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[Ruta Libre]

Allende, el infierno: Los testigos de la masacre

Es la primera vez que se conoce la masacre de Allende narrada por sus testigos, quienes cuentan el infierno que vivieron

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Allende, el infierno: Los testigos de la masacre
Fotos: Zócalo | Alejandro Rodríguez
Por: Néstor González

Saltillo, Coah.-
A mediados de marzo de 2011 los Zetas le avisaron a través de un intermediario de la Policía Municipal –probablemente el propio comandante o director de la corporación– al entonces Alcalde de Allende, Sergio Alonso Lozano Rodríguez, que querían reunirse con él.

En esa reunión le advirtieron que no se metiera en lo que sucedería en los días subsecuentes porque “iban a hacer un desmadre”. Sometido por sus propios policías, el Alcalde panista y su Cabildo no supieron cómo oponerse.

Testimonios que obran en los expedientes relacionados con los hechos ocurridos en esos días en Allende, y cuyas declaraciones están registradas dentro de las indagatorias realizadas por la Procuraduría General de Justicia del Estado, dan una idea de lo que sucedió en este municipio, ubicado a unos 50 kilómetros de Piedras Negras.

Aunque estos testimonios han sido consignados en diversas investigaciones periodísticas y en estudios como el realizado por El Colegio de México, bajo la coordinación de Sergio Aguayo, pocos han dado cuenta de la magnitud de estos hechos con claridad, mencionando por nombre y circunstancia el desarrollo de estos sucesos que conmocionaron hasta años después no sólo a México, sino al mundo entero.

Por primera vez se hacen públicas las declaraciones ministeriales de algunos de los involucrados, así como testimonios de campo que dan una idea de lo que se vivió por esos días en Allende, y cuyas motivaciones –a pesar del tiempo y de la atención que generó el caso– aún no son claras.



El presente reportaje está enfocado en uno de los casos más representativos: el de la familia Garza Pérez, cuya residencia color melón se ubicaba en el cruce de las calles Cuauhtémoc y Morelos, en pleno Centro de este pueblo de 25 mil habitantes.

Lo notorio del caso es que el inmueble se encuentra a menos de 30 metros de la casa de Lozano Rodríguez, quien según una averiguación previa, presenció desde la banqueta de su casa el allanamiento y la privación de la libertad de tres de los integrantes de esta familia: Víctor Manuel Garza Garza, su esposa Alma Patricia Pérez Iruegas y el hijo menor del matrimonio, Julio César Garza Pérez. Se trató de hablar con Lozano Rodríguez, pero no accedió a hacer declaraciones.

Esta casa es una de las más documentadas del caso por estar en pleno Centro de la ciudad, y por lo impresionante que resulta, a pesar del transcurso de más de seis años, recorrer su interior, en el cual se ven los grandes boquetes en las paredes pintadas de color melón, las columnas de cantera aún recostadas en la banqueta y en la cochera.

Se puede observar la lujosa construcción de la vivienda, las habitaciones, los pisos cerámicos, el enorme jardín con asador, muy parecido a las otras casas que fueron destruidas en aquellos días por los Zetas.

La historia de esta casa está reflejada en las declaraciones tomadas de diferentes testigos por el Ministerio Público del Estado.

Según el proceso penal 504/2016 por el que se detuvo (y se liberó posteriormente) al exalcalde Lozano Rodríguez, el domingo 20 de marzo de 2011, entre las 20:00 y las 21:00 horas, un grupo de sicarios al mando de Fernando Ríos Bustos, “El Pala”, llegó en compañía de varios miembros de los Zetas al domicilio de los Garza Pérez a bordo de una pick up, derribaron el portón de la casa y se introdujeron abriendo fuego con las armas que portaban.



Declaración de Héctor Reynaldo Pérez Iruegas, hermano de Alma Patricia, la esposa de Víctor Manuel Garza. Fue tomada el 25 de mayo de 2014.

“Yo me encontraba en el circo que estaba instalado en el municipio cuando se me acercó Edna, quien es madre de una persona que en ese momento me acompañaba a la función, y me dijo que en la casa de mi hermana se estaban escuchando balazos.

“Salí del circo y me estacioné a aproximadamente dos cuadras de la casa, y vi que en el exterior del domicilio se encontraba una pick up roja y en el exterior se encontraban cuatro personas con armas de fuego largas, las cuales vestían de negro y traían chalecos antibalas puestos, a la mayoría no se les veía el rostro porque traían puestas unas capuchas.

