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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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17 Marzo 2017 03:55:00
Mujeres que amaron demasiado
Siempre me he enamorado de la mujer equivocada. Aquella que tenía un pasado tortuoso y un futuro incierto. Madres solteras. Mujeres golpeadas. Mujeres con síntoma de abuso por anteriores parejas. Mujeres sin familia. Mujeres que habían protagonizado un divorcio escandaloso. Mujeres pegadas a drogas duras, que entraban y salían de psiquiátricos dos o tres veces al año. Dependientes del alcohol y algunos fármacos. Mujeres que amaban el chocolate por sobre todas las cosas.

Mujeres con más de una enfermedad sexual. Mujeres arrogantes, voluntariosas y posesivas. Mujeres que tenían más de una cicatriz en el alma. Mujeres que se dejaban degustar como un manjar, expertas en prácticas amatorias filosas. Mujeres de instintos primitivos, que amaban no hasta la muerte sino amenazando de muerte. Mujeres suicidas.

Mujeres vampiro. Mujeres tan al pie del abismo como el agua que se despeña. Mujeres exhibicionistas, no de medias verdades sino de grandes mentiras. Mujeres de claroscuros. Mujeres de rara belleza, que atraían otras miradas. Mujeres egocéntricas. Despechadas.

Exploradoras de nuevos placeres, de instantes mortales. Mujeres al borde de un ataque de celos, que no distinguían el placer del dolor, la diferencia entre hazme tuyo y tuya soy. Mujeres que tenían alas en vez de labios, que al entrar en ellas me hacían bucear.

Mujeres profundas, laberínticas, con tantos instantes como secretos. Llenas de eternidad. Mujeres sin culpa pero tampoco inocentes. Mujeres escapistas, que huían de todo y de todos, menos de sí mismas. Mujeres fieles a sus obsesiones. Mujeres furiosas. Cada berrinche era una nueva personalidad. Mujeres templadas con el acero de los días. Líquidas y blandas cuando entre mis manos se perdían. Mujeres adivinas por la sensibilidad de su desdicha. Mujeres siempre a punto del llanto, sólo a punto. Mujeres que sólo lloraban en el orgasmo. Autocomplacientes. Mujeres que jamás perdían, que reclamaban apuntándome con el índice. Mujeres capaces del indulto.

Mujeres tatuadas. Mujeres rencorosas y vengativas. Que confiaban en el amor como en una inagotable cifra. Mujeres tan feministas. Mujeres misóginas. Mujeres que me hacían llorar de tristeza más que de coraje. Mujeres anticlericales.

Mujeres de izquierda o políticamente incorrectas. Mujeres que mis amigos preguntaban, “¿ésta de qué pie cojea?”, y que mi familia miraba de soslayo. Independientes como una isla.

Mujeres guerreras, cada palabra y cada gesto, ciertas palabras eran un arma mortal. Mujeres que me mostraban el mundo como un campo minado. Mujeres araña, con red en la entrepierna. Mujeres llenas de primavera. Miel en sus labios de abeja reina, más gran que mi sueño de poseerla.

Mujeres con un mundo propio, cielo e infierno incluido. Mujeres que no viajan, se mudan. Mujeres que destruyen lo que tocan. Mujeres que reconstruyen lo que sueñan. Mujeres promiscuas. Pornógrafas. Soñadoras. Mujeres solas. Mujeres imperfectas. Mujeres ambiguas, desesperadas, depresivas.

Mujeres que me pedían con la mirada que las rescatara. Mujeres que al tratar de rescatarlas me salvaba a mí mismo.

@RNaró
03 Marzo 2017 02:06:00
La regla
Que las maquiladoras de México estén llenas de mujeres no es un azar. Que en muchos casos sean más estudiosas que los hombres hasta llegar a la obsesión. Que cumplan el rol de madre y padre al mismo tiempo y hagan todo lo posible por sacar adelante a su familia, tampoco es una cuestión cultural ni de educación sino de su naturaleza.

La primera gran responsabilidad que tuve fue a los 17 años, en mi primer trabajo, que no duró más de tres meses. Tampoco mis noviazgos duraban muchas semanas. En la adolescencia notaba que algo se iba modificando entre mis vecinas de la cuadra, niñas con las que había crecido. Cuando en las tardes varios amigos y yo nos reuníamos al final de la calle a hablar de mujeres, de nuestros delirios y fantasías, al final terminábamos mencionando los cambios de nuestras antiguas compañeras de juegos, sus cambios de humor, su sensibilidad y su llanto. A esa edad todos ignorábamos el significado de la palabra cólico. Para nosotros, la única obligación que teníamos era la de estar bien peinados.

