuánto hubiese sobre ellos. Algunos de esos pozos eran pequeños, de apenas unos cuantos metros de diámetro, de ellos emergieron principalmente criaturas humanoides y aberrantes, de tamaño sólo un poco mayor que el de una persona; otros pozos eran enormes, alcanzando una circunferencia de varios kilómetros, era de estos últimos de donde salieron seres gigantescos, que eran los peores.

—Manténganse alejados de ellos en todo momento y eviten confrontaciones. No se les puede matar, repito, NO SE LES PUEDE MATAR.

Debido a su gran resistencia al daño, proveniente de su gruesa piel y ausencia de puntos vitales, en un principio se pensó que se trataba de criaturas invulnerables e inmortales; con el tiempo se comprobó que eso no era cierto, los sheitans eran seres vivos y, por lo tanto, era posible aniquilarlos.

—Se les ha categorizado en tres clases: Los “Humanoides” son sólo un poco más grandes que los humanos aunque mucho más robustos y muy desagradables de ver; se les puede reconocer por su apariencia, similar a la de un gorila pero descarnado, encorvado y de escaso pelaje. En su mayoría son bípedos; muy peligrosos debido a su ferocidad y abundancia; capaces de saltar grandes distancias y de alcanzar velocidades de casi 50 kilómetros por hora; además de tener también una fuerza y fortaleza muy superiores a la de cualquier animal de su tamaño conocido. Algunos tenían alas y podían volar por cortos períodos de tiempo.

Tenían la fuerza para destrozar el concreto y atravesar el metal con sólo unos cuantos zarpazos. Afortunadamente para la causa humana no se les pudo constatar mucha inteligencia, hecho que fuera la mejor arma en su contra.

—La segunda clase, los “Grandes”, los hay desde aquellos un poco mayores que una vagoneta familiar hasta otros más altos que una casa. En su mayoría usan sus cuatro extremidades para desplazarse tal y como hacen los gorilas. Su fuerza no tiene comparación con la de los pequeños.

Fueron ellos los que causaron la mayoría de los destrozos en las zonas urbanas. Eran tan grotescos como los pequeños.

—El tercer grupo son los “Gigantes”. Ellos salieron de los pozos de mayor tamaño; reposan entre los edificios por lo que pueden ser difíciles de ubicar a nivel de piso. Alcanzan decenas de metros de altura y es posible escucharlos a kilómetros de distancia ya que emiten un sonido desagradable parecido a un terrible lamento humano. Avanzan a paso lento. Por su gran tamaño son virtualmente invencibles pero también les impide ver lo que sucede inmediatamente abajo de ellos.

Se habían divisado pocos pero eran ellos quienes habían destruido la mayor parte de las zonas urbanas. Parecían mamíferos, con piel verrugosa y algo de pelaje marrón; muchos de ellos eran totalmente bípedos y no utilizaban sus brazos para apoyarse, lo que los hacía aún más imponentes. Despedían un olor fétido que, por fortuna, anunciaba su proximidad. Aunque muy diferente de ellos, a este grupo pertenecía el Dragón, la bestia de mayor tamaño que fuese vista en el oriente medio cuando todo inició.

Aunque por su apariencia parecieran demonios provenientes del infierno, los sheitans eran criaturas vivas, se les podía matar. Los humanoides podían ser aniquilados con armamento convencional, aunque se necesitaba de una considerable cantidad de municiones para ser derribados gracias a la combinación de su gruesa piel y la ausencia de suficientes puntos vitales en su organismo; la mayor parte de su cuerpo era músculo y hueso. Al igual que los humanos eran las cabezas los puntos más vulnerables al contener el cerebro, el cual estaba protegido por un cráneo tan resistente que era capaz de detener balas de gran calibre.

Inicialmente se intentó rescatar a los sobrevivientes, todos los días las fuerzas militares incursionaban en las ciudades y buscaban sacar con vida a cuantas personas fuese posible; pero cuanto más se adentraban en las urbes, más criaturas se encontraban y más difícil se volvían los rescates; las bajas de soldados y civiles eran cada día mayores y, poco a poco, la idea de salvar a los pobres citadinos fue descartada por inviable y “poco conveniente”, millones de personas fueron dejadas a su suerte.

Las armas nucleares fueron ineficaces, el ataque que se intentó mató muy pocas criaturas y la radiactividad resultante no les causó daño, pero sí que dejó un radio inhabitable de más de once mil kilómetros cuadrados en cada ciudad afectada, circunferencia que impedía a las fuerzas militares ingresar a combatirlas o cerrar el cerco eficazmente. Los sheitans proliferaron al no encontrar resistencia en la zona radiactiva, la contención, aunque fue intentada, no fue posible y decenas de miles de criaturas lograron dispersarse, escapando de las zonas identificadas y perdiéndose en el terreno alrededor, atacando todo a su paso.

Millones de elementos de infantería fueron desplegados alrededor del mundo con el objetivo de exterminar uno por uno a los sheitans. Tras poco tiempo de iniciados los combates, las fuerzas armadas comenzaron a sucumbir sin lograr hacer mella en los números de los demonios; la orden de retirada no llegaba.

A los afortunados que lograron ser evacuados se les llevó a diversos campamentos, ubicados en las zonas rurales y lejos de las áreas urbanas y de los puntos de propagación de sheitans; ofrecían a sus pobladores seguridad, alimento, organización e incluso, algunos de ellos, comodidades suficientes para resistir por tiempo indeterminado. Fueron levantados en granjas, escuelas, zonas boscosas o en lo alto de algunas montañas y otorgaban una seguridad mayor que la que se encontraba en sus contrapartes citadinas, los sheitans rara vez se aventuraban fuera de las ciudades; lamentablemente esto último estaba cambiando, las bestias comenzaban a esparcirse. Los campamentos más vulnerables montaban barreras o creaban pozos o barricadas; precaución que brindaba alivio meramente psicológico pues nada de eso era efectivo ante las criaturas.

