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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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22 Mayo 2017 04:00:00
Ni ángeles ni demonios, sino personas con principios
En momentos como el actual, cuando las personas y sus sociedades adoptan con mayor frecuencia y menor recato conductas y actitudes que transgreden la dignidad de otras, ya sea de modo activo o pasivo (no se olvide que la fraternidad es un deber primario sin excepciones ni que la indiferencia también tiene efectos), es vital repasar la historia, refrescar la memoria y zarandear a la conciencia.

La historia de la humanidad es sobre todo la historia de los reclamos y las luchas por la aceptación de los valores, los de todos en la misma medida y con igual posibilidad real para todos de ser tratados de acuerdo con ellos. Las naciones han evolucionado a partir de reconocer valores y consagrarlos en la forma de principios. Y han sido, precisamente, los principios los que han permitido a las personas superar la confrontación y la violencia, e instaurar formas armónicas de convivencia.

Los principios emergen de la sociedad en la forma de valores y vuelven a ella con el traje de derechos y garantías. Son los principales causantes de la paz y el desarrollo armónico de los pueblos y sus individuos. Cuando las personas estiman que algo (determinada conducta o situación, por ejemplo) es valioso por ser bueno para todos, a ello lo reconocen, de hecho, como un valor. Después, cuando ese valor adquiere una aceptación generalizada, es acorde con los parámetros de la moral y la ética, y ha demostrado mediante la experiencia (directa o indirecta) su necesidad o conveniencia, es elevado a la categoría de principio. Así, algunas prácticas sociales se convierten en valores, los valores en principios y los principios detonan normas de las que derivan reglas que imponen ciertos deberes.

Aristóteles, quien identificó a todas las causas como principios, dedicó una parte de sus reflexiones a este tema. Partiendo de las acepciones más básicas –como que “principio” es el punto de una cosa desde donde alguien puede comenzar a moverse o aquel desde donde cada cosa puede hacerse del mejor modo–, advirtió que, siendo unos intrínsecos y otros extrínsecos, son principio la naturaleza, el elemento, la inteligencia, el designio, la substancia y la causa final.

Immanuel Kant, uno de los pensadores que realizó las aportaciones más trascendentales en este campo, atribuye la existencia de los principios, en prácticamente todos los casos, al entendimiento puro, derivado del conocimiento, el cual, señala, siempre empieza por los sentidos; es decir, como producto de los buenos acuerdos derivados de la razón humana, afianzados y arraigados a través de la práctica constante.

Además de proteger aspectos fundamentales de la persona en lo individual y en lo colectivo, los principios poseen otra función sustancial: orientar y, en el mejor de los casos, vincular, la forma en que las normas (jurídicas, éticas, morales, sociales, etc.) deben ser interpretadas, o sea entendidas. De ahí que uno de los estudiosos más reconocidos del rol de los principios en el terreno jurídico, Robert Alexy, los defina como “mandatos de optimización”. Lo que significa que una norma o la disposición que contiene debe ser leída y aplicada de la mejor forma, la más conveniente para la persona que se encuentra en algún supuesto. Los principios, vistos así, son un recordatorio permanente y amplio para las personas responsables de aplicarlos en cada caso concreto, sobre el bien o los bienes más importantes protegidos por una norma, así como la intención originaria y máxima de dicha protección.

En suma, los principios rigen, por eso no se puede vivir sin ellos. Esto es así porque están cargados de todo aquello que es sublimemente valioso para las personas y porque implícitamente traen consigo los fines más nobles de la humanidad. Son como recipientes depositarios del contenido más vital para asegurar la convivencia social armónica y el desarrollo libre de todas las personas. Cuando alguien los ignora, niega, desestima o, con sus actos, los pisotea, debe llamársele la atención y, mediante la vía legítima que sea procedente, evitar que lo vuelva a hacer. Una de las características de los principios es que son universales, por eso cuando se atacan los principios de una persona, se atacan los de todos.

Respetar los principios significa practicar los valores, los valores que les dieron vida. Para hacerlo es importante conocerlos y saber la forma en que se manifiestan en la vida diaria, en lo cotidiano y ordinario. El experto en desarrollo humano y liderazgo Stephen R. Covey comparte una serie de principios cuya eficiencia trasciende en las personas y en el tiempo, y que, además, colocan a quienes los practican en el camino de la sabiduría; aquí algunos de ellos: responsabilidad, equilibrio, empatía, integridad, amor, autodisciplina, confianza, verdad y visión.

Lograr una vida basada plenamente en principios requiere estar conscientes de la naturaleza humana, conocer y comprender a las otras personas e identificarse con ellas, para percatarse de que no hay ángeles o demonios, sino seres diferentes, con historias, intereses, incentivos, sentimientos y capacidades distintas, no radicalmente, sino gradualmente. Covey lo plasma así: “La gente con principios no es extremista. No piensa en términos de todo o nada. No divide las cosas en bueno o malo, blanco o negro. Más bien, ve continuidades, prioridades, jerarquías”.
15 Mayo 2017 04:04:00
‘...tu familia nunca te abandona ni te olvida’
La familia es lo más importante. Amén de su tipo o modalidad, de quiénes la conforman o cuántos son, la familia es el lugar por excelencia en el que se viven, transmiten, ignoran, destruyen, construyen, debilitan o fortalecen los valores. En su estudio sobre los tipos de familia y el bienestar de niños y familias (2013), el sociólogo Fernando Pliego, al sostener y acreditar por qué la familia es la institución cultural más importante, advierte que “la importancia de la familia es un hecho social”.

Entre más, Pliego basa sus afirmaciones en los resultados de estudios como la Encuesta Mundial de Valores 2005-2008 (World Values Survey, WVS, aplicada en 57 países), de acuerdo con la cual “la familia es el tema más importante en la vida de las personas entrevistadas”. En el caso de México, señala este experto, “en opinión de los mexicanos, la familia es la institución que brinda más confianza (8.8% de calificación en promedio); es el principal apoyo cuando se presentan problemas económicos extraordinarios (56.6%), cuando se trata de atender a las personas con discapacidad (86.4%) y de cuidar a los niños pequeños (84.2%). Es la principal fuente de apoyo emocional “por el cariño que se recibe” (76.2%); así como el espacio más importante de socialización política (50.8%)” (con base en diversos instrumentos como la Encuesta de Capital Social en México Urbano 2006 y la Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas 2008).

El 15 de mayo se celebra el Día Internacional de la Familia. Una fecha que existe con la finalidad de recordar a todo el mundo el impacto de esta institución en la vida de las personas y las sociedades. Según Naciones Unidas, “este año la celebración se centra en resaltar el papel que juegan las familias y las políticas orientadas a las familias en el fomento de la educación y el bienestar de sus miembros, en particular la educación infantil y la formación continua para niños y jóvenes”. De acuerdo con la información dada a conocer por esta organización, “también destaca la importancia de los miembros de la familia que se dedican al cuidado de los otros –sean padres, abuelos, hermanos–”. Otro de los objetivos específicos en esta ocasión es poner de manifiesto “las buenas prácticas en el sector privado que apoyan a madres y padres trabajadores, así como a los jóvenes y las personas mayores, en sus lugares de trabajo”.

Sin desestimar las aspiraciones que se han precisado, vale la pena subrayar que esta celebración tiene una cuyo valor es particularmente especial, por transversal: promover el desarrollo sostenible; es decir, la posibilidad de mantener las relaciones interpersonales y el crecimiento de la sociedad y sus miembros, y de lograrlo en armonía y equilibrio. Para ello se proponen la práctica y expansión de estrategias sustanciales como la educación y la adopción de estilos de vida sostenibles, el respeto de los derechos humanos y la promoción de una cultura de paz y no violencia.

La “cultura de paz” constituye un movimiento que ha adquirido fuerza e influencia en los últimos años, en virtud de su aportación para la construcción de una cultura amplia de respeto irrestricto a las libertades humanas, ya que se basa en la oposición colectiva y sistemática de la violencia. La “cultura de paz” es definida como “un conjunto de valores, actitudes, comportamientos y estilos de vida que rechazan la violencia y previenen los conflictos atacando a sus raíces a través del diálogo y la negociación entre los individuos, los grupos y los Estados” (Unesco, Naciones Unidas). Configurar y arraigar esta creencia en el seno de las familias, es requisito primario para que sea exportada y tenga éxito en la sociedad.

Esto es así por ser la familia la que en primera fase y con mayor determinación influye, principalmente a través del ejemplo, en los valores y las conductas que forjan la cultura de las personas, cultura que puede ser gradualmente violenta o de paz. Además de esta función básica, la familia tiene otras vitales como lo son la socialización; la cooperación económica y la división de labores; el cuidado, la supervisión, la monitorización y la interacción; la proporción de estatus: social, atribuido y logrado, y el apoyo, afecto emocional y compañerismo (Lawrence Schiamberg, 1983).

La familia es definida de múltiples formas, dependiendo del aspecto (ideológico, sociológico, político, religioso, etc.) que pretenda acentuarse. Sin embargo, siguiendo a la psicóloga María del Luján González, “las definiciones de familia por más variadas que sean descansan hoy en la relación interindividual, dando la idea de que la familia es ante todo un proyecto relacional que no hace referencia necesariamente a lazos de sangre”. En sentido literal, familia es un “grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntos” o un “conjunto de personas que comparten alguna condición, opinión o tendencia” (RAE, 2017). Para efectos prácticos, vale la pena retomar aquella famosa y mística definición dada por Lilo & Stitch (Walt Disney, 2002): “Ohana significa familia y tu familia nunca te abandona ni te olvida”.

Comprender el significado y las ventajas de la familia, de hacer familia, así como los retos que actualmente enfrenta, es fundamental para alcanzar los objetivos fijados por Naciones Unidas en esta materia; para hacer conciencia y emprender todas aquellas acciones que redunden en su beneficio, en beneficio de lo más importante.
08 Mayo 2017 04:03:00
Cooperar… hasta un pueblo de demonios lo preferiría
En la medida en que nos preocupemos (y ocupemos) más por los demás, en esa misma medida, podremos preocuparnos (y ocuparnos) menos por nosotros mismos. Durante las actividades altruistas que se llevan a cabo en Generación en Marcha, la organización social de la que formo parte, frecuentemente se comparten con los beneficiarios reflexiones encaminadas a reforzar la cooperación. Esto es así porque el valor de la cooperación se presenta, ahora más que antes, como estratégico para alcanzar los objetivos del Estado y la sociedad, y para asegurar la protección y el desarrollo de su origen y fin último: la persona.

La cooperación o colaboración son respuestas –tal vez las únicas– para alcanzar la integración, cohesión e inclusión social, necesarias para la convivencia armónica, la paz social y el desarrollo digno, afectadas en mucho por la globalización, el capitalismo y el consumismo. Aspectos todos que han acentuado el individualismo en la mayoría de las comunidades contemporáneas (vistas como conjuntos muy diversos de personas que hacen común unión por lazos más allá de la nacionalidad o la familia), y que deben llamar a la conciencia, al examen, a la autocrítica y la corrección de actitudes y conductas.

Tales fenómenos han dado a la competencia una importancia capital por encima de la cooperación. La competencia está desplazando cada día con mayor fuerza a la cooperación. Por supuesto que la competencia por sí sola no es mala, ya que implica y produce una serie de cuestiones positivas y necesarias para la evolución; lo que está mal es que con ella se sustituya a la cooperación. En su ensayo acerca de las claves científicas de la felicidad, Eduardo Punset recuerda que “un organismo que sólo piensa en función de su supervivencia destruirá, invariablemente, su medio ambiente y, por consiguiente, como se puede comprobar actualmente, se destruirá a sí mismo”.

La cooperación es una función social vital para la sobrevivencia, para combatir la discriminación y alcanzar un mayor grado de justicia social. Esta realidad compete a todas las personas, pues, de acuerdo con Hermann Heller, “todas las funciones de la vida del hombre son funciones sociales, o sea que sólo las tiene el hombre en cuanto vive en sociedad con otros hombres”. Vivimos en sociedad, por la sociedad y para ella. Es un hecho, porque redunda en beneficio de la persona. Como lo precisa el mismo Heller, vivir fuera de ella, de la sociedad, sería propio, según la frase clásica de Aristóteles, de un animal o un dios. No es el caso.

Para la profesora de Ética y Filosofía Política, Adela Cortina, “cooperar es, pues, más inteligente que buscar conflictos tratando de maximizar ganancias, porque las personas estamos dispuestas a dar siempre que de alguna manera podamos recibir”. Y eso sucede, o debería suceder, siempre. Aunque en pocos casos se reciba el beneficio o favor de la misma persona en cuyo provecho se ha realizado uno previamente. Cuando todos cooperan, tarde o temprano, de modo directo o indirecto, todos reciben las utilidades de la cooperación.

Cortina da cuenta de cómo al “comprobar que el juego de dar y recibir resulta beneficioso para el grupo y para los individuos que lo componen, este juego ha ido cristalizando en normas de reciprocidad que forman el esqueleto sobre el que se sustenta la encarnadura de una sociedad”. Cooperar es base, esencia y garantía para quienes cooperan. De ahí el lazo que existe entre cooperación o colaboración y ética. Pues, de acuerdo con esta misma experta, la ética sirve “para recordar que es más prudente cooperar que buscar el máximo beneficio individual, caiga quien caiga, buscar aliados mas que enemigos”. En efecto, cooperar es ético. Claro está, dando por sentado que dicha cooperación tiene lugar en relación con conductas y hechos que son moral y jurídicamente aceptables.

Por ese motivo la cooperación forma parte fundamental del pacto social sobre el que las sociedades han asentado y moldeado el derecho, para no correr el riesgo de que alguno de sus miembros pretenda obtener provecho –y lo obtenga– a costa de otros. Adela Cortina concluye así una de sus reflexiones sobre este tema: “Por eso decía Kant hace más de dos siglos, en su escrito sobre La paz perpetua, que hasta un pueblo de demonios, que son seres sin sensibilidad moral, preferiría formar un estado de derecho, en el que los individuos son protegidos por las leyes, que quedar desamparados en un Estado sin leyes, en el que cualquiera les pueda quitar la vida, la propiedad, la libertad de decidir el propio futuro”. En sus palabras, desde los primeros humanos, se ha ido acuñando un cerebro contractualista, “que nos lleva, no a buscar el mayor bien del mayor número, ni la promoción de los más aventajados, sino a sellar un pacto de ayuda mutua”.

Comprender y asumir el compromiso de contener el deterioro de la cooperación, con el propósito de darle un nuevo impulso, es trascendental para la dignidad humana y esencial para emprender estrategias que posibiliten una efectividad más plena de los derechos humanos. El incentivo no es uno y están claros: por convicción, conveniencia o por lo que sea, es necesario practicar la cooperación. “No me hice vegetariano por mi salud. Lo hice por la salud de los pollos”, Isaac Singer.
01 Mayo 2017 04:00:00
El impacto del trabajo en la dignidad de las personas
El trabajo es un medio que contribuye a que la persona –un fin en sí mismo– potencie el libre desarrollo de su personalidad y dé cauce a su dignidad. Por ello resulta valioso reflexionar acerca del significado y las implicaciones de esta actividad humana básica. Como otras fechas internacionales o universales, el Día del Trabajo tiene su origen en un acontecimiento histórico que cambió el rumbo de la humanidad. Se trata del episodio conocido como “los mártires de Chicago”.

El 1 de mayo de 1886 se disparó una gran huelga que paralizó algunas ciudades de Estados Unidos. Los resultados fueron, como en otros movimientos de su tipo, negativos y positivos. Lo primero porque muchos trabajadores resultaron muertos, heridos y encarcelados; lo segundo, porque ese hecho se tradujo en un detonante para la conquista de derechos y garantías que progresivamente han dignificado el trabajo, sobre todo el de los más desfavorecidos. Aunque no para todos, ni para siempre.

En sentido estricto trabajo es “ocupación retribuida”, “obra”, “cosa que es resultado de la actividad humana”, (RAE, 2016). De acuerdo con Naciones Unidas, “el trabajo es el medio por el que cualquier ser humano puede satisfacer sus necesidades básicas y afirmar su identidad; la forma en la que puede sustentar a su familia y vivir una existencia conforme a la dignidad humana”. Esta última definición hace necesario comprender lo que significan en sentido amplio “trabajo” y “trabajar”. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) define al trabajo como “el conjunto de actividades humanas, remuneradas o no, que producen bienes o servicios en una economía, o que satisfacen las necesidades de una comunidad o proveen los medios de sustento necesarios para los individuos”.

Pero la OIT va más allá. Lo hace con el propósito de precisar que no basta con que el trabajo sea eso, trabajo, sino que en su práctica debe garantizarse el cuidado adecuado de la dignidad de todas las personas, y por ello promueve un concepto históricamente reclamado pero que aún constituye un tema elemental pendiente en muchas sociedades, el “trabajo decente”: “un concepto que busca expresar lo que debería ser, en el mundo globalizado, un buen trabajo o un empleo digno”.

Para lograr su cometido, la OIT profundiza en la explicación al respecto: “el trabajo que dignifica y permite el desarrollo de las propias capacidades no es cualquier trabajo; no es decente el trabajo que se realiza sin respeto a los principios y derechos laborales fundamentales, ni el que no permite un ingreso justo y proporcional al esfuerzo realizado, sin discriminación de género o de cualquier otro tipo, ni el que se lleva a cabo sin protección social…”.

El objeto del trabajo es la persona en cuanto a su dignidad, sus manifestaciones y las condiciones necesarias para que se realice. Como ya se ha señalado en este espacio, la dignidad nunca se da “químicamente pura”; es necesario descubrir cómo se manifiesta y qué impacta en ella. La forma en que se practican los oficios en una comunidad es sustancial y trasciende enormemente a la dignidad de sus miembros. Los trabajos y oficios aportan datos para la protección de los valores que se consagran en la forma de principios y derechos, en función de la normalidad que manifiestan.

No basta con que en los trabajos se garanticen cuestiones primarias como la duración máxima de la jornada, la edad mínima y ciertas condiciones de seguridad e higiene. No. Para que un trabajo sea decente y acorde con la dignidad, deben satisfacerse aspectos específicos como la certeza en las funciones que se desempeñan y la posición que se tiene dentro de la organización; el trato siempre respetuoso y considerado de los superiores y compañeros; el salario igual para todas las personas que realizan las mismas actividades; la garantía de no discriminación y respeto a la diversidad en todos los sentidos; la posibilidad real de ascender en el estructura interna de la organización de acuerdo con méritos y parámetros objetivos y democráticos; la existencia de acciones afirmativas y ajustes razonables para quienes los requieran, entre otros.

Si bien es cierto, es posible acreditar que hoy los trabajadores cuentan con mejores condiciones que antes, también lo es que son insuficientes, que no se han dado en todos los casos y que persiste el riesgo latente de una involución si la conciencia nos falla.

En el año 2012, durante una conferencia que dictó en la Ciudad de México, Eduardo Galeano alertó a los asistentes acerca de una realidad innegable: “la libertad del dinero exige trabajadores presos, presos de la cárcel del miedo, que es la más cárcel de todas las cárceles. El Dios del mercado amenaza y castiga, y bien lo sabe cualquier trabajador en cualquier lugar. El miedo al desempleo que sirve a los empleadores para reducir sus costos de mano de obra y multiplicar la productividad, eso hoy por hoy es la fuente de angustia más universal de todas las angustias” (El País, abril 2015).
24 Abril 2017 04:00:00
Somos los libros, los que leemos y los que no
El de la lectura es un tema muy importante. El de los libros también. Lo son para combatir la ignorancia, romper las cadenas de la manipulación, alimentar el espíritu y la imaginación. No leer es renunciar a la posibilidad de aprovechar las ideas, reflexiones e historias que algunas personas han escrito por y para todos; es ignorar investigaciones, estudios y lecciones que muchas veces resultan útiles y muy valiosas para el desarrollo y crecimiento de las personas y sus sociedades.

El 23 de abril es el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor. Que exista una fecha dedicada a esa maravillosa creación humana que son los libros y a sus causantes es un motivo de peso para detenerse a pensar en ellos. De acuerdo con Naciones Unidas, instancia impulsora y principal promotor de este acontecimiento, “el 23 de abril es un día simbólico para la literatura mundial, ya que ese día en 1616 fallecieron Cervantes, Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega”.

La principal organización mundial da cuenta del motivo que dio origen al establecimiento de este Día en 1995 y su objeto: “rendir un homenaje universal a los libros y autores en esta fecha, alentando a todos, y en particular a los jóvenes, a descubrir el placer de la lectura y a valorar las irreemplazables contribuciones de aquellos quienes han impulsado el progreso social y cultural de la humanidad”. Para ello, para honrar a los autores de los libros, revalorar la literatura y fomentar la lectura, esta instancia emprende varias iniciativas y alienta a gobiernos y sociedades a que también lo hagan.

Vale la pena recordar que los días internacionales tienen como objetivos sensibilizar, concienciar, llamar la atención, señalar que hay algún problema sin resolver, un asunto importante y pendiente en las sociedades. Así lo explica Naciones Unidas, justificando de ese modo la existencia de estas fechas con las que, cada vez con mayor frecuencia, nos topamos en medios de comunicación y sobre las cuales suelen realizarse actividades en muchos lugares. De ahí que, aunque lo ideal es pasar a la acción en la comunidad material, no carezca de sentido que se publiquen frases, infografías y fotos en la comunidad virtual (por lo menos son pequeños recordatorios que en ocasiones despiertan inquietudes positivas).

En su obra sobre la “cultura de masas” (Apocalípticos e integrados, 1968), Umberto Eco profundiza en la influencia de los libros: “El libro, al crear un público, produce lectores que, a su vez, van a condicionarlo”. Lo hace al tiempo que advierte sobre una serie de vicios sociales de los cuales no escapa el mundo de los libros: “la fabricación de libros se ha convertido en un hecho industrial, sometido a todas las reglas de producción y de consumo. De ahí derivan una serie de fenómenos negativos, como la producción por encargo, el consumo provocado artificialmente, el mercado sostenido con creación publicitaria de valores ficticios”.

No perder de vista este hecho, el que con frecuencia -y al parecer ahora más que antes- los libros sean empleados como herramientas para intervenir hábilmente las mentes de las personas para fines particulares, ocultos o insanos, es esencial para alcanzar la libertad que prometen los libros. Una buena noticia es la que, con respecto a la industria editorial, comparte el mismo Eco: “se insertan en ella hombres de cultura, para los que la finalidad primera (en los casos mejores) no es la producción de un libro para la venta, sino la producción de valores para la difusión de los cuales es el libro el instrumento más idóneo”.

Son esos valores, su expansión, las conquistas y colonizaciones que se logran mediante su uso adecuado, una de las razones, quizá la más trascedente, por la que los seres humanos pueden estar orgullosos de haber creado y conservado en el tiempo a los libros. Esto, amén de la enorme cantidad de externalidades positivas que trae consigo la lectura.

De acuerdo con diversos investigadores especializados en medicina y sociología, retomados en un artículo publicado en el diario La Vanguardia (octubre 2015), entre los múltiples beneficios de la lectura se encuentran los siguientes: favorece la concentración; ayuda a mejorar algunas habilidades sociales, como la empatía; alimenta la imaginación; mejora la oratoria (“como dijo Cicerón, ‘a hablar no se aprende hablando, sino leyendo’”); previene la degeneración cognitiva; predice el éxito profesional; crea, recrea y transforma; modifica el cerebro y tiene repercusiones en el desarrollo intelectual (“hay más materia gris en la cabeza de una persona lectora y más neuronas en los cerebros que leen”); afecta positivamente a la economía y al comercio de los pueblos, y contribuye a desarrollar la libertad de expresión, la cultura y la información.

Mención especial amerita “el encuentro con la verdad”, como promesa cumplida de los libros. Pues, como lo consignó Sor Juana Inés de la Cruz, “la más brillante de las apariencias, puede cubrir las más vulgares realidades”. Para desenmascarar impostores, desterrar fantasmas y estimar a las personas y a las cosas en su justa dimensión (o en una más justa por lo menos), para eso también sirven los libros.
10 Abril 2017 04:00:00
En las mismas sombras, se proyectan distinto
Cuentan que una vez había un árbol en medio de un bosque ubicado en el centro de una vieja ciudad. Por las noches mucha gente solía atravesarlo. En cierta ocasión, lo hizo un ladrón, el cual, al ver la silueta de un policía corrió desbocado temiendo ser aprendido, hasta tropezar con una enorme raíz que lo hizo caer, golpearse la cabeza y morir al instante.

Otro día, cerca de la media noche, un joven caminaba por ese mismo lugar, al ver la silueta de una hermosa mujer creyó recibir un mensaje divino que lo hizo salir disparado a pedir perdón a su amada, con lo que recuperó su amor y vivió feliz para siempre a su lado.

Tiempo después, cuando cayó la tarde, un pequeño niño al ir tras su pelota se encontró perdido en el negro mar de viejos y enormes árboles, al ver la silueta de un monstruo de tres cabezas explotó en llanto y caminó hasta que encontró la salida, pero su trauma fue tan grande que sólo pudo superar el miedo a la oscuridad hasta la edad adulta.

En los tres casos, el árbol y su sombra eran los mismos. No había ni policía, ni hermosa mujer, ni monstruo de tres cabezas. Esta breve historia, conocida como la Parábola del Árbol, es un recordatorio acerca de la debilidad humana, la madurez y los equilibrios, la sabiduría y la humildad; una sencilla lección sobre los efectos de los vicios y las virtudes. En las mismas sombras las personas se proyectan de modo radicalmente distinto, reflejan sus temores o sus conquistas. Los primeros emergen de la inmadurez y la ignorancia. Las segundas, de la experiencia y el carácter.

Reflexionar constantemente con respecto a las flaquezas y fortalezas propias es vital para alcanzar un mayor grado de sabiduría y humildad, valores esenciales para lograr la efectividad y trascendencia de las acciones y, sobre todo, la felicidad (concepto abstracto, pero relativamente medible).

“Aunque no siempre llega con los años, la sabiduría sólo llega con ellos”. Alguna vez escuché esta breve frase y me hizo pensar en lo determinante que es la madurez para obtener los resultados esperados y que éstos justifiquen dignamente las cosas que hacemos y los retos que asumimos. Según el diccionario (RAE, 2017), “madurez” es el “periodo de la vida en que se ha alcanzado la plenitud vital y aún no se ha llegado a la vejez”.

Del pensamiento de Santo Tomás de Aquino, se desprende que la sabiduría, ubicada en el origen y centro de su pensamiento, es el más supremo de los hábitos intelectuales y cognoscitivos, y se obtiene a través del entendimiento con base en las virtudes y los conocimientos. Madurez y sabiduría forman un binomio fundamental para alcanzar la paz, armonía y el bienestar en la vida, para observar las sombras con el velo de la valentía y no el del miedo. De ahí que Platón sostuviera que en realidad “el único mal verdadero es estar privado de la sabiduría”.

