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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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12 Mayo 2017 03:00:00
El tiempo de la madre
¿A qué edad se está lista para ser madre?, si se aprende sobre la marcha y toda mujer es madre primeriza con cada hijo que tiene. Todos conocemos historias de vida o de muerte, amor y sacrificio de una madre. En mi familia, mi tía Adela, hermana de mi abuelo paterno, tuvo 20 hijos en su matrimonio con mi tío Pancho, hermano de mi abuela paterna. Sólo dos murieron a edad temprana y los otros 18 llegaron a la vida adulta. Nueve hombres y nueve mujeres.

Visitar la casa de mi tía Adela era como seguir en el colegio. Un hogar lleno de niños y de reglas. Entre las primas había pequeñas mamás, pues cada hermana se encargaba de cuidar a un hermano menor, verificar que se lavara los dientes, que hiciera la tarea o que lustrara sus zapatos. La hora de la comida era toda una fiesta, con una docena de lugares disponibles y, conforme pasaban los años, ponían una silla más para el o la recién llegada.

Muchos años después, Adelita, una de las hijas mayores, recordaría que, sus primeros 20 años de vida, siempre vio a su mamá embarazada. Año tras año, había que escoger dos nombres para el nuevo hermanito.

Los tiempos han cambiado y los 6 hijos que se tenían en promedio en la década de 1960, en México, ahora se redujo a 2. Las mujeres tienen otras ilusiones, ya no creen en la teoría del llamado de la naturaleza, el reloj biológico o el instinto maternal, se resisten a las creencias religiosas, a la sociedad o a la misma familia que las impulsa a embarazarse. Si a mediados del siglo XX la edad promedio del primer embarazo rondaba los 18 años, ahora pasan los 30 años de edad o la temida barrera de los 40.

Madres maduras, conscientes de su condición. Mujeres, algunas independientes, que no necesitan de un hombre para embarazarse. En los últimos meses, dos casos han soltado las alarmas, en España y en México. Mauricia Ibáñez, de 64 años, el pasado febrero, en Burgos, dio a luz a gemelos y el mes pasado, en Culiacán, una mujer de 58 años, madre ya de tres hijos adultos, parió a un niño y a una niña prematuros. Ambos embarazos fueron mediante técnica de reproducción asistida in vitro.

Digo que se han disparado las alarmas pues, un hombre de 70 años puede embarazar a una mujer joven sin que nadie proteste, pero cuando una mujer madura lo hace, nos alarmamos. ¿Cuántos años les queda a estos recién nacidos con su madre? ¿Llegará Mauricia o la mujer de Culiacán a la graduación universitaria de sus hijos, los verán casarse y cargarán a sus nietos?, seguramente que no, aunque ahora la esperanza de vida de las mujeres en España es de 85 años y 77 en México.

Según la tanatología, la perdida de los padres es un trauma irreparable en el ser humano, entre más joven es el hijo, es peor. La muerte de alguno de los padres en la niñez o en la adolescencia nunca se compensa. Aunque se ha llegado a pensar lo contrario, que la muerte de un hijo es la peor de las pérdidas.
Quizá no sea así, crecer sin uno de los padres, quienes son la gran estructura de nuestras emociones, es tocar el fondo del desamparo. Ese tiempo sin la madre es un trauma con el que el crio tendrá que lidiar por el resto de su vida.




28 Abril 2017 02:51:00
Si me sueñan, existo
Antes de nacer, mis padres me soñaron, quisieron tener un cuarto hijo. Vivían en Tequila y su familia la conformaban sus hijos Leonel, Enrique y Ana Cecilia. Ellos soñaban con tener otra niña, soñaban con una familia grande, con tener más de cuatro hijos. Eran jóvenes veinteañeros, con una vida por delante y un pueblo que era toda su esperanza.