La mejor oportunidad que cualquiera tendría de sobrevivir era ser trasladado a uno de los diecisiete mega-campamentos alrededor del mundo, cuidadosamente diseñados para resistir largo tiempo el impacto de grandes cataclismos. Habían sido construidos a priori como una medida de seguridad en caso de un evento de destrucción global. Estaban mejor protegidos que cualquier otro, en su construcción se aprovechaban recursos naturales como barreras protectoras por lo que la misma dificultad que los hacía de difícil acceso para una persona servía de mecanismo de defensa contra los sheitans. Eran autosustentables, contruidos en las zonas más remotas e inaccesibles del mundo: en medio de densos y frondosos bosques, en lo alto de las montañas más altas e inalcanzables, en zonas, ya fueran desérticas, ya sean heladas, muy distantes de la civilización. Tenían la capacidad de albergar y mantener a cientos de miles de sobrevivientes; contaban con energía eléctrica, agua, alimentos, medicinas y una seguridad impresionante. Era en esos campamentos donde la humanidad buscaba resistir el tiempo que fuese necesario, era a ellos a donde los gobernantes de todo el mundo huyeron para mantener funcionales sus operaciones. Eran indispensables en la lucha por la sobrevivencia, contaban con lo que quedaba del poderío militar mundial; se convirtieron en el sistema nervioso de la civilización, la última oportunidad de respuesta.

Era dentro de uno de los mega-campamentos más grandes y avanzados tecnológicamente, desde donde un nutrido grupo de personas se encontraba reunida alrededor de un sólo individuo que, al centro y bajo la constante atención de la concurrencia, parloteaba para ellos.

—El fin de los tiempos no es algo inmediato. —Dijo el predicador mientras se encontraba de pie sobre una butaca, lo suficientemente elevado para ver claramente a cada uno de los casi veinte oyentes que tenía a su disposición, quienes lo veían con interés. —No crean lo que se ve en las películas, la televisión o en los videojuegos; no es un interruptor como apagar la luz, no, es gradual; esto que estamos pasando, el fin del mundo, puede llevar años. Pueden estar tranquilos amigos míos, aquí podremos resistir, aquí podremos reconstruir.

El público parecía estar de acuerdo con el predicador, sus palabras no tenían claras intenciones, ya sea que buscaran causar pánico por una muerte lenta o esperanza de salir adelante de un evento de extinción masiva; la mayoría del público parecía tomarlo desde esta última perspectiva o al menos así lo aparentaban los susurros que se alcanzaban a distinguir, eso hasta que un extraño individuo alzó la voz e interrumpió al predicador.

— ¿Años? al ritmo que van las cosas nos quedan unos dieciocho meses de vida.


Obtén más información de El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, así como sus secuelas: El Programa GAMER – Tormenta de Fuego y El Programa GAMER – Infierno en la Tierra, desde su sitio web oficial o desde su página de Facebook:

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20 Junio 2020 02:40:00
La Era de los Sheitans Capítulo 1 segundo mes
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, es el primer volumen de la trilogía El Programa GAMER, una historia de ciencia ficción juvenil en la que la pesadilla de muchos es el sueño de otros, pues el fin del mundo ha llegado, monstruos de las profundidades emergen para acabar con la humanidad, sin embargo un grupo numeroso de jóvenes se había preparado, sin saberlo, para enfrentar precisamente a ese tipo de oponentes.

Esos jóvenes son los videojugadores, más de dos billones de hombres y mujeres, de varios rangos de edad, que han salvado a la humanidad incontables ocasiones en simulación. Ellos han enfrentado grandes dificultades y encontrado la manera de salir airosos en combates contra demonios, invasores espaciales, zombies, nazis y criaturas celestiales.

Así sólo ellos están listos para luchar contra la amenaza que son las bestias conocidas como sheitans, pero hay un problema: Aunque sus mentes están preparadas para el combate sus cuerpos no lo están, por ello es necesaria una cuidadosa selección de aquellos videojugadores más aptos para esta lucha, a fin de alistarlos para la batalla de sus vidas, esta vez en el mundo real.

Segundo mes

—¡NO PERMITAN QUE SE ACERQUEN! ¡DISPAREN, VAMOS, VAMOS, VAMOS!

Eran varias decenas de soldados que habían formado un cerco con vehículos, la mayoría de

ellos camionetas militares; disparaban desde adentro en contra de las bestias, les daban con todo lo que tenían y no les hacían nada, los monstruos seguían avanzando. Había fuego alrededor, los edificios estaban en llamas. La misión de estos hombres y mujeres era cortar el avance de las criaturas en medio de una de las avenidas centrales de la zona urbana, una avenida muy amplia, rodeada de altos edificios que empasillaban su ubicación, debían obtener tiempo, retenerlos todo lo que pudieran; sólo había un lugar de donde podría venir el ataque, por el frente; cientos de criaturas se acercaban a alta velocidad, salían de entre los incendios, intactas por las flamas; vieron siluetas de cosas enormes que se movían desde dentro de una pared de fuego, estaban asustados, era algo que no habían visto antes, algo que no creían fuese posible.

—¡NO TEMAN, SÓLO DISPAREN! ¡TÚ, LEVANTA ESA ARMA, DISPÁRALE A ESE MALDITO!

Comenzó a temblar, el suelo se resquebrajó, un soldado perdió el equilibrio y cayó; otro soltó su arma, todos se miraron, volvieron a ver a las bestias, estaban más cerca, los disparos habían cesado, esas cosas estaban ganando terreno; uno trató de levantarse, de volver a disparar, los temblores se intensificaron, los edificios a un lado cayeron; escombros llovían desde las alturas, un pedazo de concreto le aplastó la cabeza a un hombre, el casco quedó incrustado en su cráneo, los ojos se le habían salido, nadie más que un joven soldado lo notó. El suelo se hundió, se formó un agujero, luego otro, más criaturas emergieron, estaban ahí mismo, a metros de los soldados, entre ellos; pudieron verlos. Una criatura tomó a un robusto militar, lo vapuleó, lo movió con violencia y separó el torso de las piernas; otra estaba sobre un pobre desgraciado, la bestia hincó sus dientes en medio de su espalda, en su columna, la retiró como si fuera la de un pescado, sacándola casi completa de entre el cuerpo de ese sujeto, el hombre pudo vivir algunos segundos, más de los que hubiera deseado. Hubo más temblores, de mayor intensidad; después se formó un enorme pozo que se tragó a todos los soldados, todos sus vehículos, todo el equipo que llevaban; enormes criaturas continuaron emergiendo.