Ser humildes es estar conscientes de la esencia humana, de lo verdaderamente importante, no perder de vista las debilidades y limitaciones propias, y reconocerse en los demás. Teresa de Calcuta compartió determinadas formas a través de las cuales puede practicarse el valor de la humildad; éstas son algunas de ellas (Aleteia, julio, 2016): hablar lo mínimo posible de uno mismo; mentalizar los propios quehaceres; aceptar contradicciones y correcciones alegremente; ser amable y gentil, incluso bajo provocación; nunca pisar la dignidad de alguien, y escoger siempre lo más difícil.

Alcanzar un nivel más elevado de sabiduría y humildad no es sencillo. Hacer ejercicios constantes de introspección a fin de encaminarse hacia el cambio o la transformación personal son medidas que pueden contribuir a ello. De acuerdo con Stephen Covey, el cambio, orientado a construir un carácter de integridad total y vivir una vida de amor y servicio no es algo fácil; sin embargo, señala este profesor experto en liderazgo, es posible y “comienza con el deseo de centrar nuestras vidas en principios correctos, de romper con los paradigmas creados por otros centros e irrumpir en las zonas cómodas de los hábitos inconvenientes”.

Redescubrir los principios y valores universales, asumirlos como propios, y hacer un esfuerzo consciente todo el tiempo, en cada acto que se realice, para actuar con base en ellos, así como practicar la solidaridad y el altruismo, son cuestiones básicas para trabajar en la sabiduría y la humildad. No se olvide que al final de cuentas de ello depende que una vida tenga sentido más allá de su sola existencia o carezca de él; que figure o desfigure sombras.
28 Marzo 2017 04:00:00
Nada humano debe sernos ajeno
“Nadie experimenta en cabeza ajena”. Esta frecuente afirmación, leída con rigor, a pie de puntillas, parece ser cierta. Se vislumbra imposible o por lo menos difícil sentir (en su justa dimensión y medida) aquello que no se padece o disfrutar lo que no se vive. En su investigación sobre el conocimiento humano, David Hume señala que “todo el mundo admitirá sin reparos que hay una diferencia considerable entre las percepciones de la mente cuando un hombre siente el dolor que produce el calor excesivo o el placer que proporciona un calor moderado, y cuando posteriormente evoca en la mente esta sensación o la anticipa en su imaginación”. Ni siquiera lo vivido en carne propia se percibe del mismo modo al sucederse que cuando se le recuerda.

Sin embargo, existe una facultad o capacidad inherente a los humanos que les permite formarse una idea, en ocasiones casi fiel, de lo que significa, causa y produce la naturaleza y el comportamiento, aun sin haberlo experimentado. Se trata del “entendimiento”. No muchas palabras poseen definiciones literales tan ricas como esta (las definiciones que se encuentran en los diccionarios suelen ser escuetas o ambiguas). Por ello, vale la pena retomarlas todas. Entendimiento (RAE, 2017): “potencia del alma, en virtud de la cual concibe las cosas, las compara, las juzga, e induce y deduce otras de las que ya conoce”; “alma, en cuanto discurre y raciocina”; “razón humana”; “buen acuerdo, relación amistosa entre los pueblos o sus gobiernos”, e “inteligencia o sentido que se da a lo que se dice o escribe”.

El entendimiento, por ser esencial para la convivencia y el desarrollo de los seres humanos, y por estar inevitablemente presente o ausente en todos los momentos de evolución y de involución de la historia, ha sido objeto de estudio desde tiempos muy remotos. En su Ensayo sobre el entendimiento humano (1690), John Locke escribió que “el entendimiento, como el ojo que juzga los objetos, sólo con mirarlos, no puede por menos que alegrarse con las cosas que descubre, sin sentir pena por lo que se le escapa, ya que lo desconoce”. En ese mismo sentido, reconoció que “el entendimiento es lo que sitúa al hombre por encima de los seres sensibles y le concede todas las ventajas y potestad que tiene sobre ellos”.

A lo largo de los siglos, las sociedades han reflexionado con respecto al uso del entendimiento. Gracias a él ha sido posible, por ejemplo, encontrar soluciones a enfermedades, conflictos armados y desacuerdos sociales que parecían insuperables. En la medida en que las personas, familias y comunidades han trabajado en el entendimiento, han logrado una vida mejor, pues este permite vislumbrar y sentir el dolor, la dicha, carencia, precariedad, abundancia, estabilidad y, en general, las circunstancias ajenas, aun sin haberlas constatado o comprobado. Esto es así en virtud de que el entendimiento es el puente que conecta todos los hemisferios.

Tal ha sido la preocupación para alcanzar y asegurar el entendimiento que algunos grandes pensadores han propuesto alternativas propias de destacar, a fin de evitar una concepción y estimación indebidas e inconvenientes de las cosas, lo que lo dificulta. “Tomás Moro sugería que a la gente se le debería forzar a abandonar sus casas para que no se emocionaran con los objetos y recuerdos acumulados”, Eduardo Punset (2005).

Es por eso, porque la humanidad aún se halla lejos de lograr un entendimiento tal que se traduzca en el respeto irrestricto de la dignidad de todos los iguales, y porque el desacuerdo y la desavenencia de unos y otros amenazan constantemente a todos, que no deben escatimarse esfuerzos ni recursos en perfeccionarlo. Ello conlleva, entre más, vivir con un elevado grado de conciencia y humildad, dominar los impulsos y desterrar las costumbres que desvalorizan a las personas, que las niegan al desconocer, ignorar o permanecer indiferentes frente a sus condiciones, requerimientos y expectativas.

De acuerdo con un artículo de PlayGround (mayo, 2016), “al valorar a personas que acabamos de conocer, a menudo somos víctimas de nuestros propios mecanismos psicológicos”. Frente a ello, en esta publicación se comparten algunos “trucos para entender mejor a las personas”, que consisten en: 1. Tomar en cuenta los “condicionales situacionales”, es decir, la situación particular en la que se encuentra cada persona con la que nos relacionamos, para no valorarlas inadecuadamente; 2. Ir revisando nuestros juicios (consideraciones y opiniones) sobre las personas, conforme interactuamos con ellas; 3. Evitar juzgarlas por su apariencia física y/o por la similitud de sus rasgos, bagaje cultural o personalidad con los nuestros; 4. No generalizar y lograr que las experiencias del pasado no condicionen negativamente la imagen y actitud que tenemos con respecto a alguien, y 5. Realmente asimilar que el resto de las personas no piensan como nosotros ni tienen nuestras mismas preferencias , “es decir, darle a la gente la oportunidad de hacerte saber que su zona de confort es distinta a la tuya”.

“Nada de lo humano me es ajeno” es, más que una simple frase, una profunda reflexión con una enorme carga de aceptación personal y reconocimiento social; con ella, Publio Terencio (190-159 a.C.), quien fue hombre libre antes y después de ser esclavo, capturó para la posteridad un aspecto esencial de la naturaleza humana: la igualdad como origen y fin del entendimiento.
07 Marzo 2017 04:00:00
‘La dignidad de las mujeres’ va mucho más allá de tenerla
“Estas conductas sin dignidad son impuestas a las mujeres por la tiranía de algunos hombres”. Es Simone de Beauvoir, en 1975. Se refiere a las actividades históricamente asignadas, de modo injusto (por esencialmente irracional), a las mujeres; en específico, en cuanto a la exclusividad en los cuidados del hogar y la educación de los hijos, en general, su sometimiento a la “autoridad” de los hombres (y de las sociedades).

El 8 de marzo ha sido designado como Día Internacional de la Mujer. El objeto de que exista una fecha dedicada a ellas no es para festejarlas (lo que, por supuesto, jamás será ocioso), tampoco para conmemorar algún acontecimiento histórico en particular, aunque sí hubo varios que justificaron esta fecha y que la hicieron tan significativa y trascendente. Más bien el origen y la causa de que, por más de 100 años, se haya mantenido en el calendario este día internacional es, como en otros temas, la necesidad de fomentar el entendimiento y fortalecer la conciencia acerca del valor de la mujer, su dignidad y las manifestaciones de esta.

Para este año, Naciones Unidas ha determinado que el tema es “Las mujeres en un mundo laboral en transformación: hacia un planeta 50-50 en 2030”. La exclusión, discriminación y el maltrato laboral que afecta a las mujeres es un problema grave cuya solución nos corresponde a todas las personas. El llamado de la ONU a las sociedades del mundo y sus gobiernos, es a cumplir una serie de compromisos previamente pactados en materia de igualdad de género, empoderamiento y derechos humanos de las mujeres.

Tales compromisos se sintetizan en los objetivos clave trazados en la Agenda 2030. Entre estos se encuentran: “poner fin a todas las formas de discriminación contra todas las mujeres y las niñas en todo el mundo”, “eliminar todas las formas de violencia contra todas las mujeres y las niñas en los ámbitos público y privado, incluidas la trata y la explotación sexual y otros tipos de explotación”, y “eliminar todas las prácticas nocivas, como el matrimonio infantil, precoz y forzado y la mutilación genital femenina”.

Desterrar estas prácticas es básico para asegurar a las mujeres el respeto pleno de su dignidad. Hablar de la dignidad de las mujeres no es hacerlo de un rasgo o de una característica abstracta, por el contrario, es hablar de cuestiones tan concretas como las que más influyen en su vida diaria; es hablar del reconocimiento de derechos humanos y de la garantía de la existencia de las condiciones para que puedan ejercerlos.

Hugo Ramírez nos recuerda que, partiendo de la realidad de que todos los seres humanos -todos, sin importar su sexo, género ni orientación sexual- poseen idéntico valor, “el objeto de los derechos humanos será la persona en cuanto su dignidad, sus manifestaciones básicas y, de alguna manera, las condiciones necesarias para que esta se realice”. Este profesor de derechos humanos advierte que “la dignidad nunca se da ‘químicamente pura’, sino que se descubre, expresa y realiza”. En efecto, “el objeto de los derechos humanos será todo aquello que manifieste, proteja y permita realizar la vocación a la dignidad de la persona”.

Es fundamental no perder de vista que “la dignidad de las mujeres” va mucho más allá del hecho de admitir que la tienen. Implica identificar, no perder de vista e influir positivamente en aquellos aspectos y situaciones de su vida en donde se manifiesta tal dignidad, como algo tangible y cotidiano, indisoluble a ellas. Hugo Ramírez comparte un catálogo de Marta Nussbaum con las características de la condición humana que permiten tener una vida digna: vida; salud corporal; integridad corporal; sentir, imaginación y capacidad de razonamiento; emociones; razonamiento práctico; afiliación (tanto para vivir e interactuar con otros, como para el auto-respeto y no ser humillados); otras especies (para vivir adecuadamente en relación con la naturaleza); juego, y control sobre nuestro entorno. Asimismo, Ramírez incluye como ámbitos de alto impacto en la dignidad de las personas el de los oficios (rol social que implica una tarea en la sociedad) y el de la cultura (como modelo de conducta personal y colectiva dignas que generan identidad objetiva).

Con respecto a la convocatoria de Naciones Unidas a transformar el mundo laboral para asegurar la efectividad de las libertades de las mujeres y encaminarnos hacia un mundo con mayor igualdad sustantiva, es importante conocer los objetivos en la materia contenidos en el informe El Progreso de las Mujeres en el Mundo 2015-2016 (ONU Mujeres, 2016). Aquí seis básicos: 1. Trabajo bien remunerado compatible con una responsabilidad compartida en cuanto al trabajo no remunerado (el del hogar); 2. Que les permita tiempo para el ocio y el aprendizaje, así como ingresos para un nivel de vida adecuado; 3. Incremento de la participación de las mujeres en la población activa; 4. Trabajos seguros, con protección y bien remunerados; 5. Homologación de los ingresos por el trabajo realizado, y 6. Oportunidades educativas (de calidad) igualitarias. De ello depende en mucho que las mujeres tengan o no una vida con dignidad.
21 Febrero 2017 04:00:00
Se puede vivir sin saber futbol, pero no sin ética
Es momento de voltear hacia la ética. De tomarla en cuenta. En serio. No como ciencia, doctrina u objeto de estudio; ya no más sólo como materia de escuela o adorno de discursos. Es hora de que todas las personas -sin excepción- reflexionen, sean autocríticas y cambien actitudes a partir de realmente entender el papel de la ética en el día a día; su importancia e impacto en la vida de las personas, las familias y las sociedades.

Es un hecho que la humanidad ha avanzado en la conquista y defensa de nuevos valores y derechos, pero también lo es que no ha sido suficiente para asegurar el respeto de la dignidad, lo que debe incluir, entre más, hacer propios la necesidad y el dolor ajeno, sentirlos. La gran mayoría de los humanos saben lo que es bueno y lo que es malo, lo que está bien y lo que está mal. Y, no obstante. continúan cobijando pensamientos y realizando acciones que dañan a los demás. Poner fin a esa situación no es una utopía; no tendría por qué serlo, ya que la conciencia y el entendimiento están en la naturaleza del hombre.

¿Cómo lograrlo? ¿Cómo resolver el odio, los abusos, la indiferencia? La respuesta está en la ética. ¿Y qué es la ética? En palabras de Adela Cortina, a la ética “le ocurre lo que a la estatura, al peso o al color, que no se puede vivir sin ellos”. De acuerdo con esta experta en el tema, la ética es algo que todas las personas poseen: “no hay seres humanos amorales, situados más allá del bien y del mal, sino que somos inexorablemente, constitutivamente morales”.

La ética, “lo recto”, “lo que trata del bien y del fundamento de sus valores” (RAE, 2017), se presenta como una opción, quizá la única, para enfrentar con éxito los grandes retos actuales. Casi todos los países y sus sociedades han logrado, si no combatir, sí contener, hasta cierto punto, el aumento de la pobreza, la desigualdad, la desnutrición, los conflictos armados, las enfermedades, la exclusión educativa y del deterioro del medio ambiente. Sin embargo, evidentemente el ritmo ha sido insuficiente y a la lista de los retos históricos se han ido incorporando otros, muchos derivados de la globalización, las nuevas tecnologías y la conectividad.

El reconocimiento y la adopción de valores, así como la formación de hábitos y costumbres son esenciales para el dominio de la ética, de una acorde con las exigencias mínimas de la consideración y del trato entre los que son iguales, una de las cuales -después de la conciencia y la empatía- es el respeto, el cual es debido a todas las personas, sólo por serlo, sin importar el nivel de agrado o simpatía que se les guarde (el respeto no “tiene que ganarse”, viene dado con la vida, por lo que se le debe a todo el mundo). Para el profesor Julio de Zan, “la ética alude a una concepción de la buena vida, a un modelo de la vida virtuosa y a los valores vividos de una persona o una comunidad”, pues la ética –precisa- “se interesa por el bien o el ideal de la vida buena y de la felicidad”.

Profundizar en la idea de que son los valores lo que nutre la ética de una sociedad, conduce a la necesidad de reconocer –otra vez- la actual crisis de valores que enfrenta la sociedad mexicana (provocada por ella), y no porque sea nueva, sino porque ha escalado a niveles alarmantes y está costando mucho. Algunos ejemplos que acreditan tal situación son el bajo nivel de participación de los mexicanos como voluntarios en actividades solidarias; la creciente desconfianza entre todos; la predominancia de las preocupaciones económicas sobre las debidas a violaciones de derechos humanos; el aumento de la indiferencia (que en ocasiones se disfraza de tolerancia), y el incesante rechazo a la diversidad.

En Ética para Amador, Fernando Savater reflexiona acerca de lo prescindible que son ciertas cosas, conocimientos y habilidades en la vida: “se puede vivir sin saber astrofísica, ni ebanistería, ni futbol, incluso sin saber leer ni escribir…”; pero también de lo imprescindible que resultan otras, entre ellas, las que derivan de la ética y la moral: “saber lo que nos conviene, es decir: distinguir entre lo bueno y lo malo, es un conocimiento que todos intentamos adquirir -todos sin excepción- por la cuenta que nos trae”.

Ahora bien, ¿cómo trabajar en la ética? Cortina sugiere una serie de acciones encaminadas a hacer fecunda y sacar el mejor partido posible de nuestra capacidad moral, para obtener un buen rendimiento ético: abaratar costes y crear riqueza (un mundo más barato en dinero y sufrimiento); labrarse un buen carácter; querer cuidar (cuidar de sí mismos y cuidar de otros); transitar del egoísmo estúpido a la cooperación inteligente; conquistar solidariamente la libertad; reconocer y estimular lo que vale por sí mismo; ser profesionales, no sólo técnicos; construir una democracia auténtica; conjugar justicia y felicidad. He aquí la apuesta por la ética, y la forma de ganarla.
13 Febrero 2017 04:00:00
El desafío de la unidad en tiempos de desconfianza
En las semanas recientes Donald Trump unió a los mexicanos, de forma mediática y superficial, pero lo hizo. Las declaraciones y –por si había dudas– las primeras acciones radicales del nuevo presidente estadunidense generaron una oleada de expresiones nacionalistas de una magnitud que hace tiempo no se percibía en México. Las redes sociales, sobre todo WhastApp y Facebook, se convirtieron en el canal ideal para externar “el orgullo por ser mexicanos y la defensa de la dignidad nacional”.

Líderes de opinión, dirigentes de organizaciones de la sociedad civil y políticos se percataron de la ciber-protesta colectiva y no desaprovecharon la oportunidad para hacerla suya y congraciarse con los ciudadanos. Lo que, a diferencia de algunos críticos que casi todo lo ven mal, a quien comparte esta modesta reflexión, le parece una iniciativa valiosa (considero que cualquier intento por ejercitar la conciencia y fortalecer la identidad nacional vale la pena, aunque, como se ha precisado, no sea estructural).

Dos ejemplos de esa influencia de la comunidad virtual sobre la material, fueron, por una parte, los discursos pronunciados por representantes de los Poderes federales en la celebración del Centenario de la Constitución mexicana el pasado 5 de febrero, los cuales tuvieron como común denominador el llamado a la unidad; por la otra, las marchas convocadas para este pasado fin de semana por Mexicanos Unidos y Vibra México, en contra de las decisiones (agravios) de Trump y, ya de pasada –aprovechando– para manifestar su desacuerdo con el Gobierno mexicano (pareciera que “marcha que no ataca al gobierno no es marcha”).

Sin embargo, esa convocatoria a la unidad nacional se da en un contexto que dificulta su éxito real y sobre el cual, por ende, es necesario reflexionar: la creciente desconfianza entre los mexicanos. Cuestiones como la inconformidad social generada por la condena hasta ahora insuperable de la pobreza y la desigualdad, la decepción de la alternancia política, así como la creciente desinformación y manipulación que tienen lugar a través de las redes sociales, han mermado la confianza de los mexicanos en las instituciones, sí, pero también entre los mismos mexicanos (al interior de las familias, con respecto a los vecinos, frente a los compañeros de escuela y trabajo, y ni qué decir en relación con los desconocidos).

De acuerdo con la encuesta “México: confianza en instituciones 2016” (Mitofsky), “por séptimo año consecutivo la tendencia promedio de confianza en las instituciones mexicanas es a la baja, sufriendo en 2016 su mayor disminución y por primera vez son calificadas debajo de 6 en promedio (escala de 0 a 10) por lo que puede clasificarse en el nivel de “confianza baja”.

Según la Encuesta Nacional de Identidad y Valores (UNAM, 2015), el 80% de los mexicanos está de acuerdo o de acuerdo en parte, en que “la gente se interesa sólo en su propio bienestar”, mientras que el 52% está en desacuerdo o en desacuerdo en parte en que “la mayoría de la gente es honrada y se puede confiar en ella”.

Trabajar en la recuperación o conquista de la confianza es una tarea fundamental para lograr la tan anhelada –y necesaria– unidad. En términos del diccionario (RAE, 2017), “unidad” es la “propiedad de todo ser, en virtud de la cual no puede dividirse sin que su esencia se destruya o altere”. Lograr que su esencia su fusione requiere, por principio de cuentas, que los mexicanos renueven su pacto entre sí, sobre la base de la seguridad mutua y con la firme esperanza de que nos serán defraudados por sus iguales.

Para alcanzar una confianza sólida que vigorice primero la unidad familiar, después la unidad social y, finalmente, la unidad nacional, y que ésta se convierta en un mecanismo de defensa efectivo frente a las amenazas y los embates del exterior, es necesario que los mexicanos practiquen con mayor frecuencia y congruencia algunos valores esenciales. ¿Cuáles?

Aquí cinco: 1) Conciencia, porque, como lo advirtió hace mucho tiempo Immanuel Kant, “la conciencia de mi propia existencia es al mismo tiempo una conciencia inmediata de la existencia de otras cosas fuera de mí”. 2) Humildad y empatía, para entender las emociones, los sentimientos, las limitaciones y los alcances de los otros, a los que no debe dejarse de ver como iguales, a fin de reconocer su dolor, motivarles y ayudarles. 3) Respeto, aceptando que las diferencias son propias de la especie humana; “nuestra capacidad para alcanzar la unidad en la diversidad será la belleza y la prueba de nuestra civilización”, compartió Gandhi. 4) Amor, sin perder de vista que, como lo señaló Teresa de Calcuta, “el amor comienza en casa, y no es tanto cuánto hacemos, sino cuánto amor ponemos en las cosas que hacemos”. 5) Fraternidad, para no ser egoístas, no dañar ni desentenderse de los demás, pues comprender que todos somos semejantes y que pretendemos sustancialmente los mismos fines, como la felicidad y el éxito, es indispensable para compadecernos y solidarizarnos con los demás; para unirnos.
06 Febrero 2017 04:00:00
10 reflexiones a los 100 años de la Constitución mexicana
No se puede apreciar, honrar, asumir como propio, criticar seriamente o negar aquello que no se conoce. Así que, a manera de repaso o revelación, he aquí 10 reflexiones con motivo del Centenario de la Constitución mexicana:

1. Una Constitución es un acuerdo político formal sobre el que se edifica un país y a partir del cual se desarrolla una sociedad. Una de las definiciones de “Constitución” más empleada es la de Ferdinand Lassalle (1862): “la suma de los factores reales de poder que rigen en un país”. De acuerdo con Lasalle, se trata de aquellos elementos, causas y aspiraciones que los miembros de una sociedad estiman valiosos y, por lo tanto, deben ser reconocidos y tutelados como tales, precisamente, por medio de una Constitución.

2. Nuestro país ha tenido varios documentos fundantes y constituciones. Su contenido ha dependido del momento histórico en el que han sido redactados. Entre los de mayor trascendencia pueden citarse: el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana (1814), el Acta Constitutiva de la Federación (1824), la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos (1824), la Constitución Política de la República Mexicana (1857) y la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (1917), la cual se encuentra vigente.

3. La de 1917 no pretendía ser una nueva Constitución, pues, en palabras del mismo presidente Venustiano Carranza, la intención era contar con una Constitución reformada; su propósito y el de los constituyentes era modificar la Constitución de 1857. Esto toda vez que a eso se había comprometido formalmente Carranza, quien reconocía el valor de la ley fundamental entonces vigente.

4. Con frecuencia suele señalarse que la Constitución de 1917 fue la primera constitución social del siglo 20 a nivel mundial. Es cierto. Fue pionera en incluir expresamente los denominados derechos sociales, entre los que se encuentran el derecho a la educación, la salud, al trabajo y a la vivienda. Con las transformaciones de 1917, en México se inauguró el llamado constitucionalismo social, especialmente “al elevar al nivel de normas fundamentales a los derechos de los grupos sociales desprotegidos y marginados, es decir, campesinos y obreros”, según Héctor Fix Zamudio.

5. La Constitución mexicana, como otras de su tipo, está conformada por normas que contienen sustancialmente disposiciones de dos clases. Por una parte, las orgánicas, las cuales tienen el propósito de establecer la división de funciones entre los Poderes del Estado, la organización del Gobierno y las competencias entre los distintos órdenes. Por la otra, las dogmáticas, mediante las cuales se reconocen y garantizan los derechos de todas las personas (los derechos fundamentales, llamados así por estar recocidos en la ley fundamental, o sea, en la Constitución).

6. La Constitución mexicana tiene 136 artículos, los mismos 136 que tenía en 1917 (pero ahora muchos de ellos con una redacción más amplia), divididos en nueve títulos. Con frecuencia se señala que la referida parte dogmática comprende los primeros 29 artículos y la orgánica, los restantes. Esto es impreciso, pues, debido a que en muchas ocasiones no se han empleado técnicas de reforma y adición adecuadas, actualmente se advierten la existencia de ambas disposiciones dispersas a lo largo de todo el texto que conforma la Constitución.

7. A pesar de que, como se ha precisado, muchos de los cambios a la Constitución no se han realizado de la mejor forma, es innegable que de 1917 a 2017 la Constitución ha evolucionado. Hoy en día se encuentran reconocidos en ella una gran cantidad de principios y derechos que estaban ausentes en sus orígenes y que han posibilitado grandes logros y avances. Tres ejemplos de ello son la reforma agraria, la calidad de ciudadanía de la mujer (y, por ende, su derecho a votar y ser votada), y la planeación democrática constitucional.

8. En la Constitución se encuentran reconocidos principios, derechos, garantías y medios de reclamación. Los principios pueden ser definidos como las bases que orientan la actuación de las autoridades y los particulares; los derechos, como las facultades y prerrogativas que poseen las personas; las garantías, como las promesas que el Estado (sociedad y Gobierno) realizan a quienes lo conforman de que habrán de generarse, mantenerse y perfeccionarse las condiciones para que puedan ejercerse los derechos, y los medios de reclamación, como los instrumentos para acceder a la justicia y asegurar el estado constitucional de derecho.

9. Probablemente el cambio de mayor impacto en nuestra ley fundamental desde 1917 fue el promulgado en junio de 2011, cuando, entre más, se reconocieron los derechos humanos de todas las personas; los de fuente nacional, internacional y, lo más valioso, aquellos que, por su efecto en la dignidad humana, deben ser tratados como tales. En este momento de la historia se desbordó la Constitución al abrir la puerta al derecho internacional de los derechos humanos, así como al reconocer dos principios y sistemas de interpretación: el principio pro persona y la interpretación conforme.

