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Arturo Guerra LC
Arturo Guerra LC
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21 Mayo 2017 04:00:00
La música de don Adriano
Don Adriano ya tenía el pelo blanco. Por sus venas seguía corriendo música. No era especialista de ningún instrumento sino que los tocaba todos. Y si descubría uno nuevo, aprendía a tocarlo.

Otra de las curiosidades de don Adriano era que algo se le movía en el corazón cuando se topaba con algún instrumento desvencijado, y no descansaba hasta lograr repararlo. Era ya maestro en esto. Esperaba siempre emocionado el momento mágico en que terminada la reparación arrancaba al instrumento sus primeras nuevas notas.

Cuentan que una vez, en una tienda de antigüedades encontró un violín con la cavidad rajada, los tornillos corridos, descordado, apolillado y triste. Verlo, encariñarse con él, adquirirlo, llevarlo a su taller y arreglarlo fue un solo movimiento. En otra ocasión halló por accidente en la basura una flauta dulce, de esas comunes que a muchos niños les aparece en su lista de útiles escolares. Don Adriano dedicó horas y horas para restaurarla. Algunos de sus colegas le decían que no valía la pena, que aquella flauta ya le pertenecía a la basura, que para qué perdía su tiempo, que ellos le regalaban una nueva con tal de que se olvidara de aquella.

Don Adriano sólo sonreía y permanecía en su taller curando con paciencia las numerosas cicatrices de aquella flauta dulce tan común. Tres meses pasaron. Y entonces, sopló por primera vez a través de aquella flauta que parecía otra. Quienes le escucharon a distancia se preguntaban de dónde provenía aquella música de tanta calidad. Ah, qué don Adriano…

El caso es que así se le iba la vida: mucho observar y escuchar, poco hablar, mucho reparar y tocar todo instrumento musical que caía en sus manos. De la música de don Adriano decían sus críticos que parecía de otro mundo, que a veces caía como bálsamo pacificador y que otras veces sacudía y revolucionaba el corazón.

Algo así puede suceder entre Dios y el corazón humano. El corazón humano es como ese violín o esa flauta, medio rotos, desvencijados, descuidados o abandonados. Y si el Señor nos encuentra, ya la
hicimos…

El Señor es ese don Adriano que se la pasa observando, escuchando, hablando poco, detectando por entre las calles de nuestro mundo seres humanos tristes, desesperanzados, rotos, con problemas tremendos en su corazón que no saben cómo resolver y hasta ahí llega el Señor para adquirirlos con el precio de su sangre y repararlos.

Pablo VI, antes de ser papa, reflexionando sobre la acción de Dios en el alma escribió estas palabras como si las dijera el Espíritu Santo:

“Yo entraré en tu corazón y extraeré de él latidos de amor superior como un artista que sabe producir música divina de este instrumento roto que es el corazón humano”.

Podemos imaginar el cariño, la tenacidad y el entusiasmo que el Señor pone en reparar un corazón humano, y cómo espera con una ilusión inaudita ese momento en que le arrancará las primeras nuevas notas musicales.

Los santos son guitarras, violines, flautas, tambores, marimbas, pianos, trompetas que se dejaron reparar por el Señor y le permitieron que tocara la melodía que Él quería. Así que si una buena tarde te sientes desvencijado y ves por ahí pasar al buen Señor, no dudes en ponerte en sus manos…
14 Mayo 2017 04:04:00
Las obras de arte
Estamos acostumbrados a que una obra de arte sea el cuadro de un paisaje o la catedral de una ciudad o la escena de una película o el sonido de una sinfonía o el párrafo de un escritor.

Una obra de arte suele emocionar al corazón humano al conectarlo de manera misteriosa al corazón del artista que supo captar y comunicar algo. Nuestras obras de arte, que son maravillosas, son esfuerzos más o menos tímidos de reflejar con corazón humano un pedacito de la realidad enorme que nos circunda. Y esa realidad enorme nos trasciende y no es duplicable.

Detengámonos ante un colibrí. ¿No será que estamos ante una obra de arte, y que encima crece, vuela y se reproduce?

Imaginemos que vamos por las galerías de un museo enorme y en una sala nos topamos con un colibrí en su jaula dándole duro al alpiste... Nuestra presencia le distrae, inicia pequeños vuelos nerviosos y vuelve a detenerse. El guía nos sugiere: “observen sus colores: ese verde, ese azul y el gris, y cómo se mezclan cuando vuela; escuchen la armonía de su canto; miren en la pantalla de su derecha cómo aterriza en cámara lenta para volver feliz a su
alpiste…”

Y en la sala siguiente vemos un rosal lleno de rosas blancas y el guía casi suspira: “ah, ¡el rosal y sus rosas!; ¿qué tienen el rosal y las rosas que llevan siglos inspirando infinidad de sentimientos de generación en generación? Respiren hondo y descubran el aroma milenario de este arbusto dador de rosas. Acérquense a una rosa y contemplen la conexión maravillosa de sus pétalos. Toquen con su índice la textura de un pétalo. Y con las espinas, ¡cuidado!, esas mejor véanlas de lejecitos…”.

Y más adelante, en una sala enorme, encontramos una montaña en su hábitat, al verde vivo… Nuestro guía entusiasta nos advierte: “estamos llegando justo a tiempo, el sol se pondrá y presenciaremos el atardecer, vean cómo las tonalidades del cielo evolucionan e impactan en los colores de la montaña, observen la marcha lenta de la niebla y respiren el aire húmedo”.

¿Quién de nosotros pudiera diseñar, construir o crear un colibrí así, un rosal así, una montaña así? ¿No superan el colibrí, el rosal y la montaña todas nuestras obras de arte?

Pero no interrumpamos nuestro tour. Lleguemos hasta el final. Ya casi de salida vemos a un artista en su estudio, metidísimo en su último cuadro, y con una taza de café humeante sobre una mesita al lado del caballete. Nuestro guía -ya algo ronco de tanto hablar- nos explica: “pues es fulanito, desde niño le gustaba dibujar, se ha convertido en el mejor pintor de la región y crea cuadros increíbles y maravillosos que se exponen en los cinco museos más prestigiosos del mundo. Lean en estas manos y en este rostro su pasión por el arte y su paciencia. Este artista quiere terminar este cuadro antes de que nazca su primer hijo porque quiere dedicárselo, y la mamá va por el octavo mes. Por favor, no interrumpamos su trabajo y caminemos
sigilosamente”.

¿Qué o quién estará detrás del colibrí, del rosal, de la montaña y del artista?

Si decimos que la casualidad, o que así nomás, o que el universo se originó a sí mismo, o que quién sabe, en realidad no queremos ir al fondo de la cuestión…

Por lo pronto, algo queda claro de todo esto: los seres humanos tenemos algo de artistas.

¿No será que somos hijos de un artista?...
07 Mayo 2017 03:00:00
La encuesta del colegio
En realidad los autores de este artículo son muchos niños de primaria del campus varonil del Instituto Cumbres y Alpes Saltillo.

Hace poco tiempo, ellos respondieron una encuesta con preguntas variadas y he aquí una pequeña muestra. Por las respuestas comprobaremos que hay niños poetas, filósofos, teólogos y también prácticos y pragmáticos.

¡Cuánto podemos aprender de nuestros niños!

¿Cuál crees que es la mejor cualidad de tu mamá?

“Es generosa”. “Sabe escuchar y aconsejar a la gente”. “Es lista y hace cosas muy buenas”. “Es chistosa”. “Me consuela cuando estoy triste”. “Me hace el desayuno”.

¿Por qué crees que Dios escogió para ti la mamá que tienes y no otra?

Empezamos con la respuesta de un niño que está muy familiarizado con las leyes de la lógica: “Para que no tengamos todos la misma mamá”.

Y siguen las respuestas de los niños teólogos: “Porque Dios sabía que era la mamá ideal”. “Porque Dios me ama y cree que no hay otra mejor”. “Porque Dios sabía que mi mamá me quería mucho y que nunca me iba a dar nalgadas”. “Para que me guiara al cielo”. “Porque me porto bien”.

Ahora las respuestas de los niños poetas: “Porque es la más bonita”. “Porque encaja conmigo”. “Porque Dios quiso que me pareciera a ella”.

Luego la respuesta de un niño muy realista: “Porque tal vez otra no podría conmigo”.

Y por último la respuesta de un niño con la autoestima alta: “Porque mi mamá se lo merecía”.

¿Cuál es el regalo más grande que te ha dado tu mamá?

“Su corazón”. “Una hermana”. “Un beso y un abrazo”. “Mi primera comunión y muchas cosas importantes”. “Ella”. “Traerme al mundo”. “Su corazón por la
familia”.

¿Qué le pedirías a tu mamá si pudieras pedirle lo que fuera?

“Que nunca me deje de amar”. “Que me enseñe a ayudar a los demás y a distinguir el bien y el mal”. “Un abrazo y un beso”. “Que me llevara a la capilla”. “Una hermana”. “Que no me regañe cuando me manden reportes”.

La respuesta de un niño aficionado a las matemáticas: “Que me enseñe a sumar más”.

Y por último la respuesta de los niños prácticos: “Que me compre cuatro perros”. “Que me traiga la cena”. “Que me hiciera todos los días enchiladas o lasaña sin
champiñones…”

Muchas gracias, niños, por enseñarnos tantas cosas, entre otras que la lasaña sabe mejor sin champiñones…

Ya lo decía Jesús que si no nos hacemos como niños no entraremos en el Reino de los Cielos…
16 Abril 2017 04:00:00
Gloria
Era domingo. Gloria in excelsis Deo… El sacerdote había entonado el Gloria en latín y el pequeño grupo de fieles le siguió. Et in terra pax hominibus, bone voluntatis. Todos al unísono, cada quien con el talento de su voz y el entusiasmo de su fe. Una imagen de la Virgen, muy blanca, refrescaba la presencia maternal de María ahí donde a su Hijo y a su Dios se le da gloria.

Te alabamos, Señor, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos. Aunque era una pequeña capilla de ciudad, una granja modesta en los alrededores había resistido el desarrollo urbanístico. Un pavo real se sumó inconsciente a la alabanza con su graznido peculiar que repitió decidido. Tanto que sacó de tono la melodía de los fieles. Pero esa era su contribución. Al fin y al cabo cada creatura, a su grado y manera, da gloria a su Creador.

Te damos gracias Señor, Dios, Rey Celestial, Dios Padre Todopoderoso. Debajo del altar unas tímidas rosas rosas cantaban en silencio. La mayoría de ellas, muy erguidas, queriendo alcanzar el altar sobre el que se estaba celebrando tan divino sacrificio. Otras pocas, por el peso ya de su existencia, comenzaban a agachar el cáliz y la corola como en gesto de veneración a su Creador.

Señor Hijo único Jesucristo, Señor Dios Cordero de Dios, hijo del Padre, tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros. A los pies de la Virgen unas rosas miniatura, muy jóvenes, competían por tocar con sus pétalos las manos orantes de la Madre de Dios.

Tú que quitas el pecado del mundo, atiende a nuestra súplica. En algún rincón de la capilla, quizá, una hormiga cualquiera hacía acto de presencia. Para algunas creaturas su sola existencia es el himno que ofrecen al Creador. Las seis llamas de las velas del altar, distintas en tamaño y altura, apuntaban todas al cielo.

Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros. Aquello era lo que se veía. Pero los prefacios nos ayudan a darnos cuenta de que allí también están presentes otros “fieles” ignorados por nuestra poca fe. Los santos. Los ángeles y arcángeles, y todos los coros celestiales celebran tu gloria unidos en común alegría. Permítenos asociarnos a sus voces cantando humildemente tu alabanza. (Prefacio de Cuaresma IV, Misal Romano). Tan humildemente que a veces desentonamos a más de algún coro angélico…

En la celebración de los sagrados misterios, ¡qué solo estás ante el Señor! ¡Pero qué bien acompañado estás ante el
Señor!

Porque sólo Tú eres santo, sólo Tú Señor, sólo Tú Altísimo Jesucristo, en la gloria de Dios Padre. Amén.
09 Abril 2017 03:00:00
Un Jueves Santo
Era Jueves Santo en una parroquia de aquella ciudad. Muy cerca del altar podía ver un jarro plateado lleno de agua. Y un poco más allá, un canasto con toallas muy blancas.

Niños vestidos de blanco pasaron a las gradas del altar, se sentaron y se descalzaron uno de los pies. El sacerdote se detenía ante cada niño y se arrodillaba. El niño ponía su pie en un recipiente… Pies representando todos nuestros pies, estén como estén. Pies que a diario caminan, corren, se cansan, sudan, se lastiman, tropiezan, se llenan de polvo… Pies que nos llevan por los caminos del Señor o que nos alejan si libremente nos lo proponemos.

El sacerdote vertía agua en aquellos pies tan jóvenes y los secaba con una de las toallas… Rodillas y manos consagradas representando cada año las rodillas y las manos del mismo Jesucristo.

En aquel primer Jueves Santo de la historia, en el corazón del Maestro, daba vueltas, tal vez, un viejo recuerdo…

Jesús Niño había pedido permiso a María de ir a jugar por la tarde a casa de uno de sus amiguitos. Como la tarea ya la había terminado, María asintió. Ya en la otra casa, a mitad del juego, escucharon ruidos de alguien que llegaba. Era el papá de su amiguito, que venía de un largo viaje. Enseguida, a gritos, aquel señor exigió la presencia del esclavo:

–Pero, ¿qué esperas? ¿No ves que he llegado? ¿Qué te has creído, haragán?

El esclavo de la casa, nervioso, corriendo lo más posible, no atinaba en sus movimientos; se puso de rodillas y empezó a desatar la sandalia derecha de su señor, que se quejó:

–¡Por Dios, ten más cuidado que me lastimas!

Cuando el esclavo terminó el lavatorio, el señor hizo ademán de darle un puntapié. El esclavo, que tenía buenos reflejos, no sabiendo si aquello iba en serio o si se trataba de una mueca más, se apartó.

Una risotada del señor, y un comentario:

–¡Estos esclavos…! No sé cómo fui capaz de invertir mi dinero en ti, no veo que me esté compensando mucho.

Los ojos de Jesús no parpadeaban contemplando aquella escena… El corazón de aquel niño tan tierno sintió que algo por dentro se le desgarraba.

–Perdón, señor, dijo el esclavo. Y se retiró, olvidando la toalla en el suelo.

–Que no te dejes aquí la toalla, inútil, prosiguió el amo y la lanzó con el pie. La toalla, muy sucia, cayó por accidente muy cerca de donde estaban Jesús y su amiguito. Jesús se agachó, cogió la toalla y se la dio sonriendo al esclavo. Un tímido “gracias” vino del esclavo. Jesús le sonrió todavía más.

El señor de la casa, con otro tono, le dijo a Jesús:

–Deja eso niño, eso es labor de esclavos…

Jesús callaba. Era la primera vez que veía esto, y tal vez no la última. Siempre que veía algo similar, sentía el mismo desgarrón de
corazón…

Se levantó de la mesa, se quitó los vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en la jofaina y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugárselos con la toalla que tenía ceñida.

Desde entonces, ca-da día, aquel Maestro y Señor se agacha, si le damos permiso, a nuestros pies, coge uno entre sus manos, lo lava, lo limpia, lo seca, lo besa y pasa al otro pie, a nuestro corazón y a nuestra alma…

¡Dichosos son sobre los montes los pies del mensajero, que merecieron tal lavador!

Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros…

Tras lavar el pie del último niño, el sacerdote se levantó, se lavó las manos, se volvió a poner la casulla y la Eucaristía se celebró una vez más en aquel rincón del tiempo y del espacio…
02 Abril 2017 04:00:00
La política del ministro
Hoy es frecuente ver en la prensa la palabra ministro aplicada a los cardenales prefectos de los distintos dicasterios de la Santa Sede. Así, por ejemplo, el cardenal prefecto de la congregación para la educación católica, queda como ministro de educación del Papa.

A nivel de intención es posible que el uso de estos vocablos responda a un esfuerzo por traducir el término prefecto a un lenguaje más habitual y al alcance de todos. Puede ser que se busque ayudar al lector con el símil de los ministros de un Gobierno que colaboran con quien lo preside. A veces incluso la palabra se pone entre comillas para resaltar que se trata de una analogía.

Sin embargo, en otras ocasiones parece un esfuerzo –consciente o inconsciente– de equiparar a la Iglesia con un Gobierno más. Un Gobierno más con su presidente y con sus ministros que le auxilian. Un Gobierno más con unas políticas concretas y con una determinada línea ideológica…

Hace tiempo me encontré un artículo que usaba el término política vaticana para referirse a la posición del Papa y de la Iglesia con respecto al aborto. Es decir que para el escritor de aquel artículo, la defensa que el Papa hacía del valor de la vida en nombre de Jesucristo, no era más que una política vaticana. Leyendo aquel artículo daba la impresión de estar ante la política de un extraño Gobierno de ultraderechas que rema contracorriente en un mundo democrático, abierto, pluralista..., y que se atreve a mantener una política antiabortista. Una política más. Como cualquier otra. Como la de oponerse a las licencias de conducir para menores de 18 años. O como la de estar a favor de un nuevo impuesto sobre las bebidas refrescantes.

Yo creo que, a la larga, el uso de este tipo de lenguaje lo que hace con la Iglesia es desnaturalizarla. Y es que la Iglesia no es un Estado. La Iglesia es el cuerpo místico de Jesucristo, sacramento de salvación, camino para que el hombre se encuentre con Dios... La Iglesia no es un Gobierno al dictado de las mayorías, ni de las elecciones, ni de los partidos, ni de las políticas de los ministros. La Iglesia es la barca de salvación cuyo capitán es el mismo Jesucristo y que se ayuda de medios humanos para surcar el océano de la historia y para seguir dando su vida en rescate de muchos.

Es cierto que no todos los que informan sobre la Iglesia comparten esta visión de fe, pero un profesional que busque conocer mejor la realidad sobre la que informa debe esforzarse un día y otro día por asomarse con curiosidad al corazón que late dentro de esa realidad. De lo contrario, todo quedará en desnaturalizaciones y reduccionismos caricaturescos.
26 Marzo 2017 04:03:00
Primer día de clases
Primer día en el colegio. Para muchos empieza un curso más: hay que ir a las listas para comprobar qué amigos estarán en la misma clase y para cerciorarse de que el tutor será, efectivamente, aquel profesor tan temido por todos.

Pero para otros, los más pequeños, es su primer día en un mundo nuevo y desconocido. ¡Vaya primer día! Rostros desconsolados y manos desesperadas contra los cristales de las aulas. Lágrimas, gritos, golpes a la puerta de puños aún muy frágiles. Todo el sufrimiento que puede albergar el corazón de un crío de 2 o 3 años, al rojo vivo. Qué dolor. Es una separación cruel. Durante toda una larga mañana. Lejos de su mayor seguridad: mamá.

Esa mamá que no hace mucho tiempo le había cobijado dentro de ella durante nueve meses, día y noche; ahí donde no se temía ni al día ni a la noche, ni al frío ni al viento, donde se estaba a salvo del mundo exterior y de los colegios, y de las profesoras que en nada se parecen a mamá. Es un corazón confundido que sólo constata un hecho: “mi mamá es todo, ahora ella me trajo aquí y me metieron a esta habitación llena de extraños adultos y niños desconocidos, y no puedo salir y ella se fue...”.

Sí dolor. Sí sufrimiento. Sí tragedia, pero, al fin y al cabo, dolor necesario, sufrimiento necesario, tragedia necesaria. Porque el hombre no está llamado a vivir eternamente a las faldas de mamá. El niño no es mamá. Es otro. Tiene que hacer su propio camino, tiene que ser él, tiene que dejar a mamá, cortar de nuevo el cordón umbilical, esa cicatriz que dura hasta la muerte, mudo testigo de la primera gran separación.

Es quizá uno de los días más importantes en la vida de estos pequeñuelos. Es empezar a ser libre. Porque, a veces, ser libre cuesta, cuesta lágrimas. En un primer momento no siempre se entiende todo. Para el niño, este día puede representar un sano empujón de mamá hacia la aventura de la libertad. Si se le diera a escoger, jamás decidiría meterse en un extraño colegio lejos de mamá.

Aprender a ser libre duele. Requiere entrenamiento. Ir al “cole” por primera vez es uno de los primeros entrenamientos de sufrimiento. Y los entrenamientos o se hacen con frecuencia y constancia o no sirven de mucho. Hay que entrenarse para estar en forma a la hora de afrontar los sufrimientos que inevitablemente se cruzarán en el camino. Sufrimientos que, bien vividos, a la larga pueden llevarle a uno a ser mejor persona.

Pero, ¿a dónde va una sociedad que rehuye estos sufrimientos? “No tengas hijos porque es caro, porque sufres; no te prives de nada, nunca; no cuides a un enfermo, puede darte depresión; no transites por una colonia pobre, puedes traumatizarte; no afrontes el sufrimiento, mejor recurre a la eutanasia, para que ya no sufras ni sufran; no superes una desavenencia con tu pareja cediendo un poco quizá, mejor solicita el divorcio inmediato.

“No te saques nunca el pan de la boca; no abras el cristal a quien te pide ayuda; no prestes atención a las necesidades de aquella persona con quien diariamente te cruzas por los pasillos...”.

Al final, el sufrimiento sigue siendo un misterio. Unos tratan de entenderlo como si se tratase de un “dos más dos son cuatro”, y mientras se esfuerzan por comprenderlo, huyen desesperadamente de él; y curiosamente no logran escapársele; tarde o temprano el dolor toca a su puerta y entra, pese a que no se le haya querido abrir.

Otros simplemente lo viven y hasta lo agradecen porque con frecuencia se dan cuenta de que aquel sufrimiento era ladrillo necesario para ser mejores personas...

Alguien decía que si al ser humano se le enseña a no asumir el sufrimiento, a no darle un sentido, a no amar, se le está enseñando a no ser “ser” humano.

A nadie le viene mal reemprender con constancia los entrenamientos de auténtica libertad: esa que cuesta y que duele y que hace feliz.
19 Marzo 2017 04:11:00
Su señoría
Sus señorías abandonaron por fin el hemiciclo, después de aquella sesión tan solemne, tensa e interminable.

Uno de ellos, aquel que desde el principio lo vio tan claro; aquel que durante meses había dedicado tinta, decibeles y horas para sacar de la oscuridad a los colegas que se mostraban dubitativos; aquel que buscó argumentos por cielo, mar y tierra... (bueno, en sentido estricto, se redujo a mar y a tierra, con el fin de salvaguardar sus arraigados principios de aconfesionalidad y laicidad) veía por fin coronados sus desvelos para salvar la sagrada laicidad de la nueva constitución.

Y eso había que celebrarlo. De hecho, la cita ya se había concertado. Tan seguros estaban del triunfo. Cinco comensales en el restaurante Paraíso, a las 11 de la noche. La verdad, que cuando le mencionaron a su señoría el nombre del establecimiento, no le hizo mucha gracia pues le parecía un término proveniente del más rancio argot teológico del cristianismo, pero a esas alturas fue imposible cambiar de planes. Y además, sus cuatro colegas coincidieron en que ahí se cenaba
paradisiacamente.

Al despedirse, su señoría abordó su coche. Le esperaba su eficaz chofer, Pedro. Su señoría estaba muy satisfecho del desempeño profesional de este buen conductor, pero el nombre no le gustaba nada. De hecho, muy pocas veces llamaba al chofer por su nombre. Un nombre, pensaba su señoría, con claros resabios “catolicoides”. Alguna vez pensó en proponer a Pedro que se cambiara de nombre, pero le detenía el principio de tolerancia que tantas veces había enarbolado. El día que descansaba Pedro, su señoría se movía en taxi. Cuando lo solicitaba por teléfono, ponía amablemente la condición de que fuese un taxi libre de baratijas religiosas en antenas y espejos retrovisores. Su señoría, al ver rosarios, estampas o medallas, sentía pena de que en pleno siglo 21 hubiese aún gente que creyera en esas supersticiones religiosas.

Como era viernes, su señoría no fue a casa como de costumbre sino que directamente se dirigió a su chalé. Ahí, su familia le estaría esperando. La casita estaba situada en un pequeño pueblo, en las afueras de la ciudad; se llamaba San Tristán de los Campanarios. El chalé era una delicia, pero cada vez que tenía que explicar a sus amigos la ubicación exacta de la finca, algo en su estómago se movía y carcomía una micra más la pequeña úlcera que desde hace algunos años le molestaba. El nombre del pueblo, para su señoría, encerraba una elevada concentración de reminiscencias cristianas. Es cierto que alguna vez le había merodeado la curiosidad de saber qué tenor de vida habrá llevado tan folklórico santo, pero siempre había sabido matar tal curiosidad a tiempo, gracias a su firme e innegociable espíritu laicista. Lo que sí había intentado más de una vez era localizar un chalé en otro pueblo de nombre más acorde con los tiempos de la modernidad y el progresismo, pero sin éxito. Su señoría estaba ya casi piadosamente resignado a vivir y morir los fines de semana en San Tristán de los Campanarios.

Su señoría sabía que ahora que se acercaba la Navidad, su hija pequeña, Libertad, le preguntaría de nuevo que quién era ese niñito en pañales que en algunas tiendas, no muchas, aparecía al lado de un buey y de un burro... De hecho, su señoría no llamaba Navidad a la Navidad, sino que hablaba simplemente de “las fiestas”. Ciertamente las celebraba, pero en ciertos momentos se sentía un poco incómodo. En el fondo le fastidiaba constatar cómo los cristianos durante tantos siglos se han dedicado a imponer sus fiestas y tradiciones de una manera tan intolerante como arrolladora.

Una de las cosas que más disfrutaba su señoría era pasear por el campo. Y mejor aún si se trataba de subir pequeñas montañas. Los paisajes le reconfortaban. Pero su gozo en la cima invariablemente se veía ensombrecido por la inalterable y desagradable presencia de ermitas y santuarios. De las 57 montañas que había conquistado, sólo tres se habían librado de la presencia de una ermita. Cuando no se trataba de la ermita de San Pacomio, era la capilla de un anacoreta medieval, o de una virgen casi desconocida, o del santo patrón del pueblo más pintoresco de la zona. La verdad, por cierto, es que de entre esas tres montañas liberadas, en la cima de una de ellas se erguía una cruz de hierro, pero su señoría no le dio tanta importancia como para dejar de contabilizarla en las montañas libres de ermitas y santuarios. Después de todo, aquella cruz no medía más de 2 metros de altura y se encontraba en un estado avanzado de oxidación.

Otro de sus pasatiempos era la lectura. Estaba convencido de que la lectura era uno de los remedios más eficaces contra la superstición y la religión, que para su señoría eran lo mismo. Esta vez releía la gran joya de la literatura castellana y universal, Don Quijote de la Mancha. Repasaba el capítulo LX de la segunda parte, después de la detención sufrida por el caballero andante y su fiel escudero a manos de 40 bandoleros de las filas de Roque Guinart. Don Quijote al ver el buen corazón y acertado juicio del jefe de los malhechores le dijo: “...vuestra merced está enfermo, conoce su dolencia, y el cielo, oh Dios, por mejor decir, que es nuestro médico, le aplicará medicinas que le sanen, las cuales suelen sanar poco a poco, y no de repente y por milagro”. En ese momento su señoría cerró violentamente el libro, espetando: “¡Demonios! ¿Cómo es posible que nuestras joyas literarias estén infestadas de esta terrible simbología religiosa?”. Y, luego, como en un acto reflejo, cayó en la cuenta de que se le había escapado la palabra “¡demonios!”. Desde hace meses se había hecho el propósito de erradicar el uso de esta interjección por su clara alusión a las míticas doctrinas cristianas. Pero, la verdad, es que, a veces, no podía evitarlo, le salía natural.

Del enfado que le produjo tal suceso, y antes de dormir, decidió distraerse escribiendo una carta. Al despedirse, escribió la palabra “Adiós”, pero enseguida la borró por ser un vocablo claramente de origen cristiano. Lo intercambió por un amorfo y laico “Venga”. En la carta relataba ufanamente a su amigo las dificultades que enfrentó para que finalmente venciera el sentido común y le mostraba su satisfacción por haber evitado la inclusión de la mención de las raíces cristianas en la constitución; ¿por qué tendríamos que mencionarlas –reflexionaba su señoría– si es que no hay tales raíces? Y después del “venga”, estampó su firma: “Tu colega, José María Gracia Creu”.
12 Marzo 2017 04:02:00
Incómodo amigo
Partículas casi invisibles... Pero al cabo de unas cuantas jornadas... ¡Vaya si se ven! Saltan a la vista: feas y desagradables. Te hacen toser y estornudar. Obligan a vestir la capa de la vejez a lo que apenas ayer parecía nuevo. Y hasta se cuelan en lo aún no estrenado.

Incómodo compañero del ser humano. Omnipresente. En los libros, en el coche, en el teclado de la computadora, en los zapatos, en las ventanas de la casa, arriba y debajo de los muebles, en la ropa, en los lentes, en el pelo, en los pies, en el celular, en la ciudad, en el campo, en la comida, en el laboratorio, en la fábrica, en el viento, en la nieve... Por todas partes...

¿No te aburres? ¿No te animarías a dejarnos en paz?... ¿De dónde vienes? ¿A dónde vas?

Misteriosa criatura de origen y procedencia desconocidos. Todo lo cubres. Sin vacaciones, sin tregua. ¿Qué es el mundo –eso que llamamos planeta Tierra- sino apenas una gran esponja que te absorbe? Ni el plumero ni la más moderna aspiradora pueden acabar contigo: al verles venir, te ausentas unas horas..., pero enseguida reconquistas tus dominios, aquellos de donde ingenuamente creían haberte desterrado para siempre. Vuelves triunfante, discretamente, imperceptiblemente, rotundamente.

Y no te contentas con eso. La verdad sea dicha, no serías tan incómodo si hasta allí llegaras. Pero no. Buscas más. En un descaro tuyo absoluto, me merodeas. Como el más vil de los buitres. Esperas, impasible, el momento en que a mí también me convertirás en unos cuantos gramos tuyos. A mí. Y a mis zapatos. Y a las letras que escribo. Y a los seres queridos. Uno por uno. Antes o después. Cuestión, nada más, de tiempo.

Me absorberás. Acabaré también yo vencido, convertido en unas cuantas migajas diminutas que vendrán a reforzar tu empecinada labor de cubrir todos los rincones del planeta. Ni siquiera me consolará si a alguien se le ocurre, para protegerme de ti, encerrar mis restos en una urna poderosa, inoxidable... No servirá de mucho: el tiempo agujereará la que parecía jaula invencible y entonces el viento soplará y volaré a su merced y engrosaré las filas de tu infinito ejército. Es una cuestión, nada más, de tiempo...

No somos más que tú y a ti volveremos. Y mientras vivimos, parece que no lo creemos...

¿Dice: “creemos”?... ¿Será cuestión de creérsela? ¿Como creer en las hadas y en los duendes y en las sirenas y en los pegasos y en las cartas y en el café? ¿No es más bien el hecho más claro, más contundente, más frecuente, más científico, más experimentable, más mesurable... en un laboratorio, en un termómetro, en un encefalograma, en un auscultador? ¿No se trata del fenómeno más corroborable del planeta? Todos nuestros antepasados ya pasaron por ahí: pese a su resistencia. Pasaré yo también: quiéralo o no. Pasarán quienes nos sigan, pese a su ciencia y su tecnología...

¿De dónde tu poder? ¿Por qué lo quieres abarcar todo? ¿No te bastan tus ya repletos graneros? ¿Tan ambicioso e insaciable eres? ¿Así acabaré yo? ¿Y te llevarás mis obras, mis pensamientos y la amistad que prodigué?

Quizá no. Quizá no eres tan omnipotente...

Conozco tu frágil talón. Conozco de qué estás hecho. Una frontera no puedes traspasar. Desconoces qué es regalar un vaso de agua fresca a un niño con sed. No tienes ni idea de lo que es detenerse ante el hermano lastimado y curar sus heridas con aceite. Ignoras qué es dar la vida por el amigo, y lo que es enseñar al que no sabe, vestir al desnudo y ofrecer techo al caminante... Ni sospechas que existe la generosidad, la sinceridad, la honestidad, la fidelidad, la entrega, la amistad, el amor... Ni vislumbras la existencia del dolor hecho donación, de la congoja trocada en alegría, de la espina amarga mudada en dulce aguijón...

El corazón humano es tu terreno prohibido. El espíritu no te está sometido. Quedará él cuando tú ya hayas pasado. No me destruirás. Tu dueño y creador no lo permitirá. A la vuelta de la esquina de la vida, quedará lo que haya hecho por Dios y por mis hermanos los hombres. Nada más. Por ese Dios que te creó a ti. Por esos hombres a quienes Dios creó mezclando un poco de ti con otros ingredientes que te eran incompatibles...