Había mucho ruido, de detonaciones de arma de fuego, explosiones, granadas que estallaban, bazookas que impactaban contra los muros, rugidos horribles de un sonido entonces desconocido, gritos humanos, motores que no arrancaban. En tierra camiones con torretas montadas de alto calibre disparaban sin detenerse en contra de cada criatura, circulaban por entre las calles, seseaban para evitar chocar contra las bestias que intentaban golpearlos con sus cuerpos, la mayoría lo conseguían; una criatura del tamaño de una casa fue a estrellarse en contra de una camioneta, la alcanzó por un costado y la mandó a volar por varios metros, chocando contra el pavimento. Otros vehículos subían montículos de escombro con gran dificultad, buscaban evadir las partes más atestadas, rodear a las bestias y colocarse en una mejor posición para disparar; se volvían blancos fáciles, los montículos los retenían demasiado tiempo, las bestias lograban rodearlos, sólo se escuchaban disparos durante algunos segundos, luego sólo rugidos. Un bugie iba muy rápido, tenía gran maniobrabilidad; el conductor era hábil, esquivaba a las criaturas, frenaba, cambiaba de dirección y volvía a correr a toda velocidad, sus acompañantes disparaban en contra de cada monstruo que veían, no lograban matarlos pero conseguían lastimarlos, hacerlos más lentos.

Había tanques, decenas de ellos, disparaban con todo lo que tenían, causaban tantos daños

a la ciudad como las criaturas; una y otra vez erraban sus disparos ya que las bestias eran muy rápidas, para cuando colocaban una en la mira y disparaban, el monstruo ya no estaba ahí. Un tanque M1 Abrams iba a toda máquina, acababa de disparar su cañón principal, al interior sus tripulantes intentaban recargar tan pronto pudieran, impactaron a una bestia, una enorme; se levantó el pavimento tras el vehículo, el tanque no pudo avanzar más, el monstruo lo detenía con su cuerpo, lo abrazaba, trataba de levantarlo, lanzaba zarpazos sobre el blindaje, logró atravesarlo. El cañón había quedado inutilizable, no había línea de disparo, no quedó más que accionar sus metralletas hacia el exterior, directo al cuerpo de la criatura; no le hacían nada, ni siquiera la hacían sangrar. Unas enormes garras atravesaron el tanque, penetraban cada vez más dentro de la cabina, cortó a un soldado por la mitad, todos quedaron cubiertos de sangre; la bestia abrió el vehículo como si fuera un cascarón, el resto de los soldados no pudo huir. Otro conductor de tanque los vio, disparó contra ellos, fue lo único que pudo hacer, a la bestia sólo la hirió superficialmente.

—¡Son demasiados, no les hacemos daño! —Estaba estupefacto, aturdido por el ruido, por los temblores; había bestias por todos lados, contó diez, veinte, luego cien, dejó de contar. Volteó a ver a sus compañeros, corrían como si no supieran a dónde ir, disparaban al este, cambiaban de dirección y ahora al norte; no fallaban, había tantos que, sin importar a dónde se disparase, acertarían a algo, pero eso no hacía diferencia.

Era como un tsunami que avanzaba destrozando todo a su paso, los disparos apenas y los ralentizaban; los soldados fueron obligados a replegarse, algunos corrían mientras otros disparaban; entraban a las casas, a los edificios, sacaron a cientos de personas; una vez afuera les ordenaron correr, había decenas de helicópteros de transporte, todos listos para despegar, hacia ellos debían de ir. Corrieron, cargaban niños, mascotas, objetos de valor que no pudieron o quisieron dejar. Una mujer tropezó, nadie la notó; cayeron niños, bebés, todos fueron dejados atrás, la multitud no paraba de correr, nadie pensaba en ayudar a otros.

Sólo pasaron unos minutos y los helicópteros comenzaban a despegar, estaban tan cargados como les era posible; cientos de personas no alcanzaron lugar, gritaban, lloraban. Muchos trataron de sujetarse a cualquier parte de las aeronaves, eran empujados por los soldados, caían de vuelta al piso. Las criaturas les dieron alcance mientras despegaban, pudieron huir, vieron desde las alturas como todos los rezagados eran destazados; gracias a ellos fue que pudieron escapar, las bestias estaban ocupadas con tanta gente que ignoraron los helicópteros. La ciudad ardía, estaba en llamas, el humo tenía una tonalidad rojiza, olía terrible, a sulfuro y carne quemada; en el aire el cielo se oscureció, cientos de helicópteros salían de la metrópoli mientras ésta desaparecía lentamente en el fuego.

Tercer mes

—¿Cómo se atreve a proponer algo así?

—¡Esa ciudad está perdida, igual que todas las demás! ¿Qué no lo ven? ¡Debemos volar esas cosas!

—Pero… hay tanta gente.

—Evacuamos a tantos como pudimos, ya no podemos volver a entrar, esas personas ya

están muertas. ¡Maldición, me sorprendería si quedaran más de mil!

—No puedo aprobar una medida así.

—¡Señor Presidente, es lo único que nos queda por hacer!

Volteó a mirar una gran pantalla, estaban en teleconferencia; distintos mandatarios dialogaban entre sí, todos tenían el mismo problema y todos buscaban una solución definitiva. Uno de ellos, iracundo como pocos, antiguo enemigo de la mayoría de sus ahora aliados, proponía su solución final. —“Cobardes”. Pensaba al ver cómo sus contrapartes dudaban ante una elección tan obvia.

—Un ataque nuclear a nuestras ciudades, sólo eso nos queda.

