×
hace 1 semana
[Ruta Libre]

Ruta Colosio: puente de polos

Recorrer la Ruta Colosio evidencia las diferencias sociales en Saltillo

Imprimir
Ruta Colosio: puente de polos
Por: Eduardo Covarrubias

Saltillo, Coah.-
No tiene permitido cruzar al bulevar Fundadores, por lo que el chofer tiene que hacer una maniobra –poco ortodoxa– para incorporarse a su vía. Se aferra con las dos manos al timón encintado en azul brillante. Despierta miradas de sorpresa en los conductores que esperan luz verde por la cercanía del “monstruo de metal” con sus facias.

Cada media hora, una unidad se estaciona al comienzo del bulevar Colosio. Un rectángulo de metal en color azul advierte la señal de anclaje de la ruta, hay una pequeña caseta con asientos y un techo negro, alrededor sólo maleza, y a unos 500 metros al oeste, las espaldas de varias bodegas.

Los próximos pasajeros conocen la rutina. Saben de la precisión quirúrgica de los dos conductores que componen al personal de la ruta para llegar a la hora pactada. Niños y mujeres primero; no es el caso, suben sólo mujeres. Nadie protesta, al contrario, se hacen a un lado para dejar la senda libre.

El chofer espera por espacio de cinco minutos a los rezagados. Suben cuatro señoras maduras, entre ellas se reconocen y saludan con un tímido “buen día”. Dos de ellas parecieran conocerse mejor, voltean sus rostros para buscar contacto visual e iniciar la charla. Todos toman asiento del lado izquierdo de la combi. Elsol de las mañanas ya no es tan benévolo como en años anteriores, estar expuesto unos segundos calienta la piel de inmediato.

Al fondo, convive una familia, en un tono fuerte enuncian sus desventuras en el amor y ríen uno del otro. Una joven con uniforme de enfermera y dos hombres adultos terminan por componer a los pasajeros de la ruta.

Una vez puesto en marcha, lo primero en quedarse atrás es una tienda de conveniencia con gasolinera y una maquiladora, alrededor sólo hay tierra y arbustos. En la intersección con la carretera antigua a Arteaga –la última gasolinera en por lo menos cuatro kilómetros– la unidad se despide de la zona industrial sobre el bulevar.

Un jardín de niños compone la segunda y última parada con un sector popular cercano. Sube la última pasajera –repite la dinámica–, saluda y busca asiento al lado izquierdo. A partir de aquí en la serpenteante avenida sólo hay residenciales, negocios y propiedades privadas.

Después de unos 10 minutos de recorrido los primeros en bajar, prácticamente “en medio de la nada”, son dos miembros de la familia situada al fondo del acorazado. Las edificaciones más cercanas se ven a unos 400 metros al norte; al sur hay una muralla de adobe que resguarda un hogar; a su lado hay un camino que pareciera adentrarse a un pequeño bosque. Un tramo de árboles secos color chocolate escolta a la unidad hasta la siguiente parada.

En el cruce con Eulalio Gutiérrez se baja una cuadrilla de tres señoras. Avanzan a un lado de la muralla, que se pierde a la vista en cuanto el conductor acelera; protege un residencial, del que sólo asoman las copas de los árboles. La de las señoras, debe ser una rutina extenuante, las alternativas posibles son trabajar cerca, en los residenciales o esperar la ruta roja hacia Los González. Cualquiera de los casos requiere de paciencia hasta llegar al destino de trabajo.

El siguiente tramo –hasta Musa de León– denota el crecimiento que tiene hoy este sector en la ciudad. Parece que hay prisa en construir, se alzan nuevos cimientos y ocupan mano de obra. Se puede ver a dos trabajadores de la construcción descansando debajo de un árbol, uno utiliza su morral a manera de almohada. A su lado hay unas letras grandes de metal que identifican el nuevo fraccionamiento que construyen. Se puede verlos trabajar por todo el bulevar, rompe la escena un trabajador con el torso descubierto, su prenda no protege su cuerpo sino su cabeza, mientras la mitad de su cuerpo enyesado construye, –quizá– una de las zonas más exclusivas de la ciudad a futuro.