Y entonces, cuando ya haya acabado todo lo de aquí y vaya a empezar todo lo de allá..., me acordaré de ti, y casi ni te reconoceré por lo mucho que habrás cambiado... Y podré saludarte y darte un abrazo y decirte: mi viejo amigo, hermano polvo, bienvenido.
05 Marzo 2017 04:07:00
La voluntaria de Lourdes
Lourdes es una isla de silencio y oración en pleno continente europeo. Los peregrinos van y vienen en callada piedad, día y noche, todo el año. Muchos de los peregrinos son enfermos en silla de ruedas o en camilla, acompañados por chicos y chicas que hacen de enfermeros voluntarios.

A veces es tanta la gente voluntaria en Lourdes que para ayudar hay que hacer cola, y no escoges necesariamente el tipo de ayuda sino que se te es dado: un buen ejercicio de ayuda desinteresada.

Aquella semana de verano a nuestra pequeña cuadrilla le tocó lavar platos durante algunas comidas y cenas solamente, pues los demás turnos estaban ya cubiertos. Nos tocó en los edificios nuevos del hospital. Nos pusimos un delantal de plástico y, ¡a lavar platos!

Modernas máquinas industriales multiplicaban nuestra buena voluntad. Era un comedor de enfermos minusválidos. Voluntarias de otro grupo, con su uniforme de enfermera, se encargaban de repartir la comida y de asistir a aquellos enfermos que por sí mismos no podían tomar el alimento.

Nosotros veíamos aquello sólo de lejos. Las enfermeras iban y venían con platos sucios que te entregaban en las manos.

En un momento en que las máquinas hacían afanosamente su trabajo, mirando aquel comedor de ancianos y enfermos, vi a una chica joven que no tenía manos.

No era una de las enfermas. Era una de las azarosas enfermeras que iban y venían por todo el comedor sirviendo a los enfermos…

Vi cómo se acercaba a los enfermos y les ayudaba. Vi cómo cogía entre sus brazos una cuchara que metía en la sopa, y con mucha precisión, la llevaba a la boca de una anciana que sí tenía manos, pero que quizá ya no las controlaba o las tenía inmóviles. Una cucharada y otra cucharada… Yo, no podía creerlo. A esas alturas, de lo de lavar platos ya ni me acordaba…

Aquella enfermera seguía sirviendo a todo mundo. De pronto, con un plato vacío de sopa que sujetaba entre sus brazos, se acercó a nuestra zona de vajilla. Con manos temblorosas y un nudo en la garganta recibí el plato sucio que ella me entregó mientras sonreía. Era una chica francesa. Yo le devolví la sonrisa como pude… Ella se dio la media vuelta y se fue a seguir sirviendo a sus enfermos…

Aquella chica sin manos, feliz de la vida ayudando a los demás. Podría pedir ser cuidada, estar atendida y, sin embargo,
servía.

De esto fui testigo un día que se me ocurrió visitar Lourdes. ¿Qué cosas tan increíbles no sucederán ahí día tras día, año tras año?

María, desde tus santuarios, sigue tocando muchos corazones que descubran la más auténtica de las felicidades en la entrega a Dios y al prójimo.
19 Febrero 2017 03:06:00
El referéndum de los salmones
Un cierto día, reunido el Consejo Mundial de los Salmones, en su sede del Rhin, se llegó al acuerdo de someter a referéndum la conveniencia de seguir con aquella antiquísima tradición salmónica; o sea, la de tornar, al final de la vida, al sitio exacto del propio nacimiento para depositar ahí los huevecillos de las futuras generaciones.

El referéndum se extendió a todos aquellos ríos del planeta donde reside al menos una comunidad de salmones. Las votaciones se desarrollaron en un marco ejemplarmente democrático, pese a la cerrada lucha entre las dos tendencias ideológicas.

Con la aprobación del 55% de todos los salmones del mundo en edad de votar que acudieron a las burbujosas urnas, quedó abolida la tradición. El Consejo se mostró satisfecho del resultado. En la rueda de prensa oficial, el salmón portavoz anunció los detalles de la determinación:

“El referéndum ha demostrado la gran madurez democrática de toda la población salmónica mundial. Con gran satisfacción hemos constatado que el salmón se está abriendo cada vez más a nuevas ideas y nuevos horizontes. Ha demostrado no tenerle miedo al progreso. La nueva disposición entrará en vigor el primero de enero del año próximo. Por ahora se ha concedido una prórroga a aquellos salmones que por motivos de conciencia desean continuar la tradición. Estos lo podrán hacer solicitando un permiso anual al Consejo Central. Este permiso será concedido después de haber estudiado cada caso y sólo será renovable durante tres años, al término de los cuales el carácter obligatorio de la nueva medida será universal”.

Muy pronto, se extendió el espíritu del referéndum a los ríos más recónditos del planeta habitados por salmones. Desde entonces, numerosos salmones han estado enviando sus propias propuestas al Consejo Mundial sobre aquellos puntos que ellos desean someter a referéndum. He aquí algunas de las sugerencias recibidas en los últimos seis meses:

El derecho a tener una dieta más variada y sin tanto colesterol.

La reducción de las horas diarias de navegación.

El derecho a ser trasladado a cualquier río del
planeta.

El derecho a abolir de una vez por todas la presencia de esos extraños pescadores humanos en las aguas de los ríos por donde circulan salmones.

El deber de limitar la cantidad legal de hijos por pareja.

El derecho a abandonar los neonatos con alguna traba física siempre y cuando se haga antes del octavo día de vida.

El derecho a adelantar la propia muerte cuando un individuo salmón sienta que ha perdido el sentido de su vida.

La fiebre se esparció. Las demás especies no quisieron quedarse atrás. Ellas deseaban también dar estos históricos pasos hacia el progreso, a la libertad, a la democracia, al pluralismo, a la tolerancia...

Pronto, el Sindicato Mundial de las Abejas propuso un nuevo trabajo para su especie: buscar partículas de plutonio, que son más rentables que la miel. La Asociación Universal de Águilas convocó un referéndum para no volar tan alto por no producirse ninguna utilidad especial de ello.

La Organización Mundial de las Hormigas se propuso reducir la jornada de trabajo y promover un mes al año de total inactividad. La Internacional Vacuna anunció su deseo de destinar su producción láctea exclusivamente a los individuos de la propia especie, para liberarse de toda injerencia extranjera; y promovía una huelga general en todos los establos del mundo. El Gremio de los Ruiseñores Enjaulados se proponía cantar en una cantidad proporcional al alimento recibido. La Unión de Osos Hormigueros exigía un cambio radical de dieta. El Consejo Supremo de los Gallos, reclamando su derecho a dormir más horas, sugería a todos sus miembros renunciar a la milenaria misión de despertador.

Y en medio de esta crispación social generalizada, la Comunidad Internacional de Seres Humanos convocó su referéndum mundial número 2573: la conveniencia de prohibir a todas las especies no humanas el uso del referéndum.
12 Febrero 2017 04:01:00
Más allá del estrés…
Si has caminado 200 pasos más de lo acostumbrado porque fuera de tu oficina están instalando un semáforo y por lo mismo te has visto obligado a aparcar más lejos, ya estás estresado. Si el jefe te levantó la voz un decibel más de lo habitual, ya estás estresado. Si tu perro profirió cuatro ladridos y un aullido a medianoche, estás estresado. Si mañana presentas un examen en la universidad, esta noche será de estrés acentuado. Si uno de tus amigos olvidó felicitarte en tu cumpleaños, te viene una depresión. Si la planta que regabas cada mañana comienza a palidecer, ello te produce estrés. Si a tu madre se le ocurre pedirte el favor de ir al súper a comprar un litro de leche, ya estás estresado. Si te has entretenido cinco minutos más en el embotellamiento cotidiano, a casa llegas estresado. Si al doblar una esquina con tu vehículo, otro conductor te grita una que otra palabra, te indignas y tu nivel de estrés pega un salto (no importa que la causa haya sido que ignoraste una señal de alto).

Y no digamos si finalmente no prosperó aquella nueva oferta de trabajo tan prometedora o si afrontas el dilema de llevar adelante o no un embararzo o si un amigo sufre un
accidente.

Cada cierto tiempo la prensa nos comparte un nuevo hallazgo del siguiente tenor: “Los científicos Anderson-Hyde han descubierto que las personas que poseen un gato en casa sufren más estrés que quienes eligen un perro” o “una compañía neozelandesa ha realizado un estudio donde se demuestra que ver un pordiosero por la calle puede producir considerables porcentajes de estrés en un infanto” o “una empresa cervecera ha publicado los resultados de una investigación que prueba científicamente que quien bebe un refresco cualquiera a partir de las 10 de la noche sufre más estrés que quien ingiere cerveza a la misma hora” (el hecho de que la compañía auspiciadora del estudio sea vendedora de cervezas, es un dato periférico, una mera coincidencia).

Las recomendaciones se desprenden con claridad: antes de comprarte un gato piénsatelo bien, bebe una cerveza después de las 10 (en vez de tu habitual refresco), no permitas que tu hijo vea un pordiosero por la calle (mucho menos se te ocurra abrir la ventanilla de tu coche... y el colmo sería que le dieras unos céntimos de euro).

Casi todo causa estrés. Es una palabra barril: puedes meter ahí todo lo negativo, lo que implica contratiempo, lo doloroso, lo imprevisto, lo que rompe mis planes, lo que me compromete, lo que me exige, lo que me obliga, lo no deseado, lo que agobia, lo que no esperaba, lo que no entiendo por qué diantres se mete en mi vida... Negamos, de entrada, que algo bueno pueda salir de ahí...

Stress... palabra mágica... Y quizá también pretexto mágico... parapeto mágico tras el que escondemos algo... Tal vez... el miedo a la aventura de la vida que es donación...

Un principio intocable yace en el fondo de nuestra estresfobia: no permitas por ningún motivo que el estrés entre en tu vida, huye de él como huirías del coco o del hombre lobo o de lord Voldemort (si eres aficionado de Harry Potter), evita todas las circunstancias que te orillen a estresarte. Cambia de jefe si te grita demasiado (bueno, si logras conseguir otro). Demanda a la compañía instaladora de semáforos, di formalmente a las autoridades incompetentes que ese tipo de trabajos deberían realizarlo de noche, para evitar que respetuosos ciudadanos como tú tengan que caminar 200 pasos más de lo prescrito, y explícales todas las consecuencias que esos metros de más pueden acarrear a la salud y equilibrio psicosomático del conductor que no puede aparcar donde siempre. Lucha unido para que el profesor renuncie a tanto examen. Deja de hablar al amigo que tuvo la osadía de no felicitarte. Dile a tu madre que no vas, que siempre te manda a ti, que porqué no envía a tu hermano que no hace nada. Ya no cultives plantas, mejor practica un hobby menos estresante, como el de coleccionar jabones de hotel. Antes de llevar adelante un embarazo piénsatelo dos y tres veces, considera que el estrés que te produzca traer un niño al mundo equivaldrá a que tu salud y esperanza de vida sufran menoscabo, que quizá en vez de que puedas vivir 80 años vivirás por culpa de ese embarazo sólo 79...

Escribimos libros enteros, los psicólogos nos dan cursos para combatir el estrés. Los farmacólogos inventan semanalmente por fin el medicamento más útil contra el estrés. Al hojear una revista te topas pronto con un artículo titulado en letras muy grandes de color verde: Nuevas técnicas para combatir el estrés. Ah, por fin la solución. Ah, por fin dominaré el estrés. Bastará aplicar fielmente técnica por técnica...

Como si la vida fuese la ciencia de esconderse del estrés: estúdiate unos métodos, entrena su aplicación, léete un libro especializado, compra la última pastilla y tu vida cambiará, desaparecerá el estrés y entonces por fin comenzarás a ser realmente feliz.

Desde luego que no se trata de negar por negar un fenómeno psicofisiológico que sí existe y que tiene una incidencia real en nuestra vida. Pero lo que podemos intentar es no ver el estrés y los hechos que pueden causarlo como si fuesen un horrible monstruo omnipotente dispuesto a arruinar nuestra existencia.

La vida, en cuanto aventura, necesita el riesgo, necesita el contratiempo, necesita la dificultad, el obstáculo... La realización de la persona, llamada a entregarse a los demás, necesita la prueba, el dolor, el sufrimiento... Es ahí donde al final los seres humanos nos hacemos más humanos. Ya alguien decía que si al hombre y a la mujer de hoy se les enseña a no amar, se les está enseñando a no ser seres humanos.

Ningún instructivo, ninguna técnica, ninguna medicación podrá para siempre quitarnos el dolor, el sufrimiento en nuestra vida. Pero sí hay algo que está en nuestras manos: la manera de recibir ese dolor, ese sufrimiento, la manera de encontrarnos con ellos. Se trata de una actitud allá en el fondo del corazón. Se trata de otra manera de vivir. Se trata de empezar a preocuparse por los demás más que por uno mismo...

Otro autor comentaba que cuando al hombre ya no le funcionan las anestesias para acabar con el dolor, no sabe qué hacer con él. Quizá es precisamente en ese momento donde todo lo que para algunos es desesperadamente estresante empieza a convertirse en moneda de purificación, maduración, forja, humanización, realización y por tanto de felicidad...

No es más feliz quien se topa menos con el sufrimiento, sino quien construye decididamente su vida con los ladrillos del dolor y de la alegría que se va encontrando por el camino...
18 Diciembre 2016 04:11:00
De rodillas
En la noche en la que todas las estrellas prestan su luz al astro de Oriente, en las catedrales y en las chozas convertidas en capillas, en las basílicas y en los templos destechados, en las iglesias recién estrenadas y en los santuarios cuyos muros aún muestran las heridas frescas o las cicatrices empolvadas de una guerra; a plena luz de luna o a escondidas... (porque hasta a algún Estado se le ha ocurrido, en un arrebato de imaginación recaudativa, cobrar una multa de 10 dólares al ciudadano que cometa la criminal barbaridad de celebrar la Navidad)..., numerosos cristianos de los cinco continentes se arrodillarán durante la misa de Nochebuena en el momento de la recitación del Credo al alcanzar las palabras: “...y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre…”.

Será una ola ininterrumpida de 24 horas, orquestada por la batuta infalible y precisa de los husos horarios del planeta. Primero los cristianos de Islas Midway, en Samoa, después Hawaii, y sucesivamente: Alaska, Arizona, Ciudad de México, Caracas, Monrovia, Dublín, Roma, Madrid, Sarajevo, El Cairo, Jerusalén, Calcuta, Seúl..., para terminar en las islas Fiji.

Un globo que se cimbrará a causa de tantas rodillas que hincarán el suelo, o la piedra fría, o la arena, o el mármol, o el cojín, o la hojarasca...

Hincar significa “introducir o clavar una cosa en otra, apoyar una cosa en otra como para clavarla”. El Poema del Mío Cid, al aludir a uno de los momentos más dramáticos del protagonista, cuando es desterrado injustamente por su rey, apostilla: “...e hincándose de hinojos, de corazón rezaba”. En algunas naciones donde se habla el español se utiliza más el verbo “hincarse” que “arrodillarse”.

Hincarse es también rendirse ante el misterio. Es sentirse anonadado. Es inclinarse hoy ante un niño que ríe, que llora, que saluda, que busca los brazos de una madre, que juega, que se asusta, que no sabe hablar, y que es Dios.

Hincarse será también clavarse en el mundo, siguiendo el ejemplo de aquél que, sin ser de este mundo, quiso clavarse en éste. ¿Qué es encarnarse sino hincar rodilla en tierra para probar el polvo de los hombres?

Pero hoy las rodillas de ese niño serán aún muy frágiles. Necesitará los cuidados de una madre que con el tiempo le enseñe a arrodillarse, a hincarse. Necesitará fuerzas en esas rodillas que, pese a todo, de camino al Calvario, tropezarán, sangrantes, tres veces.

En esta Navidad, cristianos de todos los países, arrodillémonos.
04 Diciembre 2016 04:05:00
Hora de cierre
Vértigo y grandes emociones acompañan a diario a los artesanos de un periódico en la temida y amada hora de cierre.

Y es que un día con su hora de cierre inamovible es como una vida intensa que muere cada noche. Es como la gestación de una criatura y su nacimiento, todo en 24 horas.

Puede pasar que noticias que no habían llamado la atención entran en el último segundo. Otras, auténticas primicias, por llegar tarde dos segundos, se quedan fuera. Los últimos minutos son la oportunidad de oro para que faltas de ortografía monumentales se camuflen con tanta discreción que logren colarse otra vez.

Así que no se te ocurra saludar por teléfono a uno de estos artesanos, 30 minutos antes de su hora de cierre…

Algo así también nos sucede a todos, en cada jornada de la vida. Cada noche lo que hacemos es cerrar un día más que nunca volverá. Nuestros días son continuos borradores que van y vienen y quedan como quedan a las 12 de la noche.

El producto final le llega muy de mañana a nuestro buen Dios. Pero Él no es un lector desconocido que ignora por completo lo sucedido el día anterior. No. Dios es también el editor que ayer vivió junto a su reportero todo el vértigo y las grandes emociones de la jornada.

Y es un editor único en su género. Porque no te cambia ni una coma de tus textos con su autoridad de editor. Tu día lo escribes tú. Sí, Él está contigo todo el día, te orienta, te motiva, te sugiere, pero la última decisión te la deja siempre a ti. Y todavía más: si te envía a cubrir una noticia, no se queda Él en su oficina, sino que se sube a la moto contigo…

Tú con tu estilo de novato. Él con su vastísima experiencia y su estilo de siglos, probadísimo; y, a la vez, siempre fresco e innovador.

Un día te echas una parrafada muy barroca de la que te sientes verdadero genio. Luego Él te sugiere que quedaría mejor con lenguaje llano, y lo que tú dijiste con 10 líneas y vocabulario complicado, queda, si le haces caso, en dos líneas muy claras y vivas. Tú, a veces te disgustarás, no lo entenderás, y dejarás tu parrafada en la versión final. Al día siguiente, o meses después, finalmente, entiendes por qué te sugería aquello.

Otras veces liarás tanto la sintaxis que te queda un amasijo de yuxtapuestas, subordinadas e incisos infinitos que no hay quien los desenrede… Tu editor, con mucha paciencia, intentará -con frecuencia sin éxito- hacerte caer en la cuenta del embrollo.

Otras veces querrás usar la palabra rimbombante que aprendiste el otro día en el diccionario. Él te sugerirá un sinónimo perfecto que dice lo mismo pero que lo entienden los niños.

Otras veces te harás el científico y meterás un argot tan tecnicista que ni los expertos de tu supuesta ciencia son capaces de descifrar.

Otras insistirás en incluir una idea y la repetirás 10 veces a lo largo del texto. Él te recomendará que quites todas, que te fíes, que si lo haces, la columna cobrará en belleza.

Otras ocultarás un dato. Sabes que es importante incluirlo pero por temor te lo guardas. El Señor, cuando vea el borrador contigo, te preguntará discretamente: “oye, ¿no crees que valdría la pena añadir aquello de…?”. Justo lo que habías callado.

a pesar de las mil buenas ideas que te da tu editor, harás el vago; y llegado el final de la jornada, entregarás un folio con un par de frases cortísimas e inconexas. Y así se publicarán, porque quien firma eres tú.

Otras veces le dirás enfadado a tu Editor: “pues ya que no te gusta lo que escribo, escríbelo tú”. Te dirá que no. Que el autor de tu vida eres tú, que cuentas con todo su apoyo, pero que Él no puede tomar tu lugar.

Otras veces pensarás que editor tan entrometido está desdibujando tu personalidad. Otras querrás cambiar algo del artículo del día anterior. Te dirá que es imposible. Que aquello hecho está y que no pierdas tiempo en mirar hacia atrás, sino que escribas lo de hoy.

En fin, que en la vida somos redactores aprendices y la clave está en no cansarse de aprender, un poco cada día, de tan gran editor, padre, hermano y amigo que da la vida por ti.
27 Noviembre 2016 04:16:00
Obreros de la viña del Señor
En ocasiones sucede que los católicos no se acercan al sacramento de la confesión. Puede ser porque no saben bien qué es ni para qué sirve. O porque hace meses o años perdieron la costumbre y no se animan a retomarla. O porque les da pena. O porque creen que seguirán iguales después de confesarse. O porque consideran que es algo sólo para niños que van a hacer su primera comunión o para dos novios que están a punto de casarse por la Iglesia…

Y a veces es porque no encuentran a un sacerdote para confesarse. Preguntan, buscan y no dan con un sacerdote que pueda confesarles. Esto último se debe, en parte, a que la mies es mucha y los obreros pocos; a veces los sacerdotes quisieran atender más almas pero necesitarían días de 40 horas y un par de pies más…

Los sacramentos de la Iglesia son de Jesucristo. Le costaron sangre. Poco después de las 3 de la tarde del primer viernes santo en el monte Calvario, unos soldados romanos se acercaron a romper las piernas a los tres crucificados para que terminaran de desangrarse y murieran. Pero al llegar a Jesús, se dieron cuenta de que ya había muerto, así que sólo le clavaron una lanza en el costado como para certificar que estaba del todo muerto. Cuenta el evangelio que, al penetrar aquella lanza en el costado de Cristo, al instante salió sangre y agua. Muchos escritores de la Iglesia de los primeros siglos identificaron ese gesto póstumo del corazón de Cristo con el nacimiento de la Iglesia y con la fuente de la que brotaban sus sacramentos. Se puede decir que los sacramentos vienen directamente del corazón de Cristo y son el fruto maduro de los méritos infinitos de su pasión, muerte y resurrección. Los sacerdotes no somos más que instrumentos del Señor para que esas últimas gotas de sangre y agua del corazón de Cristo sigan tocando a lo largo de los siglos cada alma necesitada de curación y de perdón.

Es cierto que el mundo tiene muchos problemas, que los sacerdotes no podremos resolverlos todos y que muchos son los proyectos que se pueden realizar para sembrar el bien en el mundo, pero está claro que cuando los sacerdotes nos ponemos a confesar estamos contribuyendo significativamente a desenraizar las raíces más profundas del mal en el mundo. Porque es en el fondo del corazón donde una persona entra en diálogo con el mal, le da la bienvenida, lo maquina y termina cometiéndolo. Y el corazón que opta por un mal –sea chico, mediano o grande– es un corazón herido. Y un corazón herido, tarde o temprano, siente un hambre muy intensa de perdón, de rescate, de reconciliación, de sangre y agua de Cristo.

Por eso yo creo que la empresa más ambiciosa y profunda en este mundo es dejar que Dios te cambie el corazón y ayudar a Dios a que transforme el corazón de otras personas. Los sacerdotes haremos un gran bien y estaremos cambiando más el mundo, si todos juntos nos decidimos a dedicar más tiempo a confesar, de manera que facilitemos la reconciliación de las personas con Dios y entre sí.

Hace algunos años en una conferencia, un obispo anciano comentaba que de joven, el día de su ordenación sacerdotal, le pidió a Dios una gracia: la gracia de nunca negar el sacramento de la confesión a alguien que se lo pidiera. Y con una gran sonrisa concluía diciendo que hasta ese día de la conferencia el Señor le había concedido esa gracia y que esperaba morir diciendo lo mismo.

Si está en nuestras manos y no media un obstáculo serio, nunca digamos que no a una persona que quiera confesarse. No es lo mismo decir a un penitente: “disculpe, los fieles esperan el inicio de la misa, si quiere venga al final y le confieso”, que decirle a otro penitente: “no, no puedo confesarle porque tengo un juego de dominó muy importante, así que váyase a otro lugar a ver si tiene suerte…”

Carlos Marx terminó el manifiesto de su revolución con aquella frase: “¡obreros de todos los países, únanse!” Yo creo que, al fin y al cabo, los cristianos también tenemos nuestra revolución –que no es de odio ni de derrocamientos violentos– sino de fe, esperanza, caridad, perdón y reconciliación:

¡Obreros de la viña del Señor, sacerdotes de todos los países, confesemos!
20 Noviembre 2016 04:00:00
No sólo bonsáis
¡Qué gusto verte, cuánto tiempo! ¿Cómo te va todo?

- Bien.

- ¿Sigues en el mismo trabajo? ¿Qué tal?

- Normal.

- Oye, ¿en qué acabó lo del accidente de tu perro en la cocina?

- Fatal.

- ¡Qué pena, hombre! Oye…, ¿y cómo van los bonsáis?

- ¡Ah, de maravilla! Mi abuelita me regaló el otro día un libro que yo no tenía; y mira que encontré una receta muy buena para lograr que la palmera aquella por fin se rindiera y dejara de crecer a lo bruto. Por cierto, ¿te acuerdas del olivo?...

Y casi sin dar oportunidad de respuesta, prosiguió:

- ...Pues fíjate que empezó a dar unas aceitunas fuera de toda proporción; pero el otro día, navegando en internet, encontré un sitio especializado en este problema de la dimensión aceitunera. Lo estoy estudiando… aunque no me fío mucho…

Y ya no hubo quien pudiera detenerle… La entusiasta preguntadora conocía bien a su amigo. Sabía que la pregunta de los bonsáis era la importante, pero no perdía la esperanza de encontrar algún otro punto de conversación. No era que se aburriera con lo de los bonsáis, pues también era aficionada a tan japonesa ciencia, pero tenía muy claro que en la vida había otras cosas más apasionantes e importantes.

Y es que sacar conversación a veces cuesta. El temperamento del interlocutor puede influir. Hay quien, por ejemplo, es de pocas palabras. Sus respuestas sintéticas invitan a un paciente desentrañamiento del contenido concentrado en los escasos monosílabos
pronunciados.

Otras veces cuenta el ánimo del receptor o de ambos. Si alguien está de malas, será difícil distraerle con otro tema de conversación distinto a la causa de su enojo.

También puede ser porque no hemos escogido el mejor momento. Si alguien está muy ocupado enviará numerosos signos externos para hacérnoslo saber. Se pondrá de pie antes de que el tema se termine, o mirará descaradamente su reloj un par de veces, o tomará un papel entre sus manos y tratará de leerlo mientras le hablamos…

En otras ocasiones es porque no damos en el clavo del tema de interés. O porque simplemente el interlocutor no tiene ganas de compartir nuestro entusiasmo en el diálogo.

Y la verdad es que todos estamos a veces de un lado y a veces del otro. En ocasiones somos el preguntador deseoso de conversación. Y en otras, somos el que no se deja sacar conversación.

Algo parecido sucede entre Dios y el alma: Él, que tiene muchas ganas de platicar y charlar con nosotros, y nosotros, que no siempre lo dejamos.

Pero en estos casos, Dios no es como nosotros que ante un receptor reticente, queremos hablar de lo que nos importa a como dé lugar. No es como nosotros que tocamos una puerta para explicar a bocajarro las mil maravillas del producto que queremos vender a toda costa al precio que nos da más
beneficio…

Dios, en cambio, toma en cuenta nuestra situación en cada momento. Si estamos enojados, por ejemplo, Él lo sabe muy bien y tratará de partir de nuestro enfado. Como si no supiera nada. Se esforzará por comprender nuestro mal humor, para de ahí sugerirnos bondadosamente nuevos horizontes.

Claro que si no queremos seguir el diálogo, no forzará ni atropellará. Se esperará ahí afuera a que los ánimos se estabilicen, pacientemente, en el frío de la noche, con la esperanza de que mañana le abriremos. Y con un entusiasmo increíble, lo intentará cada mañana como si fuera la primera vez… Pero, si no hay escucha, se detendrá de nuevo respetuosamente, para seguir esperando.

En otras ocasiones lo que sucede es que a Dios sólo queremos hablarle de bonsáis. Sólo de aquel típico favor que le habíamos pedido de ganar la lotería y que lleva años sin cumplir. O sólo le hablamos de lo mal que se comporta el vecino. O sólo de lo insoportable que es nuestro jefe en la oficina. O sólo de que ya es hora de que mueva sus influencias para que podamos pagar toda la hipoteca. O sólo del porqué se le ocurrió crear ese mosquito que tanto molesta por las noches. En fin, que con Dios nos ponemos monotemáticos y no hay criatura celestial que de ahí nos saque…

Y cuando Dios nos sugiere otro tema, le respondemos desganados o enfadados con los monosílabos más breves del mercado. O intentamos enseguida cambiarle el tema. Como cuando Dios nos cuestiona si realmente estamos siendo generosos y sentimos que no. O cuando nos pregunta algo sobre ese defecto tan nuestro que sería bueno combatir. O cuando nos sugiere que perdonemos esa injuria que tanto nos dolió. O cuando se le ocurre que podríamos hacer ese favor que pidió tal persona y que de entrada negamos tajantemente. O cuando nos llama a ser menos egoístas, menos soberbios, menos vanidosos. O cuando nos recomienda huir de esa tentación que tanto daño nos está haciendo por no resistirla. O cuando insiste en que pongamos en sus manos ese pecado que escondemos para que lo pueda Él destruir con su gracia. O cuando nos exhorta a dar generosamente ese paso de más que nos da miedo. O cuando nos sugiere la loca idea de dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, visitar al enfermo…

A los discípulos de Emaús Jesús se les hizo el encontradizo, como si se tratara de un viandante despistado. Parecía un accidente. Y así logró sacarles conversación.

Cuando el profeta Elías estaba en aquella caverna esperando la visita del Señor que no se realizó en el viento impetuoso, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en la brisa ligera, lo primero que le preguntó el Señor a Elías fue: “¿Qué haces aquí Elías?”. Así de espontáneo y sencillo es Dios cuando nos quiere sacar conversación. Si Elías hubiera sido aficionado a los bonsáis es probable que por ahí hubiera empezado el Señor: ¿Cómo va aquel olivito, Elías?

Otras veces, cuando ve que un alma así lo necesita, Nuestro Señor es más directo, como cuando saludó a Pablo en el camino de Damasco: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” . Y en un diálogo brevísimo aquella gran alma quedó transformada para siempre.

En fin, que a nuestro buen Dios se le va buena parte de cada jornada en intentar sacarnos conversación…

¿Y qué no es la oración sino hacer finalmente caso a un Dios que lleva un buen rato intentando sacarnos conversación?
13 Noviembre 2016 04:00:00
Los vecinos de Senderos
Hacía muchos años que no se veían. La vida se había encargado de ello. Sergio y Miguel habían sido vecinos de la calle Senderos y jugaron juntos muchas veces en la misma manzana y en los mismos árboles. Luego Sergio se había ido a vivir a otra zona de la ciudad y de vez en cuando se visitaban. Los años pasaron y Miguel partió al extranjero.

Un buen día Miguel volvió al país y buscó a Sergio por correo electrónico. Quedó en visitarle. Para entonces Sergio estaba casado y tenía tres hijos. Miguel batalló para dar con la casa, así que le llamó por teléfono. Sergio le preguntó que dónde estaba exactamente y le dio más señas para que al menos se acercara a la entrada del fraccionamiento. Mientras tanto envió a uno de sus hijos, el de 9 años, para que a la entrada del fraccionamiento estuviera atento a la llegada del huésped de su papá y lo guiara los últimos metros hasta la casa. Por fin Miguel dio con aquella entrada y al ver a aquel niño supuso que se trataba del hijo del guardia encargado de la garita. Aquel niño se presentó:

–Hola, soy hijo de Sergio, sígame que le llevaré a casa, es aquí cerquita.

Miguel se alegró entonces de saludarlo y, aunque era de noche, alcanzó a distinguir en aquel niño rasgos de su viejo amigo. El niño caminó los últimos metros y el coche despacito lo seguía.

Y es que para Miguel, ver a aquel niño era casi ver al Sergio que había conocido hace tantos años. Los gestos de aquel niño, su sonrisa y su manera de hablar coincidían casi matemáticamente con sus recuerdos de Sergio de cuando jugaban juntos en la misma calle y en los mismos árboles. Y ahora la vida se encargaba de que se vieran de nuevo.

Llegó Miguel, le dio un abrazo a su viejo amigo, saludó a la esposa y a los otros dos hijos. Conforme pasaban los minutos, Miguel iba descubriendo lo mucho que los tres hijos se parecían a su papá.

Algo así sucede entre Dios y los hombres. En realidad todos somos hermanos pues salimos de un mismo Padre. Hechos a imagen y semejanza de nuestro buen Dios, los seres humanos, si nos lo proponemos, nos descubrimos hermanos. Por eso la Sagrada Escritura es tan clara cuando dice que “si amas a Dios y no amas al prójimo eres un mentiroso”, porque ¿cómo no puedes amar a los hijos de ese Padre que amas?, ¿cómo no puedes descubrir en los gestos y las sonrisas de cada prójimo algún rasgo de ese Padre que tanto quieres?

