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Pueblos mineros, de la bonanza a la desolación

Gozaron el auge de la minería en la región Carbonífera de Coahuila

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Pueblos mineros, de la bonanza a la desolación
Foto: Zócalo | Eliud Reyes / Alejandro Rodríguez / Archivo
Por: Nestor González

Saltillo, Coah.- Villa Las Esperanzas es un pequeño pueblo de la Región Carbonífera como muchos otros de esa parte de Coahuila: la población económicamente activa trabaja fuera de ahí, la vida es tranquila pero austera y la economía local depende, en gran medida, de las remesas que llegan de Estados Unidos.

Ubicada entre Barroterán y Palaú, rumbo a la cabecera municipal de Múzquiz y San Juan de Sabinas, Las Esperanzas forma parte de los pueblos que en alguna vez gozaron de la creciente actividad minera de la cuenca carbonífera de Coahuila.

La vida es tranquila, al igual que el San José de Aura, La Florida y media docena más de pueblos localizados en esta parte del estado. La mayoría del año, las calles permanecen vacías durante el día: los niños y jóvenes van a la escuela, muchas mujeres y adultos mayores se quedan en casa y los hombres y mujeres en edad productiva se van a trabajar, casi todos, a las maquiladoras de Sabinas.

Pocos vehículos circulan por la plaza principal, lo que da la impresión de estar ante un pueblo fantasma, aunque por la tarde, con el regreso de los hombres de las fábricas, se observa un poco más de
movimiento.

Las Esperanzas llegó a tener un gran auge hace muchas décadas y su crecimiento era igual de próspero que los demás pueblos mineros de la Carbonífera, pero las tragedias mineras que se han presentado a lo largo de 130 años de historia tuvieron como resultado dos fenómenos. Uno fue la pérdida de vidas humanas, que impactó a familias completas, y como consecuencia el cierre de fuentes de empleo, la aparición de huérfanos y, viudas y la subsecuente pobreza en estos lugares.



El otro fue la migración hacia otros lugares, principalmente a Estados Unidos, donde existen dos comunidades muy grandes de gente de Las Esperanzas. Una está en Sarasota, Florida, y otra en San Antonio, Texas, cuyos integrantes en su mayoría hacen el peregrinaje anual para visitar el terruño.

Con cerca de 2 mil 700 habitantes, este mineral tuvo una época dorada en la producción del carbón. Su población era el doble y la actividad minera era boyante. El desarrollo de la industria metalúrgica en la Región Centro y posteriormente la automotriz en la Sureste tenían aquí su fuente de energía.

“La actividad minera de la región surgió alrededor de 1883, con las primeras compañías mineras que surtían la hulla al Ferrocarril Internacional Mexicano, dueño de las minas de San Felipe, del Hondo y posteriormente de Las Esperanzas.

La compañía La Conquista, de la Coahuila Coal Company, creó minas en esta región y en torno a ellas nacieron Barroterán, Las Esperanzas, La Cuchilla y La Florida, entre otros pueblos”, señala Ramiro Flores Morales, presidente de la Asociación Estatal de Cronistas e Historiadores de Coahuila y Cronista de Sabinas.

En aquellos tiempos, relata, el combustible básico de la industria nacional fue el carbón mineral y el elemento principal para las fundidoras fue el coque, producto del carbón de la región.

Sustento

La extracción del carbón perdió impulso con la aparición de nuevas fuentes de energía, como los combustibles derivados del petróleo, sin embargo, la actividad seguía siendo el principal sustento de los pueblos.

En años posteriores, las tragedias mineras acabaron por impulsar la migración de los pobladores de estos pueblos a otras partes del estado y hacia el norte, a Estados Unidos.

“Las emigraciones siempre se han dado por situaciones laborales o también por condiciones políticas, usualmente por guerras intestinas, revoluciones. Esta cuenca cuando nació en 1883 a 1904, 1905, eran todo lo contrario”, señala Flores Morales.

Explica que a principios del siglo pasado, la creación de minas requirió de mano de obra y la que había en la región no era suficiente.

“Aquí no estaba habitado, no había población y de la noche a la mañana estas minas urgían de mineros y tuvieron que recurrir a pueblos o a estados con vocación minera, como fueron Guanajuato, Zacatecas, San Luis Potosí, Durango.

“Pero no sólo eso, sino que se trajo mano de obra del oriente, de China y de Japón, que tuvieron sus pleitos, sus guerras y ellos se vinieron convocados por el auge que había en esta cuenca y se quedaron aquí, nos heredaron su sangre, su apellido y sus costumbres. Si vas a Palaú, puedes encontrar algunos apellidos de origen oriental, pescaderías, fruterías, lavanderías y todo lo que ellos dejaron”.