La elección no fue fácil, no vieron mejor alternativa, eran ciudades arrasadas por las criaturas, no podían seguir enviando soldados a su muerte en su intento de sacar a más personas. Se dio la orden de ataque, bombardearían las tres ciudades más afectadas, luego harían lo mismo con el resto.

—“Aléjense de la zona cuanto antes, llegarán dentro de poco”.

Los soldados recibieron la llamada que esperaban desde hace tres meses, la orden de retirada.

—Finalmente esos idiotas comprendieron que no podemos hacer nada contra esas cosas, hasta que actúan. —Decía un soldado quejoso, fue el primero en recoger sus cosas y montarse en el camión.

Todos se movieron rápido, levantaron el centro de mando en pocos minutos. Era de día, esas cosas no salían tanto durante el día, quizá les incomodaba la luz del sol; aunque las noches eran un verdadero infierno.

Escuchaban disparos lejanos, algún compañero se defendía de una criatura, no se escuchaban esos ruidos, los que esas cosas hacían, seguramente era una bestia solitaria.

Voltearon a ver por última vez la ciudad, la más famosa del mundo, una de las más grandes y, por lo mismo, más arrasadas por las bestias. Sus enormes edificios ardían al centro, siluetas descomunales se veían caminando entre las llamas. Las fuerzas militares habían tratado de recuperarla, de rescatar a las miles de personas que permanecían en ella; lucharon los últimos tres meses y no lograban recuperar terreno, lo contrario, cada día debían replegarse más y más. Por fin la habían dado por perdida, esa ciudad ya no existiría más, tampoco esas cosas que la estaban destruyendo.

—“Que al menos tengan una muerte rápida”. —Pensó uno de los soldados al recordar los rostros de esas personas que no pudo sacar, las había visto refugiadas dentro de un edificio departamental, no habían podido pasar a las bestias que deambulaban afuera.

Se montaron en camionetas y partieron rápido, dejando atrás las tiendas de campaña, torretas, comida, municiones; no querían perder demasiado tiempo, debían alejarse tanto como pudieran, sólo contaban con algunas horas antes de la llegada de las bombas, antes de que todo acabara.

Las horas transcurrieron, el cielo se iluminó, tres ciudades desaparecieron por completo.

—Envíen los “drones”. —Dijo el disgustado Presidente, no se quitaba las manos del rostro, no se atrevía a ver a nadie. —Más vale que esas cosas estén muertas.

Desplegaron cientos de pequeños “drones” que transmitían con sus cámaras la imagen

apocalíptica esperada, edificios derribados, calles repletas de escombros, fuego por doquier.

—Los veo… están muertos, hay algunos cuerpos… no, esperen, algo se mueve.

Esas cosas salían de los restos de las edificaciones, de nuevos pozos en el suelo que se iban formando; caminaban la ciudad devastada, se erguían triunfantes; algunos encontraban restos humanos carbonizados, los devoraban, ahora tenían mucha comida, ya no habría que buscarla. La ciudad ahora era suya.

—¡Maldición! No les pasó nada… Cancelen el resto de los ataques.

—Que regresen… No dejen que salgan de ahí.

Fue la combinación de fisionomía, entonces desconocida, de las criaturas y el hecho de que gustaban construir sus madrigueras muy profundo bajo tierra, lo que les permitió soportar los bombardeos. La terrible e ineficaz acción para destruir al enemigo más adelante sería recordada como “El Gran Error”. La idea de otro ataque de esa magnitud quedaba descartada mientras no se conociera más acerca del oponente al que se estaban enfrentando, para ello era necesario tiempo y ese transcurría sin ver resultados.

Continuará…

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Espero que disfrutes de estas entregas de El Programa GAMER – La Era de los Sheitan
13 Junio 2020 04:00:00
La Era de los Sheitans
El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, es el primer volumen de la trilogía El Programa GAMER, una historia de ciencia ficción juvenil en la que la pesadilla de muchos es el sueño de otros, pues el fin del mundo ha llegado, monstruos de las profundidades emergen para acabar con la humanidad, sin embargo un grupo numeroso de jóvenes se había preparado, sin saberlo, para enfrentar precisamente a ese tipo de oponentes.

Esos jóvenes son los videojugadores, más de dos billones de hombres y mujeres, de varios rangos de edad, que han salvado a la humanidad incontables ocasiones en simulación. Ellos han enfrentado grandes dificultades y encontrado la manera de salir airosos en combates contra demonios, invasores espaciales, zombies, nazis y criaturas celestiales.

Así sólo ellos están listos para luchar contra la amenaza que son las bestias conocidas como sheitans, pero hay un problema: Aunque sus mentes están preparadas para el combate sus cuerpos no lo están, por ello es necesaria una cuidadosa selección de aquellos videojugadores más aptos para esta lucha, a fin de alistarlos para la batalla de sus vidas, esta vez en el mundo real.

Espero que disfrutes de estas entregas del libro El Programa GAMER – La Era de los Sheitans

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Antes del Apocalipsis

—El Libro del Apocalipsis es por supuesto una metáfora, una alegoría; en ningún momento se asegura que algo así pudiera suceder, es algo que todas las religiones han…

—¿Pero entonces por qué tantos detalles en cómo se ve el dragón, la marca de la bestia y los mares expulsando a sus muertos?

El moderador del programa de debate era famoso por interrumpir bruscamente a sus invitados, el programa de hoy: “Apocalipsis, destino o leyenda”; tenía como panelistas a diversos teólogos, filósofos y religiosos de diversas creencias. Al momento de la emisión todas las fechas predichas por profetas habían transcurrido como cualquier otro día y los temas sobre el fin de los tiempos eran cada vez menos populares; tantos apocalipsis habían “sucedido ya” que el interés estaba por los suelos.

—De eso es de lo que trata una metáfora. —Indicó el invitado católico. —La idea del dragón representa al mal de grandes proporciones, una figura grotesca, aberrante e imponente que engulle todo lo bueno a su alrededor. —Comentó mientras la cámara se centraba en su curtido rostro y la pantalla mostraba su nombre al lado de cuantiosos logros académicos en estudios sobre teología.

