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hace 1 semana
[Saltillo]

Comer de la basura: último recurso de comerciantes informales en Saltillo

Sobras de pan, frutas a medio podrir y verduras enmohecidas, antes que morir de hambre

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Comer de la basura: último recurso de comerciantes informales en Saltillo
Foto: Zócalo | Staff
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Saltillo, Coah.- El hambre pesa más que la vergüenza. Personas dedicadas a la venta de cigarros, semillitas o chicles hurgan en los botes de basura. Sacan de las cajas de merma sobras de pan, frutas a medio podrir, verduras enmohecidas, pellejos de pollo y huevos rotos, antes que morir de hambre.

Son personas diferentes a los mendigos. Su ropa no está sucia o desgarrada. Hasta ayer tenían un empleo informal. Más de uno lo niega, dice que recogen sobras para el perro o los marranos. Entre ellos van de la risa al lamento.

Tienen un par de días ganándole el tiempo a las asociaciones civiles
que acuden por los alimentos a punto de caducar, pero esos ya están reservados. “No hay de otra más que comer de la basura”.

María del Refugio Tovar dejó el crucero donde vendía garapiñados ante la contingencia, que sacó a los ciudadanos de las calles, al igual que al menos, según calcula ella misma, 150 vendedores ambulantes más.





Quieren sobrevivir y lanzan SOS por comida

María del Refugio Tovar dejó el crucero donde vendía garapiñados ante la contingencia sanitaria del coronavirus, que sacó a los ciudadanos de las calles, al igual que al menos, según calcula ella misma, 150 vendedores ambulantes más.

Con la ganancia por la venta de las bolsitas de dulces, botanas y cacahuates que vendía entre los carros que circulan en Malasia y Valdés Sánchez lograba llevar el pan a su mesa y proveer a sus hijos de alimentos cada semana en Rocamontes, mientras concluyen la preparatoria.

Con una risa nerviosa, la vendedora accede a una entrevista para pedirles ayuda a las autoridades, pues antes que exponer el hambre que ella tiene, pide auxilio por sus hijos, quienes la semana pasada y esta no recibieron dinero para comprar comida.

“Les mandé todo lo que tenía, pero ahorita ya no tengo dinero, nos quitaron del crucero por seguridad, pero no tenemos para comer y mis hijos estando allá tampoco”, aseguró la vendedora con la voz quebrada y a punto del llanto.




Desesperada, pidió apoyo a las autoridades municipales para incluir a esta comunidad de trabajadores en la lista de quienes requieren apoyo, comprometidos a contribuir en las acciones de prevención.

“De perdido una despensa,
ahorita llevo chile, tomate, melones y naranjas para pasarla”, dijo la madre de familia, quien enviaría con su hermana los alimentos menos maltratados para sus hijos, mientras que ella puede comerse las cáscaras o “aguantarse el hambre”.

Otros extrabajadores hurgan en los botes de la Central de Abastos, cargando en cajas de rejas cáscaras de naranjas, brócoli seco, zanahorias a medio descomponer y plátanos negros, donde minutos después el camión recolector de basura vaciará los botes ya solo con los papeles que envolvía la fruta y residuos de cartón.





Huyen del virus, el hambre les pega

La medida de salubridad para retirarlos de las calles los protege de la exposición del virus, sin embargo, el desamparo laboral de la informalidad que ya tenían agudiza su situación económica y de salud, pues alimentarse con los deshechos de comida implica infecciones gastrointestinales severas.

La acción de recoger deshechos de un bote de basura maloliente o del pavimento una manzana para rescatar el pedazo que aún no se pudre, traspasa la dignidad humana; mendicidad que atrapa a extrabajadores informales de cruceros y plazas, a pocos días de comenzar la cuarentena.

Mientras dueños de negocios niegan regalar cualquier producto a quien lo suplica, los cargadores y despachadores sacan de entre las cajas una que otra fruta en buen estado como signo de empatía, mostrando la humanidad que nadie más que, los ahora pedigüeños, reconocen.




“Sí han venido a pedir, pero de por sí las ventas son bajas como para regalar.
La gente ya no viene por temor del virus y las ventas se caen; últimamente pasan muchos más pepenadores que antes y los recolectores de asociaciones civiles, como el Ejército de Salvación o Cristo Vive que vienen más días a la semana que lo que acostumbraban”, comentó la dueña de un negocio en la Central de Abastos, quien prefirió omitir su nombre.

Decenas de trabajadores informales que se dedican al comercio ambulante a la venta de aguas frescas, artesanías o alimentos como papas, nachos, algodones, churros o semillas, no solo atraviesan una contingencia sanitaria sino una de sus peores crisis económicas.

El hambre y desesperación de este sector de la población en desamparo se refleja en los puestos,
donde impera el silencio, la mendicidad, la inactividad comercial que nunca había sufrido la Central de Abastos, y que se hace notar en manos que despistadamente sacan algo de los desechos.

Casi al terminar el pabellón más largo de la Central de Abastos, un hombre que viste gorra y chamarra de mezclilla carga en sus hombros una caja con fruta y verdura recién salida de la basura, la cual reunió en su recorrido. Otro, que ya no alcanzó casi nada, coge una naranja magullada, probablemente su único alimento del día.



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