Ahora que veo a mis sobrinos acicalarse para ir al centro comercial y que postean en Facebook las fotos de sus primeras fiestas o me cuenta sus enamoramientos, recuerdo a las mujeres que he conocido a lo largo de mi vida laboral, a mi madre y a mi hermana, a mis parejas, recuerdo el alto grado de eficiencia y dedicación que ponen en todo lo que emprenden, y ahora sé porqué las mujeres toman tan enserio la vida: por la regla.

Ese rito de iniciación que se repite cada 28 días y que parece estar ligado al ciclo de la luna por tener 27 días y medio de duración. Esa maravilla de la naturaleza que ha sido considerada en la Historia como un estado sucio e impuro de la mujer y que la Biblia califica de pecaminoso, a mí me ha seducido e intrigado. Esa fase tan ligada a la procreación es el motivo de la gran responsabilidad que tiene la mujer con el estudio, el trabajo, la familia y consigo misma.

Desde el momento en que las niñas tienen su primera menstruación, alrededor de los 12 años, tienen que hacerse cargo de llevar la cuenta de su ciclo, de ponerse la toalla o el tampón, de escucharse y de sentirse hasta saber sus días de mayor flujo. A los 15 años no sólo deben aprender a bailar vals, ya cumplen con esa responsabilidad mensual, ya saben del dolor y la vergüenza, conocen el significado de las palabras estrógeno, progesterona, amenorrea, embarazo y endometrio. Mientras que los varones a esa edad seguimos jugando con el Xbox, haciendo zapping en la televisión, copiando en los exámenes y planeando cómo tirarnos a la vecina o de dónde sacar dinero para un nuevo iPhone.

Cuando las mujeres descubren que la regla es sólo el inicio de una cadena de responsabilidades que tendrán a lo largo de su vida: la procreación, el embarazo, la lactancia, la familia, la educación, todo aquello que representa la preservación de la vida, se vuelven expertas para cualquier tarea, desde manejar una máquina en una fábrica maquiladora hasta gobernar un país. Puede ser que la regla sea el sexto sentido que dicen tener y por el cual siempre nos llevarán años de ventaja.

@RNaro



20 Febrero 2017 04:00:00
Lugar común: la muerte
Así como todos vamos a morir, también todos hemos de amar. Tarde o temprano cumplimos con ese destino, enamorarnos. Puede ser que el amor nos llegue a los 11 o 12 años, en plena adolescencia o pasados los turbulentos 20. Puede ser que nos llegue después de un primer divorcio o al despuntar la madurez. ¿Cuándo se llega por fin al “verdadero amor”? ¿Dónde radica “el amor de mi vida”’? ¿Amé con mayor intensidad en mi juventud o ahora que tengo más experiencia o cautela?

Empecé a escribir poesía a los 15 años, cuando tuve mi primer choque con el amor. En unas vacaciones de Semana Santa en Mazatlán conocí a una chica de Durango y sólo tres días de encuentros en la playa bastaron para sentir, cuando ella se marchó, que yo perdía algo o que me perdía por completo. Pero ella no fue la primera, antes pasaron por las fantasías de mis manos, Mónica, Cristina, Adriana. Mi corazón aún era de terciopelo y se gastaría con el lustre que le da los años a los casimires.

A esa edad no encontraba respuestas, creía ser el único que sufría la levedad de haber puesto mis ojos en esa o en aquella chica. Buscaba respuestas en mis libros de adolescencia hasta que encontré, primero en el Nocturno a Rosario de Manuel Acuña y luego en La amada inmóvil de Amado Nervo, el espejo en el cual podía reflejar mis frustraciones. Y me fui a buscar esa media naranja, el complemento que hablara de mí en silencio.

Dicen que los novios que se parecen se casan. Es porque nos hemos pasado la vida mirándonos al espejo y aún así nos desconocemos, somos nuestro gran misterio. Cuando nos enamoramos, ¿qué parte de nosotros vemos en ese otro que nos seduce? Al final, somos como Narciso, unos enamorados de nuestras propias carencias, de nuestras virtudes inventadas. Más que a nadie, nos amamos a nosotros mismos.

El puro romanticismo, el que arrastramos desde finales del siglo XVIII. El amor trágico idealizado, el destino como un trazo imborrable. Las eternas golondrinas de Bécquer. La fuente de la eterna juventud. La culminación del “yo” en el reflejo de mi iPhone.