“Veo que sacan del domicilio a dos personas, pero no distinguí quiénes eran, sólo vi que las traían agachadas con las manos en la espalda y las avientan en la parte trasera de la caja de la camioneta, y en eso yo me fui de ahí, ya que traía una camioneta que todo el pueblo conocía, y me dirigí a casa de Edna y regresé con un vehículo prestado, pero al llegar ya no estaban estas personas.

“Seguí dando vueltas, cuando al pasar aproximadamente una hora, vi que regresó otra vez la camioneta roja. Vi que se paró en el exterior del domicilio de mi hermana y se metieron unas personas, de ahí sacaron algunas cosas de valor, y esta camioneta se fue, después de esto llegaron varios vehículos entre los que se veían a varios ‘focas’ o ‘halcones’”.

Asustado, Reynaldo Pérez Iruegas no regresó a la casa de su hermana y su cuñado hasta dos días después, el martes 22 de marzo.

“Pregunté con las vecinas si alguien se dio cuenta de lo que había pasado y estos me dijeron que habían llegado en la camioneta y con el frente derribaron el portón eléctrico del garaje. Después estas personas se metieron a la casa y de ahí se habían llevado a mis familiares, escucharon a mi hermana que gritaba, pero no se asomaron, y también escucharon balazos”.

En su declaración, Pérez Iruegas dice que después de esto, salió de Allende en su camioneta junto con su hermano Javier y la familia de éste. Dejaron la camioneta en Nava, y de ahí se fueron en otro vehículo hasta Piedras Negras.

Reynaldo se trasladó a la Central de Autobuses de Piedras Negras para tomar un camión a Monterrey, aunque en el trayecto decidió bajar en Sabinas, donde una persona lo llevó a San Pedro Garza García, Nuevo León.

Dice que su hermano Javier se fue a Estados Unidos, donde pidió asilo político. En su declaración señala que uno de los encargados de ejecutar la orden de ir por su familia fue de un comandante de los Zetas apodado “Comandante 7”, identificado por las autoridades como José Manuel Díaz Guajardo, quien posteriormente habría sido detenido por la Marina.



Declaración de Yuliana López Ibarra, tomada el 14 de octubre de 2014.

Yuliana López declaró en torno a la desaparición de su esposo Víctor Manuel Garza Pérez, otro de los hijos de Víctor Manuel y Alma Patricia.

“Soy esposa de Víctor Manuel Garza Pérez, de 25 años, administrador del negocio Movimientos de Tierra. El domingo 20 de marzo de 2011 estábamos en la casa mi esposo Víctor y yo, la cual se ubica en la calle 5 de Mayo 107 Sur, de Allende.

“Aproximadamente a las 21:00 horas, Víctor recibió una llamada a su celular proveniente de su madre, Alma Patricia Pérez Iruegas, en la cual decían que estaban balaceando su casa. Como yo estaba a un costado de Víctor, pude escuchar que ella gritaba muy desesperada... y los disparos.

“Después de esto agarramos la llave de una de las camionetas, y nos fuimos a Sabinas, a casa de unos conocidos de él a quienes yo desconozco totalmente. Cuando llegamos comenta que va a regresar por sus papás, y Víctor le llamó por teléfono a su hermana Patricia Alejandra Garza Pérez, quien le comentó que se encontraba en una fiesta en Allende, y él le dijo que se saliera de Allende, y se fuera para Sabinas.

“No sé si Aly (Patricia Alejandra) ya sabía cómo llegar a donde estábamos, o Víctor le explicó, pero llegó a dicho domicilio una hora después de que Víctor hablara con ella. Víctor insistió en que iría por sus papás, y se subió a la camioneta y regresó a Allende, o bueno, al menos eso es lo que creo”.

Después de esto, Yuliana ya no supo nada de su marido.

Patricia Alejandra, Aly, entonces con apenas 19 años, parece haber corrido la misma suerte de sus padres y hermanos. La declaración de un testigo, tomada el 28 de enero de 2014 por parte de la Subprocuraduría para la Investigación y Búsqueda de Personas No Localizadas, señala que su amiga Patricia Alejandra habría sido “levantada” y posteriormente ejecutada por los Zetas, luego de ser alertada por su hermano Víctor Manuel.

El destino del matrimonio Garza Pérez y su hijo Julio César está relatado también en las declaraciones de dos testigos, uno de ellos en aquel entonces voluntario del Cuerpo de Bomberos de Allende, y otro de uno de los ejecutores de la familia.



