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[Arte]

Carlos Cárdenas Villarreal conserva la historia

El ex profesor busca avivar el interés en la prehistoria coahuilense con la Sala de Antropología de la BENC

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Carlos Cárdenas Villarreal conserva la historia
Fotos: Zócalo | Juan Villarreal
Saltillo, Coah.- Un hombre recorre con la mirada la Sala de Arqueología de la Benémerita Escuela Normal de Coahuila. Postrado en su silla de ruedas observa las paredes que exhiben fotografías y puntas de flecha, retazos de tela antigua y vestigios en roca, recuerdosque reunió a lo largo de 60 años de caminatas por el suelo coahuilense. Los mira y sonríe, hace memoria.

Su nombre es Carlos Cárdenas Villarreal y tiene 92 años. En su juventud solía cazar en su natal Sacramento y, durante una de esas andanzas, debido al caliente sol desértico, buscó refugió en una cueva donde encontró una de sus pasiones: los petroglifos de los antiguos habitantes del norte del país, quienes dejaron sus huellas escritas en piedra para la posteridad.

El cuarto donde cuelgan las imágenes lleva su nombre y se encuentra en el interior del alma máter del nonagenario, quien donó las fotografías al recinto a inicios de la década de los 80. En esa época también se abrió la sala hermana de Paleontología que, al igual que la de Arqueología, se mantiene bajo el cuidado de la especialista Belinda Espinosa.

“He investigado la vida de los indios: sus petroglifos y sus pinturas, sus cuevas muortorias, todo”, cuenta Cárdenas, con voz recia y acabada, a Zócalo.



El volumen de su voz llena la pequeña habitación por la que hacmos el recorrido, es fuerte debido a la sordera que lo aqueja desde su juventud, causada por un fallido disparo de fusil en otra de sus salidas de caza.

El camino

Las 220 piezas que se exhiben en el antiguo edificio se encuentran dividas por municipios: Ocampo y Sierra Mojada, Sacramento y San Pedro, San Buenaventura y Múzquiz, Saltillo y Ramos Arizpe, toda la superficie del estado norteño al cual lo une un lazo especial, según señala.

“Coahuila me ha dado todo, ¡chingá!”, espeta Cárdenas cuando se le pregunta sobre su amor a la tierra que recorrió durante décadas.

“Imagínate que me dio mi pasión por la historia y mi vida, porque aquí nací”, dice orgulloso mientras su enfermero lo empuja a través de la colección de estampas gráficas.



Cárdenas buscó estos objetos durante años, pero a raíz de un par de fracturas de cadera quedó sin la posibilidad de volver a pisar las planicies de arena y roca que tanto le gustaba explorar. Ahora se conforma con ver los recuerdos congelados en estas fotografías cada vez que regresa a la Normal, donde estudió en la década de 1940.

El ex docente señala que una de sus preocupaciones es que se pierda el interés por la prehistoria de Coahuila.

“El museo fue una de las muchas pendejadas que se me ocurrieron hacer, y fue la que mejor se me dio”, comenta entre risas que se vuelven amargas cuando menciona que casi siempre la puerta se mantiene cerrada y con candado. Aunque según Juan Ramón Prado Salazar, coordinador de Difusión y Comunicación de la escuela, de manera regular se organizan visitas guiadas para grupos interesados.



Falta difusión

“Hice mucho para traer todas las fotos que estaban en mi casa”, explica mientras apunta a cada una de las imágenes que cuelgan en las paredes. “Entonces, quiero que se vean por mucha gente. Aunque sí he querido cambiarla de lugar al Museo del Normalismo o al del Desierto, no lo he hecho porque sería como una traición a mi escuela, a mi Normal”.

El enfermero de Cárdenas apunta que a esos intentos sólo se le han dado largas. Para Cárdenas lo que sucede es sencillo: “hay muchos intereses detrás”, explica.

Por su parte, el coordinador de Difusión señala que las salas de la Normal sí tienen visitas, tanto de niños como de especialistas pues se ha trabajado con personal de la Universidad Autónoma de México (UNAM) y del Instituto Smithsoniano de los Estados Unidos.

Aunque esas colaboraciones no recalan en el alumnado de la Benemérita Escuela Normal, que vive su carrera de estudio en sus aulas, desconociendo lo que se guarda en el piso inferior del centenario edificio. Eso es lo que principalmente le duele al autor de ocho libros sobre el pasado coahuilense.

“Me siento muy orgulloso de haber dejado algo especial. Lo que yo he hecho no lo ha hecho nadie, conozco a Coahuila, he andado por todo el estado”, dice mientras las ruedas de su silla giran lentamente sobre los azulejos del piso. U un reflejo melancólico se dibuja en el cristal que protege las fotos.

Cuando se le pregunta sobre la educación y el interés hacia su museo, al trabajo al que entregó su vida, la gruesa voz de Cárdenas cruje como las ramas secas de las plantas que aparecen en sus fotos: “estoy muy decepcionado. Le pregunté a 38 alumnos de los que están aquí y ninguno sabe que este museo existe”, contesta con voz temblorosa y los ojos húmedos. Termina la visita.



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