Tequila, por aquel tiempo era un pueblo rascuache con menos de 10 mil habitantes y media docena de fábricas de tequila. Negocios familiares que estaban muy lejos de ser los grandes emporios de ahora: Sauza, Cuervo, Orendain, San Matías, Viuda de Romero, El Tequileño. Fue hasta la década de los noventa que la bebida nacional tuvo su boom y dejó de ser sólo un trago de cantina y ocupó un lugar en las mesas de mantel largo.

La Cámara Nacional de la Industria Tequilera consiguió la denominación de origen y consintió, por mero estatus, cambiar el tradicional caballito por la copa de brandy. Beber tequila ya era costumbre de ricos. Se triplicaron las exportaciones y aumentó el número de marcas hasta rozar el millar.

Mis padres fueron parte de ese sueño que miles de hombres y mujeres tequilenses construyeron. Su casa estaba frente a la iglesia y a un costado del portal neoclásico que vio sucumbir la furia del general Manuel Lozada, mejor conocido como El Tigre de Alica, frente a las fuerzas federales. Una torrencial noche de julio, después de conmemorarse los 90 años de la muerte de Lozada, mis padres se amaron con el deseo de perpetuarse.

Los hijos antes de concebirse, se sueñan, se buscan en la oscuridad de la noche, en la soledad de dos cuerpos, en la penumbra del silencio. Mi destino estaba trazado, sólo era cuestión de que me animara a vivirlo. Crecí en ese pueblo con olor a mieles y agave, escuché cuántas vidas de otros. Crecí imaginando lo que mi madre me leía, historias de amor, biografías, la ruina y el abolengo. No soñaba con ser escritor. No fui ese niño que descubre la vocación y se forja con empeño. Sin embargo, narraba pequeños cuentos.

Así como los personajes se van escribiendo con tinta y sangre de uno, con los anhelos propios y las grandes frustraciones. Así como uno

hereda a los hijos los bienes y las enfermedades, las creencias y los defectos. Asimismo, mis personajes son tan yo que a veces me confundo con ellos, trasciendo a través de ellos, los riño o felicito cuando debo hacerlo. El pasado 22 de abril cumplí 50 años y el domingo 30 celebraré en Bellas Artes. Invitado por el INBA, estarán, Ely Guerra y Ángel Luna conmigo, leeremos mis poemas y fragmentos de mis novelas. Pero sobre todo estarán mis personajes.

Mis padres también me acompañarán, como estuvieron en Tequila al pie de mi cama. Todos de alguna manera somos un sueño, la esperanza de alguien más. El amor es reconstruir y continuar ese fruto que nos legaron para compartir, para seguir siendo el complemento que sólo funciona por instantes o sólo una vez en la vida. A lo largo de estos años, he sido la fortaleza de otros en mi más intima debilidad: la escritura, por lo que seguiré existiendo cada vez que alguien me lee y luego sueña.

@RNaro
17 Abril 2017 04:00:00
Diles que no me maten
Federico Campbell tenía por lo tres años de proscrito por la Fundación Rulfo cuando me lo advirtió, pero yo no lo quise escuchar. También era abril. Una tarde de martes, antes de tomar el café en su casa, me dijo: “Naró, ya terminé de leer tu novela”. Un par de meses antes, yo le había dejado el manuscrito de mi primera novela, El orden infinito (2007), en la cual invertí diez años de escritura y había incorporado tantos datos históricos, personajes reales y de ficción que Federico me los mostró en una lista, “son más de 40 personajes”, lo escuché. Sólo dos estaban subrayados: Abundio Martínez y Pedro Páramo.

Hace unos días, la Fundación Juan Rulfo que dirige Víctor Jiménez hizo otra pataleta y negó a la Feria del Libro y de la Rosa de la UNAM usar el nombre de Juan Rulfo en el homenaje que ya se había pactado por el centenario de su natalicio. A pesar de que el pasado 4 de abril, Jorge Volpi, coordinador de Difusión Cultural de la UNAM, anunció que la Universidad tenía el visto bueno de la familia para la celebración, el jueves 6 de abril, Víctor Jiménez lo canceló.