Declaración de Luis Gerardo Herrera Estrada, voluntario de Bomberos, tomada el 23 de noviembre de 2014

De acuerdo con el estudio En el De-samparo, realizado por el Colegio de México, coordinado por el investigador Sergio Aguayo y en el que se abordan las matanzas de Allende, Coahuila, y San Fernando, Tamaulipas, la Policía de Allende, conformada entonces por una veintena de elementos, estaba totalmente sometida a las órdenes de los Zetas y participaba activamente en los “levantones” y traslado de víctimas a los lugares donde eran ejecutadas.

Otros cuerpos como Protección Civil y Bomberos obedecían por las amenazas vertidas en contra de ellos y sus familias, y solamente ignoraban los llamados desesperados de la población. Lo anterior queda consignado en otra de las declaraciones, la de un voluntario del Cuerpo de Bomberos de Allende.

“Para el año 2011 yo cubría los descansos de mis compañeros y estos me los pagaban. Es decir, yo era el apoyo de los compañeros cuando descansaban… En relación con los hechos ocurridos en el mes de marzo de 2011, específicamente el 20 de marzo de ese año, aproximadamente a las 19:30 horas, cuando me encontraba en el cuerpo de Bomberos de aquí, de Allende, se recibió el reporte de un incendio, ocurrido cerca de una casa ubicada por el rancho de la familia conocida en Allende como Los Garza.

“Nos dirigimos de inmediato al lugar para atender el reporte de incendio. Recuerdo que los que fuimos éramos el comandante Christian Gilberto y dos voluntarios, de los cuales no recuerdo sus nombres. Al ir llegando al rancho de Los Garza (vimos que) había unidades de la Policía Municipal, que en aquel tiempo andaban pintadas de blanco con una franja azul, así como elementos de dicha corporación.

“Ahí, en el rancho de Los Garza estaban ‘El Pala’, de nombre Fernando Ríos Bustos; ‘El Canelo’, de nombre Germán Zaragoza Sánchez; ‘El Cubano’, de nombre Juan Rafael Arredondo Oviedo; ‘El Pájaro’, de nombre José Alfredo Jiménez Aguilar; ‘El Flacaman’, de nombre Gabriel Zaragoza Sánchez, entre otras gentes, las cuales no conocía, pero eran gente del sur, porque andaban hasta en huaraches y machetes (sic).



“Me pude dar cuenta de que allí en el rancho se encontraban los dueños del mismo, ya que pude identificar a José Luis Garza, Víctor Garza, a la señora Alma Patricia, su hijo Julio César Garza, Rodolfo Garza, a la hija de este, de nombre Nora Liliana Garza de la Torre. También estaba un señor de nombre Everardo Elizondo, quien se dedicaba a la crianza de gallos de pelea, y César Alfonso García Ramírez... y a estas personas la gente de los Zetas, como que les gritaba y los estaban golpeando y maltratando.

“Adentro del rancho estaba un camión de redilas de madera, el cual estaba estacionado cerca de una bodega grande que estaba en el interior y se veía que estaban bajando tambos grandes y se percibía el olor a diesel o gasolina. Cuando la gente de los Zetas se dan cuenta de nuestra presencia, nos dicen ‘ustedes rúmbenle a la verga, a chingar a su madre, o ¿quieren que les pase a ustedes o a sus familias lo mismo?’”.

Además de correrlos del rancho, los Zetas advirtieron a los bomberos que no debían atender ningún llamado de auxilio de parte de la población.

“Nos dijeron que teníamos prohibido salir a cualquier reporte, que no querían ver que anduviéramos apagando las casas. Entonces, al momento de retirarnos del lugar, la gente de los Zetas metió a la bodega grande a toda la familia Garza que señalé, pero como en eso nos retiramos del lugar, ya no supe qué fue exactamente lo que pasó con ellos, por lo que tomamos la decisión de regresarnos a la base y ahí nos estuvimos.

“Sí recibimos reportes de incendios, pero no atendimos los llamados porque estábamos amenazados por los Zetas, y permanecimos acuartelados alrededor de una semana, ya que sólo salíamos para lo indispensable. Ya después nos dimos cuenta que los Zetas habían destruido e incendiado varias casas, así como a varia gente que se encontraba de-saparecida. Eso fue lo que pasó”.

Lo que sucedió con la familia Garza Pérez ese día está consignado en otra declaración, correspondiente a uno de los sujetos que habría participado en esta venganza de los Zetas.

