×
hace 3 meses
[Ruta Libre]

El Faro Rojo: Expiación, deseo y pecado

Carlos se convirtió en el verdugo de su hermana, a quien violó sin piedad

Imprimir
El Faro Rojo: Expiación, deseo y pecado
Por: Rosendo Zavala

Saltillo, Coah.-
Abrumado por la bestialidad que acababa de cometer, Carlos se encerró en la habitación y se desplomó en la cama. Cerró los ojos por un instante y le vinieron a la mente las imágenes de la brutal violación que cometió contra su hermana.

Resuelto a lavar la honra de la familia, el albañil se dirigió al baño para “colgar” su tristeza de la regadera. Ahí finiquitó la historia de una vida cargada de emociones fallidas.

Vida sin rumbo

Mientras la tarde caía con los destellos de una realidad trivial, “El Charly” se embriagaba en una esquina del barrio con los allegados que aminoraban sus penas, las cuales siempre lo atacaban porque la pobreza lo rebasaba inevitablemente.

Por aquellos días de agosto, el verano azotaba feroz en los rincones de la colonia Oceanía y eso magnificaba el ansia del pegabloques por embriagarse sin medida, transformándose para dar paso a la bestia que resultaba imparable.

Desde siempre, el hermano incómodo se convirtió en la figura más incómoda de la familia Valdés, que veía en él la maldad encarnada, pues la crueldad que predicaba hacia los suyos lo hacía despreciable ante la vista de todos.

Para la mala fortuna, sería en un atardecer saltillense cuando el puberto de mañas permanentes cometería el abominable acto que resquebrajó el seno familiar para siempre, alebrestando las emociones que lo orillaron a suicidarse antes de que la sociedad lo juzgara.

Presumiendo las aventuras ficticias que inventaba para sentirse importante, Carlos atraía la atención de sus compañeros de parranda, mientras ellos desparramaban su humanidad en los escalones de entrada de la casa en la que siempre se emborrachaban.

Adentro, Mayela miraba la tele sin prever que la tragedia la rondaba muy de cerca, aunque un sentimiento de extrañeza la invadió como alertándola sobre los efectos que la parranda de su hermano podría traer cuando llegara la noche.

No estaba equivocada, porque el tiempo corría otorgando un efecto de euforia a los trabajadores de la obra, que lo veían pasar con botella en mano, contribuyendo con eso al envalentonamiento del albañil que cometería el error más costoso de su corta existencia.

Bajo los efectos de la bebida, el albañil sintió que la naturaleza le exigía un “acostón” con la mujer más cercana, recordando que en casa estaba Mayela y que sus padres seguían perdidos en la distancia, trabajando para brindarles una vida digna.

Inmerso en un mar de risas, el jarioso se despidió de sus conocidos para luego ingresar a la vivienda, en su mente solo albergaba la idea de cometer las bajezas que durante horas estuvo ideando, sabedor de que tendría una oportunidad que no podía minimizar.

Salvaje ataque

Deambulando con dificultad entre los pasillos de los cuartos que lo llevaron hasta la sala, logró postrarse frente a la mujer prohibida, a la que sorprendió entretenida frente a la pantalla y sin darle tiempo de nada, la ultrajó.

Mayela consiguió correr a la casa del vecino para pedir auxilio, mientras él caminaba lentamente hasta su recámara, sopesando los efectos de la barbarie que acababa de cometer.

Instantes después, el menor que descargó su hombría violando a su propia hermana se recostó en la cama y empezó a meditar su mala obra, cayendo en un letargo que se convertiría en su última escala terrenal.

Sintiendo que ya no había marcha atrás hacia una posible enmienda, el novel albañil sacó una soga que tomó con rabia y decidió pagar su osadía. El baño se convertiría en el perfecto escenario de su muerte.

Aprovechando que nadie lo veía, ató la cuerda a la regadera, para de un jalón acabar con el infierno que él mismo había creado. Quedó colgando en el cuartito que vio expirar una vida llena de errores mundanos.

Casi al instante, Mayela regresó y desde lejos vio la figura inerte de su victimario, soltando un grito que alertó a los vecinos del barrio, que pese a bajar al chacal de la regadera, nada pudieron hacer por espantar a la muerte.

En cuestión de horas, la familia Valdés vivió el episodio más violento que jamás hubiera imaginado, mientras en las calles de la Oceanía el vaivén de la gente transcurría con total indiferencia, como si nada hubiera pasado.





Imprimir
te puede interesar
[Internacional]
hace cerca de 2 horas
[Deportes]
hace cerca de 9 horas
[Saltillo]
hace 35 minutos
[Internacional]
hace cerca de 20 horas
similares