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Tienditas de barrio en peligro de extinción

Las grandes cadenas de supermercados y tiendas de conveniencia las han condenado a la desaparición

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Tienditas de barrio en peligro de extinción
Foto: Zócalo | Gerardo Ávila | Javier Carrillo
Por: Rodrigo Flores

Saltillo, Coah.-
La gente iba y venía a pie, a caballo o en carretas. Los primeros pobladores transitaban por lo que hoy es el Centro de la ciudad en busca de productos en las tiendas ubicadas en la Villa de Santiago del Saltillo.

El antiguo camino empedrado de la actual calle Bolívar fue la principal entrada a un pueblo fundado con miras comerciales, pero que pronto comenzó a expandirse, y con ello vino la llegada de las cadenas de supermercados y tiendas de conveniencia que han condenado casi a la extinción a los pequeños comercios, mejor conocidos como tienditas
de barrio.

Estas tiendas fueron importantes para el desarrollo no sólo de la capital de Coahuila, sino de todo el país, pero hoy la globalización, el libre comercio, el flujo de mercancías más allá de las fronteras nacionales, las ha puesto en una grave crisis, y sólo algunas que como un acto de resistencia ante el capitalismo continúan.

De esas tienditas de barrio, con anaqueles y mostradores de madera, frascos de vidrio llenos de dulces, especias o mercancías diversas, donde lo mismo se encontraba un kilo de azúcar que una bola de estambre o un curita, ya quedan muy pocas en Saltillo, y sólo sus historias quedarán impresas como testimonio de que alguna vez existieron.

CIUDAD COMERCIAL

Desde la fundación de Saltillo, en julio de 1577 por el portugués Alberto del Canto, la tierra fue proyectada para la siembra de trigo y la exportación de madera. La riqueza natural de la región enamoró a los españoles que comenzaron a comercializar los primeros productos, como explica el historiador Carlos Recio Dávila.

“Los españoles llegan con dos objetivos: sembrar trigo y explotar la madera que se llevaba a Zacatecas y a Mazapil para beneficiar los metales. Una de las primeras vocaciones es la alimentación. Llegan los españoles, siembran trigo, sobre todo en la sierra de Arteaga”.

Así comenzó la vida comercial de la ciudad. Treinta años después, los tlaxcaltecas iniciaron la siembra de legumbres, verduras, frutas mediterráneas, como la manzana o la pera; el maíz y el frijol.

Este fue el detonante para el establecimiento de tiendas llamadas de abarrotes. De esta manera surgieron los primeros comerciantes de Saltillo, que en su mayoría era gente descendiente de españoles conquistadores.



“Saltillo era una ciudad muy comercial. Durante todo el tiempo de la Colonia vivió del comercio y de la explotación de la madera. A lo largo del periodo colonial existían medianas y grandes tiendas de lo que ahora llamamos abarrotes. De entre los más famosos era el de Juan Landín”, agregó.

Landín, cuyo apellido da nombre a una colonia de la ciudad, fue un gallego que llegó a Saltillo junto a su hermano Domingo. Los dos crean un gran comercio en donde ahora está la joyería Suiza, en la esquina de las calles Juárez y Allende, y su casa llegaba hasta la de Ramos Arizpe.

Los primeros comercios fueron conocidos como “pulperías”, en referencia a la pulpa de algunos productos. El nombre aún es conservado en algunos países del sur de América.

EL ÁGUILA DE ORO

El Centro siempre ha sido la zona de comercio más importante de la ciudad. Ahí se encontraba de todo, hasta los innovadores productos en lata que desde el siglo 18 llegaron a Saltillo procedentes de Europa.

Los muros grises de la fachada nos remontan a principios del siglo pasado. Al frente, en la parte superior, unos mosaicos revelan el patriotismo de sus primeros dueños. El águila devorando a una serpiente es el escudo principal del negocio Abarrotes La Paz, antiguamente conocido como Águila de Oro.

Fue esa tienda la que le dio nombre a aquel barrio ubicado en el primer cuadro de la ciudad, y donde aún existe la heredera de aquel gran comercio que representó la entonces zona dorada de Saltillo. Ahí abundaban las tiendas de abarrotes y la competencia era mucho mayor a la actual.