10. Después de celebrar el Centenario de la Constitución mexicana, es vital no perder de vista el reto para las décadas venideras: su vigencia, conservación y fortalecimiento –lo que se traduce en el desarrollo libre, armónico y pleno de las personas bajo su manto protector, así como en la concreción del proyecto de Nación en ella comprendido–, dependen de que los mexicanos conozcan su contenido, lo cumplan y defiendan. No se olvide que lo primero que se requiere para que el derecho de una persona sea respetado es la voluntad de otra para cumplir con la obligación de hacerlo.
30 Enero 2017 04:00:00
La incapacidad de entender la discapacidad
¿Cuántas veces nos hemos detenido a reflexionar sobre la realidad en que viven las personas con discapacidad? ¿Con qué frecuencia ayudamos a una persona en silla de ruedas, con debilidad visual o alteración mental? ¿Cómo contribuimos a combatir los obstáculos que no les permiten vivir y desarrollarse libremente (desde los más básicos, como un bote de basura a la mitad de la banqueta, hasta los más difíciles de erradicar, como los prejuicios sobre sus capacidades)? Las personas que presentan alguna discapacidad, sus familiares y quienes los atienden, diariamente enfrentan limitaciones que deben hacernos reflexionar.

Con frecuencia, las personas cuidadoras no sólo asisten física y emocionalmente a seres queridos con alguna discapacidad, sino económica y socialmente, lo que representa una carga de trabajo, sacrificios y una calidad de vida baja. Tales adversidades son injustas. Y lo son porque, al igual que con respecto a otros grupos en situación de vulnerabilidad, la defensa de su dignidad compete a todos y, no obstante, casi todos permanecen indiferentes.

En términos de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (impulsada por un mexicano, Gilberto Rincón Gallardo, y que ha tenido una influencia destacada en varios países), “las personas con discapacidad incluyen a aquellas que tengan deficiencias físicas, mentales, intelectuales o sensoriales a largo plazo que, al interactuar con diversas barreras, puedan impedir su participación plena y efectiva en la sociedad, en igualdad de condiciones con las demás”.

Según la Organización Mundial de la Salud, más de mil millones de personas, 15% de la población mundial, presentan alguna forma de discapacidad. De acuerdo con el Programa Nacional para el Desarrollo y la Inclusión de las Personas con Discapacidad 2014-2018, con base en información del INEGI, en México casi 8 millones de personas, cerca del 7% de la población total, presenta dificultad (discapacidad) para realizar al menos una de estas actividades: caminar, ver, escuchar, hablar o comunicarse, poner atención o aprender, atender el cuidado personal y mental. Y hay quienes sostienen que la cifra de mexicanos con discapacidad se encuentra muy por encima de la consignada oficialmente.

Aunque el número de personas con discapacidad es elevado (y va en aumento), más relevante que el aspecto cuantitativo, lo es el cualitativo. Esto es así ya que, como se ha puntualizado, en cada uno de esos casos, la persona con alguna discapacidad y quienes le auxilian enfrentan barreras infranqueables que impiden que, más allá de lo que se dice en la ley, practiquen sus derechos, es decir, en la realidad, se les niega una vida plena.

En México muchas personas y organizaciones sociales, públicas y privadas han realizado acciones para hacer más visibles a las personas con discapacidad, así como los obstáculos que enfrentan. También han impulsado avances muy importantes para reconocer de facto su dignidad. Uno de los tres poderes federales, el Judicial, y más específicamente la Suprema Corte de Justicia de la Nación, ha contribuido significativamente en la materialización de los derechos de las personas con discapacidad y no discriminación.

La autoridad judicial se ha empeñado en garantizar, por una parte, la efectividad de las libertades de los individuos que conforman este grupo, en diversos ámbitos del quehacer humano; por la otra, el ejercicio de su derecho de acceso a la justicia. Ha señalado, por ejemplo, la prohibición de equiparar a las discapacidades con las enfermedades, dándoles por tanto un tratamiento distinto; asimismo, ha reconocido que el hecho de que una persona tenga una discapacidad no debe ser motivo para negarle personalidad y capacidad jurídica, sino que es esencial que cuenta con la posibilidad real de formar y expresar su voluntad y preferencias, con la finalidad de que pueda ejercer su personalidad jurídica en igualdad de condiciones que las demás.

Quizá la más trascedente de las aportaciones de esta institución ha sido la adopción de una definición paradigmática del derecho internacional, el reconocimiento de que las discapacidades no radican en quienes presentan alguna “deficiencia”, sino en las personas y sociedades que no son capaces de asegurarles que, a pesar de su condición particular, puedan ejercer sus derechos: “la discapacidad es un concepto que evoluciona y que resulta de la interacción entre las personas con deficiencias y las barreras debidas a la actitud y al entorno que evitan su participación plena y efectiva en la sociedad, en igualdad de condiciones con las demás” (Artículo 1 de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad).

Las personas con discapacidad tienen los mismos derechos que las personas sin discapacidad. La única diferencia radica en la obligación de estas últimas de generar las condiciones que se requieren para que aquellas también puedan ejercerlos. No perder de vista este hecho es sustancial por tres razones: primero, porque es un deber ético; segundo, porque es una obligación jurídica, y tercero, porque a nadie conviene que no sea así, pues, nadie debe pasar por alto que todas las personas, todas, sin importar el estatus económico, la condición social o cultural, la calidad actual de su salud, todas, son potencialmente personas con discapacidad -las más evidentes, las que llegan con la edad-.

No se trata del “problema de las discapacidades”; se trata del problema de los seres humanos para entender las discapacidades. Para resolverlo es necesario conocerlas, hacer conciencia, respetar y llevar a la práctica aquello que implican los principios relacionados con las personas con discapacidad.
16 Enero 2017 03:50:00
La doble moral y el peligro de no tomarnos en serio
Tener doble moral significa que la actitud al hablar no corresponde con la que se exhibe al actuar; que lo que se dice no coincide con lo que se hace; que las mismas ideas no se aplican con igual rigor en situaciones similares; o bien, que, sin razón, con determinadas personas se tiene un comportamiento axiológico radicalmente distinto al que se tiene con otras. La doble moral es una contradicción pues. Desafortunadamente una contradicción común.

Cuando se afirma que los seres humanos son racionales, lo primero a lo que se apela es a la existencia de la razón, es decir, de la capacidad de discurrir el entendimiento, de pensar, de reflexionar acerca, entre otras cosas y situaciones, de lo que está bien y de lo que está mal. Es mediante el uso, el ejercicio de la razón que se genera la conciencia, el “conocimiento del bien y del mal que permite a la persona enjuiciar moralmente la realidad y los actos, especialmente los propios” (RAE).

¿Por qué, entonces, si las personas tienen razón y conciencia, por qué si conocen lo que está bien y lo que está mal, lo que está medianamente bien y medianamente mal, por qué si lo han constatado, cometen actos y omisiones que afectan a otras personas, a pesar de saber, por ejemplo, que el respeto y la fraternidad son deberes primarios? Se pueden ignorar muchas cosas, algunas básicas como saber escribir o leer, otras complejas como dominar biología molecular o química cuántica, pero difícilmente se ignoran las esenciales, como la importancia de no matar, no robar, no dañar los bienes ajenos y ser amables o ayudar a los demás. Un niño de 5 años sabe que no debe pegarle a otro.

La respuesta es simple: no nos tomamos en serio los unos a los otros o, si se prefiere ver así, nos tomamos muy poco en serio. Conocemos los valores, su significado, implicaciones e importancia, pero muchas veces no tenemos, no hemos identificado, no nos hemos construido los incentivos para observarlos y promoverlos, porque en ocasiones pareciera que da la mismo practicarlos o no. En su libro Ética para Amador, el filósofo Fernando Savater advierte de qué modo “la experiencia de la vida nos revela en carne propia, incluso a los más afortunados, la realidad del sufrimiento”; enseguida explica que “tomarse al otro en serio, poniéndonos en su lugar, consiste no sólo en reconocer su dignidad de semejante sino también en simpatizar con sus dolores, con las desdichas que por error propio, accidente fortuito o necesidad biológica le afligen, como antes o después pueden afligirnos a todos”.

En este sentido, “tomarse al otro en serio” significa verlo, reconocerlo y tratarlo como igual, como idéntico en lo más importante, en la esencia, naturaleza y composición; por ende, en tener necesidades y querer cumplir aspiraciones. Para Savater, “la primera e indispensable condición ética es la de estar decidido a no vivir de cualquier modo: estar convencido de que no todo da igual, aunque antes o después vayamos a morirnos”. Ese es el papel de la conciencia, recordar todo el tiempo a las personas que son iguales a las demás y que por ese motivo les deben igual trato, uno que sea siempre digno.

Reconocer que ese entendimiento debe guiar su vida es sustancial para todos los seres humanos, no sólo para tratar adecuadamente a quienes les rodean, sino para no ignorar su realidad, los obstáculos y las limitaciones que muchos enfrentan y para evitar, a la postre, el peligro de ser ignorados. Para ello hay que desarrollar la capacidad de escuchar, sentir y reaccionar. Lo que muchas veces no se sabe o no se quiere hacer. En Homo Deus, el profesor Yuval Noah Harari explica que “cuando intentamos escucharnos, a menudo nos vemos inundados por una cacofonía de ruidos en conflicto… hay veces en que no queremos oír nuestra auténtica voz, porque puede revelar secretos inoportunos y peticiones incómodas”.

Desafortunadamente, con frecuencia una de esas peticiones incómodas es la de negar a los “otros como yo”; es una resistencia, por momentos inercial, a ponerse en su lugar, a conocerlos y comprenderlos, a empatar con ellos y asumir realmente como propios sus obstáculos; una predisposición a ignorarlos. Esto lo hacen las personas a pesar de saber que está mal, que no es lo correcto, que no es lo que dictan las reglas de la ética. Ahí la doble moral, la que parece no importarle a nadie porque nadie está exento de ella. Así, los seres humanos ponen en riesgo su libre desarrollo, pleno y armónico. Al negar a unos se niegan a todos, a ellos mismos incluso. No se toman en serio.
03 Enero 2017 04:00:00
Ser efectivos, el reto nuestro de cada año
Pasadas las fiestas, felicitaciones y los buenos deseos por las celebraciones decembrinas, de vuelta a la realidad. La Navidad y la llegada de un año nuevo son acontecimientos que casi siempre producen estados de ánimo positivos. El descanso, la convivencia con la familia y los amigos, los regalos, la comida en abundancia y, en algunos casos, la disponibilidad de más dinero que el resto del año, envuelven a las personas en un ambiente reconfortante de paz, alegría e ilusiones.

Después de eso, en los primeros días del año, viene un periodo de reflexión que todavía alcanza a ser permeado por las emociones de las semanas previas, pero que dura poco. Enseguida, como a mediados de enero, se presenta un espacio de varios días y, en el mejor de los supuestos, de semanas, impregnado por la esperanza que produce la preciada oportunidad de iniciar de nuevo, que trae consigo el año que recién ha comenzado. Es este el momento de clarificar los propósitos y de comenzar las acciones que forjen los hábitos que conduzcan a su éxito. Podría afirmarse que se trata de los días del año en donde la humanidad alcanza el grado más elevado de optimismo. Aquí nos detendremos, justo antes de la famosa “cuesta”.

Un buen propósito que englobe a todos los demás que suelen enlistarse para cumplir durante el año nuevo puede ser este: lograr que los 365 días sean como en Navidad; o bien, que las preocupaciones, situaciones, limitantes y los múltiples imprevistos no frustren la paz, el bienestar y la alegría constantes. Vaya, que siempre se esté, por lo menos, bien, y en ocasiones (muchas, si se puede) muy bien. Para ello, vale la pena recordar una lección compartida de modo recurrente por expertos y sabios: no perder de vista que la felicidad debe hallarse en el camino y no en el destino.

Ahora bien, ¿cómo encontrar la felicidad en el camino? La respuesta radica en la forma en que pretenden cumplirse los propósitos. Para ello es esencial ser efectivos, lograr ir más allá de las intenciones para forjar hábitos, alcanzar objetivos específicos y metas parciales, lo que resulta esencial –por motivante– para la satisfacción de los objetivos generales, pero, sobre todo, para, precisamente, hallar la felicidad en el camino y hacer de ella una forma de vida. Cabe aclarar la conveniencia de no entender por “felicidad” la ausencia de problemas ni la sonrisa imborrable en el rostro, sino la existencia de equilibrios que, amén de las tempestades, no perturben el espíritu ni demuelan el ánimo.

La pregunta obligada es, entonces, ¿y cómo ser personas efectivas? Para Stephen R. Covey (1991), los siete hábitos de la gente altamente efectiva son ser proactivo; empezar con un fin en la mente; establecer primero lo primero; pensar en ganar/ganar; procurar primero comprender y después ser comprendido; hacer sinergia, y afilar la sierra. De acuerdo con Covey, “afilar la sierra” significa hacer un alto en el camino, o más bien, hacer altos con frecuencia para reflexionar, repensar y dar expresión a las cuatro dimensiones de la naturaleza humana (equilibrarlas): la física, la espiritual, la mental y la social/emocional. Esto se logra a través de diversas actividades, como hacer ejercicio, controlar el estrés, servir a los demás, sentir empatía, clarificar los valores y comprometerse con ellos, estudiar, meditar, leer, planear y escribir; así como haciendo de cada una de estas actividades una fuente de satisfacción.

En este sentido, es vital que las personas no duden de su capacidad para alcanzar el nivel de efectividad que requieren a fin de concretar sus propósitos. Todas las personas, aunque diferentes y en circunstancias distintas, poseen tal capacidad. Esto es así toda vez que la capacidad depende mucho más de la voluntad que de la inteligencia. Los seres humanos son del tamaño de su voluntad.

Las primeras palabras John C. Maxwell en su libro El Talento Nunca es Suficiente (2007), son: “El talento con frecuencia está sobrevalorado y por lo general mal entendido”. Para este experto en liderazgo, el talento –mucho o poco, el que se tenga– requiere de decisiones y acciones para dar resultados. Estas decisiones pueden potenciar las capacidades, reducirlas y hasta anularlas. Maxwell señala que el reto radica en creer, apasionarse, tener iniciativa, enfocarse, prepararse, practicar, perseverar, adquirir valor, tener disposición de aprender, fortalecer el carácter, relacionarse con otras personas, ser responsables y trabajar en equipo.

Estos consejos pueden ser de gran utilidad para definir los propósitos, encaminarse hacia su cumplimiento y, principalmente, para ser efectivos, es decir, para obtener resultados (la felicidad cotidiana debe ser el primero). Esta cita de Peter Drucker, compartida por Maxwell, sintetiza puntualmente la función de dos ingredientes sustanciales, la pasión y la perseverancia: “la inteligencia, la imaginación y el conocimiento son recursos esenciales, pero sólo la efectividad los convierte en resultados”. Probemos. Finalmente tenemos tantas oportunidades como queremos, pues es falso que estas, las oportunidades, se dan sólo una vez en la vida, siempre están ahí, nada más hay que construirlas, identificarlas y aprovecharlas. ¡Feliz Año Nuevo!
27 Diciembre 2016 04:00:00
¿Quiénes violan los derechos?
El de los derechos es un tema que tiene que ver con todas las personas; con aquellas a las que les interesa y con las que no, con las que conocen su contenido y con quienes lo ignoran. En cuanto a estos dos últimos grupos, es deber de las primeras que las segundas los conozcan y, sobre todo, que les sean respetados al igual que los suyos; pues vivir en sociedad (en común–unión) implica, entre otras cosas, que quienes se encuentran en una posición de ventaja velen por quienes se hallan en desventaja.

Cuando se habla de derechos, y particularmente de derechos humanos, es habitual que se piense que se trata de los derechos de los delincuentes, de los derechos de ciertos segmentos en situación de vulnerabilidad, y/o de aquellos que “solamente” violan o pueden violar las autoridades.

Esa creencia, aunque no es infundada, es errónea. Los derechos humanos (como ya se ha precisado en otras ocasiones en este espacio) son los derechos de todas las personas que, por su impacto en la dignidad –su trascendencia–, requieren de protección y garantías especiales.

En efecto, los derechos humanos no sólo deben ser respetados por la autoridad y no es esta la única susceptible de transgredirlos; también deben ser respetados por las personas en posición de particulares y, de hecho, son estas quienes principalmente los transgreden. Así es: los transgresores más frecuentes de los derechos son los particulares.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Derechos Humanos, Discriminación y Grupos Vulnerables (UNAM, 2015), los cinco derechos humanos que los mexicanos sienten que mayormente les han sido vulnerados en el último año son: expresarse libremente; recibir un salario digno; ser tratado con dignidad y respeto, independientemente del sexo, raza u otra condición; acceder a la atención a la salud, y que se respete su vida privada. No es necesario hacer un análisis profundo para percatarse de que tales libertades pueden y son violentadas muchas más veces por los particulares que por las autoridades.

Según el Informe de País México, Situación de Derechos Humanos en México (Comisión Interamericana de Derechos Humanos, 2015), entre los delitos y las situaciones en las que más afectan derechos humanos en nuestro país, se encuentran las desapariciones, las desapariciones forzadas, la tortura, las ejecuciones extrajudiciales, el acceso a la justicia y aquellas transgresiones cometidas en contra de personas que se encuentran en situación particular de vulnerabilidad (mujeres, pueblos y comunidades indígenas, personas LGBTI, niñas, niños y adolescentes, y migrantes y desplazados). Sin embargo, los delitos considerados como de alto impacto en México, con mayor incidencia, son: homicidio doloso; homicidio culposo; secuestro; extorsión; robo con violencia, y robo de vehículo (Observatorio Nacional Ciudadano, Seguridad, Justicia y Legalidad, 2015).

Si bien el primer grupo de delitos son graves porque, además de la magnitud del daño, en prácticamente todos ellos participan autoridades (a quienes se les asigna una encomienda y un salario para hacerlos efectivos y no para anularlos); en el caso de los segundos (los identificados como de alto impacto), estos son cometidos por particulares. Es decir, como ya se ha precisado, no solamente las autoridades violan derechos humanos, sino que también lo hacen las personas, desde su esfera privada.

Esta realidad ha hecho que los ciudadanos no nada más confíen poco en las autoridades, sino también en los demás ciudadanos, en sus iguales. Diversas encuestas y estudios han demostrado que existe una gran desconfianza de los mexicanos con respecto a la actuación de las autoridades. Cuando se les preguntó, por ejemplo, qué tanta confianza les inspira los jueces, el 60% respondió que poco o nada (UNAM, 2015). Pero lo mismo pasó del otro lado, en cuanto a las relaciones entre particulares. La gran mayoría de los mexicanos, el 80%, está de acuerdo o de acuerdo en parte en que “la gente se interesa sólo en su propio bienestar”; en tanto que más de la mitad de ellos, 52%, está en desa-cuerdo o en desacuerdo en parte con la idea de que “la mayoría de la gente es honrada y se puede confiar en ella” (UNAM, 2015).

Conocer y admitir que los principales infractores de derechos son los mismos individuos, desde su posición en la sociedad (los profesionistas, empleados, empresarios, amas de casa, estudiantes, obreros, campesinos, etc.) es sustancial para la reflexión, preocupación, autocrítica, el cambio de ideas, actitudes y costumbres. El problema no son las autoridades ni los políticos, los policías ni los líderes sindicales; son los ciudadanos que, ya sea desempeñándose como autoridades, políticos, policías, líderes sindicales o así nada más, como ciudadanos, como particulares, muchas veces desconocen los derechos y sus implicaciones, y/o carecen de ciertos valores humanos fundamentales, lo que ha conformado sociedades con culturas que se caracterizan por un tener un bajo nivel de consideración y respeto a la dignidad.

Para hacer evolucionar la cultura social debe comenzarse por transformar positivamente la cultura personal. Para ello es básico estar conscientes de que los delitos y las faltas más lacerantes tienen su origen en pequeñas conductas (acciones y omisiones) cotidianas, como discriminar, tolerar las ofensas a los demás, no denunciar, carecer de interés y no participar en la política, corromper, y no hacer nada para contribuir a que todas las personas puedan ejercer sus derechos sin limitaciones ni condicionantes, como lo son la situación económica y cultural, la educación, las discapacidades, el sexo, el género, la orientación sexual, las ideas y opiniones, el origen étnico o nacional y la religión.
19 Diciembre 2016 04:00:00
La mala costumbre de intentar complacer a todo el mundo
Las personas suelen empeñarse en complacer a los demás, muchas veces a costos desproporcionados que, por lo mismo, resultan inconvenientes. Ya sea por afecto, solidaridad, compromiso, temor, por necesidad de reconocimiento, de demostración o por otras razones, es común que las personas se esfuercen para agradar, producir satisfacción y placer, e impresionar –de forma directa o indirecta– a otras. Lo que no siempre es positivo, se requiere ni se justifica.

De acuerdo con Raúl Barral, en su libro La Enfermedad de Complacer a los Demás, la doctora Harriet B. Braiker señala que las causas por las que los seres humanos son complacientes, se dividen en tres grupos: “Los esquemas mentales o formas distorsionadas del pensamiento, los hábitos o conductas compulsivas y los sentimientos o emociones que despiertan temor”. En este sentido, explica que detrás de los seres extraordinariamente complacientes se oculta la urgente e incesante necesidad de blindarse contra el rechazo, así como la predisposición a evitar sentimientos incómodos. Es decir, de acuerdo con esta idea, las personas que siempre acceden a lo que las otras desean y que consideran que puede serles útil o agradable, muchas veces lo hacen por temor a la negación o a la crítica.

Para el experto en desarrollo humano Alejandro Meza (Forbes, 2016), es relativamente sencillo percatarse del grado de complacencia propio: “Mídete: a) Si decir que ‘sí’ o decir que ‘no’ te provoca culpa, b) Si descubres que constantemente dices que ‘sí’ a todo, aun cuando te implique problemas de distinta índole, y c) Si puedes decir que ‘no’ pero después te sientes mal y buscas resarcirlo con la persona; entonces tienes un problema de comunicación asertiva derivado de: una baja autoestima, una falta de conocimiento respecto a la forma de comunicar tus deseos, y/o de miedo a faltar a la autoridad”.

Ser amable e intentar ser útil a alguien, no sólo está bien, sino que es un deber humano básico. Pero ser complaciente al extremo siempre, a cualquier costo, sin medida ni control, no. Dar prioridad a intereses, anhelos y exigencias de otras personas, acceder siempre a sus deseos de un modo compulsivo, sacrificando la salud, el bienestar, la paz y felicidad propia, puede generar consecuencias negativas con un alto –y en ocasiones irreversible– costo personal y familiar.

Según Barral, para la doctora Braiker las personas complacientes tienen una serie de mandamientos que motivan y guían sus acciones como: “siempre debería hacer lo que quieren, esperan o necesitan los demás”, “debería escuchar en todo momento los problemas de todo el mundo e intentar resolverlos”, “siempre debería dar prioridad a las otras personas”, “nunca debería desilusionar a nadie ni abandonar en ningún sentido a los demás”, y “no debería agobiar a los demás con mis necesidades o problemas”. Frente a ello, precisa que el reto consiste en “eliminar la mayor cantidad posible de ‘debería’ de su pensamiento”. De lo contrario será imposible disminuir o controlar los altos niveles de estrés y tensión que produce el intentar satisfacer los requisitos y las expectativas externas; la costumbre de tratar de quedar bien con todo el mundo todo el tiempo.

Entre las sugerencias de diversos especialistas en este fenómeno psicológico-emocional, antes de intentar complacer a alguien, es importante reflexionar, por lo menos, sobre los siguientes cuestionamientos y responderlos de modo racional: ¿Realmente la persona, personas y/o la situación en la que se piensa intervenir lo ameritan (vale la pena)? ¿Se trataría de un acto realmente genuino? ¿Se contempla la posibilidad de hacerlo por generosidad, insatisfacción, temor o coacción? ¿Qué pesa más: las ganas de querer hacerlo o lo que otras personas pensarán si no lo hago?

Hay que vivir para servir, para ello es esencial pensar y actuar en función de los demás, pero no para buscar su aprobación, satisfacción o reconocimiento, más bien por conciencia humana y convicción propia, para no dañar la dignidad y, hasta donde sea posible, para contribuir en el desarrollo pleno de todos.

Por otra parte, es fundamental no dar a las ideas, acciones y opiniones de las demás mayor importancia o trascendencia de la que tienen. No debe olvidarse que, por lo general, las personas dan su parecer, se dan la vuelta y continúan con sus vidas. Complacer no está mal, lo que puede estarlo es lo que motiva a hacerlo, lo que implica, su forma y medida.
14 Diciembre 2016 04:00:00
Las lecciones son más efectivas con hechos reales
“No es suficiente dar a los niños conferencias sobre los valores: necesitan practicarlos, lo que ocurre cuando los niños construyen las habilidades sociales y emocionales esenciales. En este sentido, la alfabetización emocional corre pareja con la formación del carácter, del desarrollo moral y de la conciencia ciudadana”. Esta reflexión de Daniel Goleman, la cual forma parte de su ensayo sobre la inteligencia emocional, sintetiza con brillantez la importancia de que los menores conozcan los valores, descubran su significado y palpen su importancia a partir de vivencias; de casos en los que se les involucre.

Traigo a cuento esta cita porque ayer, durante el Kilómetro del Juguete, la colecta decembrina que organizamos en Generación en Marcha, constatamos un hecho que amerita ser compartido. Como cada año, muchos de los donadores son niños, quienes, por lo general, acompañados de sus papás o alentados por sus maestros, se desprenden de algunos juguetes –sus tesoros más preciados– para que sean regalados a niñas y niños en situación de pobreza. Como conocen el destino que tendrán, es común que se den el tiempo para escribir una pequeña carta o mensaje que esperan sea leído por otros niños como ellos, pero que, por alguna razón –que la mayoría de ellos aún no logra comprender– no han tenido su misma “buena suerte”.

Este año, entre los juguetes que se recibieron en el módulo central de acopio llegó un pequeño empaque que contiene un propulsor de pelotas de plástico y que en el exterior tiene adherido un papel con este mensaje: “Quiero decirte que tengas una buena Navidad llena de optimismo y felicidad y aunque las cosas se vean mal tu siempre sonrie. Con cariño: Javier”. A juzgar por la letra y el lenguaje, el remitente es un niño, tal vez de entre 5 y 10 años, que quiso hacer llegar un regalo a otro. El mensaje lo leímos por lo menos una docena de voluntarios. El de Javier será un presente no sólo para un niño que enfrenta carencias materiales, sino que lo ha sido para quienes nos percatamos de sus palabras y nos hemos emocionado al constatar su empatía y sensibilidad. El efecto es grandioso. Se trata de un niño emocionado emocionando a muchas personas.