El agotamiento de los recursos, la baja en la demanda de carbón para producción industrial y el subsecuente declive de la actividad minera en este lugar generó una primera emigración.

“Cuando ya no hay un ingreso relativamente fuerte es porque o cerraron las minas o dejaron de tener la producción a la que estaban ellos acostumbrados. En algunos casos familias enteras se fueron, en otros casos sólo los hombres salieron a buscar nuevas oportunidades y dejaron a su mujer y a sus hijos en el pueblo”.

Pero lo que acabó con la prosperidad minera en estos pueblos fueron las tragedias mineras.

El 25 de enero de 1988 una explosión en la mina Cuatro y Medio de Las Esperanzas mató a 37 mineros y dejó una veintena de lesionados, una verdadera catástrofe para este pueblo y la comunidad minera de Coahuila.

Esto provocó que la mina cerrara operaciones y las familias de los mineros buscaran otras fuentes de trabajo.

Las tragedias en esta parte de Coahuila han ido de la mano con la actividad minera. La primera que se tiene registrada a inicios del siglo pasado es la de El Hondo, Sabinas, en 1902, donde murieron 200 trabajadores.



Otra gran tragedia ocurrió en 1969, cuando perecieron 153 trabajadores, dejando a decenas de viudas y huérfanos hundidos en la pobreza.

En 2001 murieron 12 mineros en la explosión de la mina La Morita, en San Juan de Sabinas, y dos años después 13 más perdieron la vida en un pozo de carbón en Múzquiz. Uno de los accidentes más recientes y trágicos fue el de Pasta de Conchos, en febrero de 2006, cuando fallecieron 65 mineros en esta mina de Nueva Rosita, cuyos cuerpos nunca pudieron ser rescatados.

“Estas tragedias, y hablamos de las más recientes, causaron una crisis sicológica, crisis familiares de ya no meterse a las minas y lo que hicieron fue que al no haber otra forma de obtener ingresos emigraron a Estados Unidos a desempeñar actividades distintas a la extracción del carbón”, señala el cronista de Sabinas.

Explosiones

El cronista de Villa Las Esperanzas, Melesio Mendoza Vargas, dice que los accidentes mineros han estado presentes en el pueblo desde su fundación. “Aquí estuvo el tiro 1, que fue abierto en 1899, y en la primavera de ese año tuvo lugar la primera explosión a consecuencia del gas grisú.

“Fue un minero procedente de Zacatecas, Tomás Fernández, quien se convirtió en la primera víctima aquí en las minas de Las Esperanzas y a partir de ahí han sido esporádicas, pero ha habido muchos
accidentes.

“Hubo grandes explosiones, por ejemplo en 1907, hubo una explosión que causó revuelo nacional; antes, en 1903 hubo una explosión en la mina 3 de La Conquista, donde hubo cerca de 60 mineros muertos, de ellos muchos japoneses, un inglés y el resto mexicanos”.



Mendoza Vargas recuerda que en 1902 Porfirio Díaz visitó esa mina, localizada al poniente del pueblo, pues era la mina con mayor producción de carbón en toda la República Mexicana.

El cierre de la compañía fundidora Fierro y Acero de Monterrey en 1988, que se conjuntó con la explosión de la mina Cuatro y Medio de Las Esperanzas, detonó el cierre de las fuentes de empleo y la subsecuente migración de las familias.

“Hubo una gran cantidad de personas que migraron a Florida, a Chicago, principalmente a Texas. Hubo otras que migraron a Sabinas, Nueva Rosita, Nava, Saltillo, Ramos Arizpe a trabajar en las fábricas de la República, pero el mayor número de familias está en los Estados Unidos”.

Fue así que Las Esperanzas, a finales de la década de los 80, fue quedándose sin población, reduciéndose a la mitad. Ahora es común ver las calles vacías prácticamente durante todo el año en un pueblo que llegó a ser un centro minero de prestigio nacional.

“Usted viene en cualquier época del año, salvo los periodos vacacionales, y puede ver que hay poca gente. Hubo un momento en el que la mayor parte de la población aquí eran adultos mayores, mujeres y niños. Los jóvenes emigraron a estudiar y los que estaban en edad productiva se fueron a trabajar a otros lugares. La mayoría se fue a vivir a Estados Unidos”.

Paradójicamente, la migración de la gente a Estados Unidos fue lo que impidió que Las Esperanzas y otros poblados similares se convirtieran en pueblos abandonados. Las remesas de los paisanos representan el sostén de las familias acá en esta parte de Coahuila.