Y es que el punto es que si quieres a alguien, automáticamente querrás a sus hijos.

Es cierto que luego hay mucha casuística en los tipos de hijos del buen Dios: unos te pueden caer bien, otros pueden parecerte insoportables, unos te pueden tratar bien, otros no tanto, a unos parece sonreírles la vida, otros pasan por algún momento de dolor terrible… Pero el caso es que si conoces bien y quieres al Papá de todos ellos, en algunos de sus gestos, de sus miradas, de sus sonrisas o incluso de sus quejas salidas de lo más profundo de sus corazones, descubrirás de repente ciertos rasgos de su Papá, que a la sazón es tu Papá.

Algunas personas piensan que la fe es una cosa muy complicada porque –dicen– tienes que estudiar mucho, entender muchas cosas, hilar muchas verdades, aplicar miles de principios y evitar cientos de prohibiciones.

En realidad, esa visión de la fe es una caricatura de la fe. La fe es algo más sencillo: es el don de descubrir quién es tu Papá para quererlo cada día más y darte a la tarea de conocer y amar a sus hijos, tus hermanos. Y ya. No hay más. Eso es el núcleo de la fe. Es a lo que se han dedicado tantos santos de la historia: a través de la oración iban descubriendo el rostro de Dios y luego en su vida ordinaria trataban de ponerse al servicio de los demás viendo en ellos el rostro de Dios. Así de fácil. Y así de global y comprometedora es la fe. Pidamos este don y vivámoslo.
06 Noviembre 2016 04:16:00
Letanías de las intenciones del corazón
Todos nos movemos por algo. Actuamos o dejamos de hacer una cosa por algo. Es el mundo secreto de las intenciones. Secreto porque está en el fondo de nuestro corazón y ahí nadie puede entrar. Podemos explicar a alguien en confianza lo que vemos en el fondo de nuestro corazón, pero no existe ningún aparato tecnológico ni mago capaces de leer nuestras intenciones más profundas.

Sólo el Señor. Él sí conoce el fondo de nuestro corazón y hasta mejor que nosotros. Estas letanías pueden ser una ayuda al alma que quiere confiarle al
Señor su corazón y sus profundidades:

Confiarte las profundidades de mi corazón, quiero Jesús.

Descubrir qué mueve mi
corazón, quiero Jesús.

A examinar mi corazón en sus intenciones más profundas, ayúdame Jesús.

A saber dónde está mi corazón en este momento, ayúdame Jesús.

A redirigir mi corazón a ti cuando quiera desviarse, ayúdame Jesús.

A agradecerte con humildad mis buenas obras e intenciones, ayúdame Jesús.

A no disfrazar de buena intención una mala intención, ayúdame Jesús.

A desenmascarar pronto una intención torcida, ayúdame Jesús.

A desenmascarar pronto una intención egoísta, ayúdame Jesús.

A acudir al sacramento de tu
perdón por mis malas intenciones,
ayúdame Jesús.

Si descubro que me mueve la
flojera, cámbiamela por diligencia, Jesús.

Si descubro que me mueve el orgullo, cámbiamelo por humildad, Jesús.

Si descubro que me mueve la avaricia, cámbiamela por generosidad, Jesús.

Si descubro que me mueve el enojo, cámbiamelo por paciencia, Jesús.

Si descubro que me mueve la venganza, cámbiamela por perdón, Jesús.

Si descubro que me mueve la lujuria, cámbiamela por amor limpio, Jesús.

Si descubro que me mueve la envidia, que mejor busque el bien de los demás, Jesús.

Si mi corazón se complica, házmelo sencillo como el tuyo, Jesús.

Vivir y morir de amor a ti y al prójimo, quiero Jesús.

Oremos:

Oh Jesús, tú que tienes un corazón de carne como el nuestro, y que sólo sabes moverte por amor a tu Padre y a nosotros tus hermanos, haz que nuestro corazón se mueva como el tuyo todos los días que nos quieras regalar de vida. Así sea.
30 Octubre 2016 03:00:00
La Quinta Estación
De los muros interiores de muchas iglesias cuelgan las 14 estaciones del viacrucis. Durante siglos, numerosos cristianos se han asomado a través de ellas al misterio del Dios hecho hombre que tomó su cruz y caminó al Calvario a morir por nuestra salvación.

En la quinta estación, los soldados romanos, al constatar que Jesús lleva la cruz muy a duras penas y que el camino es todavía largo, obligan a un caminante despistado a cargar la cruz con Jesús: un cierto Simón que venía de Cirene.

Es interesante ver con detenimiento cómo algunos artistas han plasmado ese momento. Los estilos son muy variados…

En una de esas quintas estaciones Simón llevaba la cruz de una manera muy peculiar. Y es que analizando por encima las posiciones y los ángulos, te dabas cuenta de que le estaba haciendo a Jesús muy incómodo e impráctico el llevar la cruz. El punto de apoyo que había escogido era tan malo, que alguno ya podía gritarle “mucho ayuda el que no estorba”.

En otro viacrucis, Simón te miraba y aunque tenía su mano sobre la cruz, se veía clarísimamente que todo el peso recaía sobre Jesús. Casi te daba la impresión de que Simón tocaba simbólicamente la cruz mientras posaba para la foto…

Y en otra quinta estación, veías a Jesús que iba llevando muy decidido su cruz; y el bueno de Simón, agarrado a la cruz, de espaldas a la espalda de Jesús, parecía caminar en la dirección contraria…

Ciertamente estos detalles técnicos no desautorizan a los artistas que con grande fe y talento han plastificado la pasión de su Dios, porque no es intención esencial en un artista reflejar a rajatabla las leyes físico-matemáticas de los puntos de apoyo. Y tampoco hay que rebajarle nada al mérito indiscutible del auténtico Simón de Cirene, a quien el Señor distinguió con la singular gracia de compartir el peso de su cruz de madera.

Pero de lo que sí nos pudieran hablar estos detalles es de nuestra poca eficacia y mucha inutilidad a la hora de ayudar al Señor. Puede ser cierto que con muy buena voluntad queramos ayudarle. Pero con lo frágil que somos, lo vulnerable que somos, lo misterioso que somos, lo egoísta que somos, lo voluble que somos, lo soberbio que somos…, la ayuda que le damos, aunque pueda ir mejorando con el correr del tiempo, medida objetivamente a la luz de su omnipotencia, es realmente poca cosa.

Y es que con Jesús a veces somos como aquel niño de 4 años en las compras de mamá en el supermercado. El niño dirá que fue de compras con mamá, cuando lo único que hizo fue llevar abrazada una bolsa gigante de papas fritas. Y como la bolsa medía lo que él, el aprendiz de comprador la fue arrastrando por todo el camino, de manera que al llegar a casa se dan cuenta todos de que aquella bolsa de papas ultraligeras ha llegado muy magullada, raspada y con cuantiosas pérdidas…

Sí, hay una desproporción enorme entre la parte que hace Cristo y la que nos toca a nosotros. Y es que por mucho que hagamos, por mucho amor que pongamos, no podemos corresponder a su altura. Por muchos sacrificios que hagamos no igualaremos el suyo. Aunque nos esforcemos mucho, nunca podremos decir que Cristo nos debe algo.

El que se anonadó a sí mismo, fue el Señor. El que sin haber cometido pecado alguno se hizo pecado para redimirnos, fue el Señor. El que tomó sobre sí nuestros delitos y dolencias fue Jesús. El que sudó sangre, fue flagelado y coronado de espinas fue el Señor. El que se dejó clavar en la cruz, y expiró a las 3 de la tarde, fue Jesús. El que salva al mundo, es Él.

Él en cuanto Dios no nos necesita para ser más Dios, pero lo más interesante de todo es que ha querido libremente necesitarnos. Para Él, nuestra pequeña ayuda es importantísima. Nos invita un pedacito de su cruz y a prestarle nuestras pequeñas fuerzas. Por eso sonríe y llora con nosotros. Por eso nos ve con tanta ilusión cuando luchamos, cuando nos levantamos, cuando trabajamos… Por eso nuestro amor afecta profundamente su corazón santísimo. O por eso también nuestro desamor afecta y hiere profundamente su corazón santísimo.

El Señor no se va a deslumbrar por el volumen objetivo de nuestros resultados sino por la ilusión y tesón de nuestro corazón en servirle, consolarle, imitarle, compartirle. Esto no debe servirnos de pretexto para hacer lo que hacemos de cualquier manera, pues si actuáramos así, no le amaríamos de verdad. Si le amamos, lucharemos por ayudarle lo más posible con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras pequeñas fuerzas, con toda nuestra inutilidad. Y sólo entonces es cuando el Señor une nuestra inutilidad día tras día al increíble poder de su sangre redentora derramada en rescate de muchos.
23 Octubre 2016 03:00:00
Hacer la lucha
No hablaba todavía. Lalito era muy pequeño. Buena parte de su jornada se le iba en dormir, comer, reír, llorar, gatear y conocer mundo. Todo llamaba su atención: aquella hormiguita que él no acertaba a aplastar con toda la precisión deseada; la corbata azul de la camisa blanca de su papá; aquella galleta de animalitos de la merienda; el moño rojo tan bien puesto en el chongo de su hermanita mayor; la nariz de aquel perro viejo de casa, tan paciente; el arete de oro que pendía de la oreja de mamá…

Fue en medio de esta vorágine de experiencias que a cierto amigo de la familia se le ocurrió visitarlos. Lo recibieron muy amables. Mientras los adultos charlaban distendidamente en la sala, a Lalito lo sentaron en sus
piernas.

Lalito iba a lo suyo. Pronto descubrió entre los haberes del visitante un nuevo objeto de observación para sus insaciables pesquisas. Del bolsillo de la camisa sobresalía la espiral fina y metálica de una libretita azul. Un azul muy chillón. Como el mejor de los carteristas, Lalito se abalanzó sobre aquella libretita indefensa y en un segundo la tenía ya entre sus manos para explorarla hasta sus últimos rincones. La agitó, se rio, la olió, se rio, comprobó la fortaleza del espiral, se rio… El huésped ilustre, como quien no quiere la cosa, vigilaba con discreción toda la operación.

Como era de esperar, le llegó el turno al sentido del gusto: Lalito comparaba ya el sabor de la papilla que mamá le había dado a mediodía con el sabor de la libretita. El invitado por su parte, más que nada para salvaguardar la integridad de su valiosa libretita, con suavidad y discreción, se la quitó.

Lalito combatió con denuedo para recuperar su tesoro recién adquirido y tan bruscamente arrebatado. Enseguida la localizó dentro del bolsillo de la chaqueta. El visitante la tomó con la mano derecha y puso el brazo en alto. Lalito enseguida intentó escalarlo. El asaltado bajó el brazo y escondió la libreta en otro bolsillo. Tras unos segundos de duda, el explorador la descubrió de nuevo; el otro la defendió. Lalito tiraba con todas sus fuerzas; el otro la sostenía con dos dedos, en un prudente esfuerzo por evitar que su amada libretita terminara de nuevo en las fauces de aquel pequeño devorador. Sus papás, acostumbrados ya a tanta actividad, sólo sonreían. El visitante, solo ante el peligro...

La guerra duró varios minutos. El esfuerzo de Lalito fue evolucionando y cobrando intensidad en gestos faciales, ruidos de garganta y ritmos de respiración que dejaban muy claro que su lucha iba en serio y que no cedería un
milímetro.

Finalmente, el enemigo –es decir, el amigo de la familia– se rindió… Aflojó aquellos dos grandes dedos que sostenían la preciosa libretita, y todos los malos gestos de Lalito se transformaron súbitamente en alegría desbordada. Y el niño disfrutó como nunca de aquella joya de papel que tanto había costado...

Algo parecido sucede a veces entre el alma y Dios. Nosotros que queremos algo de Él, y Él que se toma su tiempo, tan distinto al nuestro.

Ciertamente hay muchas gracias que Dios, de entrada, nos regala aunque no se las pidamos: un día más de vida, una alegría imprevista, un empujón para ayudar a algún prójimo en necesidad… Pero también hay otras gracias que se deben luchar y que hay que arrancar de las manos de Dios. Si no las luchamos, Dios, al ver tan poco interés, no las soltará.

Sí, en cierto sentido, se trata de una batalla con Dios. Sabemos que somos pequeñísimos y que nuestras fuerzas son minúsculas, pero el Señor siempre se conmueve cuando nos ve luchar. Es un Dios que sabe dejarse ganar por un alma que lucha las gracias como aquel bebé luchaba la libretita. Se puede comprobar en el Evangelio (Lc. 15, 21-28). De en medio de la gente, aquella señora cananea pidió ayuda a gritos para que Jesús atendiera a su hija atormentada por un demonio. Nada. Ni siquiera la intercesión de los apóstoles, que se quejaban del volumen de los gritos, funcionó: Jesús dos veces dijo que no y explicó sus razones. Se estaba librando, en cierto sentido, una auténtica batalla campal entre Jesús y esta buena alma. La persistencia de esta señora, su amor de madre y los argumentos que usó fueron tan increíbles que el corazón de Jesucristo se conmovió y se rindió finalmente ante aquella fe tan luchada.

A veces nuestro problema es que pedimos con fe, pero agregamos una cláusula a nuestra oración: “Te advierto que si en cinco minutos no me das lo que te pido, te dejaré de hablar dos meses por lo menos”. O aguantamos dos días, pero al tercero nos cansamos y dejamos de insistir.

Otras veces el problema es que exigimos a Dios una cosa como si de un derecho constitucional se tratara. Y hasta amenazamos al Dios Todopoderoso con demandarle al tribunal supremo de justicia…

En otras ocasiones el problema está en lo que pedimos. Y es que hay cosas que si Dios nos las diera, dañarían nuestra alma, y eso nunca lo permitiría.

Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; tocad y se os abrirá.

Conviene dejar constancia también de que aquella libretita azul no fue devorada. Lleva en el espiral una leve cicatriz de aquella singular batalla, pero sigue siéndole útil a su primer y legal propietario.
16 Octubre 2016 03:00:00
¿Qué llevas ahí dentro?
Un joven que trabajaba en una escuela aparecía todos los días por la puerta principal con una misteriosa caja de plástico entre sus manos. A juzgar por el gesto que hacía mientras la transportaba, no se trataba de una caja ligera. Tampoco era pequeña porque parecía capaz de contener cinco balones de futbol. Al inicio, los chavales de la escuela sólo miraban un tanto intrigados aquella caja con señor. Pero como la escena se repetía día tras día, la curiosidad de algunos niños se desbordó y comenzaron las preguntas: “Oye, ¿qué llevas ahí dentro?”

En ocasiones, la operación transporte coincidía con la hora del recreo de los chavales. Entonces aquel joven tenía que ir con más cuidado. Acentuando el gesto, esquivaba magistralmente, a diestra y siniestra, chavales de todos los tamaños. Era entonces cuando, sobre todo los más pequeños, que corrían como almas en pena rumbo a su anhelada hora del patio, se detenían y le preguntaban. Él, sin alterar un ápice su gesto de esfuerzo prolongado, les decía que ahí dentro había una ardilla viva, y que la debía llevar a la cocina para que la asaran. El revuelo quedaba servido. Los niños se olvidaban de que tenían prisa por llegar al patio. “¡Ala!” –espetaba una niña de gafas, quedando boquiabierta al final de su frase. “¡A ver, enséñamela!” –pedía un chico. “¡Abre la caja!” –exigía amablemente el de más allá. “¿Por dónde respira?” –inquiría el listo de la clase. Otros pocos, mayores, los que no habían preguntado nada, miraban escépticos la caja, al señor y a los chavales, y seguían su camino. Cuando aquel señor, horas después, salía de la escuela con la misma caja, al ser interrogado respondía que llevaba ya la ardilla asada.

El pobre portador de la caja, en medio de aquellos barullos, a duras penas les convencía de que le dejaran seguir su camino y de que la caja no podía abrirla porque, si lo hacía, la ardilla viva se escaparía, o la ardilla asada se enfriaría, según fuese el caso.

Quitando a los escépticos, los chicos, en cuestión de segundos, se compadecían del triste destino de aquella infeliz criatura. Una chica se preguntaba con amargura si no sería la misma ardilla que había visto el domingo pasado en un bosque al que le llevó su padre. Otros ponían a trabajar a marchas forzadas su imaginación para hacer posible el rescate de aquel animalejo que viajaba en caja contra su voluntad. Otros, que tenían madera de periodista, corrían a contar a gritos a sus amigos la espectacular noticia. Una primicia.

Sí, es la curiosidad innata del ser humano. Esa que algunos vamos perdiendo con el paso de los años. Pero es esa curiosidad al natural la que sigue explicando la fruición con la que abrimos un regalo insospechado o una carta inesperada. Aquellos chavales aguantaron muy pocos días sin lanzarse a descifrar el enigma de la caja misteriosa. El corazón humano busca siempre, así de sencillamente, los motivos de las cosas. La verdad y la belleza nos interpelan con toda su simplicidad a través de los actos, personas y cosas donde se reflejan. No necesitan ellas departamento de marketing.

Es la misma curiosidad la que en ocasiones nos interpela cuando observamos un comportamiento especialmente elocuente. En el caso del comportamiento auténticamente cristiano, lo que puede llamar la atención es ese caminar por el mundo, diario, sin aspavientos, con el tesoro de la fe en el corazón del caminante cristiano. Bastaría llevarlo siempre. A todos lados. No dejarlo nunca en casa. Sin presumirlo vanidosamente, pero sin esconderlo. Día tras día. Quizá al inicio nadie diga nada. Pero tarde o temprano, habrá gente que empezará a preguntarse en su interior: ¿de dónde le viene a este su integridad, su alegría, su ímpetu, su sencillez? ¿Por qué se le ve tan seguro, tan coherente? ¿Por qué ayuda tan desinteresadamente a los demás? ¿Cómo es que sabe ser feliz en medio del sufrimiento? ¿Por qué vive sin complicaciones? ¿Por qué hace tal cosa si hoy en día nadie lo hace? En resumen, querrán decirle: “Oye, ¿qué llevas ahí dentro, en tu corazón?” Y entonces podrá responderles que lleva a Cristo, o que Cristo le lleva a él.

Es cierto, ante la respuesta, algunos mirarán escépticos y seguirán su camino. Pero otros se sentirán interpelados. Sentirán una chispa que Alguien ha encendido en sus corazones. Así ha funcionado la transmisión de la fe de generación en generación. Es la fuerza del testimonio. Ya lo cuchichearon intrigadas las primeras opiniones públicas al entrar en contacto con los cristianos: “Mirad cómo se aman”. Y cuando esto no es cuchicheado, preguntémonos si no será que estamos fallando en lo más esencial del cristianismo: el amor a Dios y al prójimo.

Y en cuanto a los escépticos del caso de la ardilla, se les podría invitar a visitar el horno de la cocina de aquella escuela en la que una ardilla, cada día, de lunes a viernes, es asada.
02 Octubre 2016 04:00:00
Entre herramientas
Si nos enteramos de que el futbolista famoso de turno se comió el domingo pasado un trozo de una deliciosa tarta de chocolate juzgaremos, primero, el tamaño escandaloso –a nuestro entender– del trozo, y segundo, su impenitente glotonería que le está llevando a la ruina irremediable de su condición física. Si a un presidente se le ocurre comprar para la residencia presidencial unos champús con esencia de naranja y de sandía, juzgaremos su lujosa política presupuestaria. Y si el vecino del piso de arriba viene y nos pide azúcar, juzgaremos su descarada falta de previsión.

Sí, a la hora de medir, los seres humanos somos duros.

Quien más quien menos, lo juzgamos todo a todos: al compañero de trabajo si se tomó dos cafés en vez de uno, al jefe si mandó pintar el muro de otro color, a la mamá si se le ocurre escogernos como blanco de alguna de sus habituales órdenes… Juzgamos el más mínimo gesto de los demás. Nos montamos largas películas sobre las oscuras y perversas intenciones que aquella sospechosa persona tuvo cuando hizo aquello, o cuando movió aquello, o cuando dijo aquello. O sea que juzgamos más lo que menos se ve.

En una ocasión, yendo con un compañero de trabajo, recorríamos muy de mañana una carretera todavía muy solitaria. Paramos en una gasolinera, y, tras repostar, el coche no quiso seguir. Lo que había pasado, tristemente, fue que a esas bajas horas de la madrugada confundimos la manguera de la gasolina con la de diésel. Así que tuvimos que llamar a los servicios de una grúa. Ya a bordo, una vez que le confesamos al conductor la causa de nuestro percance, nos comentó que cada día atendía uno de estos casos como mínimo, y en días punta hasta dos o tres. Esto nos consoló un poco. El buen hombre, en su ya larga experiencia atendiendo gente que se equivoca de combustible, nos dijo que la inmensa mayoría no reconoce el error, que, en promedio, de cada 10, sólo uno lo reconoce.¡Hombre!, nosotros dos, ciertamente, en un primer momento dudamos en reconocerlo, pero la evidencia pronto nos convenció a cada uno de nuestra respectiva mitad de culpa en tan desgraciado error.

El buen señor nos llegó a comentar el caso de una persona que no sólo no reconocía su error, sino que desde la misma grúa se puso a llamar a su abogado con intenciones de demandar ante la justicia a los dueños de esa gasolinera por no tener una señalización lo suficientemente convincente como para evitar el suceso. Así somos. A la hora de medir a otros somos duros.

Cuenta una fábula anónima que en una ocasión en el taller de un carpintero las herramientas no se aguantaban las unas a las otras. Así que un buen día se pusieron a discutir formalmente el martillo, el tornillo, la lija y la cinta métrica. El tornillo comenzó diciendo que el martillo se la pasaba golpeando a los demás. La lija dijo que para lograr que el tornillo sirviera para algo primero había que darle muchas vueltas. La cinta métrica afirmó que la lija lo único que hacía era provocar fricciones día tras día. Y el martillo se quejó de que la cinta métrica se la pasaba midiendo a los demás como si fuera la única perfecta del taller. Las herramientas estaban todavía discutiendo acaloradamente, cuando de pronto entró el carpintero en su taller. Sin más, se puso a trabajar afanosamente y al cabo de 45 minutos terminó una preciosa silla. Y, sin decir nada, se marchó.

Entonces el tornillo tomó la palabra y dijo a sus compañeras herramientas: “Lo véis, lo que este hombre ha hecho con nosotros es fijarse en las cosas buenas de cada quien, y gracias a eso ha sido capaz de hacer algo hermoso a través de nosotros”.

Así que, dejados solos, siempre seremos duros de juicio. La única solución es levantar la mirada y observar a nuestro Carpintero, día tras día… ¿Acaso la profesión de Cristo no es la de carpintero? Fijémonos que la medida de Dios es mucho más objetiva que la nuestra. Se acerca muchísimo más a la verdad que la medida humana. Porque Dios se deja deslumbrar por la bondad y potencialidades de cada hijo suyo. Se deslumbra tanto porque sabe que los defectillos de su hijo son incluso herramientas de más bondad. Sin defectos no habría lucha por ser mejores, pues careceríamos de enemigos. La mirada de Dios es más completa y verdadera. No se trata de una mirada dulzona, ingenua, y que esconde ridículamente los defectos. No. Es una mejor mirada.

De tanto ver a nuestro Carpintero, quizá… De observar con frecuencia cómo ve Él las cosas… De verle cómo suda, cómo se pincha con un clavo rebelde y enseguida le perdona, con qué paciencia le da vueltas a un tornillo, con qué cariño mira la tosca madera, la desempolva y hasta la abraza… De verle con qué tesón trabaja, las horas extras que hace, cómo su madre tiene que decirle que detenga un poco el trabajo, que se lave las manos y que coma... De verle sus manos, sus cicatrices, y cómo el dolor las ha hecho aún más bondadosas…

Sólo así, quizá, nos iremos contagiando de su sencillez, de su humildad, de su bondad, de su mansedumbre. Sólo así, quizá, aprenderemos a medir a su manera, más allá de nuestras medidas supuestamente matemáticas. Sólo así, quizá, seremos mejores herramientas en Sus manos.

02 Octubre 2016 03:00:00
Entre herramientas
Si nos enteramos de que el futbolista famoso de turno se comió el domingo pasado un trozo de una deliciosa tarta de chocolate juzgaremos, primero, el tamaño escandaloso –a nuestro entender– del trozo, y segundo, su impenitente glotonería que le está llevando a la ruina irremediable de su condición física. Si a un presidente se le ocurre comprar para la residencia presidencial unos champús con esencia de naranja y de sandía, juzgaremos su lujosa política presupuestaria. Y si el vecino del piso de arriba viene y nos pide azúcar, juzgaremos su descarada falta de previsión.

Sí, a la hora de medir, los seres humanos somos duros.

Quien más quien menos, lo juzgamos todo a todos: al compañero de trabajo si se tomó dos cafés en vez de uno, al jefe si mandó pintar el muro de otro color, a la mamá si se le ocurre escogernos como blanco de alguna de sus habituales órdenes… Juzgamos el más mínimo gesto de los demás. Nos montamos largas películas sobre las oscuras y perversas intenciones que aquella sospechosa persona tuvo cuando hizo aquello, o cuando movió aquello, o cuando dijo aquello. O sea que juzgamos más lo que menos se ve.

En una ocasión, yendo con un compañero de trabajo, recorríamos muy de mañana una carretera todavía muy solitaria. Paramos en una gasolinera, y, tras repostar, el coche no quiso seguir. Lo que había pasado, tristemente, fue que a esas bajas horas de la madrugada confundimos la manguera de la gasolina con la de diésel. Así que tuvimos que llamar a los servicios de una grúa. Ya a bordo, una vez que le confesamos al conductor la causa de nuestro percance, nos comentó que cada día atendía uno de estos casos como mínimo, y en días punta hasta dos o tres. Esto nos consoló un poco. El buen hombre, en su ya larga experiencia atendiendo gente que se equivoca de combustible, nos dijo que la inmensa mayoría no reconoce el error, que, en promedio, de cada 10, sólo uno lo reconoce.¡Hombre!, nosotros dos, ciertamente, en un primer momento dudamos en reconocerlo, pero la evidencia pronto nos convenció a cada uno de nuestra respectiva mitad de culpa en tan desgraciado error.

El buen señor nos llegó a comentar el caso de una persona que no sólo no reconocía su error, sino que desde la misma grúa se puso a llamar a su abogado con intenciones de demandar ante la justicia a los dueños de esa gasolinera por no tener una señalización lo suficientemente convincente como para evitar el suceso. Así somos. A la hora de medir a otros somos duros.

Cuenta una fábula anónima que en una ocasión en el taller de un carpintero las herramientas no se aguantaban las unas a las otras. Así que un buen día se pusieron a discutir formalmente el martillo, el tornillo, la lija y la cinta métrica. El tornillo comenzó diciendo que el martillo se la pasaba golpeando a los demás. La lija dijo que para lograr que el tornillo sirviera para algo primero había que darle muchas vueltas. La cinta métrica afirmó que la lija lo único que hacía era provocar fricciones día tras día. Y el martillo se quejó de que la cinta métrica se la pasaba midiendo a los demás como si fuera la única perfecta del taller. Las herramientas estaban todavía discutiendo acaloradamente, cuando de pronto entró el carpintero en su taller. Sin más, se puso a trabajar afanosamente y al cabo de 45 minutos terminó una preciosa silla. Y, sin decir nada, se marchó.

Entonces el tornillo tomó la palabra y dijo a sus compañeras herramientas: “Lo véis, lo que este hombre ha hecho con nosotros es fijarse en las cosas buenas de cada quien, y gracias a eso ha sido capaz de hacer algo hermoso a través de nosotros”.

Así que, dejados solos, siempre seremos duros de juicio. La única solución es levantar la mirada y observar a nuestro Carpintero, día tras día… ¿Acaso la profesión de Cristo no es la de carpintero? Fijémonos que la medida de Dios es mucho más objetiva que la nuestra. Se acerca muchísimo más a la verdad que la medida humana. Porque Dios se deja deslumbrar por la bondad y potencialidades de cada hijo suyo. Se deslumbra tanto porque sabe que los defectillos de su hijo son incluso herramientas de más bondad. Sin defectos no habría lucha por ser mejores, pues careceríamos de enemigos. La mirada de Dios es más completa y verdadera. No se trata de una mirada dulzona, ingenua, y que esconde ridículamente los defectos. No. Es una mejor mirada.

De tanto ver a nuestro Carpintero, quizá… De observar con frecuencia cómo ve Él las cosas… De verle cómo suda, cómo se pincha con un clavo rebelde y enseguida le perdona, con qué paciencia le da vueltas a un tornillo, con qué cariño mira la tosca madera, la desempolva y hasta la abraza… De verle con qué tesón trabaja, las horas extras que hace, cómo su madre tiene que decirle que detenga un poco el trabajo, que se lave las manos y que coma... De verle sus manos, sus cicatrices, y cómo el dolor las ha hecho aún más bondadosas…

Sólo así, quizá, nos iremos contagiando de su sencillez, de su humildad, de su bondad, de su mansedumbre. Sólo así, quizá, aprenderemos a medir a su manera, más allá de nuestras medidas supuestamente matemáticas. Sólo así, quizá, seremos mejores herramientas en Sus manos.
25 Septiembre 2016 07:00:00
El tope del chicle
En algunos países, el único sistema eficaz para convencer al conductor frenético de reducir la velocidad, no ha sido la apelación a los sentimientos cívicos más profundos, ni la aplicación de intrincados exámenes sobre las reglas de tráfico, ni las campañas creativas sobre las mil razones de la moderación, ni las multas…

La solución ha sido... llenar de topes toda calle con vocación de autopista.

Ante un tope, no hay ciudadano, por muy desalmado que sea, que no reduzca la velocidad. Gracias a este invento, no existe un conductor en el que prevalezca la pasión de velocidad contra su preocupación por la integridad de su amado monovolumen. Uno solo de estos obstáculos urbanos modera milagrosamente la velocidad de un piloto adolescente en plena efervescencia de adrenalina.

En cierta ciudad, un muro de piedra, grueso, alto y firme, divide los dos sentidos en desnivel de una ancha avenida con su tope bien puesto. El muro queda tan a la mano del conductor que bastaría sacar un poco el brazo por la ventanilla del coche para tocarlo. En una ocasión, a un buen conductor, mientras salvaba aquel tope, se le ocurrió dar un uso creativo a su chicle ya insaboro. Y con esto, ya casi está dicho todo...

Así es, el señor pegó su chicle en la pared. Era el primero. Después se animó un segundo aficionado de las gomas de mascar. Y vino un tercero... Desde entonces, muchos conductores han estampado su chicle. Se descubría así un original método para combatir el aburrimiento que comporta pasar una vez más por encima de un tope. Era quizá también un esfuerzo por reírse del obstáculo, por poner humor en medio de la adversidad. De tal manera, que con el paso de los años, este muro se ha convertido en el monumento más original dedicado al chicle.

Es conocido como “el tope del chicle” y así hablan de él los vecinos de la zona a alguien que pide las señas de una calle: “derecho, derecho por esta avenida hasta el tope del chicle, y 100 metros más arriba se encontrará con la calle que busca”.

Hizo falta que un buen día a un conductor se le ocurriera un gesto inusual. ¡Cuántas veces se necesita esa primera persona que haga algo desusado! ¡Cuántas buenas intenciones quedan sepultadas en el fondo de muchos corazones, sólo porque nadie se atrevió a realizar ese primer gesto! ¡Cuántos proyectos se quedan en el tintero, porque nadie se atrevió a dar el primer paso!

El primer gesto es sencillo, muy ordinario, se realiza sin aspavientos. ¿Qué era ese primer chicle en el muro? Pegar un chicle no es tampoco un acto heroico ni una acción que sólo un Superman es capaz de realizar. Sin embargo, es la primera chispa de un incendio. Muchas veces lo más difícil es el primer paso. Aquella pared sería un muro más, desconocido, frío y triste, si aquel primer conductor hubiera preferido seguir mascando su chicle inservible.

Construyamos un muro de generosidad, no para dividir a unos hombres de otros sino para protegernos todos juntos del sin sentido, del egoísmo. Atrevámonos a pegar el primer chicle de la generosidad, en la familia, en nuestro ambiente, en nuestro país, en nuestro mundo...

Sé que este relato suena a fábula con su moraleja bien puesta al final. Pero lo del tope, lo digo como testigo directo, es verdad, existe. De hecho, a ver si algún lector de esa ciudad, se anima y nos envía unas fotos del tope del chicle para publicarlas junto a este artículo...

Arturo Guerra

Ármate de valores (
http://www.armatedevalores.com) es un grupo de jóvenes del mundo de la comunicación que buscan ayudar a los demás con aquello que se les da mejor, a través de la imagen, el sonido, la palabra...