Las emociones influyen sustancialmente el pensamiento, las decisiones y acciones. Su manejo determina la calidad de vida. Para Goleman, las habilidades que configuran la inteligencia emocional pueden designarse con la palabra “carácter”. El carácter de una persona determina su tipo y grado de inteligencia emocional. El comportamiento de Javier frente a un fenómeno que lacera tanto la dignidad y que probablemente apenas está descubriendo, como lo es la pobreza, significa la exteriorización de sus sentimientos y emociones, las que han sido inspiradas, motivadas, enseñadas –principalmente mediante el ejemplo– por las personas con las que convive la mayor parte del tiempo. Goleman cita a John Dewey para reforzar la idea de que una educación moral es más efectiva cuando las lecciones se imparten a los niños durante los hechos reales, no sólo como cuestiones abstractas; modelo al que él mismo denomina “de la alfabetización emocional”.

Que los niños conozcan la realidad que los rodea es vital para forjar la conciencia de las nuevas generaciones. De acuerdo con UNICEF, actualmente hay en el mundo cerca de 400 millones de niños que viven en situación de pobreza extrema; mientras que, en el caso de México, la cifra supera los 4 millones, y se alza por encima de los 20 millones en el caso de los menores en situación de pobreza (no extrema). Superar la indiferencia y romper el injusto círculo intergeneracional de la pobreza, lo que significa una enorme dificultad, es deber de todas las personas, sobre todo de quienes acumulan mucho dinero. Que un niño participe conscientemente en una actividad altruista, aunque está claro que con ello no se resuelve de fondo este problema, puede ser un muy buen primer paso, con profundas consecuencias personales y sociales positivas.

Goleman lo refleja así: “Ser capaz de dejar de lado el enfoque sobre uno mismo, y de controlar los impulsos, rinde beneficios sociales: allana el camino hacia la empatía, a escuchar con atención, a ponerse en el lugar de otro. La empatía, como vimos, conduce a interesarse, al altruismo y a la compasión. Ver las cosas desde la perspectiva del otro rompe los estereotipos preestablecidos, y promueve así la tolerancia y la aceptación de las diferencias”.

Para el filósofo Rick Warren, realmente la única forma de vivir es teniendo propósitos, razones de peso que dan sentido a la vida y que permiten a las personas ir más allá de sólo existir. Señala que para ello lo primero que debe hacerse es resolver estos asuntos básicos: “¿Quién soy?”, “¿Importo yo?” y “¿Cuál es mi lugar en la vida?”. Asumir como propias las limitaciones de los demás, desarrollar la empatía, practicar el altruismo y alentar a los niños a que lo hagan, produce emociones positivas que ayudan a las personas a responder de modo conveniente estos planteamientos, y que van configurando un carácter equilibrado, indispensable para una vida en armonía. Hagamos la prueba.
05 Diciembre 2016 04:00:00
Acelerar el paso para evitar la autodestrucción social
Es común encontrar personas que advierten o se quejan de que la humanidad vive (padece) una “pérdida de valores”, que adjudican los actuales problemas sociales o las situaciones colectivas adversas al hecho de que las nuevas generaciones ya no poseen los mismos valores que las anteriores. Tal afirmación es cuestionable. ¿Acaso el rol familiar y social de la mujer era más digno hace 100 años que ahora, cuando ni siquiera se le reconocía la condición de ciudadana? ¿Puede sostenerse que hace 200 años los trabajadores gozaban de mayores prestaciones que hoy en día? ¿Tenían en 1716 los niños y adolescentes la misma protección que en el 2016? La respuesta en general es no.

Las sociedades han evolucionado. Con el tiempo se han configurado, identificado, reconocido y tutelado cada vez más valores y principios. Los seres humanos cuentan con leyes nacionales e internacionales, con instituciones y organismos, que los protegen más que antes. Pero esa evolución no ha sido suficiente ni se ha dado en la forma más deseable. Hace ya más de dos siglos y medio, Juan Jacobo Rousseau explicaba que las personas se unen para vivir en sociedad porque tienen intereses que las vinculan, y que las sociedades pueden existir porque hay un punto en el que todos sus integrantes concuerdan: la conservación de la especie humana.

Sin embargo, esa idea básica de que las sociedades existen sólo para la conservación de las personas, ha avanzado para dar lugar a la amplia convicción de que dicho fin lo constituye además su desarrollo pleno, libre y armónico. Es decir, las sociedades existen (y son democráticas) ya no nada más para conservar a sus miembros, sino para promover, impulsar y garantizar que puedan ejercer todas sus capacidades (hasta el límite de las de los demás), a partir de que cuenten con las condiciones mínimas necesarias para ello, las cuales son deber y obligación de la misma sociedad, ya sea directamente o por medio del Gobierno.

Por otra parte, el nivel de conciencia acerca del valor, las implicaciones y los efectos de la dignidad humana, se han incrementado, tanto del lado de la sociedad civil como de las autoridades. Hoy hay más conciencia que antes sobre la importancia de la igualdad (a la que incluso se le han asignado apellidos: real, material, sustantiva, de resultados, etc.), la equidad, la justicia, el respeto, la no discriminación y la solidaridad, y la manera en que estos valores se cristalizan en la vida diaria. Esto se refleja prácticamente en todos los ámbitos; en el político, por ejemplo, en donde la participación de la población, su lucha por acceder al poder y ejercerlo, la cual –amén de sus imperfecciones y enormes retos– se ha “civilizado”, como lo precisa Norberto Bobbio: “las reglas formales de la democracia han introducido, por primera vez en la Historia, técnicas de convivencia, cuyo objeto es el de resolver los conflictos sociales sin recurrir a la violencia”.

Ahora bien, ¿por qué a pesar de esos logros de la humanidad persisten acciones y fenómenos que laceran la dignidad y transgreden derechos? Si es cierto que hemos evolucionado, ¿a qué se deben situaciones como la desigualdad económica, la marginación de muchos grupos y personas, el surgimiento de conflictos armados, el mismo hecho de que continúen existiendo armas, la expansión y proliferación de nuevas formas de trata de personas (esclavitud moderna), la incapacidad para suspender y revertir el daño al medio ambiente, la discriminación por múltiples razones y en diversas formas (nacionalidad, sexo, raza, cultura, condición social y económica, orientación sexual, discapacidades, etc.), la elección de gobernantes y el establecimiento de regímenes de gobierno que amenazan y atentan contra las libertades fundamentales?

Las respuestas son muchas, pero la conclusión es la misma: la humanidad no ha evolucionado al ritmo, en la forma y con la intensidad necesaria. Alguien pudiera pensar que la solución llegará en automático sólo esperando a que pasen otros 100 o 200 años. El problema es que a la velocidad con la que históricamente ha dado pasos (los que no siempre han sido hacia adelante), previo a que eso suceda, la humanidad puede, sino autodestruirse (lo que no es una exageración), sí colocarse en una posición de violación sistemática e irreversible de la dignidad de muchas personas.

¿Qué hacer entonces? Acelerar el paso. Fortalecer la conciencia (mediante la reflexión y la autocrítica constantes), asumir nuevas actitudes, dejar de lado la doble moral individual y colectiva, y pugnar por los derechos de todos, como si se tratara de los propios. El reto no es ser santos, sino personas a la altura de los requerimientos de la dignidad. Aprovechando aquella ventaja a la que se refiere Savater en su obra sobre la ética: “A diferencia de otros seres, vivos o inanimados, los hombres (y las mujeres) podemos inventar y elegir en parte nuestra forma de vida”. Elijamos una que incluya tratar con fraternidad absoluta a los demás.
28 Noviembre 2016 04:00:00
El error de pensar que los demás son más felices
Con frecuencia las personas sobrestiman la felicidad de los demás. Es común que los seres humanos arropen ideas como “el jardín del vecino es más bonito que el mío”, “el carril de al lado siempre avanza más rápido”, “si tan sólo tuviera el 10% del dinero que posee ese millonario”, “¿por qué esto sólo me sucede a mí?” o “esa persona llegó a ser exitosa porque antes eran otros tiempos”. Estas expresiones han sido inventadas y arraigadas por las sociedades y se traducen en barreras que limitan la felicidad y el desarrollo pleno.

De acuerdo con Eduardo Punset, una parte de la felicidad es la “felicidad programada”, la cual “tiene que ver con la capacidad de imaginar situaciones estresantes”. En ese sentido, este profesor universitario habla de la existencia de “paraísos artificiales”, que son representaciones mentales de los placeres que los mismos humanos han construido durante siglos y que los han llevado a valorar de forma inconveniente cuestiones como la comida, la diversión, el sexo, las drogas, el alcohol, la música, el arte y, por supuesto, el acumulamiento de dinero. Punset cita a Roberto Sapolsky para advertir que el estrés provocado por motivos imaginarios es característico del ser humano. Sin que por esa razón no pueda combatirse.

La definición y búsqueda de la “felicidad” ha ocupado mucho del tiempo de las personas. Es difícil asumir una sola noción de “felicidad”. Sin embargo, existen algunas en torno a las cuales se han generado consensos de peso. Por ejemplo, en el Diccionario de la lengua española (RAE, 2016) se define a la “felicidad” como “estado de grata satisfacción espiritual y física”, “persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz” y “ausencia de inconvenientes o tropiezos”.

Grandes filósofos de todos los tiempos han dedicado un espacio de sus vidas para reflexionar acerca de esta expresión y su significado. Aristóteles se refirió a “la felicidad” como algo que “depende de nosotros mismos”; Kant como aquello que “no brota de la razón sino de la imaginación”, y Huxley precisó que “el bien de la humanidad debe consistir en que cada uno goce el máximo de la felicidad que pueda, sin disminuir la felicidad de los demás”. Más o menos, todas estas nociones, como otras tantas, apuntan en una misma dirección: la felicidad es un estado de ánimo que depende de las ideas y la predisposición de cada persona.

La proliferación de medios y canales de comunicación masiva, a través de los cuales constantemente se manipulan los pensamientos, sentimientos y emociones de los destinatarios de los mensajes, ha dificultado la comprensión de una noción, sino correcta, sí más útil de “felicidad”. Aquí un caso. Según Victoria Nadal (El País, noviembre 2016), con base en un estudio de The Happiness Research Institute, se concluye que “los usuarios de las redes sociales solo muestran en sus perfiles la parte de su vida que les interesa que los demás vean: las buenas noticias –el 61% de las personas publican solo las cosas buenas que les pasan–, las fotografías retocadas, el encuadre pensadísimo que parece casual... Proyectan una vida irreal que hace que la mitad de los usuarios envidien las experiencias que otros comparten en sus perfiles y que un tercio envidie lo felices que parecen sus contactos de Facebook”.

Una alternativa para entender y dominar mejor el funcionamiento de este aspecto sustancial de la vida, que condiciona en mucho todos los demás, puede ser trabajar en el fortalecimiento de la mente, a través de lo cual es posible alcanzar el nivel de paz, seguridad y los equilibrios indispensables para ser felices. Amy Morin realiza una interesante aportación en ese sentido; señala que entre las 13 cosas que las personas mentalmente fuertes no hacen se encuentran: no pierden el tiempo autocomplaciéndose; no evitan el cambio; no se concentran en lo que no pueden controlar; no viven en el pasado; no les duele el éxito de los demás; no temen a la soledad, y no sienten que el mundo les debe algo.

De igual forma pueden ser provechosos los apuntes de Punset, para quien la fórmula de la felicidad consiste en separar lo esencial de lo importante, así como en identificar y no perder de vista los factores que sustentan y amenazan la felicidad, entre los que se encuentran el predominio del miedo, el estrés imaginario, el disfrute, la búsqueda de la expectativa y las relaciones personales.

Finalmente, vale la pena no perder de vista que las personas tienen más complicaciones y problemas, y experimentan más angustias, de lo que imaginamos. Además, sus historias, capacidades y prioridades son distintas, de tal modo que resulta imposible realizar comparaciones objetivas; hacerlo sería un error. Aunque hay coincidencias, las representaciones mentales de unas personas con respecto a las fuentes de felicidad son distintas a las de otras. Lo que para algunos es importante, para otros no lo es, o no en la misma forma o medida. Por nuestra felicidad, no olvidemos esto la próxima vez que intentemos compararnos.
21 Noviembre 2016 04:00:00
La Revolución mexicana, un motivo para reflexionar
Ninguna de las cualidades o situaciones que hoy consideramos valiosas lo serían sin haberse arraigado con el transcurso de los años. Las personas llegamos a estimar algo como valioso por su utilidad o idoneidad. Tal fenómeno, que bien podríamos llamar la consagración –por conveniencia– de lo cotidiano (en la forma de “valores”), se convierte en motor y brújula de los esfuerzos individuales y de las sociedades. Las personas sueñan, luchan, defienden, se inspiran y justifican sus conductas y acciones de acuerdo con sus valores; dan su vida o la impregnan de sentido, de algún modo, a partir de los valores.

Cuando los miembros de una sociedad experimentan insatisfacción por la existencia de limitaciones que impiden su pleno desarrollo –el cual conlleva el respeto de sus valores–, suelen revelarse contra los poderes o las fuerzas que identifican como responsables o causantes. A ello se debió la Revolución mexicana. No pocos estudiosos de la Historia de México han ahondado en los motivos que dieron origen a este conflicto socio-político armado, los cuales, en general, hoy en día los mexicanos identifican o sintetizan en el autoritarismo, la pobreza y desigualdad (o marginación).

Para dos de ellos, Javier Garciadiego y Sandra Kuntz (2000), “su estallido se debió, entre otras razones, al agotamiento del modelo porfirista de Gobierno, a su incapacidad para lograr la renovación política pacífica durante la coyuntura de la sucesión presidencial de 1910 y a la ineficiencia del sistema para satisfacer las aspiraciones de las clases medias y de los sectores populares”.

En el fondo, la Revolución de 1910, como la gran mayoría de los movimientos de su tipo, fue una batalla contra la injusticia y la transgresión de la dignidad de una parte muy amplia de la población (la más amplia). En esencia no se lucha por un derecho (por el derecho al trabajo, a la educación o al cuidado de la salud), sino por el valor que se confirma y protege cuando se reconoce un derecho. Pues, siendo todos iguales, es injusto que a algunos se les respeten y protejan ciertas cualidades y a otros no.

En ese sentido, la Revolución mexicana fue una batalla por la igualdad, la libertad, la participación efectiva, por el pleno desarrollo de la persona, en suma, por la dignidad del mexicano; es decir, fue una batalla por sus valores. No es libre quien no puede participar en la elección de su gobierno. Como tampoco lo es quien carece de las condiciones materiales indispensables para ejercer y fortalecer sus facultades y capacidades. Es cierto que los gobiernos no están obligados a proporcionar a sus gobernados más allá de los medios para los que alcancen la suma de sus recursos y contribuciones; pero también lo es que deben ser empleados y distribuidos de la forma más racional y equitativa posible. Eso no sucedió en los años previos a la Revolución mexicana. Desafortunadamente, tampoco ha sucedido después, al menos no en la forma deseable.

La sociedad mexicana ha evolucionado durante el último siglo. Sin embargo, aún está lejos de ser una sociedad justa, que permita y pugne por que todas las personas pueden ejercer sus libertades en igualdad de condiciones.

La pobreza, la discriminación por múltiples razones, la trata de personas, las elevadas tasas de delitos, la indiferencia común ante el dolor y la carencia ajena, la inaccesibilidad en diversos sentidos que enfrentan las personas con discapacidad, la corrupción, el deterioro del medio ambiente, la ofensa y difamación cotidiana, son sólo algunas de las tantas situaciones que lastiman a los mexicanos (abundan estadísticas y diagnósticos).

Todos son fenómenos ligados a los valores; debidos a la falta de ellos y que constituyen barreras que se perciben infranqueables para su desarrollo y vigencia. En la negación de un derecho (y/o su ejercicio) subyace la negación de un valor.

Los responsables de la violación a los derechos humanos de los mexicanos son los mismos mexicanos, unos y otros; como individuos y como sociedad, desde lo personal y desde su posición en el Gobierno, la familia, la escuela, los amigos, los medios de comunicación, las iglesias, las empresas, las organizaciones públicas, privadas y sociales. No es cierto que el tiempo arregla las cosas ni que las pone en su lugar. Son las personas las que, con sus valores, actitudes y obras, lo hacen o no.

Pueden pasar otros 100 o 200 años, durante los cuales, a pesar de constatar las injusticias, no se logre combatirlas. ¿Por qué? Por el desconocimiento de la dignidad y sus implicaciones, así como por la debilidad de los valores humanos, principalmente de la conciencia y la empatía. Pedro de J. Pallares (2007) advierte lo siguiente: “quien no sea capaz de evaluar sus acciones en función de una vida digna o indigna nos obliga a poner en seria duda su sentido de humanidad”. Que la Revolución mexicana sea un recordatorio permanente para no ponernos en duda.
14 Noviembre 2016 04:00:00
Altruismo: el bien ajeno aun a costa del propio
Era noviembre del año 1996, entonces había sido electo presidente de la sociedad de alumnos de la Secundaria Técnica no. 2 en Sabinas, Coahuila, la tierra de mi papá. Tenía 14 años. Un grupo de amigos y yo coincidimos en la inquietud de realizar una actividad para llevar un regalo con motivo de la Navidad a niños y familias de escasos recursos económicos. Hicimos así el primer Kilómetro del Juguete, el cual dirigí. La idea no fue mía, sino de la profesora Teresa Velázquez, a quien agradeceré siempre su solidaridad durante aquellos años. En 1998 llegué a vivir a Saltillo, en donde he tenido la fortuna de encontrarme y estrechar lazos con personas cuya vocación ha hecho posible que, desde entonces, realicemos esta actividad en la capital de Coahuila. Las ganas de ayudar de un grupo de estudiantes de secundaria y el entusiasmo de su maestra se conjugaron para dar forma a una actividad altruista que se ha mantenido por 20 años.

Según el diccionario (RAE, 2016) “altruismo” es “diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio” y “fenómeno por el que algunos genes o individuos de la misma especie benefician a otros a costa de sí mismos”. El altruismo o el desprendimiento de lo propio en beneficio de alguien que lo necesita, por lo general, más que quien lo posee, tiene diversas causas –dependiendo de la teoría desde la cual pretenda explicarse–, que van desde las de tipo genético, sociológico y antropológico, hasta las de índole espiritual, religioso y axiológico. Las costumbres familiares, el entorno social, el contacto escolar y ciertas experiencias de vida, determinan el grado de altruismo de una persona, el cual siempre es posible elevar.

De acuerdo con la psicóloga María Teresa Esquivias (UNAM), “dentro de los valores universales humanos, el altruista es uno de los más loables y es una actitud muy similar a la solidaridad que también hace el bien a los otros”. El altruismo y la solidaridad pueden ser señalados, asumidos y/o exigidos como una convicción, un deber, una obligación o simplemente algo que conviene practicar.

En términos de la teoría del contrato social (J. J. Rousseau), según la cual las personas han pactado determinadas reglas que las obligan entre sí a fin de asegurar su conservación, cada ciudadano no es “nada” sino ayudando a los demás, y la suma de sus fuerzas, las de todos, se potencia en beneficio de cada uno. La Declaración Universal de Derechos Humanos (1948), instrumento normativo de fuerza moral, pero de trascendencia jurídica sin igual, comienza (Artículo 1) por consignar que todos los seres humanos “deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”, lo que significa con afecto y, por ende, con actitud altruista o solidaria.

En un mundo con sociedades tan desiguales y cada vez más materializadas, el altruismo se presenta como una herramienta muy valiosa para la “humanización”. Esto es así porque realizarlo conlleva, entre más, la posibilidad de generar conciencia sobre la importancia de la igualdad material entre todas las personas; de dimensionar y revalorar los bienes (tangibles e intangibles) que se tienen; de generar sentimientos, emociones y estados de ánimo positivos; de compartir con los demás algo que, aunque no resuelva de fondo una circunstancia o un problema, les ayude a enfrentarlos y superarlos, y, lo más importante, la posibilidad de identificarse a sí mismo y de sentirse bien, identificándose con “los otros como yo” y haciéndolos sentir bien. El altruismo es útil para todos: para quien lo practica, para quien lo recibe y para quien lo atestigua.

El altruismo ha tenido un impacto muy grande en mi vida. Ha influido muchas de las decisiones más importantes que he tomado: en mi profesión, mi ocupación y hasta en quienes son mis amigos. En el altruismo he encontrado una fuente inagotable e incondicional de satisfacción, inspiración, sentido de vida y seguridad para crecer en lo personal y laboral. Aunque siempre intento tener claras mis metas y trabajo para cumplirlas, no tengo certeza del lugar en el que estaré en 5, 10 o 20 años; de lo que sí, es de que seguiré haciendo lo que más me gusta, actividades altruistas.

No estoy seguro de que ayudar voluntariamente a los demás nos convierta en personas más buenas (nunca ha sido mi propósito), pero no tengo duda de que nos permite evolucionar y ser mejores. Por eso, porque me constan los beneficios del altruismo, no puedo más que recomendar que lo practiquen, en pequeño o en grande, de forma anónima o pública, con conocidos o desconocidos, como sea, pero que lo practiquen.

Este año por supuesto no será la excepción. El sábado 10 de diciembre llevaremos a cabo esta actividad y, como siempre, los estaremos invitando a donar y a ser parte de la inolvidable experiencia de entregar los donativos, de regalar sonrisas en Navidad.
07 Noviembre 2016 03:00:00
Somos lo que vemos y tanto criticamos
Los gobernantes y los políticos son un reflejo de sus sociedades, así como lo son los profesionistas, los artistas, deportistas, indigentes, académicos y delincuentes; las mujeres y los hombres. No podría ser de otro modo. Todos los mexicanos tenemos como origen la misma fuente: la sociedad mexicana, las familias mexicanas y, por ende, la cultura y, específicamente, los valores mexicanos.

Las personas que son muy conocidas, en todos los ámbitos, se convierten en evidencias claras, en pequeñas muestras, de las ideas, los sentimientos, las capacidades y limitaciones de la sociedad de la que emergen; son espejos de las cosas buenas y malas, de las más buenas y las más malas, de todos los demás.

Apelemos a un ejemplo, uno radical, el de las cárceles. Diversos especialistas y personas relacionadas con el tema penitenciario han sostenido que estos lugares constituyen un parámetro para medir el nivel de rezago o evolución de una sociedad. “Las cárceles son un reflejo de la sociedad, un espejo del país tanto para los problemas grandes como los pequeños, y también para las crisis económicas y sociales”, ha señalado el periodista italiano Valerio Bispuri, quien ha visitado una gran cantidad de cárceles y ha constatado la situación en que viven los presos.

En el caso de las cárceles mexicanas, entre las deficiencias más notables, se encuentran: sobrepoblación, violación de derechos humanos, inatención de incidentes violentos, insalubridad, falta de actividades laborales y capacitación, discriminación y homicidios (Animal Político, 2016). Se trata, básicamente, de los mismos problemas que prevalecen afuera de las prisiones; lo que es más preciso, se trata de situaciones que han ido migrando desde la sociedad. Va de nuevo: no podría ser de otro modo.

Frecuentemente escuchamos críticas (y criticamos) sobre el comportamiento de los mexicanos, de muchos, pero principalmente de personas ricas, famosas, poderosas, de líderes y dirigentes, guías religiosos, intelectuales y, obviamente, de los políticos. Pero muy pocas veces reflexionamos sobre las causas de su proceder. Al hacer un pequeño ejercicio al respecto, es fácil de constatar que su comportamiento se debe a sus valores y que sus valores, los de la mayoría de estas personas (sería incorrecto generalizar), coinciden con los valores que subyacen en sus comunidades, a las que se encuentran unidas. Aunque en grados, todas las personas postulan la suma de los valores de aquellas con las que viven en común unión. Veamos si no.

Los mexicanos solemos criticar con frecuencia tres cosas: la corrupción, la discriminación y la deshonestidad de los políticos. Pues bien. En México: anatomía de la corrupción (CIDE-IMCO, 2015), María Amparo Casar precisa que “8 de cada 10 mexicanos acepta haber comprado o descargado algún producto pirata, mientras que el 94% dice conocer a alguien que ha comprado este tipo de productos”, en tanto que “el 61% de los encuestados acepta haber sobornado a la policía y el 55% a algún integrante del Poder Judicial”.

Según la Encuesta Nacional de Identidad y Valores (UNAM-IIJ, 2015), “se encontró que los lugares públicos son los espacios en que los entrevistados refirieron con mayor frecuencia sí, y sí, en parte sentirse discriminados (32.7%), seguido de para conseguir un trabajo con 32.1%, y, en tercer lugar, los servicios de salud (30.9%)”. De acuerdo con la Encuesta de Valores México (CIDAC, 2011), el 29% considera que “es de tontos cumplir la ley cuando no hay consecuencias incumplirla”, mientras que el 30% considera que “es de tontos cumplir la ley cuando la mayoría no la cumple”.

Estos datos son algunos de los muchos con base en los cuales es posible afirmar que la raíz de los males colectivos, son los males individuales. Ciudadanos medianamente corruptos engendran políticos medianamente corruptos, del mismo modo que ciudadanos que suelen discriminar, encumbran autoridades que suelen discriminar. Si se anhelan instituciones públicas, organizaciones sociales y empresas privadas sólidamente éticas debe contarse con ciudadanos sólidamente éticos. Los valores, que son las cualidades de las personas que dan significado y sentido a las cosas, se trasladan así, de forma natural, del ámbito personal al social. En efecto, no podría ser de otro modo.
31 Octubre 2016 03:00:00
¡Los derechos humanos no son una moda!
Todas las personas deben y necesitan saber qué son los derechos humanos; por qué los tienen, para qué sirven y qué implican. Es esencial. No tanto para dominar alguna de sus nociones doctrinarias, definiciones legales o interpretaciones jurisprudenciales, sino para respetarlos. Pues, como bien se dice, no se puede estimar aquello que no se conoce. Si se quisiera sintetizar en una palabra la enorme carga que traen consigo los derechos humanos, bien podría emplearse la de “garantías”, atendiendo a una de las definiciones literales de este término: “cosa que asegura y protege contra algún riesgo o necesidad” (RAE, 2016).

Los derechos humanos tienen por objeto asegurar que todas las personas cuenten con las condiciones mínimas indispensables para vivir con dignidad y poder desarrollarse, así como protegerlas contra conductas, acciones u omisiones que amenacen o transgredan esa dignidad y que limiten u obstaculicen ese desarrollo.

Cuando platico con amigos periodistas, con políticos o con mis alumnos, es común que al tocar el tema de los derechos humanos me digan que se trata de un asunto que la gran mayoría de la gente desconoce y que, incluso, poco le interesa.

Desafortunadamente es cierto. Las generaciones actuales se caracterizan por estar inmersas en una dinámica en la que las cuestiones esenciales pasan cada vez a un segundo o tercer plano. Hoy interesa sobre todo lo superficial, lo banal, lo que no signifique hacer mucho esfuerzo para disfrutar “las cosas de la vida”. Pero, paradójicamente, en esas cosas, en lo cotidiano, es en donde más impacta el conocimiento o la ignorancia de los derechos humanos.