—¿Me dice que todo lo que pregonan sus libros es en sentido figurado? ¿Para qué pasar todo el tiempo portándonos bien si…

El moderador no tuvo ocasión de terminar su apunte, la transmisión fue súbitamente interrumpida; los televidentes desde sus casas sólo veían el temido Sistema de Transmisión de Emergencia, una imagen conocida de sobra en películas que tratan de desastres a gran escala.

—ESTO NO ES UNA PRUEBA, POR FAVOR MANTÉNGASE EN SINTONÍA.

—ESTO NO ES UNA PRUEBA, POR FAVOR MANTÉNGASE EN SINTONÍA.

—ESTO NO ES UNA PRUEBA, POR FAVOR MANTÉNGASE EN SINTONÍA.

En el estudio de grabación nadie sabía realmente qué estaba sucediendo y asumían se trataría de algún problema técnico; tras algunos minutos de duda en los que no encontraron indicios de problemas locales, los elementos del staff comenzaron a alterarse y mostrarse desesperados al ir recibiendo, cada uno por diversos medios, noticias sorprendentes; su estado de inquietud llegó a alarmar a los invitados quienes finalmente decidieron preguntar qué ocurre.

—Recibimos un parte informativo de nuestras agencias… algo está pasando, algo grande. —Comentó el jefe de piso, visiblemente alterado. —Aún buscamos confirmación de otras fuentes pero parece que se abrieron enormes agujeros en el suelo.

—¿Un terremoto? —Preguntó el invitado judío.

—Más bien varios simultáneos, todos en diferentes partes del mundo, muchos en zonas que

no son sísmicas.

—Bueno, ¿y acaso es tan grave? —Preguntó el invitado musulmán. —¿Qué partes se han visto afectadas?

El jefe de piso pareció ignorar la pregunta al recibir por radio un comunicado.

—Esto parecerá una locura, —sudaba y hablaba casi emitiendo un chillido. —Me informan que algo está saliendo de los pozos, bueno, varias, eh, cosas.

El rostro del jefe de piso se veía pálido, sin embargo se le podía reconocer una especie de incredulidad debido a una extraña sonrisa que le deformaba la cara, lo que fuese que estaba ocurriendo no parecía ser cierto de acuerdo a su forma de expresarse, una mezcla de ansiedad y emoción morbosa. Sus ojos se veían vacilantes, parecía que buscaba en los rostros de los invitados alguna guía que le indicara si lo que estaba leyendo en sus reportes, mismos que no había aún compartido con alguno de ellos, podría ser una realidad.

El presentador del programa había estado misteriosamente callado desde la interrupción de su show, contrario a su costumbre no se veía muy inclinado a participar en el debate; aquellos que lo conocían sabían que su personalidad en pantalla no era igual a su personalidad real, sin embargo no por eso era menos curioso.

—Anda hombre, ya dinos qué sucede. —Su voz era calma pero su rostro estaba tenso.

—Es que es imposible… las fuentes dicen que de los pozos están saliendo seres, animales, gigantes, monstruosos… Parece cosa de película… es increíble.

El grupo se quedó en silencio algunos segundos, más de uno trató de contener alguna risa.

—Hablan de una criatura enorme, parecida a un dragón. —Dijo estas últimas palabras casi sonriendo debido al tema que estaban tratando previamente y al irónico momento en que la transmisión se detuvo, sin embargo era difícil decir si lo hacía de ese modo por algún tipo de miedo o si realmente le causaba risa el asunto. Todos los invitados guardaron silencio por algunos instantes, mirando cada uno los ojos nerviosos de sus colegas. En ese tiempo se pudo sentir mejor el ambiente general del estudio, el cual pasaba gradualmente de la incredulidad inicial a un claro temor conforme más información llegaba al estudio.

—Pues bien, —dijo el invitado católico con cierto aire de ironía y sin revelar muchas emociones de su parte, serio como retrato al óleo se encontraba al decir: —¿Quién lo hubiera visto venir.

Capítulo 1 La ciudad en llamas

Primer mes

—No veo nada afuera.

Hablaba en voz muy baja, casi un susurro; la temperatura era fresca y aun así sudaba, comenzaba a caer la noche. Veía hacia la calle, por detrás de las cortinas, de frente a una pequeña ventana redonda del ático, bastante retirado de ella, lo suficiente para no ser visto desde afuera; la calle estaba desierta, nadie caminaba, ningún vehículo la transitaba; conocía bien esa calle, pasaba por ahí todos los días, solía estar tan llena de vida; repleta de niños corriendo que se divertían jugando a la pelota, jóvenes que paseaban a sus mascotas, hombres mayores que arreglaban sus jardines, podaban rosales y sacaban la basura, amas de casa que bajaban bolsas de víveres de sus coches, saludaban a sus vecinos o regañaban a los niños por cruzar con imprudencia; ahora le parecía tan distinta, tan sola, muda, muerta.

—Nadie viene.

Veía hacia afuera incrédulo, ¡apenas ayer era tan diferente! Estaba dentro de una cómoda y espaciosa residencia, un lugar privilegiado al que pocas personas podrían acceder; el interior estaba a oscuras. No se encontraba solo, unas cuantas personas más lo acompañaban; todos eran vecinos.

—Ellos dijeron que vendrían a evacuarnos, ¿qué sucede, por qué no vienen? —Decía una mujer, también susurraba; las manos le temblaban, deseaba fumar un cigarro pero nadie se lo permitía.

Llevaban ahí desde la noche anterior, en poco tiempo se cumplirían veinticuatro horas, hacían lo único que podían, lo que pensaban era la mejor opción, obedecían las indicaciones que vieran por televisión: —“Resguárdense en sus casas, no salgan por ningún motivo, la ayuda va en camino”. —Era lo que repetían una y otra vez los presentadores; ya no había energía eléctrica, no tenían forma de saber si las indicaciones habrían cambiado, quizá ya no había nadie.

—¡No ha pasado ni un día! —Decían para tranquilizarse, claro que algo debía de estarse haciendo, la ayuda tendría que llegar.