Los miembros de Ármate de valores -periodistas, publicistas, comunicólogos, cineastas...- quieren ser una fuente de gestos inusuales que se conviertan en eslabones de cientos de cadenas de generosidad.
14 Agosto 2016 04:01:57
La chica de Ferriere
A María le faltaban tres meses para cumplir los 13 años. Vivía en Ferriere di Conca, un pueblecillo italiano.

Alessandro tenía unos 20 años, vivía con su padre y le ayudaba en el campo. Su casa compartía cocina y escaleras con la de María.

María vivía su fe muy a fondo.

Alessandro no.

María no tenía enemigos y a todos ofrecía su amistad cristiana sin distinguir a nadie.

Alessandro alimentó una pasión carnal por María. Un par de veces intentó seducirla. María con firmeza le dijo que no, que sería una ofensa al Dios que tanto amaba.

En otra ocasión, Alessandro aprovechó que María estaba sola para intentarlo de nuevo. Al ver la inquebrantable voluntad de María, quiso forzarla. Pero no consiguió nada. La pasión de Alessandro se vistió entonces de odio, y tomando un hierro afilado hirió a María catorce veces en el vientre y en el pecho.

Cinco horas después pudieron trasladar a María al hospital de Nettuno, donde le practicaron una complicada operación sin anestesia.

Poco se podía hacer ya. Sin embargo, la agonía se prolongaba, ante la sorpresa de los médicos.

A Alessandro le apresaron y encerraron a la espera de su juicio.

Finalmente María despertó de su inconsciencia unos breves instantes. Invocó a la Virgen María y sólo pudo decir: “A Alessandro, lo perdono. Y quiero que esté cerca de mí en el Cielo”. María murió. Era el 6 de julio de 1902.

Alessandro fue juzgado y encarcelado.

El 24 de junio de 1950, en la Plaza de San Pedro, el Papa Pío XII canonizó a la chica de Ferriere, Santa María Goretti. Assunta, su anciana madre, en una silla de ruedas, estuvo presente.

Alessandro, murió el 6 de mayo de 1970. Un sacerdote encontró, entre sus pertenencias, una carta cerrada fechada el 5 de mayo de 1961:

Soy un viejo de casi ochenta años, acercándome al final de mi vida. Echando una mirada al pasado, reconozco que en mi juventud tomé un camino falso: el camino del mal que me condujo a la ruina. Veía en la prensa, en los espectáculos y en los malos ejemplos que la mayoría de la gente seguía aquel camino sin pensárselo mucho; y yo tampoco me preocupé. A mi alrededor, tenía yo personas creyentes y practicantes pero no me fijaba en ello, cegado por una horrible fuerza que me conducía a un camino malo. A los veinte años, cometí el delito pasional del que hoy me horrorizo con tan sólo recordarlo.

María Goretti, ahora santa, fue el ángel bueno que la Providencia había puesto delante de mí. Todavía tengo impresas en el corazón sus palabras de reproche y de perdón. Rezó por mí, intercedió por mí, su asesino.

Siguieron treinta años de cárcel. Si no hubiera sido menor de edad, hubiera sido condenado de por vida. Acepté la sentencia que merecía. Resignado expié mi culpa. María fue verdaderamente mi luz, mi protectora: con su ayuda me comporté bien y me esforcé por vivir honestamente una vez que la sociedad me aceptó entre sus miembros. Los hijos de San Francisco, los capuchinos de Le Marche, con caridad seráfica, me han acogido entre ellos, no como siervo, sino como hermano. Con ellos convivo desde 1936.

Y ahora espero sereno el momento de ser admitido a la visión de Dios, de abrazar a mis seres queridos, de estar cerca de mi Ángel protector y de su querida mamá, Assunta.

Ojalá que quienes lean esta carta-testamento mía, saquen la feliz enseñanza de huir del mal, de seguir el bien, siempre, desde niños. Ojalá piensen que la religión con sus preceptos no es una cosa de la que se pueda prescindir sino que es el consuelo verdadero, el único camino seguro en todas las circunstancias, también en las más dolorosas de la vida. ¡Paz y bien! 1

Firmado: Alessandro Serenelli

En medio de un mundo que llama amor al egoísmo... En medio de un mundo que llama liberación a la pasión desenfrenada... En medio de un mundo que llama libertad de expresión a la pornografía... En medio de un mundo que llama sexo seguro a la cerrazón de dos egoísmos al amor fiel y fecundo... En medio de un mundo que, cuando falla ese sexo seguro, llama salud reproductiva a la destrucción de un embrión en el vientre de su madre... En medio de un mundo que llama represión al esfuerzo en la limpieza de corazón... María, una adolescente de casi trece años, es hoy más que nunca capaz de sacudir la conciencia más ebria de hedonismo.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. (Mt. 5,8)

14 Agosto 2016 03:00:19
El ángel que era periodista
Entré. Sí, tenía mucha experiencia. Llevaba muchos años en el oficio. A todo cielo (no podemos decir “a todo mundo” -nota del traductor-) le había hecho preguntas: A Arcángeles, a Potestades, a Principados, a Querubines... Pero eso de entrevistar a Dios, me ponía, al menos, un poco nervioso.

Equipado con mi inseparable grabadora entré a la oficina de Dios quien amablemente me recibió en la puerta, me estrechó la mano y me invitó a sentarme en una silla diseñada especialmente para no maltratar alas angelicales.

- Buenos días, Altísimo Señor.

- Muy buenos días.

- Ante todo agradezco la prontitud en atender mi petición de cita. Quiero decirle que en los últimos dos meses he estado por la tierra. He visto muchas cosas y he traído algunas dudas, preocupaciones y hasta alguna que otra úlcera en mi angelical estómago. La verdad ya no me acordaba de aquel tiempo en el que yo mismo fui Ángel de la Guarda de una persona de la tierra. ¿Se acuerda? Sí, que después de tres años, yo le escribí una carta a Usted para pedirle que me cambiara de encargo, a algo que produjera menos estrés, como por ejemplo ser un ángel periodista con residencia fija en los cielos. Pues bien, le decía, en mi viaje por la tierra he comprobado en espíritu propio (no podemos decir “en carne propia” -nota del traductor-) lo mal que está el mundo. Mucho terrorismo, una guerra por aquí, un magnicidio por allá, cientos de niños de la calle asesinados a bocajarro, mujeres esclavizadas en el negocio de la prostitución..., y para qué seguir contándole. ¿Dónde vamos a parar?



Mientras Él escuchaba mi reporte de la situación del mundo vi cómo sus ojos se llenaron de tristeza como nunca antes lo había yo visto. Sin embargo, cuando terminé mi primera pregunta, su única respuesta fue una breve sonrisa como cuando una madre sonríe ante la pregunta inocente de su niño.

Entonces saqué discretamente mi lista de preguntas preparadas y le solté la segunda.

- Señor Dios, ¿Usted cree que el mundo va a tener remedio?

Otra amable sonrisa y una breve respuesta:

- El remedio nació en Belén hace ya 2000 años.

- Perdone mi insistencia, pero, ¿Usted no cree que las cosas pueden ir de mal en peor? ¿No cree que sería buena una intervención tajante de Usted? No sé, por ejemplo, un golpe de Estado a nivel mundial y que interinamente coloque a sus Ángeles de mayor confianza de presidentes de todos los países mientras se arreglan todos los problemas...

Otra sonrisa, y una respuesta breve:

- Quizá no sea lo mejor.

- Bien, pero -¿por qué no?- ahora que el mundo está tan globalizado, una visita suya fulgurante delante de todos, vía satélite, donde les deje las cosas claras, donde ellos se den cuenta de lo mal que van, donde les diga que o cambian o cambian.

Dios sonrió y esa fue su respuesta.

- Pero Señor, en el mundo pocos se acuerdan de Usted. Para que se haga una idea, me enteré de que hay una cosa que se llama ateísmo. ¿Y sabe qué es esto? Es cuando un hombre afirma no creer en Dios. Fíjese nada más. Le están negando a Usted. Ya no es simplemente no estar de acuerdo con Usted en algún punto de su gobierno del Universo, sino que hasta llegan a crear teorías de que Usted no existe. Y muchos se las creen. ¡Qué barbaridad! ¿No le parece que eso sí es ya demasiado? Fíjese que dudar de Usted, el Creador de todas las cosas...

Dios sonrió de nuevo y me dijo:

- Sí, es cierto que algunos ya no creen en mí. Pero yo sí creo en ellos y pienso seguir creyendo en todos…

Así acabé mi entrevista con este Dios tan empeñado en los seres humanos. La verdad no sé qué es lo que Él ve en ellos. A mí ya se me habría acabado la paciencia. Pero yo soy sólo un ángel periodista con residencia fija en los cielos…
07 Agosto 2016 03:00:35
Asterisco, asterisco
Un amigo mío, alérgico a los contestadores automáticos, cuando al llamar por teléfono saltaba una de estas sofisiticadas máquinas convertidas en recepcionistas improvisadas, exclamaba (después de la señal, ¡claro!) con impotente desesperación:

“¡¿No habrá por ahí algún ser humano?!”

Y su grito caía en el vacío virtual más inexorable.

Hay algunas máquinas un poco más comprensibles que te ofrecen varias opciones: “Si quieres decir buenos días, pulsa la tecla 1. Si quieres más información de nuestros productos, pulsa la tecla 2. Si estás enfadado con nosotros, pulsa la tecla 3 seguida de asterisco, asterisco y de todos los símbolos raros que encuentres en el teclado. Y si quieres demandarnos, mejor llama al número de la policía...”



Y metidos ya en el siglo XXI, los contestadores van dando pasos tecnológicos asombrosamente agigantados. ¡Ay, la tecnología, no hay quién la detenga! Ahora, algunas máquinas te piden que hables. Sí, te dice, por ejemplo: “Si usted desea ser atendido en chino, diga con voz clara y pausada la palabra ‘chino’ ”. Y, ¡anda!, que, pasados unos segundos, la políglota máquina te comienza a hablar en chino.

Sí, bien, a veces no te entiende a la primera, te pide que le repitas la palabra, y suele ser un poco lenta en reaccionar. Me imagino que como todavía no tienen mucha práctica estas máquinas, hay que hablarles con mucha paciencia. Tienes que vocalizar mucho y emplear la sintaxis más simple. Como se te ocurra decirle: “Oiga, señorita máquina, la verdad me da igual en qué idioma me va a atender”, sencillamente se bloquea. Es demasiado para ella. Tampoco puedes saber si esta buena máquina está de malas o contenta, o si está haciendo horas extras que nadie le paga, o si está ajetreada haciendo mil cosas. Te habla en plan telegráfico. Tienes que ir al grano. Como se te ocurra hacerle alguna broma, no sólo no se ríe, sino que te ignora totalmente, la muy insensible.

Pero lo peor de todo, (o lo mejor) es que cuando no logra entenderte, cuando se cansa, simplemente se quita el problema diciéndote: “le paso con un gestor”.

Y entonces, ¡qué maravilla!, se pone al teléfono un ser humano, de carne y hueso como tú. Le puedes hablar rápido, vocalizando como has vocalizado toda la vida. ¡Vamos!, que te sientes en casa, en familia. Hasta te entiende las bromas y es capaz de detectar tu mal humor, causado quizá por el intento frustrado de entendimiento con una profesional máquina. ¿Necesitarán estas máquinas un siglo más para entenderse de tú a tú con el ser humano? No lo sé, pero la comunicación humana siempre será la más humana.
07 Agosto 2016 03:00:17
La buena confusión
Cuando en tu camino de todos los días ves un semáforo que ayer no existía, te confundes. Si el amigo que siempre llega tarde, un buen día llega temprano, te confundes.

La confusión es un bloqueo momentáneo ante una situación inesperada. No entiendes exactamente qué ha sucedido y no sabes cómo reaccionar. Confusiones las hay de todos los tamaños. Interpelan nuestra manera de pensar y de vivir; no nos dejan igual porque nos llevan a tomar partido.

Ante el nuevo semáforo, una posible reacción es dedicar unos segundos a cobrar conciencia de que a partir de ese momento en esa esquina existe un semáforo al que tendrás que acostumbrarte porque alterará aquel hábito tuyo tan arraigado de pasar por ahí a 80km/h con una sonrisa en la boca y con la seguridad de llevar la preferencia. Otra posibilidad es escribir una carta al director del periódico local de más tirada, para convencer a la ciudadanía civilizada de que la instalación de un semáforo, justo en ese cruce, es una locura político-urbanística, y que existen mil razones científicas y solidísimas para que en los próximos 50 años por lo menos nadie ponga ahí un semáforo. Y otra posible respuesta es rebelarse, ignorar aquel extraño juego de luces y nunca detenerse…

Lo normal en el amigo impuntual es obviamente que llegue tarde. Lo sabes. Ya te has acostumbrado a hacer tus cálculos con sus 30 ó 45 minutos de retraso. No es que se haya apagado la última chispa de esperanza de que algún día será puntual, pero convives con la convicción de que hoy llegará tarde. Por eso, el día que llega temprano, no te la crees y quedas confundido.

Alguien muy bueno para confundirnos es Jesucristo… Y es que cuando no nos confunde, cuando todo en Él lo vemos predecible y claro, es que todavía no le conocemos bien, y que nuestra amistad con Él está muy en los inicios. El ejemplo que nos da el Señor siempre nos confunde.

A veces creemos que ya le conocemos bastante bien; y hete aquí que, de repente, descubrimos alguna sorpresa más: un detalle suyo que nos parece increíble, una faceta de su personalidad que no habíamos notado antes, una reacción que no nos esperábamos, un modo de actuar que nunca nos hubiéramos imaginado…

Ya desde Belén, este Dios hecho hombre comienza a confundirnos y desconcertarnos… Esperas un despliege de recursos y ves sólo un niño en una aldea perdida. Esperas una explicación cosmogónica del universo y te encuentras un niño que duerme. Esperas una disertación sobre las profundas y oscuras causas del mal en el mundo y te topas con un niño que titirita de frío. Esperas una potencia majestuosa y cegadora y, ¡nada!, es sólo un niño que busca la seguridad de los brazos de una madre. Esperas un ejército que te ayude a aniquilar al enemigo y descubres un niño en pañales y llorando. Esperas una clarificación filosófica sobre la verdad y ves un niño juguetón.

Y eso es sólo el comienzo. Podríamos ir virtud por virtud, viendo cómo las vive Cristo, y nos quedaríamos boquiabiertos con mucha frecuencia…

Sí, mira, hagamos una prueba. Tomemos, por ejemplo, su humildad.

Un cardenal, que fue secretario de Estado del Papa San Pío X, escribió una oración que en un momento dice así: “Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio…”

Y es que a este buen cardenal, que se llamaba Merry del Val, la humildad de Jesucristo le sorprendía muchísimo. En su intento de dejarse confundir por el Señor, preparó unas letanías para pedirle a Cristo que le hiciera humilde a su estilo. Aquí las verás completas. Fíjate todo lo que implica la humildad de Cristo…

Jesús manso y humilde de corazón, escúchame.
Del deseo de ser estimado, líbrame Jesús. Del deseo de ser amado, líbrame Jesús. Del deseo de ser honrado, líbrame Jesús. Del deseo de ser proclamado, líbrame Jesús. Del deseo de ser ensalzado, líbrame Jesús. Del deseo de ser alabado, líbrame Jesús.
Del deseo de ser preferido, líbrame Jesús. Del deseo de ser consultado, líbrame Jesús. Del deseo de ser aprobado, líbrame Jesús. Del deseo de ser justipreciado, líbrame Jesús.
Del temor de ser humillado, líbrame Jesús. Del temor de ser despreciado, líbrame Jesús. Del temor de ser despedido, líbrame Jesús. Del temor de ser rechazado, líbrame Jesús. Del temor de ser calumniado, líbrame Jesús. Del temor de ser olvidado, líbrame Jesús. Del temor de ser ridiculizado, líbrame Jesús. Del temor de ser injuriado, líbrame Jesús. Del temor de ser sospechoso, líbrame Jesús.
Del disgusto de que no se siga mi opinión, haz Jesús que lo desee. Que los demás seán más amados que yo, haz Jesús que lo desee. Que los demás sean preferidos a mí, haz Jesús que lo desee. Que los demás crezcan en la opinión del mundo y yo disminuya, haz Jesús que lo desee. Que los demás sean llamados a ocupar cargos y yo relegado al olvido, haz Jesús que lo desee. Que los demás sean alabados y nadie se preocupe de mí, haz Jesús que lo desee. Que los demás sean preferidos a mí en todo, haz Jesús que lo desee…


Fíjate que el cardenal habla de deseos, de temores, de disgustos… No está diciendo que esté mal que alguien te consulte, te aplauda o te quiera. No está diciendo que si nadie te ridiculiza eres un soberbio. No. La humildad reside en el corazón. Si tu corazón sólo se mueve si te aplauden, si se amarga y paraliza ante la calumnia, si echa humo cuando su opinión es ignorada, si el mundo se le acaba cuando alguien le olvida… es que tu corazón no vive todavía la humildad al estilo de Jesús. Si ves el evangelio, notas que a Cristo a veces le aplauden, a veces se burlan de Él; a veces le invitan a un banquete, a veces le niegan posada; a veces le felicitan, a veces le quieren apedrear; a veces intentan hacerle rey, y terminan por reírse de Él, escupirle, flagelarle, crucificarle. El corazón de Jesús funciona sólo con amor. Amor a su Padre y a los hombres sus hermanos que viene a salvar. Todo lo demás, sea lo que sea, le trae sin cuidado.



Las letanías terminan con una oración de la que ya conocemos el inicio.. Oremos: Oh Jesús, que siendo Dios, te has humillado hasta la muerte de cruz para ser ejemplo perenne que confunda mi orgullo y amor propio; concédeme aprender y practicar tu ejemplo para que, humillándome como corresponde a mi miseria aquí en la tierra, pueda ser ensalzado hasta gozar eternamente de ti en el cielo. Así sea.

Dejémonos confundir por el Señor cuando leemos su evangelio, cuando rezamos, cuando visitamos su sagrario, cuando nos confesamos, cuando vamos a misa, cuando comulgamos, cuando el Señor se esconde en el prójimo, cuando nos ponemos a su escucha y tiene algo que decirnos en la salud o en la enfermedad, en el éxito o en el fracaso, en las buenas o en las malas...

Podemos estar muy lejos de parecernos a Jesús, pero si nos dejamos confundir por Él y respondemos con generosidad, su gracia, poco a poco, irá haciendo nuestro corazón semejante al suyo.

Arturo Guerra, LC
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31 Julio 2016 03:00:21
La tienda de los dulces
Un adolescente de 16 años paseaba con su amigo por la calle. Era cuaresma. No vivía su fe muy a fondo, pero alguna reminiscencia de su niñez religiosa permanecía. En su familia estaba muy arraigada la costumbre de hacer pequeños sacrificios durante la Cuaresma. Así que él, vivir los mandamientos, pues no mucho, pero durante la cuaresma no tomaba dulces.

Caminaba con su amigo y pasaron por una tienda de dulces. El amigo se detuvo y dijo que entraría a comprar algunos dulces, que por favor le esperara.



Él le dijo: “Oye, pero en cuaresma no se toman dulces”.

Su amigo le respondió: bueno, mira, lo de los dulces yo creo que los niños lo hacen muy bien, pero no hay que quedarse ahí, yo lo que hago es ir a misa y comulgar todos los días.

Esto fue un balde de agua fría en el alma de aquel adolescente. El resto del día se quedó con eso. Su fe se le había quedado pequeña y no iba más allá de la privación cuaresmal de unos azúcares.

En la noche, en su casa tenía ya una determinación y le dijo a su madre: “Mamá, quiero ir a misa mañana, ¿me puedes despertar cuando vayas a ir, tú que vas todos los días?”

La mamá, un tanto sorprendida, pero sin externarlo mucho, cogió el despertador de cuerda y lo puso a una hora muy de mañana, suficiente para llegar a la iglesia.

Al día siguiente, su mamá, todavía escéptica, fue a despertar a su hijo y le dijo:

- Ayer me dijiste que querías acompañarme a misa…
- Sí mamá, quiero ir.

Y se levantó enseguida, cosa rarísima.

Para este chico este día es un parteaguas en su vida. Lo cuenta con mucha ilusión y entusiasmo. Dice que se acuerda hasta del ruido que hacía la cuerda vieja del despertador. Se acuerda del camino hacia la iglesia tan de madrugada y tan en silencio, se acuerda de la misa, se acuerda de la comunión. Vio algo en la misa que jamás había experimentado en todas sus misas dominicales. Dice que se acuerda cómo hasta las latas tiradas en la calle le parecían hermosas.

Al salir se propuso que seguiría yendo todos los días durante toda la cuaresma. Al terminar la cuaresma, se propuso que seguiría yendo a misa todos los días de su vida. Años más tarde fue ordenado sacerdote. Hace unos cuantos años yo le escuché contar esto en la homilía de una misa. Para ese entonces, era él un obispo emérito de más de 80 años lleno de vitalidad y con su fe en Jesucristo a flor de piel.

Una vez más vemos a Dios que actúa en lo secreto de un alma.

Una vez más vemos cómo Dios se vale de instrumentos humanos para acercarnos a él.

Una vez más vemos que mientras menos protagonista se sienta el instrumento, Dios se vale mejor de él.
24 Julio 2016 03:00:52
La chica del Ferriere
A María le faltaban tres meses para cumplir los 13 años. Vivía en Ferriere di Conca, un pueblecillo italiano.

Alessandro tenía unos 20 años, vivía con su padre y le ayudaba en el campo. Su casa compartía cocina y escaleras con la de María.

María vivía su fe muy a fondo.

Alessandro no.

María no tenía enemigos y a todos ofrecía su amistad cristiana sin distinguir a nadie.

Alessandro alimentó una pasión carnal por María. Un par de veces intentó seducirla. María con firmeza le dijo que no, que sería una ofensa al Dios que tanto amaba.

En otra ocasión, Alessandro aprovechó que María estaba sola para intentarlo de nuevo. Al ver la inquebrantable voluntad de María, quiso forzarla. Pero no consiguió nada. La pasión de Alessandro se vistió entonces de odio, y tomando un hierro afilado hirió a María catorce veces en el vientre y en el pecho.

Cinco horas después pudieron trasladar a María al hospital de Nettuno, donde le practicaron una complicada operación sin anestesia.

Poco se podía hacer ya. Sin embargo, la agonía se prolongaba, ante la sorpresa de los médicos.

A Alessandro le apresaron y encerraron a la espera de su juicio.

Finalmente María despertó de su inconsciencia unos breves instantes. Invocó a la Virgen María y sólo pudo decir: “A Alessandro, lo perdono. Y quiero que esté cerca de mí en el Cielo”. María murió. Era el 6 de julio de 1902.

Alessandro fue juzgado y encarcelado.

El 24 de junio de 1950, en la Plaza de San Pedro, el Papa Pío XII canonizó a la chica de Ferriere, Santa María Goretti. Assunta, su anciana madre, en una silla de ruedas, estuvo presente.



Alessandro, murió el 6 de mayo de 1970. Un sacerdote encontró, entre sus pertenencias, una carta cerrada fechada el 5 de mayo de 1961:

Soy un viejo de casi ochenta años, acercándome al final de mi vida. Echando una mirada al pasado, reconozco que en mi juventud tomé un camino falso: el camino del mal que me condujo a la ruina. Veía en la prensa, en los espectáculos y en los malos ejemplos que la mayoría de la gente seguía aquel camino sin pensárselo mucho; y yo tampoco me preocupé. A mi alrededor, tenía yo personas creyentes y practicantes pero no me fijaba en ello, cegado por una horrible fuerza que me conducía a un camino malo. A los veinte años, cometí el delito pasional del que hoy me horrorizo con tan sólo recordarlo.

María Goretti, ahora santa, fue el ángel bueno que la Providencia había puesto delante de mí. Todavía tengo impresas en el corazón sus palabras de reproche y de perdón. Rezó por mí, intercedió por mí, su asesino.

Siguieron treinta años de cárcel. Si no hubiera sido menor de edad, hubiera sido condenado de por vida. Acepté la sentencia que merecía. Resignado expié mi culpa. María fue verdaderamente mi luz, mi protectora: con su ayuda me comporté bien y me esforcé por vivir honestamente una vez que la sociedad me aceptó entre sus miembros. Los hijos de San Francisco, los capuchinos de Le Marche, con caridad seráfica, me han acogido entre ellos, no como siervo, sino como hermano. Con ellos convivo desde 1936.
Y ahora espero sereno el momento de ser admitido a la visión de Dios, de abrazar a mis seres queridos, de estar cerca de mi Ángel protector y de su querida mamá, Assunta.

Ojalá que quienes lean esta carta-testamento mía, saquen la feliz enseñanza de huir del mal, de seguir el bien, siempre, desde niños. Ojalá piensen que la religión con sus preceptos no es una cosa de la que se pueda prescindir sino que es el consuelo verdadero, el único camino seguro en todas las circunstancias, también en las más dolorosas de la vida. ¡Paz y bien!

Firmado: Alessandro Serenelli


En medio de un mundo que llama amor al egoísmo... En medio de un mundo que llama liberación a la pasión desenfrenada...

En medio de un mundo que llama libertad de expresión a la pornografía... En medio de un mundo que llama sexo seguro a la cerrazón de dos egoísmos al amor fiel y fecundo... En medio de un mundo que, cuando falla ese sexo seguro, llama salud reproductiva a la destrucción de un embrión en el vientre de su madre... En medio de un mundo que llama represión al esfuerzo en la limpieza de corazón... María, una adolescente de casi trece años, es hoy más que nunca capaz de sacudir la conciencia más ebria de hedonismo.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. (Mt. 5,8)


10 Julio 2016 03:00:00
Otras rejas
P. Arturo Guerra, LC
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Si no es por motivos de seria enfermedad no usan calefacción, no comen carne, al año madrugan 365 días o, si es bisiesto, 366. Impensable el aire acondicionado en verano (ni siquiera en caso de que una generosa fábrica quiera donarles tecnología)... Nada de agua caliente, ni en invierno. Duermen sobre un camastro sin colchón. Un día y otro día... Y si les preguntas por qué, te lo explican.

Otros, si nos faltase tan sólo una de estas comodidades, estaríamos ya al borde de la histeria o a punto de convocar a una huelga o de presentar una demanda ante el tribunal competente por el derecho conculcado del libre acceso a la calefacción.

Alegría, sencillez, candor, pureza, generosidad, fe..., mucha fe... Lo que menos les interesa es ser valoradas por el mundo. Pero, sin buscarlo, brillan y quien accidentalmente es testigo ocular de ese resplandor no puede dejar de contar lo visto y oído... Su vida es capaz de interpelar a todo un planeta tan en otra dirección.

Ellas, al ingresar soberanamente libres al convento (del que sólo saldrán si una enfermedad les lleva al hospital o si les anuncian un traslado permanente a otro convento) se separaron del mundo y de sus vanidades, sufrieron la lejanía física de sus seres queridos, se despidieron de los amigos y amigas, renunciaron al amor de un esposo y de unos hijos... Para unirse al Esposo y dar su vida en rescate de todo ser humano. Para dedicarse por entero a un Dios que no ven con retinas humanas, pero que abrazan todos los días con la fe: ese regalo divino que ve lo que el ojo más preciso no registra y que escucha lo que el oído más agudo no percibe... Ellas son un tesoro de la Iglesia. Son las carmelitas descalzas y tantas otras monjas de clausura esparcidas por los cinco continentes.

¡Qué valentía detrás de cada una de estas jóvenes y ancianas! Y si les preguntas, posiblemente te dirán que no, que no es valentía, que Alguien las llamó y que a pesar de sentirse indignas de la invitación respondieron con temblor que sí y que no se arrepienten y que mueren porque no mueren y otras cosas por el estilo que sonarán a los inquilinos del siglo 21 a locura y a escándalo y a insensatez..
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Todas visten el mismo hábito, pero cada hermana es una historia muy personal que se ha convertido en sagrada en cuanto que forma parte ya de la Historia de la Salvación. Algunas son jóvenes, otras apenas pueden moverse tras una larga vida dedicada en cuerpo y alma a desgastarse por amor a su Señor, lejos de los ojos del mundo... Y en todas ellas late un corazón siempre nuevo, siempre fresco.

Ellas creen en la oración, en el sacrificio, en el rosario de María, en el trabajo, en el silencio, creen en la paz, creen en el valor de cada ser humano, creen en el Señor de la Historia. Y sin salir de unos muros, sin sentarse en un curul parlamentario, sin dirigir ninguna empresa, sin presentar oposiciones para adjudicarse algún buen puesto, sin administrar ningún hospital, sin construir ninguna autopista... sufren con el mundo, se acongojan de sus miserias, se alegran de sus triunfos.... y lo curan, lo construyen, lo transforman... Misteriosamente... Y lo misterioso no es antónimo de lo real.

Mientras el mundo se esfuerza por acumular riqueza, ellas atesoran pobreza y sacrificio. Mientras muchos luchan desesperadamente por liberarse de toda autoridad, ellas se sujetan libremente a la Madre Superiora porque la ven como instrumento del querer de Dios. Mientras generaciones enteras liberalizan las costumbres y la moral, ellas prometen virginidad y dedicación absoluta a su Cristo por el resto de su vida, a ese Cristo presente también en cada prójimo.

A los visitantes los reciben en una parte del monasterio que se llama locutorio. Es una sala suficientemente espaciosa. En uno de sus muros se aprecia una ventana sin cristal, suplido éste por una reja cuadriculada de hierro.

¿Quién puede dejar de sentirse interpelado? ¿Quién no queda sanamente confundido ante tan insólito modo de vida? ¿Quién por lo menos no puede dejar de lanzar alguna hipótesis, como la de que están locas o la de que se han autoesclavizado o que están enfermas o que huyen cobardemente de la realidad o que se trata de un extraño fenómeno psicológico...? Pero como toda hipótesis, para que sea digna de crédito, debe ser comprobada...

Visítalas. Encuéntrate con ellas. ¿Por qué no? Ellas reciben a quien toca su puerta. Si lo que temes es pasar frío, no te preocupes, porque aunque de su lado no ponen calefacción, en la parte del visitante sentirás un sabroso radiador funcionando a todo kilovatio. Quizá te des cuenta de que todas esas cosas que para ti son rarezas resulta que a ellas les conducen a una realización plena. Tal vez seas testigo ocular de una felicidad que no podrás explicar: su sonrisa no es falsa, su candor no es de este mundo, su felicidad no es pasajera.

Al final de la visita, las hermanas quisieron cantar una canción. Sobre su vida, sobre su monasterio, sobre su Dios crucificado, sobre el dolor y la felicidad... En una de las estrofas, dirigiéndose a su convento, cantaban: “Si el mundo lo supiera, escalaría tus muros”...

Pero, a veces, el barro incrustado en nuestros pies ¡cómo anega los deseos de escalar muro arriba!

La visita duró unos minutos. El locutorio se cerró. Los huéspedes salimos al mundo con un trozo de su cielo en los bolsillos y en el corazón. Ellas se quedaron ahí, detrás de las rejas, con sus verduras, con su agua fría, con su huerto, con su oración, con su misión de salvar al mundo entero... A solas con su Cristo...




03 Julio 2016 03:00:00
Más chapulines colorados
Al Chapulín Colorado lo conocen y quieren generaciones enteras de países tan distantes entre sí como México, Chile, España, e incluso Brasil que tradujo los programas al portugués… ¿Cómo habrán traducido el “se me chispoteó” del chavo del ocho?...

La imagen habitual de un héroe es un superhombre de bíceps muy ejercitados, que jamás tiene miedo, nunca llora, se enfrenta solo y desarmado a quince enemigos pertrechados de ametralladora y, en cuestión de segundos, se deshace de ellos con un par de karatazos.

Nuestro buen Chapulín, en cambio, es chaparrito y lleva una que otra arruga en su rostro, nunca ganó medalla olímpica en levantamiento de pesas; y –todo hay que decirlo– a veces es medio miedoso… ¡Más fuerte que un ratón!

El Chapulín es buena gente. ¡Más noble que una lechuza! Quiere ayudar. Siempre se muestra dispuesto. Si alguien le llama, él no falla. ¿Y ahora quién podrá defenderme? En el momento justo, y cuando la persona en peligro ya agotó todos sus recursos, aparece el Chapulín con gran entusiasmo.

¡Yoooo!...

¡El Chapulín Colorado!

¡No contaban con mi astucia!