Los derechos humanos, vistos como tales, tienen antecedentes muy remotos, prácticamente desde el año 1215. A lo largo de la historia de la humanidad a los derechos, de todo tipo (hay derechos civiles, políticos, sociales, económicos, culturales, de los pueblos, de solidaridad, etc.), se les han puesto diferentes nombres y apellidos (como derechos naturales, derechos públicos subjetivos, libertades públicas, garantías individuales), dependiendo de su dimensión y del aspecto que se ha querido enfatizar. En cuanto a la nomenclatura “derechos humanos”, ésta comenzó a popularizarse y, principalmente, a transformar la forma de concebir el derecho, desde 1948, con la aprobación de la Declaración Universal de Derechos Humanos (recomiendo leer el libro Un mundo nuevo. Eleanor Roosevelt y la Declaración Universal de Derechos Humanos, de Mary Ann Glendon, FCE, CDHDF, UP, 2011).

Los derechos humanos se reconocen con el propósito de hacer inmunes a las personas frente a faltas graves de las autoridades y de las demás personas; como un escudo para blindarlas universalmente, todo el tiempo y en todo lugar, independientemente de cuáles sean las ideas de los miembros de una sociedad en un momento determinado y de quiénes sean sus gobernantes. Los derechos humanos están por encima de todo porque la persona está por encima de todo.

Aunque esta definición puede parecer trillada y redundante es clara y útil: los derechos humanos son los inherentes a la persona por el hecho de serlo. Así de simple, son los derechos que todos los humanos tienen, en el mismo grado; que no se pueden negar, condicionar y que son irrenunciables ¿Como cuáles? El derecho a la educación, a la libertad de expresión, al libre tránsito, al cuidado de la salud, a un medio ambiente sano, así como todos los que se encuentran expresamente reconocidos por el derecho.

En el caso de México, podemos decir que los derechos humanos han atravesado por tres etapas: 1) en 1981, cuando entró en vigor para nuestro país la Convención Americana sobre Derechos Humanos, y prácticamente nadie se percató de ello y nada cambió; 2) en 1990, cuando se creó la Comisión Nacional de Derechos Humanos, y se arraigó entre la sociedad la idea equivocada de que se trataba de “los derechos de los delincuentes”, y 3) en 2011, cuando expresamente se reconocieron en la Constitución mexicana los derechos humanos (de fuente nacional e internacional) de todas las personas, y desde entonces se popularizaron otras dos falsas creencias: que son “los derechos de ciertos grupos de personas en condiciones de vulnerabilidad”, y que se tratan de una moda, o sea, “de una novedad”, algo que estará temporalmente en boga.

Hugo Ramírez García apunta que el término “derechos humanos” se utiliza, al menos, en dos acepciones: como instrumentos para limitar y controlar la acción del Estado, y como brújula de los esfuerzos sociales para conseguir el bien común. Si bien todas las personas están obligadas jurídica y legalmente a respetarlos, es esencial que no solamente lo hagan por temor a recibir un castigo, sino por un convencimiento pleno, es decir, por estar seguros de que es inadmisible y hasta impensable transgredir un derecho de este tipo.

¿Por dónde empezar? Por ver a los demás como iguales a nosotros; por conocer todos los derechos y reflexionar sobre lo que significan; por hablar con nuestras familias y amigos sobre los derechos humanos y su importancia; por no afectar a otras personas desde lo más básico (no discriminando, no degradando, no ofendiendo, no prejuzgando, no maltratando, no cometiendo actos de corrupción, etc.), y denunciando las violaciones que nos consten.

24 Octubre 2016 03:00:00
Sin etiquetas. Nadie es más importante
No existen personas más importantes que otras. Esto es así porque, independientemente de nuestra condición y situación de vida, todos tenemos la misma dignidad, o sea, las mismas cualidades esenciales que derivan de que poseemos idéntico origen y los mismos componentes y funciones.

La primera letra de todos los títulos y cargos inician con minúscula; contrario a lo que algunas personas creen, la forma correcta de escribir presidente, director, gobernador, gerente, doctor o arquitecto, es así, con minúscula, igual que las palabras asistente, auxiliar, supervisor, cajero, bolero o carpintero.

Sí, “presidente”, aunque sea el de Estados Unidos, se escribe con minúscula. Esta evolución impulsada por las academias de la Lengua ilustra muy bien la inexistencia de diferencias sustanciales entre los seres humanos.

Lo importante es “lo que importa” y “lo que tiene importancia”; importar es “valer o costar cierta cantidad” (RAE, 2016). Las personas no costamos “cierta cantidad”. Por eso es un error y un agravio calificar a algunas como “importantes” en función de su dinero, cargo, apariencia, condición o posición social.

Es un hecho que muchas personas realizan acciones positivas que son relevantes y que sus legados logran trascender. Se trata de seres ejemplares, admirables, a quienes la humanidad les guardamos reconocimiento y gratitud. Ahí tenemos a Mahatma Gandhi, Winston Churchill, Albert Einstein, Teresa de Calcuta, Nelson Mandela y hasta Bill Gates. Pero, aun ellos, son igual de importantes que cualquier otra persona conocida o desconocida. Si Sócrates viviera, por más sabio que fuera y a pesar de sus impactantes lecciones acerca de la verdad y la moral, amén de ello, no tendría justificación para ser tratado con privilegios, como “alguien importante”.
Distinguir entre personas importantes y no importantes, señalarlas como muy o poco importantes, es discriminar, y la discriminación está prohibida, por la ética y el derecho, el nacional y el internacional. Tener claridad con respecto a esta situación es básico porque en la medida en que nos reconocemos como iguales somos más conscientes de las circunstancias de los demás, las respetamos -por cierto, ya hemos precisado que el respeto no “se gana”, sino que se debe a todas las personas por el simple hecho de serlo, nos caigan bien o no-, empatamos con ellas y nos fraternizamos para alcanzar el reconocimiento pleno de su dignidad.

Vale la pena recordar que, en una sociedad democrática, no cabe distinguir entre personas importantes y no importantes. Hoy está claro que para que una sociedad sea democrática no basta con que tome sus decisiones con base en la regla de la mayoría, sino que debe proteger y garantizar los derechos humanos de todos sus miembros, los cuales indudablemente se ven afectados cuando diferenciamos de ese modo. No por nada en su lucha por la justicia racial (la no segregación), en 1963, Martin Luther King argumentaba que era momento de hacer realidad la promesa de democracia, cuando su país se asumía como democrático desde hacía cerca de 200 años.

Por si esto no fuera suficiente, si no alcanza esta breve explicación con base en ideas axiológicas y jurídicas, he aquí otra razón para no sentirse más importante que los demás ni tratar a alguien como si lo fuera, una razón muy pragmática, pero que también apoya: a nadie le interesa el dinero, el poder, la fama, el prestigio, los premios, la inteligencia ni el talento de alguien más, a menos de que le signifique un beneficio directo.

Aunque, por supuesto, esta postura es egoísta y aparentemente propia de personas interesadas, en alguna medida puede ser útil para hacerles ver a quienes se sienten o definen como importantes que, por otra parte, poco interesan a otras personas sus ventajas materiales o privilegios sociales, sino los comparten.

Dejar atrás costumbres retrógradas como esta, dejar de etiquetar, es vital para evolucionar como seres humanos, como sociedad y humanidad. Para ello la clave puede encontrarse, entre más, en el entendimiento y la práctica de un valor al que debemos aspirar: la humildad, “virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”, (RAE, 2016).

Ser humildes permite a las personas tener un conocimiento más objetivo de la realidad propia, la ajena y no menospreciar a nadie. La humildad es la mejor arma contra la arrogancia y la indiferencia. Nos hace no perder de vista que nada humano nos es ajeno y que quienes nos rodean, todos, son un reflejo de nosotros mismos. Practiquémosla y no construyendo barreras ni diferencias en donde la naturaleza no lo ha hecho.
17 Octubre 2016 04:00:00
Payasos siniestros: entre la broma y la maldad
Desde hace algunas semanas los “payasos siniestros” han dominado los encabezados de muchos diarios en varios países, entre ellos México. Las historias de personas que, disfrazadas de estos personajes han asustado y hasta llegado a causar daño a otras, se han disparado recientemente.

Al parecer el origen es éste: “Las apariciones de payasos en Estados Unidos tomaron un aspecto siniestro en agosto en Greenville County, Carolina del Sur, con reportes de que gente vestida de payaso estaba ofreciéndole dinero a los niños para intentar atraerlos al bosque” (The New York Times, 13 de octubre de 2016).

La idea de atemorizar a la población de esta forma no es nueva, pues, de acuerdo con el articulista español Pablo Cantó “esta no es la primera vez que comienza una oleada de avistamientos de payasos en Estados Unidos: ha habido otras similares en 1981, en 1991 y en 1997. Y todas ocurren pocos meses antes de Halloween” (El País, 7 de octubre de 2016). Aunque el hecho de que no sea novedad no le resta peso.

Pero, ¿por qué utilizar la figura del payaso para molestar a quien no lo ha consentido (una cosa es decidir libremente ver una película de suspenso o asistir a un espectáculo de terror, y otra muy distinta es asustar a alguien nada más porque sí, sin su autorización)? y ¿por qué dañar a alguien más?

Parece que en las respuestas a estos dos cuestionamientos podemos encontrar algo mucho más preocupante que las causas de este fenómeno transitorio, “de moda”.

Por una parte, el goce y control frente al sufrimiento ajeno; por la otra, una “sofisticación” en el modo de cometer delitos.

La explicación a lo primero puede resumirse así: 1) la “coulrofobia”, que es el miedo irracional a los payasos, presente en ciertas personas, y del que se aprovechan; 2) el impresionante impacto psicológico y sociológico que ya ha trascendido por generaciones, de la película norteamericana Eso, basada en la novela de terror del mismo nombre, de Stephen King publicada en 1986, la cual nos ha familiarizado con la idea de la posibilidad de que los payasos sean seres malignos (por cierto, está por estrenarse una nueva versión de esta película y hay quienes aseguran que todo es propaganda para venderla), y 3) las redes sociales, particularmente YouTube y su canal DmPranksProductions, en donde se han popularizado muchos videos “de bromas” en los que aparecen seres disfrazados de payasos, portando herramientas como sierras, hachas o martillos, generalmente en lugares solitarios y de noche, intimidando y generando pánico a quienes pasan por ahí, lo que muy probablemente ha influenciado y dado ideas a algunos usuarios de Internet.

En cuanto a lo segundo, con respecto a por qué algunas personas dañan a otras tiene una explicación más sencilla. Son delincuentes que, disfrazados de payasos o no, hubieran cometiendo conductas ilegales.

El hecho de que alguien se disfrace de payaso para afectarle la vida a alguien más, ya sea de modo superficial o sustancial, no es lo más trascedente (bien podría disfrazarse de hombre lobo, enfermera siniestra, muñeco diabólico o de la famosa niña que sale de un pozo).

Lo más trascendente –y grave–, y lo que no debe dejar de asombrarnos e indignarnos, es la existencia de personas, de seres iguales en dignidad a nosotros, pero diferentes en el grado de conciencia, que disfrutan o simplemente necesitan causar mal a sus semejantes para sentirse bien o satisfacer algo.

Por otra parte, no pasa inadvertida aquella situación que atinadamente reflejó mi hermana Rosa cuando me dijo: “¿Y qué culpa tienen los pobres payasos de que algunos estúpidos (sic) se disfracen de ellos para asustar?”.

En efecto, después de las víctimas fatales (los muertos a manos de estos personajes, de acuerdo con algunos medios) de este irracional fenómeno, los más perjudicados son quienes se dedican al noble oficio de “ser payasos”, quienes, con ingenio, talento y buen sentido del humor, entretienen a niños, adolescentes y adultos.

La afectación a la imagen de su gremio, a su economía y a la de sus familias es innegable debido a la aparición de los “payasos siniestros”.

De ello se da cuenta en un reportaje publicado en el diario El Universal, titulado “Temen agresiones por fenómeno de payasos amenazantes”, en el que se da cuenta de la realización de un Congreso en el que habrían de participar 450 artistas provenientes de 14 países de la región, y en el que se “discutirán los efectos negativos del nuevo fenómeno” (11 de octubre de 2016).

Ahora bien, ¿qué hacer para combatir esta anormalidad? En principio, tres cosas: extremar precauciones al salir por la noche; denunciar en caso de ser testigo o víctima de algún “payaso siniestro” (para que se investigue y, si procede, se castigue), y no generalizar con respecto a todo el gremio, por el contrario, contribuir a limpiar la imagen de los buenos payasos, los que, sin duda, son la gran mayoría.
10 Octubre 2016 04:00:00
Practiquemos la conciencia
Cuando se reflexiona acerca de los derechos humanos de las personas y los motivos por los que muchos de ellos no se respetan, inevitablemente se arriba al terreno de la conciencia, es decir, la capacidad de las personas para asimilar algo, tomar decisiones y actuar con base en el conocimiento de una determinada realidad. El de la conciencia es un tema complejo, tanto que, a pesar de las investigaciones y estudios filosóficos y científicos que existen al respecto, no se ha podido llegar a un consenso que deje satisfechos a todos.

De acuerdo con Daniel Dennett (La Conciencia Explicada, 1995), “la conciencia humana es el último de los grandes misterios. Un misterio es un fenómeno para el cual no hemos hallado todavía una manera de pensar”. Esto se debe, en palabras del mismo Dennett, a que “la concepción de la conciencia… depende de forma sorprendente de los conceptos que se le han asociado”.

Eso significa que por “conciencia” entendemos las ideas que la vida, sus lecciones y experiencias nos han impuesto; pero bueno, finalmente así funcionan todas las nociones en general, se construyen a partir de las explicaciones que la sociedad se impone a sí misma, no porque sean ciertas en un sentido estricto, sino porque han alcanzado determinados consensos, o sea, damos por hecho, aceptamos como cierto, aquello en lo que coincide la mayoría de las personas, comenzando, casi siempre, por los expertos.

Gracias a ello, contamos con nociones “autorizadas” con respecto a la conciencia, tres de las cuales nos sirven más que otras para los fines de este texto: (conciencia es) “conocimiento del bien y del mal que permite a la persona enjuiciar moralmente la realidad y los actos, especialmente los propios”, “conocimiento claro y reflexivo de la realidad” y “actividad mental del propio sujeto que permite sentirse presente en el mundo y en la realidad” (RAE, 2016).

Puede decirse entonces que la conciencia implica básicamente dos cosas: conocimiento de la realidad y toma de decisiones con base en criterios propios. Tales criterios son orientados todo el tiempo por los valores, las cualidades por las que se estiman a las personas y las cosas, lo que es valioso para cada uno. En virtud de la conciencia identificamos una realidad y decidimos influir sobre ella (de modo “consciente o inconsciente”, activo o pasivo).

Esta explicación sobre el papel de la conciencia y su importancia queda más clara cuando se lee y asimila el primer deber de la persona, reconocido como tal en el Artículo 1º. de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Según esta disposición del derecho internacional, de origen moral, pero que ha adquirido fuerza o carácter jurídico (exigibilidad), gracias a la razón y a la conciencia, los humanos tienen el deber de tratar con afecto y consideración a sus iguales, “a los otros como yo”. De ahí la relevancia de la conciencia. Este atributo exclusivo de los seres humanos nos permite saber que todos somos iguales porque todos tenemos la misma dignidad humana, nos permite vernos como pares en derechos y obligaciones (con la reserva de las personas que, por alguna razón o condición, requieren medidas o ajustes para alcanzar la igualdad –equidad–).

Esa claridad con respecto a nuestra naturaleza nos conduce a otra conclusión: no puede haber derechos sin deberes, del mismo modo en que es imposible disfrutar de un techo sin antes haberlo construirlo. ¿Por qué? Porque el respeto y la garantía de los derechos de uno requieren que exista la predisposición de todos a respetarlos y garantizarlos. Gandhi, por ejemplo, “invitaba a aquellos que pensaban en derechos universales a que recordaran que el respeto a los derechos depende, en última instancia, del arraigo en hábitos y sus actitudes, por lo que tienen que ver mucho más con un deber que con una exigencia” (Glendon, 2011).

De ahí la importancia de hacer o tomar conciencia. Y por eso la utilidad de todos los esfuerzos que se realizan en ese sentido; desde su inclusión en los programas escolares, hasta las campañas mediáticas (que tienen la finalidad de hacer conciencia) y, por supuesto, las medidas legislativas, administrativas y judiciales, cuyo objeto es promover y arraigar la conciencia entre la sociedad. Pues somos más y mejores humanos, nos entendemos mejor, empatamos y solidarizamos, protestamos ante una violación a un derecho de otra persona (no sólo cuando se trasgrede el propio, el de algún familiar o amigo), en la medida en que hacemos conciencia, la cual se nutre de los valores y principios que adoptamos y, sobre todo, que practicamos.
03 Octubre 2016 04:00:00
Leer no es un pasatiempo
Aunque casi todas las personas pueden hacerlo con facilidad, leer no es tan sencillo como parece. La idea de que leer es una actividad fantástica al extremo o inigualablemente excitante, es más un mito que una realidad. De hecho, al principio es como un trabajo, así se lea por gusto y no por obligación. No hay duda de que existen personas que prefieren leer un libro que ver una buena película, ir de compras o salir a pasear, pero la mayoría no; incluso para quienes leen con frecuencia es más cómodo no acercarse a los textos.

Desde hace algunos años me ha parecido importante hacer esta aclaración. Creo que en gran medida las personas no leen porque están convencidas de que quienes sí lo hacen es porque se encuentran predestinadas a ello. ¿Cuántas veces no hemos escuchado frases como “es que a ti sí te gusta leer”, “a mí no se me dio eso de la lectura” o “yo soy bueno para otras cosas”? Muchas de estas falsedades se deben, precisamente, a que han vivido engañadas, pensando que la lectura es un pasatiempo, una opción de ocio más para matar el tiempo libre o algo reservado a los profesores, investigadores, escritores o intelectuales.

Leer bien cuesta. Hay que buscar las lecturas, seleccionarlas, conseguir los textos, hacerse el tiempo (no esperar a tenerlo libre), dedicar horas, tener un diccionario a la mano, marcatextos, lápiz o pluma, separador; a veces hay que releer un párrafo, una página, un capítulo o hasta todo el libro para entenderlo. Leer es complejo, pero necesario. Es necesario porque en la medida en que lo hacemos, podemos comprender mejor la realidad; de dónde venimos, a dónde vamos, por qué, para qué y cuál es la mejor manera de viajar y de llegar. No leer es renunciar a la valiosa oportunidad de no repetir (tantos) errores y a conocer las mejores estrategias y métodos para tomar decisiones y cumplir objetivos.

Para los mexicanos el contexto no ayuda. Vivimos en un país en donde casi no se lee. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura 2015 (Conaculta), de entre las actividades que la población mexicana acostumbra hacer en su tiempo libre, “ver la televisión” es la principal (52.9%), mientras que “leer libros” es la quinta actividad recreativa (21.1%) (así se considera) y “leer revistas u otros materiales de lectura” es la décima (5.9%). Según este estudio, los mexicanos leen por gusto 3.5 libros al año. ¿Eso es mucho o es poco? Si lo comparamos con otros países más desarrollados que el nuestro, incluso frente a algunos con características socioeconómicas similares a las nuestras, podemos afirmar que es poco.

Con base en los datos presentados en la Encuesta Latinoamericana de Hábitos y Prácticas Culturales 2013 (Organización de los Estados Iberoamericanos, OIE), con respecto al porcentaje de personas que leyeron por ocio o por interés personal (no por necesidad escolar o laboral) en el último año Venezuela reportó 13%, siendo el más elevado de la región, seguido de Argentina y Perú (ambos casos con 11%); Honduras 4%, siendo el más bajo; mientras que México reportó 8 por ciento.

Para darnos una idea sobre los hábitos de lectura en otros países, podemos tomar como referencia la siguiente comparativa (NOP World Culture Score Index, en Excélsior, 2014): en India las personas leen en promedio 10.42 horas a la semana (siendo el índice más alto de entre 30 países incluidos en el estudio); en Korea, 3.06 (el más bajo); en China, 8.00; en Francia, 6.54; en Turquía, 5.54; en Alemania, 5.42, y en México, 5.30. Sólo por citar algunos casos. Aunque debe profundizarse, el hecho de que no necesariamente exista una relación entre el nivel de lectura y el grado de desarrollo económico de un país se debe a la calidad de los textos que se leen (no todo lo que se lee sirve), a la capacidad de comprensión de los mismos y a las habilidades de cada sociedad para aplicar la información y el conocimiento.

Amén de ello, leer produce efectos positivos. Constantemente nos enteramos y verificamos los beneficios de la lectura, entre los cuales se han señalado que estimula la mente, transmite conocimiento, relaja, fortalece la memoria, tranquiliza, ejercita el cerebro, mejora la escritura, genera empatía, reduce el estrés, mejora la concentración, refuerza la capacidad de análisis, y hasta hace a las personas más atractivas. Las consecuencias de leer han sido comprobadas científicamente. “La capacidad lectora modifica el cerebro”, afirma el neurólogo Stanislas Dehaene; es así: “hay más materia gris en la cabeza de una persona lectora y más neuronas en los cerebros que leen” (La Vanguardia, 2015).

En su libro La Lectura y la Vida, Emili Teixidor (Ariel, 2007) comparte algunos “trucos para leer”, entre los que se encuentran aprovechar todas las oportunidades para hacerlo; conocer nuestro nivel de lectura; elaborar una lista de los libros que pueden interesarnos, y subrayar las frases importantes del libro que estemos leyendo. Si lo que queremos es alentar a alguien a que lea, lo más conveniente puede ser aquello que recomienda el mismo Teixidor: “Primero lee tú y los demás imitarán el placer que tu expandas. Predica con el ejemplo” y (no olvidemos que) “Cada lector tiene su nivel y hay que conocerlo antes de recomendar un libro”.

Vargas Llosa lo explica así: “Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría”. Hay que leer. Es cierto que tenemos el contexto en contra, pero eso no debe ser un pretexto, sino una motivación.
26 Septiembre 2016 04:00:00
No más ‘ladies’ ni ‘lores’
El atributo más importante de la persona es su dignidad. La dignidad es el rasgo definitivo de la persona y definitorio de los derechos humanos. Porque somos personas es que tenemos dignidad. Porque tenemos dignidad es que gozamos de derechos. De acuerdo con Humberto Nogueira, la dignidad “es el rasgo distintivo de los seres humanos respecto de los seres vivos, la que constituye a la persona como un fin en sí mismo, impidiendo que sea considerada un instrumento o medio para otro fin” (en Jorge Carpizo, 2011).

La dignidad nos define como especiales e iguales a todos, nos confiere derechos e impone obligaciones. Nos implica un rol doble: tenemos el derecho de que sea respetada nuestra dignidad y tenemos la obligación de respetar la de los demás. Las personas detentamos los derechos que se encuentran expresamente señalados (reconocidos) en la ley y en las resoluciones judiciales, pero tambiénlos que, sin estar específicamente previstos, trasciendan a nuestra dignidad. Esto significa que si existe un derecho que resulta esencial para nuestro libre y armónico desarrollo, el mismo debe ser asumido y respetado por el Gobierno y los particulares, y protegido por las autoridades responsables.

La dignidad no sólo es un atributo ético, sino un deber jurídico. Para que quede más claro: transgredir la dignidad de alguien es transgredir la ley. En el lenguaje de los abogados: la dignidad tiene juridicidad intrínseca. En el derecho internacional, en la Constitución mexicana, en muchas leyes generales, en las constituciones de los estados y en una gran cantidad de leyes estatales, la dignidad se encuentra tutelada. Entre otras normas, en el párrafo quinto de la Constitución federal se ha establecido que “queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, el género, la edad, las discapacidades… o cualquier otra que atente contra la dignidad humana…”.

Cuando alguien transgrede la dignidad de una persona, se hace merecedor a una sanción, a un castigo. Una de las causas que tiene como efecto la imposición de ese castigo es la violación de la dignidad debido a una conducta, acción o comentario que afecte el honor, la reputación o que cuestione la inocencia de una persona sin probarlo judicialmente (quien acusa tiene que probar). Así es. Difamar, denigrar o simplemente, como comúnmente decimos, “hablar mal de alguien”, puede tener consecuencias jurídicas. Por ejemplo, en el párrafo primero del artículo 1916 del Código Civil Federal se señala que “Por daño moral se entiende la afectación que una persona sufre en sus sentimientos, afectos, creencias, decoro, honor, reputación, vida privada, configuración y aspecto físicos, o bien en la consideración que de sí misma tienen los demás”, y en seguida, en el párrafo segundo, se precisa que “Cuando un hecho u omisión ilícitos produzcan un daño moral, el responsable del mismo tendrá la obligación de repararlo mediante una indemnización en dinero…”.

Tener esta situación muy en claro siempre ha sido importante. Pero ahora más. ¿Por qué? Por algo sobre lo que ya se ha reflexionado en este espacio: el uso creciente de las redes sociales, como Facebook, Twitter, WhatsApp, YouTube y otras plataformas de este tipo, que se han convertido en escenarios desde los cuales, cada vez con mayor frecuencia, se lastima el honor de muchas personas y, por ende, de sus familias y amigos.

El anonimato, su potencial para llegar a millones de personas y la posibilidad de acusar a alguien sin tener que verle a la cara, desafortunadamente han hecho de las redes sociales un instrumento idóneo para desgastar sus cualidades. La mejor muestra de ello son los recurrentes casos de “ladies” y “lores”; personas que, por haber sido grabadas (en un contexto que se desconoce), en la mayoría de los casos, aparentemente, ojo, subrayo “aparentemente”, realizando conductas indeseables, son ampliamente exhibidas por medio de las redes sociales y juzgadas por la opinión pública, sin defensa previa de ningún tipo.

Las personas no sólo no tenemos el derecho de ofender mediáticamente (las redes sociales son medios de comunicación) a alguien, sino que lo tenemos prohibido. Y esto es así en todos los casos, aun en aquellos en los que pareciera indudable el dolo o mala fe de quien haya sido grabado en flagrancia. Recordemos que la libertad de expresión tiene como límites el respeto a la dignidad de la persona, a la vida privada, a la moral y a la paz pública. La libertad de expresión no es absoluta para nadie. Todos estamos obligados a ejercerla –si es que lo queremos hacer– con responsabilidad y en apego a la ley.

Como sociedad parece que olvidamos estas reglas y se nos está pasando la mano. No difamar, degradar ni prejuzgar es sustancial, no sólo “porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que medís, se os volverá a medir” (Mateo 7:2), es decir, no sólo porque en cualquier momento nosotros mismos, nuestra familia o amigos podemos encontrarnos injustamente sentados en el banquillo de los acusados y padecer un linchamiento mediático, sino porque es una obligación ético-jurídica.

