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El Faro Rojo: Asesina de ocasión, matar al amor

Teresa un día ya no soportó el maltrato de su marido, por eso acabó con su vida asestándole una certera puñalada en el corazón

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El Faro Rojo: Asesina de ocasión, matar al amor
Por: Rosendo Zavala

Saltillo, Coah.-
Vapuleada por el terror de sentirse esclava en su propio feudo, Teresa empuñó el cuchillo que terminó en el pecho de su marido para aliviar la pena que sentía. Enseguida tomó entre sus brazos a su bebé y corrió a la calle para encontrarse con el destino que iría a enfrentarla con la justicia.

Al saber que su futuro se había roto con el puñal de la venganza furtiva, la mujer se entregó a las autoridades para aceptar su crimen, pero fue cobijada con el apoyo de los vecinos, que la sacaron de prisión argumentando que sólo se había defendido de su amado verdugo.

NOCHE DE COPAS

Cediendo ante los caprichos del hombre, que con interminables humillaciones le hacía miserable la existencia, Judith deambulaba por todos los rincones de la casa checando los detalles que pondrían el sitio a punto para recibir a los invitados en aquel atardecer que parecía trivial.

Aunque el festejo de aquel domingo en Las Teresitas parecía tan común como todos los vividos en su matrimonio, la abnegada madre de familia dispuso la mesa de botanas con que agasajaría a sus amistades, las mismas que siempre le fastidiaban el alma con sus incómodas presencias.

Pero como siempre, los deseos de Carlos se convertían en las bacanales “del jefe”, que no le hacían gracia a Judith, quien resuelta a no tener problemas obedecía con sumisión los mandatos de su hombre.

Mientras el andar de los transeúntes en la calle Borrados fabricaba el bullicio dominical de siempre, los Vallejo se divertían con los amigos sumidos en el mar de cerveza que aminoraba sus problemas cotidianos, acompañados por el futbol en la televisión que se perdía entre las charlas.

ELIXIR PROHIBIDO

Cuando la noche caía sobre el sur de la ciudad, las risas de los fiesteros se apagaron de pronto y una voz congeló a los presentes con la frase “se acabó la cerveza”, que les hizo sudar frío pero que intentaron saldar con presteza.

Conociendo que los comercios del barrio ya habían cerrado por horario, Carlos enfureció mientras juntaba las botellas que habían vaciado durante toda la tarde. El momento de tocar puertas para comprar licor encarecido había llegado.

Visiblemente contrariado por la idea de terminar con la fiesta antes de lo planeado, el borracho de carrera larga se apresuró y tras llenar su camioneta con cartones de bebida recorrió los rincones de Las Teresitas en busca del “preciado líquido”.

Finalmente, un depósito clandestino le abrió las puertas al elixir en ese momento prohibido y desde entonces reactivó sus ansias de continuar la juerga, regresando a casa con las buenas noticias que darían paso a la potencial tragedia.

TRAGEDIA FAMILIAR

Ya con el sentimiento de plenitud que le daba poseer las bebidas clandestinas del depósito furtivo, Carlos Alberto reanudó sus ansias de embriagarse sin control, narrando una historia de aventuras ficticias ante las amistades que le seguían la corriente con tal de amanecerla en parranda.

Desde la distancia, Judith lo veía con sentimientos reprimidos ante la impotencia de no gritarle sus verdades a la cara, mientras el sujeto alardeaba sus andanzas mentirosas que nadie le creía.

Tras darse cuenta de que sus palabras no eran bien vistas por la mujer que amaba, se acercó a ella para cuestionarla sobre las facciones de desprecio que hacía mientras escuchaba ls farsa que flotaba en el ambiente de la humilde vivienda.

Fue entonces cuando el despreciable individuo arremetió contra la fémina exigiéndole respeto, recetándole una bestial golpiza que la derribó al suelo sin importarle que cargara al bebé de ambos.

Mientras los presentes sometían a Carlos pidiéndole que se calmara, Judith se incorporó con dificultad y arropando al bebé con su cuerpo se recargó en la pared, para luego caminar despacio hasta la cocina donde intentó ponerse a salvo.

Al ver sobre la mesa el cuchillo con el que partió los limones que aderezaban la borrachera de su verdugo, el ama de casa lo empuñó y decidida a todo regresó a la sala. Envalentonada se le dejó ir a su pareja para asestarle una puñalada que resultó mortal y viéndolo caer en el piso, un sepulcral silencio se apoderó del lugar.

DESTINO CRUEL

Sorprendida de su mala obra, la mujer reunió a sus dos hijos y con el alma en vilo salió corriendo para refugiarse en la casa de una vecina, que le abrió las puertas y le brindó resguardo para que acomodara las ideas que le hicieran reaccionar sobre su violento ataque.

Minutos después, la asesina de ocasión recapacitó y con el pesar de haber arruinado su vida tomó el teléfono, gritando a las autoridades que había matado un hombre mientras exigía que se le detuviera para pagar su delito con cárcel.

Entre el murmullo del barrio que para entonces apercibía insoportable, la abnegada fémina salió al exterior para encontrar a los agentes ministeriales que la arrestaron de inmediato, consignándola ante un juez penal bajo el delito de homicidio calificado.

Durante varios días, las autoridades trabajaron en el caso que concluyó a favor de Judith, luego de que sus abogados comprobaran que esta era víctima constante de maltratos y violencia familiar, logrando que la vapuleada señora acreditara sus acciones pretextando legítima defensa.

Desde entonces, la vida de los Vallejo ya no fue la misma porque una viuda tuvo que rehacer los tejidos de un clan destruido por los efectos de la maldad patriarcal, mientras dos niños sin padre luchan por sacudirse los recuerdos de aquella trágica noche… que los marcaría para siempre.


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