Si bien, la Fundación tiene el derecho patrimonial sobre la obra y el nombre del jalisciense, pues registraron “Juan Rulfo” como marca y mencionarlo en cualquier homenaje causaría el pago de derechos, no deja de ser un secuestro de un escritor universal y de su obra. Rapto paranoico que ha ido en aumento con el paso de los años.

La reacción no se hizo esperar y en Twitter, David Miklos creo la cuenta @nuestrorulfo, donde Enrigue, Ortuño, Sheridan, Chimal, Montiel Figueiras, entre otros escritores se manifestaron, casi todos en tono de meme sobre la última determinación de los herederos de Rulfo.

Quien quizá no se habría manifestado, por ser un caballero, habría sido Campbell, considerado el “discípulo preferido de Rulfo”. Campbell, desde finales del siglo pasado comenzó a trabajar en una recopilación de ensayos, críticas y entrevistas sobre Rulfo y su obra, todo lo que se había escrito sobre el creador de la Media Luna desde 1955 hasta 2001.

Con las puertas abiertas a la familia, a la Fundación y sus registros, el autor de Tijuanenses armó el compendio crítico más completo sobre la obra de Rulfo, en el que reunió los trabajos de Fuentes, Alfonso Reyes, Borges, Roa Bastos, García Márquez, Arreola, Susan Sontag, Monsiváis, Villoro, entre otros. Antología que Federico Campbell tituló La ficción de la memoria. Juan Rulfo ante la crítica. (ERA/UNAM, 2003). Libro que al final la Fundación desautorizó y puso a Federico Campbell en la lista negra por negarse a eliminar, de última hora, algunos ensayos que ya no les eran convenientes, escritores que como Federico, habían sido amigos de Rulfo y de los cuales la Fundación renegaba.

Ese martes, después del café en su casa, Campbell sacó mi original de El orden infinito, lo abrió y volvió a señalarme un subrayado con su pluma fuente: “Abundio Martínez buscó refugio en Analco, después de matar a Pedro Páramo”. Cuando escribí El orden infinito, una novela costumbrista, la historia de un matriarcado, retomé al personaje de Rulfo. Y así como en Pedro Páramo, Abundio Martínez es un personaje secundario y determinante, en mi novela también un detonante que incide en el desenlace de mi universo narrativo: Analco.

“¡Aguas, Naró!, dos personajes de Rulfo en tu novela. Después no me vengas a decirme: diles que no me maten”, me advirtió Campbell jugándome la broma.


@RNaro


17 Marzo 2017 03:55:00
Mujeres que amaron demasiado
Siempre me he enamorado de la mujer equivocada. Aquella que tenía un pasado tortuoso y un futuro incierto. Madres solteras. Mujeres golpeadas. Mujeres con síntoma de abuso por anteriores parejas. Mujeres sin familia. Mujeres que habían protagonizado un divorcio escandaloso. Mujeres pegadas a drogas duras, que entraban y salían de psiquiátricos dos o tres veces al año. Dependientes del alcohol y algunos fármacos. Mujeres que amaban el chocolate por sobre todas las cosas.

Mujeres con más de una enfermedad sexual. Mujeres arrogantes, voluntariosas y posesivas. Mujeres que tenían más de una cicatriz en el alma. Mujeres que se dejaban degustar como un manjar, expertas en prácticas amatorias filosas. Mujeres de instintos primitivos, que amaban no hasta la muerte sino amenazando de muerte. Mujeres suicidas.

Mujeres vampiro. Mujeres tan al pie del abismo como el agua que se despeña. Mujeres exhibicionistas, no de medias verdades sino de grandes mentiras. Mujeres de claroscuros. Mujeres de rara belleza, que atraían otras miradas. Mujeres egocéntricas. Despechadas.

