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hace 2 semanas
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El Faro Rojo: El dolor más grande, descuido de una madre

Parecía una tontería dejar al pequeño en casa mientras dormía y con una veladora encendida

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El Faro Rojo: El dolor más grande, descuido de una madre
Foto: Especial
Por: Rosendo Zavala.

Saltillo, Coah.- Entre las llamas que consumían con fiereza cada metro del tejabán donde se había quedado encerrado, Toñito manoteaba con terror queriendo escapar de la muerte, sin saber que su destino se había escrito por el descuido de su madre.

En cuestión de minutos, el cuartucho que servía como hogar se vio reducido a cenizas, convirtiéndose en la tumba donde finiquitó su corta y entristecida existencia terrenal, todo por una veladora.

Presuroso amanecer

Aturdida por el sueño que le provocaba su abrupto despertar en aquella mañana de agosto, María caminó con dificultad hasta el rincón donde yacía su pequeño hijo, que intranquilo en la cama intentaba espantar el sopor veraniego que caía sobre el pueblo.

Presurosa porque debía llegar temprano al molino donde compraría la masa para hacer los tamales de la fiesta que planeaba desde tiempo atrás, la inexperta madre de familia buscó entre las sombras el dinero con que haría las compras de lo que hasta entonces parecía un día normal.

Tras juntar las monedas que encontró en el viejo buró donde guardaba sus cosas importantes, Mary encendió la cera con la que pretendía dejar alumbrado el espacio donde Toñito dormía; quería dejarle un ambiente de luz que le diera la tranquilidad de no sentirse solo mientras ella cumplía con sus compras de ocasión.

Convencida de que nada malo pasaría, la joven dejó la veladora prendida en el buró y cerró el jacal con la misma tranca de siempre, dejando encerrado al niño y sintiendo que con eso lo mantendría bajo buen resguardo, ignorando que la tragedia flotaba en el ambiente.

Segura de sí misma, la ejidataria de La Biznaga enfiló sus pasos hasta el lugar donde había encargado el nixtamal, atrás dejaba al menor que en su inocencia seguía durmiendo, ajeno a la eventualidad que lo atraparía para arrebatarle la existencia de la peor manera.

Tragedia a la vista

Minutos después, la señora de largos cabellos arribó al molino donde la esperaba don Bruno, el anciano con quien entabló un diálogo trivial con el que aderezarían el tiempo, mientras molían los granos de maíz que la fémina llevaría a casa para hacer los tamales del convivio que jamás ocurriría.

Repentinamente, la mujer divisó a lo lejos la humareda que salía de su casa y olvidándose de todo salió del negocio, porque imaginando lo peor recordó que su hijo estaba encerrado en el lugar que para entonces se estaba consumiendo entre las llamas.

En el jacal de las desgracias, Antonio despertaba por el efecto del calor que producía la lumbre que se creó cuando la veladora que dejó su madre alcanzó las cortinas que tapaban la humilde ventana, dando forma al siniestro que cambió la vida de los Pérez para siempre.

Manoteando con fuerza para tratar de quitar la tranca que mantenía cerrada la puerta principal del tejabán, Toñito intentó ponerse a salvo pero no lo logró, porque estaba atorada y el acceso jamás se abrió para permitirle ponerse a salvo.

Llorando de miedo porque vivía su propio infierno en la tierra, el chamaco de fuerza menguada cedió ante la adversidad y se desvaneció al pie de la puerta, donde traicionado por la intoxicación que sufría se vio a merced de la desgracia.

Al mismo tiempo, María gritaba como queriendo que su dolor tocara la piedad de los vecinos del pueblo, que por obra del instinto salían de sus casas para multiplicarse ante la potencial tragedia, coordinando esfuerzos al oír que de adentro del jacal en llamas salían los gritos desesperados de un niño que pedía ayuda.

Utilizando cubetas con agua del estanque donde se bañaban las vacas del rancho, una turba de ejidatarios se movilizaba tratando de evitar lo inevitable, porque en el tejabán la suerte estaba echada para el único hijo de Mary.

Durante varios minutos, los pobladores de La Biznaga retaron a la realidad sacando lo mejor de su instinto de supervivencia, abandonándose en la idea de matar las llamaradas para sacar con bien a Antonio, que ya no respondía al llamado de sus rescatadores.

Al mismo tiempo, María corría por todos lados buscando un resquicio para ingresar al destruido jacalón, que seguía consumiéndose entre la lumbre ante la impotencia de quienes con desesperación seguían luchando por abatir el fuego, sabiendo que tenían el tiempo en contra.

Tras varios minutos de una encarnizada lucha contra el incendio, los ejidatarios anularon cualquier posibilidad de peligro y macheteando la puerta abrieron el boquete por donde entraron para sacar a Toñito, pero no había nada que hacer porque el niño de 5 años había dejado de existir irremediablemente.

Desde entonces la vida de María ya no fue igual, porque se fue del pueblo para olvidar la tragedia que la había dejado sin hijos y por la que juró jamás volver a utilizar una veladora, aunque eso le significara vivir en la más completa oscuridad.


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