No obstante su astucia, los métodos de salvamento del Chapulín desesperan un poco. A veces se desanima. Siente miedo ante el peso de su misión. Al ver la cruda realidad de lo que implica salvar al necesitado, traga saliva, no sabe qué hacer y se paraliza. ¡Más rápido que una tortuga! Siente la tentación de echarse para atrás, de no ayudar. Pero, ¡…su escudo es un corazón! Se pone triste al ver cómo sufre la persona en peligro, se compadece y el corazón se le mueve en medio de su indecisión: ¡Sí lo hago…; sí lo hago…! Así que también necesita que otros le motiven y le den un empujoncito, o un gritito casi malhumorado… ¡Ay!... ¡Ya, Chapulín…! Y entonces nuestro buen Chapulín se lanza y ayuda.

Sus antenitas de vinil son capaces de detectar lo que otros no detectan. Los problemas más grandes los resuelve a veces haciéndose chiquito gracias a su frasco de chiquitolina.

Ya lo dice el viejo y conocido refrán… Yo creo que el éxito de nuestro gran héroe el Chapulín Colorado, se debe a que es de carne y hueso como cualquiera de nosotros. Lo que hace grande al Chapulín es que se vale de su pequeñez, de su sencillez y de su vulnerabilidad, para ayudar desinteresadamente a los demás. ¿Qué es su chipote chillón, hueco y de plástico, ante las armas poderosas del enemigo?

¡Lo sospeché desde un principio! La grandeza del Chapulín es que sabe hacerse chiquito. Reconoce sus límites y de ellos se vale para luchar y ayudar. Su falta de memoria a la hora de recordar refranes le sirve para ejercitar su increíble imaginación que intenta arreglarlos todo el tiempo que la paciencia de su interlocutor tarde en convertirse en desesperación… ¡Ay!... ¡Ya, Chapulín…!

Y es que la pequeñez, la sencillez y la vulnerabilidad son capaces de cosas grandes cuando se les suma el entusiasmo y la generosidad. Más de lo que nos imaginamos.

En el corazón humano, que es tan misterioso, tan capaz a veces de lo peor, pero también de lo mejor, late escondido un chapulín colorado. Déjalo salir. México necesita más Chapulines Colorados. Chile, España y Brasil necesitan más Chapulines Colorados. Todos los países del mundo necesitan más Chapulines Colorados. ¡Síganme los buenos! Algunos Chapulines ya existen, pero son todavía pocos. A veces es nuestro vecino, o va al mismo salón de clases que nosotros, o trabaja en la oficina de al lado, pero no nos damos mucha cuenta. Son héroes de lo pequeño y de lo cotidiano. Son de carne y hueso. Tienen defectos, sienten miedo, no cuentan con muchos medios, pero dejan que se les mueva el corazón y se lanzan a ayudar a los demás. Son mamás, oficinistas, empresarios, taxistas, abogadas, panaderos, ingenieros, médicos, sembradores, universitarios, tejedoras, niños, ancianos que dejan de pensar en sí mismos y en sus problemas y se ponen a ayudar a los demás con toda su pequeñez, su sencillez y su vulnerabilidad a cuestas. ¡Y vaya que si ayudan! Son constantes, un día y otro día. No hacen aspavientos. No filman anuncios comerciales de un perfume con su firma impresa en un frasco de cristal que cuesta más que el exótico bálsamo mismo. Pero, tarde o temprano, su heroísmo salta a la vista.

Descubre, entre tus vecinos, Chapulines Colorados. Conviértete tú también en un gran Chapulín Colorado para los demás.

Gracias, don Roberto Gómez Bolaños, el primero de los Chapulines Colorados… ¡Eso, eso, eso…!

26 Junio 2016 03:00:14
Los Globos de Don Abundio
Don Abundio ya tenía el pelo blanco. Su vida se le iba arrastrando por las calles y las dos plazas del pueblo un carrito destartalado lleno de globos.

Y es que sus globos eran su vida. Sólo los niños forasteros de aquel pueblo podían decir que en sus fiestas de cumpleaños habían faltado los globos de don Abundio. Tenía globos para todos los gustos: uno tenía forma de espada, otro era tan gordo que casi asfixiaba a los demás, otro más lucía el color más chillón del mercado…

Lo curioso de este don Abundio, globero profesional, era que nunca vendía su producto. Lo rentaba.

En su ya larga experiencia en el trato con los globos, don Abundio sabía que un globo necesitaba ayuda antes, durante y después de la fiesta. En sus viajes por otros pueblos, a don Abundio le dolía encontrarse con globos abandonados a la mañana siguiente de la fiesta. Es cierto que tan sólo unas horas antes, aquellos globos se encontraban briosos, elegantes, y muy decididos a escalar las alturas, pero al paso de las horas se ponían tristes, aparecían enclenques a medio inflar y cedían poco a poco a la ley de la gravedad… Así que don Abundio cuidaba sus globos; los conocía uno por uno; y, de cinco o seis de ellos, corría el rumor de que habían amenizado ya 500 fiestas de cumpleaños cada uno. Era tanto su amor por los globos que don Abundio llegaba incluso a adoptar globos abandonados de otros pueblos.

Cuando rentaba sus globos para alguna fiesta, se encargaba de todo. Los colocaba en los lugares donde más podían lucir. Unos los pegaba, otros los amarraba, otros los dejaba sueltos contra el techo. A medida que la fiesta avanzaba y antes de que empezaran a desinflarse, don Abundio discretamente entraba con su carrito, en el que llevaba siempre un par de tanques de gas fresco, y daba un repasito a cada globo para que amanecieran todos bien. A la mañana siguiente venía por ellos para seguir cuidándolos y preparándolos en su taller para la siguiente ocasión…

Algo así nos puede suceder a los humanos. En realidad nos parecemos a los globos porque sentimos en el corazón una fuerza que constantemente nos propulsa a las alturas, pero a su vez nos damos cuenta de que esa fuerza se desgasta con el paso del tiempo y que si no contamos con alguna fuente de renovación terminamos desinflados. Percibimos la hermosura de una vida generosa y que busca siempre el bien, y casi al mismo tiempo como que una fuerza misteriosa intenta arrastrarnos hacia el egoísmo disfrazado de paraíso de delicias.

Así que necesitamos de algún buen don Abundio que nos quiera y nos cuide. Si nos dejamos a nosotros solos, sin la ayuda de nadie, pronto seremos como esos globos enclenques a medio inflar que terminan lamiendo el suelo.

El Señor es nuestro Don Abundio. ¡Cuántas ganas y cuánto cariño pone nuestro buen Dios a la hora de cuidarnos! El problema es que a veces somos globos rebeldes que se las ingenian para escaparse del carrito de nuestro Dios, y presumiendo de libertad nos vamos solos a alguna fiesta de cumpleaños distinta a la pensada por nuestro Don Abundio… En las primeras horas la cosa parece que va bien, pero siempre sucede lo mismo: cuando el sol empieza a salir, estamos ya desinflados, tristes y sin ayuda.

Yo creo que es a través de sus sacramentos y de la oración, como el Señor puede mantenernos en forma. Si huimos de la oración y nos alejamos de sus sacramentos, pronto nuestra alma se convertirá en ese globo triste a medio inflar.

Señor, ínflanos con cariño cada mañana, para que podamos sembrar generosidad y alegría a nuestro alrededor cada día, y para que cuando llegue ese momento –que sólo tú conoces– en el que cortarás el último hilito que nos amarraba a este mundo, tendamos briosos y entusiastas a las alturas para encontrarnos contigo...

19 Junio 2016 03:00:15
La encuesta sobre papá
En realidad los autores de este artículo son muchos niños de primaria del campus varonil del Instituto Cumbres y Alpes Saltillo. Hace tiempo ellos respondieron una encuesta con preguntas variadas y he aquí una pequeña muestra. Por las respuestas comprobaremos que hay niños poetas, filósofos, artistas, teólogos, comerciantes, realistas y pragmáticos.

¡Cuánto podemos aprender de nuestros niños!

1. ¿Cuál es la mejor cualidad de tu papá?

“Es muy trabajador”; “es divertido y gracioso”; “es honesto”; “es constante y perseverante”; “es responsable”; “siempre está atento a nuestras necesidades”; “ser muy buen consejero”; “es muy bueno y me cae bien”; “es caritativo”; “es amigable”; “me ayuda en todo lo que le pido”; “es inteligente”; “es tolerante”; “su determinación”.

La respuesta de un niño que sabe ir a lo esencial: “me quiere mucho”.

Las respuestas de los niños prácticos: “vender”; “es dentista”; “que le gustan las motos”.

2. ¿Por qué crees que Dios escogió para ti el papá que tienes y no otro?

“Porque es un gran padre”; “para que me eduque”; “porque Dios sabía que mi papá me aconsejaría”; “porque Dios quiso”; “porque mi papá es un buen ejemplo a seguir”; “porque Dios supo que mi papá jamás dejaría que me pasara algo”; “porque nosotros necesitamos mucho un papá laborioso y él es laborioso”; “porque Dios quiere que sea feliz”; “porque me va a guiar por el buen camino”; “para que me enseñara muchas cosas”; “porque sabía que era el ideal”; “porque me ama”; “para que yo siguiera sus pasos”; “porque tiene todas las cualidades para ser nuestro papá”; “por el tipo de persona que soy”; “porque mi papá me ama y no hay otro mejor”.

Más respuestas: “porque pensó que era el mejor para mí”; “para que yo sea feliz y se cumpla lo que Dios quiere”; “porque Dios quiere lo mejor para mí”; “porque Dios quiere que saque todas las cualidades de mi papá”.

La respuesta de un niño en búsqueda del equilibrio: “para equilibrar la familia”.

Y la respuesta de un niño realista: “porque Dios sabía que yo iba a ser tremendo”.

3. ¿Cuál es el regalo más grande que te ha dado tu papá?

“La vida”; “su amor”; “estar en una escuela, mi casa, su cariño”; “un lugar donde vivir”; la vida con la ayuda de Dios”; “educación”; “su amor por la familia”; “la constancia”; “ser hijo de Dios y la primera comunión”; “ser tan bueno conmigo”; “su amistad”.

Las respuestas de los niños prácticos: “una caja con muchos dulces”; “ir de vacaciones”.

La respuesta de un niño que ha aprendido cómo es el amor de un papá: “el quererme sin importar cómo sea yo, y ayudarnos en todo”.

4. Si tu papá te dijera que le puedes pedir lo que sea, ¿qué le pedirías?

“Verlo más”; “que me aconseje mucho más de lo que lo hace ahora”; “que me regale cosas y esté conmigo”; “que me cuente sus experiencias”; “le pediría algo bueno para mí o mis hermanos”; “que vayamos a misa”; “que siempre me apoye en las buenas y en las malas”; “convivir como familia”; “una buena formación”; “la felicidad”; “que me lleve al cielo para siempre”; “que no me regañen tanto por los reportes”; “nada más que su amor".

Las respuestas de los niños pragmáticos: “un videojuego”; “ir a otro país de viaje”; “que nos lleve al Mundial”; “que compremos tres perros”.

Y veamos ésta: “nada, ya me ha dado todo”.

5. ¿En qué más podrías ayudar a tus papás?

“Siendo buen hijo”; “en lo que me pidan”; “obedeciéndoles más”; “en lo que necesiten”; “en sacar buenas calificaciones”; “en su trabajo”; “limpiar el carro”; “en cuidar a mis hermanos”; “en animarlo si está triste”; “ayudándole en lo que necesite”; “orando por ellos”;; “en lo que pueda”; “siendo buen hijo”; “en lo que me pidan”; “en lo que se les ofrezca”; “en portarme bien”; “en las labores de la casa”; “en calmarlos cuando se enojan”; “en no enojarme y que no se enojen entre ellos”.

Las respuestas de un niño que va para ingeniero y otro para comerciante: “en la seguridad de la casa”; “en vender tejas para casas”.

Y la respuesta de un hijo dispuesto a todo: “trabajar y dar la vida por ellos”.

Muchas gracias, niños, por enseñarnos tantas cosas, entre otras que: a hijo tremendo, papá que puede con el paquete…

Felicidades, papás.

Ya lo decía Jesús que si no nos hacemos como niños no entraremos en el Reino de los Cielos…
12 Junio 2016 03:00:33
La revolución ergonómica
Cada mañana, desde sus laboratorios, las empresas silleras se enzarzan en singular batalla por sacar a la luz la silla más ergonómica del mercado...

Sillas con capacidad giratoria. Sillas con respaldo móvil y adaptable a todo tipo de espaldas, incluida la del jorobado de Notre Dame. Sillas con sistema hidráulico o neumático de altura ajustable a cada cual. Sillas que congenian anatómicamente con el ángulo de inclinación de la pantalla de la computadora y la posición de las manos en el teclado. Sillas reductoras del estrés lumbar. Poltronas modernamente acojinadas que permiten a cualquier oficinista trabajar 18 horas seguidas sintiéndose sobre una celestial nube. Sillas que anulan cualquier elemento tosco y esconden tan bien los tornillos que luego no hay quien las desarme. Sillas con cantos redondeados y homologados, claro, por los ingenieros del CIME (Comité Internacional de Mueblistas por la Ergonomía).

Sillas tapizadas con piel de cocodrilo que -científicamente comprobado- logran que el inquilino se transporte en la imaginación a un emocionante pantano del Amazonas, casi sin darse cuenta de que se encuentra metido en la oficina modificando meticulosas, interminables e insufribles fórmulas de Excel.

Sillas con ruedas, claro. Ya es cosa del pasado oscurantista la incomodidad de levantar o arrastrar una silla. Ruedas que te llevan al último rincón de la oficina en fracciones de segundo: al armario, al archivo, al pequeño refrigerador (quien tenga) o hasta el umbral de la oficina contigua para compartir el último chisme de la vecindad; perdón, de los Headquarters.

En fin, que la silla ergónomica perfecta nunca llega pues siempre se le puede ergonomizar algo más.

Y esto de la ergonomía no se contenta con el mercado de las sillas. Puedes toparte con un tenedor ergonómico: medida y volumen perfectos, distancia ideal entre los pinchos, que, desde luego, son redondeados para evitar accidentes de mal pulso o de fatales distracciones que desvíen el bocado de su objetivo natural y lo lleven a estamparse contra la nariz o la mejilla... Más que nada para evitar que a algún listillo se le ocurra demandar a la compañía cubertera por no cumplir con los niveles mínimos de ergonomía.

Y de los tenedores nos vamos a los clips, inoxidables, cubiertos de plástico, que no pican, y con la parte central ligeramente levantada para hacer más ergonómica la operación de sujetar unos papeles.

¡Ay!, la ergonomía no hay quien la detenga. Entra a los coches, y a los aviones, y a los zapatos, y a las casas, y hasta a los parques naturales, y a la vida y a la amistad, y a la fe...

Una fe cómoda. Un cristianismo que no hace ruido, que no molesta a nadie, que no duele. O sea, cristianismo ergonómico...

El Evangelio te pide amar a Dios sobre todas las cosas.
“Bien. Sí. Sobre todas las cosas menos sobre mi juguete preferido.”
O sea, cristianismo ergonómico.

El Evangelio te pide tomar la cruz.
“Bien, de acuerdo, pero pásame un buen cojín para el hombro, contrátame tres ayudantes fieles para que la carguen por mí, y que la cruz sea de la madera más ligera del mercado”.
O sea, cristianismo ergonómico.

El Evangelio te dice que los limpios de corazón son los que verán a Dios.
“Bien pero no es para tanto, tranquilo, no hay que ser exagerado, si todo el mundo lo hace no tiene que estar tan mal.”
O sea, cristianismo ergonómico.

El Evangelio te pide amar a tu enemigo.
“Sí. Estoy de acuerdo. Sólo a este desgraciado lo odiaré toda mi vida.”
O sea, cristianismo ergonómico.

El Evangelio te pide perdonar setenta veces siete.
“Bien, pero a éste, no. Es que es un caso especial. Lo que me hizo es imperdonable.”
O sea, cristianismo ergonómico.

El Evangelio te pide desapegarte de tus posesiones.
“Sí. Lo que pasa es que estamos en el siglo del consumismo, y por lo mismo tengo que comprar y comprar, da igual si no lo necesito.”
O sea, cristianismo ergonómico.

El Evangelio te invita a la oración.
“Sí, es importante, pero no hay tiempo, ¿no ves que soy una persona muy ocupada? El tiempo libre debe ser más bien para un café, un cigarro, una fiesta.”
O sea, cristianismo ergonómico.

El Evangelio te pide interrumpir tu camino para curar al que está tirado en la calle.
“Lo sé. Pero hoy en día es peligroso. No sabes lo que puede pasar. Igual le ayudas y luego no te agradece.”
O sea, cristianismo ergonómico.

El Evangelio te pide fidelidad.
“Bien pero uno debe tener sus propias ideas, yo comparto muchas cosas de las que dice Jesús, pero no estoy de acuerdo en algunos puntos de la moral.”
O sea, cristianismo ergonómico.

El Evangelio te dice que estás de paso, que la vida es un soplo, que la aproveches minuto a minuto.
“Sí, bien, pero tampoco hay que amargarse, hay que aprovechar la vida haciendo lo que a uno le gusta, no sabes lo bien que yo me llevo con la pereza.”
O sea, cristianismo ergonómico.

Pero Cristo no metió su Evangelio en el laboratorio de la ergonomía. O se vive tal cual es o no es cristianismo.


05 Junio 2016 03:00:45
La merienda de Pomito
Pomito era un niño de nueve años. Todos le llamaban Pomito porque, con el correr de los años, el uso y la costumbre se habían encargado de cristalizar este cariñoso derivado de su nombre oficial que era Nepomuceno.

Pomito era un niño como todos. Sólo una curiosidad -más bien anecdótica- le distinguía de sus amiguitos. Y es que Pomito no era exageradamente aficionado a los caramelos ni a las gominolas ni a las chucherías. Las tomaba, sí, pero sin la fruición ni la asiduidad propias de sus compañeritos. Mientras que una mamá de un niño común y corriente tiene que estar recordando a su preciosísimo y queridísimo hijo que no debe tomar demasiados caramelos, en el caso de Pomito su mamá tenía que insistir en que no se olvidara de tomar cosas dulces.

Y no sólo se lo decía sino que le ayudaba a concretar este deber. Además de ponerle una buena cucharada de azúcar en el batido de chocolate de la mañana, y de untarle mermelada en el último trozo de pan, la mamá de Pomito, como reloj, ritualmente, a las cinco y diez de la tarde, hora del final de la merienda-guerra de sus cinco hijos, le entregaba casi solemnemente a Pomito en las manos, un caramelo. Pomito sabía que su merienda -más bien salada- terminaba con el toque dulce del clásico caramelo envuelto en ese celofán tan ruidoso a la hora de la desenvoltura. Pomito no tenía problemas en consumirlo. De hecho, ya se había acostumbrado, era parte de su vida, y hasta había llegado a encontrarle cierto gustillo. En el fondo agradecía tan amorosa solicitud materna. Tanto era así que un buen día en que su mamá se despistó -cosa rarísima- Pomito le recordó a las 5:11 que de algo se estaban olvidando. Aquella vez, su madre, abrazándolo, le dio un poderoso y sonoro beso y le dijo que como premio le daría doble caramelo. Pomito respondió que no era para tanto.

Pomito también se entretenía en adivinar el color del caramelo de turno antes de abrirlo, pues aunque la envoltura era exactamente igual en todos los casos, una vez despojada, aparecía un caramelo azul o verde o rojo o amarillo o violeta o... El procedimiento de adivinación que usaba Pomito consistía en observar con detenimiento el caramelo a la luz de la bombilla del techo. Para mejorar todavía más sus predicciones, había convencido a su papá de que en el techo se pusiera una bombilla de 100 watts (40 más que la anterior). No obstante, aun con la mejora tecnológica, el sistema de Pomito no alcanzaba todavía la perfección, pues de cada siete predicciones acertaba, en promedio, una. De todos modos, Pomito no se daba por vencido y calculaba que cuando cumpliera los quince años, el método estaría tan afinado que acertaría por lo menos seis de siete. A veces competía con su hermana mayor, quien sin ningún método ni sistema solía acertar, en promedio, tres de siete. Pomito se imaginaba que su hermana tan inteligente debía dominar alguna secreta táctica escrita en algún viejo y misterioso libro.

Cuando Pomito cumplió los doce años, su mamá le dijo que a partir de ese día, ella ya no le daría el caramelo, pues ya no hacía falta, porque se estaba haciendo mayor y convenía que él asumiera en primera persona la responsabilidad. A Pomito le pareció muy buena idea, y desde entonces -también gracias al hábito que ya poseía- se encargó él mismo de suministrarse puntualmente el caramelo cotidiano.



Pero cuando Pomito tenía ya 13 años avanzados; es decir, aproximadamente un año y medio antes de cumplirse sus previsiones concernientes a la total precisión de su sistema predictivo, una buena tarde en la que observaba un caramelo más a la luz de la poderosa bombilla, se preguntó el por qué profundo de su dieta caramélica. Ciertamente Pomito recordaba los argumentos que su papá le había explicado más de alguna vez, sobre todo aquel de “Pomito, nuestro cuerpo necesita azúcares, si no se los damos, nos puede pasar lo mismo que a un coche que se queda sin gasolina a mitad de camino”, pero Pomito quiso ahondar en el asunto.

Fue entonces cuando decidió hablar con un tío suyo que era médico, a quien él estimaba mucho y le preguntó sobre el lado científico de las necesidades de azúcar en el organismo humano. Su buen tío, adaptando el lenguaje químico-biológico a la mente de un adolescente de 13 años, trató de explicarle cómo el organismo convierte los azúcares en energía, y cómo para las células, la cuestión de los azúcares es una cuestión de vida o muerte. A Pomito, aquello le pareció muy convincente, pero quiso contrastar sus fuentes.

Así que Pomito, un día en el que accidentalmente se encontraba en el lugar más desconocido de toda escuela, es decir la biblioteca, se topó con una enciclopedia de siete volúmenes, especializada en azúcares. De todo lo que leyó -más bien poco- y de lo que pudo entender, le quedó claro que efectivamente el organismo humano necesitaba de los azúcares para hacer bien su trabajo.

Pero, entonces..., Pomo se imaginó que muy posiblemente aquella enciclopedia no era la única en el mundo y que, en beneficio de la duda, no había que cerrarse a la posibilidad de que estuviera equivocada.

Entonces Pomo habló del tema con uno de sus amigos. Éste le recomendó en una frase lapidaria que si no le daba la gana tomarse el caramelo que abandonara de inmediato la práctica. A Pomo le pareció muy razonable tan valiente propuesta de ejercicio de la libertad personal.

Así que Pomo, el lunes de la semana siguiente, por primera vez en su vida, a la hora de la merienda, en vez de tomarse el caramelo, lo escondió en su mochila. Sabía que el martes a primera hora tenían clase de biología y que les tocaba práctica de laboratorio. Ahí Pomo sacó el caramelo de su mochila y preparó minuciosamente una muestra que colocó bajo la científica mirada de la lente del microscopio. El tejido dulce le pareció más bien desagradable y ello le hizo sospechar aún más. Además, cuando en la clase de química vio en su libro la fórmula de una molécula de azúcar, se le hizo aquello tan intrincado que dudó seriamente de las bondades de los azúcares.

Otro día, mientras Pomo navegaba por Internet, fue a parar -quién sabe cómo- con la página web de la GHA (siglas en inglés de la Asociación de Odiadores de la Glucosa). Con este espectacular hallazgo, el corazón de Pomo palpitaba agitadamente. En cuestión de media tarde se devoró hasta la letra pequeña del portal. Pomo disfrutó especialmente un largo manifiesto de uno de los miembros más activos de la organización en el que vertía toda su furia contra la glucosa, sin ahorrar ningún juvenil epíteto. Pomo se sintió todavía más identificado cuando vio el logotipo: un caramelo envuelto en celofán, dentro de un grueso círculo rojo con una franja transversal del mismo color, que barraba el caramelo.

Pomo entonces comenzó a plantearse seriamente si aquello de la dieta del caramelo no era algo más bien impositivo. Pensó incluso en que su madre durante muchos años había estado ejerciendo sobre él unos niveles de autoritarismo preocupantes. Que había estado atrapado en un modelo conductual basado en mitos arcaicos. Lamentó también el largo período en que había reprimido una aversión sana y natural. Se sintió víctima de un lavado de cerebro y acomplejado en sus facultades...

Actualmente, Pomo está a punto de cumplir los quince años. Ya no es el mismo. Se le ve débil, muy pálido. Ha perdido peso. Se cansa enseguida. Su sonrisa de siempre se va desdibujando.

Pero Pomo dice que se siente maduro. Que por fin han dejado de ofender su adulta conciencia. Que ya no vive subyugado por imposiciones tan ancestrales como irracionales. Que por fin se está autoconstruyendo y autorrealizando. Que lo suyo es la valentía del que va contracorriente. Que los tiempos son otros. Que hay que experimentar nuevas vías. Que era necesario romper con la edad de la caverna. Que debía ensanchar los horizontes de su libertad. Que debe seguir luchando por la instauración de una sociedad postmoderna que logre imponerse con la fuerza de sus razonables argumentos a esa desfasada cultura dulzoide, fanática, hipócrita y petrificada... Estos y otros argumentos son los que Pomo intercambia en las largas sesiones virtuales de trabajo con sus colegas de la GHA.

Mientras tanto, todos los días, a las 5:10 de la tarde, hora en que nunca está Pomo en casa, la mamá de Pomito calla, llora, reza, espera...
29 Mayo 2016 03:00:44
La filosofía de Tachito
Tachito ya era mayor. No era ése su nombre de pila, pero ahí fue donde la evolución nominal se detuvo. “Tachito” se prestaba a menos equívocos que “Cachito”. “Cachito” sonaba más musical que “Crachito”. “Crachito” era un producto típico de la economía del lenguaje, pues era más práctico que decir “Pancrachito”. Y “Pancrachito” era más cariñoso que “Pancracito”.

Cuentan que cuando Tachito nació, con su llanto ensordecedor, anunció al mundo entero que aquí venía él, que la plenitud de los tiempos había llegado, que el Universo ahora sí tenía centro, o sea él.

Después fue creciendo y se dio cuenta de que a su alrededor giraban algunos planetas, satélites varios a su completo servicio. Por ejemplo, cuando tenía hambre o simplemente se aburría en su órbita, aprendió que, llorando o articulando dos veces el sonido extraño de "ma", todos sus problemas se resolvían. Una vez que desarrolló su propio medio de locomoción, descubrió que los confines del Universo no eran los barrotes de su cuna, que había todo un mundo de planetas, meteoritos y cometas:

El planeta papá que le llevaba en su coche y, sentándole en sus piernas, le dejaba manejar. El planeta Fido, de otra especie, que ladraba y jugaba con él. El satélite araña, que tenía más patas que Fido y él juntos y con el que, según le recomendaba el planeta mamá, no debía jugar sino darle un pisotón (o en términos cosmológicos: aplicarle un bigbang). El planeta hermano Jaimito que se parecía mucho a él, compañero de juego, pero contra quien había que chocar cuando se atrevía a poner en duda la centralidad de Tachito en el sistema.

Tachito era oriundo de San Tristán de los Campanarios, un remoto pueblo de una sierra perdida, pero para Tachito era la verdadera capital del mundo, el núcleo del universo, el modelo de la ciudad civilizada. Todas los demás pueblos y ciudades los consideraba sólo reflejos pálidos del suyo, la metrópoli por excelencia.

Y qué no pensaba de su país. Para Tachito, era la única cultura en plenitud, con el idioma más perfecto, la técnica más avanzada, donde se jugaba el mejor futbol del mundo. Ciertamente su país nunca había ganado una copa del mundo, pero Tachito estaba convencido de que se debía a variables del todo extrañas a la calidad real de su equipo nacional.



Tachito había vivido la mayor parte de su vida en el siglo XX. Para él todas las demás épocas habían sido mera preparación de la suya. Su siglo era el siglo. Todos los siglos anteriores eran siglos de oscuridad, de mentalidad primitiva, sin ciencia; épocas de ingenuidad, de errores históricos, de enajenaciones. Y el siglo XXI no terminaba de convencerle, pues se le hacía muy excéntrico. Tachito ni se planteaba que los inquilinos de futuros siglos pudieran ver el XX como él ahora veía el XVII.

Uno de los recuerdos que Tachito guardaba más frescos de sus años de escuela era aquel de la profesora explicando lo de que la Tierra no era el centro del Universo. Aunque ya viejo, Tachito todavía leía con avidez y se mantenía al tanto de las últimas novedades de los astrónomos más atrevidos del planeta, pues no perdía la esperanza de que alguno de ellos viniera a desdecir la teoría tan terca de su profesora de primero de primaria. Tachito creía firmemente que el geocentrismo se llevaba mejor con el egocentrismo que con tanta devoción practicaba.

De hecho, a Tachito no le podía caber en la cabeza que existieran seres humanos que no se consideraban el epicentro de todo y que con su generosidad se embarcaban en la aventura más grande de su vida: nuevos mundos, horizontes insospechados, las más profundas satisfacciones... A Tachito todavía le parecía loca la idea de olvidarse de sí mismo, de ayudar a los demás siempre y en todo lugar, por encima de flojeras, egoísmos, prejuicios, ideologías y estructuras. Ciertamente a veces sentía curiosidad por lo que otros narraban, pero siempre terminaba por dejar el descubrimiento para después. Tachito quería seguir creyendo que él era el centro: del Universo, de la Vía Láctea, de la Tierra, de su país, de San Tristán, de su trabajo, de su familia...

Ayer, Tachito recibió la visita de un viejo amigo. Recordaron juntos viejos tiempos, hablaron también del clima, del futbol, de los achaques y de la brevedad de la vida. El amigo llegó a comentarle que tarde nunca es, y que al final de la vida, lo único que va a valer la pena, lo único que quedará cuando todo se haya acabado, va a ser lo que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres. Tachito…

Arturo Guerra, LC
.(Javascript debe estar habilitado para ver esta direccion de correo)
15 Mayo 2016 02:01:27
Adolescencia y secundaria
Ser adolescente y ser estudiante de secundaria es casi decir lo mismo. En algunos ambientes la palabra adolescente tiene mala fama y se asocia a rebeldía, desobediencia, algo de prepotencia, superficialidad, incongruencia, piercings, peinados punks y dolores de cabeza…

Por otra parte a veces los adultos no sabemos qué hacer con los adolescentes, no llegamos a comprenderlos, nos desanimamos de sus reacciones, nos sentimos ofendidos por sus palabras, o defraudados e impotentes ante sus actitudes…

Esto sucede cuando se nos olvida que un adolescente es una persona de carne y hueso que está despertando a la vida y que está en pleno período de construcción. Y despertar a la vida y construirse es una de las aventuras más emocionantes.

Es cierto que tú, joven adolescente, a veces sientes cosas extrañas. En ocasiones quisieras seguir siendo el niño feliz de primaria que eras pero ya no puedes. Quieres ser libre y ves que por todas partes te amarran. Te propones por fin hacer todas tus tareas y al minuto se te olvida tu propósito. Sabes qué está bien pero a veces haces algo malo con tal de quedar bien con tus amigos. Admiras a personas que luchan heroícamente por el bien y sientes una atracción poderosísima al mundo prohibido del mal. Quieres cambiar el mundo y todo mundo te lo impide. Quieres lanzarte a realizar grandes proyectos y todos te dicen que eso es imposible. Quieres amar a una niña como nunca nadie más ha amado a una niña y resulta que esa niña no sabe ni que existes, y te da miedo acercarte.

Sí, ser adolescente es despertar a la vida y empezar a construirte libremente. Ahí llevas en tu corazón todas tus potencialidades, todos los dones que el Señor te ha dado, todas tus cualidades, todos tus talentos. Te vas dando cuenta también de qué importante es la razón en la vida y quieres entenderlo todo antes de decidir implicarte en algo. Te haces preguntas que antes no te hacías. Quieres descubrir dónde está la verdadera verdad. No te fías tanto de lo que otros te dicen sino que tú quieres llegar a tus propias conclusiones…

Querido joven, que sepas que tus papás, y todos los adultos con los que tienes contacto en tu casa y en la escuela, te estamos acompañando emocionados en esta aventura tan emocionante. No queremos amarrarte, ni asfixiarte, ni impedirte que vueles. En pocas palabras, te queremos mucho, y porque te queremos mucho te acompañamos. Estamos para ayudarte. Nosotros no podemos construirte: tú te construyes y nosotros te acompañamos desde nuestra experiencia, te cuidamos de ciertos peligros innecesarios, te ayudamos a arrojar luz en tu camino, te damos pistas. Queremos ayudarte a que tú saques lo mejor de tu corazón.

Querido joven, también de ti aprendemos, tú nos ayudas, nos sorprendes, nos ayudas a renovar nuestros ideales, y a volver a lo esencial en la vida.