Con la construcción de viviendas y mesones, la clientela abundaba. Estos establecimientos atendían a foráneos que venían a ofertar sus productos desde otros estados. La región era considerada como una mina de oro gracias al crecimiento y a los recursos naturales que abundaban.

Actualmente, es un cuarto de unos 8 por 20 metros, en la esquina de las calles Matamoros y Bolívar. Hasta hace unos años, el negocio Águila de Oro estaba en ruinas. Don Domingo de León fue traspasando el negocio, dejando la clientela a otros comercios aledaños, entre ellos el de Humberto Javier Valdez Santana, el actual propietario.



“Abarrotes La Paz estaba en la otra esquina, aquí era Águila de Oro. Todo esto quedó en ruinas. Tuvimos que hacer algunas mejoras; el techo no estaba, la fachada no, porque está protegido por el INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia). Inclusive, tuvimos que ponerle los ventanales que nos dijeron; yo levanté la casa”, comentó don Javier.

Así fue como resurgió literalmente de los escombros el Águila de Oro, hoy Abarrotes La Paz, que ha sido el único negocio sobreviviente en esa zona comercial.

Don Javier aún recuerda con nostalgia cuando el comercio daba para más, porque dice que a pesar de la competencia el sol salía para todos, sin importar que las tienditas estuvieran una seguida de la otra.

“Anteriormente aquí había una tienda, en la esquina, enfrente, más negocios, porque las cadenas grandes nada más había mercado De Las Fuentes, que era el único que estaba en Bravo y Presidente Cárdenas, la otra era de mayoristas, Luci Alvarado, estaba Juan Trejo, estaban en (la calle) Moctezuma. Era dónde surtíamos nosotros”, recordó.



La ciudad comenzó a cambiar. El crecimiento de la mancha urbana fue extendiéndose hacia otras partes, y con ello los saltillenses comenzaron a mudarse a otras zonas. Ahí comenzó a decaer el negocio.

Anteriormente la Zona Centro de Saltillo era la de mayor población. Las antiguas vecindades albergaban hasta 10 familias que necesitaban de productos ofertados en los pequeños comercios.

“El abarrote antes había. Ya ahorita estas tiendas ya es pura gente adulta, porque los hijos de los dueños ya se fueron, ya hicieron su vida en otros lados, en otras colonias nuevas. El auge del abarrote está en las colonias nuevas, ya aquí ya uno quedó para dar servicio a la clientela”.

SIGUE LA TRADICIÓN

Entrar a la casa de don Simón es como viajar 100 años al pasado. En ella se encuentra la pequeña tienda ubicada en la esquina de Abasolo y De la Fuente, en pleno corazón de Saltillo.

La tradición de los pequeños comercios de inicios del siglo pasado no puede estar mejor ejemplificada que con la tienda de don Simón: ubicada en una esquina, con puertas y anaqueles de madera, bodega de semillas y harinas a granel. Es uno de los negocios más antiguos en la capital del estado, que ha logrado superar todos los obstáculos y las grandes cadenas comerciales.

La entrada es reducida, apenas hay espacio para una apersona. Al ingresar te encuentras con un estante lleno de frituras y galletas. Del costado derecho hay dos refrigeradores, uno lleno de refrescos, el otro de lácteos y carnes frías.

Del costado izquierdo está un baño con frijol, que al ser servido despliega un olor a tierra. Detrás de este baño, está el despachador, un mueble de madera, y atrás de él está la señora Guadalupe del Rosario García Gil, conocida por todos como Lupita.

Lupita tiene una pluma en la mano y en un papel escribe algunos números. En cuestión de segundos realizó la cuenta de un cliente que lleva leche, pan y tortillas. No usó calculadora, dice que los aparatos electrónicos atrofian la mente de las personas.

“Nunca he usado calculadora. A mí mi padre me enseñó a usar la cabeza. Todo lo calculo mentalmente, lo escribo y hago las cuentas. Todos los días me encomiendo al Señor para que no me hagan mal y que yo no haga daño”.



En el año 2000, don Simón García Dávila, quien por 70 años estuvo detrás del mostrador atendiendo a sus clientes, sufrió un accidente. Una caída le originó fractura de cadera y fue a dar al hospital. A sus 82 años, abría el negocio desde las 6:00 horas con el ánimo de un adolescente.