El rancho Los Garza está ubicado en la salida a Villa Unión, al sureste de la ciudad. Durante la elaboración de este reportaje tratamos de visitar la propiedad por cuenta propia, pero hablando con algunos habitantes de Allende, se nos advirtió que era peligroso, pues algunas de estas propiedades son todavía utilizadas por “gente extraña”, por lo que nos sugirieron no ir solos.

Por ello se recurrió a las autoridades locales, que asignaron a dos oficiales de la Policía Municipal para que nos escoltaran al rancho. Los dos elementos guiaron al equipo de Ruta Libre a la entrada de la propiedad, pero se negaron a acompañarnos hasta el interior del rancho, argumentando que se trata de propiedad privada.

El ingreso por terracería es de unos 2 kilómetros, y desde la carretera es imposible ver al interior de la propiedad, pues sólo se advierten las paredes blancas y grises de las construcciones. Atrás del rancho hay una acequia, que según declaraciones de los implicados, fue utilizada para vaciar los cuerpos “cocinados” (quemados con combustible en tambos durante horas) y deshacerse de ellos.



Declaración de José Alfredo Jiménez Aguilar, “El Pájaro”, obtenida el 13 de junio de 2014.

Las construcciones siguen derruidas, abandonadas. La bodega donde habrían sido ejecutadas estas personas no tiene techo y se ven en el interior los restos de humo y hollín en las paredes. Lo que sucedió ahí está en la declaración de uno de los sicarios de los Zetas que participó en la ejecución de los Garza Pérez y otras personas en ese rancho.

“En relación con la desaparición de la familia Garza, sin recordar la fecha exacta, pero fue en el mes de marzo del año 2011, que yo recibí órdenes por parte del comandante ‘Tintín’, y éste a su vez me dijo que la orden se la había dado ‘El Pala’, de que fuéramos a checar todos los domicilios de la familia Garza.

“El domingo siguiente, teniendo aún encerrados en el rancho a esas personas, como a las 8:30 o 9 de la noche, acompañé al ‘Comandante 7’ y al ‘Comandante Pala’, junto con varias estacas, entre los que recuerdo eran ‘El Canelo’, ‘El Cubano’, ‘El Chilero’, ‘El Panda’, ‘El Ruso’, ‘El Flacaman’, ‘El Cabe’ y ‘El Meño’, además de una patrulla de la Policía Municipal en la que iban los policías Guadalupe Ávalos Orozco, ‘La Lupe’, y Jesús Alejandro Bernal Guerrero, a una casa de la calle Cuauhtémoc del Centro de Allende, que es donde vivía Víctor Garza.

“Llegamos y nos metimos a la fuerza tirando balazos, de ahí sacamos a Víctor Garza, a su esposa Alma Patricia Pérez y al hijo más chico de estos, creo que se llamaba Julio Garza, siendo ayudados por los mismos policías, subiéndolos a la misma patrulla, luego nos llevamos a esas personas al rancho de Los Garza que ya mencioné. Los metimos a la misma casa donde ya teníamos a los otros.

“Luego, ‘El Comandante Pala’ (ordenó) a ‘El Ruso’, ‘El Blue’, ‘Chalán’, ‘Cabe’, ‘Meño’, ‘Flacaman’, ‘Cubano’ y ‘Canelo’ sacarlos de la casa y llevarlos caminando a una bodega cercana a la casa, para luego matarlos a todos disparándoles en la cabeza.

“Lo que yo hice en ese lugar junto con Chucho fue llevar los botes llenos de gasolina y diésel a la bodega que tenía mucha pastura, y una vez que mataron a las gentes, entre Chucho y yo empezamos a rociar el diésel y la gasolina por toda la casa y la bodega con los cuerpos adentro.



Según Jiménez Aguilar, fue obligado a matar a Everardo Elizondo, amigo de la familia Garza.

“Uno de los batos que andaba con ‘Pala’, al que le apodaban ‘El Cabezón’, me obligó a matar a uno de los hombres y también a Chucho, y por temor de que me fueran a hacer algo a mí, por desobedecer las órdenes, tuve que matar a una persona, siendo este Everardo Elizondo, quien era como de 30 o 35 años, al cual le di un balazo en la cabeza y también el Chucho mató a una persona, pero no vi a quién.

“Después de esto le prendimos fuego con la ayuda del diésel y la gasolina a la bodega con toda esa gente ya muerta en el interior, y ahí estuvimos muchas horas hasta que cocinamos a todas las personas, y por tanta lumbre que había hasta se derritió el techo de la bodega”.