“Pueblos fantasmas sí hay, pero Las Esperanzas no aspira a convertirse en uno de ellos”, dice el profesor Ramiro Flores.

“Pueblos mineros que llegaron a tener 5 mil, 8 mil habitantes como San Felipe, a 20 kilómetros de aquí, El Hondo, ya no existen. Si vas a pueblos como Barroterán, donde sigue la producción, ya se convirtió en centro comercial de Progreso, La Cuchilla, Las Esperanzas.

“Los pueblos van cambiando su vocación. Los que se convirtieron en fantasmas son los del siglo pasado. Los de este siglo, realmente el tesón, el amor al terruño de la gente de acá del norte han permitido que estos pueblos no desaparezcan, que se sigan retroalimentando, que se sigan sosteniendo de una u otra manera, pero ahí están”.

El desarrollo de maquiladoras en Sabinas y Nueva Rosita empezó a generar nuevas fuentes de empleo, que fueron tomadas por los antiguos mineros, pero la gran mayoría se fue a Estados Unidos, lo que dejó a los pueblos sin gente en edad productiva, pero con el arraigo suficiente para volver y seguir sosteniendo económicamente a estos lugares.

“De repente estos pueblos se convirtieron en fantasmas en cuanto a la presencia de varones en edad laboral, pero se quedaron sus familias, sus hijos, sus padres.

“Esto ha hecho que todo estos emigrantes siempre tengan el cordón umbilical en sus pueblos de origen. Dicen que la patria tiene dos lugares o dos fronteras que limitan: una es el lugar de la cuna y la otra es el cementerio. Uno siempre busca su lugar de nacimiento, su lugar de descanso para los seres amados”.

Volver al terruño

José de Jesús Castillo González es originario de Villa Las Esperanzas, pero radica en Monclova. A los 18 años se fue a estudiar e hizo su vida allá. Se casó con otra joven también originaria de Las Esperanzas y ahora acude con orgullo a visitar su pueblo natal, para mostrárselo a su familia.

“En estas fechas el pueblo vuelve a tener vida, porque la gente que radica en otros lugares acude a visitar a sus familiares, pasar la Navidad y el Año Nuevo, es donde vemos más cantidad de gente y así observamos lo que antes era el pueblo”.

Castillo González recuerda que en su infancia, la Hullera Mexicana y la mina Cuatro y Medio eran el motor de la economía. “Había mucho movimiento, mucha gente y lo observabas tú en las calles, salías a la calle y había muchos compañeros en la primaria, en la secundaria, había más gente que la que ves actualmente”.

En años recientes, flujo de paisanos disminuyó drásticamente debido a la inseguridad. “Les quitaban camionetas, dinero o lo que trajeran, por eso dejaron de venir”, señala Carlos Mendoza, enlace de Múzquiz en Las Esperanzas.

“Mucha gente que vive en Estados Unidos dejó de venir al pueblo porque se volvió algo peligroso, pero poco a poco se ha ido recuperando, hay muchos paisanos que vienen cada fin de año y este año puede que lleguen unos 400 o 500 al pueblo”.

La vida aquí ahora es más tranquila.

Luis Javier Castillo Garza, quien trabaja en el renglón de la tenencia de la tierra para el Municipio de Múzquiz, asegura que en fin de año las festividades se llevan en paz.

“Todas las familias conviven en paz, hace muchos años que no hemos tenido sobresaltos y esa es la unidad que nos caracteriza a quienes vivimos en Las Esperanzas”.



Ahora, la actividad económica del pueblo se basa en la aportación económica de la gente que vive en Estados Unidos, por una parte con las remesas que envían a las familias radicadas aquí y por otra, el flujo de dinero en fin de año, cuando cientos de paisanos vuelven al pueblo.

“La economía de estas comunidades gira en torno a las remesas que estos trabajadores envían permanentemente y si tú vas a estas comunidades, vas a ver que estas comunidades se siguen desenvolviendo: las antiguas casas de madera, de adobe, hoy ya son más modernas y más bellas esto debido a las remesas que envían, que son para ello. Esto es importante para el desarrollo de la cuenca carbonífera”, dice el cronista Ramiro Flores.

“Por ejemplo, Las Esperanzas ni cuando estaba en su apogeo la minería tenía lo que hoy tiene: primaria, secundaria, preparatoria y a unos cuantos kilómetros la Universidad Tecnológica de la Región Carbonífera.