Querido joven, muchas gracias. Tu sinceridad, tu transparencia, tu espíritu de lucha, tu nobleza de corazón, tus proyectos y tus sueños, ¡cuánto nos ayudan! Síguete dejando acompañar por tu Dios. Él es el primero que quiere acompañarte y sacar lo mejor de ti, tú bien lo sabes. Fíate de Él. Perdónanos también si en algún momento los adultos no hemos sabido comprenderte, si no hemos sabido ganarnos tu confianza, si no hemos sabido esperarte, si no hemos sabido escucharte… Y te volvemos a decir todos que te queremos mucho y que queremos seguirte acompañando en esta aventura tan maravillosa que se llama adolescencia.


01 Mayo 2016 03:00:41
Los zapatos de la iglesia
Vivimos de estereotipos. España es el chorizo, el sol y los toros. México es el cactus, el tequila y el sombrerote. China es lo lejano, lo indescifrable. Alemania es la cuadrícula, la búsqueda de la perfección aritmética...

La Iglesia Católica, para muchos, es una extraña institución que se atreve a contradecir gigantescas opiniones públicas, a desdeñar leyes diseñadas por pueblos de primer mundo ejemplarmente democráticos. Una organización regida totalitariamente por un anciano vestido de blanco, anticuado, conservador, aferrado al pasado...

Ir más allá del prejuicio y del estereotipo es un deporte intelectual muy sano. Requiere su esfuerzo. Hay que ir más allá de las apariencias externas. Significa detenerse, ver, observar, escuchar, profundizar, abrirse... antes que etiquetar con prisas una realidad. Implica acercarse y asomarse al corazón que late escondido ahí dentro... Se puede ser radicalmente distinto, se puede aborrecer tal realidad, pero ponerse en zapato ajeno nunca hará daño a nadie.

Para la Iglesia hay un Dios que existe, creador de todos, que se hizo hombre para dar su vida en rescate de muchos. Un Cristo que viene a destruir con amor, con generosidad, con desinterés, el mal más terrible que aqueja a los hombres, más terrible que el ébola, el cáncer, el ántrax o que el síndrome di inmunodeficiencia adquirida: el pecado, el egoísmo. Porque el pecado es el único mal capaz de destruir el alma y el corazón de una persona. Ningún otro mal lo puede lograr.

Un Cristo que trajo un Evangelio: la Buena Noticia capaz de transformar a la Humanidad, corazón por corazón. Un Dios que ofrece su amistad y que es capaz de satisfacer los anhelos más profundos de felicidad que tienen los seres humanos. Que ofrece el sentido más hondo de la propia vida y que invita abiertamente a una felicidad eterna que la muerte no puede aniquilar.

Un Dios hecho hombre que revela también la verdad sobre el hombre. Que sabe lo que hay dentro, muy adentro, del corazón de todo ser humano. Que está en condiciones de decir al hombre lo que le hace más hombre, más pleno, más feliz; al mundo, lo que le hace más planeta, más sociedad, más familia...

Esas profundas convicciones están muy clavadas en el corazón de la Iglesia y es ahí desde donde busca iluminar. Para ella, su mensaje no es suyo. Es un mensaje prestado. Un talento depositado en sus manos frágiles y temblorosas y que se muere por compartir. Un tesoro que va en vasija de barro y que quema por dentro. Una responsabilidad por hacerlo fructificar, por comunicarlo, por transmitirlo, por dar gratuitamente lo gratis recibido. La Iglesia cree con todas sus fuerzas que Alguien le ha encomendado la custodia y salvación de ese ser tan frágil, tan misterioso, tan imprevisible, tan agónico, tan capaz de lo peor como capaz de lo mejor. Por ese hermano herido y por ese hermano heridor, es que

la Iglesia levanta su voz lo mismo en la selva que en el desierto. Y camina, se detiene, se inclina, se descalza, se moja, con tal de rescatar un alma más...

Son los zapatos de la Iglesia. ¿Te los quieres probar un minuto solo?
01 Mayo 2016 03:00:14
Los agujeros de nuestras ciudades
Cuando oía que la Madre Teresa de Calcuta se proponía servir por amor a Dios a los más pobres de entre los pobres yéndolos a buscar a sus agujeros, me llamaba la atención esta manera de hablar. ¿Ir a buscar personas en sus agujeros? ¿Qué agujeros? ¿En qué mapas se registran dichos agujeros? Si es en Calcuta, bien; pero, ¿en Europa? ¿Será sólo un modo de hablar plástico con tintes de poesía?

Tiempo después, un grupito de jóvenes me invitó a acompañarlos a repartir algo de comida y ropa por las calles de aquella ciudad europea. Me explicaron que ya llevaban tiempo haciéndolo y que en realidad ellos acompañaban a algunas Misioneras de la Caridad, que son las monjitas que fundó la Madre Teresa de Calcuta.

Así que una buena noche llegamos en dos o tres coches a la casa de las Misioneras de la Caridad, entramos al convento, las saludamos, subimos a los coches alimentos, ropa, regalitos, una guitarra y arrancamos con todo y misioneras de la caridad. Por cierto, íbamos más personas de las que suelen ir en un automóvil. Y empezamos nuestra ruta.

Me di cuenta de que se trataba de una ruta que ya conocían bien. Recuerdo que llegamos a un espacio cercano a un monumento que servía de refugio a un grupo de personas sin casa. Era invierno y la Navidad estaba ya muy cercana. Las misioneras y los jóvenes llegábamos, saludábamos, compartíamos lo que traíamos, platicábamos, escuchábamos, les cantábamos algún villancico y nos despedíamos. Veía cómo aquellas misioneras buscaban un momento para decir algo de tú a tú a aquellas personas, una por una. De ahí, a subirnos a los coches y a seguir nuestra ruta. Otra de las paradas fue a la puerta de un banco en una calle más bien secundaria. Ahí estaba una señora, tratando de dormir en medio del frío y de la luz nocturna que salía de aquellas oficinas bancarias. Recuerdo cómo aquella señora se emocionó por visita tan extraña... Proseguimos la ruta. Nos estacionamos cerca de un puente. Por dentro me pregunté: y, ahora, ¿a dónde vamos? Caminamos unos pasos, superando uno que otro obstáculo, y yendo algunos metros a campo, hasta que encontramos en alguna parte de aquella estructura del puente una especie de cavidad en la que estaban tres o cuatro personas tratando de resguardarse del frío. Literalmente vi salir de su agujero a estas personas mientras las misioneras y los voluntarios las saludaban como viejos amigos. Recuerdo muy bien aquellas caras entre despiertas y entre dormidas saliendo a ver qué pasaba. La ruta siguió otro rato. Volvimos al convento en el que dejamos a las misioneras y nosotros volvimos a nuestro punto inicial de encuentro y luego cada quién para su casa.

Uno podía pasar todos los días por esa avenida del puente y no enterarse de que cierta cavidad de aquella estructura de hormigón servía de refugio a algunas personas. Esto sólo lo podían saber aquellas misioneras especializadas, por su amor a Jesús, en detectar agujeros habitados.

Así fue como finalmente comprendí qué quería decir para una misionera de la caridad ir a buscar personas en sus agujeros.

Algunos opinan que este trabajo no sirve para nada, que lo único que hacen estas monjas es perpetuar los sistemas paternalistas que nunca acabarán con los verdaderos problemas de la humanidad.

Pero mientras se elucubran estas teorías desde algunos laboratorios intelectuales o desde algunas cantinas, cada mañana o cada noche las misioneras de la caridad recorren como hormiguitas nuestras calles buscando niños abandonados, parias, enfermos crónicos que no tienen a nadie, para llevarlos a sus comedores y casas en las que les ofrecen un rincón con algo de cariño humano, algo de pan, algo de calor, algo de fe, algo de esperanza, algo de caridad, algo de Dios. ¿No es ya esto un cambio profundo en los agujeros de
nuestras ciudades?

Y dando un salto de agujero en agujero -ya vimos que no es mera poesía- ¿no hemos tenido la experiencia de caernos al suelo y encontrar una mano amiga que nos levantó? ¿no tenemos también todos cada día oportunidades de ayudar a alguien que encontramos en su agujero de soledad,
enfermedad, tristeza, egoísmo, soberbia o de rencor cíclico?

El Papa emérito Benedicto XVI, en su encíclica Deus caritas est dice que “el programa del cristiano, (…, el programa de Jesús) es un ‘corazón que ve’. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia”.

Así, sí podemos cambiar el mundo. ¿Qué esperamos?
24 Abril 2016 03:00:44
La misa de una y media
Llegué un par de minutos antes de que empezara la misa de una y media en una parroquia de aquella ciudad y entré.

Me encontré con un nutrido grupo de hombres y mujeres en callada piedad; desde mi punto de vista, muy mayores. Sólo desentonábamos una mamá, su inquieto bebé que desde un carrito azul se esforzaba por dejar claro que estaba presente, y yo.

Es posible que llegados a este punto, a alguien se le ocurra comentar que a la iglesia sólo van los viejos porque no tienen nada que hacer, porque no saben cómo administrar su aburrimiento, porque comienzan a temer irracionalmente el después de la muerte...

Pero dudo mucho que esos pensamientos reflejen la realidad...

Son ellos quizá los que asisten a la iglesia más libremente, algunos están ahí después de haberlo probado todo en la vida (excepto a Dios) y finalmente han descubierto en Él una felicidad que sabe a eternidad. Otros vuelven con lágrimas en los ojos después de haber malgastado la fortuna lejos de la casa del Padre. Otros nunca se marcharon; han estado ahí todo el tiempo porque desde siempre Dios ha fundamentado su plenitud humana y su realización como personas...

Qué historias detrás de cada uno de ellos, qué itinerarios, qué depósitos de experiencias, qué caminos, qué sedimentos de vivencias multicolores, qué pluralidad de modos de vida...

Sí, ellos vislumbran una eternidad ya cercana, pero ésa es una eternidad que a todos nos aguarda, no sólo a ellos. Ninguno de nosotros sabemos ni el día ni la hora. Es un misterio que ningún científico, ninguna técnica, ninguna ideología han podido explicar ni descifrar: simplemente porque no les compete.

Unos con bastón, otros con temblores, otros no pueden ya arrodillarse, otros hacen su mayor esfuerzo por realizar un gesto de adoración en la consagración, ese momento en el que un trozo de pan y unas gotas de vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo.

Cómo debería interpelarnos su religiosidad, cómo deberíamos acordarnos de que la vida es breve, de que tarde o temprano esa vida llegará a su fin, de que nuestra juventud y nuestros proyectos pasarán más rápido de lo que nos imaginamos, de que al final de la vida lo único que va a quedar será lo que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres, de que entonces muchas cosas se habrán ya evaporado porque realmente no eran importantes a pesar de los muchos años y años que hayamos dedicado a acariciarlas: dígase salud, dinero...

Entre estas personas puede percibirse una fina sensibilidad hacia el mundo sobrenatural. Para algunos de ellos el hecho de conocer demasiado el mundo les ha dejado vacíos y les ha acercado al mundo espiritual, al de Dios, donde ni la polilla carcome ni la herrumbre corroe. No es que hayan dejado de amar su planeta, su terruño, sus seres queridos. Siguen siendo de este mundo, tan de este mundo que una de las presentes venía de sus compras y había dejado recargadas sobre el muro un par de bolsas repletas, de las que sobresalía un frasco de detergente para pisos. Pero se han hecho más sensibles a una realidad que antes sólo conocían de lejos y que ahora, en cierto sentido, son capaces de tocarla.

También el sacerdote celebrante era anciano. Sobre la nariz llevaba una gasa blanca, su dicción a veces se entrecortaba. Pero ese rostro parchado y esa voz quebrada, traslucían una bondad acendrada y añeja fruto de muchos inviernos al servicio de Dios y de los hombres.

Cuenta Tatiana Góricheva -una rusa ortodoxa conversa desde el ateísmo más militante- que durante los años más represivos contra la religión por parte del Gobierno soviético, agentes estatales “profetizaban” a un sacerdote ortodoxo más o menos en estos términos: dése cuenta que su Iglesia morirá pronto, basta que usted constate que actualmente a su iglesia sólo asisten unas cuantas viejas ignorantes; una vez que mueran esas ancianas usted se quedará sin trabajo y podremos dar el último adiós a su religión que quedará como reliquia de un pasado oscurantista y supersticioso.

Y lo curioso es que la URSS como sistema es ya una triste reliquia del pasado.

El bebé, como buen bebé, en algún momento de la misa lloró sonoramente... Y es muy posible que él, cuando alcance la edad de 80 años, allá por el año 2083, asista a la misa de una y media de esa parroquia, y quizá vendrá acompañado de alguno de sus inquietos nietos recostado en un carrito azul o amarillo o negro.

Junto a ese bebé yo también me sentí un poco intruso en tan madura asamblea. Pero al mismo tiempo me sentí en casa, en familia, como hermano pequeño en la fe. Esa fe que lleva trasmitiéndose 2 mil años de generación en generación. Gracias, hermanas y hermanos mayores.

24 Abril 2016 03:00:42
La uña de Sansón
A pesar de su nombre, Sansón era pequeño. Él no entendía de linajes ni noblezas, y nadie conseguía definir con exactitud la lista de las once razas mezcladas de las que provenía. Así que el bueno de Sansón se dedicaba a ser perro y ya está.

Se la pasaba siempre ocupado porque tenía siete dueños. A todos debía hacer fiesta y buscaba adaptarse a las siete maneras diferentes de ser. La niña más pequeña lo quería mucho pero no soportaba que se le acercara con la nariz húmeda y le manchara su vestido nuevo. El papá le llamaba Sansonsuelo mientras le acariciaba la cabeza con una mano que al animal le parecía gigante. A la hermana mayor le gustaba hacerlo correr dentro de casa. Uno de los hermanos le declamaba poesías. Otra hermana, cuando estaba de buenas, le contaba por la tarde sus propias peripecias en un idioma que los perros no entienden. El otro hermano lo utilizaba de punta de lanza en sus salidas en bicicleta para comprar leche. La mamá –quien tenía plenos poderes sobre la residencia o no residencia del can en aquel hogar– había ido transformando su principio de “no quiero perros en esta casa” en una aceptación tolerante del inquilino canino; así que Sansón se mostraba siempre muy respetuoso y educado con ella…

Sansón tenía uñas como todos los perros. Pero tenía un problema que algunos de sus dueños –los de espíritu práctico– consideraban defecto de fábrica. Otros lo achacaban a la edad del animal. Dos de sus dueñas –más romanticistas– decían que un libro de historia canina refería la existencia de una raza muy fina –ya extinguida– que poseía esa misma característica. Para ellas, además, ese detalle probaba la hipótesis de la sangre azul del animal en sus antepasados veinte generaciones atrás…

Haya sido cual haya sido la causa genética del problema, el caso es que Sansón lo sufría en carne propia. Lo que sucedía era que alguna de sus uñas al crecer se enroscaba de tal manera que la punta afilada iba poco a poco encontrándose justo de frente a la pezuña. Entonces comenzaba a clavarse hasta llegar a tejidos vivos del pobre animal. Sansón, sin entender mucho lo que pasaba, se dolía y se ponía triste.

Al inicio ninguno de los dueños se percató del problema, pero con el tiempo a uno de ellos le llamó la atención que la escena de Sansón lamiéndose la misma pata se repitiera una y otra vez. Y es que el perro no conocía otro remedio. Aquel dueño, intrigado por el descubrimiento, se acercó y quedó impresionado al ver aquella uña clavada hasta el fondo de la pezuña, con sangre a medio coagular en torno a la herida.

Así que se decidió a ayudarle. Tomó unas tijeras. Inmovilizó al perro. Sansón se mostró muy desconfiado. Su dueño le retiró también la cabeza para que el animal no viera tamaña operación. No fue fácil. La uña estaba muy enroscada y endurecida… Cuando Sansón sintió el ruido de aquellas tijeras que rompían la uña pegó un aullido como si le estuvieran matando. Acto seguido el dueño pudo desencajar de la pezuña la parte rota de la uña.

Sansón, mareado y confundido, poco a poco recobró su ritmo cardiaco normal. Conforme pasaron las horas y los días fue notando que la pata ya no le dolía tanto. La herida fue cicatrizando. Sansón, con su uña corta, volvía con renovado entusiasmo a cumplir su misión nada fácil de hacer felices un día y otro día a siete dueños…

El problema de la uña de Sansón es muy parecido a un problema que tenemos los humanos y que se llama egoísmo. El egoísmo es una uña que crece y se clava poco a poco sin que nos demos mucha cuenta. Está ahí, pero no logramos –o no queremos– descubrirlo. Y como la palabra “egoísmo” es un poco fea, a la hora de explicar nuestras actitudes egoístas, nos da por usar términos que suenen mejor: “oye, estoy en mi derecho”, “¿cómo se atreve a pedirme ese favor?”, “estoy tan ocupado que nunca podré ayudarle”, “no es justo”, “me la hizo, me la paga”, “que le ayude el gobierno”, “¡se acabó!, no dejaré que los demás arruinen mi felicidad”…

En un inicio nos puede parecer que el egoísmo es razonable, o que nos hace la vida más divertida y emocionante, o que en este mundo ser egoístas es más rentable que ser generosos. Pero en cuanto la uña del egoísmo comienza a tocar tejidos vivos de nuestra alma, descubrimos sus verdaderos frutos: dolor y tristeza de alma.

Y si no reaccionamos, se seguirá clavando. Y es que nosotros con nuestro egoísmo somos como Sansón dejado solo. Sabemos que algo nos duele, sufrimos las consecuencias, nos lamemos la herida una y otra vez sin poder curarla. Nos ponemos a buscar causas, según nosotros, más científicas: “yo creo que es culpa del estrés”, o “yo creo que el nivel de piña colada en mi flujo sanguíneo está muy bajo, así que me voy a beber un par de piñas coladas en la terraza de mi casa mientras tomo el sol y ya verás qué bien me voy a sentir”… Pero después de tomar aquella pastilla mágica contra el estrés o de cumplir con detalle el propósito de la terraza, nos topamos con la triste realidad: el dolor y la tristeza del alma siguen ahí. No acabamos de atinar la causa ni tenemos el remedio.

Lo que hace el egoísmo es enroscarnos sobre nosotros mismos. Nos hace incapaces de dirigir nuestra atención y nuestro cariño hacia fuera. Todo lo vemos, lo pensamos y lo usamos para nosotros. Nos sentimos el centro del universo. Nos metemos tanto en nosotros mismos que no tenemos tiempo para nadie más. No nos pasa por la cabeza la idea de que tal vez las personas que están a nuestro alrededor necesiten algo de nosotros. Imposible tener un detalle hacia alguien distinto a nuestro yo. Además nos parecerá que nuestros derechos están siempre siendo pisoteados y no sospecharemos que nuestras actitudes egoístas pueden estar hiriendo a los demás en nuestro paso por el mundo.

Así que el egoísmo no tiene remedio humano. No nos lo podemos curar nosotros mismos. Necesitamos la ayuda atenta, cariñosa y eficaz de nuestro Dueño. Nuestro Dueño es Dios, nosotros somos su creatura, y su gracia es la mejor medicina que nos puede curar del egoísmo. Por más vueltas que le demos al problema, el egoísmo sólo nos lo puede curar Dios.

Y, además, una vez curados, no podemos decir: “por fin estoy curado para siempre del egoísmo”. No. El egoísmo es como esa uña: una vez cortada sigue creciendo dispuesta a clavarse de nuevo si no dejamos que nuestro Dueño nos ayude a cortarla otra vez a tiempo.

Cada vez que acudimos con todo el corazón al sacramento de la confesión, cada vez que recibimos a Cristo en la Eucaristía, cada vez que hacemos un acto de generosidad estamos permitiendo que el Señor nos corte la uña del egoísmo. Es cierto que cuando la uña del egoísmo está muy clavada, nos dará miedo someternos a la operación, sentiremos como si nos estuvieran arrancando el alma, pero el Señor sabe muy bien lo que hace y además lo hace con muchísimo cuidado y cariño. Basta que nos pongamos en sus manos.

Por ello no se trata de una operación negativa. Un no al egoísmo es un sí al amor, al prójimo, a la realización plena, a la felicidad, a Dios. Quien se deja curar por Dios entra en la dinámica del amor, de la realización plena, de la entrega generosa a los demás. Y es que la felicidad no es real si no se comparte. Dejarse cuidar por Dios es reconocer los propios límites y defectos y al mismo tiempo estar dispuesto a dejarse transformar por la gracia de Dios. Por eso quien se fía de Dios en medio de las dificultades llega tan lejos en la felicidad temporal y eterna.

En el caso del bueno de Sansón, pasado un tiempo, aquella uña volvía a crecer y a clavarse si sus dueños se despistaban; lo cual, por cierto, era frecuente… Y es que no era tan fácil que se pusieran de acuerdo en los turnos de atención a la mascota: “te toca a ti cortarle la uña”, “no, yo lo hice la última vez”, “híjole, ¡qué mentiroso!, si fue fulanita”… Total, que mientras no se ponían de acuerdo aquellos siete dueños, el pobre de Sansón quedaba otra vez solo ante el peligro…

Nuestro gran Dueño, en cambio, nunca se despista. Nos quiere tanto que le es imposible desentenderse de nosotros. Siempre está ahí dispuesto a ayudarnos. Lo único que le puede detener de curarnos una y otra vez, es que nosotros no le demos permiso. ¿Te animas a darle permiso hoy mismo?
17 Abril 2016 03:00:57
El cajero próximo
Aquella mañana me fui caminando. Me tocó mi turno y saludé al cajero:

–Buenos días, ¿todo bien?

–Sí, muy bien, ¿qué le trae por aquí?

–Pues, mire, este documento, a ver si lo registramos.

–Claro que sí.

Y aquel buen cajero continuó la conversación como quien no necesita estar atento a las máquinas registradoras después de tantos años de ejercicio:

–Oiga, ahora que usted entró, ¿se fijó si estaba ahí afuera un señor que toca el acordeón?

–Pues no me fijé mucho, pero como siempre le veo, creo que si no lo vi es porque no está hoy.

–Sí, fíjese, hace días que no aparece. Es un hombre que perdió su trabajo hace años. Mire que toca bien el acordeón. Ahora trata de sobrevivir tocando en la calle. Ya le he recomendado para un trabajo.

Mientras tanto las computadoras siguieron haciendo su trabajo hasta que lanzaron su aviso de “operación finalizada”. Entonces el cajero me dio el comprobante, le di las gracias y nos despedimos.

Salí y volví a casa caminando y pensativo. Me daba la impresión de que aquel buen cajero había comprendido muy bien quién era su prójimo. Y lo conocía. Y lo ayudaba.



A veces quisiéramos ayudar a resolver los problemas de países lejanos. Y está muy bien. Pero mientras tanto no cerremos nuestros ojos a las personas verdaderamente próximas que sí podemos ayudar aquí y ahora. Esa persona que vemos todos los días –en la oficina, o en casa, o de camino a la escuela, o cuando vamos de compras, o cuando salimos a hacer deporte– es nuestro prójimo más próximo. Ayudémosle. A veces basta un saludo. O una sonrisa. O una palabra. O una motivación. O una ayuda concreta. O unos minutos de nuestro tiempo. ¡Cuánto cambiaría el mundo con unos cuántos gramos de esta actitud del cajero en cada corazón humano! ¡Gracias, señor cajero!
17 Abril 2016 03:00:04
La uña de Sansón
A pesar de su nombre, Sansón era pequeño. Él no entendía de linajes ni noblezas, y nadie conseguía definir con exactitud la lista de las 11 razas mezcladas de las que provenía. Así que el bueno de Sansón se dedicaba a ser perro y ya está.

Se la pasaba siempre ocupado porque tenía siete dueños. A todos debía hacer fiesta y buscaba adaptarse a las siete maneras diferentes de ser. La niña más pequeña lo quería mucho pero no soportaba que se le acercara con la nariz húmeda y le manchara su vestido nuevo. El papá le llamaba Sansonsuelo mientras le acariciaba la cabeza con una mano que al animal le parecía gigante. A la hermana mayor le gustaba hacerlo correr dentro de casa. Uno de los hermanos le declamaba poesías. Otra hermana, cuando estaba de buenas, le contaba por la tarde sus propias peripecias en un idioma que los perros no entienden. El otro hermano lo utilizaba de punta de lanza en sus salidas en bicicleta para comprar leche. La mamá –quien tenía plenos poderes sobre la residencia o no residencia del can en aquel hogar– había ido transformando su principio de “no quiero perros en esta casa” en una aceptación tolerante del inquilino canino; así que Sansón se mostraba siempre muy respetuoso y educado con ella…

Sansón tenía uñas como todos los perros. Pero tenía un problema que algunos de sus dueños –los de espíritu práctico– consideraban defecto de fábrica. Otros lo achacaban a la edad del animal. Dos de sus dueñas –más romanticistas– decían que un libro de historia canina refería la existencia de una raza muy fina –ya extinta– que poseía esa misma característica. Para ellas, además, ese detalle probaba la hipótesis de la sangre azul del animal en sus antepasados 20 generaciones atrás…

Haya sido cual haya sido la causa genética del problema, el caso es que Sansón lo sufría en carne propia. Lo que sucedía era que alguna de sus uñas al crecer se enroscaba de tal manera que la punta afilada iba poco a poco encontrándose justo de frente a la pezuña. Entonces comenzaba a clavarse hasta llegar a tejidos vivos del pobre animal. Sansón, sin entender mucho lo que pasaba, se dolía y se ponía triste.

Al inicio ninguno de los dueños se percató del problema, pero con el tiempo a uno de ellos le llamó la atención que la escena de Sansón lamiéndose la misma pata se repitiera una y otra vez. Y es que el perro no conocía otro remedio. Aquel dueño, intrigado por el descubrimiento, se acercó y quedó impresionado al ver aquella uña clavada hasta el fondo de la pezuña, con sangre a medio coagular en torno a la herida.

Así que se decidió a ayudarle. Tomó unas tijeras. Inmovilizó al perro. Sansón se mostró muy desconfiado. Su dueño le retiró también la cabeza para que el animal no viera tamaña operación. No fue fácil. La uña estaba muy enroscada y endurecida… Cuando Sansón sintió el ruido de aquellas tijeras que rompían la uña pegó un aullido como si le estuvieran matando. Acto seguido el dueño pudo desencajar de la pezuña la parte rota de la uña.

Sansón, mareado y confundido, poco a poco recobró su ritmo cardiaco normal. Conforme pasaron las horas y los días fue notando que la pata ya no le dolía tanto. La herida fue cicatrizando. Sansón, con su uña corta, volvía con renovado entusiasmo a cumplir su misión nada fácil de hacer felices un día y otro día a siete dueños… El problema de la uña de Sansón es muy parecido a un problema que tenemos los humanos y que se llama egoísmo. El egoísmo es una uña que crece y se clava poco a poco sin que nos demos mucha cuenta. Está ahí, pero no logramos –o no queremos– descubrirlo. Y como la palabra “egoísmo” es un poco fea, a la hora de explicar nuestras actitudes egoístas, nos da por usar términos que suenen mejor: “Oye, estoy en mi derecho”, “¿cómo se atreve a pedirme ese favor?”, “estoy tan ocupado que nunca podré ayudarle”, “no es justo”, “me la hizo, me la paga”, “que le ayude el gobierno”, “¡se acabó!, no dejaré que los demás arruinen mi felicidad”…

En un inicio nos puede parecer que el egoísmo es razonable o que nos hace la vida más divertida y emocionante, o que en este mundo ser egoístas es más rentable que ser generosos. Pero en cuanto la uña del egoísmo comienza a tocar tejidos vivos de nuestra alma, descubrimos sus verdaderos frutos: dolor y tristeza de alma.

Y si no reaccionamos, se seguirá clavando. Y es que nosotros con nuestro egoísmo somos como Sansón dejado solo. Sabemos que algo nos duele, sufrimos las consecuencias, nos lamemos la herida una y otra vez sin poder curarla. Nos ponemos a buscar causas, según nosotros, más científicas: “yo creo que es culpa del estrés”, o “yo creo que el nivel de piña colada en mi flujo sanguíneo está muy bajo, así que me voy a beber un par de piñas coladas en la terraza de mi casa mientras tomo el sol y ya verás qué bien me voy a sentir”… Pero después de tomar aquella pastilla mágica contra el estrés o de cumplir con detalle el propósito de la terraza, nos topamos con la triste realidad: el dolor y la tristeza del alma siguen ahí. No acabamos de atinar la causa ni tenemos el remedio.

Lo que hace el egoísmo es enroscarnos sobre nosotros mismos. Nos hace incapaces de dirigir nuestra atención y nuestro cariño hacia fuera. Todo lo vemos, lo pensamos y lo usamos para nosotros. Nos sentimos el centro del universo. Nos metemos tanto en nosotros mismos que no tenemos tiempo para nadie más. No nos pasa por la cabeza la idea de que tal vez las personas que están a nuestro alrededor necesiten algo de nosotros. Imposible tener un detalle hacia alguien distinto a nuestro yo. Además nos parecerá que nuestros derechos están siempre siendo pisoteados y no sospecharemos que nuestras actitudes egoístas pueden estar hiriendo a los demás en nuestro paso por el mundo.

Así que el egoísmo no tiene remedio humano. No nos lo podemos curar nosotros mismos. Necesitamos la ayuda atenta, cariñosa y eficaz de nuestro dueño. Nuestro dueño es Dios, nosotros somos su creatura, y su gracia es la mejor medicina que nos puede curar del egoísmo. Por más vueltas que le demos al problema, el egoísmo sólo nos lo puede curar Dios.

Y, además, una vez curados, no podemos decir: “por fin estoy curado para siempre del egoísmo”. No. El egoísmo es como esa uña: una vez cortada sigue creciendo dispuesta a clavarse de nuevo si no dejamos que nuestro Dueño nos ayude a cortarla otra vez a tiempo.

Cada vez que acudimos con todo el corazón al sacramento de la confesión, cada vez que recibimos a Cristo en la Eucaristía, cada vez que hacemos un acto de generosidad estamos permitiendo que el Señor nos corte la uña del egoísmo. Es cierto que cuando la uña del egoísmo está muy clavada, nos dará miedo someternos a la operación, sentiremos como si nos estuvieran arrancando el alma, pero el Señor sabe muy bien lo que hace y además lo hace con muchísimo cuidado y cariño. Basta que nos pongamos en sus manos.

Por ello no se trata de una operación negativa. Un no al egoísmo es un sí al amor, al prójimo, a la realización plena, a la felicidad, a Dios. Quien se deja curar por Dios entra en la dinámica del amor, de la realización plena, de la entrega generosa a los demás. Y es que la felicidad no es real si no se comparte. Dejarse cuidar por Dios es reconocer los propios límites y defectos y al mismo tiempo estar dispuesto a dejarse transformar por la gracia de Dios. Por eso quien se fía de Dios en medio de las dificultades llega tan lejos en la felicidad temporal y eterna.