Según las declaraciones vertidas por los testigos del caso, y contenidas en la misma averiguación previa, lo cual ha sido documentado ampliamente por investigaciones periodísticas previas, las personas fueron ejecutadas y desaparecidas como represalia por el robo de dinero de antiguos colaboradores de los Zetas, que pertenecían a esas familias y se dedicaban a lavar dinero.

Recientemente una investigación dada a conocer por ProPublica y National Geographic, señala que algunos de estos colaboradores del cártel son ahora testigos protegidos en Estados Unidos, y la información que estos dieron a la Agencia Antidrogas de Estados Unidos, la DEA, hizo enfurecer a los jefes máximos de los Zetas, el Z-40 y su hermano el Z-42, lo cual desató la matanza.

A seis años, existen innumerables relatos del horror que vivieron los habitantes de Allende y otros municipios de los Cinco Manantiales, pero pocos se atreven a contarlos.

Es irónico que los vecinos de las casas destruidas a plena luz del día con maquinaria pesada digan que no estaban ahí cuando sucedió todo, pero al escuchar el dron utilizado para la toma de imágenes para este reportaje, todos salen con mucha curiosidad a ver volar el aparato.

Las casas recorridas durante la elaboración de este reportaje tienen un denominador común: son viviendas ubicadas en colonias de clase baja, pero su estructura es ostentosa: pisos cerámicos, albercas, cocheras y jardines enormes, amplias estancias, y una arquitectura muy similar, con arcos de cantera y enormes ventanales.

Las investigaciones de las autoridades estatales y el estudio hecho por El Colegio de México señalan que algunas de estas familias, de gran arraigo en Allende y la región, se involucraron en negocios con los Zetas, colaborando no solamente en el trasiego de droga hacia Estados Unidos, principal negocio del cártel, sino en el lavado de dinero a través de sus empresas y negocios.

Se trataba de familias prósperas, pero que por voluntad propia u obligados por los Zetas se involucraron en los negocios con el cártel más sanguinario y violento en la historia de México.

La gestación de la desgracia

La llegada de los Zetas, consigna el estudio En el Desamparo, fue silenciosa. A partir de 2006 llegaron como avanzada para el ingreso del cártel del Golfo, sus antiguos aliados, y conforme creció su poder fueron involucrándose como lo hicieron en muchas otras partes, en una sociedad indefensa. Se asociaron con hombres de negocios, se apoderaron de los giros negros y poco a poco fueron construyendo una estructura financiera que alcanzó altos estratos de esta comunidad.

Las autoridades locales fueron sometidas. La Policía Municipal de Allende estaba en la nómina del cártel y totalmente a su servicio. El Alcalde y su Cabildo vivían temerosos de hacer enojar a los verdaderos dueños del pueblo.

Si bien el caso de mayor impacto mediático es el de Allende, existen historias de desaparecidos que dan cuenta de cómo los delincuentes fueron inyectando el miedo y la zozobra en la comunidad de Piedras Negras y todos los municipios cercanos.



Heridas abiertas

Las heridas no acaban de sanar en este pequeño pueblo que en otras circunstancias bien podría ser un destino turístico dentro de la belleza que enmarca la región de los Cinco Manantiales.

Irónicamente lo que más llama la atención de los foráneos son las 32 casas destruidas, que permanecen como testimonio del poder, la violencia y la impunidad con que actuaron los Zetas durante esos años. Nadie ha reclamado la propiedad de las viviendas por temor a ser víctimas de las represalias del cártel, cuyo fantasma aún ronda el pueblo.

El saldo es, de acuerdo con la Procuraduría General de Justicia, de 42 personas desaparecidas o asesinadas entre enero de 2011 y agosto de 2012. De ellas, 26 corresponden a ese fatídico fin de semana comprendido entre el 18 y el 20 de marzo de 2011.

De las 26 personas que fueron “levantadas” por los Zetas, 20 eran familiares directos y allegados de los Garza. Los otros seis eran amigos de Poncho Cuéllar (testigo protegido y antiguo colaborador de los Zetas) y trabajadores de Héctor Moreno, otro de los excolaboradores que traicionaron al cártel.

A la fecha se ha acreditado la responsabilidad por la participación directa de 14 personas en estos hechos; siete de miembros de los Zetas y siete policías municipales. Sólo nueve de ellos han sido detenidos. Hasta ahora, y a pesar de la magnitud del caso, ninguna autoridad –llámese funcionario– estatal o federal ha sido requerida sobre estos acontecimientos.









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