Exploradoras de nuevos placeres, de instantes mortales. Mujeres al borde de un ataque de celos, que no distinguían el placer del dolor, la diferencia entre hazme tuyo y tuya soy. Mujeres que tenían alas en vez de labios, que al entrar en ellas me hacían bucear.

Mujeres profundas, laberínticas, con tantos instantes como secretos. Llenas de eternidad. Mujeres sin culpa pero tampoco inocentes. Mujeres escapistas, que huían de todo y de todos, menos de sí mismas. Mujeres fieles a sus obsesiones. Mujeres furiosas. Cada berrinche era una nueva personalidad. Mujeres templadas con el acero de los días. Líquidas y blandas cuando entre mis manos se perdían. Mujeres adivinas por la sensibilidad de su desdicha. Mujeres siempre a punto del llanto, sólo a punto. Mujeres que sólo lloraban en el orgasmo. Autocomplacientes. Mujeres que jamás perdían, que reclamaban apuntándome con el índice. Mujeres capaces del indulto.

Mujeres tatuadas. Mujeres rencorosas y vengativas. Que confiaban en el amor como en una inagotable cifra. Mujeres tan feministas. Mujeres misóginas. Mujeres que me hacían llorar de tristeza más que de coraje. Mujeres anticlericales.

Mujeres de izquierda o políticamente incorrectas. Mujeres que mis amigos preguntaban, “¿ésta de qué pie cojea?”, y que mi familia miraba de soslayo. Independientes como una isla.

Mujeres guerreras, cada palabra y cada gesto, ciertas palabras eran un arma mortal. Mujeres que me mostraban el mundo como un campo minado. Mujeres araña, con red en la entrepierna. Mujeres llenas de primavera. Miel en sus labios de abeja reina, más gran que mi sueño de poseerla.

Mujeres con un mundo propio, cielo e infierno incluido. Mujeres que no viajan, se mudan. Mujeres que destruyen lo que tocan. Mujeres que reconstruyen lo que sueñan. Mujeres promiscuas. Pornógrafas. Soñadoras. Mujeres solas. Mujeres imperfectas. Mujeres ambiguas, desesperadas, depresivas.

Mujeres que me pedían con la mirada que las rescatara. Mujeres que al tratar de rescatarlas me salvaba a mí mismo.

@RNaró
03 Marzo 2017 02:06:00
La regla
Que las maquiladoras de México estén llenas de mujeres no es un azar. Que en muchos casos sean más estudiosas que los hombres hasta llegar a la obsesión. Que cumplan el rol de madre y padre al mismo tiempo y hagan todo lo posible por sacar adelante a su familia, tampoco es una cuestión cultural ni de educación sino de su naturaleza.

La primera gran responsabilidad que tuve fue a los 17 años, en mi primer trabajo, que no duró más de tres meses. Tampoco mis noviazgos duraban muchas semanas. En la adolescencia notaba que algo se iba modificando entre mis vecinas de la cuadra, niñas con las que había crecido. Cuando en las tardes varios amigos y yo nos reuníamos al final de la calle a hablar de mujeres, de nuestros delirios y fantasías, al final terminábamos mencionando los cambios de nuestras antiguas compañeras de juegos, sus cambios de humor, su sensibilidad y su llanto. A esa edad todos ignorábamos el significado de la palabra cólico. Para nosotros, la única obligación que teníamos era la de estar bien peinados.

Ahora que veo a mis sobrinos acicalarse para ir al centro comercial y que postean en Facebook las fotos de sus primeras fiestas o me cuenta sus enamoramientos, recuerdo a las mujeres que he conocido a lo largo de mi vida laboral, a mi madre y a mi hermana, a mis parejas, recuerdo el alto grado de eficiencia y dedicación que ponen en todo lo que emprenden, y ahora sé porqué las mujeres toman tan enserio la vida: por la regla.