En el caso del bueno de Sansón, pasado un tiempo, aquella uña volvía a crecer y a clavarse si sus dueños se despistaban; lo cual, por cierto, era frecuente… Y es que no era tan fácil que se pusieran de acuerdo en los turnos de atención a la mascota: “te toca a ti cortarle la uña”, “no, yo lo hice la última vez”, “híjole, ¡qué mentiroso!, si fue fulanita”… Total, que mientras no se ponían de acuerdo aquellos siete dueños, el pobre de Sansón quedaba otra vez solo ante el peligro…

Nuestro gran Dueño, en cambio, nunca se despista. Nos quiere tanto que le es imposible desentenderse de nosotros. Siempre está ahí dispuesto a ayudarnos. Lo único que le puede detener de curarnos una y otra vez, es que nosotros no le demos permiso. ¿Te animas a darle permiso hoy mismo?
10 Abril 2016 03:00:22
El coche abandonado
Caminaba otra vez por aquella calle de Barcelona. Como siempre una larga y compacta hilera de coches estacionados en batería contemplaban impávidos mi paso por la acera. Pero esa vez un viejo automóvil llamó mi atención. Descolorido, sucio y con muchas cicatrices, llevaba en el parabrisas -que alguna vez fue transparente- una pegatina fresca, redonda, de color amarillo chillante, y con un breve texto negro escrito en buen catalán. Comenzaba más o menos así: “Aquest vehicle pateix símptomes d´abandonament…”

Y la doctora pegatina continuaba explicando las consecuencias que acarrearía una agudización seria de los síntomas diagnosticados a la pobre criatura. O sea, que si en cuestión de unos cuantos días el propietario no venía y lo movía, aquel automóvil se lo llevarían al depósito de coches huérfanos. La cartulina terminaba citando con lujo de detalles el número, el folio, la barra, la fecha y el código secreto de la disposición municipal que autorizaba tamaña operación…

Modernas y civilizadas ciudades éstas en las que no pasa desapercibido a las autoridades competentes ningún infeliz vehículo que sufre en lámina propia el terrible abandono de su insensible e inhumano dueño…

Y es que así solemos ser los humanos con nuestras cosas. Cuando ya están viejas, o ya no nos gustan, o ya nos aburrieron, las arrinconamos. Las abandonamos. Es algo que practicamos desde niños con los juguetes de hace dos navidades…

Al fin y al cabo, las posesiones materiales terminan por oxidarse y estropearse; pero luego del abandono compulsivo, lo empezamos a aplicar también a un proyecto, a un trabajo, a un compromiso, a una amistad, o a la propia alma… Empezamos por arrinconarla. Sabemos que está ahí en el fondo, pero en verdad nos importa poco. Con las prisas, con las ocupaciones, con los mil proyectos de cada día, termina metida en el baúl de las cosas etéreas, esas que no sabemos por dónde ni cómo agarrarlas…

Quizá de vez en cuando nos topamos con ella y hasta nos dan ganas de desempolvarla, de dedicarle un tiempo, pero nos zambullimos de nuevo en el trajín diario y, ¡adiós alma!…

Y la cosa es que lo de vivir dormida como que no le va. El alma es algo vivo. Insiste. No puede reaccionar con la frialdad del coche abandonado. Unas veces tímidamente intentará despertarnos. Otras veces nos tocará el hombro suavemente como intentando llamar nuestra atención. O nos susurrará: “oye, ¿hoy sí tendrás un par de minutos para mí?”, O nos pedirá ayuda. O nos dará ideas. O nos sugerirá comportamientos y decisiones. O nos pedirá cambios. Otras veces, la muy inquieta, nos empezará a preguntar un montón de cosas serias en ese preciso momento en el que estamos totalmente enfrascados en resolver un problema tan vital y crucial como estacionarnos en el centro de la ciudad en zona gratuita a la hora pico… Y ¡anda!, que justo ahí, se le ocurre preguntarnos que si sabemos qué viene después de la vida, que a dónde vamos, que de dónde venimos, que para qué estamos en este mundo, que cuál es el sentido de todo esto…

Y cuando por falta de atención ya no puede más, el alma se sentirá débil, se pondrá pálida, respirará con dificultad, querrá gritar con las menguadas fuerzas que le quedan que el poco alimento que le damos la está matando…

Es entonces quizá cuando el Buen Fabricante de nuestra alma, usa un sistema parecido al de las pegatinas. Y es que no se resigna a que abandonemos sin más ese don tan precioso que puso en nuestras manos con muchísima ilusión allá en los inicios de la aventura de la vida. Son medidas extraordinarias, de emergencia. Son como mensajes más directos. Avisos que necesitamos para reaccionar. Motivaciones más personales.

Un problema particularmente difícil, una crisis, una caída, una sorpresa desagradable, una enfermedad que no cede, un imprevisto que lo rompe todo, un fracaso especialmente doloroso, una pérdida nunca imaginada… Vicisitudes que Él permite sabiendo que nos pueden ayudar a despertar, reflexionar, recapacitar, cambiar, convertir… Oportunidades para darnos cuenta de que por ahí no, de que seguir así nos hará mucho daño, de que maltratarla es maltratarnos a nosotros mismos, porque sin el alma no podemos vivir pues es tan nuestra como el cuerpo.

En otros países, eso de la identificación de coches abandonados se complicaría más porque el 65% de los vehículos plenamente activos que 7 días a la semana trotan despavoridos las calles, están en condición física tan deplorable que si los trajeran a aquella calle barcelonesa, seguro que a las 2 horas de aparcados se ganan la pegatina… Pero en eso de las almas, Dios siempre nos sigue muy de cerca. Si no le hemos dejado entrar, ahí se queda, paciente, a la puerta, cubierto de rocío, pasando las noches del invierno oscuras.

Así que si algún día notamos una pegatina en el parabrisas de nuestra alma, no nos lo tomemos a mal. No es alguien que nos quiere fastidiar. Es Dios, quien con la urgencia de su amor quiere avisarnos en nuestro propio idioma que la nostra ànima aquesta pateix greus símptomes d’abandonament. Y que quizá mañana va a ser tarde para reaccionar.
02 Abril 2016 03:00:25
La fila del domingo
En el momento de la comunión en una misa se pueden tener dos perspectivas: una es la de la persona que comulga de manos del sacerdote, y la otra es la del sacerdote que da la comunión. Asomémonos un poco a la segunda perspectiva.

Una escena que se ve con cierta frecuencia es la de una mamá que se acerca con su hijo pequeño adelante y lo asegura con sus brazos de manera que al sacerdote le quede claro que el niño no ha hecho su primera comunión y que por tanto no puede comulgar aunque lo intente. Y sí, hay algunos niños de éstos que abren su boca queriendo comulgar…

También te encuentras con niños tranquilos y muy observadores que van de la mano de su papá y se dedican a ver toda la escena abriendo los ojos lo más que pueden y sin parpadear.

Hay otros niños que le preguntan algo en voz baja a su papá o a su mamá como tratando de entender lo que está sucediendo.

En una ocasión, un niño muy chiquito, una vez que la mamá comulgó y volvían a su lugar, le preguntó en voz alta: “mamá, ¿sabe dulce?”

Recuerdo también a un niño que delante de su papá seguía desde abajo con mirada muy atenta todo la trayectoria de la hostia consagrada que iba de la mano del sacerdote a la boca de su papá. Ésta pudiera ser la tercera perspectiva…



Y la experiencia más curiosa fue cuando vi a un niño con sus dos manos muy ocupadas: con la derecha agarraba la mano de su mamá y con la izquierda sujetaba con mucha seguridad su osito de peluche todoterreno. Lo simpático de este niño fue que, mientras la mamá iba a comulgar, la estiraba con todas sus fuerzas como queriéndosela llevar. La mamá, por su parte, contrarrestaba aquella fuerza luchando por permanecer en la fila y comulgar con devoción. Por un momento, casi pareció que el hijo vencía pero finalmente la mamá pudo comulgar y, acto seguido, cedió a la fuerza de aquella mano poderosa de su hijo que se llevaba a su mamá… En esta ocasión no fue la mamá quien traía a su hijo de la mano, sino el hijo quien traía a su mamá de la mano…

En todos estos detalles lo que he visto es la fe tan grande de las personas que se acercan a recibir la Eucaristía. He visto que muchas personas ponen todo el corazón a la hora de recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, y cómo deben conjugar la fe con su misión de papás y mamás de niños inquietos que quién sabe qué travesura harán de un momento a otro… Lo que he visto también es la capacidad de observación, la mirada investigadora y las ganas de comprender de los niños más pequeños. Y en el caso de los más grandecitos, que ya están muy cerca de hacer su primera comunión, lo que he visto es una auténtica hambre de Eucaristía.

Una invocación muy antigua para los momentos de adoración a la Eucaristía dice: “Les diste pan del cielo que contiene en sí todo deleite”. Esto nos ayuda a ver que la pregunta aquella del niño

de que si sabe dulce no es tan descabellada. Al contrario, este niño, a su manera, como que intuye el corazón de nuestros sagrados misterios porque la presencia dulce de Jesús está en la Eucaristía.

En el mundo de la fe, todos vamos de la mano de todos. Para empezar, vamos de la mano del Señor. Luego, nuestros papás nos llevan a bautizar, se preocupan por formarnos en la fe, se esfuerzan por vivir la fe a nuestro lado, nos llevan de la mano cuando todavía no podemos recibir a Cristo Eucaristía. Y, también, los niños nos llevan de la mano. Si el Reino de los Cielos es de los que se hacen como niños, eso quiere decir que ellos pueden ayudarnos mucho, a los fieles que ya comulgan y a los sacerdotes que damos la comunión, a conocer, amar y vivir mejor nuestra fe. ¡Gracias, hermanos pequeños!
27 Marzo 2016 03:00:17
El coche abandonado
Caminaba otra vez por aquella calle de Barcelona. Como siempre una larga y compacta hilera de coches estacionados en batería contemplaban impávidos mi paso por la acera. Pero esa vez un viejo automóvil llamó mi atención. Descolorido, sucio y con muchas cicatrices, llevaba en el parabrisas -que alguna vez fue transparente- una pegatina fresca, redonda, de color amarillo chillante, y con un breve texto negro escrito en buen catalán. Comenzaba más o menos así:

“Aquest vehicle pateix símptomes d´abandonament…”

Y la doctora pegatina continuaba explicando las consecuencias que acarrearía una agudización seria de los síntomas diagnosticados a la pobre creatura. O sea, que si en cuestión de unos cuantos días el propietario no venía y lo movía, aquel automóvil se lo llevarían al depósito de coches huérfanos. La cartulina terminaba citando con lujo de detalles el número, el folio, la barra, la fecha y el código secreto de la disposición municipal que autorizaba tamaña operación…

Modernas y civilizadas ciudades éstas en las que no pasa desapercibido a las autoridades competentes ningún infeliz vehículo que sufre en lámina propia el terrible abandono de su insensible e inhumano dueño…

Y es que así solemos ser los humanos con nuestras cosas. Cuando ya están viejas, o ya no nos gustan, o ya nos aburrieron, las arrinconamos. Las abandonamos. Es algo que venimos practicando desde niños con los juguetes de hace dos navidades…

Al fin y al cabo, las posesiones materiales terminan por oxidarse y estropearse; pero, luego, esto del abandono compulsivo, lo empezamos a aplicar también a un proyecto, a un trabajo, a un compromiso, a una amistad, o a la propia alma… Empezamos por arrinconarla. Sabemos que está ahí en el fondo pero en verdad nos importa poco. Con las prisas, con las ocupaciones, con los mil proyectos de cada día, termina metida en el baúl de las cosas etéreas, esas que no sabemos por dónde ni cómo agarrarlas…

Quizá de vez en cuando nos topamos con ella, y hasta nos dan ganas de desempolvarla, de dedicarle un tiempo, pero nos zambullimos de nuevo en el trajín diario y, ¡adiós alma!…



Y la cosa es que lo de vivir dormida como que no le va. El alma es algo vivo. Insiste. No puede reaccionar con la frialdad pasota del coche abandonado. Unas veces tímidamente intentará despertarnos. Otras veces nos tocará el hombro suavemente como intentando llamar nuestra atención. O nos susurrará: “oye, ¿hoy sí tendrás un par de minutos para mí? O nos intentará pedir ayuda. O nos dará ideas. O nos sugerirá comportamientos y decisiones. O nos pedirá cambios. Otras veces, la muy inquieta, nos

empezará a preguntar un montón de cosas serias en ese preciso momento en el que estamos totalmente enfrascados en resolver un problema tan vital y crucial como lo es lograr aparcar en el centro de la ciudad en zona gratuita a la hora punta… Y ¡anda!, que justo ahí, se le ocurre preguntarnos que si sabemos qué viene después de la vida, que a dónde vamos, que de dónde venimos, que para qué estamos en este mundo, que cuál es el sentido de todo esto…

Y cuando por falta de atención ya no puede más, el alma se sentirá débil, se pondrá pálida, respirará con dificultad, querrá gritar con todas las menguadas fuerzas que le quedan que el poco alimento que le damos la está matando…

Es entonces quizá cuando el Buen Fabricante de nuestra alma, usa un sistema parecido al de las pegatinas. Y es que no se resigna a que abandonemos sin más ese don tan precioso que puso en nuestras manos con muchísima ilusión allá en los inicios de la aventura de la vida. Son medidas extraordinarias, de emergencia. Son como mensajes más directos. Avisos que necesitamos para reaccionar. Motivaciones más personales. Un problema particularmente difícil, una crisis, una caída, una sorpresa desagradable, una enfermedad que no cede, un imprevisto que lo rompe todo, un fracaso especialmente doloroso, una pérdida nunca imaginada… Vicisitudes que Él permite sabiendo que nos pueden ayudar a despertar, reflexionar, recapacitar, cambiar, convertir… Oportunidades para darnos cuenta de que por ahí no, de que seguir así nos hará mucho daño, de que maltratarla es maltratarnos a nosotros mismos, porque sin el alma no podemos vivir pues es tan nuestra como el cuerpo.

En otros países, eso de la identificación de coches abandonados se complicaría más porque el 65% de los vehículos plenamente activos que siete días a la semana trotan despavoridos las calles, están en condición física tan deplorable que si los trajeran a aquella calle barcelonesa, seguro que a las dos horas de aparcados se ganan la pegatina… Pero en eso de las almas, Dios siempre nos sigue muy de cerca. Si no le hemos dejado entrar, ahí se queda, paciente, a la puerta, cubierto de rocío, pasando las noches del invierno oscuras.

Así que si algún día notamos una pegatina en el parabrisas de nuestra alma, no nos lo tomemos a mal. No es alguien que nos quiere fastidiar. Es Dios, quien con la urgencia de su amor quiere avisarnos en nuestro propio idioma que la nostra ànima aquesta pateix greus símptomes d’abandonament. Y que quizá mañana va a ser tarde para reaccionar.

Arturo Guerra, LC
.(Javascript debe estar habilitado para ver esta direccion de correo)
20 Marzo 2016 03:00:25
Los agujeros de nuestras ciudades
Cuando oía que la Madre Teresa de Calcuta se proponía servir por amor a Dios a los más pobres de entre los pobres yendo a buscarlos a sus agujeros, me llamaba la atención esta manera de hablar. ¿Ir a buscar personas en sus agujeros? ¿Qué agujeros? ¿En qué mapas se registran dichos agujeros? Si es en Calcuta, bien; pero, ¿en Europa? ¿Será sólo un modo de hablar plástico con tintes de poesía?

Tiempo después, un grupito de jóvenes me invitó a acompañarlos a repartir algo de comida y ropa por las calles de aquella ciudad europea. Me explicaron que ya llevaban tiempo haciéndolo y que en realidad ellos acompañaban a algunas Misioneras de la Caridad, que son las monjitas que fundó la Madre Teresa de Calcuta.

Así que una buena noche llegamos en dos o tres coches a la casa de las Misioneras de la Caridad, entramos al convento, las saludamos, subimos a los coches alimentos, ropa, regalitos, una guitarra y arrancamos con todo y misioneras de la caridad. Por cierto, íbamos más personas de las que suelen ir en un automóvil. Y empezamos nuestra ruta.

Me fui dando cuenta de que se trataba de una ruta que ya conocían bien. Recuerdo que llegamos a un espacio cercano a un monumento que servía de refugio a un grupo de personas sin casa. Era invierno y la Navidad ya muy cercana. Las misioneras y los jóvenes llegábamos, saludábamos, compartíamos lo que traíamos, platicábamos, escuchábamos, les cantábamos algún villancico y nos despedíamos. Veía cómo aquellas misioneras buscaban un momento para decir algo de tú a tú a aquellas personas, una por una. De ahí, a subirnos a los coches y a seguir nuestra ruta. Otra de las paradas fue a la puerta de un banco en una calle más bien secundaria. Ahí estaba una señora, tratando de dormir en medio del frío y de la luz nocturna que salía de aquellas oficinas bancarias. Recuerdo cómo aquella señora se emocionó por visita tan extraña... Proseguimos la ruta. Nos estacionamos cerca de un puente. Por dentro me pregunté: y, ahora, ¿a dónde vamos? Caminamos unos pasos, superando uno que otro obstáculo, y yendo algunos metros a campo través hasta que encontramos en alguna parte de aquella estructura del puente una especie de cavidad en la que estaban tres o cuatro personas tratando de resguardarse del frío. Literalmente vi salir de su agujero a estas personas mientras las misioneras y los voluntarios las saludaban como viejos amigos. Recuerdo muy bien aquellas caras entre despiertas y entre dormidas saliendo a ver qué pasaba. La ruta siguió otro rato. Volvimos al convento en el que dejamos a las misioneras y nosotros volvimos a nuestro punto inicial de encuentro y luego cada quién para su casa.

Uno podía pasar todos los días por esa avenida del puente y no enterarse de que cierta cavidad de aquella estructura de hormigón a algunas personas servía de refugio. Esto sólo lo podían saber aquellas misioneras especializadas, por su amor a Jesús, en detectar agujeros habitados.

Así fue como finalmente comprendí qué quería decir para una misionera de la caridad ir a buscar personas en sus agujeros.

Algunos opinan que este trabajo no sirve para nada, que lo único que hacen estas monjas es perpetuar los sistemas paternalistas que nunca acabarán con los verdaderos problemas de la humanidad.

Pero mientras se elucubran estas teorías desde algunos laboratorios intelectuales o desde algunas cantinas, cada mañana o cada noche las misioneras de la caridad recorren como hormiguitas nuestras calles buscando niños abandonados, parias, enfermos crónicos que no tienen a nadie, para llevarlos a sus comedores y casas en las que les ofrecen un rincón con algo de cariño humano, algo de pan, algo de calor, algo de fe, algo de esperanza, algo de caridad, algo de Dios. ¿No es ya esto un cambio profundo en los agujeros de nuestras ciudades?

Y dando un salto de agujero en agujero -ya vimos que no es mera poesía- ¿no hemos tenido la experiencia de caernos al suelo y encontrar una mano amiga que nos levantó?, ¿no tenemos también todos cada día oportunidades de ayudar a alguien que encontramos en su agujero de soledad o de enfermedad o de tristeza o de egoísmo o de soberbia o de rencor cíclico?

El Papa emérito Benedicto XVI, en su encíclica Deus caritas este dice que “el programa del cristiano, (…, el programa de Jesús) es un ‘corazón que ve’. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia.”

Así, sí podemos cambiar el mundo. ¿Qué esperamos?
13 Marzo 2016 03:00:34
La misericordia del cristiano
En las páginas de muchos catecismos se explican las siete obras de misericordia corporales y las siete espirituales. Durante años y años, numerosos cristianos se las han aprendido de memoria y han buscado hacerlas vida.

Que sean catorce no quiere decir que la misericordia se agote en catorce acciones. Así que me he propuesto escribir un complemento. No pretendo mejorar, ni sustituir, ni anular, ni cambiar las catorce originales, que han sido y seguirán siendo una especie de carta magna de la misericordia. El complemento es sólo un esfuerzo por animar al cristiano de hoy a ser misericordioso, a repasar y refrescar las catorce originales y a descubrir nuevos detalles de misericordia posibles en pleno siglo XXI.

Por si acaso algún cristiano ya se olvidó de las 14 originales o nunca las estudió, aquí están:

CORPORALES

1. Visitar al enfermo.

2. Dar de comer al hambriento.

3. Dar de beber al sediento.

4. Vestir al desnudo.

5. Dar posada al peregrino.

6. Visitar al encarcelado.

7. Enterrar a los muertos.

ESPIRITUALES

1. Enseñar al que no sabe.

2. Dar buen consejo a quien lo necesita.

3. Corregir al que se equivoca.

4. Perdonar las ofensas.

5. Consolar al triste.

6. Soportar con paciencia los defectos de los demás.

7. Rezar por los vivos y por los muertos.



Y ahora el complemento:

Un complemento de las obras de misericordia corporales

1. Donar sangre al debilitado.

2. Dar transporte a quien lo necesita.

3. Sacar la basura en casa sin que nadie te lo pida.

4. Compartir el paraguas en día de lluvia con el desparaguado.

5. Detenerle la puerta al que viene atrás de ti aunque no le conozcas.

6. Ceder el asiento en el autobús a una mamá que va de pie con su bebé.

7. Comerte todo lo que decidiste servirte en el plato.

Un complemento de las obras de misericordia espirituales

1. Enviar un correo electrónico a un amigo que se fue lejos.

2. Rezar en silencio unos segundos por la persona que te encuentras de camino y no conoces.

3. Observar las cualidades del vecino y platicárselas a todos.

4. Pedir perdón al que ofendiste sin darte cuenta.

5. Llamar a los demás por su nombre.

6. Ser amable con quien no te trató amablemente.

7. Ser puntual.

Si leyendo esto, alguien se da cuenta de que puede hoy mismo practicar una obra de misericordia –de las 14 originales o del complemento propuesto– y de hecho lo hace, habrá valido la pena tanto palabrerío…
06 Marzo 2016 05:00:03
Las salidas de Teresita
A Teresita todos le llamaban así aunque tuviera 17 años. En una sola circunstancia alguien le llamaba de otro modo: cuando no quería hacer la tarea del colegio; era entonces cuando su mamá le decía: “¡María Teresa, ven para acá!”.

Como a tantas muchachas de su edad, a Teresita le gustaba irse de fiesta al menos una vez a la semana. Tenía permiso para llegar a casa a las 12:30 am. Ella solía cumplir sin problemas, pero es cierto que en más de una ocasión le había pasado por la cabeza el pensamiento de que su mamá era más estricta que otras mamás, pues una de sus amigas tenía permiso de llegar a la 1 am. No obstante, en el fondo, Teresita estaba contenta con aquella disposición maternal y hasta daba gracias al cielo cada vez que hablaba con Clarita, otra de sus amigas, quien debía volver a su casa a las 11 pm.

Sólo había un detalle de su mamá que Teresita no entendía, y es que el día en el que salía de fiesta, su madre se la pasaba despierta hasta las 12:30 am. Teresita la quería mucho, así que decidió tratar el asunto: “Mira, mamá, ya sabes que lo de las 12:30 sí lo cumplo… bueno, excepto aquella vez que se nos ponchó la llanta de regreso… Lo que te quiero decir es que a mí me hace sufrir un poco, que cuando salgo tú estés siempre despierta. Duérmete, mamá, como si estuviera yo en casa. Yo, al llegar, trataré de no hacer mucho ruido; pero si tú quisieras estar segura de que llegué, lo que podemos hacer es que yo al regresar te despierto para avisarte y así podrás seguir durmiendo más tranquila todavía”.

Su mamá, un tanto sorprendida, se rió y le dijo a Teresita que lo intentaría pero que no le garantizaba nada…

Al verla poco convencida, Teresita le dio más argumentos: “Mira, mamá, si sucediera algo, algún accidente o lo que sea, pues alguien te llamará por teléfono y te despertará para avisarte. ¿De qué sirve que estés despierta? No vas a cambiar nada absolutamente. Si me está yendo bien, me estará yendo bien, independientemente de si tú duermes o no. Y si me va mal, no me irá mejor sólo porque tú estés despierta”.

La mamá le agradeció a Teresita que se preocupara por su sueño, pero aquellos argumentos no la convencían.

Y es que los que somos hijos, muchas veces no nos enteramos de cómo funciona por dentro el amor de una madre. Basándonos en la lógica perfecta de Teresita, es obvio que lo mejor y lo más práctico para todos es que la mamá duerma como siempre, pero el amor de una madre no funciona así…

Para una madre, si su hija no está en casa le falta algo, no puede despreocuparse ni dormir a pierna suelta. Y es que el amor de una madre vela por sus hijos. Este verbo “velar” solemos entenderlo metafóricamente, pero en el caso del amor de una madre, con frecuencia debemos pensar en su significado literal: no dormir por la noche, no poder conciliar el sueño, desvelarse, mantenerse despierta, esperar con los ojos abiertos y con el corazón latiendo el doble…

Algo parecido sucede entre Dios y el alma. Dios que es nuestro Padre y nosotros que somos sus hijos. ¡Vaya desveladas que se pega el Señor por causa nuestra!

Y es que el amor de Dios por cada hijo suyo es algo de lo que nos enteramos apenas un poquito. Si pudiéramos ver al Señor, con frecuencia le veríamos con unos ojerones… Y si le preguntáramos por qué, nos diría con un rostro triste: “Pues sí, fíjate que anoche no pude dormir pensando en mi hijo fulanito que tiene éste y tal problema”…

Es cierto que esto es lenguaje humano y que a Dios no le salen ojeras, pero ¡cómo nos ayuda a entender la dinámica de su amor de Padre y lo que siente por cada uno de sus hijos!

Cuando el pueblo escogido salió de Egipto, gracias a la intervención de Dios, después de tantos años de esclavitud, nos dice la Biblia que durante toda esa noche el Señor veló.

Cuando Jesucristo estaba en aquel huerto de Getsemaní, dice el Evangelio que pasó la noche en oración y en vela. Siendo Dios y hombre al mismo tiempo, Cristo sí que puede tener ojeras iguales a las nuestras. Estaba a punto de dar su vida en rescate de muchos y velaba por todas las almas de todos los siglos destinatarias de su rescate. Quiso que tres de sus discípulos le acompañaran en su vigilia pero fracasó en su intento: los tres se quedaron dormidos tal cual. Y es que cuesta tiempo y gracia de Dios comprender cómo funciona el amor que vela por las personas queridas. Esa noche, la única que no podía dormir, sin saber del todo por qué, desde alguna casita de Jerusalén, era María, la madre de Jesús… Hasta que tal vez alguna vecina de madrugada le trajo la noticia de que a su hijo lo acababan de apresar…

La parábola del hijo pródigo nos describe con maestría y sencillez cómo se siente nuestro Dios cuando alguno de sus hijos se le va lejos a malgastar la herencia. ¿Cuántas veces a mitad de la noche no habrá salido al balcón para dejar perdida su mirada en el horizonte oscuro llevado de su esperanza invencible de que su hijo algún día volvería?

Yo creo que por eso, una mamá y Dios se suelen entender tan bien: los dos tienen mucha experiencia en eso del amor que vela por los hijos…
28 Febrero 2016 05:00:56
El Erudito y el Barquero
En un viejo cuento, aquel sabio emprendía otro de sus incontables viajes por tierras exóticas. Al llegar a un río, pidió amablemente a uno de los barqueros que le llevara a la otra orilla. El río era tan ancho que daba tiempo de establecer una conversación.

- Sr. Barquero, buenos días. ¿Usted ha oído hablar del teorema de Pitágoras?

- Pues no señor, mire usted, yo no fui a la escuela.

- No me diga. Fíjese que no saber el teorema de Pitágoras... Usted ha perdido un 15% de su vida.

- Sr. Barquero, ¿usted sabe algo de las guerras de los medos contra los persas?

- No señor, es la primera vez que oigo eso.

- Qué pena, ha perdido un 10% de su vida.

- Sr. Barquero, ¿usted ha estado en Australia?

- ¿Y eso qué es?

- Es un país. Lo que sí le digo es que, usted, Sr. Barquero, ha perdido un 30% de su vida. Mire que no conocer Australia...

- Sr. Barquero, ¿qué me dice de las mitocondrias de la célula?

- Como no me dé más datos...

- Ha perdido un 15% de su vida.

- Sr. Barquero, ¿sabe cuál es el planeta más grande?

- Pues yo diría que la Tierra.

- Se equivoca. Ha perdido otro 10% de su vida.

- Sr. Barquero, ¿usted ha navegado en internet?

- “¿Y ése qué río es?”, respondió el barquero.

- Qué desastre, usted ha perdido el 20% de su vida.

En eso, el río se encrespó. Tanto que el barquero ya no podía alcanzar ninguna de las dos orillas. El agua comenzaba a meterse en aquella pobre barca. Le preguntó el buen barquero al hombre sabio:

- Oiga, esta barca se nos va a hundir, ¿sabe nadar?

- “No”, respondió el erudito, “nunca he tenido tiempo para aprender.”

- Pues a ver si puedo ayudarle a que no pierda el 100% de su vida…

¡Cuánto sabemos! O al menos cuánto podemos saber. Nunca habíamos tenido tanta información tan a la mano. Pero a veces no sabemos lo importante. Sabemos cómo funciona el esfínter pilórico del aparato digestivo de la ostra, pero no sabemos de dónde venimos. Hemos pisado la Luna pero no sabemos a dónde vamos. Sabemos que el perímetro de la tierra es de 40,040 kilómetros, pero ignoramos el sentido de la vida.

Sabemos el número exacto de neuronas que tiene el cerebro humano, pero no sabemos cómo dejar de ser egoístas para empezar a amar a los demás, a servirles, a ser desinteresados en la amistad. A renunciar a los propios planes con tal de ayudar al esposo, a la esposa, a un amigo, a la madre, a la compañera de trabajo, al jefe, al empleado que depende de nosotros, a la señora de la tienda de la esquina, al padre, a la hija, al sobrino, al vecino, a la suegra, al desconocido, al que vende periódicos, al político, a la cajera, al de la gasolinera...

“Al atardecer de la vida nos van a examinar del amor”, decía san Juan de la Cruz. No nos van a preguntar el teorema de Pitágoras ni la manera más rápida y eficaz de usar un buscador de internet. Pero si nunca hemos dado de comer al hambriento, si nunca se nos ha ocurrido darle un vaso de agua al sediento, si no le hemos dado algo de ropa al que pasaba frío, si no le hemos abierto la puerta al que no tenía casa..., no sabremos nadar muy bien en las aguas de la eternidad.
21 Febrero 2016 04:00:56
La quinta estación
De los muros interiores de muchas iglesias, cuelgan las 14 estaciones del Viacrucis. Durante siglos, numerosos cristianos se han asomado a través de ellas al misterio del Dios hecho hombre que tomó su cruz y caminó al Calvario a morir por nuestra salvación.

En la quinta estación, los soldados romanos, al constatar que Jesús lleva la cruz muy a duras penas y que el camino es todavía largo, obligan a un caminante despistado a cargar la cruz con Jesús: un cierto Simón que venía de Cirene.

Es interesante ver con detenimiento cómo algunos artistas han plasmado ese momento. Los estilos son muy variados…

En una de esas quintas estaciones Simón llevaba la cruz de una manera muy peculiar. Y es que analizando por encima las posiciones y los ángulos, te dabas cuenta de que le estaba siendo a Jesús muy incómodo y poco práctico el llevar la cruz. El punto de apoyo que había escogido era tan malo, que alguno ya podía gritarle “mucho ayuda el que no estorba”.

En otro Viacrucis, Simón te miraba y aunque tenía su mano sobre la cruz, se veía clarísimo que todo el peso recaía sobre Jesús. Casi daba la impresión de que Simón tocaba simbólicamente la cruz mientras posaba para la foto…

Y en otra quinta estación, veías a Jesús llevando muy decidido su cruz; y el bueno de Simón, agarrado a la cruz, de espaldas a la espalda de Jesús, parecía caminar en la dirección contraria…

Ciertamente estos detalles técnicos no desautorizan a los artistas que con grande fe y talento han plastificado la pasión de su Dios, porque no es intención esencial en un artista reflejar a rajatabla las leyes físico-matemáticas de los puntos de apoyo. Y tampoco hay que rebajarle nada al mérito indiscutible del auténtico Simón de Cirene, a quien el Señor distinguió con la singular gracia de compartir el peso de su cruz de madera.

Pero de lo que sí nos pudieran hablar estos detalles es de nuestra poca eficacia y mucha inutilidad a la hora de ayudar al Señor. Puede ser cierto que con muy buena voluntad queramos ayudarle. Pero con lo frágiles que somos, lo vulnerables que somos, lo misteriosos que somos, lo egoístas que somos, lo volubles que somos, lo soberbios que somos… la ayuda que le damos, aunque pueda ir mejorando con el correr del tiempo, medida objetivamente a la luz de su omnipotencia, es realmente poca cosa.

Y es que con Jesús a veces somos como aquel niño de 4 años en las compras de mamá en el supermercado. El niño dirá que fue de compras con mamá, cuando lo único que hizo fue llevar abrazada una bolsa gigante de papas fritas. Y como la bolsa medía lo que él, el aprendiz de comprador la fue arrastrando por todo el camino, de manera que al llegar a casa se dan cuenta todos de que aquella bolsa de papas ultraligeras ha llegado muy magullada, raspada y con cuantiosas pérdidas…

Sí, hay una desproporción enorme entre la parte que hace Cristo y la que nos toca a nosotros. Y es que por mucho que hagamos, por mucho amor que pongamos, no podemos corresponder a su altura. Por muchos sacrificios que hagamos no igualaremos el suyo. Aunque nos esforcemos mucho, nunca podremos decir que Cristo nos debe algo.

El que se anonadó a sí mismo, fue el Señor. El que sin haber cometido pecado alguno se hizo pecado para redimirnos, fue el Señor. El que tomó sobre sí nuestros delitos y dolencias fue Jesús. El que sudó sangre, fue flagelado y coronado de espinas fue el Señor. El que se dejó clavar en la cruz, y expiró a las 3 de la tarde, fue Jesús. El que salva al mundo, es Él.