Siguieron esperando, veían sus teléfonos móviles, los mantenían apagados para ahorrar energía, algunos los encendían para tratar de hacer una llamada o revisar el internet, pero no había ninguna señal.

Conforme más oscurecía, más era perceptible ese lejano brillo anaranjado que vieran desde la noche anterior, un brillo que cada vez se hacía más grande. Eran incendios, enormes, descontrolados, que engullían las siluetas de los edificios en el horizonte; icónicas construcciones que fueran el punto de referencia de su ciudad, cuya vista desde los suburbios le recordaba a los habitantes sobre el barullo que se vivía en ella; solían observar la metrópoli desde sus balcones, mientras bebían algún caro licor y sonreían por la vida tan cómoda, tan hermosa que llevaban aquellos privilegiados; los edificios estaban ahora envueltos en llamas que alcanzaban ya los cerros que circundaban la urbe, todo ardía. Estaban lejos, hace unas horas lo estaban más, los incendios crecían y las llamas cada vez se acercaban más a la periferia; se escuchaban sirenas muy lejanas; pronto no quedaría nada, debían ser rescatados cuanto antes.

Un nuevo sonido, diferente, orgánico; como una voz de hombre en medio de un lamento, le siguió otro, y otro más, comenzaba a escucharse más fuerte, no eran hombres, eran esas cosas, eso que salió de los pozos.

—¡Se acercan!

—¿Los ves?

—¡Los escucho!

Cerraron los ojos, el sonido se intensificó; lloraban abrazados, escondían sus rostros entre sus manos. Alguien miró hacia afuera.

Cosas horribles, enormes se acercaban a alta velocidad, las más pequeñas saltaban entre los tejados de las casas, como monos colgándose entre las ramas; las más grandes derribaban las viviendas y hacían estallar los vehículos estacionados; eran criaturas espantosas. Todos guardaron silencio, contuvieron la respiración, escucharon otro sonido, uno de motor, un helicóptero, más de uno.

—¡DISPAREN!

Ruido de detonaciones, aullidos de dolor y furia; tres helicópteros militares abrían fuego desde el aire contra aquel grupo de criaturas; las balas destrozaron la calle, hicieron estallar los cuidados jardines, pero a esas criaturas no les hacían nada, era como si no les importara el daño que recibieran, como si no pudieran sentirlo; el joven no dejaba de observar, las bestias recibían los impactos como las esponjas al agua, ni siquiera reaccionaban, los helicópteros volvían a abrir fuego, no tenían más ideas.

Una criatura saltó desde un tejado y logró introducirse en una de las aeronaves, el chico no dejaba de observar, no lo comentaba, no le decía nada a nadie, el helicóptero comenzó a girar sin control, casi derribó a unos compañeros; fue a estrellarse contra una casa, una que estaba habitada; el ruido de la explosión hizo que los acompañantes del chico se estremecieran, pensaron que estaban acabados, abrieron los ojos, se dieron cuenta que seguían vivos, lloraron más.

Se sintió calor; humo y llamas, un incendio rodeaba la zona habitacional, ¿de dónde habrá salido? El fuego se intensificó, alcanzó las viviendas y los engulló a todos, no quedó nadie a quien rescatar, la batalla de afuera no tenía más sentido, los helicópteros se marcharon dejando bajo ellos un enorme incendio fuera de control y decenas de criaturas monstruosas que entraban y salían de entre las llamas.

Continuará…

Fragmento del libro El Programa GAMER – La Era de los Sheitans, es el primer volumen de la trilogía El Programa GAMER
28 Octubre 2019 01:51:00
Deshojando libros: Guerra Mundial Z
Los zombies y la literatura no suelen ser una combinación frecuente pero ello cambió en el 2006 cuando Max Brooks, el hijo del famoso comediante de cine, Mel Brooks, publicó esta novela cuyo nombre seguro ya habrás escuchado.

No dudo que tu conocimiento de Guerra Mundial Z se haya construido principalmente alrededor de la película protagonizada por Brad Pitt, sin embargo la novela NADA tiene que ver con la película y sólo el nombre las une.

La novela Guerra Mundial Z no es como te la imaginas. No se trata de las aventuras de un héroe, de cabello sedoso y cuerpo perfecto, que busca la cura contra la zombificación que ha decimado al planeta, Guerra Mundial Z va más allá de eso, mucho más allá.

Trata acerca del FINAl de la guerra contra los zombies, en un mundo DESPUÉS de la epidemia que, en películas, devuelve a la civilización a la era medieval (como pudimos ver en The Walking Dead). Guerra Mundial Z es un compendio de micro-relatos consistentes en entrevistas que un personaje, el narrador, hace a diversos sobrevivientes del apocalipsis zombie, sobrevivientes cuyas experiencias son completamente dispares y desconectadas, y algunas sumamente entretenidas.

La novela recoge relatos desde el comienzo de la epidemia, en algún lugar en China, con el primer infectado, siguiendo con las primeras horas del brote, las famosas cortinas de humo del gobierno, la propagación del ¿virus? Alrededor del mundo vía los aeropuertos, los intentos por enfrentar a los muertos vivientes mediante múltiples estrategias, la aventura de alguna persona que sobrevivió largas horas oculta en un armario mientras escuchaba a los muertos pasear afuera de su casa; las experiencias de soldados sobrevivientes y su narración de cómo sufrieron para detener las hordas, etc. Incluso narra la situación del mundo una vez la guerra ha terminado, cuando aún se encuentras zombies pudriéndose aquí y allá, emergiendo del mar al ser arrastrados por la marea.

Como puedes ver esta novela dista mucho del aire novelesco tradicional al no tener una “trama” en particular sino que está compuesta por múltiples historias, unidas únicamente por la tragedia que ocurre en todo el mundo, que es el hecho de que los muertos se han reanimado y consumen la carne de los vivos.

El enfoque de los relatos es, asimismo, muy variado, ello pues cada uno de los “entrevistados” vivió el apocalipsis zombie de una manera particular, no es lo mismo la experiencia del veterano de guerra que la que tuvo la enfermera de un pequeño poblado retirado, donde la amenaza zombie fue más bien “escuchada” que vivida. Ese enfoque le da a esta historia un dinamismo especial pues se siente como una antología de televisión, dividida en cortos capítulos, que una larguísima historia.