Hagamos conciencia, razonemos y no difundamos, compartamos ni comentemos (bajo ninguna lógica) publicaciones que dañen de esta forma a las personas. Si queremos acusar a alguien y tenemos elementos de peso para ello, seamos serios y acudamos ante las instancias judiciales correspondientes; hacerlo en las redes sociales no sólo está mal y habla mal de nosotros, sino que puede traernos problemas legales.
19 Septiembre 2016 04:05:41
¡Viva México!, a pesar de los complejos
“Cada año, el 15 de septiembre a las 11 de la noche, en todas las plazas de México celebramos la Fiesta del Grito, y una multitud enardecida efectivamente grita por espacio de una hora, quizá para callar mejor el resto del año”. Así describió Octavio Paz lo que motiva el orgullo patrio por la celebración anual de la Independencia nacional; lo hizo en El Laberinto de la Soledad, su famosa obra sobre la mexicanidad. Se puede coincidir o no con él, pero no lo hace a la ligera. Quienes hemos leído este extraordinario ensayo podemos dar constancia de que sus conclusiones tienen un amplio sustento nada alejado de la realidad de la sociedad mexicana; sus pensamientos, sentimientos, emociones y costumbres.

En Instrucciones para Vivir en México, Jorge Ibargüengoitia, con fundamento y tino, al igual que Paz, aunque obviamente a su estilo, con su característico sarcasmo, estampa esa sociedad a la que todos conocemos, pero de la que poco hablamos. Al realizar un “examen de conciencia patriótica”, Ibargüengoitia admite ventajas y bondades de México, como su ubicación geográfica, su biodiversidad y su clima benigno. Lo hace para enseguida reconocer: “Nomás
que (México) tiene defectos. El principal de ellos es el de estar poblado por mexicanos, muchos de los cuales son acomplejados, metiches, avorazados, desconsiderados e intolerantes. Ah, y muy habladores”. Cada uno de estos calificativos los explica y hasta justifica.

Año tras año, en vísperas del Grito de Independencia, es común toparnos con convocatorias a su rechazo. Muchos son los mexicanos que consideran que no existen razones para festejar el aniversario del inicio de la lucha de los insurgentes en contra de los españoles. Famosos o no, prestigiados o no, hay personas a las que les resulta irracional, indigna o les molesta nuestra celebración patria de mayor relevancia. ¿Por qué?, ¿cuáles son sus razones? La
respuesta más recurrente puede sintetizarse así: “son muchos los problemas que tenemos los mexicanos y son tan malos nuestros políticos como para todavía andar celebrando”; o sea, “no merecemos ensalzar, elogiar ni que nos elogien”.

En este y otros espacios he compartido algunas reflexiones de autocrítica social. Como parte de esos esfuerzos introspectivos, he señalado que, en nuestro país, como lo argumentan quienes están en contra de la celebración de independencia, padecemos múltiples males y que algunos de ellos han sido provocados por gobiernos y representantes ineficaces y deshonestos (por decir lo menos). Si bien esto es cierto, también he abundado en algo sobre lo que
tengo una profunda convicción: por una cuestión de origen (lógica), así como de actitudes activas y pasivas, esos males se deben, principalmente, a la misma sociedad.

Coincido con Paz y con Ibargüengoitia en cuanto a los complejos, traumas y la doble moral de muchos mexicanos. También con quienes, intentando justificar su rechazo al grito de ¡Viva México!, advierten que tenemos graves problemas. En lo que no coincido es que tales situaciones, las que a todos nos gustaría que se solucionen de inmediato (salvo a aquellos que lucran con la adversidad, la tragedia y la pobreza, como los populistas, los demagogos y la gente
amargada, que la hay), sean motivo para no celebrar. No estoy de acuerdo con no celebrar nuestra Independencia. Y no lo estoy, entre otras, por tres cuestiones básicas.

Primera: porque una cosa no quita la otra; no por no celebrar nuestra Independencia van a desaparecer nuestros problemas como sociedad o se van a solucionar más rápido. Segunda: porque tenemos motivos para sentirnos orgullosos de ser mexicanos; además de los privilegios que la naturaleza nos ha conferido, y de los muchos valores y principios que, a pesar de nuestros defectos, hemos consagrado, también hemos sido útiles a la humanidad por nuestras
aportaciones, como la televisión a color, la estructura tridilosa, el concreto traslúcido, avances trascendentales en nanomedicina catalítica, la estructura Gnome para sistemas operativos y la tinta indeleble, entre otras, que abarcan hasta la solidaridad histórica de los mexicanos reflejada en el asilo, refugio y apoyo altruista dado a miles de personas de otras naciones, así como nuestros legados en materia de literatura, arte y cultura. Tercera: porque, como lo dijo el
mismo Paz, “la historia de México es la del hombre que busca su filiación, su origen”, y aún no lo encontramos en la medida necesaria.

Reafirmar nuestro origen en la Independencia, sin desconocer nuestras raíces primigenias, es esencial para que fortalezcamos la identidad, reconozcamos los defectos y aprovechemos el potencial que tenemos. Desconocer la historia no sólo nos coloca en riesgo de repetirla, sino que puede conducirnos a la negación, vergüenza y desesperanza. Me parece que la solución no está en dejar de vitorear a nuestro país y sus héroes, sino en ser conscientes,
autocríticos y evolucionar en nuestras ideas y actitudes.
12 Septiembre 2016 04:00:40
La sociedad mexicana y el origen de sus males
“De la voluntad buena no surge un acto moralmente malo, de la misma forma que de la voluntad buena se sigue un acto moralmente bueno”. Esta afirmación de Santo Tomás de Aquino, la cual forma parte de su reflexión acerca de la causa del mal, puede sernos de mucha utilidad para explicar –y comprender– el origen de la mayoría de los males que nos afectan a la sociedad mexicana.

Los mexicanos somos cada vez más quejumbrosos. Hace unos años nos percatábamos de ello a través de los medios masivos de comunicación tradicionales, principalmente de la televisión y la radio, así como de las charlas familiares y de café; hoy en día, por medio de las redes sociales.

Si bien hay mexicanos que tienen verdaderas razones de peso para quejarse, para externar su descontento y protestar, como los millones de personas que viven en la pobreza o que actualmente son presa de cualquier forma de esclavitud moderna; cuando sostengo que “los mexicanos somos quejumbrosos” no me refiero precisamente a esos mexicanos, sino a todos, a los más de 120 millones que somos, pero, especialmente, a quienes conforman el segmento poblacional identificado (de forma incorrecta, estoy de acuerdo) como “clase media” (en todas sus múltiples gradualidades).

Como lo explican Luis de la Calle y Luis Rubio (2010), la clase media ha experimentado más transformaciones que las demás clases, por ejemplo, las consecuencias de las crisis financieras y el acceso a la red de internet; lo que ha resultado en un cambio de actitudes. Una de ellas es la de criticar con mayor frecuencia y severidad aquello que, supone, amenaza su estabilidad o su status quo. Un día sí y al otro también, cuestionan acciones, omisiones, intenciones y hasta gestos de políticos, gobernantes, servidores públicos y de toda aquella persona que ocupe una posición de liderazgo público–político. Y no está mal que lo hagan.

El punto es que, para que la crítica pública tenga sentido y un efecto positivo, debe ser consistente, es decir, debe, por lo menos, estar fundada, ser objetiva y acompañarse de acciones que contribuyan a superar una dificultad, solucionar un problema o hacer más eficiente algo (dicen que el que poco ayuda mucho estorba). En suma, una crítica sana, responsable y productiva conlleva tres componentes: conciencia, razón y voluntad.

Lo que detona la voluntad es sin duda la conciencia mediante el uso de la razón. El conocimiento de lo que está bien y de lo que está mal es lo que permite a la persona apreciar la realidad y conducir moralmente (éticamente) sus actos. Cuando Santo Tomás dijo que “de la voluntad buena no surge un acto moralmente malo”, lo hizo seguramente convencido de que de una persona buena emanan actos buenos porque son los que le dicta su conciencia. En efecto, de una sociedad buena, con una conciencia social buena, deben emanar actos buenos. Pero más allá de hablar del bien o del mal, de lo que está bien o de lo que está mal, lo que me interesa es, precisamente, abonar a “hacer conciencia sobre la importancia de la conciencia objetiva”.

Esto toda vez que, en esa crítica que diariamente hacemos a todo lo que huela a autoridad, muy seguido carecemos de un conocimiento de la realidad que es indispensable para la conciencia. Nos quejamos de que tenemos malos gobernantes y políticos indeseables, olvidándonos de que surgieron de la misma sociedad a la que pertenecen (de la nuestra) y sin tomar en cuenta la gravedad de muchas de nuestras posturas y sentimientos, los cuales, nos guste o no, coinciden con los de esos personajes. “No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos” (Mateo 7:18).

Esta es una muestra mínima de nuestra realidad, según diversos estudios: 56% de los mexicanos está de acuerdo con que se legalice la pena de muerte (DEFOE, en Animal Político, 2014); 38% no estaría dispuesto a permitir que en su casa vivan personas lesbianas u homosexuales (UNAM–IIJ, 2015); 61% ha pagado un soborno a la policía (Casar, en IMCO, 2015); 68% no ha leído ningún libro completo no relacionado con su escuela o profesión en los últimos 12 meses (Conaculta, 2010); para 77% “tener éxito en su vida” significa “tener bienestar material (trabajo, empleo, ganar dinero, etc.)” (UNAM–IIJ, 2015); 65% tiene poco interés en la política (ENCUP, Segob, 2012) y en el caso específico de los jóvenes, este porcentaje se eleva al 90 por ciento (IMJUVE, 2012); el 35% ha sentido que sus derechos no han sido respetados por no tener dinero, 29% por su apariencia física y 27% por su ropa (UNAM–IIJ, 2015); 80% ha comprado o descargado un producto pirata (Casar, en IMCO, 2015); las tres actividades que mayormente realizan los jóvenes en su tiempo libre son ver televisión, escuchar música y descansar/dormir. Así pensamos. Con esas ideas, ¿de dónde esperamos que broten líderes y políticos inmaculados?

La corrupción, la inseguridad, la violencia, el desempleo, el estancamiento y las demás dolencias que solemos achacar a los gobiernos han surgido –directa o indirectamente, por acción u omisión– de la misma sociedad, de nosotros. Tener conciencia de ello antes de criticar, así como hacer algo para, desde nuestro lugar, contribuir a la evolución de la sociedad mexicana, es una tarea ineludible e impostergable.
05 Septiembre 2016 04:03:38
Redes sociales:  ¿a favor o en contra de la democracia?
“Si tratamos de controlar a los medios, pondremos fin a la democracia, pero si no lo hacemos, los medios destruirán la democracia”, con estas palabras, el sociólogo norteamericano Alvin Toffler concretizó la encrucijada en la que hoy en día se ven envueltas prácticamente todas las sociedades en vías de democratización, como la mexicana; sociedades en las que la evolución de la autenticidad de sus elecciones coincide con el surgimiento y la expansión de internet y de las redes sociales.

En un país como México, en donde más de la mitad de la población (casi 70 millones de personas) es internauta, es decir, personas que navegan por internet y en donde el tiempo promedio diario de conexión es de 7 horas y 14 minutos (AMIPCI, 2016), resulta esencial analizar la forma en que esta tecnología está impactando diariamente en la sociedad.

Para que el análisis esté completo es necesario no perder de vista que las principales actividades para las que los mexicanos nos conectamos a internet son: acceder a redes sociales (79%); enviar/recibir mails (70%), y enviar/recibir mensajes instantáneos (68%).

Sobre todo, empleamos internet para comunicarnos, interactuar y expresarnos. Se trata de las acciones para las que básicamente sirven las redes sociales. En efecto, los mexicanos, como la mayoría de los seres humanos, nos hemos “internetizado” y hemos hecho de las redes sociales una constante cotidiana.

Junto a la consolidación de la democracia electoral y al éxito abrumador de las redes sociales, se encuentra otra realidad: los derechos humanos. Internet (y redes sociales), democracia y derechos humanos se han encontrado (y fusionado) en el actual capítulo de la historia. Ese hecho no es fortuito. Amén de que mucho se puede (y debe) profundizarse al respecto, dicha convergencia puede entenderse a partir de estas situaciones: aunque sus resultados son
insatisfactorios, la evidencia demuestra que la democracia es la mejor forma de gobierno (o la menos peor, según el lente).

Debido a su accesibilidad, cobertura, potencia y las posibilidades que ofrece de difundir e interactuar, internet ha contribuido a la transformación de la democracia (aún no sabemos si para bien o para mal) y los derechos humanos constituyen el mayor consenso alcanzado por la humanidad para proteger a la persona, su dignidad y sus manifestaciones.

Reflexionar sobre la relación entre internet, redes sociales y derechos humanos no tiene el más mínimo desperdicio. Todos los días constatamos que la llamada red de redes sirve como un medio muy valioso, y en ocasiones como el único, para el ejercicio de determinados derechos, comenzando, como ya se ha precisado, por la libertad de expresión, pero abarcando otros como los derechos a la educación, información, cultura, cuidado de la salud, recreación y, en general, el libre desarrollo de la personalidad.

Sin embargo, el ejercicio de uno de esos derechos en particular, el que mayormente se ha visto “beneficiado” gracias a internet, parece paradójicamente estar amenazando a otros derechos humanos y, en consecuencia, a la democracia misma –hoy en día la efectividad de los derechos humanos constituye una condición esencial de la democracia: no hay democracia sin derechos humanos–: la libertad de expresión.

El derecho al honor, a la presunción de inocencia y la dignidad misma de la persona son límites infranqueables para el ejercicio del derecho a expresar nuestras ideas.

Desafortunadamente, estos límites están siendo transgredidos cada vez con mayor insistencia a través de las redes sociales.

Hacer conciencia de ello y poner un alto a comentarios y opiniones degradantes, que denigran, calumnian y prejuzgan, nos corresponde a todos: a quienes usamos internet y a quienes no lo hacen de forma directa.

Como usuarios de las redes sociales (las cuales ya son medios de comunicación masiva), es muy importante que antes de emitir una opinión o asumir una postura sobre algún tema o noticia difundida por medio de internet, que involucre un señalamiento o una acusación en contra de alguien, conozcamos las pruebas, el contexto y los argumentos de las partes involucradas.

Esto es así ya que todos estamos obligados, por lo menos, a tres cosas elementales: comportarnos fraternalmente los unos con los otros; ejercer la libertad de expresión con responsabilidad (lo que implica no difamar ni mínimamente), y asumir que, en tanto judicialmente no se demuestre lo contrario, las personas son inocentes y actúan de buena fe.

No las perdamos de vista, no nos conviene. El reto es pues, usar internet a favor de la democracia y no en su contra, como actualmente sucede.




30 Agosto 2016 03:59:59
¡Son los jóvenes la apuesta!
El de los jóvenes es un tema recurrente, un lugar común. Por estos días se ha puesto de moda, por ejemplo, un tópico que ocupa espacios editoriales y muros de redes sociales, y que llama la atención por ser aparentemente revelador, el de los “jóvenes millennials”, “los nacidos entre 1981 y 1995, jóvenes entre 20 y 35 años que se hicieron adultos con el cambio de milenio” (Forbes, diciembre 2014), que presentan una serie de rasgos distintos, significativamente diferentes a los de generaciones anteriores. Pero esta reflexión es sobre otros jóvenes, unos que, aunque por su edad encuadran en la definición de los millennials, no están pensando en si su prioridad en el futuro inmediato será el ingreso económico por su trabajo, la flexibilidad laboral que les permitan sus empleadores o sus opciones de ahorro para el retiro; tampoco están reconfigurando sus hábitos de consumo, ni intentando innovar en cuanto a las actitudes y el lenguaje con los que deben criticar al Gobierno u oponerse al sistema. Ellos, estos jóvenes a los que me referiré, están pensando en cómo sobrevivir. Se trata de los jóvenes que tienen una pésima calidad de vida y un futuro incierto (por decir lo menos desolador). Son la mayoría de los jóvenes mexicanos; los que viven en la pobreza, los que carecen de oportunidades educativas de calidad y empleos dignos, los amenazados por la violencia y el crimen organizado.

Una deficiencia en México es la ausencia de censos y diagnósticos transversales por grupos poblacionales, lo que genera problemas al sistema nacional de planeación y, lo más grave, resultados insuficientes para combatir exitosamente y con la mayor eficacia posible los problemas sociales. Sin embargo, existen diferentes estadísticas aisladas que, por lo menos, nos permiten asomarnos a la realidad de estos jóvenes mexicanos, como las siguientes.

Los que viven en la pobreza. El 46.2% de los mexicanos viven en situación de pobreza, mientras que el 72.4% padecen al menos una carencia social (en relación con satisfactores básicos) (Coneval, 2014). Esta realidad con respecto a la población en general, se replica específicamente en el segmento de los jóvenes, pues se estima que en nuestro país el 44.9% de las personas de 12 a 29 años se enfrentan a la pobreza y el 9.4% a la pobreza extrema, es decir, 3.5 millones de jóvenes mexicanos viven en pobreza extrema (Cepal, OIJ, Imjuve, 2014). Estas estadísticas se traducen, entre más, en que siete de cada 10 jóvenes presentan carencias por acceso a seguridad social y tres de cada 10, carencias por acceso a servicios de salud.

Los que carecen de oportunidades educativas de calidad y empleos dignos. De acuerdo con fuentes oficiales (OCDE, Imjuve, INEGI), “a) apenas un poco más de la mitad de las y los jóvenes mexicanos (56%) está recibiendo educación media superior, en contraste con el 84% logrado, en promedio, por los países de la OCDE, como requisitos de calificación para el trabajo actual y para desempeñarse como ciudadanos; b) la mayoría de estos jóvenes encuentra difícil incorporarse al mercado laboral: por ejemplo, siete de cada 10 consigue su primer empleo a través de redes informales, preferentemente amigos o familiares, y c) 53.2% de los desempleados en México tiene entre 14 y 29 años”. A pesar de que no queda duda sobre que la educación profesional de calidad constituye el principal detonante para el progreso social, en nuestro país sólo el 15% de los jóvenes en edad de hacerlo han estudiado algún semestre de educación superior (y apenas la mitad de ellos, el 7% del total, concluye una carrera).

Los amenazados por la violencia y el crimen organizado. Otra situación que perjudica a millones de jóvenes mexicanos es la de la inseguridad, específicamente la del crimen organizado y la violencia. El primero acosa a los jóvenes y en ocasiones significa para algunos de ellos un camino fácil (“el único”) para salir de la pobreza y/o lograr reconocimiento social. La segunda, afecta el entorno familiar, escolar y social de muchos de ellos. De acuerdo con Rafael de Hoyos y Vicente Vargas, existen hallazgos que sugieren un vínculo entre jóvenes que no estudian ni trabajan y la violencia, debido a “1) la expansión de la industria del crimen organizado, lo cual aumentó dramáticamente la demanda por sicarios, halcones y demás “puestos” de las organizaciones criminales; 2) la crisis financiera internacional que destruyó oportunidades laborales en las manufacturas, y 3) la estructura productiva de dos industrias orientadas a la exportación, una legal (la manufactura) y otra criminal (el narcotráfico), ambas dependientes de trabajadores jóvenes, hombres, de baja escolaridad en el norte de México” (Nexos, junio 2016).

No perder de vista esta realidad lacerante es esencial para la sociedad, a fin de que tengamos una conciencia precisa sobre las verdaderas prioridades de este grupo poblacional, pero particularmente lo es para las autoridades y organizaciones dedicadas al cuidado y desarrollo de las futuras generaciones. Es vital para que diseñen políticas públicas integrales y adecuadas en materia de juventud. Mientras eso no suceda, millones de jóvenes seguirán expuestos a fenómenos de los que les resulta prácticamente imposible escapar y que marcan injustamente su destino.

LM
15 Agosto 2016 04:00:35
Intolerancia: México y su resistencia al pluralismo
En ocasiones anteriores he compartido algunas reflexiones sobre el incremento de la desconfianza y del resentimiento entre los mexicanos.

He señalado, por ejemplo, que, de acuerdo con diversos muestreos, 52% discrepa con la idea de que la mayoría de la gente sea honrada y que se pueda confiar en ella, así como que más de 30% ha referido haberse sentido discriminado (por los mismos mexicanos) en lugares públicos a causa de sus costumbres y cultura, y que casi 40% ha respondido que no estaría dispuesto a permitir que en su casa vivan personas lesbianas u homosexuales.

Aunque esta información es el resultado de varios estudios demoscópicos llevados a cabo por la Universidad Nacional Autónoma de México (2015), todos los días encontramos evidencia suficiente para asegurar que en nuestro país en verdad existe un ambiente de escepticismo, irritación y animadversión (probablemente más grave que lo que reflejan las encuestas) que poco a poco crece, al grado en que llega el punto en el que, por más que se intente evadir, tarde o temprano, nos enfrentamos a él, lo padecemos y, consciente o inconscientemente, lo atizamos.

A ratos, pareciera como si los mexicanos estuviéramos peleados todos contra todos, o “muchos contra muchos”. Internet y, concretamente, las redes sociales (que quizá no nos llegaron en el mejor momento), sobre todo Facebook, Twitter, YouTube y WhatsApp, se han convertido en el campo de batalla por excelencia.

Ya se trate de política o religión, ya de espectáculos o deportes, cada vez son más frecuentes los desencuentros (hasta tonos que distan mucho de las reglas básicas de la cordialidad) entre conocidos y desconocidos, entre amigos, familiares, compañeros de escuela o de trabajo.

Me queda claro que los problemas sociales que enfrentamos en nuestro país como la pobreza, desigualdad, inseguridad, el estancamiento (o lento crecimiento) de la economía, hasta la obesidad y los precios de la gasolina, nos preocupan e inquietan a muchos mexicanos y a nuestras familias. Pero considero irracional que, por esas circunstancias (en parte, debidas a todos y responsabilidad de todos), nos enfrasquemos con frecuencia en pleitos y rencores, a la menor provocación.

Más bien creo que se debe a este hecho que, acertadamente, describe la investigadora Julia Flores: “Desafortunadamente, en nuestro país no existe todavía una cultura de la tolerancia, el término ‘tolerancia’ es en la práctica sinónimo de aguantar. La segunda acepción de tolerancia es respeto a la diversidad.

Se trata de una actitud de consideración hacia la diferencia, de una disposición a admitir en los demás una manera de ser y obrar distinta de la propia, de la aceptación del pluralismo. No es permitir un mal menor, sino aceptar puntos de vista diferentes y legítimos, ceder en un conflicto de intereses justos…

Ese respeto a la diferencia tiene un matiz pasivo y otro activo. La tolerancia pasiva equivaldría al vive y deja vivir; en cambio, la tolerancia activa viene a significar solidaridad, una actitud positiva”.

Reconocer que esa realidad negativa existe hoy en día en nuestro país, que en alguna medida (por acción o por omisión) todos hemos contribuido a formarla y que nos afecta sin excepción, es un primer paso necesario para superarla. ¿Qué hacer después?

Aunque no es sencillo responder a esta pregunta, ya que se trata de un problema estructural desafortunadamente arraigado en la cultura, estoy convencido de que la empatía puede ser una buena estrategia. Ver a los demás como iguales en dignidad a nosotros, identificarnos en ellos y compartir sus sentimientos –lo que siempre es posible con base en las coincidencias–, no sólo es algo muy conveniente, sino además un deber; el primer deber que tenemos y que consiste en comportarnos fraternalmente con todas las personas.

Para ello es necesario que constantemente hagamos ejercicios de introspección y autocrítica, y que estemos dispuestos a cambiar y mejorar, mediante el uso de la razón y la conciencia.
08 Agosto 2016 04:00:29
Río 2016 y el poder de los Juegos Olímpicos
Comenzaron los Juegos Olímpicos Río 2016 y con ellos se desataron pasiones y desbocaron ánimos. La justa deportiva más importante del mundo trae consigo una gran cantidad de situaciones y efectos. Detenernos a reflexionar sobre la trascendencia de los Olímpicos, cuyo génesis se identifica en la Grecia Antigua (siglo 776 a. C.), es imperativo para valorar el esfuerzo que, de modo permanente y constante, llevan a cabo miles de personas convocadas y dirigidas por el Comité Olímpico Internacional –organismo responsable del proceso de elección de las sedes, así como de la planeación, organización y desarrollo de las competencias–, en conjunto con los representantes de la ciudad que corresponda; ellos deben garantizar que cada una de sus ediciones sea todo un éxito. La tradición y el prestigio, no sólo de la institución, sino de las Olimpiadas mismas, requieren no escatimar en el más mínimo detalle para asegurar la satisfacción de un mundo cada vez más exigente.

Desde sus inicios (Atenas, 1896), los Juegos Olímpicos Modernos se fueron consolidando como la actividad deportiva más esperada por atletas, autoridades del deporte, medios de comunicación y masas ansiosas de disfrutar las competiciones que abarcan e ilusionadas con la posibilidad de ver a sus favoritos subir al pódium. Lo que no se logra con poco, pues, además de la logística para atraer y concentrar durante varios días a miles de participantes y
espectadores provenientes de todas las regiones del orbe, su impacto económico es estratosférico.

En el caso de Río 2016, el presupuesto total (aunque muy inferior al de Londres 2012) fue de 4 mil 600 millones de dólares, tanto para obras de infraestructura y acondicionamiento, como para gastos de operación del comité organizador (La Nación/El Financiero, julio 2016). Huelga señalar la complejidad que una inversión de ese tamaño implica para todos los involucrados: financiadores públicos, privados y patrocinadores; complejidad que, en vista de la crisis
política y financiera que actualmente afecta a Brasil, en esta ocasión se acentúa de forma extraordinaria.

Pero más allá del contexto en que el que se celebran los Juegos Olímpicos que ahora corren, los cuales por primera vez en la historia tienen lugar en una nación suda-mericana, y que han convocado a más de 11 mil atletas, de 42 deportes olímpicos, provenientes de alrededor de 200 países, vale la pena rescatar lo más esencial, lo que los convierte en la cita periódica con la mayor cantidad de externalidades positivas en el planeta.

Por principio de cuentas, dignifican a la humanidad porque colocan a todos los participantes en igualdad de condiciones para competir, sin importar su nacionalidad, raza, el nivel de desarrollo del país que representan, su influencia ni tamaño. Permiten apreciar y revalorar a la persona y su capacidad como especie, toda vez que las competencias exigen niveles de disciplina, preparación, acondicionamiento, concentración, fuerza y destreza tales, que las elevan hasta
lo más cercano a la perfección.