Ese rito de iniciación que se repite cada 28 días y que parece estar ligado al ciclo de la luna por tener 27 días y medio de duración. Esa maravilla de la naturaleza que ha sido considerada en la Historia como un estado sucio e impuro de la mujer y que la Biblia califica de pecaminoso, a mí me ha seducido e intrigado. Esa fase tan ligada a la procreación es el motivo de la gran responsabilidad que tiene la mujer con el estudio, el trabajo, la familia y consigo misma.

Desde el momento en que las niñas tienen su primera menstruación, alrededor de los 12 años, tienen que hacerse cargo de llevar la cuenta de su ciclo, de ponerse la toalla o el tampón, de escucharse y de sentirse hasta saber sus días de mayor flujo. A los 15 años no sólo deben aprender a bailar vals, ya cumplen con esa responsabilidad mensual, ya saben del dolor y la vergüenza, conocen el significado de las palabras estrógeno, progesterona, amenorrea, embarazo y endometrio. Mientras que los varones a esa edad seguimos jugando con el Xbox, haciendo zapping en la televisión, copiando en los exámenes y planeando cómo tirarnos a la vecina o de dónde sacar dinero para un nuevo iPhone.

Cuando las mujeres descubren que la regla es sólo el inicio de una cadena de responsabilidades que tendrán a lo largo de su vida: la procreación, el embarazo, la lactancia, la familia, la educación, todo aquello que representa la preservación de la vida, se vuelven expertas para cualquier tarea, desde manejar una máquina en una fábrica maquiladora hasta gobernar un país. Puede ser que la regla sea el sexto sentido que dicen tener y por el cual siempre nos llevarán años de ventaja.

@RNaro



20 Febrero 2017 04:00:00
Lugar común: la muerte
Así como todos vamos a morir, también todos hemos de amar. Tarde o temprano cumplimos con ese destino, enamorarnos. Puede ser que el amor nos llegue a los 11 o 12 años, en plena adolescencia o pasados los turbulentos 20. Puede ser que nos llegue después de un primer divorcio o al despuntar la madurez. ¿Cuándo se llega por fin al “verdadero amor”? ¿Dónde radica “el amor de mi vida”’? ¿Amé con mayor intensidad en mi juventud o ahora que tengo más experiencia o cautela?

Empecé a escribir poesía a los 15 años, cuando tuve mi primer choque con el amor. En unas vacaciones de Semana Santa en Mazatlán conocí a una chica de Durango y sólo tres días de encuentros en la playa bastaron para sentir, cuando ella se marchó, que yo perdía algo o que me perdía por completo. Pero ella no fue la primera, antes pasaron por las fantasías de mis manos, Mónica, Cristina, Adriana. Mi corazón aún era de terciopelo y se gastaría con el lustre que le da los años a los casimires.

A esa edad no encontraba respuestas, creía ser el único que sufría la levedad de haber puesto mis ojos en esa o en aquella chica. Buscaba respuestas en mis libros de adolescencia hasta que encontré, primero en el Nocturno a Rosario de Manuel Acuña y luego en La amada inmóvil de Amado Nervo, el espejo en el cual podía reflejar mis frustraciones. Y me fui a buscar esa media naranja, el complemento que hablara de mí en silencio.

Dicen que los novios que se parecen se casan. Es porque nos hemos pasado la vida mirándonos al espejo y aún así nos desconocemos, somos nuestro gran misterio. Cuando nos enamoramos, ¿qué parte de nosotros vemos en ese otro que nos seduce? Al final, somos como Narciso, unos enamorados de nuestras propias carencias, de nuestras virtudes inventadas. Más que a nadie, nos amamos a nosotros mismos.

El puro romanticismo, el que arrastramos desde finales del siglo XVIII. El amor trágico idealizado, el destino como un trazo imborrable. Las eternas golondrinas de Bécquer. La fuente de la eterna juventud. La culminación del “yo” en el reflejo de mi iPhone.