Pero no te confundas pues Guerra Mundial Z sí es larga, con más de 500 páginas, se trata de una novela bastante gorda, y extrañamente es uno de los libros más sencillos de leer con que me he topado. Gracias al formato de entrevista/testimonio, las más de 500 páginas pasan a gran velocidad y poco tardas en terminar una novela que, créeme, desearías hubiese sido más larga.

No te dejes engañar por la genérica película que seguro viste bajada de algún sitio de películas pirata, Guerra Mundial Z es una novela más que digna de tu atención, súper recomendable para aficionados a la literatura apocalíptica, de ciencia ficción, de terror y, en especial, para todo aquel que guste de las historias de zombies.

Guerra Mundial Z es una novela que te recomiendo leas en este mes de brujas (octubre 2019). Si te interesa puedes obtenerla a un excelente precio a través de este enlace.
17 Octubre 2019 03:30:00
Deshojando libros: El Juego de Ender
Es probable que el título de esta novela te sea familiar, quizá habrás visto la cinta de 2013, El Juego de Ender, esa en la que sale Harrison Ford. Pues bien esa cinta, la cual tiene cierta similitud en concepto con Harry Potter, viene de una novela de 1985 del mismo nombre, escrita por Orson Scott Card.

El Juego de Ender trata acerca de Andrew Wiggin, un niño que sufre de frecuentes problemas en la escuela debido a que parece que obstáculos le son colocados de forma intencional para causarle daño; sensación que resulta ser cierta pues Andrew (Ender, pues su hermana mayor no sabía decirle Andrew y se le quedó el apodo) es un niño genio que está siendo sometido a constantes pruebas, ello sin él saberlo, pues se cree que tiene una capacidad natural para la táctica militar, misma que le permitirá a la humanidad vencer en la guerra intergaláctica contra los Insectores, una raza parecida a insectos que amenaza por segunda ocasión a la raza humana.

Debido a que, efectivamente, Ender es capaz de superar las pruebas que se le presentan, es reclutado para formarse en la escuela militar, donde nuevamente será sometido a un duro entrenamiento, similar a juegos (de ahí el nombre de la novela) para que Ender esté listo para liderar el contraataque contra los Insectores.

Sin embargo las cosas no son lo que parecen.

En El Juego de Ender la historia ocurre en un futuro avanzado, en el no tan lejano 2070 (llámame loco pero dudo que en 50 años lleguemos a la tecnología que es mostrada en la novela), un futuro donde los viajes intergalácticos a la velocidad de la luz, las armas de rayos láser y la tecnología gravitacional son ya usuales. En este mundo, debido a la sobrepoblación, a las familias sólo se les permitía tener dos hijos; para los Wiggin Ender es el tercero, concebido por un permiso especial debido a que sus dos hermanos mayores, Peter y Valentine, también resultaron ser genios aunque con carencias. Así el gobierno esperaba que Ender lograra la estabilidad que sus dos hermanos mayores no consiguieron.

De ese modo en El Juego de Ender nos encontramos con algunas historias paralelas: En primer lugar el entrenamiento de Ender a fin de luchar contra los Insectores (que es la trama principal) mientras que en la tierra sus hermanos Peter, quien es, a falta de una mejor palabra, un narcisista manipulador que desea el poder; y Valentine, quien es totalmente lo opuesto (demasiado sensible y delicada), se enfrascan en una campaña por el poder mediante… Redes Sociales (aunque para ser honestos, en aquel tiempo no existían las redes sociales por lo que podemos considerar que Orson Scott Card de algún modo pudo prever lo que actualmente vivimos).

El Juego de Ender es una novela de ciencia ficción que resulta sumamente divertida; es entretenido ver las diferentes formas en que Ender logra superar los obstáculos que le son presentados y el dolor que siente al tener que soportar el peso de la humanidad sobre sus hombros.

Por otro lado la historia de los hermanos de Ender resulta poco creíble pese a anteceder a los tiempos que vivimos actualmente en el que los medios electrónicos parecen controlarnos, con lo que dos chavitos, de menos de 14 años, convirtiéndose en líderes mundiales debido a sus comentarios en redes sociales, resulta una píldora difícil de tragar.

Sin embargo la estructura general de la novela, así como su impactante final, dan un muy agradable sabor de boca para cualquiera que lea El Juego de Ender, una novela que originó toda una saga que actualmente sigue produciéndose.
16 Septiembre 2019 03:06:00
Deshojando libros: Metro 2033
La ciencia ficción es un género muy popular en la literatura europea pero que no ha logrado alcanzar la misma penetración en el mercado latinoamericano, un mercado en el que parece que el lector sólo desea verse a sí mismo reflejado en las obras artísticas, en otras palabras, desea ver su vida puesta ante él. Eso podría explicar por qué grandes novelas completamente disparatadas no alcanzan su lugar en el corazón de los lectores hispanoparlantes.

Pero la ciencia ficción tiene una calidad que vale la pena reconocer y es por eso que hoy les traigo esta extraordinaria novela de ciencia ficción llamada Metro 2033.

Metro 2033 es una novela apocalíptica rusa, escrita por el periodista Dmtry Glujovski y publicada en el año 2002, la cual ganó bastante notoriedad en su medio local gracias al internet y que logró suficiente fama para alcanzar un contrato con la editorial Timunmas y obtener la traducción a varios idiomas, entre ellos el español, y para convertirse en un videojuego lanzado en el año 2009 para el Xbox 360.

Trata acerca de una guerra nuclear que acaba con la humanidad, sólo aquellos afortunados que se encontraban tomando el metro tuvieron la “dicha” de sobrevivir, pues los túneles de metro en Rusia estaban construidos a maneras de búnkeres, ello gracias a la paranoia propiciada por la Guerra Fría.

En los túneles sobrevive lo que queda de la población rusa, quienes se han adoptado a su nuevo estilo de vida subterráneo estilo morlock, subiendo a la superficie únicamente para obtener recursos, arriesgando la vida en ello al enfrentar no sólo a la radiación sino también a terribles criaturas mutantes.