Él en cuanto Dios no nos necesita para ser más Dios, pero lo más interesante de todo es que ha querido libremente necesitarnos. Para Él, nuestra pequeña ayuda es importantísima. Nos invita un pedacito de su cruz y a prestarle nuestras pequeñas fuerzas. Por eso sonríe y llora con nosotros. Por eso nos ve con tanta ilusión cuando luchamos, cuando nos levantamos, cuando trabajamos… Por eso nuestro amor afecta profundamente su corazón santísimo. O por eso también nuestro desamor afecta y hiere profundamente su corazón santísimo.

El Señor no se va a deslumbrar por el volumen objetivo de nuestros resultados, sino por la ilusión y tesón de nuestro corazón en servirle, consolarle, imitarle, compartirle. Esto no debe servirnos de pretexto para hacer lo que hacemos de cualquier manera, pues si actuáramos así, no le amaríamos de verdad. Si le amamos, lucharemos por ayudarle lo más posible con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras pequeñas fuerzas, con toda nuestra inutilidad. Y sólo entonces es cuando el Señor une nuestra inutilidad día tras día al increíble poder de su sangre redentora derramada en rescate de muchos.
14 Febrero 2016 05:08:12
Cristiano con mostaza por favor
Ciertamente una hamburguesa sabe mejor con mostaza, ketchup y alguna salsa recién inventada. Una tarta con relleno de chocolate o mermelada o grageas multicolores es más atractiva. Un café con azúcar y unas gotas de leche se agradece.

Es muy probable que a la mayoría de nosotros, de pequeños, no nos gustaban los filetes de hígado cuando a mamá se le ocurría la feliz idea: “hoy comemos hígado y todos nos lo tendremos que comer”. Conozco a una persona que a sus muchos años, todavía, no puede ver el hígado. Ahora simplemente no lo come. Pero de niño tuvo que hacerlo por decreto maternal. Más le valía. ¿Cómo lo lograba? Primero agotaba los recursos más tradicionales: dárselo al perro a escondidas, dejarlo debajo de la mesa, trasladarlo de trozo en trozo al plato del hermano más cercano... Pero todas estas técnicas eran rápidamente desactivadas por su eficaz madre. Así que tenía que enfrentarse con el problema. Solución: muy sencillo, gracias a su afición a la mostaza, untaba medio tarro de esta sustancia sobre el filete. Así conseguía neutralizar aproximadamente un 85% de aquel horrible sabor hepático.

Pero todas estas técnicas de aliñamiento, más o menos válidas en el campo culinario, fallan cuando queremos aplicarlas al cristianismo. Una hamburguesa con mostaza sabe mejor, pero cristianismo con mostaza deja de ser cristianismo. Lo mismo si le untas nocilla o le agregas leche desnatada.

El Evangelio te pide amar a Dios sobre todas las cosas.
“Bien. Sí. Sobre todas las cosas menos sobre mi juguete preferido.”
O sea, cristianismo con ketchup.

El Evangelio te pide tomar la cruz.
“Bien, de acuerdo, pero pásame un buen cojín para el hombro, contrátame tres ayudantes fieles para que la carguen por mí, y que la cruz sea de la madera más ligera del mercado”.
O sea, cristianismo con azúcar.

El Evangelio te dice que los limpios de corazón son los que verán a Dios.
“Bien pero no es para tanto, tranquilo, no hay que ser exagerado, si todo el mundo lo hace no tiene que estar tan mal.”
O sea, cristianismo con miel silvestre.

El Evangelio te pide amar a tu enemigo.
“Sí. Estoy de acuerdo. Sólo a este desgraciado lo odiaré toda mi vida.”
O sea, cristianismo con mayonesa.

El Evangelio te pide perdonar setenta veces siete.
“Bien pero a este no. Es que es un caso especial. Lo que me hizo es imperdonable.”
O sea, cristianismo con leche condensada.

El Evangelio te pide desapegarte de tus posesiones.
“Sí. Lo que pasa es que estamos en el siglo del consumismo, y por lo mismo tengo que comprar y comprar, da igual si no lo necesito.”
O sea, cristianismo con tomate.

El Evangelio te invita a la oración.
“Sí, es importante, pero no hay tiempo, ¿no ves que soy una persona muy ocupada? El tiempo libre debe ser más bien para un café, un cigarro, una fiesta.”
O sea, cristianismo con relleno sabor chocolate.

El Evangelio te pide interrumpir tu camino para curar al que está tirado en la calle.
“Lo sé. Pero hoy en día es peligroso. No sabes lo que puede pasar. Igual le ayudas y luego no te agradece.”
Cristianismo con leche descremada y un poco de mermelada.

El Evangelio te pide fidelidad.
“Bien pero uno debe tener sus propias ideas, yo comparto muchas cosas de las que dice Jesús, pero no estoy de acuerdo en algunos puntos de la moral.”
O sea, cristianismo con grageas multicolores.

El Evangelio te dice que estás de paso, que la vida es un soplo, que la aproveches minuto a minuto.
“Sí, bien, pero tampoco hay que amargarse, hay que aprovechar la vida haciendo lo que a uno le gusta, no sabes lo bien que yo me llevo con la pereza.”
O sea, cristianismo con mostaza.
¡Cristianismo con mostaza por favor!

A su Evangelio,

Cristo no le puso ketchup ni mayonesa ni tomate.
Él no le agregó azúcar ni miel silvestre ni grageas multicolores.
Él no lo cubrió con un relleno sabor chocolate ni mermelada.
Él no le añadió leche condensada ni descremada.

Cristo no neutralizó su Evangelio con mostaza.

El cristianismo se sirve solo. O se vive como es o no es cristianismo.
07 Febrero 2016 05:00:34
El joven del hospital
Acababa de terminar la misa. El sacerdote y el diácono en la sacristía de la capilla de aquel hospital nos quitábamos los ornamentos sagrados. De pronto entraron un joven y una joven. El joven -como quien no se atreve mucho- nos dijo:

Perdonen, ¿puedo hablarles un momento?

Sí, claro.

Entonces a aquel joven se le cortó la voz, comenzó a llorar y nos dijo -como pudo- que su hermano estaba en cuidados intensivos y que si podíamos visitarlo. Siguió llorando desconsolado. La joven que le acompañaba callaba.

Terminamos de quitarnos estolas y albas, el padre tomó el ritual del sacramento de la unción de los enfermos, la monjita sacristana se trajo los santos óleos y fuimos para allá.

De camino le preguntamos al joven qué tenía su hermano. A la entrada de la zona reservada había que frotarse las manos con uno de esos geles que huelen mucho a alcohol.

Llegamos a la habitación y encontramos a un joven de unos 30 años tirado en la cama, inconsciente, conectado a 5 ó 6 máquinas con sus respectivas pantallas. El cráneo enyesado. Los ojos cerrados. La boca abierta. Parecía muerto. La única señal de vida que detecté fue su abdomen que se movía tímidamente al ritmo de la respiración. Llevaba más de doce días en coma a causa de un accidente en el que se había golpeado la cabeza.

Ahí estaba también su mamá y algún otro familiar. Les saludamos a todos como pudimos. El sacerdote empezó la celebración del sacramento. La joven aquella empezó a llorar y ya no paró durante toda la unción.

Al terminar les ofrecimos nuestras oraciones y mientras nos despedíamos como podíamos les preguntamos cómo se llamaban. Cuando le llegó el turno a la joven, nos dijo su nombre llorando y nos explicó que era la novia del joven en coma.

Salimos de aquel hospital en silencio.

De regreso a casa (esto sucedió hace algunos años en mis tiempos de diácono) pensaba en cuántos lugares del mundo, en cuántas camas de hospitales o de chozas remotas existían tragedias semejantes y peores. Es el misterio del dolor que tarde o temprano toca la vida de todas las familias del mundo.

Cuenta el libro de Job que cuando tres amigos se enteraron de las tres tragedias de Job –la destrucción de sus posesiones, la muerte de todos sus hijos, y la enfermedad que le llenó el cuerpo de llagas misteriosas– se fueron corriendo a visitarlo. Mientras se acercaban vieron de lejos el estado de su amigo y empezaron a llorar a voz en grito. Y al llegar a su lado se sentaron en silencio frente a él y así se quedaron durante siete días y siete noches, sin pronunciar una sola palabra.

Y es que el dolor le deja sin palabras a cualquiera. El Señor con sus sacramentos lo que quiere es sentarse en silencio frente a quien sufre para acompañarle. Quien sufre y quienes sufren por quien sufre no necesitan palabras, necesitan un amigo que se siente frente a ellos en silencio a compartir su dolor. ¿Qué esperas?
31 Enero 2016 05:08:26
El Erudito y el Barquero
En un viejo cuento, aquel sabio emprendía otro de sus incontables viajes por tierras exóticas. Al llegar a un río, pidió amablemente a uno de los barqueros que le llevara a la otra orilla. El río era tan ancho que daba tiempo de establecer una conversación.

- Sr. Barquero, buenos días. ¿Usted ha oído hablar del teorema de Pitágoras?

- Pues no señor, mire usted, yo no fui a la escuela.

- No me diga. Fíjese que no saber el teorema de Pitágoras... Usted ha perdido un 15% de su vida.

- Sr. Barquero, ¿usted sabe algo de las guerras de los medos contra los persas?

- No señor, es la primera vez que oigo eso.

- Qué pena, ha perdido un 10% de su vida.

- Sr. Barquero, ¿usted ha estado en Australia?

- ¿Y eso qué es?

- Es un país. Lo que sí le digo es que, usted, Sr. Barquero, ha perdido un 30% de su vida. Mire que no conocer Australia...

- Sr. Barquero, ¿qué me dice de las mitocondrias de la célula?

- Como no me dé más datos...

- Ha perdido un 15% de su vida.

- Sr. Barquero, ¿sabe cuál es el planeta más grande?

- Pues yo diría que la Tierra.

- Se equivoca. Ha perdido otro 10% de su vida.

- Sr. Barquero, ¿usted ha navegado en internet?

- “¿Y ése qué río es?” – respondió el barquero.

- Qué desastre, usted ha perdido el 20% de su vida.

En eso, el río se encrespó. Tanto que el barquero ya no podía alcanzar ninguna de las dos orillas. El agua comenzaba a meterse en aquella pobre barca. Le preguntó el buen barquero al hombre sabio:

- Oiga, esta barca se nos va a hundir, ¿sabe nadar?

- “No” – respondió el erudito –, “nunca he tenido tiempo para aprender.”

- Pues a ver si puedo ayudarle a que no pierda el 100% de su vida…

¡Cuánto sabemos! O al menos cuánto podemos saber. Nunca habíamos tenido tanta información tan a la mano. Pero a veces no sabemos lo importante. Sabemos cómo funciona el esfínter pilórico del aparato digestivo de la ostra, pero no sabemos de dónde venimos. Hemos pisado la Luna pero no sabemos a dónde vamos. Sabemos que el perímetro de la tierra es de 40,040 kilómetros, pero ignoramos el sentido de la vida. Sabemos el número exacto de neuronas que tiene el cerebro humano pero no sabemos cómo dejar de ser egoístas para empezar a amar a los demás. A servirles. A ser desinteresados en la amistad. A renunciar a los propios planes con tal de ayudar al esposo, a la esposa, a un amigo, a la madre, a la compañera de trabajo, al jefe, al empleado que depende de nosotros, a la señora de la tienda de la esquina, al padre, a la hija, al sobrino, al vecino, a la suegra, al desconocido, al que vende periódicos, al político, a la cajera, al de la gasolinera...

“Al atardecer de la vida nos van a examinar del amor”, decía San Juan de la Cruz. No nos van a preguntar el teorema de Pitágoras ni la manera más rápida y eficaz de usar un buscador de internet. Pero si nunca hemos dado de comer al hambriento, si nunca se nos ha ocurrido darle un vaso de agua al sediento, si no le hemos dado algo de ropa al que pasaba frío, si no le hemos abierto la puerta al que no tenía casa..., no sabremos nadar muy bien en las aguas de la eternidad.
17 Enero 2016 05:05:31
El que esté libre de pecado que tire la primera piedra
Del evangelio de san Juan, 8

De estas cosas todos tenemos un poco: dar recetas de solución a los problemas que no son nuestros, condenar las acciones que no nos agradan de los demás y hacer leña del árbol caído.

De acuerdo a la ley de Moisés, una mujer sorprendida en adulterio debía morir apedreada.  En una de esas ocasiones, antes de lapidar a la culpable, la llevaron a Jesús para ver cómo juzgaba el caso.  Jesús permaneció sentado y como escribiendo con su dedo sobre la arena.  Después de unos momentos tomó la palabra:  “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.  Todos aquellos hombres fueron dejando caer al suelo sus proyectiles pétreos y alejándose de ahí discretamente, empezando por los más ancianos.  Cuando él se quedó solo con ella le preguntó:  “Mujer, ¿dónde están?  ¿Nadie te ha condenado?...  Yo tampoco te condeno; vete y no peques más”...

Así era Jesús.  Y es que más cambia el corazón de las personas la comprensión, el perdón y la misericordia que la condena a diestra y siniestra.



Algunos creen que la actitud de Jesús es la de:  “mira, no te preocupes de tu pecado, en el fondo no está mal, tú sigue así, no cambies”…

Pero en realidad la fuerza de la actitud de Jesús está en que no condenando a esta mujer la perdona.  No condenándola le cambia la vida.  No condenándola le ayuda a ver la fealdad del pecado y la conquista para el bien.

En lo que pensamos, decimos y hacemos, seamos misericordiosos al estilo de Jesús.
10 Enero 2016 05:05:09
No se cansa no se fatiga
Del profeta Isaías, 40

¿Quién no ha probado el cansancio?  Un examen difícil, una jornada intensa, un cúmulo de imprevistos…  El cansancio es parte de nuestra vida; y aprender a manejarlo, un reto.

Una vez el pueblo de Israel se quejó de Dios ante el profeta Isaías.  Y es que en ese momento andaban ya cansados de destierros, de guerras, de humillaciones, y estaban algo desilusionados de su Dios.

El profeta respondió:  “¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído? El Señor es un Dios eterno y creó los confines del mundo. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia”.

Y siguió diciendo:  “El Señor da vigor al fatigado. Y al que no tiene fuerzas, energía. Incluso la gente joven se cansa y se rinde, los más valientes tropiezan y caen; pero aquellos que ponen su esperanza en el Señor, renuevan sus fuerzas. Les nacen alas como de águila. Corren y no se cansan. Caminan y no se fatigan”.



Lo que quiere hacer Dios es meterse en nuestro cansancio y desde ahí acompañarnos, descansarnos, levantarnos y lanzarnos con gran fuerza.  Viene a renovarnos y a sembrar en nuestro corazón un entusiasmo y una generosidad tales que aunque nos cansemos no nos cansemos.  El Señor infunde en nuestro corazón su fuerza y entonces podemos seguir caminando cada vez con más vigor.  

No que no nos cansaremos sino que con una fuerza interior que viene de Dios nos vamos renovando cada día y podemos seguir trabajando y amando.

Cuando el Papa Francisco volvió a Roma de su viaje maratónico a Brasil escribió en su cuenta de Twitter:  "He regresado a casa y les aseguro que mi alegría es más grande que mi cansancio".

Aprendamos en la escuela de nuestro Dios a correr sin cansarnos y a caminar sin fatigarnos.

 
20 Diciembre 2015 04:38:41
Hora de cierre
Vértigo y grandes emociones acompañan a diario a los artesanos de un periódico en la temida y amada hora de cierre.

Y es que un día con su hora de cierre inamovible es como una vida intensa que muere cada noche. Es como la gestación de una creatura y su nacimiento, todo en 24 horas.

Puede pasar que noticias que no habían llamado la atención, entran en el último segundo. Otras, auténticas primicias, por llegar tarde dos segundos, se quedan fuera. Los últimos minutos son la oportunidad de oro para que faltas de ortografía monumentales se camuflen con tanta discreción que logren colarse otra vez.

Así que no se te ocurra saludar por teléfono a uno de estos artesanos, 30 minutos antes de su hora de cierre…

Algo así también nos sucede a todos, en cada jornada de la vida. Cada noche lo que hacemos es cerrar un día más que nunca volverá. Nuestros días son continuos borradores que van y vienen y quedan como quedan a las 12 de la noche.



El producto final le llega calientito muy de mañana a nuestro buen Dios. Pero Él no es un lector desconocido que ignora por completo lo sucedido el día anterior. No. Dios es también el Editor que ayer vivió junto a su reportero todo el vértigo y las grandes emociones de la jornada.

Y es un Editor único en su género. Porque no te cambia ni una coma de tus textos con su autoridad de editor. Tú día lo escribes tú. Sí, Él está contigo todo el día, te orienta, te motiva, te sugiere, pero la última decisión te la deja siempre a ti. Y todavía más: si te envía a cubrir una noticia, no se queda Él en su oficina, sino que se sube a la moto contigo…

Tú con tu estilo de novato. Él con su vastísima experiencia y su estilo de siglos, probadísimo; y, a la vez, siempre fresco e innovador.

Un día te echas una parrafada muy barroca de la que te sientes verdadero genio. Luego Él te sugiere que quedaría mejor con lenguaje llano, y lo que tú dijiste con diez líneas y vocabulario complicado, queda, si le haces caso, en dos líneas muy claras y vivas. Tú, a veces te disgustarás, no lo entenderás, y dejarás tu parrafada en la versión final. Al día siguiente, o meses después, finalmente, entiendes por qué te sugería aquello.

Otras veces liarás tanto la sintaxis que te queda un amasijo de yuxtapuestas, subordinadas e incisos infinitos que no hay quien los desenrede… Tu Editor, con mucha paciencia, intentará -con frecuencia sin éxito- hacerte caer en la cuenta del embrollo.

Otras veces querrás usar la palabra rimbombante que aprendiste el otro día en el diccionario. Él te sugerirá un sinónimo perfecto que dice lo mismo pero que lo entienden los niños.

Otras veces te harás el científico y meterás un argot tan tecnicista que ni los expertos de tu supuesta ciencia son capaces de descifrar.

Otras veces insistirás en incluir a como dé lugar una idea y la repetirás diez veces a lo largo del texto. Él te recomendará que quites todas, que te fíes, que si lo haces así, la columna cobrará en belleza.

Otras veces ocultarás un dato. Sabes que es importante incluirlo en el texto pero por temor te lo guardas. El Señor, cuando vea el borrador contigo, te preguntará discretamente: “oye, ¿no crees que valdría la pena añadir aquello de…?” Justo lo que habías callado.

Otras veces, a pesar de las mil buenas ideas que te da tu Editor, harás el vago; y llegado el final de la jornada, entregarás un folio con un par de frases cortísimas e inconexas. Y así se publicarán, porque quien firma eres siempre tú.

Otras veces le dirás enfadado a tu Editor: “pues ya que no te gusta lo que escribo, escríbelo tú directamente”. Te dirá que no. Que el autor de tu vida eres tú, que cuentas con todo su apoyo, pero que Él no puede tomar tu lugar.

Otras veces pensarás que editor tan entrometido está desdibujando tu personalidad.

Otras veces querrás cambiar algo del artículo del día anterior. Te dirá que es imposible. Que aquello hecho está y que no pierdas tiempo en mirar dubitativamente hacia atrás sino que escribas lo de hoy.

En fin, que en la vida somos redactores aprendices y la clave está en no cansarse de aprender, un poco cada día, de tan gran Editor, Padre, Hermano y Amigo que da la vida por ti.
20 Diciembre 2015 05:05:06
Sacando dos denarios se los dio al posadero
Del evangelio de Lucas, 10

Al llegar a la posada, el buen samaritano de la parábola encargó al herido al posadero dejándole dos denarios y una cuenta abierta. Vemos que aquel buen samaritano, además de ayudar según sus posibilidades, supo implicar a otros en su obra buena.

Y es que a la hora de la hora, a la hora de ayudar, nos necesitamos los unos a los otros. Uno ayudará con las manos, otro con una idea, otro con recursos, otro con pericia médica y otro consiguiendo vendas o vino o aceite.

Es un esquema que suele repetirse en cada proyecto que se lanza para ayudar en algo a alguien en algún lugar.

Impliquémonos los unos a los otros, cada quien con lo que pueda, con tal de ayudar a alguien. A veces nos tocará empujar y otras veces dejarnos empujar.





En ocasiones sucede que sí queremos ayudar pero enseguida concluimos que “no podemos”, que “mejor no” porque la cosa parece más allá de nuestras posibilidades. En ese momento complicado detengámonos, echémosle cabeza al asunto, algo de corazón y de fe, miremos a nuestro alrededor y tal vez veremos que el rompecabezas se irá armando. Así suelen nacer los proyectos solidarios en equipo.

Si alguna vez, de pura casualidad, vas de Jerusalén a Jericó y ves a un herido en el camino y enseguida te das cuenta de que no tienes burro ni vino ni aceite ni vendas ni denarios ni posada, acuérdate de que doña Chencha vende vino y aceite y tiene buen corazón. Y luego recuerda a aquella amiga que le sabe a las vendas. Y después piensa en aquel vecino que posee tres burros y los trae de transportistas. Y trae a tu memoria a Fulanito que acaba de abrir una cuenta de denarios y a Perenganito que hace un mes inauguró una posada de tres estrellas…

A pequeños pasos, entre todos, podemos cambiar el mundo.

Lo demás son cuentos…
13 Diciembre 2015 05:06:54
Ya que polvo eres y al polvo volverás
De Génesis, 3

Esta frase que dibuja tan bien la caducidad de nuestro mundo ha traspasado fronteras de naciones, lenguas y generaciones.

A algunas personas les suele dar miedo hablar de esto. Piensan que si en este momento todo es bonito, las cosas van bien, se está a gusto, hay salud y fuerza para rato, ¿para qué irrumpir a lo bruto con el cuento de que todo acabará en polvo? Primero -dirían ellos- sería de muy mal gusto; segundo: para qué andar de pesimistas irredentos; y tercero: sólo un aguafiestas profesional se atrevería a llegar en ese plan…

El problema es que si no nos decidimos a afrontar las grandes verdades de nuestra vida…





Pablo VI, años antes de ser Papa, decía que la diferencia entre el mundo y la Iglesia es que el mundo reserva las cenizas para cuando ya todo ha acabado mientras que la Iglesia las pone al inicio. Mira de frente la caducidad de nuestro mundo y de ahí ese gesto tan sencillo y gráfico de los miércoles de ceniza: con ceniza en nuestra frente la Iglesia nos recuerda desde niños que somos polvo y al polvo volveremos.

Reflexionar en la caducidad de la vida no es para autodeprimirnos, sino para construir nuestra vida sobre la verdad de la vida: la vida es un don hermoso, y al mismo tiempo pasajero, frágil y vulnerable y por eso vale la pena aprovecharla minuto a minuto en amar a Dios y al prójimo, lo único que resiste el efecto polvo y que nos prepara para la eternidad…
29 Noviembre 2015 05:07:17
¡Mira cómo crecen los lirios del campo!
Del evangelio de san Mateo, 6

Así Jesús trata de explicar la Providencia de Dios. A lo largo de los siglos, quienes reconocen la existencia de Dios se han preguntado si no será Él como un relojero que fabricó el reloj-mundo, le picó al botón de encendido y lo dejó a su suerte para irse a atender asuntos más importantes… O si será un Padre bueno, cercano y providente que está muy al pendiente de su universo y de las creaturillas que lo habitamos.

Al hablar de la Providencia, Jesús fue claro. De hecho, su venida en carne podría ser la gran “movida” de su Padre Providente. Y para animarnos a confiar en la Providencia, Jesús no encontró ejemplos mejores que el de las aves del cielo y el de los lirios del campo:

“Miren las aves del cielo, cómo no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y su Padre celestial las alimenta. […]. Miren cómo crecen los lirios del campo, no se fatigan ni hilan; […] y ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos.”



A san Francisco le encantaba hablar de las aves y de los lirios. Él era de la idea que mientras más sencilla fuera la predicación del evangelio, mejor. Lo llamaba “evangelio sin glosa”; es decir, sin inflaciones ni ornamentos ni silogismos rebuscados.

La cuestión en palabras sencillas: o nos fiamos de nuestro buen Dios que nos quiere y vela por nosotros o estamos algo fritos perdidos en este universo-reloj-bomba de tiempo sin sentido…

Algunos piensan que quienes creemos en la Providencia nos sentamos siempre a la sombra de un árbol, le damos un sorbo a una piña colada, cruzamos los brazos y esperamos a que Dios lo mueva todo…

Pero los pájaros del cielo vuelan de aquí para allá, supervisan terrenos, localizan posibles fuentes de semillas y gusanitos, alimentan a sus polluelos. Y los lirios del campo desarrollan pacientemente sus raíces por donde detectan más humedad y están atentos al paso del sol…

Así que si queremos aprender bien a confiar en la Providencia, ¡pongamos manos a la obra!, no a lo loco ni preocupados, sino como las aves del cielo y los lirios del campo.
22 Noviembre 2015 03:00:37
Tus oraciones y tus obras de caridad han llegado hasta Dios
De Hechos de los apóstoles, 10

Cornelio era un centurión muy buena gente. Una vez un ángel le dijo: “tus oraciones y tus obras de caridad han llegado hasta Dios”.

¡Qué bonita manera de explicarnos lo que pasa con las buenas oraciones! Cada oración sincera y auténtica sube a Dios. Le llega a Dios. Por decirlo de algún modo, es así como Dios se mantiene al día de cómo vamos.

Algunas personas piensan que la oración no sirve para nada y creen que quienes oran no tienen nada con qué entretenerse o usan poco el cerebro al confiar más en una entidad etérea que en su propia capacidad de enfrentar los retos. O que de plano son fanáticos tontos exaltados y manipulados por otros fanáticos inteligentes.



Jennifer Fulwier es una católica conversa que antes pensaba cosas parecidas sobre los creyentes. Tras encontrar la fe, hizo un estudio de qué hábitos se reflejaban en la vida de grandes hombres y mujeres que con la fuerza de la fe transformaron profundamente su entorno.

Algunos de esos hábitos que ella detectó fueron que aquellas personas tenían citas diarias con Dios y que solía ser la primera cosa que hacían por la mañana.

Esto puede ser visto desde dos perspectivas:

Algunos dirán: Esos hombres y mujeres, si hicieron lo que hicieron, fue gracias a su fuerte vida interior de unión con Dios.

Otros dirán: Reconocemos que esas personas han hecho algunas obras buenas en el mundo, pero qué pena que hayan desperdiciado tanto tiempo en la oración.

El debate seguramente seguirá. Mientras tanto, numerosos creyentes seguirán transformando su entorno desde la certeza que nadie puede arrebatarles de que toda buena oración y toda buena obra suben hasta Dios.

15 Noviembre 2015 03:00:56
Cada cual dé lo que su corazón le diga
De la carta segunda de san Pablo a los corintios, 9

Al invitar san Pablo a los corintios a ayudar materialmente a otra comunidad cristiana les dijo: “cada cual dé lo que su corazón le diga”. Tal vez alguno pensará en este momento: “¡ya!, seguro que este escrito es para pedir dinero”.

No. La idea es reflexionar sobre la generosidad. Porque generosidad no es sólo dar limosna.

Y es que la generosidad tiene que ver con todo: con nuestros pensamientos, palabras y acciones; con nuestras responsabilidades y nuestro uso del tiempo; con el manejo de nuestras cualidades, nuestros conocimientos, nuestra experiencia y nuestras posesiones; con lo que hacemos en la casa, en la calle, en el trabajo y con los amigos. En todo tiempo y lugar podemos ser generosos o no serlo.



Es cierto que no somos máquinas incansables y programadas indefectiblemente a la producción y ejecución de actos generosos. No. Somos personas de carne y hueso, limitadas en el tiempo, en las fuerzas, en la salud, en el humor y en tantas otras cosas, y con un problema ínsito que llamamos egoísmo que anda siempre al acecho para paralizarnos a la hora de ser generosos en algo con alguien.

Pero todos estos límites no nos impiden ser generosos. Todos conocemos a personas generosas y nos admiramos de su capacidad de dar. A veces nos da la impresión de que son seres de otro planeta y que nunca se cansan. Pero la verdad es que son tan de carne y hueso como nosotros, llevan la misma lucha contra el egoísmo y sí se cansan. La única diferencia es que ellos se han puesto en el camino de la generosidad y llevan algo de vuelo en esto de escuchar lo que su corazón les dice.

¡Qué importante es poner oreja en nuestro corazón!: detectar esas invitaciones del corazón a ser generosos, a ceder, a perdonar, a dar tal paso, a adelantarse, a ayudar, a salir de nosotros mismos. El corazón nos lo irá diciendo porque detrás del corazón está Dios, quien con voz suave y cariñosa nos va invitando a dar pasos en la generosidad.

Es cierto que podríamos domar nuestro corazón para que nos diga lo que queremos oír: “está claro que no puedo ayudar a nadie”, “está claro que tal persona no se merece que le ayuden”, “está claro que tengo cosas más importantes que ponerme a ayudar a tal persona”, “está claro que esto lo debe hacer el gobierno”. Pero ahí no hay diálogo sino un monólogo donde le imponemos a nuestro corazón qué es lo que debe decirnos.

Oigamos nuestro corazón con oídos nuevos, abiertos, disponibles, ansiosos de aprender a ser generosos. La oración scout pudiera ayudarnos: “Señor Jesús, enséñanos a ser generosos, a servirte como lo mereces, a dar sin medida, a combatir sin preocuparnos de las heridas, a trabajar sin buscar descanso, a darnos sin esperar otra recompensa que la de saber que hacemos tu voluntad”.
08 Noviembre 2015 03:00:16
Se lo llevó aparte y trató de disuadirlo
Del evangelio de Mateo, 16

Con estas palabras el evangelio describe el momento duro en el que Jesús está tratando de decir a sus apóstoles que en poco tiempo le condenarán a muerte y la reacción de Pedro que quiere ayudar a Jesús a entrar en razón, diciéndole algo así: “no, no lo permita Dios, esto no te puede suceder a ti”.

Lo que vemos aquí es un choque frontal de dos mentalidades: la de Jesús que está dispuesto a entregar su vida al acercarse el momento decisivo, y la de Pedro quien, de sólo pensar que aquello pueda sucederle al Jesús que tanto amaba, siente miedo, impotencia, rabia, temor, confusión, todo a la vez.

Tal vez a nosotros se nos haga fácil regañar a Pedro: “ah, ¡qué Pedro!, siempre tan locuaz, tan imprudente, que dices lo que piensas sin filtrar nada”.



Pero esta manera de ver el asunto quedaría muy en la superficie. Porque estamos ante un diálogo maravilloso entre Jesús y Pedro, entre Dios y su creatura.

De hecho la oración es justo esto: habrá momentos en los que nos es fácil coincidir con el Señor en lo que piensa y planea, pero en otras ocasiones el Señor nos sorprenderá y nuestras primeras reacciones serán de “no, Señor, eso no puede ser”. Y es en ese diálogo confiado donde podemos ir aprendiendo a ver las cosas como Dios las ve.

Podemos pensar que para Pedro aquel momento significó un parte-aguas en su vida porque con toda la confianza del mundo le dijo a Jesús su visión de las cosas y con toda la confianza del mundo su amigo Jesús le explicó que esa manera de pensar no podía venir de Dios.

La cosa es no resistirse a las enseñanzas de maestro tan paciente.
01 Noviembre 2015 04:08:05
Preparen su discurso y vuelvan al señor
De Oseas, 14

Una vez el profeta Oseas invitó al pueblo escogido al arrepentimiento con estas palabras: “preparen su discurso y vuelvan al Señor”.

También cuando el hijo pródigo de la parábola se arrepintió y quiso volver a la casa de su padre, preparó un discurso y se puso en camino.

Algo así sucede cuando nos acercamos al sacramento de la confesión. Una vez que nuestra conciencia nos ayuda a ver que le hemos fallado a Dios, que no debimos hacer algo, que omitimos algo, que ofendimos a alguien, que a nuestro corazón lo movió una intención egoísta, nos arrepentimos y nos brota el deseo de pedir perdón a Dios.



Comienza entonces un esfuerzo de poner en palabras lo que ha sucedido, lo arrepentidos que estamos y las ganas que tenemos de cambiar. Es el discurso del que hablamos. Es un esfuerzo muy sano de ver en su justa realidad lo que ha sucedido. Ya con nuestro discurso hecho nos ponemos en camino hacia alguna iglesia o lugar y llegamos al sacramento.

Sabemos bien qué pasó con el hijo pródigo cuando volvió a su casa: apenas llevaba dichas 14 palabras de su discurso, su papá ya no le dejó seguir porque le bastó ver cómo venía caminando desde lejos, cómo traía sus pies, su semblante y su corazón, para perdonarlo en el instante.

Preparemos nuestro discurso y digámoslo entero al sacerdote pero sepamos que el Señor aguanta sólo hasta la palabra 14 porque tiene mucha prisa en perdonarnos…

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