Nadie muere dos veces de la misma muerte. ¿En cuántas ocasiones he querido acabar con mi yo adolescente, el que escribía irresponsables versos? Cuando tenía veintitantos años yo mismo pagué la edición de mi primer poemario. Fui a una imprenta y tiré 500 ejemplares. Libro en mano, hasta ese momento me sentí poeta. Lo regalé a diestra y siniestra. Libro con tantas erratas que ahora busco en librerías de viejo para quemarlo. Ya he echado al fuego más de 50.

Gustavo Adolfo Bécquer decía que la mejor poesía es aquella que no se escribe, yo agregaría que el amor más grande es el amor no consumado, aquel platónico deseo que se guarda en el universo de los hubiera. Hasta hace unos días, en una clase en Filosofía y Letras de la UNAM, supe que no son mis primeros versos los que he querido borrar –ejercicios de aprendizaje, a fin de cuentas, prueba y error de la metáfora–, sino mis primeros amores, mis más dolorosas derrotas, la memoria idealiza más que la realidad, mi juventud llena de versos que caían en el lugar común: amar hasta la muerte.

03 Febrero 2017 04:00:00
El fantasma del futuro
Comienza el año y con él una lista de propósitos. Los más comunes son, levantarme temprano, volver el próximo lunes al gimnasio, respetar la dieta al pie de letra, eso sí, desde el lunes. Siempre me he concentrado en lo que no tengo, aquello que en toda nuestra vida no he podido lograr. El inicio de año es un buen motivador para, ahora sí, comenzar de cero.

Sin embargo y como dijo Julio Cortázar, “el azar hace mejor las cosas que la lógica”. Este año dejé de lado mi lista de propósitos, la carrera hacia ese infatigable destino que más y más se aleja en cuanto más alcance le doy. Esa lucha con rudeza por llegar a la meta que otros trazaron. No quiero planear atardeceres ni programar mis noches para el insomnio. No quiero una nueva agenda de pastas negras o aún a oscuras, escuchar el bip del celular y despertar con ese escándalo de tren que está a punto de arrollarme.

O será que, ¿llevar una lista de propósitos significa trazar una ruta al porvenir? ¿Y el libre albedrío, dónde queda? Si todos somos víctimas de las circunstancias y la mayoría de las veces reaccionamos al primer impulso y culpamos a otros de nuestra derrota. Me resisto a escribir, como cada año, lo que antes no he podido cumplir. Anticipar en una lista el remordimiento.

Prefiero la sorpresa, la aventura a la vuelta de la esquina, la fantasía de creer que sí lo voy a lograr. Abrir las páginas de un periódico y saber que ese es el único futuro que tengo: el ayer. Este año quiero vivir libre, sin presiones autoimpuestas, sin citas conmigo mismo a las cuales no llegaré. Dejar de pensar que cada lunes es una nueva oportunidad, el gran desafío convertido en una pequeña nueva decepción.

Andaré sin mapas, guiado sólo por la brújula de la intuición. El futuro siempre es especulativo, ¿quién tiene la certeza de amanecer mañana? Dejémonos pescar por el anzuelo de la corazonada. Vivamos la realidad del que sueña. Conscientes de que cada momento es el mejor, único espacio de tiempo que sólo ha de repetirse en los laberintos de la memoria, donde será mejor perdernos hasta encontrar ese otro que nos habita, a veces bestia, a veces humano.

Con esta entrega, revive La columna chueca, invitado por Zócalo nos encontraremos dos veces al mes. Hoy comienza un diálogo en que trataré de ser un oportuno columnista. No escribiré de política ni de finanzas, sino sobre aquello que miro cuando cierro los ojos y de todo lo que toco también cuando los cierro. Trataré de fijar el instante en palabras, vivir lo que escribo antes de dejarlo impreso: lecturas, viajes, amigos, museos, el pulso de la cotidianidad. Escribiré lo que no me atrevo a pronunciar.