Siempre le gustó el comercio, lo cual le viene de su familia, quienes comercializaban leche y sus derivados en la región. Ahí aprendió el oficio del cual se enamoró y del que estuvo al frente hasta sus últimos días.

“Cuando mis papás se vinieron aquí fue con la idea de poner la tienda. La tienda más vieja era El Parral, que estaba en Leona Vicario y Zarco. Esa era de mi abuelo. Funcionó hasta hace unos dos o tres años, y sí era mucho más vieja que esta. Mi abuelo la puso cuando papá tenía unos 4 o 5 años, y luego cuando papá tenía 24 fue cuando puso esta”, platica Lupita.

Siempre acompañado de su esposa María de la Luz Gil, o Lucita, entre los dos comenzaron el negocio, que a pesar de las dificultades y los nuevos comercios, sigue en pie, inclusive, es de los pocos que han logrado mantenerse después de tantos años.

Don Simón estaba a punto de casarse. Antes de contraer nupcias, un 9 de junio de 1943, tomó la decisión de comenzar su propio negocio, el cual era atendido por el matrimonio en la casa del siglo 18 que le heredaron sus
padres.

“Mis hijos dicen que ya la cierre que para qué trabajo tanto. Pero otro dice 'si vas a estar aquí, amplíala'... pero les digo si así lo tenía papá cuando había mucha gente pues con más ganas ahorita. Sigue habiendo gente, pero muchos muchachitos de la escuela”, agregó.

Los problemas de salud de don Simón lo obligaron a hacer una pausa. Mientras estuvo en el hospital, la tienda se encontraba cerrada, eso llenó de melancolía al propietario, quien estuvo en depresión.

“Se fracturó la cadera y ya no pudo caminar. Cuando estuvo en el hospital estaba triste. Le decíamos ¿qué te pasa? ¿te sientes mal?, para hablarle al doctor. ‘No, no me duele la pierna. Estoy bien. Lo que quiero es que abran la tienda, que la atiendan’. Estaba cerrada”.

La familia quiso cumplir la petición del padre de familia, y comenzaron a abrir el negocio por turnos, aunque no con el éxito que se esperaba, por lo que se le pidió nombrara a un encargado absoluto.

“Yo le decía papá tienes que buscar a alguien, nombrar a una persona, y luego llegaba alguien, abría y se iba ,cerraba, venía otro, y si se tenía que ir cerraba, apenas ya uno con compromiso”, comentó.

A los pocos días, el hombre ya tenía a su sucesor, nombró a su hija como encargada total del negocio de sus amores. Su actitud cambió, presentía que había dejado en buenas manos su más preciado tesoro. Años después partió al cielo en busca de su amada María de la Luz.

Guadalupe del Rosario quiso cumplir la petición de su padre, y desde entonces, el negocio sigue abierto, no con el mismo horario que dejó el propietario principal, pero sí con el mismo entusiasmo de servicio.



LA GUARIDA DEL ZORRO

En un rincón detrás de la Catedral de Saltillo, ahí sigue en pie La Guarida del Zorro, negocio que por más de 25 años ha operado en la Zona Centro. José Aguirre Quirino, mejor conocido como “El Zorro Plateado”, fue quien comenzó con este pequeño comercio.

Sólo venden frituras y refrescos, de lo cual se ha mantenido a través de los años. Este comercio nació del gusto de su creador, quien retirado de los cuadriláteros y de su trabajo como banquero, comenzó a ocuparse en algo.

Siempre activo, nunca le gustó estar sin hacer nada. De esa inquietud surgió la guarida, que en estos días es atendida por sus nietos, quienes tienen el deseo de seguir con la tradición que les dejó su abuelo.

“Esta tienda empezó hace 25 años, cuando a mi abuelo lo jubilaron de su trabajo. Era una persona muy activa, no podía estar sin hacer nada. Él optó por un negocio donde vendiera refrescos y frituras. De ahí se fue extendiendo a dulces, galletas, pan; fue su negocio por el resto que le quedó de vida”, dijo Luis Anaya, uno de sus nietos.

La poca afluencia de gente que recorre el primer cuadro de la ciudad ha afectado las ventas, sin embargo, hay quienes recuerdan a don José Aguirre y de vez en cuando regresan al lugar donde siempre estaba, desde las 7:00 hasta las 22:00 horas.