Otro aspecto sustancial de los Olímpicos es que promueven el voluntariado de una forma tan profesional que, en el caso de Río 2016, los 50 mil voluntarios que participan, originarios de 156 países, tuvieron que dejar trabajos, estudios, familias y sus ocupaciones ordinarias para, después de inscribirse desde mediados de 2014 y acreditar ser aptos, capacitarse en historia, valores, cultura, salud, seguridad, liderazgo y servicios, durante varios días previos al inicio de los Juegos. Asimismo, facilitan la comprensión, fortalecen el respeto al multiculturalismo y difunden las culturas regionales de los países sede, ya que, por una parte, tienen lugar la convivencia y el intercambio entre personas de todas las regiones del mundo (muchas radicalmente diferentes en cuanto a tradiciones y costumbres), y, por la otra, se constatan los valores universales y se estrechan lazos que refuerzan la razón y la conciencia. Así, los Juegos Olímpicos son una herramienta poderosa para el engrandecimiento de la humanidad como familia, en donde las nacionalidades y el número de medallas obtenidas, aunque son importantes ya que fomentan la competitividad, pasan a un segundo plano y pasan a ser un mero indicador ornamental.
01 Agosto 2016 04:00:34
Pokémon, el juego que se salió de la pantalla
Camino por la Alameda Central en la Ciudad de México, como otras veces, sólo que ahora advierto algo distinto. No es Juárez, él permanece incólume en su Hemiciclo. El resto de las esculturas, las fuentes, los árboles se ven idénticos, haciendo frente victorioso al tiempo y a los acontecimientos. Eso no ha cambiado. El majestuoso Palacio de Bellas Artes continúa coronando el parque público más emblemático de la capital; tampoco registra novedad alguna. Los edificios aledaños, las librerías de enfrente y hasta los extranjeros boquiabiertos son los de siempre.

La diferencia radica en algunas de las personas que se encuentran ahí. Mientras unas pasean, platican y admiran las postales, otras yacen extrañamente en círculos pequeños y en filas cortas, con las miradas fijas en sus manos, en las propias y en las de quienes se encuentran a su lado (después me percataría de que en realidad son sus compañeros de aventuras); se arremolinan, de pronto caminan juntas, luego corren, sonríen, se emocionan, se detienen de nuevo, se dispersan y reagrupan una y otra vez, cuchichean. Por momentos pareciera que planean algo, que están reconociendo el terreno, preparando una estrategia, quizá la próxima manifestación pública (motivos no faltarán). Pero no, nada de eso.

Mi curiosidad fue implacable, así que me acerqué, lo suficiente para conocer su verdadero proceder: ¡estaban atrapando personajes virtuales con sus celulares! Entretenidos al extremo con Pokémon GO, el juego mundial de realidad aumentada más popular que haya existido, tanto que “Apple dijo que el juego tuvo más descargas en su primera semana que cualquier otra app en la historia” (Forbes, 26 de julio de 2016).

Tal es el furor que ha causado esta creación tecnológica que prácticamente hoy no queda sitio exento de personas jugándolo en sus dispositivos móviles, hablando de su experiencia atrapando “pokémones”, criticándolo o celebrándolo. Ocupa charlas de quienes juegan y quienes no, de sus seguidores, detractores y de aquellos que simplemente atestiguan su impacto.Mientras escribo, frente a mí, unos jóvenes treintañeros comparte efusivamente sus experiencias con este juego; lo hacen al tiempo que no pueden evitar buscar en la cafetería algún personaje que puedan atrapar.

Debo precisar que “bajo el paraguas de ‘realidad aumentada’ se agrupan así aquellas tecnologías que permiten la superposición, en tiempo real, de imágenes, marcadores o información generados virtualmente, sobre imágenes del mundo real”; mediante su uso se crea “un entorno en el que la información y los objetos virtuales se fusionan con los objetos reales, ofreciendo una experiencia tal para el usuario que puede llegar a pensar que forma parte de su vida real” (Realidad aumentada: una nuevo lente para ver el mundo, F. Telefónica, 2011). Esta tecnología ha sido empleada, entre más, en el desarrollo de juegos para dispositivos móviles, como los teléfonos inteligentes. Es el caso de Pokémon GO.

En la página pokemon.com se invita a los internautas a jugarlo mediante frases como “Viaja por el mundo real y el mundo virtual de Pokémon con Pokémon GO”, “descubrirás… un mundo completamente nuevo: ¡tu mundo!”, “Pokémon GO… utiliza ubicaciones reales para animar a los jugadores a que salgan a explorar a lo largo y ancho del mundo en búsqueda de Pokémon”, “te permite encontrar y capturar más de cien especies de Pokémon mientras exploras tus alrededores”, “¡En Pokémon GO, el mundo real será el propio escenario!”, “Ponte en pie y sal para encontrar y atrapar Pokémon salvajes”, “Explora ciudades y pueblos cerca de donde vives y por todo el mundo para capturar tantos Pokémon como puedas”. ¡Así, cómo no descargarlo!

Esta aplicación ha desatado una gran cantidad de críticas y reacciones, desde algunas superficiales, como que se trata de un juego demasiado simplista, hasta otras más radicales, como medidas de Estado, en el caso de países cuyas autoridades acusan a sus responsables de haber creado una amenaza.

Según el reportaje del New York Times “Algunos países tildan a Pokémon Go de ‘juego satánico’ y ‘guerra tecnológica’” (28 de julio de 2016), “Pokémon Go, el juego de realidad aumentada que se ha vuelto increíblemente popular, llegó oficialmente a 26 países hace dos semanas, y algunas autoridades religiosas y de seguridad expresaron alarma. En Arabia Saudita, los clérigos renovaron una fetua existente contra Pokémon, al que han llamado ‘antiislámico’. Bosnia advirtió a los jugadores que eviten cazar a las criaturas, pues podrían encontrarse con minas terrestres perdidas desde los 90”. De acuerdo con esta publicación, un miembro del comité de defensa y seguridad nacional de Egipto en el parlamento, acusó a Pokémon GO de ser una herramienta de las agencias espías para infiltrarse en sus comunidades. Por su parte, sus defensores argumentan cuestiones como que sólo se trata de sano entretenimiento, que las personas deciden libremente usarlo, y que “puede ser la cura para la obesidad, (pues) “el juego viral de Nintendo ha motivado a millones de personas a moverse para conseguir un personaje virtual, pero a la vez les ayuda a mejorar su salud” (Forbes, 23 de julio de 2016).

Pokémon GO seguirá siendo tema durante las próximas semanas y, sin duda, será un referente en la historia de Internet y sus múltiples aplicaciones. En una sociedad democrática, la última palabra y, en este caso, la decisión de jugar o no, la tiene cada una de las personas, quienes asumen las consecuencias de sus actos, los que tienen como único límite la dignidad de los demás. Yo me despido para ver si aún logro atrapar algún pokémon.
25 Julio 2016 04:03:34
El Donald Trump que… ¿todos llevamos dentro?
Hablar y escribir sobre Donald Trump ya es costumbre. Aunque el candidato republicano a la Presidencia de Estados Unidos siempre se ha caracterizado por sus ideas controvertidas y radicales. Para los mexicanos comenzó a ser tema a partir de que acusó a nuestro país de enviar gente con problemas, drogas, crimen, violadores.

Lo más sorprendente de este caso no es que Trump tenga una forma monstruosa de pensar, sino que millones de estadunidenses lo secunden y apoyen. Si el hecho de que un empresario millonario metido a la política enarbole y promueva un discurso de odio (que atenta contra la dignidad de todas las personas) es por sí suficiente para encender sirenas, el que tantas personas hayan atendido a su llamado y estén dispuestas a votar por él debe hacernos reflexionar
seriamente sobre los valores en las sociedades contemporáneas.

Una de las protestas en contra de Trump fue el manifiesto que más de media centena de científicos, intelectuales y académicos hispanos hicieron público rechazando su discurso xenófobo. Estos líderes de opinión coincidieron en que el discurso del candidato presidencial es alarmante porque apela a las más bajas pasiones, como la xenofobia, el machismo, la intolerancia política y el dogmatismo religioso; precisaron que sus ataques verbales no se basan en
estadísticas y hechos comprobados sino en su muy personal e infundada opinión; que no sólo desdeña a los inmigrantes hispanos, sino que exhibe una peligrosa actitud contra sus oponentes, a quienes tacha de estúpidos o débiles; que ha lanzado comentarios soeces sobre las mujeres, entre otras críticas sólidas que justifican sobradamente la preocupación de este grupo.

El discurso de Trump –sus motivos, agenda y propuestas– es ahora el discurso de sus millones de seguidores, a quienes lejos de inquietarles la irracionalidad de su candidato favorito, los ha conquistado. En efecto, esas críticas de científicos, intelectuales y académicos son críticas en contra de una parte muy amplia de la sociedad norteamericana. ¿Cuáles fueron las razones que llevaron a esos tantos ciudadanos de una democracia constitucional consolidada y
emblemática, impregnada de nacionalismo libertario, cuna de los derechos humanos, como lo es la norteamericana, a ponerse en contra de sí mismos? Responder a esta pregunta y que las conclusiones sirvan para prevenir el arribo de dirigentes intolerantes y la instauración de regímenes totalitarios, es ya una tarea ineludible para todas las sociedades del mundo.

En nuestro país no basta con ofendernos por las palabras de este señor, ni con temer por las consecuencias de su posible triunfo electoral. Tenemos ya también una realidad propia que es urgente atender. Hay información y diagnósticos que nos advierten sobre un endurecimiento de la sociedad mexicana que pudiera conducirnos, en el corto plazo, a tener nuestro propio Trump.

A modo de ejemplo, son suficientes algunos datos de la Encuesta Nacional de Identidad y Valores, Sentimientos y Resentimientos de la Nación (UNAM, 2015), de acuerdo con la cual, los mexicanos: 1) creen que los sentimientos que más predominan entre la gente en estos días son “el enojo, la ira, el resentimiento y el coraje”; 2) en primer término, están de acuerdo con describirla situación política del país como “preocupante”(en segundo como “peligrosa”); 3) en su
mayoría, cuando piensan que están en lo correcto, se dicen dispuestos a ir en contra de lo establecido por la ley; 4) también en su mayoría, cree que, en ciertos casos, la gente tiene derecho a hacerse justicia por su propia mano, y 5) son más lo que están de acuerdo con la pena de muerte que en su contra.

El que, según esta misma fuente, la mayor parte de los mexicanos prefiera la seguridad sobre la libertad, significa que estarían dispuestos a ceder la segunda por la primera o, lo más preocupante, la libertad por una promesa de seguridad. Hay otros aspectos sobre nuestra realidad social que no deben perderse de vista. En cuanto al fenómeno discriminatorio, 29.5% señaló haberse sentido hecho menos por causa de sus costumbres y cultura en el trabajo; 32.7%, en
lugares públicos; 26.5%, en la escuela. En cuanto a diversidad y tolerancia, 17.5% de los mexicanos entrevistados no estaría dispuesto a permitir que en su casa vivieran personas con una cultura distinta; 23. 2%, extranjeros; el 29.6%, personas enfermas de sida; 38%, lesbianas; 37.6%, homosexuales.

Este estudio revela que hay mexicanos que piensan, en alguna medida, de forma similar a Trump; unos más radicales, otros menos; unos que no levantarían muros en las fronteras, pero sí en sus casas. Reconozcamos ahora nuestros prejuicios y defectos como sociedad, enfrentémoslos y evitemos así que, en un futuro no muy lejano, tengamos la amenaza en casa.
18 Julio 2016 04:00:56
El valor de las graduaciones
En los últimos días me han invitado a ser padrino de generación de distintos grupos que culminaron sus estudios de primaria en Coahuila. Tengo la dicha de contar con amigas y amigos profesores que, por alguna u otra razón, les platican de mí a sus alumnos (no sé qué cosas, pero supongo que por lo menos alguna buena o que sirva para justificar la puntada de sugerirme) y deciden otorgarme ese inmerecido honor.

Ser padrino no es cosa sencilla. Amén de los presentes que modestamente uno pueda compartir, lo más difícil de ser padrino es que te convierte, sino en ejemplo o referente (lo que puede sonar pretensioso), sí en objeto de observación por parte de él o los ahijados, y, en ocasiones, de cierta expectativa. Eso a pesar de que, con un padrino de generación, no es común que se forme un lazo tan sólido con su ahijado como suele establecerse con los padrinos de bautizo o primera comunión, quienes llegan a convertirse en protectores, mecenas y hasta en sustitutos de la figura materna o paterna.

Ya hemos reflexionado sobre la importancia de la educación. El hecho de que un niño tenga la oportunidad de estudiar y la aproveche, aumenta sus posibilidades de progreso, movilidad social y, en general, de tener mejores niveles de bienestar a lo largo de su vida.

Instrumentos normativos y programas internacionales y nacionales reconocen el derecho a la educación, y fijan metas, propósitos y actividades tendientes a ampliar su cobertura y calidad. A manera de ejemplo, uno de los objetivos del Marco de Acción de Dakar, Educación para Todos, adoptado por el Foro Mundial sobre la Educación (UNESCO) en el año 2000, es “mejorar todos los aspectos cualitativos de la educación, garantizando los parámetros más elevados, para conseguir resultados de aprendizaje reconocidos y mensurables”.

De entre todas las estrategias impulsadas por organismos públicos y privados internacionales, países, sociedades y gobiernos, son, sin duda, las relativas a la educación, las que han acreditado con mayor consistencia y contundencia ser las más productivas, toda vez que su impacto y sus efectos son estructurales y transversales.

Sin pasar por alto que la educación en México se encuentra en un nivel no óptimo, considerando, entre muchos otros datos, que el grado promedio de escolaridad de la población de 15 y más años, es de 8.6 años (INEGI, 2010), y que 80% de los jóvenes en edad de cursar una carrera profesional, no lo hace, quiero compartirles mi emoción por recordar y reflexionar sobre la gran cantidad de cosas positivas que traen consigo las graduaciones de primaria.

La satisfacción de los papás (o tutores) al ver que sus hijos han obtenido el grado académico más elemental; el orgullo de los profesores al constatar que su vocación y trabajo han dado frutos; la sensación del deber cumplido de los directivos y las autoridades escolares al entregar a la sociedad una nueva generación de coahuilenses con conocimientos que serán esenciales para que continúen formando su ciudadanía, y la esperanza de la sociedad que sabe que las posibilidades de tener paz, armonía y de alcanzar el bien común, dependen, en mucho, de la educación de sus miembros.

Sin dejar de mencionar una práctica que me parece maravillosa de estas graduaciones: los números artísticos que incluye como parte del festín por la culminación de los estudios; en la mayoría de los casos se trata de bailables típicos mexicanos, de manifestaciones folclóricas que son parte esencial de la formación de los niños y que avivan nuestras costumbres y tradiciones. Por eso, las graduaciones son grandes acontecimientos. De ahí el gusto y la responsabilidad al ser padrino de tantos niños, a quienes agradezco profundamente que, sin méritos para ello, me hayan permitido ser parte.
11 Julio 2016 04:00:16
¿Y si usamos el celular en las escuelas?
“El problema con la televisión es que la gente debe sentarse y mantener sus ojos pegados en la pantalla; la familia común americana no tiene tiempo para ello” (The New York Times, 1939, en Newcomb, H., 1974). Eso se pensaba de la televisión cuando empezó a comercializarse en Estados Unidos; se tenía la idea de que era una fuente de distracción destinada al fracaso porque requería que las personas le consagraran cierto tiempo del que no disponían. Hoy hay quienes piensan lo mismo de los teléfonos móviles con acceso a Internet conocidos como inteligentes o smartphones. Más allá de su función para realizar y recibir llamadas, las posibilidades que ofrecen estos equipos los convierte en aparatos mucho más complejos y sofisticados que un simple teléfono. Incluso, cada día se utilizan menos para hablar y más para enviar mensajes y navegar.

Los smartphones se encuentran ligados a las tecnologías de la información y comunicación (TIC). De acuerdo con Consuelo Belloch, experta en la materia, las TIC son “el conjunto de tecnologías que permiten el acceso, producción, tratamiento y comunicación de información presentada en diferentes códigos (texto, imagen, sonido, etcétera)”, cuyo elemento más representativo es Internet. Este tipo de tecnologías ha sido estudiado y empleado con mayor frecuencia en el campo de la generación de conocimiento. La idea es simple: aprovecharlas para combatir la ignorancia, pobreza y marginación, y para formar generaciones más competitivas.

De los 120 millones de personas que viven en México, 78 millones usan teléfonos móviles, de los cuales 52 millones son teléfonos móviles inteligentes (INEGI, 2016). Eso significa que, del total de la población, 65% cuenta con teléfonos móviles, mientras que 43% cuenta con teléfonos móviles inteligentes. Y la demanda va en aumento. El hecho de que tantas personas lo utilicen en nuestro país debe hacernos reflexionar acerca de los riesgos de su uso ina-decuado, sí, como ya se ha hecho (un ejemplo son los accidentes automovilísticos), pero también sobre los beneficios que puede generar.

Entre las muchas formas de emplear los celulares, una de ellas –que ha dado resultados positivos– es su uso pedagógico, como herramienta para el proceso de enseñanza-aprendizaje en las aulas. Tal cual: los celulares como instrumentos útiles para la educación. Según un artículo publicado en el diario argentino La Nación (marzo 2016), derivado de la Primera Encuesta Nacional sobre Integración de Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) en la Educación Básica, “se llegó a la conclusión de que, si bien hoy existe un fuerte consenso acerca de la necesidad de universalizar el acceso a las tecnologías para promover nuevos procesos de aprendizaje e integrar el uso de las TIC en el aula, al teléfono celular se le margina y se le excluye”, a pesar de que “el acceso a Internet es un recurso ampliamente utilizado por los estudiantes para sus prácticas de estudio extraescolares, tanto que ocho de cada 10 señalaron hacer uso de Internet para hacer los trabajos que solicitan sus docentes”.

Imaginemos qué pasaría si en lugar de que los profesores prohibieran el uso del teléfono celular, lo permitieran, claro está, de manera guiada y supervisada. El resultado podría ser muy positivo. Se aprovecharían recursos (que muchos estudiantes ya tienen), al mismo tiempo que se formarían ciudadanos capaces de emplear la tecnología de modo responsable y estratégico. Entre otros, podrían superarse los obstáculos de la falta de equipo y conectividad que se presentan en muchos centros educativos. Eso sí, habría que comenzar por diseñar políticas educativas para el aprovechamiento de estas tecnologías y tendría que brindarse capacitación a los docentes. Pues, de acuerdo con UNESCO, México es uno de los tres países de América Latina que no han implementado estrategias de este tipo en todos los niveles educativos y en donde apenas 2% de los docentes ha sido capacitado para enseñar materias utilizando recursos TIC.

El teléfono inteligente, al igual que la televisión, es un medio, su uso seguirá dependiendo de las personas, las sociedades, sus culturas y las ganas de poner o no la tecnología a su servicio.
04 Julio 2016 04:00:05
Desconfianza II
“Si en una sociedad impera la confianza, es evidente que la gobierna una sana política, pero si impera el miedo, toda su política debe quedar enseguida bajo sospecha”, advierte el escritor colombiano William Ospina. ¡Eureka! Es la confianza la clave. ¿La única? No. Es la desconfianza el problema. ¿El único? Tampoco. ¿Entonces? Resulta que sobra evidencia de que la confianza es un factor esencial para la evolución y de que, por el contrario, la desconfianza conduce a la autodestrucción.

La semana pasada compartí una reflexión sobre un tema que me ha llamado la atención por sus efectos negativos en la estabilidad, la democracia y el desarrollo: la desconfianza interpersonal, social y en las instituciones que actualmente reina en nuestro país. Señalé que “existen elementos para considerar a los mexicanos en su conjunto como personas desconfiadas, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Identidad y Valores (UNAM 2015), analizada y difundida con el título Sentimientos y Resentimientos de la Nación”. Las consecuencias de este fenómeno son tan profundas y graves que debe insistirse en el tema.

Al reflexionar magistralmente sobre la pérdida y crisis de la confianza en su país, Ospina (“Colombia en el Planeta. Relato de un País que Perdió la Confianza”, 2001) señala que “las sociedades sólo viven juntas en confianza cuando comparten una memoria, un territorio y un carácter, es decir, un saber sobre sí mismas”. Podemos entonces sostener que en México no vivimos juntos en confianza. Los mexicanos no sólo no compartimos memoria entre nosotros, sino que, por lo general, carecemos de ella; compartimos territorio sí, pero con nuestros prejuicios, debidos sobre todo al clasismo, marcamos límites que nos dividen más que la geografía, y no, no compartimos carácter, si bien nos sentimos “orgullosos de ser mexicanos”, no perdemos oportunidad para dejar en claro que “no es lo mismo bacín que jarro”. Poco sabemos sobre nosotros mismos.

Nos encontramos en un momento de la historia en el que desconfiamos casi de todo y de todos; desde el transeúnte que nos da los buenos días, hasta el vecino que de vez en cuando nos pregunta por nuestra familia o el mercader que intenta vendernos un producto a un precio significativamente menor que el que sabemos que tiene, y ni qué decir de políticos o gobernantes, por default “en ellos no confiamos”. Aunque nuestra desconfianza no es gratuita (dicen que “el que con leche se quema hasta al jocoque le sopla”), resulta injusta e inconveniente, para los demás y para nosotros mismos. En su libro El Factor Confianza: el Valor que lo Cambia Todo, Stephen M. R. Covey da cuenta de cómo la confianza es un detonante para el crecimiento económico, la adquisición de conocimientos y el establecimiento y aprovechamiento de relaciones. La confianza es la base de mucho. Las mismas sociedades tienen su origen en la confianza que todos sus miembros depositan entre sí, esperanzados en que actuarán en su beneficio.

Es vital que las y los mexicanos recuperemos y ampliemos la confianza entre nosotros, entre todos. William Ospina comparte algunas medidas para que sus compatriotas puedan lograrlo y que bien aplican al caso de México, aquí tres: 1) alcanzar la capacidad de perdón combatiendo las inercias de la venganza; 2) reconocernos a nosotros mismos en el acto de dialogar con el mundo, y 3) reencontrarnos de nuevo con la invaluable confianza espontánea en los demás a través de desconfiar aplicadamente de nuestras nociones y de nuestros hábitos. Confío en que venceremos al miedo, desterraremos la sospecha sistemática y recuperaremos a la buena fe como regla general cuando pensamos en las conductas de los otros como yo.
27 Junio 2016 04:06:44
Desconfianza
Confianza es “la esperanza firme que se tiene de alguien o de algo” y “la seguridad que alguien tiene en sí mismo” (RAE). La sociedad mexicana, la nuestra, por desconfiada, es una sociedad desesperanzada e insegura. Situación peligrosa. Existen elementos para considerar a los mexicanos en su conjunto como personas desconfiadas, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Identidad y Valores (UNAM 2015), analizada y difundida con el título Sentimientos y
Resentimientos de la Nación, como parte de la colección Los Mexicanos Vistos por Sí Mismos.

Los conflictos entre personas, grupos y autoridades, en un tono de todos contra todos, han escalado a un nivel tan elevado en México que se han encendido alarmas que nos convocan a los mexicanos, sin excepción, a la autocrítica y al cambio en serio. El reto principal ya no es encontrar culpables –lo que, por supuesto, debe hacerse–, sino evitar que conductas antisociales graves, a las que nos hemos habituado, se repitan. ¿Cómo? Comenzando por admitir que la
responsabilidad es del Estado en su conjunto, es decir, de sociedad y Gobierno, y no sólo de las autoridades, pues aún las personas que desempeñan funciones públicas forman parte de la misma sociedad, de ella surgen y ella las moldea. Y continuando por recuperar la esperanza y aumentando la seguridad en nosotros mismos. Esto último se logra por medio del fortalecimiento de la confianza interpersonal, social y en las instituciones, la cual, según la referida
encuesta, se encuentra en crisis.

En Sentimientos y Resentimientos de la Nación se exponen la opinión y percepción de los mexicanos con respecto a temas sustanciales como la identidad y el orgullo nacional, la conservación de las tradiciones, el futuro de los hijos, la satisfacción con la vida y la diversidad y tolerancia. El tema que nos ocupa se aborda a partir del título La Confianza en una Sociedad de Desconfiados. En la reflexión al respecto, se comparte, entre más, esta conclusión general (en
nuestro país) “la mayoría de las personas se siente aceptadas como miembros de la comunidad (82.4%), pero al mismo tiempo, la frase ‘la gente se interesa sólo en su propio bienestar’ obtuvo 80.1 por ciento. La frase que obtuvo mayor desacuerdo fue ‘la mayoría de la gente es honrada y se puede confiar en ella’, con una discrepancia de poco más de cinco de cada 10 sujetos seleccionados para el estudio (52.4%). Esto denota que, a pesar de que la gente se
siente aceptada, como miembro de una comunidad, desconfía al mismo tiempo de quienes le rodean”.

Asimismo, se comparten otros resultados, los cuales es importante que conozcamos para dimensionar la realidad y hacer mayor conciencia (la encuesta está disponible en
http://www.losmexicanos.unam.mx). Por ejemplo, en cuanto a la confianza social, se señala que son la familia, sus vecinos y las personas más pobres que ellos, en quienes más confían los mexicanos; mientras que los líderes de su comunidad, los extranjeros y las personas más ricas que ellos, son en
quienes menos. En palabras de la investigadora Julia Isabel Flores, quien analiza la encuesta, “la confianza social es uno de los componentes más importantes de las diversas concepciones del capital social y como tal le ha sido atribuido un papel significativo en proveer el contexto social para la emergencia y el mantenimiento de sociedades estables, democráticas y economías efectivas”.

Esta radiografía es sólo una de las muchas muestras que deben llevarnos a reflexionar sobre nuestro papel, el de cada uno de nosotros, en la sociedad. En una sociedad en donde ser un ciudadano medianamente responsable ya no es suficiente. La experiencia nos dice que debemos ser ciudadanos altamente responsables y, con humildad, empatía, sin prejuzgar y mediante acciones efectivas, desde el anonimato o la publicidad (eso no importa), ayudar a que otros lo sean. ¿Qué hacer para que propios y extraños confíen más en mí? Puede ser un buen punto de partida.
20 Junio 2016 03:59:59
El mejor traje, el que conmovió en las redes
Gerardo González Carrillo es un profesionista recién egresado de una de las universidades de mayor prestigio y tradición en Coahuila y en México, la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro, “la Narro”, como muchas personas la conocemos. Es originario de Tutuyecuamama, una comunidad indígena ubicada en el norte de la sierra de Jalisco, en una zona que colinda con Nayarit.

Gerardo se hizo famoso hace unos días gracias a una publicación en redes sociales que se propagó rápidamente, pues según una nota del Periódico Zócalo sobre este caso, al momento de su redacción había sido compartida 9 mil 244 veces y alcanzado 25 mil 800 likes y reacciones a través de la página Alertando a La Laguna.