Pero los monstruos no sólo se encuentran caminando la tierra abandonada, pues la propia humanidad ha llevado la guerra bajo tierra y diferentes facciones luchan por el control de la red de metro y la imposición de su visión de cómo habrían de ser las cosas, siempre para el bien de unos pocos.

En medio de todo ello se encuentra Artyom, un muchacho que ha crecido en el metro y que no alcanzó a conocer mucho de la superficie. Artyom se topará con una especie nueva y aterradora de seres oscuros que diezman su pequeña aldea, por lo que iniciará un peligroso viaje por los túneles del metro, en guerra a causa de las diferentes facciones, con tal de avisar a lo que queda del gobierno acerca del verdadero enemigo, ese que viene de afuera y que acabará con todo.

El mundo subterráneo del metro es un ambiente desolado, opresivo, triste, donde los sobrevivientes se alimentan de hongos, ratas y algunos malnutridos cerdos que han logrado criar; sus ojos se han adaptado a la oscuridad mientras que los supervivientes más viejos recuerdan los días en que los rayos del sol bañaban sus cuerpos y se alimentaban con golosinas imposibles de recrear con los pocos recursos del subsuelo.

Metro 2033 hace una crítica a la naturaleza segregacionista del ser humano, a su búsqueda de ideologías, de pertenencia; a su deseo por destruir aquello que es diferente. Es un libro apasionante que encantará a cualquiera que sea fan de las visiones apocalípticas, la guerra y los monstruos. A momentos terrorífico y otros tantos opresivo, Metro 2033 es una novela que merece un mayor reconocimiento y que seguramente disfrutarás mucho de leer si le das esa oportunidad que tanto merece.

Puedes obtenerla en formatos físico y digital a través de Amazon en el siguiente enlace:

Metro 2033 (Volumen independiente nº 1)



09 Septiembre 2019 03:04:00
Deshojando libros: Ready Player One
Vivimos una época de nostalgia que nos hace amar todo aquello que surgiera en los tiempos en que fuimos niños. Recuerdo con nostalgia como, durante mi infancia, los medios trataban de retomar la estética de los 60 en series de televisión como Los Años Maravillosos. Pues bien ahora es mi generación la nostálgica y los 80 ocupan el lugar que alguna vez otras décadas tuvieron en los diferentes medios.

Ready Player One es una novela producto de esa nostalgia. Escrita por el estadounidense Ernest Cline, trata acerca de un futuro distópico en que un videojuego los gobierna a todos, un videojuego donde todos los géneros convergen, donde no necesitas salir de ese mundo para realizar otra actividad. Es el mundo de Oasis, un juego de potencial infinito que ha atrapado las mentes y cuerpos de todos, un mundo donde ya no existe quien no juegue.

Contrario a lo que pudiera parecer esta historia, no trata de videojuegos propiamente dicho sino más bien del fanatismo hacia ellos. En RPO Oasis ha tomado el control de las vidas de todos y es por ello que absorbe un poder incomparable (justo como Facebook hoy en día). Al estar todos jugando, Oasis se convierte en la principal fuente de ingresos, de comunicación y de entretenimiento. Así el público es cautivo y Oasis representa una mina de oro que se desea controlar.

Pero el creador de esa mina de oro era un “anti establishment”, un hombre que no deseaba el control, sólo quería jugar. Este hombre ha dejado un concurso al morir, uno en que ha escondido un premio (dentro de Oasis) y en el que, quien encuentre las pistas y dé con el premio obtendrá el control total de Oasis, el control del más grande medio de la historia.

Por ello se genera una verdadera guerra virtual donde facciones, empresas y jugadores independientes corren apresurados buscando ser los ganadores y controlar ese mundo infinito.

Esa es la historia de Wade Watts, un joven nerd como cualquiera, obsesionado con los videojuegos y con la cultura pop que los ha creado. Wade piensa que él es capaz de encontrar el premio por sí solo, y quizá podría de no ser por sus enemigos que desean lo mismo y que están dispuestos a matar para obtener el control de Oasis.

Esa es la historia de Ready Player One, una novela que me recuerda mucho en su formato a El Código Da Vinci, ello por el sentido de la búsqueda de pistas, algunas bastante revueltas, que tienen como objetivo la obtención de un gran premio. Es una novela de aventuras y ciencia ficción con un claro mensaje en contra de la opresión y el control monopólico de las empresas. Sin embargo también es una carta de amor a la cultura pop con la que el autor creció.

Ernest Cline menciona una y otra vez películas, música y videojuegos de finales de los 70 e inicios de los 80, ello incluso hasta volverse algo molesto. Sin duda mueve las fibras nostálgicas de aquellos que crecieron en esas épocas y que pueden verse reflejados en los viejos tiempos del vinil, la imitación de madera (aún presente en el IMSS) y la música hippie.

Como toda historia de aventuras, en Ready Player One hay acción, romance, suspenso, misterio y todo lo demás que le gusta al público juvenil. Es una historia que me gustó bastante, consumí en pocos días las más de 500 páginas que la componen, siempre identificando referencias y remontándome a los viejos buenos tiempos.

Ready Player One no es una novela tan fantasiosa pues, en la década de los 80, un videojuego, Sword Quest, realizó un concurso similar en el cual los videojugadores debían encontrar pistas en el juego, de Atari 2600, a fin de hacerse acreedores a premios que eran verdaderas joyas, y digo verdaderas en el sentido más estricto pues los premios consistían en una corona, una copa y una espada, todo de oro y con incrustaciones de gemas preciosas. Ernest Cline basó su historia en este evento jamás concluido del pasado de los videojuegos.

Recomiendo mucho Ready Player One a todo aquel que sea fan de la ciencia ficción, los videojuegos o las aventuras cinemáticas tipo Indiana Jones. Es ideal para el público joven y le hablará directo a la nostalgia al público adulto. Puedes conseguirla a muy buen precio haciendo clic en el siguiente enlace.

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