“Mi abuelo siempre trabajó en un banco. A él le gustaba todo este tipo de cosas, como ser comerciante. Saltillo era muy diferente. Había más movimiento de oficinas, había un poco más de domicilios cerca… Pero siempre hemos estado aquí: pasó de mi abuelo a sus nietos”.

Para seguir con la tradición, familiares de “El Zorro Plateado” han colocado algunas fotografías en la tienda en su honor. Recuerdos del cuadrilátero tapizan los muros de adobe, que en un futuro será un museo, sin dejar a un lado el comercio.

“Porque nosotros tenemos ya nuestros clientes de mucho tiempo. La gente que por aquí pasa, con el hecho de venir y ver las fotografías ya se toman un refresco. Tenemos planeado poner todo lo que él ganó, sus reconocimientos, su capa, sus máscaras; tenerlo como un museo, porque era su lugar preferido, fue su templo. La tienda es lo que más amaba y lo que más quería, desde las 7 de la mañana hasta las 10 de la noche, horario corrido”.

"La Guarida del Zorro" sigue en pie gracias a los recuerdos del gran luchador saltillense; su comercio ha seguido luchando por existir, y la intención es seguir con la tradición de generación en generación, como el nieto del “Zorro Plateado”, afirmó.



A LA BAJA

Desde principios de la década de los 70, una serie de cadenas comerciales nacionales y transnacionales han venido desplazando a las tienditas de la esquina. Tal ha sido su impacto que a la fecha, se puede llegar a contar una por colonia. De las más tradicionales y más antiguas no suman más de 10.

Hasta los años 60, la gente podía encontrar de todo en estos pequeños comercios, que eran buscados por la cantidad de productos de la canasta básica, además de otros agregados, como carnes o pan.

“En los años 70 empieza a haber algunos automercados como Casa Chapa, en Narciso Mendoza y Manuel Acuña, que ya es un centro comercial donde uno escoge lo que va a comprar, porque en las tiendas de abarrotes te lo daba el comerciante. Había una barra de por medio.

“Después llega Autodescuento hacia 1975, que es el primer gran centro comercial que estaba en la colonia República, en la calle Aguascalientes y el bulevar Coss, después viene Soriana en el 79 y a partir de ahí da el giro en la compra de sitios comerciales pequeños a grandes supermercados”, señaló el historiador Carlos Recio.

A la fecha, las “tienditas” han subsistido para cosas menores. Las familias surten sus productos en centros comerciales cada fin de semana, dejando las compras de barrio sólo para una emergencia.



En la década de los 90, el comercio vivió su mayor crisis. Los pocos que lograron sobrevivir a la llegada de supermercados, han logrado mantenerse con vida. Estas cadenas comenzaron a ofrecer productos de prácticamente todo el mundo, lo cual favoreció al consumidor.

Explicó el historiador que en los años 70 y 80, los saltillenses iban a los grandes centros comerciales a abastecerse, y el resto lo compraban en las tiendas de abarrotes, pero se han ido acabando, debido a las tiendas que llaman de conveniencia.

Carlos Recio señala que es factible la reactivación de comercios en las colonias, aunque tendría que ser con la incorporación de otros servicios que son de consumo de los saltillenses, además de las transacciones electrónicas.

La modernidad podría ser clave para que estas tiendas vuelvan a su auge, sin embargo, algunos propietarios se niegan a la actualización de sus negocios, lo cual podría llevarlos al cierre.

“Me parece que quizá sea una visión optimista, pero creo que hay un proceso de recuperación, no del pasado sino de lo que resulta más benéfico para la sociedad. Las tiendas de conveniencia tienen la característica que tienen muchos servicios lo cual no sucede con las tiendas de abarrotes”.

Esto se ha visto con nuevos productos que se creían extintos en la ciudad, y que le han apostado a su regreso para que no sólo se pierdan las tradiciones, sino se reactive el comercio que parecía desaparecido.

“Tengo la esperanza de que resuciten este tipo de comercios. Por ejemplo, o una pulquería, cuando en Saltillo habían desaparecido las pulquerías desde hace 60 años. Entonces tengo fe en que exista un proceso cíclico que nos permita recuperar este tipo de comercios”, concluyó Carlos Recio.



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