Dicha publicación contenía una fotografía, tomada por uno de sus profesores, en la que aparece Gerardo con sus padres durante la ceremonia de entrega de certificados en el auditorio en el que tuvo lugar, todos vestidos con trajes típicos huicholes, los cuales contrastaban con los trajes formales clásicos de sus compañeros: “La madre: una amplia falda verde, con una blusa roja. El padre, un traje típico, con sombrero y morral étnico. El hijo, huaraches de cuero, pantalón y camisa con ‘El ojo de Dios’ bordado”, da cuenta el texto periodístico.

La historia de este joven es inspiradora y ejemplar por varias razones. Porque está orgulloso de sus raíces y de sus padres. Porque en su graduación portó contento el atuendo que, durante dos meses, le bordó su madre. Porque con enormes esfuerzos y sacrificios dejó su casa para cursar, primero, la preparatoria en Nayarit, después, la carrera en Coahuila. Porque, precisamente, concluyó una carrera profesional en un país en donde más de 90% de los jóvenes en edad de hacerlo no lo logran (aunque algunos de ellos no enfrentan carencias económicas).

Porque tiene la convicción de regresar a ayudar a los suyos: “Cuando salí de la prepa prometí algo. Le llamamos un “Diosito” nosotros, y prometí que iba a regresar a ayudar a mi gente. Le prometí al diosito, que nos representa en el pueblo, es como una Virgen María, y quiero cumplir mi promesa”, señaló Gerardo.

Y es que ya trabaja como profesionista en una filial de la empresa en la que realizó sus prácticas profesionales, con lo que proyecta una expectativa de movilidad social (superación) mucho más elevada que las de sus padres y abuelos, no obstante que, de acuerdo con estudios, los mexicanos experimentamos, “a partir de 1988, una reducción en las oportunidades de logro ocupacional para todos los estratos sociales” y de que “la distribución de estas oportunidades entre la población ha sido más inequitativa que en el pasado” (UNAM, 2015); es decir, lo logró a pesar de que, cada vez más, los hijos de padres pobres están condenados a seguirlo siendo. Gerardo pues, venció a las proyecciones estadísticas por medio de la principal vía para la movilidad: la educación y la formación profesional.

Uno de los derechos humanos que más trasciende a la dignidad, que es decisivo para la efectividad de todas las libertades y que, por ende, es de los mayormente reconocidos, es el derecho a la educación, el cual incluye a la educación universitaria o superior. Amén de otros muchos instrumentos normativos, en el Artículo 13.2 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (1966) se haya establecido que “la enseñanza superior debe hacerse igualmente accesible a todos”.

Desafortunadamente, por regla general, en nuestro país esto no sucede. Gerardo, en contra de las adversidades, es una excepción. Su caso debe motivarnos a todos a superarnos, comenzando por quienes la vida nos ha brindado las ventajas que él no ha tenido pero que, sin duda, de ahora en adelante tendrá. Gerardo no aprovechó una oportunidad pasajera, construyó una oportunidad de vida.
13 Junio 2016 04:05:02
La niñez pone el ejemplo. ¡Gracias Mayal!
Mayal Elizabeth es una niña coahuilense extraordinaria que nos ha regalado una bocanada de esperanza a quienes conocemos su historia. A sus 10 años, lo mismo que casi todos los menores de su edad, dedica la mayor parte del tiempo a asistir a la escuela. Sin embargo, ha decidido ir más allá, aprovechar las oportunidades que la vida y su familia le brindan para ocuparse en una tarea muy importante: difundir y promover los derechos humanos; poner, más que un granito, una carretilla de arena, para que se conozcan, respeten y hagan válidas, socialmente (en la realidad, no sólo en el papel), las libertades de niñas, niños y adolescentes.

“Niña coahuilense representará a México en encuentro internacional de Colombia” es el título de una nota de Zócalo, en la que se da cuenta de esta alentadora historia. En el texto se precisa que Mayal Elizabeth Martínez Sánchez es alumna de la primaria Lázaro Cárdenas, de Sabinas, que fue seleccionada como “difusora nacional” y que representará a México en el Encuentro Internacional de la Infancia y la Adolescencia en Políticas Públicas, que tendrá lugar este mes en Colombia. Mayal, como otros menores de todo el país, respondió al llamado a difundir los derechos, realizado por el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia.

Según el sitio web del DIF Nacional, “la Red Nacional de DIFusores de los derechos se instaló en abril de 2002 y se integra por niñas, niños y adolescentes que difunden y promueven los derechos de los niños a través de diferentes acciones como: campañas, jornadas, ferias, programas de radio, entre otras, dirigidas a niñas, niños, adolescentes y población abierta de sus comunidades”.

Se trata de una política pública gubernamental cuyo objetivo es que las nuevas generaciones de mexicanos den a conocer los derechos a quienes integran sus círculos más cercanos de convivencia (familia, escuela y vecinos), su importancia, así como las razones por las que deben ser garantizados. Sin duda, se trata de una buena estrategia para lograr lo más importante para los derechos: la construcción de una cultura amplia y sólida de respeto a la dignidad humana. En el tema de los derechos humanos, como en casi todos, la cultura es la base.

De acuerdo con el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, los estados tienen cuatro tipos de obligaciones básicas en relación con estas prerrogativas: respetarlas, garantizarlas, adoptar medidas apropiadas y establecer recursos efectivos. Medidas apropiadas son todas aquellas que permitan la plena efectividad (mínimo básico garantizado) de los derechos humanos, como las medidas administrativas, consistentes en políticas públicas, educativas, financieras, etc., que propicien que las autoridades y los particulares tengamos una mayor conciencia acerca del valor de los derechos humanos y hagamos la parte que nos corresponde para que sean materializados.

Pues bien, esta iniciativa pública es una medida que, al haber logrado despertar el interés y la preocupación de niños como Mayal, puede ser calificada como exitosa. Ella ahora conoce e impulsa acciones cotidianas y políticas públicas encaminadas a la protección de los derechos de los menores a cuestiones elementales como vivir en familia, tener un nombre y recibir educación, vivienda y cuidado de la salud. Derechos que, entre otros instrumentos internacionales, se encuentran tutelados en la Convención sobre los Derechos del Niño (1989).

El conocimiento, la difusión y defensa de los derechos humanos, del lado de la sociedad, por parte de todas las personas en el día con día, constituyen las acciones más trascendentales para el respeto de la dignidad. En ello radica la clave para la convivencia y el desarrollo social armónicos. No conozco a Mayal, pero me gustaría presentarme con ella para simplemente decirle: muchas gracias por mostrarnos el camino.
06 Junio 2016 04:05:06
El perro del Sarape
Dedicado a Recuperemos a Mascotas Perdidas, a sus más de 5 mil 200 miembros (más los que se acumulen) en su página de Facebook y a todas las personas que publican imágenes e información sobre animales perdidos, encontrados, en adopción y que denuncian su maltrato. Gracias por hacernos más humanos.

Comprometidos con los animales es el título de una nota publicada en Zócalo Saltillo. Se trata de la historia de un rescate animal. De acuerdo con Adrián Galindo, responsable de la publicación, el jueves pasado un usuario de redes sociales, identificado como Zeigën Joe, alertó sobre la existencia de un perro atrapado en un desagüe del Distribuidor Vial El Sarape, a través de la página de Facebook Recuperemos a Mascotas Perdidas.

El llamado se propagó rápidamente y fue atendido por medio centenar de personas, entre integrantes de organizaciones protectoras de animales, bomberos, servidores públicos de las áreas de Protección Civil, Medio Ambiente y Control y Bienestar Animal, una espeleóloga, un reportero, un fotógrafo y gente que decidió sumarse a la misión.

Un grupo de rescatistas se adentró en el drenaje y, después de recorrerlo varios metros, desistió sin haberlo encontrado, pero habiendo descubierto que el cachorro pudo haber salido por uno de los ductos del drenaje, los cuales desembocan en un arroyo cercano a la Central de Abastos, en donde los animales suelen ir a alimentarse.

Esta historia es alentadora por varias razones. Una vez más, se demuestra que en nuestra ciudad muchas personas (estoy seguro de que la gran mayoría) no permanecen indiferentes ante el sufrimiento animal y que hacen cosas para erradicarlo.

Queda más que claro el uso positivo que se puede hacer de las redes sociales para emitir alertas, atender emergencias y transformar positivamente nuestro entorno. Se evidencia que aumentan las personas que practican el asociacionismo y el voluntariado. Se constata que cuando las autoridades se ponen las pilas realizan su trabajo con sensibilidad y profesionalismo. Y se advierte que los medios de comunicación han dado mayor importancia y cobertura a este tipo de situaciones, con lo que contribuyen a fortalecer la conciencia de la sociedad.

En mi casa nos gustan los animales. Mi mamá nos enseñó a mis hermanas y a mí a cuidarlos. Ahora tengo un gato que se llama Kelsen (en honor a un ilustre jurista); me lo encontré abandonado en un parque e hizo que lo adoptara. Hace unos días, Tito, el gato de mi mamá (también tiene dos perras, un perico y una tortuga), se topó con un ratón que merodeaba en la casa; en lugar de exterminarlo, terminamos tomándonos selfies con él.

Como muchas familias saltillenses, la mía está compuesta en parte por mascotas. Pero no todas las personas tienen las mismas ganas de tratar bien y defender a los animales. Así que la tarea de que quienes sí las tenemos es promoverlas.

A quienes por las buenas no están convencidos de que la racionalidad nos obliga a procurar el bienestar de los animales, hay que decirles que el derecho y la ley también lo hacen, y que el maltrato animal se castiga hasta con cárcel. Por ejemplo, en el ámbito internacional existe un instrumento denominado Declaración Universal de los Derechos del Animal; a nivel nacional, la Ley General de Vida Silvestre, y a nivel estatal, la Ley de Protección y Trato Digno a los Animales para el Estado de Coahuila de Zaragoza.

En el artículo 6 de este último ordenamiento se reconoce, entre más, que en nuestro estado todos los animales tienen derecho a vivir y ser respetados, así como a la protección, atención y a los cuidados del hombre. Más allá de que los animales tengan derechos o no, lo sustancial es que los seres humanos no estamos facultados para maltratarlos y, por el contrario, estamos obligados a respetar y preservar a todos los seres vivos que nos rodean. ¿Por qué? Porque a diferencia de ellos, tenemos razón y conciencia. Demostrémoslo.
30 Mayo 2016 04:05:52
Vivir la contingencia: una lección para todos
Trabajo en la Ciudad de México. En ese lugar en donde en los últimos meses se han encendido sirenas por las ya famosas “contingencias ambientales”. Para quienes somos foráneos, la expresión “contingencia ambiental” solía no significar mucho, más allá de que las cosas con el medio ambiente no marchaban bien.

Del 2011 a marzo de este año, no recuerdo más de dos o tres ocasiones en las que se advirtiera que el nivel de contaminantes era tan elevado, que se recomendaba no realizar actividades al aire libre y evitar fumar en espacios cerrados. Lo que me parecía lógico en vista de la gran cantidad de vehículos y fábricas que coinciden en ese espacio. Pero en los últimos meses algo cambió drásticamente.

Ojos llorosos, respiración agitada, cansancio anormal, transporte público gratuito, un Hoy No Circula cambiante y dificultad para conseguir una ecobici, no dejaron lugar a dudas de que se trataba de cosa seria y complicada. Un ejemplo, el Hoy no Circula es un programa permanente (los capitalinos se quejan de que en un principio les prometieron que sería temporal) que limita el flujo vehicular en la zona metropolitana con
el objetivo de controlar la contaminación que generan; pues bien, si entender las reglas de tal programa cuando opera de manera ordinaria es complejo, hacerlo en medio de la contingencia requiere un nivel elevado de concentración, juzguen ustedes: “todos los vehículos, inclusive hologramas 0 y 00, que estaban exentos, pero ahora ya no, dejarán de circular un día en la semana y un sábado al mes, dependiendo del
color de holograma o último dígito de la placa; además, X día aplica el Doble hoy no circula, el cual limitará la circulación de los vehículos con engomado verde (placas terminadas en 1 y 2) y amarillo (placas terminadas en 5 y 6), y la excepción incluye también a...”.

Si antes de la contingencia usaba con frecuencia el Metro o Metrobús, ahora ni qué decir. Evidentemente se trata de una crisis que ha obligado a las personas a modificar hábitos y que afecta la convivencia y el desarrollo.

La contingencia ambiental “es un conjunto de medidas que se aplican cuando se presenta un episodio de contaminación severa, durante el cual, las concentraciones de ozono o de partículas suspendidas alcanzan niveles que ponen en riesgo la salud de la población en general y producen efectos adversos en los grupos sensibles” (Secretaría del Medio Ambiente de la Ciudad de México).

Expertos en el tema, como el premio Nobel de Química Mario Molina, han dicho que las principales causas de esta contingencia en la capital del país son la falta de una buena planeación urbana y el crecimiento del parque vehicular. Sobre ambos temas puede ahondarse muchísimo.

Esta experiencia en la Ciudad de México debe ser vista como una lección y un llamado de atención para todos, ya que, aunque se debe a un fenómeno (multifactorial) concreto de contaminación, actualmente todos contribuimos, por acción o por omisión, directa o indirectamente, al deterioro ambiental en general. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (2016), cada año mueren en el mundo más de 12
millones de personas a causa de la insalubridad del medio ambiente. Es importante que hagamos conciencia al respecto. El derecho a un medio ambiente sano es un derecho humano. México es parte en 30 tratados e instrumentos internacionales en los que se reconocen derechos humanos relacionados con la protección del medio ambiente.

Todos estamos obligados a cumplirlos; no sólo los gobiernos, también (y, sobre todo) la sociedad. ¿Qué hacer? Aquí cinco medidas básicas: reutilizar, reciclar y reparar; desconectar aparatos electrónicos; utilizar lo menos posible el vehículo y compartirlo con vecinos y amigos (hacer roles); optar por juguetes que no requieran baterías, y no solicitar bolsas de plástico en el supermercado.
24 Mayo 2016 04:00:57
Internet: oportunidad y reto
Internet llegó no sólo para quedarse, sino para transformar la vida de todas las personas, la de quienes lo usan y la de quienes no. En dos décadas hemos pasado de tener acceso sólo en algunos remotos centros de cómputo hasta tenerlo desde la palma de la mano.

Nos hemos “internetizado”. Hace cinco años difícilmente hubiera imaginado ver a mi mamá angustiada por no encontrar su tableta o por haberse desconectado de la red; a mi abuelita pidiéndome que le muestre un video de YouTube, o recibir una invitación de Facebook de parte de Marcelino, un señor de 80 años que trabajó como vigilante del edificio en el que vivo.

De acuerdo con el 12º Estudio sobre los Hábitos de los Usuarios de Internet en México 2016, dado a conocer por la Asociación Mexicana de Internet (AMIPCI), hace 10 años en nuestro país había 22 millones de internautas, el 21% de la población; actualmente hay 65 millones, el 59%. Según la misma fuente, el acceso a redes sociales (como Facebook, WhatsApp, Twitter, YouTube e Instagram) sigue siendo la principal actividad online (79% de los internautas).

Internet y las redes sociales pueden abordarse desde muchos ángulos. Uno de ellos es desde su impacto diario en los derechos de las personas, pues han demostrado su eficacia para contribuir a garantizar su materialización. Por esa razón Naciones Unidas se ha pronunciado sobre la trascendencia de la conectividad a la llamada red de redes, y en la Constitución mexicana se ha garantizado el derecho de acceso a la banda ancha e Internet. Entre los derechos que han sido favorecidos mediante su uso se encuentran los de educación, salud, acceso a la información, ejercicio profesional, recreación y, destacadamente, el de libertad de expresión, el cual resulta esencial para la vigencia de cualquier democracia y el desarrollo de las personas. Internet se ha convertido en la herramienta más valiosa para buscar, recibir y difundir informaciones e ideas.

Internet parece ser un gran paso en la evolución de la humanidad en virtud de su capacidad de coadyuvar a la efectividad de la libertad de expresión. Sin embargo, conlleva, entre otros, un reto cuya dimensión es quizá tan grande como sus beneficios: su uso responsable. La incesante posibilidad de que lo que escribimos sea leído de inmediato hasta por millones de personas es una tentadora oportunidad para realizar aportaciones constructivas, pero también para lanzar comentarios dañinos y críticas destructivas.

Lo vemos todo el tiempo. Una gran cantidad de personas han sido blanco de injurias, difamaciones y ofensas que no se justifican, resultan infundadas y transgreden la dignidad humana (la de ellas y la de todos). La libertad de expresión no es un derecho absoluto. Su ejercicio tiene restricciones y están establecidas en los mismos marcos jurídicos nacionales e internacionales en los que se le reconoce. Así, por ejemplo, del Artículo 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos se deriva que la libertad de pensamiento y de expresión tiene como límites el respeto a los derechos o a la reputación de los demás, la protección de la seguridad nacional, el orden público, la salud y la moral públicas. Esto sin olvidar el deber que todos tenemos de comportarnos fraternalmente con los demás; la obligación de respetar sus derechos y manifestarnos en contra de quienes los violenten, y la necesidad de no afectar con prejuicios el principio de presunción de inocencia.

Es esencial no perder de vista esta parte del uso de Internet. De lo contrario, el que para muchos es el invento más importante del siglo pasado, puede convertirse en una amenaza de autodestrucción debido a la falta de conciencia, la debilidad de valores, la ignorancia y la manipulación.


Por: David Boone de la Garza
@Boonepolis
16 Mayo 2016 04:00:44
En defensa de los profesores
Conozco bien a muchos profesores. He convivido con ellos. Es cierto que, como en cualquier otra profesión, unos son mejores que otros y que no faltan los que cometen conductas indeseables, pero que, de alguna forma, reflejan las de la sociedad a la que pertenecen. Pero es innegable que casi todos cumplen, en mayor o menor medida, funciones vitales para el desarrollo de las personas: motivar, enseñar y ayudar a aprender. “Educar” es un concepto muy amplio y complejo que está más del lado de la familia que de los profesores. Mucho puede profundizarse al respecto, pero como éste no es un texto especializado y a lo más que aspira es a ser una modesta reflexión, no lo haré.

En Generación en Marcha, la organización altruista de la que formo parte, he conocido y trabajado con personas de diversas profesiones, pero la mayoría docentes. Por alguna razón, siendo yo abogado, en las actividades de voluntariado, he coincidido más con ellos que con mis colegas. De todos he recibido más de lo que he podido compartir. Es común que durante la planeación de un evento destaquen por sus ideas y entusiasmo, y que, al momento de llevarlo a cabo, lo hagan por su liderazgo, pasión y meticulosidad. Los profesores tienen una especie de chip que los predispone a ser proactivos, creativos, generosos y no cesar en su esfuerzo hasta culminar lo que se hayan propuesto. Ana Calderón y Édgar García son ejemplos de ello, y son mis amigos. Y digo que son mis amigos, a pesar de que pudiera pensarse que por esa razón soy imparcial, porque nuestra amistad surgió y se ha fortalecido a partir de su vocación de servicio. Los dos trabajan en escuelas públicas con infraestructura precaria, a las que asisten menores de escasos recursos económicos. Ese hecho, lejos de molestarles, los inspira. Frecuentemente realizan actividades, gestionan apoyos y destinan parte de sus salarios para que sus alumnos aprendan en un ambiente más digno. Lo hacen, al mismo tiempo que continúan preparándose académicamente.

Coincido en que la reforma educativa llevado a cabo recientemente era necesaria. Pero no con quienes señalan que los responsables de no haber alcanzado ya un nivel más óptimo de educación sean los profesores. La responsabilidad es todos, comenzando por las familias que muchas veces ven a las escuelas como guarderías, pero también de la sociedad en general, del Gobierno, medios de comunicación, empresarios… de todos. A los profesores los ubico en el último eslabón. ¿Por qué? Entre otras razones, porque son los únicos que lidian todos los días con el problema de la insuficiencia de recursos, a pesar de que, obviamente, ellos no lo provocan. Por supuesto que los dirigentes y maestros que cometen actos de corrupción o maltratan a menores deben ser severamente sancionados. Pero generalizar es injusto, como lo es que casi todas las noticias sobre profesores se refieran a casos negativos, omitiendo difundir los de aquellos que diariamente realizan su trabajo con ejemplaridad, enfrentando el reto de guiar a una sociedad en crisis que muchas veces los deja solos.

Sería bueno que, a propósito del Día del Maestro, seamos autocríticos, asumamos a la educación como tarea de todos y les agradezcamos que, a pesar de sus bajos salarios y las condiciones de sus centros de trabajo, se levanten todos los días a brindar una sonrisa a sus alumnos y una esperanza a la sociedad. Gracias profesoras y profesores. Si hubiera elegido otra profesión sería la de ustedes.
09 Mayo 2016 04:00:26
Un déja vu llamado Dolores
Hace unos meses vi una película conmovedora que me hizo reflexionar sobre la vida y la esperanza; una producción basada en una historia de la vida real: The First Grader (El primer grado o El escolar) (2010). El protagonista es Kimani Maruge, un keniano de 84 años que se hizo famoso por haber sido reconocido en el Libro Guinness de los récords como la persona que comenzó a estudiar a la edad más avanzada.

La de Maruge es la historia de un hombre que vivió en la pobreza, que fue jornalero y cuidador de cabras; desplazado, torturado e instalado en un campo para refugiados. Historia que, sin embargo, trascendería las fronteras de su país como ejemplo de tenacidad y justicia. En el 2005 fue invitado por la ONU a dar su testimonio en la Cumbre Mundial que ese año tuvo lugar en Nueva York.

Traigo a cuento esta experiencia porque tuve un déjà vu, la extraña sensación de ya haber visto una nota publicada en Zócalo Saltillo. “Concluye estudios de primaria a los 89 años”, es el título de un texto con el que se da a conocer que en Coahuila tenemos nuestra propia versión de Kimani Maruge. Pero con dos méritos adicionales que, sin desestimar los del longevo estudiante africano, hacen de éste un caso propio de ser reconocido y difundido: es mujer y de edad más avanzada. Nuestro orgullo se llama Dolores Espinosa Monreal y es originaria del municipio de General Cepeda.

Dolores concluyó sus estudios de primaria en el IEEA y recibió su respectivo certificado la semana pasada de manos del director general del INEA y del Gobernador del Estado. Como muchas mujeres, Espinosa, perteneciente a una familia grande y de escasos recursos económicos, fue injustamente destinada a las labores del hogar. Pero la vida le brindó una nueva oportunidad o, más bien, hizo que la vida le brindara una nueva oportunidad y la aprovechó.

El derecho a la educación de calidad es un derecho humano que el Estado debe respetar, promover y garantizar. La educación es la vía más segura y eficaz para la movilidad social, para combatir la pobreza, la desigualdad y la marginación; la principal herramienta de empoderamiento. Es por ello que ha sido ampliamente regulada en el derecho nacional e internacional, e interpretada judicialmente.

A manera de ejemplo, en el Artículo 13 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales se establece que los países reconocen el derecho a la educación, la cual debe orientarse hacia el pleno desarrollo de la personalidad humana y del sentido de su dignidad, y debe fortalecer el respeto por los derechos humanos y las libertades fundamentales.

En México hay 4.7 millones de personas de 15 años y más que no saben leer ni escribir; en Coahuila son poco más de 40 mil (INEGI). Aunque en nuestra entidad el problema del analfabetismo casi se resuelve, persisten dos retos que debemos superar: elevar los niveles y la calidad de la educación. Mientras eso sucede, labor que nos corresponde a todos, casos como los de Maruge y Dolores nos recuerdan que, sin importar la edad ni las condiciones de vida, persisten la esperanza y el ánimo de superación.
08 Mayo 2016 02:00:40
Un déjà vu llamado Dolores
Hace unos meses vi una película conmovedora que me hizo reflexionar sobre la vida y la esperanza; una producción basada en una historia de la vida real: The first grader (El primer grado o El escolar) (2010). El protagonista es Kimani Maruge, un keniano de 84 años que se hizo famoso por haber sido reconocido en el Libro Guinness de los récords como la persona que comenzó a estudiar a la edad más avanzada. La de Maruge es la historia de un hombre que vivió en la pobreza, que fue jornalero y cuidador de cabras; desplazado, torturado e instalado en un campo para refugiados. Historia que, sin embargo, trascendería las fronteras de su país como ejemplo de tenacidad y justicia. En el 2005 fue invitado por la ONU a dar su testimonio en la Cumbre Mundial que ese año tuvo lugar en Nueva York.

Traigo a cuento esta experiencia porque tuve un déjà vu, la extraña sensación de ya haber visto una nota publicada en Zócalo Saltillo. “Concluye estudios de primaria a los 89 años”, es el título de un texto con el que se da a conocer que en Coahuila tenemos nuestra propia versión de Kimani Maruge. Pero con dos méritos adicionales que, sin desestimar los del longevo estudiante africano, hacen de éste un caso propio de ser reconocido y difundido: es mujer y de edad más avanzada. Nuestro orgullo se llama Dolores Espinosa Monreal y es originaria del municipio de General Cepeda. Dolores concluyó sus estudios de primaria en el IEEA y recibió su respectivo certificado la semana pasada de manos del director general del INEA y del gobernador del estado. Como muchas mujeres, Espinosa, perteneciente a una familia grande y de escasos recursos económicos, fue injustamente destinada a las labores del hogar. Pero la vida le brindó una nueva oportunidad o, más bien, hizo que la vida le brindara una nueva oportunidad, y la aprovechó.

El derecho a la educación de calidad es un derecho humano que el Estado debe respetar, promover y garantizar. La educación es la vía más segura y eficaz para la movilidad social, para combatir la pobreza, la desigualdad y la marginación; la principal herramienta de empoderamiento. Es por ello que ha sido ampliamente regulada en el derecho nacional e internacional, e interpretada judicialmente. A manera de ejemplo, en el Artículo 13 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales se establece que los países reconocen el derecho a la educación, la cual debe orientarse hacia el pleno desarrollo de la personalidad humana y del sentido de su dignidad, y debe fortalecer el respeto por los derechos humanos y las libertades fundamentales.

En México hay 4.7 millones de personas de 15 años y más que no saben leer ni escribir; en Coahuila son poco más de 40 mil (INEGI). Aunque en nuestra entidad el problema del analfabetismo casi se resuelve, persisten dos retos que debemos superar: elevar los niveles y la calidad de la educación. Mientras eso sucede, labor que nos corresponde a todos, casos como los de Maruge y Dolores nos recuerdan que, sin importar la edad ni las condiciones de vida, persisten la esperanza y el ánimo de superación.

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