Coahuila es un estado donde tengo muchos amigos, al que voy con regularidad desde hace 15 años, al que siempre quiero volver y febrero es un buen comienzo. Espero que juntos lleguemos al fin del año y hagamos un recuento de historias y quien se anime, también un recuento de propósitos. Al final, espero que no vea su agenda incompleta, habitada por cadáveres de frustración, fantasmas que lo acompañarán en el futuro.

@RNaro
04 Enero 2017 04:00:00
La ley del hielo
En México estamos obsesionados con la nieve. Pistas de hielo congelan el Zócalo y los centros comerciales. Apenas con las primeras ventiscas del invierno que por cruel que parezca en la Ciudad de México alcanza el promedio de 10 grados centígrados, los chilangos sacamos abrigos, bufandas, suéteres de cashmere de Moroleón y los más enteleridos, guantes para sudar las manos. Todo se vuelve algarabía alrededor de simuladas chimeneas y envidiamos la suerte de nuestros vecinos del norte, sus casas blancas custodiadas por artesanales muñecos.

Apenas en febrero de 2008 conocí la nieve. Invitado por el Joliet Junior College viajé a Chicago a presentar El orden infinito. El hielo cubría todo, calles, coches, parques, los árboles resistían con voluntad de acero. Tras las ventanas de la casa de Gina Wiberg, donde me hospedé, la nieve caía sin cesar como pedacitos de nube. Una semana después fui a Detroit y me hospedé en casa de Gloria Guerra. El clima era peor. Ahí pasé mi primera gran nevada, que nos tuvo tres días recluidos en casa, sin poder asomar ni siquiera las narices.

La mañana que escampó, sin meditar mucho salí a la calle con mis botas de montaña, cubierto de pies a cabeza. Me sorprendió ver todo blanco, los autos encobijados de nieve, estalactitas que ya no goteaban desde el techo de las casas. Al fondo todo era gris y el viento tampoco movía los esqueletos de los árboles. Aún así me aventuré a caminar. Las piernas se me hundían en la nieve hasta las rodillas y antes de llegar a la esquina, ya estaba empapado, tenía los pies entumidos, no podía seguir avanzando. Con las piernas como horqueta de resortera, a punto de la congelación, tuve que pedir auxilio.

Hace unos días, en una reunión de amigos, hablábamos sobre las diferencias entre los mexicanos y los estadounidenses. ¿Por qué a nosotros se nos dificulta tanto trabajar en equipo? ¿Por qué no podemos celebrar el triunfo de nuestros compatriotas? ¿Por qué nos identificamos con la parábola del cangrejo y aplicamos la ley del hielo? “Precisamente por eso”, les dije, “por el clima”.

Nada nos constituye tanto como nuestro envidiable sol. Sólo un clima tan terrible como el que tienen en el norte del continente, con temperaturas que pueden bajar hasta los -25° centígrados en Chicago o Nueva York con sensaciones térmicas de hasta -50° celsius hacen que la gente trabaje en equipo y reconozca que el éxito o la sobrevivencia del vecino ayuda a la propia sobrevivencia. Sólo en estrecha cooperación y llegando a consensos para el bienestar de la mayoría pudieron construir ciudades como Boston, Filadelfia o Washington en territorios que hace 200 años eran gobernados por el hielo.
Después de aquel día en el que Gloria me rescató del jardín de su vecina, cuando la nieve comenzaba a cubrirme como muñeco de nariz de zanahoria, entiendo a las springbreakers que deliran por el sol de nuestras playas, donde la vegetación nos provee todo el año de jugosas frutas y manjares marinos que puede uno disfrutar en solitario. Selvas, bosques, playas, donde todo, hasta las gringas, parecen estar al alcance de la mano.

@RNaró

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