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hace 1 semana
[Ruta Libre]

El Faro Rojo: El profesor…

Traicionó la confianza de sus alumnas

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El Faro Rojo: El profesor…
Por: Rosendo Zavala

Saltillo, Coah.-
Sergio Alberto jadeaba de placer mientras recorría el cuerpo de su pequeña víctima, mientras desahogaba sus más bajos instintos, con la creencia de que nada malo le pasaría porque la puerta del baño estaba cerrada. Su deseo de ultrajar a la menor de las alumnas de la escuela parecía convertirse en realidad.

De pronto, un azotón lo sacó de la fantasía que lo mantenía privado. Era una turba de maestros que decididos a todo vencieron el acceso del cuartucho para someterlo y entregarlo a la policía, sus días como chacal habían terminado.

MENTE PERVERSA…

Mientras la tarde corría indiferente en el barrio de La Estrella, Sergio Alberto empuñaba el gis con el que llenaba el pizarrón de apuntes, que pretendía enseñar a sus alumnos. El calendario marcaba junio y anunciaba que el fin del ciclo escolar estaba por llegar.

Aunque aparentaba esmerarse para cumplir con los objetivos que le señalaba el colegio, el profesor ocupaba su mente en los métodos que creaba para seducir a las niñas que enseñaba. El verano estaba pleno y él denotaba que algo mundano había que hacer.

Resuelto a cumplir sus fantasías infantiles, el catedrático vio pasar aquella tarde de viernes camuflado en el oficio que aborrecía, porque el arribo del fin de semana resultaba tan inminente que sólo pensaba en “divertirse”, como él le decía al momento en que liberaba su maldad.

Con la cabeza llena de bajezas mentales, miró de reojo entre la fila de asientos donde sus alumnas se entretenían estudiando. Fue entonces cuando decidió que Miroslava sería su próxima víctima carnal.

Así, el chacal “con licencia” fabricó la farsa de enseñanza que esparció en el pizarrón durante toda la tarde, mientras por dentro hervía, esperando el momento preciso para culminar su “cachondería” con la pequeña que eligió como víctima.

LUJURIA SIN LÍMITES…

Cuando la clase terminó, el mentor disimuló que seguía checando sus apuntes, mientras la estampida de alumnos abandonaba presurosa el salón, en su afán de recobrar la libertad perdida con los libros en los que se concentraron durante el día.

Al fondo del aula estaba “Miros”, que ajena a la maldad, intercambiaba estampas con sus compañeras, a la par de tejer un diálogo donde la tarea era el único tema que les acontecía, como colofón final a una semana de estudios.

Incapaz de contener el deseo que le quemaba las entrañas, Sergio Alberto separó a la niña de sus amigas y la sacó del entorno, para con paso presuroso, llevarla hasta el acceso del baño donde se detuvo, mientras era seguido por las colegialas que aterrorizadas lo increpaban buscando evitar una tragedia.

Para no perder más tiempo, el hombre las amenazó con reprobarlas si lo reportaban en la Dirección, obligándolas a irse, mientras él se encerraba con Miroslava en el pestilente baño donde daría rienda suelta a sus bajas pasiones.

En medio de un silencio aterrador, el profesor comenzó su labor de galanteo con la pequeña que asustada se quedaba como inerte, mientras su verdugo la manoseaba como preámbulo al ataque que ya no podía contener.

Susurrando palabras tenues al oído de la niña, el garañón ensuciaba el ambiente con su sexosa respiración, dejando fluir las intenciones carnales que a punto estaba de concretar frente al espejo del cuarto que seguía sellado con candado.

ENCIERRO DIVINO…

Afuera del cuartucho habilitado como urinario, las compañeras de “Miros” murmuraban lo que ocurría y, con más miedo que inteligencia, corrieron hasta la oficina de la supervisora de la escuela, donde soltaron su pesar y narraron la mundana odisea que su amiga sufría. Sobresaltados por la confesión comunal, los maestros dejaron sus quehaceres para llegar al sitio donde se desarrollaba el ataque sexual, y usando fuerza bruta derribaron la puerta para irrumpir en el lugar y detener a Sergio Alberto, que seguía con el pantalón hasta los tobillos.

Enfurecidos por lo que veían, los educadores se arremolinaron en torno al chacal para someterlo con violencia, mientras una conserje tomaba a la pequeña para subirla en un automóvil, donde la llevaron hasta una clínica del barrio.

Mientras la menor era sometida a los exámenes médicos de rigor, su madre llegaba envuelta en el mar de pesares que desfogó ante el galeno del sanatorio, que le confirmó el ultraje del que su niñita había sido víctima.

En el colegio, Sergio seguía sometido por profesores, que lo entregaron a la policía minutos después, con la exigencia de que se hiciera justicia para la alumna que se convirtió en víctima del depravado que afortunadamente no salió impune.

Días después, el degenerado con piel de maestro quedó refundido en prisión, mientras “Miros” y su madre declaraban ante un juez penal para finiquitar el encierro definitivo de quien hasta entonces creían era el mejor profesor de la escuela.






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