Nadie muere dos veces de la misma muerte. ¿En cuántas ocasiones he querido acabar con mi yo adolescente, el que escribía irresponsables versos? Cuando tenía veintitantos años yo mismo pagué la edición de mi primer poemario. Fui a una imprenta y tiré 500 ejemplares. Libro en mano, hasta ese momento me sentí poeta. Lo regalé a diestra y siniestra. Libro con tantas erratas que ahora busco en librerías de viejo para quemarlo. Ya he echado al fuego más de 50.

Gustavo Adolfo Bécquer decía que la mejor poesía es aquella que no se escribe, yo agregaría que el amor más grande es el amor no consumado, aquel platónico deseo que se guarda en el universo de los hubiera. Hasta hace unos días, en una clase en Filosofía y Letras de la UNAM, supe que no son mis primeros versos los que he querido borrar –ejercicios de aprendizaje, a fin de cuentas, prueba y error de la metáfora–, sino mis primeros amores, mis más dolorosas derrotas, la memoria idealiza más que la realidad, mi juventud llena de versos que caían en el lugar común: amar hasta la muerte.

03 Febrero 2017 04:00:00
El fantasma del futuro
Comienza el año y con él una lista de propósitos. Los más comunes son, levantarme temprano, volver el próximo lunes al gimnasio, respetar la dieta al pie de letra, eso sí, desde el lunes. Siempre me he concentrado en lo que no tengo, aquello que en toda nuestra vida no he podido lograr. El inicio de año es un buen motivador para, ahora sí, comenzar de cero.

Sin embargo y como dijo Julio Cortázar, “el azar hace mejor las cosas que la lógica”. Este año dejé de lado mi lista de propósitos, la carrera hacia ese infatigable destino que más y más se aleja en cuanto más alcance le doy. Esa lucha con rudeza por llegar a la meta que otros trazaron. No quiero planear atardeceres ni programar mis noches para el insomnio. No quiero una nueva agenda de pastas negras o aún a oscuras, escuchar el bip del celular y despertar con ese escándalo de tren que está a punto de arrollarme.

O será que, ¿llevar una lista de propósitos significa trazar una ruta al porvenir? ¿Y el libre albedrío, dónde queda? Si todos somos víctimas de las circunstancias y la mayoría de las veces reaccionamos al primer impulso y culpamos a otros de nuestra derrota. Me resisto a escribir, como cada año, lo que antes no he podido cumplir. Anticipar en una lista el remordimiento.

Prefiero la sorpresa, la aventura a la vuelta de la esquina, la fantasía de creer que sí lo voy a lograr. Abrir las páginas de un periódico y saber que ese es el único futuro que tengo: el ayer. Este año quiero vivir libre, sin presiones autoimpuestas, sin citas conmigo mismo a las cuales no llegaré. Dejar de pensar que cada lunes es una nueva oportunidad, el gran desafío convertido en una pequeña nueva decepción.

Andaré sin mapas, guiado sólo por la brújula de la intuición. El futuro siempre es especulativo, ¿quién tiene la certeza de amanecer mañana? Dejémonos pescar por el anzuelo de la corazonada. Vivamos la realidad del que sueña. Conscientes de que cada momento es el mejor, único espacio de tiempo que sólo ha de repetirse en los laberintos de la memoria, donde será mejor perdernos hasta encontrar ese otro que nos habita, a veces bestia, a veces humano.

Con esta entrega, revive La columna chueca, invitado por Zócalo nos encontraremos dos veces al mes. Hoy comienza un diálogo en que trataré de ser un oportuno columnista. No escribiré de política ni de finanzas, sino sobre aquello que miro cuando cierro los ojos y de todo lo que toco también cuando los cierro. Trataré de fijar el instante en palabras, vivir lo que escribo antes de dejarlo impreso: lecturas, viajes, amigos, museos, el pulso de la cotidianidad. Escribiré lo que no me atrevo a pronunciar.

Coahuila es un estado donde tengo muchos amigos, al que voy con regularidad desde hace 15 años, al que siempre quiero volver y febrero es un buen comienzo. Espero que juntos lleguemos al fin del año y hagamos un recuento de historias y quien se anime, también un recuento de propósitos. Al final, espero que no vea su agenda incompleta, habitada por cadáveres de frustración, fantasmas que lo acompañarán en el futuro.

@RNaro

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