“Es una característica muy tangible desde cuando empiezan las temporadas de invierno, y que allá hay muchos emigrantes de esta cuenca, se vienen, desde el Thanksgiving, lo notas en la gran cantidad de vehículos con placas de Estados Unidos, y dos, con la presencia de estos trabajadores con moneda extranjera, particularmente dólares.

“Otro ingreso se ve reflejado en el comercio, los restaurantes, se pagan deudas, pendientes que se tenían y pues es un respiro y un desahogo muy grande para la economía local”.



Flores Morales comenta que el comportamiento poblacional de las ciudades y pueblos de la Carbonífera ha sido muy variado, siempre dependiendo directamente de las condiciones económicas.

“Si vas a Múzquiz, ha sostenido su población; Sabinas la ha crecido con el establecimiento de su comercio y de las maquilas… Sabinas nunca ha tenido una vocación eminentemente minera. Los pueblos como Barroterán, Las Esperanzas, Juárez, aunque la ha diversificado con la pesca, y Progreso, usualmente son los emigrantes quienes los sostienen. Estos pueblos han mantenido su población desde hace años, o la crecen a un ritmo de 5 o 10% anual.

“Nueva Rosita en los últimos años ha tenido un decrecimiento de 20 o 25 por ciento. Los motivos son, uno, la empresa Industrial Minera México ha terminado sus funciones en la planta y dos, al no existir una propiedad del dominio territorial libre, sino que los terrenos son de la empresa, entonces tú (como) profesionista no tienes la opción de construir una vivienda e Infonavit no tiene presencia allá, entonces, ¿a dónde se vienen? A Sabinas, a construir su casa. Todo eso ha afectado a Nueva Rosita en particular.

Sin embargo, asegura, la economía es regional y todos los poblados dependen unos de otros. “Si le va bien a Sabinas, le va bien a Juárez, le va bien a Progreso, si le va bien a Múzquiz, nos va bien a nosotros. Se mezclan las economías de los cinco municipios de la cuenca carbonífera.

Pueblos solitarios, pero con futuro

Para Ramiro Flores Morales se presenta un fenómeno que ha motivado que pueblos como Las Esperanzas no sólo no desaparezcan, sino que sigan creciendo poco a poco.

“Es muy curioso. El que migró no quiere que sus hijos se vayan para allá. Mandan sus recursos para darles educación y en ese sentido el Gobierno ha establecido universidades tecnológicas, la UAdeC también tiene sus facultades, entonces hay opciones para los jóvenes, esa es una ventaja, que los muchachos ya dejan de ser carboneros y dejan de aspirar a emigrar.

“Los pueblos siguen creciendo, tanto por la motivación de los ingresos y las remesas que mandan los trabajadores de allá, pero también porque los muchachos, ya profesionistas, están emigrando hacia Piedras Negras, a las fabricas, las cerveceras, las cartoneras, van a Nava, a Sabinas, a Monclova, a Monterrey, a Saltillo, pero todos vuelven al lugar del terruño, mandan el dinero a sus padres o tratan de mantenerse acá o heredan la casa, la parcela y ahora vienen y le echan más ganas”.



El cronista considera que esto poco puede cambiar, mientras las familias que viven en Estados Unidos sigan enviando recursos y los jóvenes de estos poblados puedan aspirar a cursar estudios profesionales y superarse.

Por un lado, porque todo aquel migrante que fue minero y ahora desarrolla una actividad distinta en Estados Unidos difícilmente querría integrarse a la industria de la maquiladora, por lo que es difícil que planeen en un momento dado
regresar.

“Todas las empresas de aquí están yendo a los Cinco Manantiales a traer trabajadores, pero usualmente quien ha sido carbonero y ha sido emigrante trabajando allá en otra manera no está acostumbrado a estar ocho o 10 horas en una maquiladora, es muy difícil, entonces sería una cuestión difícil integrarlos a alguna fuente laboral que dejara satisfechas sus expectativas laborales y económicas”.



Las nuevas generaciones de jóvenes se van a estudiar a Monclova, Sabinas, Piedras Negras y Saltillo, donde encuentran también oportunidades laborales, lo que motiva a que hagan su vida en otro lugar, sin embargo siempre regresan.

“Es difícil dejar de querer tu tierra, yo me fui en 1987 de aquí, pero siempre regreso y estoy orgulloso de mi pueblo, por eso estoy ahorita aquí con mi familia, enseñándoles el lugar donde yo nací”, señala José de Jesús Castillo, mientras espera que abran la puerta del recién remodelado Teatro Juárez, construido en 1906 con motivo del centenario del natalicio de Benito Juárez.


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