Por la avenida sólo circulan autos de modelo reciente. La unidad de la ruta parece un cachalote de metal rodeado por pequeños peces de colores en cuatro ruedas. Terrazas de bares y restaurantes se engalanan con la presencia de los primeros clientes del día. Son edificios que deslumbran con sus fachadas hechas de cristal y numeraciones metálicas que aseguran sus coordenadas. Por las aceras hay pocos peatones, es raro el que va a pie.

Algunos espacios sin construir resisten con la presencia de deportistas. Han tomado lugares desérticos para convertirlos en campos de beisbol y futbol. Se pueden ver corredores dando vuelta en círculos al terreno tratando de lograr una condición física óptima. A lo lejos, dos jorobas en rojo y gris, son las construcciones que se pueden ver, los autos que por ellas circulan caben en el dedo pulgar e índice.

Una torre publicitaria ofrece un servicio alternativo para aquel que no ha podido mantener un peso estable a base de alimentación o actividad física: cirugías para adelgazar. Restaurantes, alternativas de colegios para que los niños hablen dos o tres idiomas, festivales culturales, componen el arsenal comercial estratégicamente instalado para no escapar a la vista; se asoman incluso en los terrenos baldíos.

En Venustiano Carranza bajan los dos hombres, se van caminando con dirección al sur, siguen el “protocolo” de los otros pasajeros: caminar hasta llegar a su destino. A la derecha, una tienda comercial comparte nombre con su estación de gasolina, es lo último en quedarse atrás antes de llegar al final de la ruta. Aquí baja la última pasajera.

–¿Adónde va?, pregunta el chofer.

“Aquí enfrente”, replica la señora.

El conductor vuelve a hacer gala de sus aptitudes para manejar, da una vuelta de 180 grados y deja a la pasajera exactamente en las puertas de un nuevo e imponente edificio.

La chimenea de Zincamex en el Biblioparque Norte es el faro que marca el reinicio de la ruta. Estoica, ve alzarse edificios que ahora le compiten en altura. En este lugar, Ricardo, el chofer, recoge a un pasajero, parecen platicar cotidianamente. No recoge a nadie más, el recorrido de regreso se esfuma entre recuerdos, de cómo era todo antes de estar construido. Entre ellos se validan, aseguran que al rato todo va a estar comprado para construir.

El último tramo de regreso, y tras una hora de recorrido, antes del plantel de la Comisión de Seguridad y Protección Ciudadana, la ruta presenta una postal para el recuerdo; la sierra de Arteaga en todo su esplendor. Las faldas de la sierra hasta la chimenea de Zincamex son testigos del deambular diario de historias y destinos que intervienen en el crecimiento de la ciudad.

La ruta Colosio ofrece un panorama distinto, donde las clases sociales se vuelven un mosaico que contribuye a la modernidad, el desarrollo económico, edificaciones distintas a todos los otros cuadros de la ciudad.

El transporte se vuelve un refugio de menos de 30 minutos viciado por historias de vida, oficios, rutinas, muecas y estados de ánimo. Basta recorrer el camino ondulado para darse cuenta de la cantidad de vivencias, personas, pensamientos y acciones que recorren quizá, la zona “aristocrática” que puede ser, pero, al mismo tiempo, se nutre y moldea la cotidianidad con la presencia de los pasajeros. En este espacio nadie sobra, todos somos necesarios.



PROHIBICIÓN

• La Ruta Colosio fue anunciada el pasado 22 de enero. Recorre una extensión de 18.4 kilómetros, desde la entrada de Ciudad Mirasierra hasta el Biblioparque Norte.

• La ruta se diseñó para trabajadores y estudiantes del sector popular que trabajan en el sector considerado residencial.





Imprimir
te puede interesar
[Arte]
hace cerca de 24 horas
[Saltillo]
hace cerca de 23 horas
[Saltillo]
hace cerca de 23 horas
similares